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Don Quijote by Miguel de Cervantes [Saavedra] [in Spanish]

Part 9 out of 19

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caballerÌa, yo, por mi parte, os oirÈ, hermano, de muy buena gana, y asÌ lo
har·n todos estos seÒores, por lo mucho que tienen de discretos y de ser
amigos de curiosas novedades que suspendan, alegren y entretengan los
sentidos, como, sin duda, pienso que lo ha de hacer vuestro cuento.
Comenzad, pues, amigo, que todos escucharemos.

-Saco la mÌa -dijo Sancho-; que yo a aquel arroyo me voy con esta empanada,
donde pienso hartarme por tres dÌas; porque he oÌdo decir a mi seÒor don
Quijote que el escudero de caballero andante ha de comer, cuando se le
ofreciere, hasta no poder m·s, a causa que se les suele ofrecer entrar
acaso por una selva tan intricada que no aciertan a salir della en seis
dÌas; y si el hombre no va harto, o bien proveÌdas las alforjas, allÌ se
podr· quedar, como muchas veces se queda, hecho carne momia.

-T˙ est·s en lo cierto, Sancho -dijo don Quijote-: vete adonde quisieres, y
come lo que pudieres; que yo ya estoy satisfecho, y sÛlo me falta dar al
alma su refacciÛn, como se la darÈ escuchando el cuento deste buen hombre.

-AsÌ las daremos todos a las nuestras -dijo el canÛnigo.

Y luego, rogÛ al cabrero que diese principio a lo que prometido habÌa. El
cabrero dio dos palmadas sobre el lomo a la cabra, que por los cuernos
tenÌa, diciÈndole:

-RecuÈstate junto a mÌ, Manchada, que tiempo nos queda para volver a
nuestro apero.

Parece que lo entendiÛ la cabra, porque, en sent·ndose su dueÒo, se tendiÛ
ella junto a Èl con mucho sosiego, y, mir·ndole al rostro, daba a entender
que estaba atenta a lo que el cabrero iba diciendo, el cual comenzÛ su
historia desta manera:

CapÌtulo LI. Que trata de lo que contÛ el cabrero a todos los que llevaban
a don Quijote

-´Tres leguas deste valle est· una aldea que, aunque pequeÒa, es de las m·s
ricas que hay en todos estos contornos; en la cual habÌa un labrador muy
honrado, y tanto, que, aunque es anexo al ser rico el ser honrado, m·s lo
era Èl por la virtud que tenÌa que por la riqueza que alcanzaba. Mas lo que
le hacÌa m·s dichoso, seg˙n Èl decÌa, era tener una hija de tan estremada
hermosura, rara discreciÛn, donaire y virtud, que el que la conocÌa y la
miraba se admiraba de ver las estremadas partes con que el cielo y la
naturaleza la habÌan enriquecido. Siendo niÒa fue hermosa, y siempre fue
creciendo en belleza, y en la edad de diez y seis aÒos fue hermosÌsima. La
fama de su belleza se comenzÛ a estender por todas las circunvecinas
aldeas, øquÈ digo yo por las circunvecinas no m·s, si se estendiÛ a las
apartadas ciudades, y aun se entrÛ por las salas de los reyes, y por los
oÌdos de todo gÈnero de gente; que, como a cosa rara, o como a imagen de
milagros, de todas partes a verla venÌan? Guard·bala su padre, y guard·base
ella; que no hay candados, guardas ni cerraduras que mejor guarden a una
doncella que las del recato proprio.

ªLa riqueza del padre y la belleza de la hija movieron a muchos, asÌ del
pueblo como forasteros, a que por mujer se la pidiesen; mas Èl, como a
quien tocaba disponer de tan rica joya, andaba confuso, sin saber
determinarse a quiÈn la entregarÌa de los infinitos que le importunaban. Y,
entre los muchos que tan buen deseo tenÌan, fui yo uno, a quien dieron
muchas y grandes esperanzas de buen suceso conocer que el padre conocÌa
quien yo era, el ser natural del mismo pueblo, limpio en sangre, en la edad
floreciente, en la hacienda muy rico y en el ingenio no menos acabado. Con
todas estas mismas partes la pidiÛ tambiÈn otro del mismo pueblo, que fue
causa de suspender y poner en balanza la voluntad del padre, a quien
parecÌa que con cualquiera de nosotros estaba su hija bien empleada; y, por
salir desta confusiÛn, determinÛ decÌrselo a Leandra, que asÌ se llama la
rica que en miseria me tiene puesto, advirtiendo que, pues los dos Èramos
iguales, era bien dejar a la voluntad de su querida hija el escoger a su
gusto: cosa digna de imitar de todos los padres que a sus hijos quieren
poner en estado: no digo yo que los dejen escoger en cosas ruines y malas,
sino que se las propongan buenas, y de las buenas, que escojan a su gusto.
No sÈ yo el que tuvo Leandra; sÛlo sÈ que el padre nos entretuvo a
entrambos con la poca edad de su hija y con palabras generales, que ni le
obligaban, ni nos desobligaba tampoco. Ll·mase mi competidor Anselmo, y yo
Eugenio, porque vais con noticia de los nombres de las personas que en esta
tragedia se contienen, cuyo fin a˙n est· pendiente; pero bien se deja
entender que ser· desastrado.

ªEn esta sazÛn, vino a nuestro pueblo un Vicente de la Rosa, hijo de un
pobre labrador del mismo lugar; el cual Vicente venÌa de las Italias, y de
otras diversas partes, de ser soldado. LlevÛle de nuestro lugar, siendo
muchacho de hasta doce aÒos, un capit·n que con su compaÒÌa por allÌ acertÛ
a pasar, y volviÛ el mozo de allÌ a otros doce, vestido a la soldadesca,
pintado con mil colores, lleno de mil dijes de cristal y sutiles cadenas de
acero. Hoy se ponÌa una gala y maÒana otra; pero todas sutiles, pintadas,
de poco peso y menos tomo. La gente labradora, que de suyo es maliciosa, y
d·ndole el ocio lugar es la misma malicia, lo notÛ, y contÛ punto por punto
sus galas y preseas, y hallÛ que los vestidos eran tres, de diferentes
colores, con sus ligas y medias; pero Èl hacÌa tantos guisados e
invenciones dellas, que si no se los contaran, hubiera quien jurara que
habÌa hecho muestra de m·s de diez pares de vestidos y de m·s de veinte
plumajes. Y no parezca impertinencia y demasÌa esto que de los vestidos voy
contando, porque ellos hacen una buena parte en esta historia.

ªSent·base en un poyo que debajo de un gran ·lamo est· en nuestra plaza, y
allÌ nos tenÌa a todos la boca abierta, pendientes de las hazaÒas que nos
iba contando. No habÌa tierra en todo el orbe que no hubiese visto, ni
batalla donde no se hubiese hallado; habÌa muerto m·s moros que tiene
Marruecos y T˙nez, y entrado en m·s singulares desafÌos, seg˙n Èl decÌa,
que Gante y Luna, Diego GarcÌa de Paredes y otros mil que nombraba; y de
todos habÌa salido con vitoria, sin que le hubiesen derramado una sola gota
de sangre. Por otra parte, mostraba seÒales de heridas que, aunque no se
divisaban, nos hacÌa entender que eran arcabuzazos dados en diferentes
rencuentros y faciones. Finalmente, con una no vista arrogancia, llamaba de
vos a sus iguales y a los mismos que le conocÌan, y decÌa que su padre era
su brazo, su linaje, sus obras, y que debajo de ser soldado, al mismo rey
no debÌa nada. AÒadiÛsele a estas arrogancias ser un poco m˙sico y tocar
una guitarra a lo rasgado, de manera que decÌan algunos que la hacÌa
hablar; pero no pararon aquÌ sus gracias, que tambiÈn la tenÌa de poeta, y
asÌ, de cada niÒerÌa que pasaba en el pueblo, componÌa un romance de legua
y media de escritura.

ªEste soldado, pues, que aquÌ he pintado, este Vicente de la Rosa, este
bravo, este gal·n, este m˙sico, este poeta fue visto y mirado muchas veces
de Leandra, desde una ventana de su casa que tenÌa la vista a la plaza.
EnamorÛla el oropel de sus vistosos trajes, encant·ronla sus romances, que
de cada uno que componÌa daba veinte traslados, llegaron a sus oÌdos las
hazaÒas que Èl de sÌ mismo habÌa referido, y, finalmente, que asÌ el diablo
lo debÌa de tener ordenado, ella se vino a enamorar dÈl, antes que en Èl
naciese presunciÛn de solicitalla. Y, como en los casos de amor no hay
ninguno que con m·s facilidad se cumpla que aquel que tiene de su parte el
deseo de la dama, con facilidad se concertaron Leandra y Vicente; y,
primero que alguno de sus muchos pretendientes cayesen en la cuenta de su
deseo, ya ella le tenÌa cumplido, habiendo dejado la casa de su querido y
amado padre, que madre no la tiene, y ausent·dose de la aldea con el
soldado, que saliÛ con m·s triunfo desta empresa que de todas las muchas
que Èl se aplicaba.

ªAdmirÛ el suceso a toda el aldea, y aun a todos los que dÈl noticia
tuvieron; yo quedÈ suspenso, Anselmo, atÛnito, el padre triste, sus
parientes afrentados, solÌcita la justicia, los cuadrilleros listos;
tom·ronse los caminos, escudriÒ·ronse los bosques y cuanto habÌa, y, al
cabo de tres dÌas, hallaron a la antojadiza Leandra en una cueva de un
monte, desnuda en camisa, sin muchos dineros y preciosÌsimas joyas que de
su casa habÌa sacado. VolviÈronla a la presencia del lastimado padre;
pregunt·ronle su desgracia; confesÛ sin apremio que Vicente de la Roca la
habÌa engaÒado, y debajo de su palabra de ser su esposo la persuadiÛ que
dejase la casa de su padre; que Èl la llevarÌa a la m·s rica y m·s viciosa
ciudad que habÌa en todo el universo mundo, que era N·poles; y que ella,
mal advertida y peor engaÒada, le habÌa creÌdo; y, robando a su padre, se
le entregÛ la misma noche que habÌa faltado; y que Èl la llevÛ a un ·spero
monte, y la encerrÛ en aquella cueva donde la habÌan hallado. ContÛ tambiÈn
como el soldado, sin quitalle su honor, le robÛ cuanto tenÌa, y la dejÛ en
aquella cueva y se fue: suceso que de nuevo puso en admiraciÛn a todos.

ªDuro se nos hizo de creer la continencia del mozo, pero ella lo afirmÛ con
tantas veras, que fueron parte para que el desconsolado padre se consolase,
no haciendo cuenta de las riquezas que le llevaban, pues le habÌan dejado a
su hija con la joya que, si una vez se pierde, no deja esperanza de que
jam·s se cobre. El mismo dÌa que pareciÛ Leandra la despareciÛ su padre de
nuestros ojos, y la llevÛ a encerrar en un monesterio de una villa que est·
aquÌ cerca, esperando que el tiempo gaste alguna parte de la mala opiniÛn
en que su hija se puso. Los pocos aÒos de Leandra sirvieron de disculpa de
su culpa, a lo menos con aquellos que no les iba alg˙n interÈs en que ella
fuese mala o buena; pero los que conocÌan su discreciÛn y mucho
entendimiento no atribuyeron a ignorancia su pecado, sino a su desenvoltura
y a la natural inclinaciÛn de las mujeres, que, por la mayor parte, suele
ser desatinada y mal compuesta.

ªEncerrada Leandra, quedaron los ojos de Anselmo ciegos, a lo menos sin
tener cosa que mirar que contento le diese; los mÌos en tinieblas, sin luz
que a ninguna cosa de gusto les encaminase; con la ausencia de Leandra,
crecÌa nuestra tristeza, apoc·base nuestra paciencia, maldecÌamos las galas
del soldado y abomin·bamos del poco recato del padre de Leandra.
Finalmente, Anselmo y yo nos concertamos de dejar el aldea y venirnos a
este valle, donde Èl, apacentando una gran cantidad de ovejas suyas
proprias, y yo un numeroso rebaÒo de cabras, tambiÈn mÌas, pasamos la vida
entre los ·rboles, dando vado a nuestras pasiones, o cantando juntos
alabanzas o vituperios de la hermosa Leandra, o suspirando solos y a solas
comunicando con el cielo nuestras querellas.

ªA imitaciÛn nuestra, otros muchos de los pretendientes de Leandra se han
venido a estos ·speros montes, usando el mismo ejercicio nuestro; y son
tantos, que parece que este sitio se ha convertido en la pastoral Arcadia,
seg˙n est· colmo de pastores y de apriscos, y no hay parte en Èl donde no
se oiga el nombre de la hermosa Leandra. …ste la maldice y la llama
antojadiza, varia y deshonesta; aquÈl la condena por f·cil y ligera; tal la
absuelve y perdona, y tal la justicia y vitupera; uno celebra su hermosura,
otro reniega de su condiciÛn, y, en fin, todos la deshonran, y todos la
adoran, y de todos se estiende a tanto la locura, que hay quien se queje de
desdÈn sin haberla jam·s hablado, y aun quien se lamente y sienta la
rabiosa enfermedad de los celos, que ella jam·s dio a nadie; porque, como
ya tengo dicho, antes se supo su pecado que su deseo. No hay hueco de peÒa,
ni margen de arroyo, ni sombra de ·rbol que no estÈ ocupada de alg˙n pastor
que sus desventuras a los aires cuente; el eco repite el nombre de Leandra
dondequiera que pueda formarse: Leandra resuenan los montes, Leandra
murmuran los arroyos, y Leandra nos tiene a todos suspensos y encantados,
esperando sin esperanza y temiendo sin saber de quÈ tememos. Entre estos
disparatados, el que muestra que menos y m·s juicio tiene es mi competidor
Anselmo, el cual, teniendo tantas otras cosas de que quejarse, sÛlo se
queja de ausencia; y al son de un rabel, que admirablemente toca, con
versos donde muestra su buen entendimiento, cantando se queja. Yo sigo otro
camino m·s f·cil, y a mi parecer el m·s acertado, que es decir mal de la
ligereza de las mujeres, de su inconstancia, de su doble trato, de sus
promesas muertas, de su fe rompida, y, finalmente, del poco discurso que
tienen en saber colocar sus pensamientos e intenciones que tienen.ª Y Èsta
fue la ocasiÛn, seÒores, de las palabras y razones que dije a esta cabra
cuando aquÌ lleguÈ; que por ser hembra la tengo en poco, aunque es la mejor
de todo mi apero. …sta es la historia que prometÌ contaros; si he sido en
el contarla prolijo, no serÈ en serviros corto: cerca de aquÌ tengo mi
majada, y en ella tengo fresca leche y muy sabrosÌsimo queso, con otras
varias y sazonadas frutas, no menos a la vista que al gusto agradables.

CapÌtulo LII. De la pendencia que don Quijote tuvo con el cabrero, con la
rara aventura de los deceplinantes, a quien dio felice fin a costa de su
sudor

General gusto causÛ el cuento del cabrero a todos los que escuchado le
habÌan; especialmente le recibiÛ el canÛnigo, que con estraÒa curiosidad
notÛ la manera con que le habÌa contado, tan lejos de parecer r˙stico
cabrero cuan cerca de mostrarse discreto cortesano; y asÌ, dijo que habÌa
dicho muy bien el cura en decir que los montes criaban letrados. Todos se
ofrecieron a Eugenio; pero el que m·s se mostrÛ liberal en esto fue don
Quijote, que le dijo:

-Por cierto, hermano cabrero, que si yo me hallara posibilitado de poder
comenzar alguna aventura, que luego luego me pusiera en camino porque vos
la tuviÈrades buena; que yo sacara del monesterio, donde, sin duda alguna,
debe de estar contra su voluntad, a Leandra, a pesar de la abadesa y de
cuantos quisieran estorbarlo, y os la pusiera en vuestras manos, para que
hiciÈrades della a toda vuestra voluntad y talante, guardando, pero, las
leyes de la caballerÌa, que mandan que a ninguna doncella se le sea fecho
desaguisado alguno; aunque yo espero en Dios Nuestro SeÒor que no ha de
poder tanto la fuerza de un encantador malicioso, que no pueda m·s la de
otro encantador mejor intencionado, y para entonces os prometo mi favor y
ayuda, como me obliga mi profesiÛn, que no es otra si no es favorecer a los
desvalidos y menesterosos.

MirÛle el cabrero, y, como vio a don Quijote de tan mal pelaje y catadura,
admirÛse y preguntÛ al barbero, que cerca de sÌ tenÌa:

-SeÒor, øquiÈn es este hombre, que tal talle tiene y de tal manera habla?

-øQuiÈn ha de ser -respondiÛ el barbero- sino el famoso don Quijote de la
Mancha, desfacedor de agravios, enderezador de tuertos, el amparo de las
doncellas, el asombro de los gigantes y el vencedor de las batallas?

-Eso me semeja -respondiÛ el cabrero- a lo que se lee en los libros de
caballeros andantes, que hacÌan todo eso que de este hombre vuestra merced
dice; puesto que para mÌ tengo, o que vuestra merced se burla, o que este
gentil hombre debe de tener vacÌos los aposentos de la cabeza.

-Sois un grandÌsimo bellaco -dijo a esta sazÛn don Quijote-; y vos sois el
vacÌo y el menguado, que yo estoy m·s lleno que jam·s lo estuvo la muy
hideputa puta que os pariÛ.

Y, diciendo y haciendo, arrebatÛ de un pan que junto a sÌ tenÌa, y dio con
Èl al cabrero en todo el rostro, con tanta furia, que le remachÛ las
narices; mas el cabrero, que no sabÌa de burlas, viendo con cu·ntas veras
le maltrataban, sin tener respeto a la alhombra, ni a los manteles, ni a
todos aquellos que comiendo estaban, saltÛ sobre don Quijote, y, asiÈndole
del cuello con entrambas manos, no dudara de ahogalle, si Sancho Panza no
llegara en aquel punto, y le asiera por las espaldas y diera con Èl encima
de la mesa, quebrando platos, rompiendo tazas y derramando y esparciendo
cuanto en ella estaba. Don Quijote, que se vio libre, acudiÛ a subirse
sobre el cabrero; el cual, lleno de sangre el rostro, molido a coces de
Sancho, andaba buscando a gatas alg˙n cuchillo de la mesa para hacer alguna
sanguinolenta venganza, pero estorb·banselo el canÛnigo y el cura; mas el
barbero hizo de suerte que el cabrero cogiÛ debajo de sÌ a don Quijote,
sobre el cual lloviÛ tanto n˙mero de mojicones, que del rostro del pobre
caballero llovÌa tanta sangre como del suyo.

Reventaban de risa el canÛnigo y el cura, saltaban los cuadrilleros de
gozo, zuzaban los unos y los otros, como hacen a los perros cuando en
pendencia est·n trabados; sÛlo Sancho Panza se desesperaba, porque no se
podÌa desasir de un criado del canÛnigo, que le estorbaba que a su amo no
ayudase.

En resoluciÛn, estando todos en regocijo y fiesta, sino los dos aporreantes
que se carpÌan, oyeron el son de una trompeta, tan triste que les hizo
volver los rostros hacia donde les pareciÛ que sonaba; pero el que m·s se
alborotÛ de oÌrle fue don Quijote, el cual, aunque estaba debajo del
cabrero, harto contra su voluntad y m·s que medianamente molido, le dijo:

-Hermano demonio, que no es posible que dejes de serlo, pues has tenido
valor y fuerzas para sujetar las mÌas, ruÈgote que hagamos treguas, no m·s
de por una hora; porque el doloroso son de aquella trompeta que a nuestros
oÌdos llega me parece que a alguna nueva aventura me llama.

El cabrero, que ya estaba cansado de moler y ser molido, le dejÛ luego, y
don Quijote se puso en pie, volviendo asimismo el rostro adonde el son se
oÌa, y vio a deshora que por un recuesto bajaban muchos hombres vestidos de
blanco, a modo de diciplinantes.

Era el caso que aquel aÒo habÌan las nubes negado su rocÌo a la tierra, y
por todos los lugares de aquella comarca se hacÌan procesiones, rogativas y
diciplinas, pidiendo a Dios abriese las manos de su misericordia y les
lloviese; y para este efecto la gente de una aldea que allÌ junto estaba
venÌa en procesiÛn a una devota ermita que en un recuesto de aquel valle
habÌa.

Don Quijote, que vio los estraÒos trajes de los diciplinantes, sin pasarle
por la memoria las muchas veces que los habÌa de haber visto, se imaginÛ
que era cosa de aventura, y que a Èl solo tocaba, como a caballero andante,
el acometerla; y confirmÛle m·s esta imaginaciÛn pensar que una imagen que
traÌan cubierta de luto fuese alguna principal seÒora que llevaban por
fuerza aquellos follones y descomedidos malandrines; y, como esto le cayÛ
en las mientes, con gran ligereza arremetiÛ a Rocinante, que paciendo
andaba, quit·ndole del arzÛn el freno y el adarga, y en un punto le
enfrenÛ, y, pidiendo a Sancho su espada, subiÛ sobre Rocinante y embrazÛ su
adarga, y dijo en alta voz a todos los que presentes estaban:

-Agora, valerosa compaÒÌa, veredes cu·nto importa que haya en el mundo
caballeros que profesen la orden de la andante caballerÌa; agora digo que
veredes, en la libertad de aquella buena seÒora que allÌ va cautiva, si se
han de estimar los caballeros andantes.

Y, en diciendo esto, apretÛ los muslos a Rocinante, porque espuelas no las
tenÌa, y, a todo galope, porque carrera tirada no se lee en toda esta
verdadera historia que jam·s la diese Rocinante, se fue a encontrar con los
diciplinantes, bien que fueran el cura y el canÛnigo y barbero a detenelle;
mas no les fue posible, ni menos le detuvieron las voces que Sancho le
daba, diciendo:

-øAdÛnde va, seÒor don Quijote? øQuÈ demonios lleva en el pecho, que le
incitan a ir contra nuestra fe catÛlica? Advierta, mal haya yo, que aquÈlla
es procesiÛn de diciplinantes, y que aquella seÒora que llevan sobre la
peana es la imagen benditÌsima de la Virgen sin mancilla; mire, seÒor, lo
que hace, que por esta vez se puede decir que no es lo que sabe.

FatigÛse en vano Sancho, porque su amo iba tan puesto en llegar a los
ensabanados y en librar a la seÒora enlutada, que no oyÛ palabra; y, aunque
la oyera, no volviera, si el rey se lo mandara. LlegÛ, pues, a la
procesiÛn, y parÛ a Rocinante, que ya llevaba deseo de quietarse un poco,
y, con turbada y ronca voz, dijo:

-Vosotros, que, quiz· por no ser buenos, os encubrÌs los rostros, atended y
escuchad lo que deciros quiero.

Los primeros que se detuvieron fueron los que la imagen llevaban; y uno de
los cuatro clÈrigos que cantaban las ledanÌas, viendo la estraÒa catadura
de don Quijote, la flaqueza de Rocinante y otras circunstancias de risa que
notÛ y descubriÛ en don Quijote, le respondiÛ diciendo:

-SeÒor hermano, si nos quiere decir algo, dÌgalo presto, porque se van
estos hermanos abriendo las carnes, y no podemos, ni es razÛn que nos
detengamos a oÌr cosa alguna, si ya no es tan breve que en dos palabras se
diga.

-En una lo dirÈ -replicÛ don Quijote-, y es Èsta: que luego al punto dejÈis
libre a esa hermosa seÒora, cuyas l·grimas y triste semblante dan claras
muestras que la llev·is contra su voluntad y que alg˙n notorio desaguisado
le habedes fecho; y yo, que nacÌ en el mundo para desfacer semejantes
agravios, no consentirÈ que un solo paso adelante pase sin darle la deseada
libertad que merece.

En estas razones, cayeron todos los que las oyeron que don Quijote debÌa de
ser alg˙n hombre loco, y tom·ronse a reÌr muy de gana; cuya risa fue poner
pÛlvora a la cÛlera de don Quijote, porque, sin decir m·s palabra, sacando
la espada, arremetiÛ a las andas. Uno de aquellos que las llevaban, dejando
la carga a sus compaÒeros, saliÛ al encuentro de don Quijote, enarbolando
una horquilla o bastÛn con que sustentaba las andas en tanto que
descansaba; y, recibiendo en ella una gran cuchillada que le tirÛ don
Quijote, con que se la hizo dos partes, con el ˙ltimo tercio, que le quedÛ
en la mano, dio tal golpe a don Quijote encima de un hombro, por el mismo
lado de la espada, que no pudo cubrir el adarga contra villana fuerza, que
el pobre don Quijote vino al suelo muy mal parado.

Sancho Panza, que jadeando le iba a los alcances, viÈndole caÌdo, dio voces
a su moledor que no le diese otro palo, porque era un pobre caballero
encantado, que no habÌa hecho mal a nadie en todos los dÌas de su vida.
Mas, lo que detuvo al villano no fueron las voces de Sancho, sino el ver
que don Quijote no bullÌa pie ni mano; y asÌ, creyendo que le habÌa muerto,
con priesa se alzÛ la t˙nica a la cinta, y dio a huir por la campaÒa como
un gamo.

Ya en esto llegaron todos los de la compaÒÌa de don Quijote adonde Èl
estaba; y m·s los de la procesiÛn, que los vieron venir corriendo, y con
ellos los cuadrilleros con sus ballestas, temieron alg˙n mal suceso, y
hiciÈronse todos un remolino alrededor de la imagen; y, alzados los
capirotes, empuÒando las diciplinas, y los clÈrigos los ciriales, esperaban
el asalto con determinaciÛn de defenderse, y aun ofender, si pudiesen, a
sus acometedores; pero la fortuna lo hizo mejor que se pensaba, porque
Sancho no hizo otra cosa que arrojarse sobre el cuerpo de su seÒor,
haciendo sobre Èl el m·s doloroso y risueÒo llanto del mundo, creyendo que
estaba muerto.

El cura fue conocido de otro cura que en la procesiÛn venÌa, cuyo
conocimiento puso en sosiego el concebido temor de los dos escuadrones. El
primer cura dio al segundo, en dos razones, cuenta de quiÈn era don
Quijote, y asÌ Èl como toda la turba de los diciplinantes fueron a ver si
estaba muerto el pobre caballero, y oyeron que Sancho Panza, con l·grimas
en los ojos, decÌa:

-°Oh flor de la caballerÌa, que con solo un garrotazo acabaste la carrera
de tus tan bien gastados aÒos! °Oh honra de tu linaje, honor y gloria de
toda la Mancha, y aun de todo el mundo, el cual, faltando t˙ en Èl, quedar·
lleno de malhechores, sin temor de ser castigados de sus malas fechorÌas!
°Oh liberal sobre todos los Alejandros, pues por solos ocho meses de
servicio me tenÌas dada la mejor Ìnsula que el mar ciÒe y rodea! °Oh
humilde con los soberbios y arrogante con los humildes, acometedor de
peligros, sufridor de afrentas, enamorado sin causa, imitador de los
buenos, azote de los malos, enemigo de los ruines, en fin, caballero
andante, que es todo lo que decir se puede!

Con las voces y gemidos de Sancho reviviÛ don Quijote, y la primer palabra
que dijo fue:

-El que de vos vive ausente, dulcÌsima Dulcinea, a mayores miserias que
Èstas est· sujeto. Ay˙dame, Sancho amigo, a ponerme sobre el carro
encantado, que ya no estoy para oprimir la silla de Rocinante, porque tengo
todo este hombro hecho pedazos.

-Eso harÈ yo de muy buena gana, seÒor mÌo -respondiÛ Sancho-, y volvamos a
mi aldea en compaÒÌa destos seÒores, que su bien desean, y allÌ daremos
orden de hacer otra salida que nos sea de m·s provecho y fama.

-Bien dices, Sancho -respondiÛ don Quijote-, y ser· gran prudencia dejar
pasar el mal influjo de las estrellas que agora corre.

El canÛnigo y el cura y barbero le dijeron que harÌa muy bien en hacer lo
que decÌa; y asÌ, habiendo recebido grande gusto de las simplicidades de
Sancho Panza, pusieron a don Quijote en el carro, como antes venÌa. La
procesiÛn volviÛ a ordenarse y a proseguir su camino; el cabrero se
despidiÛ de todos; los cuadrilleros no quisieron pasar adelante, y el cura
les pagÛ lo que se les debÌa. El canÛnigo pidiÛ al cura le avisase el
suceso de don Quijote, si sanaba de su locura o si proseguÌa en ella, y con
esto tomÛ licencia para seguir su viaje. En fin, todos se dividieron y
apartaron, quedando solos el cura y barbero, don Quijote y Panza, y el
bueno de Rocinante, que a todo lo que habÌa visto estaba con tanta
paciencia como su amo.

El boyero unciÛ sus bueyes y acomodÛ a don Quijote sobre un haz de heno, y
con su acostumbrada flema siguiÛ el camino que el cura quiso, y a cabo de
seis dÌas llegaron a la aldea de don Quijote, adonde entraron en la mitad
del dÌa, que acertÛ a ser domingo, y la gente estaba toda en la plaza, por
mitad de la cual atravesÛ el carro de don Quijote. Acudieron todos a ver lo
que en el carro venÌa, y, cuando conocieron a su compatrioto, quedaron
maravillados, y un muchacho acudiÛ corriendo a dar las nuevas a su ama y a
su sobrina de que su tÌo y su seÒor venÌa flaco y amarillo, y tendido sobre
un montÛn de heno y sobre un carro de bueyes. Cosa de l·stima fue oÌr los
gritos que las dos buenas seÒoras alzaron, las bofetadas que se dieron, las
maldiciones que de nuevo echaron a los malditos libros de caballerÌas; todo
lo cual se renovÛ cuando vieron entrar a don Quijote por sus puertas.

A las nuevas desta venida de don Quijote, acudiÛ la mujer de Sancho Panza,
que ya habÌa sabido que habÌa ido con Èl sirviÈndole de escudero, y, asÌ
como vio a Sancho, lo primero que le preguntÛ fue que si venÌa bueno el
asno. Sancho respondiÛ que venÌa mejor que su amo.

-Gracias sean dadas a Dios -replicÛ ella-, que tanto bien me ha hecho; pero
contadme agora, amigo: øquÈ bien habÈis sacado de vuestras escuderÌas?,
øquÈ saboyana me traes a mÌ?, øquÈ zapaticos a vuestros hijos?

-No traigo nada deso -dijo Sancho-, mujer mÌa, aunque traigo otras cosas de
m·s momento y consideraciÛn.

-Deso recibo yo mucho gusto -respondiÛ la mujer-; mostradme esas cosas de
m·s consideraciÛn y m·s momento, amigo mÌo, que las quiero ver, para que se
me alegre este corazÛn, que tan triste y descontento ha estado en todos los
siglos de vuestra ausencia.

-En casa os las mostrarÈ, mujer -dijo Panza-, y por agora estad contenta,
que, siendo Dios servido de que otra vez salgamos en viaje a buscar
aventuras, vos me verÈis presto conde o gobernador de una Ìnsula, y no de
las de por ahÌ, sino la mejor que pueda hallarse.

-QuiÈralo asÌ el cielo, marido mÌo; que bien lo habemos menester. Mas,
decidme: øquÈ es eso de Ìnsulas, que no lo entiendo?

-No es la miel para la boca del asno -respondiÛ Sancho-; a su tiempo lo
ver·s, mujer, y aun te admirar·s de oÌrte llamar SeÒorÌa de todos tus
vasallos.

-øQuÈ es lo que decÌs, Sancho, de seÒorÌas, Ìnsulas y vasallos? -respondiÛ
Juana Panza, que asÌ se llamaba la mujer de Sancho, aunque no eran
parientes, sino porque se usa en la Mancha tomar las mujeres el apellido de
sus maridos.

-No te acucies, Juana, por saber todo esto tan apriesa; basta que te digo
verdad, y cose la boca. SÛlo te sabrÈ decir, asÌ de paso, que no hay cosa
m·s gustosa en el mundo que ser un hombre honrado escudero de un caballero
andante buscador de aventuras. Bien es verdad que las m·s que se hallan no
salen tan a gusto como el hombre querrÌa, porque de ciento que se
encuentran, las noventa y nueve suelen salir aviesas y torcidas. SÈlo yo de
expiriencia, porque de algunas he salido manteado, y de otras molido; pero,
con todo eso, es linda cosa esperar los sucesos atravesando montes,
escudriÒando selvas, pisando peÒas, visitando castillos, alojando en ventas
a toda discreciÛn, sin pagar, ofrecido sea al diablo, el maravedÌ.

Todas estas pl·ticas pasaron entre Sancho Panza y Juana Panza, su mujer, en
tanto que el ama y sobrina de don Quijote le recibieron, y le desnudaron, y
le tendieron en su antiguo lecho. Mir·balas Èl con ojos atravesados, y no
acababa de entender en quÈ parte estaba. El cura encargÛ a la sobrina
tuviese gran cuenta con regalar a su tÌo, y que estuviesen alerta de que
otra vez no se les escapase, contando lo que habÌa sido menester para
traelle a su casa. AquÌ alzaron las dos de nuevo los gritos al cielo; allÌ
se renovaron las maldiciones de los libros de caballerÌas, allÌ pidieron al
cielo que confundiese en el centro del abismo a los autores de tantas
mentiras y disparates. Finalmente, ellas quedaron confusas y temerosas de
que se habÌan de ver sin su amo y tÌo en el mesmo punto que tuviese alguna
mejorÌa; y sÌ fue como ellas se lo imaginaron.

Pero el autor desta historia, puesto que con curiosidad y diligencia ha
buscado los hechos que don Quijote hizo en su tercera salida, no ha podido
hallar noticia de ellas, a lo menos por escrituras autÈnticas; sÛlo la fama
ha guardado, en las memorias de la Mancha, que don Quijote, la tercera vez
que saliÛ de su casa, fue a Zaragoza, donde se hallÛ en unas famosas justas
que en aquella ciudad hicieron, y allÌ le pasaron cosas dignas de su valor
y buen entendimiento. Ni de su fin y acabamiento pudo alcanzar cosa alguna,
ni la alcanzara ni supiera si la buena suerte no le deparara un antiguo
mÈdico que tenÌa en su poder una caja de plomo, que, seg˙n Èl dijo, se
habÌa hallado en los cimientos derribados de una antigua ermita que se
renovaba; en la cual caja se habÌan hallado unos pergaminos escritos con
letras gÛticas, pero en versos castellanos, que contenÌan muchas de sus
hazaÒas y daban noticia de la hermosura de Dulcinea del Toboso, de la
figura de Rocinante, de la fidelidad de Sancho Panza y de la sepultura del
mesmo don Quijote, con diferentes epitafios y elogios de su vida y
costumbres.

Y los que se pudieron leer y sacar en limpio fueron los que aquÌ pone el
fidedigno autor desta nueva y jam·s vista historia. El cual autor no pide a
los que la leyeren, en premio del inmenso trabajo que le costÛ inquerir y
buscar todos los archivos manchegos, por sacarla a luz, sino que le den el
mesmo crÈdito que suelen dar los discretos a los libros de caballerÌas, que
tan validos andan en el mundo; que con esto se tendr· por bien pagado y
satisfecho, y se animar· a sacar y buscar otras, si no tan verdaderas, a lo
menos de tanta invenciÛn y pasatiempo.

Las palabras primeras que estaban escritas en el pergamino que se hallÛ en
la caja de plomo eran Èstas:

LOS ACAD…MICOS DE LA ARGAMASILLA,
LUGAR DE LA MANCHA,
EN VIDA Y MUERTE DEL VALEROSO
DON QUIJOTE DE LA MANCHA,

HOC SCRIPSERUNT:

EL MONICONGO, ACAD…MICO DE LA ARGAMASILLA,
A LA SEPULTURA DE DON QUIJOTE

Epitafio

El calvatrueno que adornÛ a la Mancha
de m·s despojos que JasÛn decreta;
el j¸icio que tuvo la veleta
aguda donde fuera mejor ancha,
el brazo que su fuerza tanto ensancha,
que llegÛ del Catay hasta Gaeta,
la musa m·s horrenda y m·s discreta
que grabÛ versos en la broncÌnea plancha,
el que a cola dejÛ los Amadises,
y en muy poquito a Galaores tuvo,
estribando en su amor y bizarrÌa,
el que hizo callar los Belianises,
aquel que en Rocinante errando anduvo,
yace debajo desta losa frÌa.

DEL PANIAGUADO, ACAD…MICO DE LA ARGAMASILLA,

In laudem Dulcineae del Toboso

Soneto

Esta que veis de rostro amondongado,
alta de pechos y adem·n brioso,
es Dulcinea, reina del Toboso,
de quien fue el gran Quijote aficionado.
PisÛ por ella el uno y otro lado
de la gran Sierra Negra, y el famoso
campo de MontÔel, hasta el herboso
llano de Aranj¸ez, a pie y cansado.
Culpa de Rocinante, °oh dura estrella!,
que esta manchega dama, y este invito
andante caballero, en tiernos aÒos,
ella dejÛ, muriendo, de ser bella;
y Èl, aunque queda en m·rmores escrito,
no pudo huir de amor, iras y engaÒos.

DEL CAPRICHOSO, DISCRETÕSIMO ACAD…MICO DE LA ARGAMASILLA,
EN LOOR DE ROCINANTE, CABALLO DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA

Soneto

En el soberbio trono diamantino
que con sangrientas plantas huella Marte,
frenÈtico, el Manchego su estandarte
tremola con esfuerzo peregrino.
Cuelga las armas y el acero fino
con que destroza, asuela, raja y parte:
°nuevas proezas!, pero inventa el arte
un nuevo estilo al nuevo paladino.
Y si de su AmadÌs se precia Gaula,
por cuyos bravos descendientes Grecia
triunfÛ mil veces y su fama ensancha,
hoy a Quijote le corona el aula
do Belona preside, y dÈl se precia,
m·s que Grecia ni Gaula, la alta Mancha.
Nunca sus glorias el olvido mancha,
pues hasta Rocinante, en ser gallardo,
excede a Brilladoro y a Bayardo.

DEL BURLADOR, ACAD…MICO ARGAMASILLESCO,
A SANCHO PANZA

Soneto

DEL CACHIDIABLO, ACAD…MICO DE LA ARGAMASILLA,
EN LA SEPULTURA DE DON QUIJOTE

Epitafio

AquÌ yace el caballero,
bien molido y mal andante,
a quien llevÛ Rocinante
por uno y otro sendero.
Sancho Panza el majadero
yace tambiÈn junto a Èl,
escudero el m·s fÔel
que vio el trato de escudero.

DEL TIQUITOC, ACAD…MICO DE LA ARGAMASILLA,
EN LA SEPULTURA DE DULCINEA DEL TOBOSO

Epitafio

Reposa aquÌ Dulcinea;
y, aunque de carnes rolliza,
la volviÛ en polvo y ceniza
la muerte espantable y fea.
Fue de castiza ralea,
y tuvo asomos de dama;
del gran Quijote fue llama,
y fue gloria de su aldea.

…stos fueron los versos que se pudieron leer; los dem·s, por estar
carcomida la letra, se entregaron a un acadÈmico para que por conjeturas
los declarase. TiÈnese noticia que lo ha hecho, a costa de muchas vigilias
y mucho trabajo, y que tiene intenciÛn de sacallos a luz, con esperanza de
la tercera salida de don Quijote.

Forsi altro canter‡ con miglior plectio.

Finis

Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha

TASA

Yo, Hernando de Vallejo, escribano de C·mara del Rey nuestro seÒor, de los
que residen en su Consejo, doy fe que, habiÈndose visto por los seÒores dÈl
un libro que compuso Miguel de Cervantes Saavedra, intitulado Don Quijote
de la Mancha, Segunda parte, que con licencia de Su Majestad fue impreso,
le tasaron a cuatro maravedÌs cada pliego en papel, el cual tiene setenta y
tres pliegos, que al dicho respeto suma y monta docientos y noventa y dos
maravedÌs, y mandaron que esta tasa se ponga al principio de cada volumen
del dicho libro, para que se sepa y entienda lo que por Èl se ha de pedir y
llevar, sin que se exceda en ello en manera alguna, como consta y parece
por el auto y decreto original sobre ello dado, y que queda en mi poder,
a que me refiero; y de mandamiento de los dichos seÒores del Consejo y de
pedimiento de la parte del dicho Miguel de Cervantes, di esta fee en
Madrid, a veinte y uno dÌas del mes de otubre del mil y seiscientos y
quince aÒos.

Hernando de Vallejo.

FEE DE ERRATAS

Vi este libro intitulado Segunda parte de don Quijote de la Mancha,
compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra, y no hay en Èl cosa digna de
notar que no corresponda a su original. Dada en Madrid, a veinte y uno de
otubre, mil y seiscientos y quince.

El licenciado Francisco Murcia de la Llana.

APROBACI”N

Por comisiÛn y mandado de los seÒores del Consejo, he hecho ver el libro
contenido en este memorial: no contiene cosa contra la fe ni buenas
costumbres, antes es libro de mucho entretenimiento lÌcito, mezclado de
mucha filosofÌa moral; puÈdesele dar licencia para imprimirle. En Madrid, a
cinco de noviembre de mil seiscientos y quince.

Doctor Gutierre de Cetina.

APROBACI”N

Por comisiÛn y mandado de los seÒores del Consejo, he visto la Segunda
parte de don Quijote de la Mancha, por Miguel de Cervantes Saavedra: no
contiene cosa contra nuestra santa fe catÛlica, ni buenas costumbres,
antes, muchas de honesta recreaciÛn y apacible divertimiento, que los
antiguos juzgaron convenientes a sus rep˙blicas, pues aun en la severa de
los lacedemonios levantaron estatua a la risa, y los de Tesalia la
dedicaron fiestas, como lo dice Pausanias, referido de Bosio, libro II De
signis Ecclesiae, cap. 10, alentando ·nimos marchitos y espÌritus
melancÛlicos, de que se acordÛ Tulio en el primero De legibus, y el poeta
diciendo:

Interpone tuis interdum gaudia curis,

lo cual hace el autor mezclando las veras a las burlas, lo dulce a lo
provechoso y lo moral a lo faceto, disimulando en el cebo del donaire el
anzuelo de la reprehensiÛn, y cumpliendo con el acertado asunto en que
pretende la expulsiÛn de los libros de caballerÌas, pues con su buena
diligencia maÒosamente alimpiando de su contagiosa dolencia a estos reinos,
es obra muy digna de su grande ingenio, honra y lustre de nuestra naciÛn,
admiraciÛn y invidia de las estraÒas. …ste es mi parecer, salvo etc. En
Madrid, a 17 de marzo de 1615.

El maestro Josef de Valdivielso.

APROBACI”N

Por comisiÛn del seÒor doctor Gutierre de Cetina, vicario general desta
villa de Madrid, corte de Su Majestad, he visto este libro de la Segunda
parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, por Miguel de
Cervantes Saavedra, y no hallo en Èl cosa indigna de un cristiano celo, ni
que disuene de la decencia debida a buen ejemplo, ni virtudes morales;
antes, mucha erudiciÛn y aprovechamiento, asÌ en la continencia de su bien
seguido asunto para extirpar los vanos y mentirosos libros de caballerÌas,
cuyo contagio habÌa cundido m·s de lo que fuera justo, como en la lisura
del lenguaje castellano, no adulterado con enfadosa y estudiada afectaciÛn,
vicio con razÛn aborrecido de hombres cuerdos; y en la correciÛn de vicios
que generalmente toca, ocasionado de sus agudos discursos, guarda con tanta
cordura las leyes de reprehensiÛn cristiana, que aquel que fuere tocado de
la enfermedad que pretende curar, en lo dulce y sabroso de sus medicinas
gustosamente habr· bebido, cuando menos lo imagine, sin empacho ni asco
alguno, lo provechoso de la detestaciÛn de su vicio, con que se hallar·,
que es lo m·s difÌcil de conseguirse, gustoso y reprehendido. Ha habido
muchos que, por no haber sabido templar ni mezclar a propÛsito lo ˙til con
lo dulce, han dado con todo su molesto trabajo en tierra, pues no pudiendo
imitar a DiÛgenes en lo filÛsofo y docto, atrevida, por no decir licenciosa
y desalumbradamente, le pretenden imitar en lo cÌnico, entreg·ndose a
maldicientes, inventando casos que no pasaron, para hacer capaz al vicio
que tocan de su ·spera reprehensiÛn, y por ventura descubren caminos para
seguirle, hasta entonces ignorados, con que vienen a quedar, si no
reprehensores, a lo menos maestros dÈl. H·cense odiosos a los bien
entendidos, con el pueblo pierden el crÈdito, si alguno tuvieron, para
admitir sus escritos y los vicios que arrojada e imprudentemente quisieren
corregir en muy peor estado que antes, que no todas las postemas a un mismo
tiempo est·n dispuestas para admitir las recetas o cauterios; antes,
algunos mucho mejor reciben las blandas y suaves medicinas, con cuya
aplicaciÛn, el atentado y docto mÈdico consigue el fin de resolverlas,
tÈrmino que muchas veces es mejor que no el que se alcanza con el rigor del
hierro. Bien diferente han sentido de los escritos de Miguel de
Cervantes, asÌ nuestra naciÛn como las estraÒas, pues como a milagro desean
ver el autor de libros que con general aplauso, asÌ por su decoro y
decencia como por la suavidad y blandura de sus discursos, han recebido
EspaÒa, Francia, Italia, Alemania y Flandes. Certifico con verdad que en
veinte y cinco de febrero deste aÒo de seiscientos y quince, habiendo ido
el ilustrÌsimo seÒor don Bernardo de Sandoval y Rojas, cardenal arzobispo
de Toledo, mi seÒor, a pagar la visita que a Su IlustrÌsima hizo el
embajador de Francia, que vino a tratar cosas tocantes a los casamientos de
sus prÌncipes y los de EspaÒa, muchos caballeros franceses, de los que
vinieron acompaÒando al embajador, tan corteses como entendidos y amigos de
buenas letras, se llegaron a mÌ y a otros capellanes del cardenal mi seÒor,
deseosos de saber quÈ libros de ingenio andaban m·s validos; y, tocando
acaso en Èste que yo estaba censurando, apenas oyeron el nombre de Miguel
de Cervantes, cuando se comenzaron a hacer lenguas, encareciendo la
estimaciÛn en que, asÌ en Francia como en los reinos sus confinantes, se
tenÌan sus obras: la Galatea, que alguno dellos tiene casi de memoria la
primera parte dÈsta, y las Novelas. Fueron tantos sus encarecimientos,
que me ofrecÌ llevarles que viesen el autor dellas, que estimaron con mil
demostraciones de vivos deseos. Pregunt·ronme muy por menor su edad, su
profesiÛn, calidad y cantidad. HallÈme obligado a decir que era viejo,
soldado, hidalgo y pobre, a que uno respondiÛ estas formales palabras:
''Pues, øa tal hombre no le tiene EspaÒa muy rico y sustentado del erario
p˙blico?'' AcudiÛ otro de aquellos caballeros con este pensamiento y con
mucha agudeza, y dijo: ''Si necesidad le ha de obligar a escribir, plega a
Dios que nunca tenga abundancia, para que con sus obras, siendo Èl pobre,
haga rico a todo el mundo''. Bien creo que est·, para censura, un poco
larga; alguno dir· que toca los lÌmites de lisonjero elogio; mas la verdad
de lo que cortamente digo deshace en el crÌtico la sospecha y en mÌ el
cuidado; adem·s que el dÌa de hoy no se lisonjea a quien no tiene con quÈ
cebar el pico del adulador, que, aunque afectuosa y falsamente dice de
burlas, pretende ser remunerado de veras. En Madrid, a veinte y siete de
febrero de mil y seiscientos y quince.

El licenciado M·rquez Torres.

PRIVILEGIO

Por cuanto por parte de vos, Miguel de Cervantes Saavedra, nos fue fecha
relaciÛn que habÌades compuesto la Segunda parte de don Quijote de la
Mancha, de la cual hacÌades presentaciÛn, y, por ser libro de historia
agradable y honesta, y haberos costado mucho trabajo y estudio, nos
suplicastes os mand·semos dar licencia para le poder imprimir y privilegio
por veinte aÒos, o como la nuestra merced fuese; lo cual visto por los del
nuestro Consejo, por cuanto en el dicho libro se hizo la diligencia que la
prem·tica por nos sobre ello fecha dispone, fue acordado que debÌamos
mandar dar esta nuestra cÈdula en la dicha razÛn, y nos tuvÌmoslo por bien.
Por la cual vos damos licencia y facultad para que, por tiempo y espacio de
diez aÒos, cumplidos primeros siguientes, que corran y se cuenten desde el
dÌa de la fecha de esta nuestra cÈdula en adelante, vos, o la persona que
para ello vuestro poder hobiere, y no otra alguna, pod·is imprimir y vender
el dicho libro que desuso se hace menciÛn; y por la presente damos licencia
y facultad a cualquier impresor de nuestros reinos que nombr·redes para que
durante el dicho tiempo le pueda imprimir por el original que en el nuestro
Consejo se vio, que va rubricado y firmado al fin de Hernando de Vallejo,
nuestro escribano de C·mara, y uno de los que en Èl residen, con que antes
y primero que se venda lo traig·is ante ellos, juntamente con el dicho
original, para que se vea si la dicha impresiÛn est· conforme a Èl, o
traig·is fe en p˙blica forma cÛmo, por corretor por nos nombrado, se vio y
corrigiÛ la dicha impresiÛn por el dicho original, y m·s al dicho impresor
que ansÌ imprimiere el dicho libro no imprima el principio y primer pliego
dÈl, ni entregue m·s de un solo libro con el original al autor y persona a
cuya costa lo imprimiere, ni a otra alguna, para efecto de la dicha
correciÛn y tasa, hasta que antes y primero el dicho libro estÈ corregido y
tasado por los del nuestro Consejo, y estando hecho, y no de otra manera,
pueda imprimir el dicho principio y primer pliego, en el cual imediatamente
ponga esta nuestra licencia y la aprobaciÛn, tasa y erratas, ni lo pod·is
vender ni vend·is vos ni otra persona alguna, hasta que estÈ el dicho libro
en la forma susodicha, so pena de caer e incurrir en las penas contenidas
en la dicha prem·tica y leyes de nuestros reinos que sobre ello disponen; y
m·s, que durante el dicho tiempo persona alguna sin vuestra licencia no le
pueda imprimir ni vender, so pena que el que lo imprimiere y vendiere haya
perdido y pierda cualesquiera libros, moldes y aparejos que dÈl tuviere, y
m·s incurra en pena de cincuenta mil maravedÌs por cada vez que lo
contrario hiciere, de la cual dicha pena sea la tercia parte para nuestra
C·mara, y la otra tercia parte para el juez que lo sentenciare, y la otra
tercia parte par el que lo denunciare; y m·s a los del nuestro Consejo,
presidentes, oidores de las nuestras Audiencias, alcaldes, alguaciles de la
nuestra Casa y Corte y ChancillerÌas, y a otras cualesquiera justicias de
todas las ciudades, villas y lugares de los nuestros reinos y seÒorÌos, y a
cada uno en su juridiciÛn, ansÌ a los que agora son como a los que ser·n de
aquÌ adelante, que vos guarden y cumplan esta nuestra cÈdula y merced, que
ansÌ vos hacemos, y contra ella no vayan ni pasen en manera alguna, so pena
de la nuestra merced y de diez mil maravedÌs para la nuestra C·mara. Dada
en Madrid, a treinta dÌas del mes de marzo de mil y seiscientos y quince
aÒos.

YO, EL REY.

Por mandado del Rey nuestro seÒor:

Pedro de Contreras.

PR”LOGO AL LECTOR

°V·lame Dios, y con cu·nta gana debes de estar esperando ahora, lector
ilustre, o quier plebeyo, este prÛlogo, creyendo hallar en Èl venganzas,
riÒas y vituperios del autor del segundo Don Quijote; digo de aquel que
dicen que se engendrÛ en Tordesillas y naciÛ en Tarragona! Pues en verdad
que no te he dar este contento; que, puesto que los agravios despiertan la
cÛlera en los m·s humildes pechos, en el mÌo ha de padecer excepciÛn esta
regla. Quisieras t˙ que lo diera del asno, del mentecato y del atrevido,
pero no me pasa por el pensamiento: castÌguele su pecado, con su pan se lo
coma y all· se lo haya. Lo que no he podido dejar de sentir es que me note
de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el
tiempo, que no pasase por mÌ, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna
taberna, sino en la m·s alta ocasiÛn que vieron los siglos pasados, los
presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas no resplandecen en
los ojos de quien las mira, son estimadas, a lo menos, en la estimaciÛn de
los que saben dÛnde se cobraron; que el soldado m·s bien parece muerto en
la batalla que libre en la fuga; y es esto en mÌ de manera, que si ahora me
propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en
aquella facciÛn prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin haberme
hallado en ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los pechos,
estrellas son que guÌan a los dem·s al cielo de la honra, y al de desear la
justa alabanza; y hase de advertir que no se escribe con las canas, sino
con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los aÒos.

He sentido tambiÈn que me llame invidioso, y que, como a ignorante, me
describa quÈ cosa sea la invidia; que, en realidad de verdad, de dos que
hay, yo no conozco sino a la santa, a la noble y bien intencionada; y,
siendo esto asÌ, como lo es, no tengo yo de perseguir a ning˙n sacerdote, y
m·s si tiene por aÒadidura ser familiar del Santo Oficio; y si Èl lo dijo
por quien parece que lo dijo, engaÒÛse de todo en todo: que del tal adoro
el ingenio, admiro las obras y la ocupaciÛn continua y virtuosa. Pero, en
efecto, le agradezco a este seÒor autor el decir que mis novelas son m·s
satÌricas que ejemplares, pero que son buenas; y no lo pudieran ser si no
tuvieran de todo.

ParÈceme que me dices que ando muy limitado y que me contengo mucho en los
tÈrminos de mi modestia, sabiendo que no se ha aÒadir afliciÛn al afligido,
y que la que debe de tener este seÒor sin duda es grande, pues no osa
parecer a campo abierto y al cielo claro, encubriendo su nombre, fingiendo
su patria, como si hubiera hecho alguna traiciÛn de lesa majestad. Si, por
ventura, llegares a conocerle, dile de mi parte que no me tengo por
agraviado: que bien sÈ lo que son tentaciones del demonio, y que una de las
mayores es ponerle a un hombre en el entendimiento que puede componer y
imprimir un libro, con que gane tanta fama como dineros, y tantos dineros
cuanta fama; y, para confirmaciÛn desto, quiero que en tu buen donaire y
gracia le cuentes este cuento:

´HabÌa en Sevilla un loco que dio en el m·s gracioso disparate y tema que
dio loco en el mundo. Y fue que hizo un caÒuto de caÒa puntiagudo en el
fin, y, en cogiendo alg˙n perro en la calle, o en cualquiera otra parte,
con el un pie le cogÌa el suyo, y el otro le alzaba con la mano, y como
mejor podÌa le acomodaba el caÒuto en la parte que, sopl·ndole, le ponÌa
redondo como una pelota; y, en teniÈndolo desta suerte, le daba dos
palmaditas en la barriga, y le soltaba, diciendo a los circunstantes, que
siempre eran muchos: ''øPensar·n vuestras mercedes ahora que es poco
trabajo hinchar un perro?''ª

øPensar· vuestra merced ahora que es poco trabajo hacer un libro?

Y si este cuento no le cuadrare, dir·sle, lector amigo, Èste, que tambiÈn
es de loco y de perro:

´HabÌa en CÛrdoba otro loco, que tenÌa por costumbre de traer encima de la
cabeza un pedazo de losa de m·rmol, o un canto no muy liviano, y, en
topando alg˙n perro descuidado, se le ponÌa junto, y a plomo dejaba caer
sobre Èl el peso. Amohin·base el perro, y, dando ladridos y aullidos, no
paraba en tres calles. SucediÛ, pues, que, entre los perros que descargÛ la
carga, fue uno un perro de un bonetero, a quien querÌa mucho su dueÒo. BajÛ
el canto, diole en la cabeza, alzÛ el grito el molido perro, violo y
sintiÛlo su amo, asiÛ de una vara de medir, y saliÛ al loco y no le dejÛ
hueso sano; y cada palo que le daba decÌa: ''Perro ladrÛn, øa mi podenco?
øNo viste, cruel, que era podenco mi perro?'' Y, repitiÈndole el nombre de
podenco muchas veces, enviÛ al loco hecho una alheÒa. EscarmentÛ el loco y
retirÛse, y en m·s de un mes no saliÛ a la plaza; al cabo del cual tiempo,
volviÛ con su invenciÛn y con m·s carga. Lleg·base donde estaba el perro,
y, mir·ndole muy bien de hito en hito, y sin querer ni atreverse a
descargar la piedra, decÌa: ''Este es podenco: °guarda!'' En efeto, todos
cuantos perros topaba, aunque fuesen alanos, o gozques, decÌa que eran
podencos; y asÌ, no soltÛ m·s el canto.ª

Quiz· de esta suerte le podr· acontecer a este historiador: que no se
atrever· a soltar m·s la presa de su ingenio en libros que, en siendo
malos, son m·s duros que las peÒas.

Dile tambiÈn que de la amenaza que me hace, que me ha de quitar la ganancia
con su libro, no se me da un ardite, que, acomod·ndome al entremÈs famoso
de La Perendenga, le respondo que me viva el Veinte y cuatro, mi seÒor, y
Cristo con todos. Viva el gran conde de Lemos, cuya cristiandad y
liberalidad, bien conocida, contra todos los golpes de mi corta fortuna me
tiene en pie, y vÌvame la suma caridad del ilustrÌsimo de Toledo, don
Bernardo de Sandoval y Rojas, y siquiera no haya emprentas en el mundo, y
siquiera se impriman contra mÌ m·s libros que tienen letras las Coplas de
Mingo Revulgo. Estos dos prÌncipes, sin que los solicite adulaciÛn mÌa ni
otro gÈnero de aplauso, por sola su bondad, han tomado a su cargo el
hacerme merced y favorecerme; en lo que me tengo por m·s dichoso y m·s rico
que si la fortuna por camino ordinario me hubiera puesto en su cumbre. La
honra puÈdela tener el pobre, pero no el vicioso; la pobreza puede anublar
a la nobleza, pero no escurecerla del todo; pero, como la virtud dÈ alguna
luz de sÌ, aunque sea por los inconvenientes y resquicios de la estrecheza,
viene a ser estimada de los altos y nobles espÌritus, y, por el
consiguiente, favorecida.

Y no le digas m·s, ni yo quiero decirte m·s a ti, sino advertirte que
consideres que esta segunda parte de Don Quijote que te ofrezco es cortada
del mismo artÌfice y del mesmo paÒo que la primera, y que en ella te doy a
don Quijote dilatado, y, finalmente, muerto y sepultado, porque ninguno se
atreva a levantarle nuevos testimonios, pues bastan los pasados y basta
tambiÈn que un hombre honrado haya dado noticia destas discretas locuras,
sin querer de nuevo entrarse en ellas: que la abundancia de las cosas,
aunque sean buenas, hace que no se estimen, y la carestÌa, aun de las
malas, se estima en algo. OlvÌdaseme de decirte que esperes el Persiles,
que ya estoy acabando, y la segunda parte de Galatea.

DEDICATORIA

AL CONDE DE LEMOS

Enviando a Vuestra Excelencia los dÌas pasados mis comedias, antes impresas
que representadas, si bien me acuerdo, dije que don Quijote quedaba
calzadas las espuelas para ir a besar las manos a Vuestra Excelencia; y
ahora digo que se las ha calzado y se ha puesto en camino, y si Èl all·
llega, me parece que habrÈ hecho alg˙n servicio a Vuestra Excelencia,
porque es mucha la priesa que de infinitas partes me dan a que le envÌe
para quitar el h·mago y la n·usea que ha causado otro don Quijote, que, con
nombre de segunda parte, se ha disfrazado y corrido por el orbe; y el que
m·s ha mostrado desearle ha sido el grande emperador de la China, pues en
lengua chinesca habr· un mes que me escribiÛ una carta con un propio,
pidiÈndome, o, por mejor decir, suplic·ndome se le enviase, porque querÌa
fundar un colegio donde se leyese la lengua castellana, y querÌa que el
libro que se leyese fuese el de la historia de don Quijote. Juntamente con
esto, me decÌa que fuese yo a ser el rector del tal colegio.

PreguntÈle al portador si Su Majestad le habÌa dado para mÌ alguna ayuda de
costa. RespondiÛme que ni por pensamiento. ''Pues, hermano -le respondÌ
yo-, vos os podÈis volver a vuestra China a las diez, o a las veinte, o a
las que venÌs despachado, porque yo no estoy con salud para ponerme en tan
largo viaje; adem·s que, sobre estar enfermo, estoy muy sin dineros, y
emperador por emperador, y monarca por monarca, en N·poles tengo al grande
conde de Lemos, que, sin tantos titulillos de colegios ni rectorÌas, me
sustenta, me ampara y hace m·s merced que la que yo acierto a desear''.

Con esto le despedÌ, y con esto me despido, ofreciendo a Vuestra Excelencia
los Trabajos de Persiles y Sigismunda, libro a quien darÈ fin dentro de
cuatro meses, Deo volente; el cual ha de ser o el m·s malo o el mejor que
en nuestra lengua se haya compuesto, quiero decir de los de
entretenimiento; y digo que me arrepiento de haber dicho el m·s malo,
porque, seg˙n la opiniÛn de mis amigos, ha de llegar al estremo de bondad
posible.

Venga Vuestra Excelencia con la salud que es deseado; que ya estar·
Persiles para besarle las manos, y yo los pies, como criado que soy de
Vuestra Excelencia. De Madrid, ˙ltimo de otubre de mil seiscientos y
quince.

Criado de Vuestra Excelencia,

Miguel de Cervantes Saavedra.

CapÌtulo Primero. De lo que el cura y el barbero pasaron con don Quijote
cerca de su enfermedad

Cuenta Cide Hamete Benengeli, en la segunda parte desta historia y tercera
salida de don Quijote, que el cura y el barbero se estuvieron casi un mes
sin verle, por no renovarle y traerle a la memoria las cosas pasadas; pero
no por esto dejaron de visitar a su sobrina y a su ama, encarg·ndolas
tuviesen cuenta con regalarle, d·ndole a comer cosas confortativas y
apropiadas para el corazÛn y el celebro, de donde procedÌa, seg˙n buen
discurso, toda su mala ventura. Las cuales dijeron que asÌ lo hacÌan, y lo
harÌan, con la voluntad y cuidado posible, porque echaban de ver que su
seÒor por momentos iba dando muestras de estar en su entero juicio; de lo
cual recibieron los dos gran contento, por parecerles que habÌan acertado
en haberle traÌdo encantado en el carro de los bueyes, como se contÛ en la
primera parte desta tan grande como puntual historia, en su ˙ltimo
capÌtulo. Y asÌ, determinaron de visitarle y hacer esperiencia de su
mejorÌa, aunque tenÌan casi por imposible que la tuviese, y acordaron de no
tocarle en ning˙n punto de la andante caballerÌa, por no ponerse a peligro
de descoser los de la herida, que tan tiernos estaban.

Visit·ronle, en fin, y hall·ronle sentado en la cama, vestida una almilla
de bayeta verde, con un bonete colorado toledano; y estaba tan seco y
amojamado, que no parecÌa sino hecho de carne momia. Fueron dÈl muy bien
recebidos, pregunt·ronle por su salud, y Èl dio cuenta de sÌ y de ella con
mucho juicio y con muy elegantes palabras; y en el discurso de su pl·tica
vinieron a tratar en esto que llaman razÛn de estado y modos de gobierno,
enmendando este abuso y condenando aquÈl, reformando una costumbre y
desterrando otra, haciÈndose cada uno de los tres un nuevo legislador, un
Licurgo moderno o un SolÛn flamante; y de tal manera renovaron la
rep˙blica, que no pareciÛ sino que la habÌan puesto en una fragua, y sacado
otra de la que pusieron; y hablÛ don Quijote con tanta discreciÛn en todas
las materias que se tocaron, que los dos esaminadores creyeron
indubitadamente que estaba del todo bueno y en su entero juicio.

Hall·ronse presentes a la pl·tica la sobrina y ama, y no se hartaban de dar
gracias a Dios de ver a su seÒor con tan buen entendimiento; pero el cura,
mudando el propÛsito primero, que era de no tocarle en cosa de caballerÌas,
quiso hacer de todo en todo esperiencia si la sanidad de don Quijote era
falsa o verdadera, y asÌ, de lance en lance, vino a contar algunas nuevas
que habÌan venido de la corte; y, entre otras, dijo que se tenÌa por cierto
que el Turco bajaba con una poderosa armada, y que no se sabÌa su designio,
ni adÛnde habÌa de descargar tan gran nublado; y, con este temor, con que
casi cada aÒo nos toca arma, estaba puesta en ella toda la cristiandad, y
Su Majestad habÌa hecho proveer las costas de N·poles y Sicilia y la isla
de Malta. A esto respondiÛ don Quijote:

-Su Majestad ha hecho como prudentÌsimo guerrero en proveer sus estados con
tiempo, porque no le halle desapercebido el enemigo; pero si se tomara mi
consejo, aconsej·rale yo que usara de una prevenciÛn, de la cual Su
Majestad la hora de agora debe estar muy ajeno de pensar en ella.

Apenas oyÛ esto el cura, cuando dijo entre sÌ:

-°Dios te tenga de su mano, pobre don Quijote: que me parece que te
despeÒas de la alta cumbre de tu locura hasta el profundo abismo de tu
simplicidad!

Mas el barbero, que ya habÌa dado en el mesmo pensamiento que el cura,
preguntÛ a don Quijote cu·l era la advertencia de la prevenciÛn que decÌa
era bien se hiciese; quiz· podrÌa ser tal, que se pusiese en la lista de
los muchos advertimientos impertinentes que se suelen dar a los prÌncipes.

-El mÌo, seÒor rapador -dijo don Quijote-, no ser· impertinente, sino
perteneciente.

-No lo digo por tanto -replicÛ el barbero-, sino porque tiene mostrado la
esperiencia que todos o los m·s arbitrios que se dan a Su Majestad, o son
imposibles, o disparatados, o en daÒo del rey o del reino.

-Pues el mÌo -respondiÛ don Quijote- ni es imposible ni disparatado, sino
el m·s f·cil, el m·s justo y el m·s maÒero y breve que puede caber en
pensamiento de arbitrante alguno.

-Ya tarda en decirle vuestra merced, seÒor don Quijote -dijo el cura.

-No querrÌa -dijo don Quijote- que le dijese yo aquÌ agora, y amaneciese
maÒana en los oÌdos de los seÒores consejeros, y se llevase otro las
gracias y el premio de mi trabajo.

-Por mÌ -dijo el barbero-, doy la palabra, para aquÌ y para delante de
Dios, de no decir lo que vuestra merced dijere a rey ni a roque, ni a
hombre terrenal, juramento que aprendÌ del romance del cura que en el
prefacio avisÛ al rey del ladrÛn que le habÌa robado las cien doblas y la
su mula la andariega.

-No sÈ historias -dijo don Quijote-, pero sÈ que es bueno ese juramento, en
fee de que sÈ que es hombre de bien el seÒor barbero.

-Cuando no lo fuera -dijo el cura-, yo le abono y salgo por Èl, que en este
caso no hablar· m·s que un mudo, so pena de pagar lo juzgado y sentenciado.

-Y a vuestra merced, øquiÈn le fÌa, seÒor cura? -dijo don Quijote.

-Mi profesiÛn -respondiÛ el cura-, que es de guardar secreto.

-°Cuerpo de tal! -dijo a esta sazÛn don Quijote-. øHay m·s, sino mandar Su
Majestad por p˙blico pregÛn que se junten en la corte para un dÌa seÒalado
todos los caballeros andantes que vagan por EspaÒa; que, aunque no viniesen
sino media docena, tal podrÌa venir entre ellos, que solo bastase a
destruir toda la potestad del Turco? EstÈnme vuestras mercedes atentos, y
vayan conmigo. øPor ventura es cosa nueva deshacer un solo caballero
andante un ejÈrcito de docientos mil hombres, como si todos juntos tuvieran
una sola garganta, o fueran hechos de alfenique? Si no, dÌganme: øcu·ntas
historias est·n llenas destas maravillas? °HabÌa, en hora mala para mÌ, que
no quiero decir para otro, de vivir hoy el famoso don BelianÌs, o alguno de
los del inumerable linaje de AmadÌs de Gaula; que si alguno dÈstos hoy
viviera y con el Turco se afrontara, a fee que no le arrendara la ganancia!
Pero Dios mirar· por su pueblo, y deparar· alguno que, si no tan bravo como
los pasados andantes caballeros, a lo menos no les ser· inferior en el
·nimo; y Dios me entiende, y no digo m·s.

-°Ay! -dijo a este punto la sobrina-; °que me maten si no quiere mi seÒor
volver a ser caballero andante!

A lo que dijo don Quijote:

-Caballero andante he de morir, y baje o suba el Turco cuando Èl quisiere y
cuan poderosamente pudiere; que otra vez digo que Dios me entiende.

A esta sazÛn dijo el barbero:

-Suplico a vuestras mercedes que se me dÈ licencia para contar un cuento
breve que sucediÛ en Sevilla, que, por venir aquÌ como de molde, me da gana
de contarle.

Dio la licencia don Quijote, y el cura y los dem·s le prestaron atenciÛn, y
Èl comenzÛ desta manera:

-´En la casa de los locos de Sevilla estaba un hombre a quien sus parientes
habÌan puesto allÌ por falto de juicio. Era graduado en c·nones por Osuna,
pero, aunque lo fuera por Salamanca, seg˙n opiniÛn de muchos, no dejara de
ser loco. Este tal graduado, al cabo de algunos aÒos de recogimiento, se
dio a entender que estaba cuerdo y en su entero juicio, y con esta
imaginaciÛn escribiÛ al arzobispo, suplic·ndole encarecidamente y con muy
concertadas razones le mandase sacar de aquella miseria en que vivÌa, pues
por la misericordia de Dios habÌa ya cobrado el juicio perdido; pero que
sus parientes, por gozar de la parte de su hacienda, le tenÌan allÌ, y, a
pesar de la verdad, querÌan que fuese loco hasta la muerte.

ªEl arzobispo, persuadido de muchos billetes concertados y discretos, mandÛ
a un capell·n suyo se informase del retor de la casa si era verdad lo que
aquel licenciado le escribÌa, y que asimesmo hablase con el loco, y que si
le pareciese que tenÌa juicio, le sacase y pusiese en libertad. HÌzolo asÌ
el capell·n, y el retor le dijo que aquel hombre a˙n se estaba loco: que,
puesto que hablaba muchas veces como persona de grande entendimiento, al
cabo disparaba con tantas necedades, que en muchas y en grandes igualaban a
sus primeras discreciones, como se podÌa hacer la esperiencia habl·ndole.
Quiso hacerla el capell·n, y, poniÈndole con el loco, hablÛ con Èl una hora
y m·s, y en todo aquel tiempo jam·s el loco dijo razÛn torcida ni
disparatada; antes, hablÛ tan atentadamente, que el capell·n fue forzado a
creer que el loco estaba cuerdo; y entre otras cosas que el loco le dijo
fue que el retor le tenÌa ojeriza, por no perder los regalos que sus
parientes le hacÌan porque dijese que a˙n estaba loco, y con l˙cidos
intervalos; y que el mayor contrario que en su desgracia tenÌa era su mucha
hacienda, pues, por gozar della sus enemigos, ponÌan dolo y dudaban de la
merced que Nuestro SeÒor le habÌa hecho en volverle de bestia en hombre.
Finalmente, Èl hablÛ de manera que hizo sospechoso al retor, codiciosos y
desalmados a sus parientes, y a Èl tan discreto que el capell·n se
determinÛ a llev·rsele consigo a que el arzobispo le viese y tocase con la
mano la verdad de aquel negocio.

ªCon esta buena fee, el buen capell·n pidiÛ al retor mandase dar los
vestidos con que allÌ habÌa entrado el licenciado; volviÛ a decir el retor
que mirase lo que hacÌa, porque, sin duda alguna, el licenciado a˙n se
estaba loco. No sirvieron de nada para con el capell·n las prevenciones y
advertimientos del retor para que dejase de llevarle; obedeciÛ el retor,
viendo ser orden del arzobispo; pusieron al licenciado sus vestidos, que
eran nuevos y decentes, y, como Èl se vio vestido de cuerdo y desnudo de
loco, suplicÛ al capell·n que por caridad le diese licencia para ir a
despedirse de sus compaÒeros los locos. El capell·n dijo que Èl le querÌa
acompaÒar y ver los locos que en la casa habÌa. Subieron, en efeto, y con
ellos algunos que se hallaron presentes; y, llegado el licenciado a una
jaula adonde estaba un loco furioso, aunque entonces sosegado y quieto, le
dijo: ''Hermano mÌo, mire si me manda algo, que me voy a mi casa; que ya
Dios ha sido servido, por su infinita bondad y misericordia, sin yo
merecerlo, de volverme mi juicio: ya estoy sano y cuerdo; que acerca del
poder de Dios ninguna cosa es imposible. Tenga grande esperanza y confianza
en …l, que, pues a mÌ me ha vuelto a mi primero estado, tambiÈn le volver·
a Èl si en …l confÌa. Yo tendrÈ cuidado de enviarle algunos regalos que
coma, y cÛmalos en todo caso, que le hago saber que imagino, como quien ha
pasado por ello, que todas nuestras locuras proceden de tener los estÛmagos
vacÌos y los celebros llenos de aire. EsfuÈrcese, esfuÈrcese, que el
descaecimiento en los infortunios apoca la salud y acarrea la muerte''.

ªTodas estas razones del licenciado escuchÛ otro loco que estaba en otra
jaula, frontero de la del furioso, y, levant·ndose de una estera vieja
donde estaba echado y desnudo en cueros, preguntÛ a grandes voces quiÈn era
el que se iba sano y cuerdo. El licenciado respondiÛ: ''Yo soy, hermano, el
que me voy; que ya no tengo necesidad de estar m·s aquÌ, por lo que doy
infinitas gracias a los cielos, que tan grande merced me han hecho''.
''Mirad lo que decÌs, licenciado, no os engaÒe el diablo -replicÛ el loco-;
sosegad el pie, y estaos quedito en vuestra casa, y ahorrarÈis la vuelta''.
''Yo sÈ que estoy bueno -replicÛ el licenciado-, y no habr· para quÈ tornar
a andar estaciones''. ''øVos bueno? -dijo el loco-: agora bien, ello dir·;
andad con Dios, pero yo os voto a J˙piter, cuya majestad yo represento en
la tierra, que por solo este pecado que hoy comete Sevilla, en sacaros
desta casa y en teneros por cuerdo, tengo de hacer un tal castigo en ella,
que quede memoria dÈl por todos los siglos del los siglos, amÈn. øNo sabes
t˙, licenciadillo menguado, que lo podrÈ hacer, pues, como digo, soy
J˙piter Tonante, que tengo en mis manos los rayos abrasadores con que puedo
y suelo amenazar y destruir el mundo? Pero con sola una cosa quiero
castigar a este ignorante pueblo, y es con no llover en Èl ni en todo su
distrito y contorno por tres enteros aÒos, que se han de contar desde el
dÌa y punto en que ha sido hecha esta amenaza en adelante. øT˙ libre, t˙
sano, t˙ cuerdo, y yo loco, y yo enfermo, y yo atado...? AsÌ pienso llover
como pensar ahorcarme''.

ªA las voces y a las razones del loco estuvieron los circustantes atentos,
pero nuestro licenciado, volviÈndose a nuestro capell·n y asiÈndole de las
manos, le dijo: ''No tenga vuestra merced pena, seÒor mÌo, ni haga caso de
lo que este loco ha dicho, que si Èl es J˙piter y no quisiere llover, yo,
que soy Neptuno, el padre y el dios de las aguas, lloverÈ todas las veces
que se me antojare y fuere menester''. A lo que respondiÛ el capell·n:
''Con todo eso, seÒor Neptuno, no ser· bien enojar al seÒor J˙piter:
vuestra merced se quede en su casa, que otro dÌa, cuando haya m·s comodidad
y m·s espacio, volveremos por vuestra merced''. RiÛse el retor y los
presentes, por cuya risa se medio corriÛ el capell·n; desnudaron al
licenciado, quedÛse en casa y acabÛse el cuento.ª

-Pues, øÈste es el cuento, seÒor barbero -dijo don Quijote-, que, por venir
aquÌ como de molde, no podÌa dejar de contarle? °Ah, seÒor rapista, seÒor
rapista, y cu·n ciego es aquel que no vee por tela de cedazo! Y øes posible
que vuestra merced no sabe que las comparaciones que se hacen de ingenio a
ingenio, de valor a valor, de hermosura a hermosura y de linaje a linaje
son siempre odiosas y mal recebidas? Yo, seÒor barbero, no soy Neptuno, el
dios de las aguas, ni procuro que nadie me tenga por discreto no lo siendo;
sÛlo me fatigo por dar a entender al mundo en el error en que est· en no
renovar en sÌ el felicÌsimo tiempo donde campeaba la orden de la andante
caballerÌa. Pero no es merecedora la depravada edad nuestra de gozar tanto
bien como el que gozaron las edades donde los andantes caballeros tomaron a
su cargo y echaron sobre sus espaldas la defensa de los reinos, el amparo
de las doncellas, el socorro de los huÈrfanos y pupilos, el castigo de los
soberbios y el premio de los humildes. Los m·s de los caballeros que agora
se usan, antes les crujen los damascos, los brocados y otras ricas telas de
que se visten, que la malla con que se arman; ya no hay caballero que
duerma en los campos, sujeto al rigor del cielo, armado de todas armas
desde los pies a la cabeza; y ya no hay quien, sin sacar los pies de los
estribos, arrimado a su lanza, sÛlo procure descabezar, como dicen, el
sueÒo, como lo hacÌan los caballeros andantes. Ya no hay ninguno que,
saliendo deste bosque, entre en aquella montaÒa, y de allÌ pise una estÈril
y desierta playa del mar, las m·s veces proceloso y alterado, y, hallando
en ella y en su orilla un pequeÒo batel sin remos, vela, m·stil ni jarcia
alguna, con intrÈpido corazÛn se arroje en Èl, entreg·ndose a las
implacables olas del mar profundo, que ya le suben al cielo y ya le bajan
al abismo; y Èl, puesto el pecho a la incontrastable borrasca, cuando menos
se cata, se halla tres mil y m·s leguas distante del lugar donde se
embarcÛ, y, saltando en tierra remota y no conocida, le suceden cosas
dignas de estar escritas, no en pergaminos, sino en bronces. Mas agora, ya
triunfa la pereza de la diligencia, la ociosidad del trabajo, el vicio de
la virtud, la arrogancia de la valentÌa y la teÛrica de la pr·ctica de las
armas, que sÛlo vivieron y resplandecieron en las edades del oro y en los
andantes caballeros. Si no, dÌganme: øquiÈn m·s honesto y m·s valiente que
el famoso AmadÌs de Gaula?; øquiÈn m·s discreto que PalmerÌn de
Inglaterra?; øquiÈn m·s acomodado y manual que Tirante el Blanco?; øquiÈn
m·s gal·n que Lisuarte de Grecia?; øquiÈn m·s acuchillado ni acuchillador
que don BelianÌs?; øquiÈn m·s intrÈpido que PeriÛn de Gaula, o quiÈn m·s
acometedor de peligros que Felixmarte de Hircania, o quiÈn m·s sincero que
Esplandi·n?; øquiÈn mas arrojado que don Cirongilio de Tracia?; øquiÈn m·s
bravo que Rodamonte?; øquiÈn m·s prudente que el rey Sobrino?; øquiÈn m·s
atrevido que Reinaldos?; øquiÈn m·s invencible que Rold·n?; y øquiÈn m·s
gallardo y m·s cortÈs que Rugero, de quien decienden hoy los duques de
Ferrara, seg˙n TurpÌn en su CosmografÌa? Todos estos caballeros, y otros
muchos que pudiera decir, seÒor cura, fueron caballeros andantes, luz y
gloria de la caballerÌa. DÈstos, o tales como Èstos, quisiera yo que fueran
los de mi arbitrio, que, a serlo, Su Majestad se hallara bien servido y
ahorrara de mucho gasto, y el Turco se quedara pelando las barbas, y con
esto, no quiero quedar en mi casa, pues no me saca el capell·n della; y si
su J˙piter, como ha dicho el barbero, no lloviere, aquÌ estoy yo, que
lloverÈ cuando se me antojare. Digo esto porque sepa el seÒor BacÌa que le
entiendo.

-En verdad, seÒor don Quijote -dijo el barbero-, que no lo dije por tanto,
y asÌ me ayude Dios como fue buena mi intenciÛn, y que no debe vuestra
merced sentirse.

-Si puedo sentirme o no -respondiÛ don Quijote-, yo me lo sÈ.

A esto dijo el cura:

-Aun bien que yo casi no he hablado palabra hasta ahora, y no quisiera
quedar con un escr˙pulo que me roe y escarba la conciencia, nacido de lo
que aquÌ el seÒor don Quijote ha dicho.

-Para otras cosas m·s -respondiÛ don Quijote- tiene licencia el seÒor cura;
y asÌ, puede decir su escr˙pulo, porque no es de gusto andar con la
conciencia escrupulosa.

-Pues con ese benepl·cito -respondiÛ el cura-, digo que mi escr˙pulo es que
no me puedo persuadir en ninguna manera a que toda la caterva de caballeros
andantes que vuestra merced, seÒor don Quijote, ha referido, hayan sido
real y verdaderamente personas de carne y hueso en el mundo; antes, imagino
que todo es ficciÛn, f·bula y mentira, y sueÒos contados por hombres
despiertos, o, por mejor decir, medio dormidos.

-…se es otro error -respondiÛ don Quijote- en que han caÌdo muchos, que no
creen que haya habido tales caballeros en el mundo; y yo muchas veces,
con diversas gentes y ocasiones, he procurado sacar a la luz de la verdad
este casi com˙n engaÒo; pero algunas veces no he salido con mi intenciÛn, y
otras sÌ, sustent·ndola sobre los hombros de la verdad; la cual verdad es
tan cierta, que estoy por decir que con mis propios ojos vi a AmadÌs de
Gaula, que era un hombre alto de cuerpo, blanco de rostro, bien puesto de
barba, aunque negra, de vista entre blanda y rigurosa, corto de razones,
tardo en airarse y presto en deponer la ira; y del modo que he delineado a
AmadÌs pudiera, a mi parecer, pintar y descubrir todos cuantos caballeros
andantes andan en las historias en el orbe, que, por la aprehensiÛn que
tengo de que fueron como sus historias cuentan, y por las hazaÒas que
hicieron y condiciones que tuvieron, se pueden sacar por buena filosofÌa
sus faciones, sus colores y estaturas.

-øQue tan grande le parece a vuestra merced, mi seÒor don Quijote -preguntÛ
el barbero-, debÌa de ser el gigante Morgante?

-En esto de gigantes -respondiÛ don Quijote- hay diferentes opiniones, si
los ha habido o no en el mundo; pero la Santa Escritura, que no puede
faltar un ·tomo en la verdad, nos muestra que los hubo, cont·ndonos la
historia de aquel filisteazo de GolÌas, que tenÌa siete codos y medio de
altura, que es una desmesurada grandeza. TambiÈn en la isla de Sicilia se
han hallado canillas y espaldas tan grandes, que su grandeza manifiesta que
fueron gigantes sus dueÒos, y tan grandes como grandes torres; que la
geometrÌa saca esta verdad de duda. Pero, con todo esto, no sabrÈ decir con
certidumbre quÈ tamaÒo tuviese Morgante, aunque imagino que no debiÛ de ser
muy alto; y muÈveme a ser deste parecer hallar en la historia donde se hace
menciÛn particular de sus hazaÒas que muchas veces dormÌa debajo de
techado; y, pues hallaba casa donde cupiese, claro est· que no era
desmesurada su grandeza.

-AsÌ es -dijo el cura.

El cual, gustando de oÌrle decir tan grandes disparates, le preguntÛ que
quÈ sentÌa acerca de los rostros de Reinaldos de Montalb·n y de don Rold·n,
y de los dem·s Doce Pares de Francia, pues todos habÌan sido caballeros
andantes.

-De Reinaldos -respondiÛ don Quijote- me atrevo a decir que era ancho de
rostro, de color bermejo, los ojos bailadores y algo saltados, puntoso y
colÈrico en demasÌa, amigo de ladrones y de gente perdida. De Rold·n, o
Rotolando, o Orlando, que con todos estos nombres le nombran las historias,
soy de parecer y me afirmo que fue de mediana estatura, ancho de espaldas,
algo estevado, moreno de rostro y barbitaheÒo, velloso en el cuerpo y de
vista amenazadora; corto de razones, pero muy comedido y bien criado.

-Si no fue Rold·n m·s gentilhombre que vuestra merced ha dicho -replicÛ el
cura-, no fue maravilla que la seÒora AngÈlica la Bella le desdeÒase y
dejase por la gala, brÌo y donaire que debÌa de tener el morillo
barbiponiente a quien ella se entregÛ; y anduvo discreta de adamar antes la
blandura de Medoro que la aspereza de Rold·n.

-Esa AngÈlica -respondiÛ don Quijote-, seÒor cura, fue una doncella
destraÌda, andariega y algo antojadiza, y tan lleno dejÛ el mundo de sus
impertinencias como de la fama de su hermosura: despreciÛ mil seÒores, mil
valientes y mil discretos, y contentÛse con un pajecillo barbilucio, sin
otra hacienda ni nombre que el que le pudo dar de agradecido la amistad que
guardÛ a su amigo. El gran cantor de su belleza, el famoso Ariosto, por no
atreverse, o por no querer cantar lo que a esta seÒora le sucediÛ despuÈs
de su ruin entrego, que no debieron ser cosas demasiadamente honestas, la
dejÛ donde dijo:

Y como del Catay recibiÛ el cetro,

quiz· otro cantar· con mejor plectro.

Y, sin duda, que esto fue como profecÌa; que los poetas tambiÈn se llaman
vates, que quiere decir adivinos. VÈese esta verdad clara, porque, despuÈs
ac·, un famoso poeta andaluz llorÛ y cantÛ sus l·grimas, y otro famoso y
˙nico poeta castellano cantÛ su hermosura.

-DÌgame, seÒor don Quijote -dijo a esta sazÛn el barbero-, øno ha habido
alg˙n poeta que haya hecho alguna s·tira a esa seÒora AngÈlica, entre
tantos como la han alabado?

-Bien creo yo -respondiÛ don Quijote- que si Sacripante o Rold·n fueran
poetas, que ya me hubieran jabonado a la doncella; porque es propio y
natural de los poetas desdeÒados y no admitidos de sus damas fingidas -o
fingidas, en efeto, de aquÈllos a quien ellos escogieron por seÒoras de sus
pensamientos-, vengarse con s·tiras y libelos (venganza, por cierto,
indigna de pechos generosos), pero hasta agora no ha llegado a mi noticia
ning˙n verso infamatorio contra la seÒora AngÈlica, que trujo revuelto el
mundo.

-°Milagro! -dijo el cura.

Y, en esto, oyeron que la ama y la sobrina, que ya habÌan dejado la
conversaciÛn, daban grandes voces en el patio, y acudieron todos al ruido.

CapÌtulo II. Que trata de la notable pendencia que Sancho Panza tuvo con la
sobrina y ama de don Quijote, con otros sujetos graciosos

Cuenta la historia que las voces que oyeron don Quijote, el cura y el
barbero eran de la sobrina y ama, que las daban diciendo a Sancho Panza,
que pugnaba por entrar a ver a don Quijote, y ellas le defendÌan la puerta:

-øQuÈ quiere este mostrenco en esta casa? Idos a la vuestra, hermano, que
vos sois, y no otro, el que destrae y sonsaca a mi seÒor, y le lleva por
esos andurriales.

A lo que Sancho respondiÛ:

-Ama de Satan·s, el sonsacado, y el destraÌdo, y el llevado por esos
andurriales soy yo, que no tu amo; Èl me llevÛ por esos mundos, y vosotras
os engaÒ·is en la mitad del justo precio: Èl me sacÛ de mi casa con
engaÒifas, prometiÈndome una Ìnsula, que hasta agora la espero.

-Malas Ìnsulas te ahoguen -respondiÛ la sobrina-, Sancho maldito. Y øquÈ
son Ìnsulas? øEs alguna cosa de comer, golosazo, comilÛn, que t˙ eres?

-No es de comer -replicÛ Sancho-, sino de gobernar y regir mejor que cuatro
ciudades y que cuatro alcaldes de corte.

-Con todo eso -dijo el ama-, no entrarÈis ac·, saco de maldades y costal de
malicias. Id a gobernar vuestra casa y a labrar vuestros pegujares, y
dejaos de pretender Ìnsulas ni Ìnsulos.

Grande gusto recebÌan el cura y el barbero de oÌr el coloquio de los tres;
pero don Quijote, temeroso que Sancho se descosiese y desbuchase alg˙n
montÛn de maliciosas necedades, y tocase en puntos que no le estarÌan bien
a su crÈdito, le llamÛ, y hizo a las dos que callasen y le dejasen entrar.
EntrÛ Sancho, y el cura y el barbero se despidieron de don Quijote, de cuya
salud desesperaron, viendo cu·n puesto estaba en sus desvariados
pensamientos, y cu·n embebido en la simplicidad de sus malandantes
caballerÌas; y asÌ, dijo el cura al barbero:

-Vos verÈis, compadre, cÛmo, cuando menos lo pensemos, nuestro hidalgo sale
otra vez a volar la ribera.

No pongo yo duda en eso -respondiÛ el barbero-, pero no me maravillo tanto
de la locura del caballero como de la simplicidad del escudero, que tan
creÌdo tiene aquello de la Ìnsula, que creo que no se lo sacar·n del casco
cuantos desengaÒos pueden imaginarse.

-Dios los remedie -dijo el cura-, y estemos a la mira: veremos en lo que
para esta m·quina de disparates de tal caballero y de tal escudero, que
parece que los forjaron a los dos en una mesma turquesa, y que las locuras
del seÒor, sin las necedades del criado, no valÌan un ardite.

-AsÌ es -dijo el barbero-, y holgara mucho saber quÈ tratar·n ahora los
dos.

-Yo seguro -respondiÛ el cura- que la sobrina o el ama nos lo cuenta
despuÈs, que no son de condiciÛn que dejar·n de escucharlo.

En tanto, don Quijote se encerrÛ con Sancho en su aposento; y, estando
solos, le dijo:

-Mucho me pesa, Sancho, que hayas dicho y digas que yo fui el que te saquÈ
de tus casillas, sabiendo que yo no me quedÈ en mis casas: juntos salimos,
juntos fuimos y juntos peregrinamos; una misma fortuna y una misma suerte
ha corrido por los dos: si a ti te mantearon una vez, a mÌ me han molido
ciento, y esto es lo que te llevo de ventaja.

-Eso estaba puesto en razÛn -respondiÛ Sancho-, porque, seg˙n vuestra
merced dice, m·s anejas son a los caballeros andantes las desgracias que a
sus escuderos.

-Eng·Òaste, Sancho -dijo don Quijote-; seg˙n aquello, quando caput
dolet..., etcÈtera.

-No entiendo otra lengua que la mÌa -respondiÛ Sancho.

-Quiero decir -dijo don Quijote- que, cuando la cabeza duele, todos los
miembros duelen; y asÌ, siendo yo tu amo y seÒor, soy tu cabeza, y t˙ mi
parte, pues eres mi criado; y, por esta razÛn, el mal que a mÌ me toca, o
tocare, a ti te ha de doler, y a mÌ el tuyo.

-AsÌ habÌa de ser -dijo Sancho-, pero cuando a mÌ me manteaban como a
miembro, se estaba mi cabeza detr·s de las bardas, mir·ndome volar por los
aires, sin sentir dolor alguno; y, pues los miembros est·n obligados a
dolerse del mal de la cabeza, habÌa de estar obligada ella a dolerse
dellos.

-øQuerr·s t˙ decir agora, Sancho -respondiÛ don Quijote-, que no me dolÌa
yo cuando a ti te manteaban? Y si lo dices, no lo digas, ni lo pienses;
pues m·s dolor sentÌa yo entonces en mi espÌritu que t˙ en tu cuerpo. Pero
dejemos esto aparte por agora, que tiempo habr· donde lo ponderemos y
pongamos en su punto, y dime, Sancho amigo: øquÈ es lo que dicen de mÌ por
ese lugar? øEn quÈ opiniÛn me tiene el vulgo, en quÈ los hidalgos y en quÈ
los caballeros? øQuÈ dicen de mi valentÌa, quÈ de mis hazaÒas y quÈ de mi
cortesÌa? øQuÈ se platica del asumpto que he tomado de resucitar y volver
al mundo la ya olvidada orden caballeresca? Finalmente, quiero, Sancho, me
digas lo que acerca desto ha llegado a tus oÌdos; y esto me has de decir
sin aÒadir al bien ni quitar al mal cosa alguna, que de los vasallos leales
es decir la verdad a sus seÒores en su ser y figura propia, sin que la
adulaciÛn la acreciente o otro vano respeto la disminuya; y quiero que
sepas, Sancho, que si a los oÌdos de los prÌncipes llegase la verdad
desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros siglos correrÌan, otras
edades serÌan tenidas por m·s de hierro que la nuestra, que entiendo que,
de las que ahora se usan, es la dorada. SÌrvate este advertimiento, Sancho,
para que discreta y bienintencionadamente pongas en mis oÌdos la verdad de
las cosas que supieres de lo que te he preguntado.

-Eso harÈ yo de muy buena gana, seÒor mÌo -respondiÛ Sancho-, con condiciÛn
que vuestra merced no se ha de enojar de lo que dijere, pues quiere que lo
diga en cueros, sin vestirlo de otras ropas de aquellas con que llegaron a
mi noticia.

-En ninguna manera me enojarÈ -respondiÛ don Quijote-. Bien puedes, Sancho,
hablar libremente y sin rodeo alguno.

-Pues lo primero que digo -dijo-, es que el vulgo tiene a vuestra merced
por grandÌsimo loco, y a mÌ por no menos mentecato. Los hidalgos dicen que,
no conteniÈndose vuestra merced en los lÌmites de la hidalguÌa, se ha
puesto don y se ha arremetido a caballero con cuatro cepas y dos yugadas de
tierra y con un trapo atr·s y otro adelante. Dicen los caballeros que no
querrÌan que los hidalgos se opusiesen a ellos, especialmente aquellos
hidalgos escuderiles que dan humo a los zapatos y toman los puntos de las
medias negras con seda verde.

-Eso -dijo don Quijote- no tiene que ver conmigo, pues ando siempre bien
vestido, y jam·s remendado; roto, bien podrÌa ser; y el roto, m·s de las
armas que del tiempo.

-En lo que toca -prosiguiÛ Sancho- a la valentÌa, cortesÌa, hazaÒas y
asumpto de vuestra merced, hay diferentes opiniones; unos dicen: "loco,
pero gracioso"; otros, "valiente, pero desgraciado"; otros, "cortÈs, pero
impertinente"; y por aquÌ van discurriendo en tantas cosas, que ni a
vuestra merced ni a mÌ nos dejan hueso sano.

-Mira, Sancho -dijo don Quijote-: dondequiera que est· la virtud en
eminente grado, es perseguida. Pocos o ninguno de los famosos varones que
pasaron dejÛ de ser calumniado de la malicia. Julio CÈsar, animosÌsimo,
prudentÌsimo y valentÌsimo capit·n, fue notado de ambicioso y alg˙n tanto
no limpio, ni en sus vestidos ni en sus costumbres. Alejandro, a quien sus
hazaÒas le alcanzaron el renombre de Magno, dicen dÈl que tuvo sus ciertos
puntos de borracho. De HÈrcules, el de los muchos trabajos, se cuenta que
fue lascivo y muelle. De don Galaor, hermano de AmadÌs de Gaula, se murmura
que fue m·s que demasiadamente rijoso; y de su hermano, que fue llorÛn. AsÌ
que, °oh Sancho!, entre las tantas calumnias de buenos, bien pueden pasar
las mÌas, como no sean m·s de las que has dicho.

-°AhÌ est· el toque, cuerpo de mi padre! -replicÛ Sancho.

-Pues, øhay m·s? -preguntÛ don Quijote.

-A˙n la cola falta por desollar -dijo Sancho-. Lo de hasta aquÌ son tortas
y pan pintado; mas si vuestra merced quiere saber todo lo que hay acerca de
las caloÒas que le ponen, yo le traerÈ aquÌ luego al momento quien se las
diga todas, sin que les falte una meaja; que anoche llegÛ el hijo de
BartolomÈ Carrasco, que viene de estudiar de Salamanca, hecho bachiller, y,
yÈndole yo a dar la bienvenida, me dijo que andaba ya en libros la historia
de vuestra merced, con nombre del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la
Mancha; y dice que me mientan a mÌ en ella con mi mesmo nombre de Sancho
Panza, y a la seÒora Dulcinea del Toboso, con otras cosas que pasamos
nosotros a solas, que me hice cruces de espantado cÛmo las pudo saber el
historiador que las escribiÛ.

-Yo te aseguro, Sancho -dijo don Quijote-, que debe de ser alg˙n sabio
encantador el autor de nuestra historia; que a los tales no se les encubre
nada de lo que quieren escribir.

-Y °cÛmo -dijo Sancho- si era sabio y encantador, pues (seg˙n dice el
bachiller SansÛn Carrasco, que asÌ se llama el que dicho tengo) que el
autor de la historia se llama Cide Hamete Berenjena!

-Ese nombre es de moro -respondiÛ don Quijote.

-AsÌ ser· -respondiÛ Sancho-, porque por la mayor parte he oÌdo decir que
los moros son amigos de berenjenas.

-T˙ debes, Sancho -dijo don Quijote-, errarte en el sobrenombre de ese
Cide, que en ar·bigo quiere decir seÒor.

-Bien podrÌa ser -replicÛ Sancho-, mas, si vuestra merced gusta que yo le
haga venir aquÌ, irÈ por Èl en volandas.

-Har·sme mucho placer, amigo -dijo don Quijote-, que me tiene suspenso lo
que me has dicho, y no comerÈ bocado que bien me sepa hasta ser informado
de todo.

-Pues yo voy por Èl -respondiÛ Sancho.

Y, dejando a su seÒor, se fue a buscar al bachiller, con el cual volviÛ de
allÌ a poco espacio, y entre los tres pasaron un graciosÌsimo coloquio.

CapÌtulo III. Del ridÌculo razonamiento que pasÛ entre don Quijote, Sancho
Panza y el bachiller SansÛn Carrasco

Pensativo adem·s quedÛ don Quijote, esperando al bachiller Carrasco, de
quien esperaba oÌr las nuevas de sÌ mismo puestas en libro, como habÌa
dicho Sancho; y no se podÌa persuadir a que tal historia hubiese, pues a˙n
no estaba enjuta en la cuchilla de su espada la sangre de los enemigos que
habÌa muerto, y ya querÌan que anduviesen en estampa sus altas caballerÌas.
Con todo eso, imaginÛ que alg˙n sabio, o ya amigo o enemigo, por arte de
encantamento las habr· dado a la estampa: si amigo, para engrandecerlas y
levantarlas sobre las m·s seÒaladas de caballero andante; si enemigo, para
aniquilarlas y ponerlas debajo de las m·s viles que de alg˙n vil escudero
se hubiesen escrito, puesto -decÌa entre sÌ- que nunca hazaÒas de escuderos
se escribieron; y cuando fuese verdad que la tal historia hubiese, siendo
de caballero andante, por fuerza habÌa de ser grandÌlocua, alta, insigne,
magnÌfica y verdadera.

Con esto se consolÛ alg˙n tanto, pero desconsolÛle pensar que su autor era
moro, seg˙n aquel nombre de Cide; y de los moros no se podÌa esperar verdad
alguna, porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas. TemÌase no
hubiese tratado sus amores con alguna indecencia, que redundase en
menoscabo y perjuicio de la honestidad de su seÒora Dulcinea del Toboso;
deseaba que hubiese declarado su fidelidad y el decoro que siempre la habÌa
guardado, menospreciando reinas, emperatrices y doncellas de todas
calidades, teniendo a raya los Ìmpetus de los naturales movimientos; y asÌ,
envuelto y revuelto en estas y otras muchas imaginaciones, le hallaron
Sancho y Carrasco, a quien don Quijote recibiÛ con mucha cortesÌa.

Era el bachiller, aunque se llamaba SansÛn, no muy grande de cuerpo, aunque
muy gran socarrÛn, de color macilenta, pero de muy buen entendimiento;
tendrÌa hasta veinte y cuatro aÒos, carirredondo, de nariz chata y de
boca grande, seÒales todas de ser de condiciÛn maliciosa y amigo de
donaires y de burlas, como lo mostrÛ en viendo a don Quijote, poniÈndose
delante dÈl de rodillas, diciÈndole:

-DÈme vuestra grandeza las manos, seÒor don Quijote de la Mancha; que, por
el h·bito de San Pedro que visto, aunque no tengo otras Ûrdenes que las
cuatro primeras, que es vuestra merced uno de los m·s famosos caballeros
andantes que ha habido, ni aun habr·, en toda la redondez de la tierra.
Bien haya Cide Hamete Benengeli, que la historia de vuestras grandezas dejÛ
escritas, y rebiÈn haya el curioso que tuvo cuidado de hacerlas traducir de
ar·bigo en nuestro vulgar castellano, para universal entretenimiento de las
gentes.

HÌzole levantar don Quijote, y dijo:

-Desa manera, øverdad es que hay historia mÌa, y que fue moro y sabio el
que la compuso?

-Es tan verdad, seÒor -dijo SansÛn-, que tengo para mÌ que el dÌa de hoy
est·n impresos m·s de doce mil libros de la tal historia; si no, dÌgalo
Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso; y aun hay fama que se
est· imprimiendo en Amberes, y a mÌ se me trasluce que no ha de haber
naciÛn ni lengua donde no se traduzga.

-Una de las cosas -dijo a esta sazÛn don Quijote- que m·s debe de dar
contento a un hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo, andar con buen
nombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa. Dije con buen
nombre porque, siendo al contrario, ninguna muerte se le igualar·.

-Si por buena fama y si por buen nombre va -dijo el bachiller-, solo
vuestra merced lleva la palma a todos los caballeros andantes; porque el
moro en su lengua y el cristiano en la suya tuvieron cuidado de pintarnos
muy al vivo la gallardÌa de vuestra merced, el ·nimo grande en acometer los
peligros, la paciencia en las adversidades y el sufrimiento, asÌ en las
desgracias como en las heridas, la honestidad y continencia en los amores
tan platÛnicos de vuestra merced y de mi seÒora doÒa Dulcinea del Toboso.

-Nunca -dijo a este punto Sancho Panza- he oÌdo llamar con don a mi seÒora
Dulcinea, sino solamente la seÒora Dulcinea del Toboso, y ya en esto anda
errada la historia.

-No es objeciÛn de importancia Èsa -respondiÛ Carrasco.

-No, por cierto -respondiÛ don Quijote-; pero dÌgame vuestra merced, seÒor
bachiller: øquÈ hazaÒas mÌas son las que m·s se ponderan en esa historia?

-En eso -respondiÛ el bachiller-, hay diferentes opiniones, como hay
diferentes gustos: unos se atienen a la aventura de los molinos de viento,
que a vuestra merced le parecieron Briareos y gigantes; otros, a la de los
batanes; Èste, a la descripciÛn de los dos ejÈrcitos, que despuÈs
parecieron ser dos manadas de carneros; aquÈl encarece la del muerto que
llevaban a enterrar a Segovia; uno dice que a todas se aventaja la de la
libertad de los galeotes; otro, que ninguna iguala a la de los dos gigantes
benitos, con la pendencia del valeroso vizcaÌno.

-DÌgame, seÒor bachiller -dijo a esta sazÛn Sancho-: øentra ahÌ la aventura
de los yang¸eses, cuando a nuestro buen Rocinante se le antojÛ pedir
cotufas en el golfo?

-No se le quedÛ nada -respondiÛ SansÛn- al sabio en el tintero: todo lo
dice y todo lo apunta, hasta lo de las cabriolas que el buen Sancho hizo en
la manta.

-En la manta no hice yo cabriolas -respondiÛ Sancho-; en el aire sÌ, y aun
m·s de las que yo quisiera.

-A lo que yo imagino -dijo don Quijote-, no hay historia humana en el mundo
que no tenga sus altibajos, especialmente las que tratan de caballerÌas,
las cuales nunca pueden estar llenas de prÛsperos sucesos.

-Con todo eso -respondiÛ el bachiller-, dicen algunos que han leÌdo la
historia que se holgaran se les hubiera olvidado a los autores della
algunos de los infinitos palos que en diferentes encuentros dieron al seÒor
don Quijote.

-AhÌ entra la verdad de la historia -dijo Sancho.

-TambiÈn pudieran callarlos por equidad -dijo don Quijote-, pues las
acciones que ni mudan ni alteran la verdad de la historia no hay para quÈ
escribirlas, si han de redundar en menosprecio del seÒor de la historia. A
fee que no fue tan piadoso Eneas como Virgilio le pinta, ni tan prudente
Ulises como le describe Homero.

-AsÌ es -replicÛ SansÛn-, pero uno es escribir como poeta y otro como
historiador: el poeta puede contar, o cantar las cosas, no como fueron,
sino como debÌan ser; y el historiador las ha de escribir, no como debÌan
ser, sino como fueron, sin aÒadir ni quitar a la verdad cosa alguna.

-Pues si es que se anda a decir verdades ese seÒor moro -dijo Sancho-, a
buen seguro que entre los palos de mi seÒor se hallen los mÌos; porque
nunca a su merced le tomaron la medida de las espaldas que no me la tomasen
a mÌ de todo el cuerpo; pero no hay de quÈ maravillarme, pues, como dice el
mismo seÒor mÌo, del dolor de la cabeza han de participar los miembros.

-SocarrÛn sois, Sancho -respondiÛ don Quijote-. A fee que no os falta
memoria cuando vos querÈis tenerla.

-Cuando yo quisiese olvidarme de los garrotazos que me han dado -dijo
Sancho-, no lo consentir·n los cardenales, que a˙n se est·n frescos en las
costillas.

-Callad, Sancho -dijo don Quijote-, y no interrump·is al seÒor bachiller, a
quien suplico pase adelante en decirme lo que se dice de mÌ en la referida
historia.

-Y de mÌ -dijo Sancho-, que tambiÈn dicen que soy yo uno de los principales
presonajes della.

-Personajes que no presonajes, Sancho amigo -dijo SansÛn.

-øOtro reprochador de voquibles tenemos? -dijo Sancho-. Pues ·ndense a eso,
y no acabaremos en toda la vida.

-Mala me la dÈ Dios, Sancho -respondiÛ el bachiller-, si no sois vos la
segunda persona de la historia; y que hay tal, que precia m·s oÌros hablar
a vos que al m·s pintado de toda ella, puesto que tambiÈn hay quien diga
que anduvistes demasiadamente de crÈdulo en creer que podÌa ser verdad el
gobierno de aquella Ìnsula, ofrecida por el seÒor don Quijote, que est·
presente.

-A˙n hay sol en las bardas -dijo don Quijote-, y, mientras m·s fuere
entrando en edad Sancho, con la esperiencia que dan los aÒos, estar· m·s
idÛneo y m·s h·bil para ser gobernador que no est· agora.

-Por Dios, seÒor -dijo Sancho-, la isla que yo no gobernase con los aÒos
que tengo, no la gobernarÈ con los aÒos de MatusalÈn. El daÒo est· en que
la dicha Ìnsula se entretiene, no sÈ dÛnde, y no en faltarme a mÌ el
caletre para gobernarla.

-Encomendadlo a Dios, Sancho -dijo don Quijote-, que todo se har· bien, y
quiz· mejor de lo que vos pens·is; que no se mueve la hoja en el ·rbol sin
la voluntad de Dios.

-AsÌ es verdad -dijo SansÛn-, que si Dios quiere, no le faltar·n a Sancho
mil islas que gobernar, cuanto m·s una.

-Gobernador he visto por ahÌ -dijo Sancho- que, a mi parecer, no llegan a
la suela de mi zapato, y, con todo eso, los llaman seÒorÌa, y se sirven con
plata.

-…sos no son gobernadores de Ìnsulas -replicÛ SansÛn-, sino de otros
gobiernos m·s manuales; que los que gobiernan Ìnsulas, por lo menos han de
saber gram·tica.

-Con la grama bien me avendrÌa yo -dijo Sancho-, pero con la tica, ni me
tiro ni me pago, porque no la entiendo. Pero, dejando esto del gobierno en
las manos de Dios, que me eche a las partes donde m·s de mÌ se sirva, digo,
seÒor bachiller SansÛn Carrasco, que infinitamente me ha dado gusto que el
autor de la historia haya hablado de mÌ de manera que no enfadan las cosas
que de mÌ se cuentan; que a fe de buen escudero que si hubiera dicho de mÌ
cosas que no fueran muy de cristiano viejo, como soy, que nos habÌan de oÌr
los sordos.

-Eso fuera hacer milagros -respondiÛ SansÛn.

-Milagros o no milagros -dijo Sancho-, cada uno mire cÛmo habla o cÛmo
escribe de las presonas, y no ponga a troche moche lo primero que le viene
al magÌn.

-Una de las tachas que ponen a la tal historia -dijo el bachiller- es que
su autor puso en ella una novela intitulada El curioso impertinente; no por
mala ni por mal razonada, sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que ver
con la historia de su merced del seÒor don Quijote.

-Yo apostarÈ -replicÛ Sancho- que ha mezclado el hideperro berzas con
capachos.

-Ahora digo -dijo don Quijote- que no ha sido sabio el autor de mi
historia, sino alg˙n ignorante hablador, que, a tiento y sin alg˙n
discurso, se puso a escribirla, salga lo que saliere, como hacÌa Orbaneja,
el pintor de ⁄beda, al cual pregunt·ndole quÈ pintaba, respondiÛ: ''Lo que
saliere''. Tal vez pintaba un gallo, de tal suerte y tan mal parecido, que
era menester que con letras gÛticas escribiese junto a Èl: "…ste es gallo".
Y asÌ debe de ser de mi historia, que tendr· necesidad de comento para
entenderla.

-Eso no -respondiÛ SansÛn-, porque es tan clara, que no hay cosa que
dificultar en ella: los niÒos la manosean, los mozos la leen, los hombres
la entienden y los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan
leÌda y tan sabida de todo gÈnero de gentes, que, apenas han visto alg˙n
rocÌn flaco, cuando dicen: "allÌ va Rocinante". Y los que m·s se han dado a
su letura son los pajes: no hay antec·mara de seÒor donde no se halle un
Don Quijote: unos le toman si otros le dejan; Èstos le embisten y aquÈllos
le piden. Finalmente, la tal historia es del m·s gustoso y menos
perjudicial entretenimiento que hasta agora se haya visto, porque en toda
ella no se descubre, ni por semejas, una palabra deshonesta ni un
pensamiento menos que catÛlico.

-A escribir de otra suerte -dijo don Quijote-, no fuera escribir verdades,
sino mentiras; y los historiadores que de mentiras se valen habÌan de ser
quemados, como los que hacen moneda falsa; y no sÈ yo quÈ le moviÛ al autor
a valerse de novelas y cuentos ajenos, habiendo tanto que escribir en los
mÌos: sin duda se debiÛ de atener al refr·n: "De paja y de heno...",
etcÈtera. Pues en verdad que en sÛlo manifestar mis pensamientos, mis
sospiros, mis l·grimas, mis buenos deseos y mis acometimientos pudiera
hacer un volumen mayor, o tan grande que el que pueden hacer todas las
obras del Tostado. En efeto, lo que yo alcanzo, seÒor bachiller, es que
para componer historias y libros, de cualquier suerte que sean, es menester
un gran juicio y un maduro entendimiento. Decir gracias y escribir donaires
es de grandes ingenios: la m·s discreta figura de la comedia es la del
bobo, porque no lo ha de ser el que quiere dar a entender que es simple. La
historia es como cosa sagrada; porque ha de ser verdadera, y donde est· la
verdad est· Dios, en cuanto a verdad; pero, no obstante esto, hay algunos
que asÌ componen y arrojan libros de sÌ como si fuesen buÒuelos.

-No hay libro tan malo -dijo el bachiller- que no tenga algo bueno.

-No hay duda en eso -replicÛ don Quijote-; pero muchas veces acontece que
los que tenÌan mÈritamente granjeada y alcanzada gran fama por sus
escritos, en d·ndolos a la estampa, la perdieron del todo, o la
menoscabaron en algo.

-La causa deso es -dijo SansÛn- que, como las obras impresas se miran
despacio, f·cilmente se veen sus faltas, y tanto m·s se escudriÒan cuanto
es mayor la fama del que las compuso. Los hombres famosos por sus ingenios,
los grandes poetas, los ilustres historiadores, siempre, o las m·s veces,
son envidiados de aquellos que tienen por gusto y por particular
entretenimiento juzgar los escritos ajenos, sin haber dado algunos propios
a la luz del mundo.

-Eso no es de maravillar -dijo don Quijote-, porque muchos teÛlogos hay que
no son buenos para el p˙lpito, y son bonÌsimos para conocer las faltas o
sobras de los que predican.

-Todo eso es asÌ, seÒor don Quijote -dijo Carrasco-, pero quisiera yo que
los tales censuradores fueran m·s misericordiosos y menos escrupulosos, sin
atenerse a los ·tomos del sol clarÌsimo de la obra de que murmuran; que si
aliquando bonus dormitat Homerus, consideren lo mucho que estuvo despierto,
por dar la luz de su obra con la menos sombra que pudiese; y quiz· podrÌa
ser que lo que a ellos les parece mal fuesen lunares, que a las veces
acrecientan la hermosura del rostro que los tiene; y asÌ, digo que es
grandÌsimo el riesgo a que se pone el que imprime un libro, siendo de toda
imposibilidad imposible componerle tal, que satisfaga y contente a todos
los que le leyeren.

-El que de mÌ trata -dijo don Quijote-, a pocos habr· contentado.

-Antes es al revÈs; que, como de stultorum infinitus est numerus, infinitos
son los que han gustado de la tal historia; y algunos han puesto falta y
dolo en la memoria del autor, pues se le olvida de contar quiÈn fue el
ladrÛn que hurtÛ el rucio a Sancho, que allÌ no se declara, y sÛlo se
infiere de lo escrito que se le hurtaron, y de allÌ a poco le vemos a
caballo sobre el mesmo jumento, sin haber parecido. TambiÈn dicen que se le
olvidÛ poner lo que Sancho hizo de aquellos cien escudos que hallÛ en la
maleta en Sierra Morena, que nunca m·s los nombra, y hay muchos que desean
saber quÈ hizo dellos, o en quÈ los gastÛ, que es uno de los puntos
sustanciales que faltan en la obra.

-Sancho respondiÛ:

-Yo, seÒor SansÛn, no estoy ahora para ponerme en cuentas ni cuentos; que
me ha tomado un desmayo de estÛmago, que si no le reparo con dos tragos de
lo aÒejo, me pondr· en la espina de Santa LucÌa. En casa lo tengo, mi oÌslo
me aguarda; en acabando de comer, darÈ la vuelta, y satisfarÈ a vuestra
merced y a todo el mundo de lo que preguntar quisieren, asÌ de la pÈrdida
del jumento como del gasto de los cien escudos.

Y, sin esperar respuesta ni decir otra palabra, se fue a su casa.

Don Quijote pidiÛ y rogÛ al bachiller se quedase a hacer penitencia con Èl.
Tuvo el bachiller el envite: quedÛse, aÒadiÛse al ordinaro un par de
pichones, tratÛse en la mesa de caballerÌas, siguiÛle el humor Carrasco,
acabÛse el banquete, durmieron la siesta, volviÛ Sancho y renovÛse la
pl·tica pasada.

CapÌtulo IV. Donde Sancho Panza satisface al bachiller SansÛn Carrasco de
sus dudas y preguntas, con otros sucesos dignos de saberse y de contarse

VolviÛ Sancho a casa de don Quijote, y, volviendo al pasado razonamiento,
dijo:

-A lo que el seÒor SansÛn dijo que se deseaba saber quiÈn, o cÛmo, o cu·ndo
se me hurtÛ el jumento, respondiendo digo que la noche misma que, huyendo
de la Santa Hermandad, nos entramos en Sierra Morena, despuÈs de la
aventura sin ventura de los galeotes y de la del difunto que llevaban a
Segovia, mi seÒor y yo nos metimos entre una espesura, adonde mi seÒor
arrimado a su lanza, y yo sobre mi rucio, molidos y cansados de las pasadas
refriegas, nos pusimos a dormir como si fuera sobre cuatro colchones de
pluma; especialmente yo dormÌ con tan pesado sueÒo, que quienquiera que fue
tuvo lugar de llegar y suspenderme sobre cuatro estacas que puso a los
cuatro lados de la albarda, de manera que me dejÛ a caballo sobre ella, y
me sacÛ debajo de mÌ al rucio, sin que yo lo sintiese.

-Eso es cosa f·cil, y no acontecimiento nuevo, que lo mesmo le sucediÛ a
Sacripante cuando, estando en el cerco de Albraca, con esa misma invenciÛn
le sacÛ el caballo de entre las piernas aquel famoso ladrÛn llamado
Brunelo.

-AmaneciÛ -prosiguiÛ Sancho-, y, apenas me hube estremecido, cuando,
faltando las estacas, di conmigo en el suelo una gran caÌda; mirÈ por el
jumento, y no le vi; acudiÈronme l·grimas a los ojos, y hice una
lamentaciÛn, que si no la puso el autor de nuestra historia, puede hacer
cuenta que no puso cosa buena. Al cabo de no sÈ cu·ntos dÌas, viniendo con
la seÒora princesa Micomicona, conocÌ mi asno, y que venÌa sobre Èl en
h·bito de gitano aquel GinÈs de Pasamonte, aquel embustero y grandÌsimo
maleador que quitamos mi seÒor y yo de la cadena.

-No est· en eso el yerro -replicÛ SansÛn-, sino en que, antes de haber
parecido el jumento, dice el autor que iba a caballo Sancho en el mesmo
rucio.

-A eso -dijo Sancho-, no sÈ quÈ responder, sino que el historiador se
engaÒÛ, o ya serÌa descuido del impresor.

-AsÌ es, sin duda -dijo SansÛn-; pero, øquÈ se hicieron los cien escudos?;
ødeshiciÈronse?

RespondiÛ Sancho:

-Yo los gastÈ en pro de mi persona y de la de mi mujer, y de mis hijos, y
ellos han sido causa de que mi mujer lleve en paciencia los caminos y
carreras que he andado sirviendo a mi seÒor don Quijote; que si, al cabo de
tanto tiempo, volviera sin blanca y sin el jumento a mi casa, negra ventura
me esperaba; y si hay m·s que saber de mÌ, aquÌ estoy, que responderÈ al
mismo rey en presona, y nadie tiene para quÈ meterse en si truje o no
truje, si gastÈ o no gastÈ; que si los palos que me dieron en estos viajes
se hubieran de pagar a dinero, aunque no se tasaran sino a cuatro maravedÌs
cada uno, en otros cien escudos no habÌa para pagarme la mitad; y cada uno
meta la mano en su pecho, y no se ponga a juzgar lo blanco por negro y lo
negro por blanco; que cada uno es como Dios le hizo, y aun peor muchas
veces.

-Yo tendrÈ cuidado -dijo Carrasco- de acusar al autor de la historia que si
otra vez la imprimiere, no se le olvide esto que el buen Sancho ha dicho,
que ser· realzarla un buen coto m·s de lo que ella se est·.

-øHay otra cosa que enmendar en esa leyenda, seÒor bachiller? -preguntÛ don
Quijote.

-SÌ debe de haber -respondiÛ Èl-, pero ninguna debe de ser de la
importancia de las ya referidas.

-Y por ventura -dijo don Quijote-, øpromete el autor segunda parte?

-SÌ promete -respondiÛ SansÛn-, pero dice que no ha hallado ni sabe quiÈn
la tiene, y asÌ, estamos en duda si saldr· o no; y asÌ por esto como porque
algunos dicen: "Nunca segundas partes fueron buenas", y otros: "De las
cosas de don Quijote bastan las escritas", se duda que no ha de haber
segunda parte; aunque algunos que son m·s joviales que saturninos dicen:
"Vengan m·s quijotadas: embista don Quijote y hable Sancho Panza, y sea lo
que fuere, que con eso nos contentamos".

-Y øa quÈ se atiene el autor?

-A que -respondiÛ SansÛn-, en hallando que halle la historia, que Èl va
buscando con extraordinarias diligencias, la dar· luego a la estampa,
llevado m·s del interÈs que de darla se le sigue que de otra alabanza
alguna.

A lo que dijo Sancho:

-øAl dinero y al interÈs mira el autor? Maravilla ser· que acierte, porque
no har· sino harbar, harbar, como sastre en vÌsperas de pascuas, y las
obras que se hacen apriesa nunca se acaban con la perfeciÛn que requieren.
Atienda ese seÒor moro, o lo que es, a mirar lo que hace; que yo y mi seÒor
le daremos tanto ripio a la mano en materia de aventuras y de sucesos
diferentes, que pueda componer no sÛlo segunda parte, sino ciento. Debe de
pensar el buen hombre, sin duda, que nos dormimos aquÌ en las pajas; pues
tÈnganos el pie al herrar, y ver· del que cosqueamos. Lo que yo sÈ decir es
que si mi seÒor tomase mi consejo, ya habÌamos de estar en esas campaÒas
deshaciendo agravios y enderezando tuertos, como es uso y costumbre de los
buenos andantes caballeros.

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