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Don Quijote by Miguel de Cervantes [Saavedra] [in Spanish]

Part 8 out of 19

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horas, o los que est·n dentro duermen, o no tienen por costumbre de abrirse
las fortalezas hasta que el sol estÈ tendido por todo el suelo. Desviaos
afuera, y esperad que aclare el dÌa, y entonces veremos si ser· justo o no
que os abran.

-øQuÈ diablos de fortaleza o castillo es Èste -dijo uno-, para obligarnos a
guardar esas ceremonias? Si sois el ventero, mandad que nos abran, que
somos caminantes que no queremos m·s de dar cebada a nuestras cabalgaduras
y pasar adelante, porque vamos de priesa.

-øParÈceos, caballeros, que tengo yo talle de ventero? -respondiÛ don
Quijote.

-No sÈ de quÈ tenÈis talle -respondiÛ el otro-, pero sÈ que decÌs
disparates en llamar castillo a esta venta.

-Castillo es -replicÛ don Quijote-, y aun de los mejores de toda esta
provincia; y gente tiene dentro que ha tenido cetro en la mano y corona en
la cabeza.

-Mejor fuera al revÈs -dijo el caminante-: el cetro en la cabeza y la
corona en la mano. Y ser·, si a mano viene, que debe de estar dentro alguna
compaÒÌa de representantes, de los cuales es tener a menudo esas coronas y
cetros que decÌs, porque en una venta tan pequeÒa, y adonde se guarda tanto
silencio como Èsta, no creo yo que se alojan personas dignas de corona y
cetro.

-SabÈis poco del mundo -replicÛ don Quijote-, pues ignor·is los casos que
suelen acontecer en la caballerÌa andante.

Cans·banse los compaÒeros que con el preguntante venÌan del coloquio que
con don Quijote pasaba, y asÌ, tornaron a llamar con grande furia; y fue de
modo que el ventero despertÛ, y aun todos cuantos en la venta estaban; y
asÌ, se levantÛ a preguntar quiÈn llamaba. SucediÛ en este tiempo que una
de las cabalgaduras en que venÌan los cuatro que llamaban se llegÛ a oler a
Rocinante, que, melancÛlico y triste, con las orejas caÌdas, sostenÌa sin
moverse a su estirado seÒor; y como, en fin, era de carne, aunque parecÌa
de leÒo, no pudo dejar de resentirse y tornar a oler a quien le llegaba a
hacer caricias; y asÌ, no se hubo movido tanto cuanto, cuando se desviaron
los juntos pies de don Quijote, y, resbalando de la silla, dieran con Èl en
el suelo, a no quedar colgado del brazo: cosa que le causÛ tanto dolor que
creyÛ o que la muÒeca le cortaban, o que el brazo se le arrancaba; porque
Èl quedÛ tan cerca del suelo que con los estremos de las puntas de los pies
besaba la tierra, que era en su perjuicio, porque, como sentÌa lo poco que
le faltaba para poner las plantas en la tierra, fatig·base y estir·base
cuanto podÌa por alcanzar al suelo: bien asÌ como los que est·n en el
tormento de la garrucha, puestos a toca, no toca, que ellos mesmos son
causa de acrecentar su dolor, con el ahÌnco que ponen en estirarse,
engaÒados de la esperanza que se les representa, que con poco m·s que se
estiren llegar·n al suelo.

CapÌtulo XLIV. Donde se prosiguen los inauditos sucesos de la venta

En efeto, fueron tantas las voces que don Quijote dio, que, abriendo de
presto las puertas de la venta, saliÛ el ventero, despavorido, a ver quiÈn
tales gritos daba, y los que estaban fuera hicieron lo mesmo. Maritornes,
que ya habÌa despertado a las mismas voces, imaginando lo que podÌa ser, se
fue al pajar y desatÛ, sin que nadie lo viese, el cabestro que a don
Quijote sostenÌa, y Èl dio luego en el suelo, a vista del ventero y de los
caminantes, que, lleg·ndose a Èl, le preguntaron quÈ tenÌa, que tales voces
daba. …l, sin responder palabra, se quitÛ el cordel de la muÒeca, y,
levant·ndose en pie, subiÛ sobre Rocinante, embrazÛ su adarga, enristrÛ su
lanzÛn, y, tomando buena parte del campo, volviÛ a medio galope, diciendo:

-Cualquiera que dijere que yo he sido con justo tÌtulo encantado, como mi
seÒora la princesa Micomicona me dÈ licencia para ello, yo le desmiento, le
rieto y desafÌo a singular batalla.

Admirados se quedaron los nuevos caminantes de las palabras de don Quijote,
pero el ventero les quitÛ de aquella admiraciÛn, diciÈndoles que era don
Quijote, y que no habÌa que hacer caso dÈl, porque estaba fuera de juicio.

Pregunt·ronle al ventero si acaso habÌa llegado a aquella venta un muchacho
de hasta edad de quince aÒos, que venÌa vestido como mozo de mulas, de
tales y tales seÒas, dando las mesmas que traÌa el amante de doÒa Clara. El
ventero respondiÛ que habÌa tanta gente en la venta, que no habÌa echado de
ver en el que preguntaban. Pero, habiendo visto uno dellos el coche donde
habÌa venido el oidor, dijo:

-AquÌ debe de estar sin duda, porque Èste es el coche que Èl dicen que
sigue; quÈdese uno de nosotros a la puerta y entren los dem·s a buscarle; y
aun serÌa bien que uno de nosotros rodease toda la venta, porque no se
fuese por las bardas de los corrales.

-AsÌ se har· -respondiÛ uno dellos.

Y, entr·ndose los dos dentro, uno se quedÛ a la puerta y el otro se fue a
rodear la venta; todo lo cual veÌa el ventero, y no sabÌa atinar para quÈ
se hacÌan aquellas diligencias, puesto que bien creyÛ que buscaban aquel
mozo cuyas seÒas le habÌan dado.

Ya a esta sazÛn aclaraba el dÌa; y, asÌ por esto como por el ruido que don
Quijote habÌa hecho, estaban todos despiertos y se levantaban,
especialmente doÒa Clara y Dorotea, que la una con sobresalto de tener tan
cerca a su amante, y la otra con el deseo de verle, habÌan podido dormir
bien mal aquella noche. Don Quijote, que vio que ninguno de los cuatro
caminantes hacÌa caso dÈl, ni le respondÌan a su demanda, morÌa y rabiaba
de despecho y saÒa; y si Èl hallara en las ordenanzas de su caballerÌa que
lÌcitamente podÌa el caballero andante tomar y emprender otra empresa,
habiendo dado su palabra y fe de no ponerse en ninguna hasta acabar la que
habÌa prometido, Èl embistiera con todos, y les hiciera responder mal de su
grado. Pero, por parecerle no convenirle ni estarle bien comenzar nueva
empresa hasta poner a Micomicona en su reino, hubo de callar y estarse
quedo, esperando a ver en quÈ paraban las diligencias de aquellos
caminantes; uno de los cuales hallÛ al mancebo que buscaba, durmiendo al
lado de un mozo de mulas, bien descuidado de que nadie ni le buscase, ni
menos de que le hallase. El hombre le trabÛ del brazo y le dijo:

-Por cierto, seÒor don Luis, que responde bien a quien vos sois el h·bito
que tenÈis, y que dice bien la cama en que os hallo al regalo con que
vuestra madre os criÛ.

LimpiÛse el mozo los soÒolientos ojos y mirÛ de espacio al que le tenÌa
asido, y luego conociÛ que era criado de su padre, de que recibiÛ tal
sobresalto, que no acertÛ o no pudo hablarle palabra por un buen espacio. Y
el criado prosiguiÛ diciendo:

-AquÌ no hay que hacer otra cosa, seÒor don Luis, sino prestar paciencia y
dar la vuelta a casa, si ya vuestra merced no gusta que su padre y mi seÒor
la dÈ al otro mundo, porque no se puede esperar otra cosa de la pena con
que queda por vuestra ausencia.

-Pues, øcÛmo supo mi padre -dijo don Luis- que yo venÌa este camino y en
este traje?

-Un estudiante -respondiÛ el criado- a quien distes cuenta de vuestros
pensamientos fue el que lo descubriÛ, movido a l·stima de las que vio que
hacÌa vuestro padre al punto que os echÛ de menos; y asÌ, despachÛ a cuatro
de sus criados en vuestra busca, y todos estamos aquÌ a vuestro servicio,
m·s contentos de lo que imaginar se puede, por el buen despacho con que
tornaremos, llev·ndoos a los ojos que tanto os quieren.

-Eso ser· como yo quisiere, o como el cielo lo ordenare -respondiÛ don
Luis.

-øQuÈ habÈis de querer, o quÈ ha de ordenar el cielo, fuera de consentir en
volveros?; porque no ha de ser posible otra cosa.

Todas estas razones que entre los dos pasaban oyÛ el mozo de mulas junto a
quien don Luis estaba; y, levant·ndose de allÌ, fue a decir lo que pasaba a
don Fernando y a Cardenio, y a los dem·s, que ya vestido se habÌan; a los
cuales dijo cÛmo aquel hombre llamaba de don a aquel muchacho, y las
razones que pasaban, y cÛmo le querÌa volver a casa de su padre, y el mozo
no querÌa. Y con esto, y con lo que dÈl sabÌan de la buena voz que el cielo
le habÌa dado, vinieron todos en gran deseo de saber m·s particularmente
quiÈn era, y aun de ayudarle si alguna fuerza le quisiesen hacer; y asÌ, se
fueron hacia la parte donde a˙n estaba hablando y porfiando con su criado.

SalÌa en esto Dorotea de su aposento, y tras ella doÒa Clara, toda turbada;
y, llamando Dorotea a Cardenio aparte, le contÛ en breves razones la
historia del m˙sico y de doÒa Clara, a quien Èl tambiÈn dijo lo que pasaba
de la venida a buscarle los criados de su padre, y no se lo dijo tan
callando que lo dejase de oÌr Clara; de lo que quedÛ tan fuera de sÌ que,
si Dorotea no llegara a tenerla, diera consigo en el suelo. Cardenio dijo a
Dorotea que se volviesen al aposento, que Èl procurarÌa poner remedio en
todo, y ellas lo hicieron.

Ya estaban todos los cuatro que venÌan a buscar a don Luis dentro de la
venta y rodeados dÈl, persuadiÈndole que luego, sin detenerse un punto,
volviese a consolar a su padre. …l respondiÛ que en ninguna manera lo podÌa
hacer hasta dar fin a un negocio en que le iba la vida, la honra y el alma.
Apret·ronle entonces los criados, diciÈndole que en ning˙n modo volverÌan
sin Èl, y que le llevarÌan, quisiese o no quisiese.

-Eso no harÈis vosotros -replicÛ don Luis-, si no es llev·ndome muerto;
aunque, de cualquiera manera que me llevÈis, ser· llevarme sin vida.

Ya a esta sazÛn habÌan acudido a la porfÌa todos los m·s que en la venta
estaban, especialmente Cardenio, don Fernando, sus camaradas, el oidor, el
cura, el barbero y don Quijote, que ya le pareciÛ que no habÌa necesidad de
guardar m·s el castillo. Cardenio, como ya sabÌa la historia del mozo,
preguntÛ a los que llevarle querÌan que quÈ les movÌa a querer llevar
contra su voluntad aquel muchacho.

-MuÈvenos -respondiÛ uno de los cuatro- dar la vida a su padre, que por la
ausencia deste caballero queda a peligro de perderla.

A esto dijo don Luis:

-No hay para quÈ se dÈ cuenta aquÌ de mis cosas: yo soy libre, y volverÈ si
me diere gusto, y si no, ninguno de vosotros me ha de hacer fuerza.

-Har·sela a vuestra merced la razÛn -respondiÛ el hombre-; y, cuando ella

no bastare con vuestra merced, bastar· con nosotros para hacer a lo que
venimos y lo que somos obligados.

-Sepamos quÈ es esto de raÌz -dijo a este tiempo el oidor.

Pero el hombre, que lo conociÛ, como vecino de su casa, respondiÛ:

-øNo conoce vuestra merced, seÒor oidor, a este caballero, que es el hijo
de su vecino, el cual se ha ausentado de casa de su padre en el h·bito tan
indecente a su calidad como vuestra merced puede ver?

MirÛle entonces el oidor m·s atentamente y conociÛle; y, abraz·ndole, dijo:

-øQuÈ niÒerÌas son Èstas, seÒor don Luis, o quÈ causas tan poderosas, que
os hayan movido a venir desta manera, y en este traje, que dice tan mal con
la calidad vuestra?

Al mozo se le vinieron las l·grimas a los ojos, y no pudo responder
palabra. El oidor dijo a los cuatro que se sosegasen, que todo se harÌa
bien; y, tomando por la mano a don Luis, le apartÛ a una parte y le
preguntÛ quÈ venida habÌa sido aquÈlla.

Y, en tanto que le hacÌa esta y otras preguntas, oyeron grandes voces a la
puerta de la venta, y era la causa dellas que dos huÈspedes que aquella
noche habÌan alojado en ella, viendo a toda la gente ocupada en saber lo
que los cuatro buscaban, habÌan intentado a irse sin pagar lo que debÌan;
mas el ventero, que atendÌa m·s a su negocio que a los ajenos, les asiÛ al
salir de la puerta y pidiÛ su paga, y les afeÛ su mala intenciÛn con tales
palabras, que les moviÛ a que le respondiesen con los puÒos; y asÌ, le
comenzaron a dar tal mano, que el pobre ventero tuvo necesidad de dar voces
y pedir socorro. La ventera y su hija no vieron a otro m·s desocupado para
poder socorrerle que a don Quijote, a quien la hija de la ventera dijo:

-Socorra vuestra merced, seÒor caballero, por la virtud que Dios le dio, a
mi pobre padre, que dos malos hombres le est·n moliendo como a cibera.

A lo cual respondiÛ don Quijote, muy de espacio y con mucha flema:

-Fermosa doncella, no ha lugar por ahora vuestra peticiÛn, porque estoy
impedido de entremeterme en otra aventura en tanto que no diere cima a una
en que mi palabra me ha puesto. Mas lo que yo podrÈ hacer por serviros es
lo que ahora dirÈ: corred y decid a vuestro padre que se entretenga en esa
batalla lo mejor que pudiere, y que no se deje vencer en ning˙n modo, en
tanto que yo pido licencia a la princesa Micomicona para poder socorrerle
en su cuita; que si ella me la da, tened por cierto que yo le sacarÈ della.

-°Pecadora de mÌ! -dijo a esto Maritornes, que estaba delante-: primero que
vuestra merced alcance esa licencia que dice, estar· ya mi seÒor en el otro
mundo.

-Dadme vos, seÒora, que yo alcance la licencia que digo -respondiÛ don
Quijote-; que, como yo la tenga, poco har· al caso que Èl estÈ en el otro
mundo; que de allÌ le sacarÈ a pesar del mismo mundo que lo contradiga; o,
por lo menos, os darÈ tal venganza de los que all· le hubieren enviado, que
quedÈis m·s que medianamente satisfechas.

Y sin decir m·s se fue a poner de hinojos ante Dorotea, pidiÈndole con
palabras caballerescas y andantescas que la su grandeza fuese servida de
darle licencia de acorrer y socorrer al castellano de aquel castillo, que
estaba puesto en una grave mengua. La princesa se la dio de buen talante, y
Èl luego, embrazando su adarga y poniendo mano a su espada, acudiÛ a la
puerta de la venta, adonde a˙n todavÌa traÌan los dos huÈspedes a mal traer
al ventero; pero, asÌ como llegÛ, embazÛ y se estuvo quedo, aunque
Maritornes y la ventera le decÌan que en quÈ se detenÌa, que socorriese a
su seÒor y marido.

-DetÈngome -dijo don Quijote- porque no me es lÌcito poner mano a la espada
contra gente escuderil; pero llamadme aquÌ a mi escudero Sancho, que a Èl
toca y ataÒe esta defensa y venganza.

Esto pasaba en la puerta de la venta, y en ella andaban las puÒadas y
mojicones muy en su punto, todo en daÒo del ventero y en rabia de
Maritornes, la ventera y su hija, que se desesperaban de ver la cobardÌa de
don Quijote, y de lo mal que lo pasaba su marido, seÒor y padre.

Pero dejÈmosle aquÌ, que no faltar· quien le socorra, o si no, sufra y
calle el que se atreve a m·s de a lo que sus fuerzas le prometen, y
volv·monos atr·s cincuenta pasos, a ver quÈ fue lo que don Luis respondiÛ
al oidor, que le dejamos aparte, pregunt·ndole la causa de su venida a pie
y de tan vil traje vestido. A lo cual el mozo, asiÈndole fuertemente de las
manos, como en seÒal de que alg˙n gran dolor le apretaba el corazÛn, y
derramando l·grimas en grande abundancia, le dijo:

-SeÒor mÌo, yo no sÈ deciros otra cosa sino que desde el punto que quiso el
cielo y facilitÛ nuestra vecindad que yo viese a mi seÒora doÒa Clara, hija
vuestra y seÒora mÌa, desde aquel instante la hice dueÒo de mi voluntad; y
si la vuestra, verdadero seÒor y padre mÌo, no lo impide, en este mesmo dÌa
ha de ser mi esposa. Por ella dejÈ la casa de mi padre, y por ella me puse
en este traje, para seguirla dondequiera que fuese, como la saeta al
blanco, o como el marinero al norte. Ella no sabe de mis deseos m·s de lo
que ha podido entender de algunas veces que desde lejos ha visto llorar mis
ojos. Ya, seÒor, sabÈis la riqueza y la nobleza de mis padres, y como yo
soy su ˙nico heredero: si os parece que Èstas son partes para que os
aventurÈis a hacerme en todo venturoso, recebidme luego por vuestro hijo;
que si mi padre, llevado de otros disignios suyos, no gustare deste bien
que yo supe buscarme, m·s fuerza tiene el tiempo para deshacer y mudar las
cosas que las humanas voluntades.

CallÛ, en diciendo esto, el enamorado mancebo, y el oidor quedÛ en oÌrle
suspenso, confuso y admirado, asÌ de haber oÌdo el modo y la discreciÛn con
que don Luis le habÌa descubierto su pensamiento, como de verse en punto
que no sabÌa el que poder tomar en tan repentino y no esperado negocio; y
asÌ, no respondiÛ otra cosa sino que se sosegase por entonces, y
entretuviese a sus criados, que por aquel dÌa no le volviesen, porque se
tuviese tiempo para considerar lo que mejor a todos estuviese. BesÛle las
manos por fuerza don Luis, y aun se las baÒÛ con l·grimas, cosa que pudiera
enternecer un corazÛn de m·rmol, no sÛlo el del oidor, que, como discreto,
ya habÌa conocido cu·n bien le estaba a su hija aquel matrimonio; puesto
que, si fuera posible, lo quisiera efetuar con voluntad del padre de don
Luis, del cual sabÌa que pretendÌa hacer de tÌtulo a su hijo.

Ya a esta sazÛn estaban en paz los huÈspedes con el ventero, pues, por
persuasiÛn y buenas razones de don Quijote, m·s que por amenazas, le habÌan
pagado todo lo que Èl quiso, y los criados de don Luis aguardaban el fin de
la pl·tica del oidor y la resoluciÛn de su amo, cuando el demonio, que no
duerme, ordenÛ que en aquel mesmo punto entrÛ en la venta el barbero a
quien don Quijote quitÛ el yelmo de Mambrino y Sancho Panza los aparejos
del asno, que trocÛ con los del suyo; el cual barbero, llevando su jumento
a la caballeriza, vio a Sancho Panza que estaba aderezando no sÈ quÈ de la
albarda, y asÌ como la vio la conociÛ, y se atreviÛ a arremeter a Sancho,
diciendo:

-°Ah don ladrÛn, que aquÌ os tengo! °Venga mi bacÌa y mi albarda, con todos
mis aparejos que me robastes!

Sancho, que se vio acometer tan de improviso y oyÛ los vituperios que le
decÌan, con la una mano asiÛ de la albarda, y con la otra dio un mojicÛn al
barbero que le baÒÛ los dientes en sangre; pero no por esto dejÛ el barbero
la presa que tenÌa hecha en el albarda; antes, alzÛ la voz de tal manera
que todos los de la venta acudieron al ruido y pendencia, y decÌa:

-°AquÌ del rey y de la justicia, que, sobre cobrar mi hacienda, me quiere
matar este ladrÛn salteador de caminos!

-MentÌs -respondiÛ Sancho-, que yo no soy salteador de caminos; que en
buena guerra ganÛ mi seÒor don Quijote estos despojos.

Ya estaba don Quijote delante, con mucho contento de ver cu·n bien se
defendÌa y ofendÌa su escudero, y t˙vole desde allÌ adelante por hombre de
pro, y propuso en su corazÛn de armalle caballero en la primera ocasiÛn que
se le ofreciese, por parecerle que serÌa en Èl bien empleada la orden de la
caballerÌa. Entre otras cosas que el barbero decÌa en el discurso de la
pendencia, vino a decir:

-SeÒores, asÌ esta albarda es mÌa como la muerte que debo a Dios, y asÌ la
conozco como si la hubiera parido; y ahÌ est· mi asno en el establo, que no
me dejar· mentir; si no, pruÈbensela, y si no le viniere pintiparada, yo
quedarÈ por infame. Y hay m·s: que el mismo dÌa que ella se me quitÛ, me
quitaron tambiÈn una bacÌa de azÛfar nueva, que no se habÌa estrenado, que
era seÒora de un escudo.

AquÌ no se pudo contener don Quijote sin responder: y, poniÈndose entre los
dos y apart·ndoles, depositando la albarda en el suelo, que la tuviese de
manifiesto hasta que la verdad se aclarase, dijo:

-°Porque vean vuestras mercedes clara y manifiestamente el error en que
est· este buen escudero, pues llama bacÌa a lo que fue, es y ser· yelmo de
Mambrino, el cual se lo quitÈ yo en buena guerra, y me hice seÒor dÈl con
ligÌtima y lÌcita posesiÛn! En lo del albarda no me entremeto, que lo que
en ello sabrÈ decir es que mi escudero Sancho me pidiÛ licencia para quitar
los jaeces del caballo deste vencido cobarde, y con ellos adornar el suyo;
yo se la di, y Èl los tomÛ, y, de haberse convertido de jaez en albarda, no
sabrÈ dar otra razÛn si no es la ordinaria: que como esas transformaciones
se ven en los sucesos de la caballerÌa; para confirmaciÛn de lo cual,
corre, Sancho hijo, y saca aquÌ el yelmo que este buen hombre dice ser
bacÌa.

-°Pardiez, seÒor -dijo Sancho-, si no tenemos otra prueba de nuestra
intenciÛn que la que vuestra merced dice, tan bacÌa es el yelmo de Malino
como el jaez deste buen hombre albarda!

-Haz lo que te mando -replicÛ don Quijote-, que no todas las cosas deste
castillo han de ser guiadas por encantamento.

Sancho fue a do estaba la bacÌa y la trujo; y, asÌ como don Quijote la vio,
la tomÛ en las manos y dijo:

-Miren vuestras mercedes con quÈ cara podÌa decir este escudero que Èsta es
bacÌa, y no el yelmo que yo he dicho; y juro por la orden de caballerÌa que
profeso que este yelmo fue el mismo que yo le quitÈ, sin haber aÒadido en
Èl ni quitado cosa alguna.

-En eso no hay duda -dijo a esta sazÛn Sancho-, porque desde que mi seÒor
le ganÛ hasta agora no ha hecho con Èl m·s de una batalla, cuando librÛ a
los sin ventura encadenados; y si no fuera por este baciyelmo, no lo pasara
entonces muy bien, porque hubo asaz de pedradas en aquel trance.

CapÌtulo XLV. Donde se acaba de averiguar la duda del yelmo de Mambrino y
de la albarda, y otras aventuras sucedidas, con toda verdad

-øQuÈ les parece a vuestras mercedes, seÒores -dijo el barbero-, de lo que
afirman estos gentiles hombres, pues a˙n porfÌan que Èsta no es bacÌa,
sino yelmo?

-Y quien lo contrario dijere -dijo don Quijote-, le harÈ yo conocer que
miente, si fuere caballero, y si escudero, que remiente mil veces.

Nuestro barbero, que a todo estaba presente, como tenÌa tan bien conocido
el humor de don Quijote, quiso esforzar su desatino y llevar adelante la
burla para que todos riesen, y dijo, hablando con el otro barbero:

-SeÒor barbero, o quien sois, sabed que yo tambiÈn soy de vuestro oficio, y
tengo m·s ha de veinte aÒos carta de examen, y conozco muy bien de todos
los instrumentos de la barberÌa, sin que le falte uno; y ni m·s ni menos
fui un tiempo en mi mocedad soldado, y sÈ tambiÈn quÈ es yelmo, y quÈ es
morriÛn, y celada de encaje, y otras cosas tocantes a la milicia, digo, a
los gÈneros de armas de los soldados; y digo, salvo mejor parecer,
remitiÈndome siempre al mejor entendimiento, que esta pieza que est· aquÌ
delante y que este buen seÒor tiene en las manos, no sÛlo no es bacÌa de
barbero, pero est· tan lejos de serlo como est· lejos lo blanco de lo negro
y la verdad de la mentira; tambiÈn digo que Èste, aunque es yelmo, no es
yelmo entero.

-No, por cierto -dijo don Quijote-, porque le falta la mitad, que es la
babera.

-AsÌ es -dijo el cura, que ya habÌa entendido la intenciÛn de su amigo el
barbero.

Y lo mismo confirmÛ Cardenio, don Fernando y sus camaradas; y aun el oidor,
si no estuviera tan pensativo con el negocio de don Luis, ayudara, por su
parte, a la burla; pero las veras de lo que pensaba le tenÌan tan suspenso,
que poco o nada atendÌa a aquellos donaires.

-°V·lame Dios! -dijo a esta sazÛn el barbero burlado-; øque es posible que
tanta gente honrada diga que Èsta no es bacÌa, sino yelmo? Cosa parece Èsta
que puede poner en admiraciÛn a toda una Universidad, por discreta que sea.
Basta: si es que esta bacÌa es yelmo, tambiÈn debe de ser esta albarda jaez
de caballo, como este seÒor ha dicho.

-A mÌ albarda me parece -dijo don Quijote-, pero ya he dicho que en eso no
me entremeto.

-De que sea albarda o jaez -dijo el cura- no est· en m·s de decirlo el
seÒor don Quijote; que en estas cosas de la caballerÌa todos estos seÒores
y yo le damos la ventaja.

-Por Dios, seÒores mÌos -dijo don Quijote-, que son tantas y tan estraÒas
las cosas que en este castillo, en dos veces que en Èl he alojado, me han
sucedido, que no me atreva a decir afirmativamente ninguna cosa de lo que
acerca de lo que en Èl se contiene se preguntare, porque imagino que cuanto
en Èl se trata va por vÌa de encantamento. La primera vez me fatigÛ mucho
un moro encantado que en Èl hay, y a Sancho no le fue muy bien con otros
sus secuaces; y anoche estuve colgado deste brazo casi dos horas, sin saber
cÛmo ni cÛmo no vine a caer en aquella desgracia. AsÌ que, ponerme yo agora
en cosa de tanta confusiÛn a dar mi parecer, ser· caer en juicio temerario.
En lo que toca a lo que dicen que Èsta es bacÌa, y no yelmo, ya yo tengo
respondido; pero, en lo de declarar si Èsa es albarda o jaez, no me atrevo
a dar sentencia difinitiva: sÛlo lo dejo al buen parecer de vuestras
mercedes. Quiz· por no ser armados caballeros, como yo lo soy, no tendr·n
que ver con vuestras mercedes los encantamentos deste lugar, y tendr·n los
entendimientos libres, y podr·n juzgar de las cosas deste castillo como
ellas son real y verdaderamente, y no como a mÌ me parecÌan.

-No hay duda -respondiÛ a esto don Fernando-, sino que el seÒor don Quijote
ha dicho muy bien hoy que a nosotros toca la difiniciÛn deste caso; y,
porque vaya con m·s fundamento, yo tomarÈ en secreto los votos destos
seÒores, y de lo que resultare darÈ entera y clara noticia.

Para aquellos que la tenÌan del humor de don Quijote, era todo esto materia
de grandÌsima risa; pero, para los que le ignoraban, les parecÌa el mayor
disparate del mundo, especialmente a los cuatro criados de don Luis, y a
don Luis ni m·s ni menos, y a otros tres pasajeros que acaso habÌan llegado
a la venta, que tenÌan parecer de ser cuadrilleros, como, en efeto, lo
eran. Pero el que m·s se desesperaba era el barbero, cuya bacÌa, allÌ
delante de sus ojos, se le habÌa vuelto en yelmo de Mambrino, y cuya
albarda pensaba sin duda alguna que se le habÌa de volver en jaez rico de
caballo; y los unos y los otros se reÌan de ver cÛmo andaba don Fernando
tomando los votos de unos en otros, habl·ndolos al oÌdo para que en secreto
declarasen si era albarda o jaez aquella joya sobre quien tanto se habÌa
peleado. Y, despuÈs que hubo tomado los votos de aquellos que a don Quijote
conocÌan, dijo en alta voz:

-El caso es, buen hombre, que ya yo estoy cansado de tomar tantos
pareceres, porque veo que a ninguno pregunto lo que deseo saber que no me
diga que es disparate el decir que Èsta sea albarda de jumento, sino jaez
de caballo, y aun de caballo castizo; y asÌ, habrÈis de tener paciencia,
porque, a vuestro pesar y al de vuestro asno, Èste es jaez y no albarda, y
vos habÈis alegado y probado muy mal de vuestra parte.

-No la tenga yo en el cielo -dijo el sobrebarbero- si todos vuestras
mercedes no se engaÒan, y que asÌ parezca mi ·nima ante Dios como ella me
parece a mÌ albarda, y no jaez; pero all· van leyes..., etcÈtera; y no digo
m·s; y en verdad que no estoy borracho: que no me he desayunado, si de
pecar no.

No menos causaban risa las necedades que decÌa el barbero que los
disparates de don Quijote, el cual a esta sazÛn dijo:

-AquÌ no hay m·s que hacer, sino que cada uno tome lo que es suyo, y a
quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga.

Uno de los cuatro dijo:

-Si ya no es que esto sea burla pesada, no me puedo persuadir que hombres
de tan buen entendimiento como son, o parecen, todos los que aquÌ est·n, se
atrevan a decir y afirmar que Èsta no es bacÌa, ni aquÈlla albarda; mas,
como veo que lo afirman y lo dicen, me doy a entender que no carece de
misterio el porfiar una cosa tan contraria de lo que nos muestra la misma
verdad y la misma experiencia; porque, °voto a tal! -y arrojÛle redondo-,
que no me den a mÌ a entender cuantos hoy viven en el mundo al revÈs de que
Èsta no sea bacÌa de barbero y Èsta albarda de asno.

-Bien podrÌa ser de borrica -dijo el cura.

-Tanto monta -dijo el criado-, que el caso no consiste en eso, sino en si
es o no es albarda, como vuestras mercedes dicen.

Oyendo esto uno de los cuadrilleros que habÌan entrado, que habÌa oÌdo la
pendencia y quistiÛn, lleno de cÛlera y de enfado, dijo:

-Tan albarda es como mi padre; y el que otra cosa ha dicho o dijere debe de
estar hecho uva.

-MentÌs como bellaco villano -respondiÛ don Quijote.

Y, alzando el lanzÛn, que nunca le dejaba de las manos, le iba a descargar
tal golpe sobre la cabeza, que, a no desviarse el cuadrillero, se le dejara
allÌ tendido. El lanzÛn se hizo pedazos en el suelo, y los dem·s
cuadrilleros, que vieron tratar mal a su compaÒero, alzaron la voz pidiendo
favor a la Santa Hermandad.

El ventero, que era de la cuadrilla, entrÛ al punto por su varilla y por su
espada, y se puso al lado de sus compaÒeros; los criados de don Luis
rodearon a don Luis, porque con el alboroto no se les fuese; el barbero,
viendo la casa revuelta, tornÛ a asir de su albarda, y lo mismo hizo
Sancho; don Quijote puso mano a su espada y arremetiÛ a los cuadrilleros.
Don Luis daba voces a sus criados que le dejasen a Èl y acorriesen a don
Quijote, y a Cardenio, y a don Fernando, que todos favorecÌan a don
Quijote. El cura daba voces, la ventera gritaba, su hija se afligÌa,
Maritornes lloraba, Dorotea estaba confusa, Luscinda suspensa y doÒa Clara
desmayada. El barbero aporreaba a Sancho, Sancho molÌa al barbero; don
Luis, a quien un criado suyo se atreviÛ a asirle del brazo porque no se
fuese, le dio una puÒada que le baÒÛ los dientes en sangre; el oidor le
defendÌa, don Fernando tenÌa debajo de sus pies a un cuadrillero,
midiÈndole el cuerpo con ellos muy a su sabor. El ventero tornÛ a reforzar
la voz, pidiendo favor a la Santa Hermandad: de modo que toda la venta era
llantos, voces, gritos, confusiones, temores, sobresaltos, desgracias,
cuchilladas, mojicones, palos, coces y efusiÛn de sangre. Y, en la mitad
deste caos, m·quina y laberinto de cosas, se le representÛ en la memoria de
don Quijote que se veÌa metido de hoz y de coz en la discordia del campo de
Agramante; y asÌ dijo, con voz que atronaba la venta:

-°TÈnganse todos; todos envainen; todos se sosieguen; Ûiganme todos, si
todos quieren quedar con vida!

A cuya gran voz, todos se pararon, y Èl prosiguiÛ diciendo:

-øNo os dije yo, seÒores, que este castillo era encantado, y que alguna
regiÛn de demonios debe de habitar en Èl? En confirmaciÛn de lo cual,
quiero que ve·is por vuestros ojos cÛmo se ha pasado aquÌ y trasladado
entre nosotros la discordia del campo de Agramante. Mirad cÛmo allÌ se
pelea por la espada, aquÌ por el caballo, acull· por el ·guila, ac· por el
yelmo, y todos peleamos, y todos no nos entendemos. Venga, pues, vuestra
merced, seÒor oidor, y vuestra merced, seÒor cura, y el uno sirva de rey
Agramante, y el otro de rey Sobrino, y pÛnganos en paz; porque por Dios
Todopoderoso que es gran bellaquerÌa que tanta gente principal como aquÌ
estamos se mate por causas tan livianas.

Los cuadrilleros, que no entendÌan el frasis de don Quijote, y se veÌan
malparados de don Fernando, Cardenio y sus camaradas, no querÌan sosegarse;
el barbero sÌ, porque en la pendencia tenÌa deshechas las barbas y el
albarda; Sancho, a la m·s mÌnima voz de su amo, obedeciÛ como buen criado;
los cuatro criados de don Luis tambiÈn se estuvieron quedos, viendo cu·n
poco les iba en no estarlo. SÛlo el ventero porfiaba que se habÌan de
castigar las insolencias de aquel loco, que a cada paso le alborotaba la
venta. Finalmente, el rumor se apaciguÛ por entonces, la albarda se quedÛ
por jaez hasta el dÌa del juicio, y la bacÌa por yelmo y la venta por
castillo en la imaginaciÛn de don Quijote.

Puestos, pues, ya en sosiego, y hechos amigos todos a persuasiÛn del oidor
y del cura, volvieron los criados de don Luis a porfiarle que al momento se
viniese con ellos; y, en tanto que Èl con ellos se avenÌa, el oidor
comunicÛ con don Fernando, Cardenio y el cura quÈ debÌa hacer en aquel
caso, cont·ndoseles con las razones que don Luis le habÌa dicho. En fin,
fue acordado que don Fernando dijese a los criados de don Luis quiÈn Èl era
y cÛmo era su gusto que don Luis se fuese con Èl al AndalucÌa, donde de su
hermano el marquÈs serÌa estimado como el valor de don Luis merecÌa; porque
desta manera se sabÌa de la intenciÛn de don Luis que no volverÌa por
aquella vez a los ojos de su padre, si le hiciesen pedazos. Entendida,
pues, de los cuatro la calidad de don Fernando y la intenciÛn de don Luis,
determinaron entre ellos que los tres se volviesen a contar lo que pasaba a
su padre, y el otro se quedase a servir a don Luis, y a no dejalle hasta
que ellos volviesen por Èl, o viese lo que su padre les ordenaba.

Desta manera se apaciguÛ aquella m·quina de pendencias, por la autoridad de
Agramante y prudencia del rey Sobrino; pero, viÈndose el enemigo de la
concordia y el Èmulo de la paz menospreciado y burlado, y el poco fruto que
habÌa granjeado de haberlos puesto a todos en tan confuso laberinto, acordÛ
de probar otra vez la mano, resucitando nuevas pendencias y desasosiegos.

Es, pues, el caso que los cuadrilleros se sosegaron, por haber entreoÌdo la
calidad de los que con ellos se habÌan combatido, y se retiraron de la
pendencia, por parecerles que, de cualquiera manera que sucediese, habÌan
de llevar lo peor de la batalla; pero uno dellos, que fue el que fue molido
y pateado por don Fernando, le vino a la memoria que, entre algunos
mandamientos que traÌa para prender a algunos delincuentes, traÌa uno
contra don Quijote, a quien la Santa Hermandad habÌa mandado prender, por
la libertad que dio a los galeotes, y como Sancho, con mucha razÛn, habÌa
temido.

Imaginando, pues, esto, quiso certificarse si las seÒas que de don Quijote
traÌa venÌan bien, y, sacando del seno un pergamino, topÛ con el que
buscaba; y, poniÈndosele a leer de espacio, porque no era buen lector, a
cada palabra que leÌa ponÌa los ojos en don Quijote, y iba cotejando las
seÒas del mandamiento con el rostro de don Quijote, y hallÛ que, sin duda
alguna, era el que el mandamiento rezaba. Y, apenas se hubo certificado,
cuando, recogiendo su pergamino, en la izquierda tomÛ el mandamiento, y con
la derecha asiÛ a don Quijote del cuello fuertemente, que no le dejaba
alentar, y a grandes voces decÌa:

-°Favor a la Santa Hermandad! Y, para que se vea que lo pido de veras,
lÈase este mandamiento, donde se contiene que se prenda a este salteador de
caminos.

TomÛ el mandamiento el cura, y vio como era verdad cuanto el cuadrillero
decÌa, y cÛmo convenÌa con las seÒas con don Quijote; el cual, viÈndose
tratar mal de aquel villano malandrÌn, puesta la cÛlera en su punto y
crujiÈndole los huesos de su cuerpo, como mejor pudo Èl, asiÛ al
cuadrillero con entrambas manos de la garganta, que, a no ser socorrido de
sus compaÒeros, allÌ dejara la vida antes que don Quijote la presa. El
ventero, que por fuerza habÌa de favorecer a los de su oficio, acudiÛ luego
a dalle favor. La ventera, que vio de nuevo a su marido en pendencias, de
nuevo alzÛ la voz, cuyo tenor le llevaron luego Maritornes y su hija,
pidiendo favor al cielo y a los que allÌ estaban. Sancho dijo, viendo lo
que pasaba:

-°Vive el SeÒor, que es verdad cuanto mi amo dice de los encantos deste
castillo, pues no es posible vivir una hora con quietud en Èl!

Don Fernando despartiÛ al cuadrillero y a don Quijote, y, con gusto de
entrambos, les desenclavijÛ las manos, que el uno en el collar del sayo del
uno, y el otro en la garganta del otro, bien asidas tenÌan; pero no por
esto cesaban los cuadrilleros de pedir su preso, y que les ayudasen a
d·rsele atado y entregado a toda su voluntad, porque asÌ convenÌa al
servicio del rey y de la Santa Hermandad, de cuya parte de nuevo les pedÌan
socorro y favor para hacer aquella prisiÛn de aquel robador y salteador de
sendas y de carreras. ReÌase de oÌr decir estas razones don Quijote; y, con
mucho sosiego, dijo:

-Venid ac·, gente soez y malnacida: øsaltear de caminos llam·is al dar
libertad a los encadenados, soltar los presos, acorrer a los miserables,
alzar los caÌdos, remediar los menesterosos? °Ah gente infame, digna por
vuestro bajo y vil entendimiento que el cielo no os comunique el valor que
se encierra en la caballerÌa andante, ni os dÈ a entender el pecado e
ignorancia en que est·is en no reverenciar la sombra, cuanto m·s la
asistencia, de cualquier caballero andante! Venid ac·, ladrones en
cuadrilla, que no cuadrilleros, salteadores de caminos con licencia de la
Santa Hermandad; decidme: øquiÈn fue el ignorante que firmÛ mandamiento de
prisiÛn contra un tal caballero como yo soy? øQuiÈn el que ignorÛ que son
esentos de todo judicial fuero los caballeros andantes, y que su ley es su
espada; sus fueros, sus brÌos; sus prem·ticas, su voluntad? øQuiÈn fue el
mentecato, vuelvo a decir, que no sabe que no hay secutoria de hidalgo con
tantas preeminencias, ni esenciones, como la que adquiere un caballero
andante el dÌa que se arma caballero y se entrega al duro ejercicio de la
caballerÌa? øQuÈ caballero andante pagÛ pecho, alcabala, chapÌn de la
reina, moneda forera, portazgo ni barca? øQuÈ sastre le llevÛ hechura de
vestido que le hiciese? øQuÈ castellano le acogiÛ en su castillo que le
hiciese pagar el escote? øQuÈ rey no le asentÛ a su mesa? øQuÈ doncella no
se le aficionÛ y se le entregÛ rendida, a todo su talante y voluntad? Y,
finalmente, øquÈ caballero andante ha habido, hay ni habr· en el mundo, que
no tenga brÌos para dar Èl solo cuatrocientos palos a cuatrocientos
cuadrilleros que se le pongan delante?

CapÌtulo XLVI. De la notable aventura de los cuadrilleros, y la gran
ferocidad de nuestro buen caballero don Quijote

En tanto que don Quijote esto decÌa, estaba persuadiendo el cura a los
cuadrilleros como don Quijote era falto de juicio, como lo veÌan por sus
obras y por sus palabras, y que no tenÌan para quÈ llevar aquel negocio
adelante, pues, aunque le prendiesen y llevasen, luego le habÌan de dejar
por loco; a lo que respondiÛ el del mandamiento que a Èl no tocaba juzgar
de la locura de don Quijote, sino hacer lo que por su mayor le era mandado,
y que una vez preso, siquiera le soltasen trecientas.

-Con todo eso -dijo el cura-, por esta vez no le habÈis de llevar, ni aun
Èl dejar· llevarse, a lo que yo entiendo.

En efeto, tanto les supo el cura decir, y tantas locuras supo don Quijote
hacer, que m·s locos fueran que no Èl los cuadrilleros si no conocieran la
falta de don Quijote; y asÌ, tuvieron por bien de apaciguarse, y aun de ser
medianeros de hacer las paces entre el barbero y Sancho Panza, que todavÌa
asistÌan con gran rancor a su pendencia. Finalmente, ellos, como miembros
de justicia, mediaron la causa y fueron ·rbitros della, de tal modo que
ambas partes quedaron, si no del todo contentas, a lo menos en algo
satisfechas, porque se trocaron las albardas, y no las cinchas y j·quimas;
y en lo que tocaba a lo del yelmo de Mambrino, el cura, a socapa y sin que
don Quijote lo entendiese, le dio por la bacÌa ocho reales, y el barbero le
hizo una cÈdula del recibo y de no llamarse a engaÒo por entonces, ni por
siempre jam·s amÈn.

Sosegadas, pues, estas dos pendencias, que eran las m·s principales y de
m·s tomo, restaba que los criados de don Luis se contentasen de volver los
tres, y que el uno quedase para acompaÒarle donde don Fernando le querÌa
llevar; y, como ya la buena suerte y mejor fortuna habÌa comenzado a romper
lanzas y a facilitar dificultades en favor de los amantes de la venta y de
los valientes della, quiso llevarlo al cabo y dar a todo felice suceso,
porque los criados se contentaron de cuanto don Luis querÌa; de que recibiÛ
tanto contento doÒa Clara, que ninguno en aquella sazÛn la mirara al rostro
que no conociera el regocijo de su alma.

Zoraida, aunque no entendÌa bien todos los sucesos que habÌa visto, se
entristecÌa y alegraba a bulto, conforme veÌa y notaba los semblantes a
cada uno, especialmente de su espaÒol, en quien tenÌa siempre puestos los
ojos y traÌa colgada el alma. El ventero, a quien no se le pasÛ por alto
la d·diva y recompensa que el cura habÌa hecho al barbero, pidiÛ el escote
de don Quijote, con el menoscabo de sus cueros y falta de vino, jurando que
no saldrÌa de la venta Rocinante, ni el jumento de Sancho, sin que se le
pagase primero hasta el ˙ltimo ardite. Todo lo apaciguÛ el cura, y lo pagÛ
don Fernando, puesto que el oidor, de muy buena voluntad, habÌa tambiÈn
ofrecido la paga; y de tal manera quedaron todos en paz y sosiego, que ya
no parecÌa la venta la discordia del campo de Agramante, como don Quijote
habÌa dicho, sino la misma paz y quietud del tiempo de Otaviano; de todo lo
cual fue com˙n opiniÛn que se debÌan dar las gracias a la buena intenciÛn y
mucha elocuencia del seÒor cura y a la incomparable liberalidad de don
Fernando.

ViÈndose, pues, don Quijote libre y desembarazado de tantas pendencias, asÌ
de su escudero como suyas, le pareciÛ que serÌa bien seguir su comenzado
viaje y dar fin a aquella grande aventura para que habÌa sido llamado y
escogido; y asÌ, con resoluta determinaciÛn se fue a poner de hinojos ante
Dorotea, la cual no le consintiÛ que hablase palabra hasta que se
levantase; y Èl, por obedecella, se puso en pie y le dijo:

-Es com˙n proverbio, fermosa seÒora, que la diligencia es madre de la buena
ventura, y en muchas y graves cosas ha mostrado la experiencia que la
solicitud del negociante trae a buen fin el pleito dudoso; pero en ningunas
cosas se muestra m·s esta verdad que en las de la guerra, adonde la
celeridad y presteza previene los discursos del enemigo, y alcanza la
vitoria antes que el contrario se ponga en defensa. Todo esto digo, alta y
preciosa seÒora, porque me parece que la estada nuestra en este castillo ya
es sin provecho, y podrÌa sernos de tanto daÒo que lo ech·semos de ver
alg˙n dÌa; porque, øquiÈn sabe si por ocultas espÌas y diligentes habr·
sabido ya vuestro enemigo el gigante de que yo voy a destruille?; y,
d·ndole lugar el tiempo, se fortificase en alg˙n inexpugnable castillo o
fortaleza contra quien valiesen poco mis diligencias y la fuerza de mi
incansable brazo. AsÌ que, seÒora mÌa, prevengamos, como tengo dicho, con
nuestra diligencia sus designios, y part·monos luego a la buena ventura;
que no est· m·s de tenerla vuestra grandeza como desea, de cuanto yo tarde
de verme con vuestro contrario.

CallÛ y no dijo m·s don Quijote, y esperÛ con mucho sosiego la respuesta de
la fermosa infanta; la cual, con adem·n seÒoril y acomodado al estilo de
don Quijote, le respondiÛ desta manera:

-Yo os agradezco, seÒor caballero, el deseo que mostr·is tener de
favorecerme en mi gran cuita, bien asÌ como caballero, a quien es anejo y
concerniente favorecer los huÈrfanos y menesterosos; y quiera el cielo que
el vuestro y mi deseo se cumplan, para que ve·is que hay agradecidas
mujeres en el mundo. Y en lo de mi partida, sea luego; que yo no tengo m·s
voluntad que la vuestra: disponed vos de mÌ a toda vuestra guisa y talante;
que la que una vez os entregÛ la defensa de su persona y puso en vuestras
manos la restauraciÛn de sus seÒorÌos no ha de querer ir contra lo que la
vuestra prudencia ordenare.

-A la mano de Dios -dijo don Quijote-; pues asÌ es que una seÒora se me
humilla, no quiero yo perder la ocasiÛn de levantalla y ponella en su
heredado trono. La partida sea luego, porque me va poniendo espuelas al
deseo y al camino lo que suele decirse que en la tardanza est· el peligro.
Y, pues no ha criado el cielo, ni visto el infierno, ninguno que me espante
ni acobarde, ensilla, Sancho, a Rocinante, y apareja tu jumento y el
palafrÈn de la reina, y despid·monos del castellano y destos seÒores, y
vamos de aquÌ luego al punto.

Sancho, que a todo estaba presente, dijo, meneando la cabeza a una parte y
a otra:

-°Ay seÒor, seÒor, y cÛmo hay m·s mal en el aldeg¸ela que se suena, con
perdÛn sea dicho de las tocadas honradas!

-øQuÈ mal puede haber en ninguna aldea, ni en todas las ciudades del mundo,
que pueda sonarse en menoscabo mÌo, villano?

-Si vuestra merced se enoja -respondiÛ Sancho-, yo callarÈ, y dejarÈ de
decir lo que soy obligado como buen escudero, y como debe un buen criado
decir a su seÒor.

-Di lo que quisieres -replicÛ don Quijote-, como tus palabras no se
encaminen a ponerme miedo; que si t˙ le tienes, haces como quien eres, y si
yo no le tengo, hago como quien soy.

-No es eso, °pecador fui yo a Dios! -respondiÛ Sancho-, sino que yo tengo
por cierto y por averiguado que esta seÒora que se dice ser reina del gran
reino MicomicÛn no lo es m·s que mi madre; porque, a ser lo que ella dice,
no se anduviera hocicando con alguno de los que est·n en la rueda, a vuelta
de cabeza y a cada traspuesta.

ParÛse colorada con las razones de Sancho Dorotea, porque era verdad que su
esposo don Fernando, alguna vez, a hurto de otros ojos, habÌa cogido con
los labios parte del premio que merecÌan sus deseos (lo cual habÌa visto
Sancho, y pareciÈndole que aquella desenvoltura m·s era de dama cortesana
que de reina de tan gran reino), y no pudo ni quiso responder palabra a
Sancho, sino dejÛle proseguir en su pl·tica, y Èl fue diciendo:

-Esto digo, seÒor, porque, si al cabo de haber andado caminos y carreras, y
pasado malas noches y peores dÌas, ha de venir a coger el fruto de nuestros
trabajos el que se est· holgando en esta venta, no hay para quÈ darme
priesa a que ensille a Rocinante, albarde el jumento y aderece al palafrÈn,
pues ser· mejor que nos estemos quedos, y cada puta hile, y comamos.

°Oh, v·lame Dios, y cu·n grande que fue el enojo que recibiÛ don Quijote,
oyendo las descompuestas palabras de su escudero! Digo que fue tanto, que,
con voz atropellada y tartamuda lengua, lanzando vivo fuego por los ojos,
dijo:

-°Oh bellaco villano, mal mirado, descompuesto, ignorante, infacundo,
deslenguado, atrevido, murmurador y maldiciente! øTales palabras has osado
decir en mi presencia y en la destas Ìnclitas seÒoras, y tales
deshonestidades y atrevimientos osaste poner en tu confusa imaginaciÛn?
°Vete de mi presencia, monstruo de naturaleza, depositario de mentiras,
almario de embustes, silo de bellaquerÌas, inventor de maldades, publicador
de sandeces, enemigo del decoro que se debe a las reales personas! °Vete;
no parezcas delante de mÌ, so pena de mi ira!

Y, diciendo esto, enarcÛ las cejas, hinchÛ los carrillos, mirÛ a todas
partes, y dio con el pie derecho una gran patada en el suelo, seÒales todas
de la ira que encerraba en sus entraÒas. A cuyas palabras y furibundos
ademanes quedÛ Sancho tan encogido y medroso, que se holgara que en aquel
instante se abriera debajo de sus pies la tierra y le tragara. Y no supo
quÈ hacerse, sino volver las espaldas y quitarse de la enojada presencia de
su seÒor. Pero la discreta Dorotea, que tan entendido tenÌa ya el humor de
don Quijote, dijo, para templarle la ira:

-No os despechÈis, seÒor Caballero de la Triste Figura, de las sandeces que
vuestro buen escudero ha dicho, porque quiz· no las debe de decir sin
ocasiÛn, ni de su buen entendimiento y cristiana conciencia se puede
sospechar que levante testimonio a nadie; y asÌ, se ha de creer, sin poner
duda en ello, que, como en este castillo, seg˙n vos, seÒor caballero,
decÌs, todas las cosas van y suceden por modo de encantamento, podrÌa ser,
digo, que Sancho hubiese visto por esta diabÛlica vÌa lo que Èl dice que
vio, tan en ofensa de mi honestidad.

-Por el omnipotente Dios juro -dijo a esta sazÛn don Quijote-, que la
vuestra grandeza ha dado en el punto, y que alguna mala visiÛn se le puso
delante a este pecador de Sancho, que le hizo ver lo que fuera imposible
verse de otro modo que por el de encantos no fuera; que sÈ yo bien de la
bondad e inocencia deste desdichado, que no sabe levantar testimonios a
nadie.

-AnsÌ es y ansÌ ser· -dijo don Fernando-; por lo cual debe vuestra merced,
seÒor don Quijote, perdonalle y reducille al gremio de su gracia, sicut
erat in principio, antes que las tales visiones le sacasen de juicio.

Don Quijote respondiÛ que Èl le perdonaba, y el cura fue por Sancho, el
cual vino muy humilde, y, hinc·ndose de rodillas, pidiÛ la mano a su amo; y
Èl se la dio, y, despuÈs de habÈrsela dejado besar, le echÛ la bendiciÛn,
diciendo:

-Agora acabar·s de conocer, Sancho hijo, ser verdad lo que yo otras muchas
veces te he dicho de que todas las cosas deste castillo son hechas por vÌa
de encantamento.

-AsÌ lo creo yo -dijo Sancho-, excepto aquello de la manta, que realmente
sucediÛ por vÌa ordinaria.

-No lo creas -respondiÛ don Quijote-; que si asÌ fuera, yo te vengara
entonces, y aun agora; pero ni entonces ni agora pude ni vi en quiÈn tomar
venganza de tu agravio.

Desearon saber todos quÈ era aquello de la manta, y el ventero lo contÛ,
punto por punto: la volaterÌa de Sancho Panza, de que no poco se rieron
todos; y de que no menos se corriera Sancho, si de nuevo no le asegurara su
amo que era encantamento; puesto que jam·s llegÛ la sandez de Sancho a
tanto, que creyese no ser verdad pura y averiguada, sin mezcla de engaÒo
alguno, lo de haber sido manteado por personas de carne y hueso, y no por
fantasmas soÒadas ni imaginadas, como su seÒor lo creÌa y lo afirmaba.

Dos dÌas eran ya pasados los que habÌa que toda aquella ilustre compaÒÌa
estaba en la venta; y, pareciÈndoles que ya era tiempo de partirse, dieron
orden para que, sin ponerse al trabajo de volver Dorotea y don Fernando con
don Quijote a su aldea, con la invenciÛn de la libertad de la reina
Micomicona, pudiesen el cura y el barbero llev·rsele, como deseaban, y
procurar la cura de su locura en su tierra. Y lo que ordenaron fue que se
concertaron con un carretero de bueyes que acaso acertÛ a pasar por allÌ,
para que lo llevase en esta forma: hicieron una como jaula de palos
enrejados, capaz que pudiese en ella caber holgadamente don Quijote; y
luego don Fernando y sus camaradas, con los criados de don Luis y los
cuadrilleros, juntamente con el ventero, todos por orden y parecer del
cura, se cubrieron los rostros y se disfrazaron, quiÈn de una manera y
quiÈn de otra, de modo que a don Quijote le pareciese ser otra gente de la
que en aquel castillo habÌa visto.

Hecho esto, con grandÌsimo silencio se entraron adonde Èl estaba durmiendo
y descansando de las pasadas refriegas. Lleg·ronse a Èl, que libre y seguro
de tal acontecimiento dormÌa, y, asiÈndole fuertemente, le ataron muy bien
las manos y los pies, de modo que, cuando Èl despertÛ con sobresalto, no
pudo menearse, ni hacer otra cosa m·s que admirarse y suspenderse de ver
delante de sÌ tan estraÒos visajes; y luego dio en la cuenta de lo que su
continua y desvariada imaginaciÛn le representaba, y se creyÛ que todas
aquellas figuras eran fantasmas de aquel encantado castillo, y que, sin
duda alguna, ya estaba encantado, pues no se podÌa menear ni defender: todo
a punto como habÌa pensado que sucederÌa el cura, trazador desta m·quina.
SÛlo Sancho, de todos los presentes, estaba en su mesmo juicio y en su
mesma figura; el cual, aunque le faltaba bien poco para tener la mesma
enfermedad de su amo, no dejÛ de conocer quiÈn eran todas aquellas
contrahechas figuras; mas no osÛ descoser su boca, hasta ver en quÈ paraba
aquel asalto y prisiÛn de su amo, el cual tampoco hablaba palabra,
atendiendo a ver el paradero de su desgracia; que fue que, trayendo allÌ la
jaula, le encerraron dentro, y le clavaron los maderos tan fuertemente que
no se pudieran romper a dos tirones.

Tom·ronle luego en hombros, y, al salir del aposento, se oyÛ una voz
temerosa, todo cuanto la supo formar el barbero, no el del albarda, sino el
otro, que decÌa:

-°Oh Caballero de la Triste Figura!, no te dÈ afincamiento la prisiÛn en
que vas, porque asÌ conviene para acabar m·s presto la aventura en que tu
gran esfuerzo te puso; la cual se acabar· cuando el furibundo leÛn manchado
con la blanca paloma tobosina yoguieren en uno, ya despuÈs de
humilladas las altas cervices al blando yugo matrimoÒesco; de cuyo inaudito
consorcio saldr·n a la luz del orbe los bravos cachorros, que imitar·n las
rumpantes garras del valeroso padre. Y esto ser· antes que el seguidor de
la fugitiva ninfa faga dos vegadas la visita de las lucientes im·gines con
su r·pido y natural curso. Y t˙, °oh, el m·s noble y obediente escudero que
tuvo espada en cinta, barbas en rostro y olfato en las narices!, no te
desmaye ni descontente ver llevar ansÌ delante de tus ojos mesmos a la flor
de la caballerÌa andante; que presto, si al plasmador del mundo le place,
te ver·s tan alto y tan sublimado que no te conozcas, y no saldr·n
defraudadas las promesas que te ha fecho tu buen seÒor. Y aseg˙rote, de
parte de la sabia Mentironiana, que tu salario te sea pagado, como lo ver·s
por la obra; y sigue las pisadas del valeroso y encantado caballero, que
conviene que vayas donde parÈis entrambos. Y, porque no me es lÌcito decir
otra cosa, a Dios quedad, que yo me vuelvo adonde yo me sÈ.

Y, al acabar de la profecÌa, alzÛ la voz de punto, y diminuyÛla despuÈs,
con tan tierno acento, que aun los sabidores de la burla estuvieron por
creer que era verdad lo que oÌan.

QuedÛ don Quijote consolado con la escuchada profecÌa, porque luego coligiÛ
de todo en todo la significaciÛn de ella; y vio que le prometÌan el verse
ayuntados en santo y debido matrimonio con su querida Dulcinea del Toboso,
de cuyo felice vientre saldrÌan los cachorros, que eran sus hijos, para
gloria perpetua de la Mancha. Y, creyendo esto bien y firmemente, alzÛ la
voz, y, dando un gran suspiro, dijo:

-°Oh t˙, quienquiera que seas, que tanto bien me has pronosticado!, ruÈgote
que pidas de mi parte al sabio encantador que mis cosas tiene a cargo, que
no me deje perecer en esta prisiÛn donde agora me llevan, hasta ver
cumplidas tan alegres e incomparables promesas como son las que aquÌ se me
han hecho; que, como esto sea, tendrÈ por gloria las penas de mi c·rcel, y
por alivio estas cadenas que me ciÒen, y no por duro campo de batalla este
lecho en que me acuestan, sino por cama blanda y t·lamo dichoso. Y, en lo
que toca a la consolaciÛn de Sancho Panza, mi escudero, yo confÌo de su
bondad y buen proceder que no me dejar· en buena ni en mala suerte; porque,
cuando no suceda, por la suya o por mi corta ventura, el poderle yo dar la
Ìnsula, o otra cosa equivalente que le tengo prometida, por lo menos su
salario no podr· perderse; que en mi testamento, que ya est· hecho, dejo
declarado lo que se le ha de dar, no conforme a sus muchos y buenos
servicios, sino a la posibilidad mÌa.

Sancho Panza se le inclinÛ con mucho comedimiento, y le besÛ entrambas las
manos, porque la una no pudiera, por estar atadas entrambas.

Luego tomaron la jaula en hombros aquellas visiones, y la acomodaron en el
carro de los bueyes.

CapÌtulo XLVII. Del estraÒo modo con que fue encantado don Quijote de la
Mancha, con otros famosos sucesos

Cuando don Quijote se vio de aquella manera enjaulado y encima del carro,
dijo:

-Muchas y muy graves historias he yo leÌdo de caballeros andantes, pero
jam·s he leÌdo, ni visto, ni oÌdo, que a los caballeros encantados los
lleven desta manera y con el espacio que prometen estos perezosos y tardÌos
animales; porque siempre los suelen llevar por los aires, con estraÒa
ligereza, encerrados en alguna parda y escura nube, o en alg˙n carro de
fuego, o ya sobre alg˙n hipogrifo o otra bestia semejante; pero que me
lleven a mÌ agora sobre un carro de bueyes, °vive Dios que me pone en
confusiÛn! Pero quiz· la caballerÌa y los encantos destos nuestros tiempos
deben de seguir otro camino que siguieron los antiguos. Y tambiÈn podrÌa
ser que, como yo soy nuevo caballero en el mundo, y el primero que ha
resucitado el ya olvidado ejercicio de la caballerÌa aventurera, tambiÈn
nuevamente se hayan inventado otros gÈneros de encantamentos y otros modos
de llevar a los encantados. øQuÈ te parece desto, Sancho hijo?

-No sÈ yo lo que me parece -respondiÛ Sancho-, por no ser tan leÌdo como
vuestra merced en las escrituras andantes; pero, con todo eso, osarÌa
afirmar y jurar que estas visiones que por aquÌ andan, que no son del todo
catÛlicas.

-øCatÛlicas? °Mi padre! -respondiÛ don Quijote-. øCÛmo han de ser catÛlicas
si son todos demonios que han tomado cuerpos fant·sticos para venir a hacer
esto y a ponerme en este estado? Y si quieres ver esta verdad, tÛcalos y
p·lpalos, y ver·s como no tienen cuerpo sino de aire, y como no consiste
m·s de en la apariencia.

-Par Dios, seÒor -replicÛ Sancho-, ya yo los he tocado; y este diablo que
aquÌ anda tan solÌcito es rollizo de carnes, y tiene otra propiedad muy
diferente de la que yo he oÌdo decir que tienen los demonios; porque, seg˙n
se dice, todos huelen a piedra azufre y a otros malos olores; pero Èste
huele a ·mbar de media legua.

DecÌa esto Sancho por don Fernando, que, como tan seÒor, debÌa de oler a lo
que Sancho decÌa.

-No te maravilles deso, Sancho amigo -respondiÛ don Quijote-, porque te
hago saber que los diablos saben mucho, y, puesto que traigan olores
consigo, ellos no huelen nada, porque son espÌritus, y si huelen, no pueden
oler cosas buenas, sino malas y hidiondas. Y la razÛn es que como ellos,
dondequiera que est·n, traen el infierno consigo, y no pueden recebir
gÈnero de alivio alguno en sus tormentos, y el buen olor sea cosa que
deleita y contenta, no es posible que ellos huelan cosa buena. Y si a ti te
parece que ese demonio que dices huele a ·mbar, o t˙ te engaÒas, o Èl
quiere engaÒarte con hacer que no le tengas por demonio.

Todos estos coloquios pasaron entre amo y criado; y, temiendo don Fernando
y Cardenio que Sancho no viniese a caer del todo en la cuenta de su
invenciÛn, a quien andaba ya muy en los alcances, determinaron de abreviar
con la partida; y, llamando aparte al ventero, le ordenaron que ensillase a
Rocinante y enalbardase el jumento de Sancho; el cual lo hizo con mucha
presteza.

Ya en esto, el cura se habÌa concertado con los cuadrilleros que le
acompaÒasen hasta su lugar, d·ndoles un tanto cada dÌa. ColgÛ Cardenio del
arzÛn de la silla de Rocinante, del un cabo la adarga y del otro la bacÌa,
y por seÒas mandÛ a Sancho que subiese en su asno y tomase de las riendas
a Rocinante, y puso a los dos lados del carro a los dos cuadrilleros con
sus escopetas. Pero, antes que se moviese el carro, saliÛ la ventera, su
hija y Maritornes a despedirse de don Quijote, fingiendo que lloraban de
dolor de su desgracia; a quien don Quijote dijo:

-No llorÈis, mis buenas seÒoras, que todas estas desdichas son anexas a los
que profesan lo que yo profeso; y si estas calamidades no me acontecieran,
no me tuviera yo por famoso caballero andante; porque a los caballeros de
poco nombre y fama nunca les suceden semejantes casos, porque no hay en el
mundo quien se acuerde dellos. A los valerosos sÌ, que tienen envidiosos de
su virtud y valentÌa a muchos prÌncipes y a muchos otros caballeros, que
procuran por malas vÌas destruir a los buenos. Pero, con todo eso, la
virtud es tan poderosa que, por sÌ sola, a pesar de toda la nigromancia que
supo su primer inventor, Zoroastes, saldr· vencedora de todo trance, y dar·
de sÌ luz en el mundo, como la da el sol en el cielo. Perdonadme, fermosas
damas, si alg˙n desaguisado, por descuido mÌo, os he fecho, que, de
voluntad y a sabiendas, jam·s le di a nadie; y rogad a Dios me saque destas
prisiones, donde alg˙n mal intencionado encantador me ha puesto; que si de
ellas me veo libre, no se me caer· de la memoria las mercedes que en este
castillo me habedes fecho, para gratificallas, servillas y recompensallas
como ellas merecen.

En tanto que las damas del castillo esto pasaban con don Quijote, el cura y
el barbero se despidieron de don Fernando y sus camaradas, y del capit·n y
de su hermano y todas aquellas contentas seÒoras, especialmente de Dorotea
y Luscinda. Todos se abrazaron y quedaron de darse noticia de sus sucesos,
diciendo don Fernando al cura dÛnde habÌa de escribirle para avisarle en lo
que paraba don Quijote, asegur·ndole que no habrÌa cosa que m·s gusto le
diese que saberlo; y que Èl, asimesmo, le avisarÌa de todo aquello que Èl
viese que podrÌa darle gusto, asÌ de su casamiento como del bautismo de
Zoraida, y suceso de don Luis, y vuelta de Luscinda a su casa. El cura
ofreciÛ de hacer cuanto se le mandaba, con toda puntualidad. Tornaron a
abrazarse otra vez, y otra vez tornaron a nuevos ofrecimientos.

El ventero se llegÛ al cura y le dio unos papeles, diciÈndole que los habÌa
hallado en un aforro de la maleta donde se hallÛ la Novela del curioso
impertinente, y que, pues su dueÒo no habÌa vuelto m·s por allÌ, que se los
llevase todos; que, pues Èl no sabÌa leer, no los querÌa. El cura se lo
agradeciÛ, y, abriÈndolos luego, vio que al principio de lo escrito decÌa:
Novela de Rinconete y Cortadillo, por donde entendiÛ ser alguna novela y
coligiÛ que, pues la del Curioso impertinente habÌa sido buena, que tambiÈn
lo serÌa aquÈlla, pues podrÌa ser fuesen todas de un mesmo autor; y asÌ, la
guardÛ, con prosupuesto de leerla cuando tuviese comodidad.

SubiÛ a caballo, y tambiÈn su amigo el barbero, con sus antifaces, porque
no fuesen luego conocidos de don Quijote, y pusiÈronse a caminar tras el
carro. Y la orden que llevaban era Èsta: iba primero el carro, gui·ndole su
dueÒo; a los dos lados iban los cuadrilleros, como se ha dicho, con sus
escopetas; seguÌa luego Sancho Panza sobre su asno, llevando de rienda a
Rocinante. Detr·s de todo esto iban el cura y el barbero sobre sus
poderosas mulas, cubiertos los rostros, como se ha dicho, con grave y
reposado continente, no caminando m·s de lo que permitÌa el paso tardo de
los bueyes. Don Quijote iba sentado en la jaula, las manos atadas, tendidos
los pies, y arrimado a las verjas, con tanto silencio y tanta paciencia
como si no fuera hombre de carne, sino estatua de piedra.

Y asÌ, con aquel espacio y silencio caminaron hasta dos leguas, que
llegaron a un valle, donde le pareciÛ al boyero ser lugar acomodado para
reposar y dar pasto a los bueyes; y, comunic·ndolo con el cura, fue de
parecer el barbero que caminasen un poco m·s, porque Èl sabÌa, detr·s de un
recuesto que cerca de allÌ se mostraba, habÌa un valle de m·s yerba y mucho
mejor que aquel donde parar querÌan. TomÛse el parecer del barbero, y asÌ,
tornaron a proseguir su camino.

En esto, volviÛ el cura el rostro, y vio que a sus espaldas venÌan hasta
seis o siete hombres de a caballo, bien puestos y aderezados, de los cuales
fueron presto alcanzados, porque caminaban no con la flema y reposo de los
bueyes, sino como quien iba sobre mulas de canÛnigos y con deseo de llegar
presto a sestear a la venta, que menos de una legua de allÌ se parecÌa.
Llegaron los diligentes a los perezosos y salud·ronse cortÈsmente; y uno de
los que venÌan, que, en resoluciÛn, era canÛnigo de Toledo y seÒor de los
dem·s que le acompaÒaban, viendo la concertada procesiÛn del carro,
cuadrilleros, Sancho, Rocinante, cura y barbero, y m·s a don Quijote,
enjaulado y aprisionado, no pudo dejar de preguntar quÈ significaba llevar
aquel hombre de aquella manera; aunque ya se habÌa dado a entender, viendo
las insignias de los cuadrilleros, que debÌa de ser alg˙n facinoroso
salteador, o otro delincuente cuyo castigo tocase a la Santa Hermandad. Uno
de los cuadrilleros, a quien fue hecha la pregunta, respondiÛ ansÌ:

-SeÒor, lo que significa ir este caballero desta manera, dÌgalo Èl, porque
nosotros no lo sabemos.

OyÛ don Quijote la pl·tica, y dijo:

-øPor dicha vuestras mercedes, seÒores caballeros, son versados y perictos
en esto de la caballerÌa andante? Porque si lo son, comunicarÈ con ellos
mis desgracias, y si no, no hay para quÈ me canse en decillas.

Y, a este tiempo, habÌan ya llegado el cura y el barbero, viendo que los
caminantes estaban en pl·ticas con don Quijote de la Mancha, para responder
de modo que no fuese descubierto su artificio.

El canÛnigo, a lo que don Quijote dijo, respondiÛ:

-En verdad, hermano, que sÈ m·s de libros de caballerÌas que de las S˙mulas
de Villalpando. AnsÌ que, si no est· m·s que en esto, seguramente podÈis
comunicar conmigo lo que quisiÈredes.

-A la mano de Dios -replicÛ don Quijote-. Pues asÌ es, quiero, seÒor
caballero, que sepades que yo voy encantado en esta jaula, por envidia y
fraude de malos encantadores; que la virtud m·s es perseguida de los malos
que amada de los buenos. Caballero andante soy, y no de aquellos de cuyos
nombres jam·s la Fama se acordÛ para eternizarlos en su memoria, sino de
aquellos que, a despecho y pesar de la mesma envidia, y de cuantos magos
criÛ Persia, bracmanes la India, ginosofistas la EtiopÌa, ha de poner su
nombre en el templo de la inmortalidad para que sirva de ejemplo y dechado
en los venideros siglos, donde los caballeros andantes vean los pasos que
han de seguir, si quisieren llegar a la cumbre y alteza honrosa de las
armas.

-Dice verdad el seÒor don Quijote de la Mancha -dijo a esta sazÛn el cura-;
que Èl va encantado en esta carreta, no por sus culpas y pecados, sino por
la mala intenciÛn de aquellos a quien la virtud enfada y la valentÌa enoja.
…ste es, seÒor, el Caballero de la Triste Figura, si ya le oÌstes nombrar
en alg˙n tiempo, cuyas valerosas hazaÒas y grandes hechos ser·n escritas
en bronces duros y en eternos m·rmoles, por m·s que se canse la envidia en
escurecerlos y la malicia en ocultarlos.

Cuando el canÛnigo oyÛ hablar al preso y al libre en semejante estilo,
estuvo por hacerse la cruz, de admirado, y no podÌa saber lo que le habÌa
acontencido; y en la mesma admiraciÛn cayeron todos los que con Èl venÌan.
En esto, Sancho Panza, que se habÌa acercado a oÌr la pl·tica, para
adobarlo todo, dijo:

-Ahora, seÒores, quiÈranme bien o quiÈranme mal por lo que dijere, el caso
de ello es que asÌ va encantado mi seÒor don Quijote como mi madre; Èl
tiene su entero juicio, Èl come y bebe y hace sus necesidades como los
dem·s hombres, y como las hacÌa ayer, antes que le enjaulasen. Siendo esto
ansÌ, øcÛmo quieren hacerme a mÌ entender que va encantado? Pues yo he oÌdo
decir a muchas personas que los encantados ni comen, ni duermen, ni hablan,
y mi amo, si no le van a la mano, hablar· m·s que treinta procuradores.

Y, volviÈndose a mirar al cura, prosiguiÛ diciendo:

-°Ah seÒor cura, seÒor cura! øPensaba vuestra merced que no le conozco, y
pensar· que yo no calo y adivino adÛnde se encaminan estos nuevos
encantamentos? Pues sepa que le conozco, por m·s que se encubra el rostro,
y sepa que le entiendo, por m·s que disimule sus embustes. En fin, donde
reina la envidia no puede vivir la virtud, ni adonde hay escaseza la
liberalidad. !Mal haya el diablo!; que, si por su reverencia no fuera, Èsta
fuera ya la hora que mi seÒor estuviera casado con la infanta Micomicona, y
yo fuera conde, por lo menos, pues no se podÌa esperar otra cosa, asÌ de la
bondad de mi seÒor el de la Triste Figura como de la grandeza de mis
servicios. Pero ya veo que es verdad lo que se dice por ahÌ: que la rueda
de la Fortuna anda m·s lista que una rueda de molino, y que los que ayer
estaban en pinganitos hoy est·n por el suelo. De mis hijos y de mi mujer me
pesa, pues cuando podÌan y debÌan esperar ver entrar a su padre por sus
puertas hecho gobernador o visorrey de alguna Ìnsula o reino, le ver·n
entrar hecho mozo de caballos. Todo esto que he dicho, seÒor cura, no es
m·s de por encarecer a su paternidad haga conciencia del mal tratamiento
que a mi seÒor se le hace, y mire bien no le pida Dios en la otra vida esta
prisiÛn de mi amo, y se le haga cargo de todos aquellos socorros y bienes
que mi seÒor don Quijote deja de hacer en este tiempo que est· preso.

-°AdÛbame esos candiles! -dijo a este punto el barbero-. øTambiÈn vos,
Sancho, sois de la cofradÌa de vuestro amo? °Vive el SeÒor, que voy viendo
que le habÈis de tener compaÒÌa en la jaula, y que habÈis de quedar tan
encantado como Èl, por lo que os toca de su humor y de su caballerÌa! En
mal punto os empreÒastes de sus promesas, y en mal hora se os entrÛ en los
cascos la Ìnsula que tanto dese·is.

-Yo no estoy preÒado de nadie -respondiÛ Sancho-, ni soy hombre que me
dejarÌa empreÒar, del rey que fuese; y, aunque pobre, soy cristiano viejo,
y no debo nada a nadie; y si Ìnsulas deseo, otros desean otras cosas
peores; y cada uno es hijo de sus obras; y, debajo de ser hombre, puedo
venir a ser papa, cuanto m·s gobernador de una Ìnsula, y m·s pudiendo ganar
tantas mi seÒor que le falte a quien dallas. Vuestra merced mire cÛmo
habla, seÒor barbero; que no es todo hacer barbas, y algo va de Pedro a
Pedro. DÌgolo porque todos nos conocemos, y a mÌ no se me ha de echar dado
falso. Y en esto del encanto de mi amo, Dios sabe la verdad; y quÈdese
aquÌ, porque es peor meneallo.

No quiso responder el barbero a Sancho, porque no descubriese con sus
simplicidades lo que Èl y el cura tanto procuraban encubrir; y, por este
mesmo temor, habÌa el cura dicho al canÛnigo que caminasen un poco delante:
que Èl le dirÌa el misterio del enjaulado, con otras cosas que le diesen
gusto. HÌzolo asÌ el canÛnigo, y adelantÛse con sus criados y con Èl:
estuvo atento a todo aquello que decirle quiso de la condiciÛn, vida,
locura y costumbres de don Quijote, cont·ndole brevemente el principio y
causa de su desvarÌo, y todo el progreso de sus sucesos, hasta haberlo
puesto en aquella jaula, y el disignio que llevaban de llevarle a su
tierra, para ver si por alg˙n medio hallaban remedio a su locura.
Admir·ronse de nuevo los criados y el canÛnigo de oÌr la peregrina historia
de don Quijote, y, en acab·ndola de oÌr, dijo:

-Verdaderamente, seÒor cura, yo hallo por mi cuenta que son perjudiciales
en la rep˙blica estos que llaman libros de caballerÌas; y, aunque he leÌdo,
llevado de un ocioso y falso gusto, casi el principio de todos los m·s que
hay impresos, jam·s me he podido acomodar a leer ninguno del principio al
cabo, porque me parece que, cu·l m·s, cu·l menos, todos ellos son una mesma
cosa, y no tiene m·s Èste que aquÈl, ni estotro que el otro. Y, seg˙n a mÌ
me parece, este gÈnero de escritura y composiciÛn cae debajo de aquel de
las f·bulas que llaman milesias, que son cuentos disparatados, que atienden
solamente a deleitar, y no a enseÒar: al contrario de lo que hacen las
f·bulas apÛlogas, que deleitan y enseÒan juntamente. Y, puesto que el
principal intento de semejantes libros sea el deleitar, no sÈ yo cÛmo
puedan conseguirle, yendo llenos de tantos y tan desaforados disparates;
que el deleite que en el alma se concibe ha de ser de la hermosura y
concordancia que vee o contempla en las cosas que la vista o la imaginaciÛn
le ponen delante; y toda cosa que tiene en sÌ fealdad y descompostura no
nos puede causar contento alguno. Pues, øquÈ hermosura puede haber, o quÈ
proporciÛn de partes con el todo y del todo con las partes, en un libro o
f·bula donde un mozo de diez y seis aÒos da una cuchillada a un gigante
como una torre, y le divide en dos mitades, como si fuera de alfeÒique; y
que, cuando nos quieren pintar una batalla, despuÈs de haber dicho que hay
de la parte de los enemigos un millÛn de competientes, como sea contra
ellos el seÒor del libro, forzosamente, mal que nos pese, habemos de
entender que el tal caballero alcanzÛ la vitoria por solo el valor de su
fuerte brazo? Pues, øquÈ diremos de la facilidad con que una reina o
emperatriz heredera se conduce en los brazos de un andante y no conocido
caballero? øQuÈ ingenio, si no es del todo b·rbaro e inculto, podr·
contentarse leyendo que una gran torre llena de caballeros va por la mar
adelante, como nave con prÛspero viento, y hoy anochece en LombardÌa, y
maÒana amanezca en tierras del Preste Juan de las Indias, o en otras que ni
las descubriÛ Tolomeo ni las vio Marco Polo? Y, si a esto se me respondiese
que los que tales libros componen los escriben como cosas de mentira, y que
asÌ, no est·n obligados a mirar en delicadezas ni verdades, responderles
hÌa yo que tanto la mentira es mejor cuanto m·s parece verdadera, y tanto
m·s agrada cuanto tiene m·s de lo dudoso y posible. Hanse de casar las
f·bulas mentirosas con el entendimiento de los que las leyeren,
escribiÈndose de suerte que, facilitando los imposibles, allanando las
grandezas, suspendiendo los ·nimos, admiren, suspendan, alborocen y
entretengan, de modo que anden a un mismo paso la admiraciÛn y la alegrÌa
juntas; y todas estas cosas no podr· hacer el que huyere de la
verisimilitud y de la imitaciÛn, en quien consiste la perfeciÛn de lo que
se escribe. No he visto ning˙n libro de caballerÌas que haga un cuerpo de
f·bula entero con todos sus miembros, de manera que el medio corresponda al
principio, y el fin al principio y al medio; sino que los componen con
tantos miembros, que m·s parece que llevan intenciÛn a formar una quimera o
un monstruo que a hacer una figura proporcionada. Fuera desto, son en el
estilo duros; en las hazaÒas, increÌbles; en los amores, lascivos; en las
cortesÌas, mal mirados; largos en las batallas, necios en las razones,
disparatados en los viajes, y, finalmente, ajenos de todo discreto
artificio, y por esto dignos de ser desterrados de la rep˙blica cristiana,
como a gente in˙til.

El cura le estuvo escuchando con grande atenciÛn, y pareciÛle hombre de
buen entendimiento, y que tenÌa razÛn en cuanto decÌa; y asÌ, le dijo que,
por ser Èl de su mesma opiniÛn y tener ojeriza a los libros de caballerÌas,
habÌa quemado todos los de don Quijote, que eran muchos. Y contÛle el
escrutinio que dellos habÌa hecho, y los que habÌa condenado al fuego y
dejado con vida, de que no poco se riÛ el canÛnigo, y dijo que, con todo
cuanto mal habÌa dicho de tales libros, hallaba en ellos una cosa buena:
que era el sujeto que ofrecÌan para que un buen entendimiento pudiese
mostrarse en ellos, porque daban largo y espacioso campo por donde sin
empacho alguno pudiese correr la pluma, descubriendo naufragios, tormentas,
rencuentros y batallas; pintando un capit·n valeroso con todas las partes
que para ser tal se requieren, mostr·ndose prudente previniendo las
astucias de sus enemigos, y elocuente orador persuadiendo o disuadiendo a
sus soldados, maduro en el consejo, presto en lo determinado, tan valiente
en el esperar como en el acometer; pintando ora un lamentable y tr·gico
suceso, ahora un alegre y no pensado acontecimiento; allÌ una hermosÌsima
dama, honesta, discreta y recatada; aquÌ un caballero cristiano, valiente y
comedido; acull· un desaforado b·rbaro fanfarrÛn; ac· un prÌncipe cortÈs,
valeroso y bien mirado; representando bondad y lealtad de vasallos,
grandezas y mercedes de seÒores. Ya puede mostrarse astrÛlogo, ya
cosmÛgrafo excelente, ya m˙sico, ya inteligente en las materias de estado,
y tal vez le vendr· ocasiÛn de mostrarse nigromante, si quisiere. Puede
mostrar las astucias de Ulixes, la piedad de Eneas, la valentÌa de Aquiles,
las desgracias de HÈctor, las traiciones de SinÛn, la amistad de Eurialio,
la liberalidad de Alejandro, el valor de CÈsar, la clemencia y verdad de
Trajano, la fidelidad de Zopiro, la prudencia de CatÛn; y, finalmente,
todas aquellas acciones que pueden hacer perfecto a un varÛn ilustre, ahora
poniÈndolas en uno solo, ahora dividiÈndolas en muchos.

-Y, siendo esto hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invenciÛn,
que tire lo m·s que fuere posible a la verdad, sin duda compondr· una tela
de varios y hermosos lazos tejida, que, despuÈs de acabada, tal perfeciÛn y
hermosura muestre, que consiga el fin mejor que se pretende en los
escritos, que es enseÒar y deleitar juntamente, como ya tengo dicho. Porque
la escritura desatada destos libros da lugar a que el autor pueda mostrarse
Èpico, lÌrico, tr·gico, cÛmico, con todas aquellas partes que encierran en
sÌ las dulcÌsimas y agradables ciencias de la poesÌa y de la oratoria; que
la Èpica tambiÈn puede escrebirse en prosa como en verso.

CapÌtulo XLVIII. Donde prosigue el canÛnigo la materia de los libros de
caballerÌas, con otras cosas dignas de su ingenio

-AsÌ es como vuestra merced dice, seÒor canÛnigo -dijo el cura-, y por esta
causa son m·s dignos de reprehensiÛn los que hasta aquÌ han compuesto
semejantes libros sin tener advertencia a ning˙n buen discurso, ni al arte
y reglas por donde pudieran guiarse y hacerse famosos en prosa, como lo son
en verso los dos prÌncipes de la poesÌa griega y latina.

-Yo, a lo menos -replicÛ el canÛnigo-, he tenido cierta tentaciÛn de hacer
un libro de caballerÌas, guardando en Èl todos los puntos que he
significado; y si he de confesar la verdad, tengo escritas m·s de cien
hojas. Y para hacer la experiencia de si correspondÌan a mi estimaciÛn, las
he comunicado con hombres apasionados desta leyenda, dotos y discretos, y
con otros ignorantes, que sÛlo atienden al gusto de oÌr disparates, y de
todos he hallado una agradable aprobaciÛn; pero, con todo esto, no he
proseguido adelante, asÌ por parecerme que hago cosa ajena de mi profesiÛn,
como por ver que es m·s el n˙mero de los simples que de los prudentes; y
que, puesto que es mejor ser loado de los pocos sabios que burlado de los
muchos necios, no quiero sujetarme al confuso juicio del desvanecido vulgo,
a quien por la mayor parte toca leer semejantes libros. Pero lo que m·s me
le quitÛ de las manos, y aun del pensamiento, de acabarle, fue un argumento
que hice conmigo mesmo, sacado de las comedias que ahora se representa,
diciendo: ''Si estas que ahora se usan, asÌ las imaginadas como las de
historia, todas o las m·s son conocidos disparates y cosas que no llevan
pies ni cabeza, y, con todo eso, el vulgo las oye con gusto, y las tiene y
las aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo, y los autores que las
componen y los actores que las representan dicen que asÌ han de ser, porque
asÌ las quiere el vulgo, y no de otra manera; y que las que llevan traza y
siguen la f·bula como el arte pide, no sirven sino para cuatro discretos
que las entienden, y todos los dem·s se quedan ayunos de entender su
artificio, y que a ellos les est· mejor ganar de comer con los muchos, que
no opiniÛn con los pocos, deste modo vendr· a ser un libro, al cabo de
haberme quemado las cejas por guardar los preceptos referidos, y vendrÈ a
ser el sastre del cantillo''. Y, aunque algunas veces he procurado
persuadir a los actores que se engaÒan en tener la opiniÛn que tienen, y
que m·s gente atraer·n y m·s fama cobrar·n representando comedias que hagan
el arte que no con las disparatadas, y est·n tan asidos y encorporados en
su parecer, que no hay razÛn ni evidencia que dÈl los saque. AcuÈrdome que
un dÌa dije a uno destos pertinaces: ''Decidme, øno os acord·is que ha
pocos aÒos que se representaron en EspaÒa tres tragedias que compuso un
famoso poeta destos reinos, las cuales fueron tales, que admiraron,
alegraron y suspendieron a todos cuantos las oyeron, asÌ simples como
prudentes, asÌ del vulgo como de los escogidos, y dieron m·s dineros a los
representantes ellas tres solas que treinta de las mejores que despuÈs ac·
se han hecho?'' ''Sin duda -respondiÛ el autor que digo-, que debe de decir
vuestra merced por La Isabela, La Filis y La Alejandra''. ''Por Èsas digo
-le repliquÈ yo-; y mirad si guardaban bien los preceptos del arte, y si
por guardarlos dejaron de parecer lo que eran y de agradar a todo el mundo.
AsÌ que no est· la falta en el vulgo, que pide disparates, sino en aquellos
que no saben representar otra cosa. SÌ, que no fue disparate La ingratitud
vengada, ni le tuvo La Numancia, ni se le hallÛ en la del Mercader amante,
ni menos en La enemiga favorable, ni en otras algunas que de algunos
entendidos poetas han sido compuestas, para fama y renombre suyo, y para
ganancia de los que las han representado''. Y otras cosas aÒadÌ a Èstas,
con que, a mi parecer, le dejÈ algo confuso, pero no satisfecho ni
convencido para sacarle de su errado pensamiento.

-En materia ha tocado vuestra merced, seÒor canÛnigo -dijo a esta sazÛn el
cura-, que ha despertado en mÌ un antiguo rancor que tengo con las comedias
que agora se usan, tal, que iguala al que tengo con los libros de
caballerÌas; porque, habiendo de ser la comedia, seg˙n le parece a Tulio,
espejo de la vida humana, ejemplo de las costumbres y imagen de la verdad,
las que ahora se representan son espejos de disparates, ejemplos de
necedades e im·genes de lascivia. Porque, øquÈ mayor disparate puede ser en
el sujeto que tratamos que salir un niÒo en mantillas en la primera cena
del primer acto, y en la segunda salir ya hecho hombre barbado? Y øquÈ
mayor que pintarnos un viejo valiente y un mozo cobarde, un lacayo
rectÛrico, un paje consejero, un rey ganap·n y una princesa fregona? øQuÈ
dirÈ, pues, de la observancia que guardan en los tiempos en que pueden o
podÌan suceder las acciones que representan, sino que he visto comedia que
la primera jornada comenzÛ en Europa, la segunda en Asia, la tercera se
acabÛ en Africa, y ansÌ fuera de cuatro jornadas, la cuarta acababa en
AmÈrica, y asÌ se hubiera hecho en todas las cuatro partes del mundo? Y si
es que la imitaciÛn es lo principal que ha de tener la comedia, øcÛmo es
posible que satisfaga a ning˙n mediano entendimiento que, fingiendo una
acciÛn que pasa en tiempo del rey Pepino y Carlomagno, el mismo que en ella
hace la persona principal le atribuyan que fue el emperador Heraclio, que
entrÛ con la Cruz en JerusalÈn, y el que ganÛ la Casa Santa, como Godofre
de BullÛn, habiendo infinitos aÒos de lo uno a lo otro; y fund·ndose la
comedia sobre cosa fingida, atribuirle verdades de historia, y mezclarle
pedazos de otras sucedidas a diferentes personas y tiempos, y esto, no con
trazas verisÌmiles, sino con patentes errores de todo punto inexcusables? Y
es lo malo que hay ignorantes que digan que esto es lo perfecto, y que lo
dem·s es buscar gullurÌas. Pues, øquÈ si venimos a las comedias divinas?:
°quÈ de milagros falsos fingen en ellas, quÈ de cosas apÛcrifas y mal
entendidas, atribuyendo a un santo los milagros de otro! Y aun en las
humanas se atreven a hacer milagros, sin m·s respeto ni consideraciÛn que
parecerles que allÌ estar· bien el tal milagro y apariencia, como ellos
llaman, para que gente ignorante se admire y venga a la comedia; que todo
esto es en perjuicio de la verdad y en menoscabo de las historias, y aun en
oprobrio de los ingenios espaÒoles; porque los estranjeros, que con mucha
puntualidad guardan las leyes de la comedia, nos tienen por b·rbaros e
ignorantes, viendo los absurdos y disparates de las que hacemos. Y no serÌa
bastante disculpa desto decir que el principal intento que las rep˙blicas
bien ordenadas tienen, permitiendo que se hagan p˙blicas comedias, es para
entretener la comunidad con alguna honesta recreaciÛn, y divertirla a veces
de los malos humores que suele engendrar la ociosidad; y que, pues Èste se
consigue con cualquier comedia, buena o mala, no hay para quÈ poner leyes,
ni estrechar a los que las componen y representan a que las hagan como
debÌan hacerse, pues, como he dicho, con cualquiera se consigue lo que con
ellas se pretende. A lo cual responderÌa yo que este fin se conseguirÌa
mucho mejor, sin comparaciÛn alguna, con las comedias buenas que con las no
tales; porque, de haber oÌdo la comedia artificiosa y bien ordenada,
saldrÌa el oyente alegre con las burlas, enseÒado con las veras, admirado
de los sucesos, discreto con las razones, advertido con los embustes, sagaz
con los ejemplos, airado contra el vicio y enamorado de la virtud; que
todos estos afectos ha de despertar la buena comedia en el ·nimo del que la
escuchare, por r˙stico y torpe que sea; y de toda imposibilidad es
imposible dejar de alegrar y entretener, satisfacer y contentar, la comedia
que todas estas partes tuviere mucho m·s que aquella que careciere dellas,
como por la mayor parte carecen estas que de ordinario agora se
representan. Y no tienen la culpa desto los poetas que las componen, porque
algunos hay dellos que conocen muy bien en lo que yerran, y saben
estremadamente lo que deben hacer; pero, como las comedias se han hecho
mercaderÌa vendible, dicen, y dicen verdad, que los representantes no se
las comprarÌan si no fuesen de aquel jaez; y asÌ, el poeta procura
acomodarse con lo que el representante que le ha de pagar su obra le pide.
Y que esto sea verdad vÈase por muchas e infinitas comedias que ha
compuesto un felicÌsimo ingenio destos reinos, con tanta gala, con tanto
donaire, con tan elegante verso, con tan buenas razones, con tan graves
sentencias y, finalmente, tan llenas de elocuciÛn y alteza de estilo, que
tiene lleno el mundo de su fama. Y, por querer acomodarse al gusto de los
representantes, no han llegado todas, como han llegado algunas, al punto de
la perfecciÛn que requieren. Otros las componen tan sin mirar lo que hacen,
que despuÈs de representadas tienen necesidad los recitantes de huirse y
ausentarse, temerosos de ser castigados, como lo han sido muchas veces, por
haber representado cosas en perjuicio de algunos reyes y en deshonra de
algunos linajes. Y todos estos inconvinientes cesarÌan, y aun otros muchos
m·s que no digo, con que hubiese en la Corte una persona inteligente y
discreta que examinase todas las comedias antes que se representasen (no
sÛlo aquellas que se hiciesen en la Corte, sino todas las que se quisiesen
representar en EspaÒa), sin la cual aprobaciÛn, sello y firma, ninguna
justicia en su lugar dejase representar comedia alguna; y, desta manera,
los comediantes tendrÌan cuidado de enviar las comedias a la Corte, y con
seguridad podrÌan representallas, y aquellos que las componen mirarÌan con
m·s cuidado y estudio lo que hacÌan, temorosos de haber de pasar sus obras
por el riguroso examen de quien lo entiende; y desta manera se harÌan
buenas comedias y se conseguirÌa felicÌsimamente lo que en ellas se
pretende: asÌ el entretenimiento del pueblo, como la opiniÛn de los
ingenios de EspaÒa, el interÈs y seguridad de los recitantes y el ahorro
del cuidado de castigallos. Y si diese cargo a otro, o a este mismo, que
examinase los libros de caballerÌas que de nuevo se compusiesen, sin duda
podrÌan salir algunos con la perfecciÛn que vuestra merced ha dicho,
enriqueciendo nuestra lengua del agradable y precioso tesoro de la
elocuencia, dando ocasiÛn que los libros viejos se escureciesen a la luz de
los nuevos que saliesen, para honesto pasatiempo, no solamente de los
ociosos, sino de los m·s ocupados; pues no es posible que estÈ continuo el
arco armado, ni la condiciÛn y flaqueza humana se pueda sustentar sin
alguna lÌcita recreaciÛn.

A este punto de su coloquio llegaban el canÛnigo y el cura, cuando,
adelant·ndose el barbero, llegÛ a ellos, y dijo al cura:

-AquÌ, seÒor licenciado, es el lugar que yo dije que era bueno para que,
sesteando nosotros, tuviesen los bueyes fresco y abundoso pasto.

-AsÌ me lo parece a mÌ -respondiÛ el cura.

Y, diciÈndole al canÛnigo lo que pensaba hacer, Èl tambiÈn quiso quedarse
con ellos, convidado del sitio de un hermoso valle que a la vista se les
ofrecÌa. Y, asÌ por gozar dÈl como de la conversaciÛn del cura, de quien ya
iba aficionado, y por saber m·s por menudo las hazaÒas de don Quijote,
mandÛ a algunos de sus criados que se fuesen a la venta, que no lejos de
allÌ estaba, y trujesen della lo que hubiese de comer, para todos, porque
Èl determinaba de sestear en aquel lugar aquella tarde; a lo cual uno de
sus criados respondiÛ que el acÈmila del repuesto, que ya debÌa de estar en
la venta, traÌa recado bastante para no obligar a no tomar de la venta m·s
que cebada.

-Pues asÌ es -dijo el canÛnigo-, llÈvense all· todas las cabalgaduras, y
haced volver la acÈmila.

En tanto que esto pasaba, viendo Sancho que podÌa hablar a su amo sin la
continua asistencia del cura y el barbero, que tenÌa por sospechosos, se
llegÛ a la jaula donde iba su amo, y le dijo:

-SeÒor, para descargo de mi conciencia, le quiero decir lo que pasa cerca
de su encantamento; y es que aquestos dos que vienen aquÌ cubiertos los
rostros son el cura de nuestro lugar y el barbero; y imagino han dado esta
traza de llevalle desta manera, de pura envidia que tienen como vuestra
merced se les adelanta en hacer famosos hechos. Presupuesta, pues, esta
verdad, sÌguese que no va encantado, sino embaÌdo y tonto. Para prueba de
lo cual le quiero preguntar una cosa; y si me responde como creo que me ha
de responder, tocar· con la mano este engaÒo y ver· como no va encantado,
sino trastornado el juicio.

-Pregunta lo que quisieres, hijo Sancho -respondiÛ don Quijote-, que yo te
satisfarÈ y responderÈ a toda tu voluntad. Y en lo que dices que aquellos
que allÌ van y vienen con nosotros son el cura y el barbero, nuestros
compatriotos y conocidos, bien podr· ser que parezca que son ellos mesmos;
pero que lo sean realmente y en efeto, eso no lo creas en ninguna manera.
Lo que has de creer y entender es que si ellos se les parecen, como dices,
debe de ser que los que me han encantado habr·n tomado esa apariencia y
semejanza; porque es f·cil a los encantadores tomar la figura que se les
antoja, y habr·n tomado las destos nuestros amigos, para darte a ti ocasiÛn
de que pienses lo que piensas, y ponerte en un laberinto de imaginaciones,
que no aciertes a salir dÈl, aunque tuvieses la soga de Teseo. Y tambiÈn lo
habr·n hecho para que yo vacile en mi entendimiento, y no sepa atinar de
dÛnde me viene este daÒo; porque si, por una parte, t˙ me dices que me
acompaÒan el barbero y el cura de nuestro pueblo, y, por otra, yo me veo
enjaulado, y sÈ de mÌ que fuerzas humanas, como no fueran sobrenaturales,
no fueran bastantes para enjaularme, øquÈ quieres que diga o piense sino
que la manera de mi encantamento excede a cuantas yo he leÌdo en todas
las historias que tratan de caballeros andantes que han sido encantados?
AnsÌ que, bien puedes darte paz y sosiego en esto de creer que son los que
dices, porque asÌ son ellos como yo soy turco. Y, en lo que toca a querer
preguntarme algo, di, que yo te responderÈ, aunque me preguntes de aquÌ a
maÒana.

-°V·lame Nuestra SeÒora! -respondiÛ Sancho, dando una gran voz-. Y øes
posible que sea vuestra merced tan duro de celebro, y tan falto de meollo,
que no eche de ver que es pura verdad la que le digo, y que en esta su
prisiÛn y desgracia tiene m·s parte la malicia que el encanto? Pero, pues
asÌ es, yo le quiero probar evidentemente como no va encantado. Si no,
dÌgame, asÌ Dios le saque desta tormenta, y asÌ se vea en los brazos de mi
seÒora Dulcinea cuando menos se piense...

-Acaba de conjurarme -dijo don Quijote-, y pregunta lo que quisieres; que
ya te he dicho que te responderÈ con toda puntualidad.

-Eso pido -replicÛ Sancho-; y lo que quiero saber es que me diga, sin
aÒadir ni quitar cosa ninguna, sino con toda verdad, como se espera que la
han de decir y la dicen todos aquellos que profesan las armas, como vuestra
merced las profesa, debajo de tÌtulo de caballeros andantes...

-Digo que no mentirÈ en cosa alguna -respondiÛ don Quijote-. Acaba ya de
preguntar, que en verdad que me cansas con tantas salvas, plegarias y
prevenciones, Sancho.

-Digo que yo estoy seguro de la bondad y verdad de mi amo; y asÌ, porque
hace al caso a nuestro cuento, pregunto, hablando con acatamiento, si acaso
despuÈs que vuestra merced va enjaulado y, a su parecer, encantado en esta
jaula, le ha venido gana y voluntad de hacer aguas mayores o menores, como
suele decirse.

-No entiendo eso de hacer aguas, Sancho; acl·rate m·s, si quieres que te
responda derechamente.

-øEs posible que no entiende vuestra merced de hacer aguas menores o
mayores? Pues en la escuela destetan a los muchachos con ello. Pues sepa
que quiero decir si le ha venido gana de hacer lo que no se escusa.

-°Ya, ya te entiendo, Sancho! Y muchas veces; y aun agora la tengo. °S·came
deste peligro, que no anda todo limpio!

CapÌtulo XLIX. Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo
con su seÒor don Quijote

-°Ah -dijo Sancho-; cogido le tengo! Esto es lo que yo deseaba saber, como
al alma y como a la vida. Venga ac·, seÒor: øpodrÌa negar lo que com˙nmente
suele decirse por ahÌ cuando una persona est· de mala voluntad: "No sÈ quÈ
tiene fulano, que ni come, ni bebe, ni duerme, ni responde a propÛsito a lo
que le preguntan, que no parece sino que est· encantado"? De donde se viene
a sacar que los que no comen, ni beben, ni duermen, ni hacen las obras
naturales que yo digo, estos tales est·n encantados; pero no aquellos que
tienen la gana que vuestra merced tiene y que bebe cuando se lo dan, y come
cuando lo tiene, y responde a todo aquello que le preguntan.

-Verdad dices, Sancho -respondiÛ don Quijote-, pero ya te he dicho que hay
muchas maneras de encantamentos, y podrÌa ser que con el tiempo se hubiesen
mudado de unos en otros, y que agora se use que los encantados hagan todo
lo que yo hago, aunque antes no lo hacÌan. De manera que contra el uso de
los tiempos no hay que arg¸ir ni de quÈ hacer consecuencias. Yo sÈ y tengo
para mÌ que voy encantado, y esto me basta para la seguridad de mi
conciencia; que la formarÌa muy grande si yo pensase que no estaba
encantado y me dejase estar en esta jaula, perezoso y cobarde, defraudando
el socorro que podrÌa dar a muchos menesterosos y necesitados que de mi
ayuda y amparo deben tener a la hora de ahora precisa y estrema necesidad.

-Pues, con todo eso -replicÛ Sancho-, digo que, para mayor abundancia y
satisfaciÛn, serÌa bien que vuestra merced probase a salir desta c·rcel,
que yo me obligo con todo mi poder a facilitarlo, y aun a sacarle della, y
probase de nuevo a subir sobre su buen Rocinante, que tambiÈn parece que va
encantado, seg˙n va de malencÛlico y triste; y, hecho esto, prob·semos otra
vez la suerte de buscar m·s aventuras; y si no nos sucediese bien, tiempo
nos queda para volvernos a la jaula, en la cual prometo, a ley de buen y
leal escudero, de encerrarme juntamente con vuestra merced, si acaso fuere
vuestra merced tan desdichado, o yo tan simple, que no acierte a salir con
lo que digo.

-Yo soy contento de hacer lo que dices, Sancho hermano -replicÛ don
Quijote-; y cuando t˙ veas coyuntura de poner en obra mi libertad, yo te
obedecerÈ en todo y por todo; pero t˙, Sancho, ver·s como te engaÒas en el
conocimiento de mi desgracia.

En estas pl·ticas se entretuvieron el caballero andante y el mal andante
escudero, hasta que llegaron donde, ya apeados, los aguardaban el cura, el
canÛnigo y el barbero. DesunciÛ luego los bueyes de la carreta el boyero, y
dejÛlos andar a sus anchuras por aquel verde y apacible sitio, cuya
frescura convidaba a quererla gozar, no a las personas tan encantadas como
don Quijote, sino a los tan advertidos y discretos como su escudero; el
cual rogÛ al cura que permitiese que su seÒor saliese por un rato de la
jaula, porque si no le dejaban salir, no irÌa tan limpia aquella prisiÛn
como requirÌa la decencia de un tal caballero como su amo. EntendiÛle el
cura, y dijo que de muy buena gana harÌa lo que le pedÌa si no temiera que,
en viÈndose su seÒor en libertad, habÌa de hacer de las suyas, y irse donde
jam·s gentes le viesen.

-Yo le fÌo de la fuga -respondiÛ Sancho.

-Y yo y todo -dijo el canÛnigo-; y m·s si Èl me da la palabra, como
caballero, de no apartarse de nosotros hasta que sea nuestra voluntad.

-SÌ doy -respondiÛ don Quijote, que todo lo estaba escuchando-; cuanto m·s,
que el que est· encantado, como yo, no tiene libertad para hacer de su
persona lo que quisiere, porque el que le encantÛ le puede hacer que no se
mueva de un lugar en tres siglos; y si hubiere huido, le har· volver en
volandas. -Y que, pues esto era asÌ, bien podÌan soltalle, y m·s, siendo
tan en provecho de todos; y del no soltalle les protestaba que no podÌa
dejar de fatigalles el olfato, si de allÌ no se desviaban.

TomÛle la mano el canÛnigo, aunque las tenÌa atadas, y, debajo de su buena
fe y palabra, le desenjaularon, de que Èl se alegrÛ infinito y en grande
manera de verse fuera de la jaula. Y lo primero que hizo fue estirarse todo
el cuerpo, y luego se fue donde estaba Rocinante, y, d·ndole dos palmadas
en las ancas, dijo:

-A˙n espero en Dios y en su bendita Madre, flor y espejo de los caballos,
que presto nos hemos de ver los dos cual deseamos; t˙, con tu seÒor a
cuestas; y yo, encima de ti, ejercitando el oficio para que Dios me echÛ al
mundo.

Y, diciendo esto, don Quijote se apartÛ con Sancho en remota parte, de
donde vino m·s aliviado y con m·s deseos de poner en obra lo que su
escudero ordenase.

Mir·balo el canÛnigo, y admir·base de ver la estraÒeza de su grande locura,
y de que, en cuanto hablaba y respondÌa, mostraba tener bonÌsimo
entendimiento: solamente venÌa a perder los estribos, como otras veces se
ha dicho, en trat·ndole de caballerÌa. Y asÌ, movido de compasiÛn, despuÈs
de haberse sentado todos en la verde yerba, para esperar el repuesto del
canÛnigo, le dijo:

-øEs posible, seÒor hidalgo, que haya podido tanto con vuestra merced la
amarga y ociosa letura de los libros de caballerÌas, que le hayan vuelto el
juicio de modo que venga a creer que va encantado, con otras cosas deste
jaez, tan lejos de ser verdaderas como lo est· la mesma mentira de la
verdad? Y øcÛmo es posible que haya entendimiento humano que se dÈ a
entender que ha habido en el mundo aquella infinidad de Amadises, y aquella
turbamulta de tanto famoso caballero, tanto emperador de Trapisonda, tanto
Felixmarte de Hircania, tanto palafrÈn, tanta doncella andante, tantas
sierpes, tantos endriagos, tantos gigantes, tantas inauditas aventuras,
tanto gÈnero de encantamentos, tantas batallas, tantos desaforados
encuentros, tanta bizarrÌa de trajes, tantas princesas enamoradas, tantos
escuderos condes, tantos enanos graciosos, tanto billete, tanto requiebro,
tantas mujeres valientes; y, finalmente, tantos y tan disparatados casos
como los libros de caballerÌas contienen? De mÌ sÈ decir que, cuando los
leo, en tanto que no pongo la imaginaciÛn en pensar que son todos mentira y
liviandad, me dan alg˙n contento; pero, cuando caigo en la cuenta de lo que
son, doy con el mejor dellos en la pared, y aun diera con Èl en el fuego si
cerca o presente le tuviera, bien como a merecedores de tal pena, por ser
falsos y embusteros, y fuera del trato que pide la com˙n naturaleza, y como
a inventores de nuevas sectas y de nuevo modo de vida, y como a quien da
ocasiÛn que el vulgo ignorante venga a creer y a tener por verdaderas
tantas necedades como contienen. Y aun tienen tanto atrevimiento, que se
atreven a turbar los ingenios de los discretos y bien nacidos hidalgos,
como se echa bien de ver por lo que con vuestra merced han hecho, pues le
han traÌdo a tÈrminos que sea forzoso encerrarle en una jaula, y traerle
sobre un carro de bueyes, como quien trae o lleva alg˙n leÛn o alg˙n tigre,
de lugar en lugar, para ganar con Èl dejando que le vean. °Ea, seÒor don
Quijote, duÈlase de sÌ mismo, y red˙zgase al gremio de la discreciÛn, y
sepa usar de la mucha que el cielo fue servido de darle, empleando el
felicÌsimo talento de su ingenio en otra letura que redunde en
aprovechamiento de su conciencia y en aumento de su honra! Y si todavÌa,
llevado de su natural inclinaciÛn, quisiere leer libros de hazaÒas y de
caballerÌas, lea en la Sacra Escritura el de los Jueces; que allÌ hallar·
verdades grandiosas y hechos tan verdaderos como valientes. Un Viriato tuvo
Lusitania; un CÈsar, Roma; un Anibal, Cartago; un Alejandro, Grecia; un
conde Fern·n Gonz·lez, Castilla; un Cid, Valencia; un Gonzalo Fern·ndez,
AndalucÌa; un Diego GarcÌa de Paredes, Estremadura; un Garci PÈrez de
Vargas, Jerez; un Garcilaso, Toledo; un don Manuel de LeÛn, Sevilla, cuya
leciÛn de sus valerosos hechos puede entretener, enseÒar, deleitar y
admirar a los m·s altos ingenios que los leyeren. …sta sÌ ser· letura digna
del buen entendimiento de vuestra merced, seÒor don Quijote mÌo, de la cual
saldr· erudito en la historia, enamorado de la virtud, enseÒado en la
bondad, mejorado en las costumbres, valiente sin temeridad, osado sin
cobardÌa, y todo esto, para honra de Dios, provecho suyo y fama de la
Mancha; do, seg˙n he sabido, trae vuestra merced su principio y origen.

AtentÌsimamente estuvo don Quijote escuchando las razones del canÛnigo; y,
cuando vio que ya habÌa puesto fin a ellas, despuÈs de haberle estado un
buen espacio mirando, le dijo:

-ParÈceme, seÒor hidalgo, que la pl·tica de vuestra merced se ha encaminado
a querer darme a entender que no ha habido caballeros andantes en el mundo,
y que todos los libros de caballerÌas son falsos, mentirosos, daÒadores e
in˙tiles para la rep˙blica; y que yo he hecho mal en leerlos, y peor en
creerlos, y m·s mal en imitarlos, habiÈndome puesto a seguir la durÌsima
profesiÛn de la caballerÌa andante, que ellos enseÒan, neg·ndome que no ha
habido en el mundo Amadises, ni de Gaula ni de Grecia, ni todos los otros
caballeros de que las escrituras est·n llenas.

-Todo es al pie de la letra como vuestra merced lo va relatando -dijo a
est· sazÛn el canÛnigo.

A lo cual respondiÛ don Quijote:

-AÒadiÛ tambiÈn vuestra merced, diciendo que me habÌan hecho mucho daÒo
tales libros, pues me habÌan vuelto el juicio y puÈstome en una jaula, y
que me serÌa mejor hacer la enmienda y mudar de letura, leyendo otros m·s
verdaderos y que mejor deleitan y enseÒan.

-AsÌ es -dijo el canÛnigo.

-Pues yo -replicÛ don Quijote- hallo por mi cuenta que el sin juicio y el
encantado es vuestra merced, pues se ha puesto a decir tantas blasfemias
contra una cosa tan recebida en el mundo, y tenida por tan verdadera, que
el que la negase, como vuestra merced la niega, merecÌa la mesma pena que
vuestra merced dice que da a los libros cuando los lee y le enfadan. Porque
querer dar a entender a nadie que AmadÌs no fue en el mundo, ni todos los
otros caballeros aventureros de que est·n colmadas las historias, ser·
querer persuadir que el sol no alumbra, ni el yelo enfrÌa, ni la tierra
sustenta; porque, øquÈ ingenio puede haber en el mundo que pueda persuadir
a otro que no fue verdad lo de la infanta Floripes y Guy de BorgoÒa, y lo
de Fierabr·s con la puente de Mantible, que sucediÛ en el tiempo de
Carlomagno; que voto a tal que es tanta verdad como es ahora de dÌa? Y si
es mentira, tambiÈn lo debe de ser que no hubo HÈctor, ni Aquiles, ni la
guerra de Troya, ni los Doce Pares de Francia, ni el rey Art˙s de
Ingalaterra, que anda hasta ahora convertido en cuervo y le esperan en su
reino por momentos. Y tambiÈn se atrever·n a decir que es mentirosa la
historia de Guarino Mezquino, y la de la demanda del Santo Grial, y que son
apÛcrifos los amores de don Trist·n y la reina Iseo, como los de Ginebra y
Lanzarote, habiendo personas que casi se acuerdan de haber visto a la dueÒa
QuintaÒona, que fue la mejor escanciadora de vino que tuvo la Gran BretaÒa.
Y es esto tan ansÌ, que me acuerdo yo que me decÌa una mi ag¸ela de partes
de mi padre, cuando veÌa alguna dueÒa con tocas reverendas: ''AquÈlla,
nieto, se parece a la dueÒa QuintaÒona''; de donde arguyo yo que la debiÛ
de conocer ella o, por lo menos, debiÛ de alcanzar a ver alg˙n retrato
suyo. Pues, øquiÈn podr· negar no ser verdadera la historia de Pierres y la
linda Magalona, pues aun hasta hoy dÌa se vee en la armerÌa de los reyes la
clavija con que volvÌa al caballo de madera, sobre quien iba el valiente
Pierres por los aires, que es un poco mayor que un timÛn de carreta? Y
junto a la clavija est· la silla de Babieca, y en Roncesvalles est· el
cuerno de Rold·n, tamaÒo como una grande viga: de donde se infiere que hubo
Doce Pares, que hubo Pierres, que hubo Cides, y otros caballeros
semejantes,

dÈstos que dicen las gentes

que a sus aventuras van.

Si no, dÌganme tambiÈn que no es verdad que fue caballero andante el
valiente lusitano Juan de Merlo, que fue a BorgoÒa y se combatiÛ en la
ciudad de Ras con el famoso seÒor de CharnÌ, llamado mosÈn Pierres, y
despuÈs, en la ciudad de Basilea, con mosÈn Enrique de Remest·n, saliendo
de entrambas empresas vencedor y lleno de honrosa fama; y las aventuras y
desafÌos que tambiÈn acabaron en BorgoÒa los valientes espaÒoles Pedro
Barba y Gutierre Quijada (de cuya alcurnia yo deciendo por lÌnea recta de
varÛn), venciendo a los hijos del conde de San Polo. NiÈguenme, asimesmo,
que no fue a buscar las aventuras a Alemania don Fernando de Guevara, donde
se combatiÛ con micer Jorge, caballero de la casa del duque de Austria;
digan que fueron burla las justas de Suero de QuiÒones, del Paso; las
empresas de mosÈn Luis de Falces contra don Gonzalo de Guzm·n, caballero
castellano, con otras muchas hazaÒas hechas por caballeros cristianos,
dÈstos y de los reinos estranjeros, tan autÈnticas y verdaderas, que torno
a decir que el que las negase carecerÌa de toda razÛn y buen discurso.

Admirado quedÛ el canÛnigo de oÌr la mezcla que don Quijote hacÌa de
verdades y mentiras, y de ver la noticia que tenÌa de todas aquellas cosas
tocantes y concernientes a los hechos de su andante caballerÌa; y asÌ, le
respondiÛ:

-No puedo yo negar, seÒor don Quijote, que no sea verdad algo de lo que
vuestra merced ha dicho, especialmente en lo que toca a los caballeros
andantes espaÒoles; y, asimesmo, quiero conceder que hubo Doce Pares de
Francia, pero no quiero creer que hicieron todas aquellas cosas que el
arzobispo TurpÌn dellos escribe; porque la verdad dello es que fueron
caballeros escogidos por los reyes de Francia, a quien llamaron pares por
ser todos iguales en valor, en calidad y en valentÌa; a lo menos, si no lo
eran, era razÛn que lo fuesen y era como una religiÛn de las que ahora se
usan de Santiago o de Calatrava, que se presupone que los que la profesan
han de ser, o deben ser, caballeros valerosos, valientes y bien nacidos; y,
como ahora dicen caballero de San Juan, o de Alc·ntara, decÌan en aquel
tiempo caballero de los Doce Pares, porque no fueron doce iguales los que
para esta religiÛn militar se escogieron. En lo de que hubo Cid no hay
duda, ni menos Bernardo del Carpio, pero de que hicieron las hazaÒas que
dicen, creo que la hay muy grande. En lo otro de la clavija que vuestra
merced dice del conde Pierres, y que est· junto a la silla de Babieca en la
armerÌa de los reyes, confieso mi pecado; que soy tan ignorante, o tan
corto de vista, que, aunque he visto la silla, no he echado de ver la
clavija, y m·s siendo tan grande como vuestra merced ha dicho.

-Pues allÌ est·, sin duda alguna -replicÛ don Quijote-; y, por m·s seÒas,
dicen que est· metida en una funda de vaqueta, porque no se tome de moho.

-Todo puede ser -respondiÛ el canÛnigo-; pero, por las Ûrdenes que recebÌ,
que no me acuerdo haberla visto. Mas, puesto que conceda que est· allÌ, no
por eso me obligo a creer las historias de tantos Amadises, ni las de tanta
turbamulta de caballeros como por ahÌ nos cuentan; ni es razÛn que un
hombre como vuestra merced, tan honrado y de tan buenas partes, y dotado de
tan buen entendimiento, se dÈ a entender que son verdaderas tantas y tan
estraÒas locuras como las que est·n escritas en los disparatados libros de
caballerÌas.

CapÌtulo L. De las discretas altercaciones que don Quijote y el canÛnigo
tuvieron, con otros sucesos

-°Bueno est· eso! -respondiÛ don Quijote-. Los libros que est·n impresos
con licencia de los reyes y con aprobaciÛn de aquellos a quien se
remitieron, y que con gusto general son leÌdos y celebrados de los grandes
y de los chicos, de los pobres y de los ricos, de los letrados e
ignorantes, de los plebeyos y caballeros, finalmente, de todo gÈnero de
personas, de cualquier estado y condiciÛn que sean, øhabÌan de ser
mentira?; y m·s llevando tanta apariencia de verdad, pues nos cuentan el
padre, la madre, la patria, los parientes, la edad, el lugar y las hazaÒas,
punto por punto y dÌa por dÌa, que el tal caballero hizo, o caballeros
hicieron. Calle vuestra merced, no diga tal blasfemia (y crÈame que le
aconsejo en esto lo que debe de hacer como discreto), sino lÈalos, y ver·
el gusto que recibe de su leyenda. Si no, dÌgame: øhay mayor contento que
ver, como si dijÈsemos: aquÌ ahora se muestra delante de nosotros un gran
lago de pez hirviendo a borbollones, y que andan nadando y cruzando por Èl
muchas serpientes, culebras y lagartos, y otros muchos gÈneros de animales
feroces y espantables, y que del medio del lago sale una voz tristÌsima que
dice: ''T˙, caballero, quienquiera que seas, que el temeroso lago est·s
mirando, si quieres alcanzar el bien que debajo destas negras aguas se
encubre, muestra el valor de tu fuerte pecho y arrÛjate en mitad de su
negro y encendido licor; porque si asÌ no lo haces, no ser·s digno de ver
las altas maravillas que en sÌ encierran y contienen los siete castillos de
las siete fadas que debajo desta negregura yacen?'' øY que, apenas el
caballero no ha acabado de oÌr la voz temerosa, cuando, sin entrar m·s en
cuentas consigo, sin ponerse a considerar el peligro a que se pone, y aun
sin despojarse de la pesadumbre de sus fuertes armas, encomend·ndose a Dios
y a su seÒora, se arroja en mitad del bullente lago, y, cuando no se cata
ni sabe dÛnde ha de parar, se halla entre unos floridos campos, con quien
los ElÌseos no tienen que ver en ninguna cosa? AllÌ le parece que el cielo
es m·s transparente, y que el sol luce con claridad m·s nueva; ofrÈcesele a
los ojos una apacible floresta de tan verdes y frondosos ·rboles compuesta,
que alegra a la vista su verdura, y entretiene los oÌdos el dulce y no
aprendido canto de los pequeÒos, infinitos y pintados pajarillos que por
los intricados ramos van cruzando. AquÌ descubre un arroyuelo, cuyas
frescas aguas, que lÌquidos cristales parecen, corren sobre menudas arenas
y blancas pedrezuelas, que oro cernido y puras perlas semejan; acull· vee
una artificiosa fuente de jaspe variado y de liso m·rmol compuesta; ac· vee
otra a lo brutesco adornada, adonde las menudas conchas de las almejas, con
las torcidas casas blancas y amarillas del caracol, puestas con orden
desordenada, mezclados entre ellas pedazos de cristal luciente y de
contrahechas esmeraldas, hacen una variada labor, de manera que el arte,
imitando a la naturaleza, parece que allÌ la vence. Acull· de improviso se
le descubre un fuerte castillo o vistoso alc·zar, cuyas murallas son de
macizo oro, las almenas de diamantes, las puertas de jacintos; finalmente,
Èl es de tan admirable compostura que, con ser la materia de que est·
formado no menos que de diamantes, de carbuncos, de rubÌes, de perlas, de
oro y de esmeraldas, es de m·s estimaciÛn su hechura. Y øhay m·s que ver,
despuÈs de haber visto esto, que ver salir por la puerta del castillo un
buen n˙mero de doncellas, cuyos galanos y vistosos trajes, si yo me pusiese
ahora a decirlos como las historias nos los cuentan, serÌa nunca acabar; y
tomar luego la que parecÌa principal de todas por la mano al atrevido
caballero que se arrojÛ en el ferviente lago, y llevarle, sin hablarle
palabra, dentro del rico alc·zar o castillo, y hacerle desnudar como su
madre le pariÛ, y baÒarle con templadas aguas, y luego untarle todo con
olorosos ung¸entos, y vestirle una camisa de cendal delgadÌsimo, toda
olorosa y perfumada, y acudir otra doncella y echarle un mantÛn sobre los
hombros, que, por lo menos menos, dicen que suele valer una ciudad, y aun
m·s? øQuÈ es ver, pues, cuando nos cuentan que, tras todo esto, le llevan a
otra sala, donde halla puestas las mesas, con tanto concierto, que queda
suspenso y admirado?; øquÈ, el verle echar agua a manos, toda de ·mbar y de
olorosas flores distilada?; øquÈ, el hacerle sentar sobre una silla de
marfil?; øquÈ, verle servir todas las doncellas, guardando un maravilloso
silencio?; øquÈ, el traerle tanta diferencia de manjares, tan sabrosamente
guisados, que no sabe el apetito a cu·l deba de alargar la mano? øCu·l ser·
oÌr la m˙sica que en tanto que come suena, sin saberse quiÈn la canta ni
adÛnde suena? øY, despuÈs de la comida acabada y las mesas alzadas,
quedarse el caballero recostado sobre la silla, y quiz· mond·ndose los
dientes, como es costumbre, entrar a deshora por la puerta de la sala otra
mucho m·s hermosa doncella que ninguna de las primeras, y sentarse al lado
del caballero, y comenzar a darle cuenta de quÈ castillo es aquÈl, y de
cÛmo ella est· encantada en Èl, con otras cosas que suspenden al caballero
y admiran a los leyentes que van leyendo su historia? No quiero alargarme
m·s en esto, pues dello se puede colegir que cualquiera parte que se lea,
de cualquiera historia de caballero andante, ha de causar gusto y maravilla
a cualquiera que la leyere. Y vuestra merced crÈame, y, como otra vez le he
dicho, lea estos libros, y ver· cÛmo le destierran la melancolÌa que
tuviere, y le mejoran la condiciÛn, si acaso la tiene mala. De mÌ sÈ decir
que, despuÈs que soy caballero andante, soy valiente, comedido, liberal,
bien criado, generoso, cortÈs, atrevido, blando, paciente, sufridor de
trabajos, de prisiones, de encantos; y, aunque ha tan poco que me vi
encerrado en una jaula, como loco, pienso, por el valor de mi brazo,
favoreciÈndome el cielo y no me siendo contraria la fortuna, en pocos dÌas
verme rey de alg˙n reino, adonde pueda mostrar el agradecimiento y
liberalidad que mi pecho encierra. Que, mÌa fe, seÒor, el pobre est·
inhabilitado de poder mostrar la virtud de liberalidad con ninguno, aunque
en sumo grado la posea; y el agradecimiento que sÛlo consiste en el deseo
es cosa muerta, como es muerta la fe sin obras. Por esto querrÌa que la
fortuna me ofreciese presto alguna ocasiÛn donde me hiciese emperador, por
mostrar mi pecho haciendo bien a mis amigos, especialmente a este pobre de
Sancho Panza, mi escudero, que es el mejor hombre del mundo, y querrÌa
darle un condado que le tengo muchos dÌas ha prometido, sino que temo que
no ha de tener habilidad para gobernar su estado.

Casi estas ˙ltimas palabras oyÛ Sancho a su amo, a quien dijo:

-Trabaje vuestra merced, seÒor don Quijote, en darme ese condado, tan
prometido de vuestra merced como de mÌ esperado, que yo le prometo que no
me falte a mÌ habilidad para gobernarle; y, cuando me faltare, yo he oÌdo
decir que hay hombres en el mundo que toman en arrendamiento los estados de
los seÒores, y les dan un tanto cada aÒo, y ellos se tienen cuidado del
gobierno, y el seÒor se est· a pierna tendida, gozando de la renta que le
dan, sin curarse de otra cosa;

y asÌ harÈ yo, y no repararÈ en tanto m·s cuanto, sino que luego me
desistirÈ de todo, y me gozarÈ mi renta como un duque, y all· se lo hayan.

-Eso, hermano Sancho -dijo el canÛnigo-, entiÈndese en cuanto al gozar la
renta; empero, al administrar justicia, ha de atender el seÒor del estado,
y aquÌ entra la habilidad y buen juicio, y principalmente la buena
intenciÛn de acertar; que si Èsta falta en los principios, siempre ir·n
errados los medios y los fines; y asÌ suele Dios ayudar al buen deseo del
simple como desfavorecer al malo del discreto.

-No sÈ esas filosofÌas -respondiÛ Sancho Panza-; mas sÛlo sÈ que tan presto
tuviese yo el condado como sabrÌa regirle; que tanta alma tengo yo como
otro, y tanto cuerpo como el que m·s, y tan rey serÌa yo de mi estado como
cada uno del suyo; y, siÈndolo, harÌa lo que quisiese; y, haciendo lo que
quisiese, harÌa mi gusto; y, haciendo mi gusto, estarÌa contento; y, en
estando uno contento, no tiene m·s que desear; y, no teniendo m·s que
desear, acabÛse; y el estado venga, y a Dios y ve·monos, como dijo un ciego
a otro.

-No son malas filosofÌas Èsas, como t˙ dices, Sancho; pero, con todo eso,
hay mucho que decir sobre esta materia de condados.

A lo cual replicÛ don Quijote:

-Yo no sÈ que haya m·s que decir; sÛlo me guÌo por el ejemplo que me da el
grande AmadÌs de Gaula, que hizo a su escudero conde de la Õnsula Firme; y
asÌ, puedo yo, sin escr˙pulo de conciencia, hacer conde a Sancho Panza, que
es uno de los mejores escuderos que caballero andante ha tenido.

Admirado quedÛ el canÛnigo de los concertados disparates que don Quijote
habÌa dicho, del modo con que habÌa pintado la aventura del Caballero del
Lago, de la impresiÛn que en Èl habÌan hecho las pensadas mentiras de los
libros que habÌa leÌdo; y, finalmente, le admiraba la necedad de Sancho,
que con tanto ahÌnco deseaba alcanzar el condado que su amo le habÌa
prometido.

Ya en esto, volvÌan los criados del canÛnigo, que a la venta habÌan ido por
la acÈmila del repuesto, y, haciendo mesa de una alhombra y de la verde
yerba del prado, a la sombra de unos ·rboles se sentaron, y comieron allÌ,
porque el boyero no perdiese la comodidad de aquel sitio, como queda dicho.
Y, estando comiendo, a deshora oyeron un recio estruendo y un son de
esquila, que por entre unas zarzas y espesas matas que allÌ junto estaban
sonaba, y al mesmo instante vieron salir de entre aquellas malezas una
hermosa cabra, toda la piel manchada de negro, blanco y pardo. Tras ella
venÌa un cabrero d·ndole voces, y diciÈndole palabras a su uso, para que se
detuviese, o al rebaÒo volviese. La fugitiva cabra, temerosa y despavorida,
se vino a la gente, como a favorecerse della, y allÌ se detuvo. LlegÛ el
cabrero, y, asiÈndola de los cuernos, como si fuera capaz de discurso y
entendimiento, le dijo:

-°Ah cerrera, cerrera, Manchada, Manchada, y cÛmo and·is vos estos dÌas de
pie cojo! øQuÈ lobos os espantan, hija? øNo me dirÈis quÈ es esto, hermosa?
Mas °quÈ puede ser sino que sois hembra, y no podÈis estar sosegada; que
mal haya vuestra condiciÛn, y la de todas aquellas a quien imit·is! Volved,
volved, amiga; que si no tan contenta, a lo menos, estarÈis m·s segura en
vuestro aprisco, o con vuestras compaÒeras; que si vos que las habÈis de
guardar y encaminar and·is tan sin guÌa y tan descaminada, øen quÈ podr·n
parar ellas?

Contento dieron las palabras del cabrero a los que las oyeron,
especialmente al canÛnigo, que le dijo:

-Por vida vuestra, hermano, que os soseguÈis un poco y no os acuciÈis en
volver tan presto esa cabra a su rebaÒo; que, pues ella es hembra, como vos
decÌs, ha de seguir su natural distinto, por m·s que vos os pong·is a
estorbarlo. Tomad este bocado y bebed una vez, con que templarÈis la
cÛlera, y en tanto, descansar· la cabra.

Y el decir esto y el darle con la punta del cuchillo los lomos de un conejo
fiambre, todo fue uno. TomÛlo y agradeciÛlo el cabrero; bebiÛ y sosegÛse, y
luego dijo:

-No querrÌa que por haber yo hablado con esta alimaÒa tan en seso, me
tuviesen vuestras mercedes por hombre simple; que en verdad que no carecen
de misterio las palabras que le dije. R˙stico soy, pero no tanto que no
entienda cÛmo se ha de tratar con los hombres y con las bestias.

-Eso creo yo muy bien -dijo el cura-, que ya yo sÈ de esperiencia que los
montes crÌan letrados y las cabaÒas de los pastores encierran filÛsofos.

-A lo menos, seÒor -replicÛ el cabrero-, acogen hombres escarmentados; y
para que cre·is esta verdad y la toquÈis con la mano, aunque parezca que
sin ser rogado me convido, si no os enfad·is dello y querÈis, seÒores, un
breve espacio prestarme oÌdo atento, os contarÈ una verdad que acredite lo
que ese seÒor (seÒalando al cura) ha dicho, y la mÌa.

A esto respondiÛ don Quijote:

-Por ver que tiene este caso un no sÈ quÈ de sombra de aventura de

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