Full Text Archive logoFull Text Archive — Free Classic E-books

Don Quijote by Miguel de Cervantes [Saavedra] [in Spanish]

Part 7 out of 19

Adobe PDF icon
Download this document as a .pdf
File size: 2.3 MB
What's this? light bulb idea Many people prefer to read off-line or to print out text and read from the real printed page. Others want to carry documents around with them on their mobile phones and read while they are on the move. We have created .pdf files of all out documents to accommodate all these groups of people. We recommend that you download .pdfs onto your mobile phone when it is connected to a WiFi connection for reading off-line.

que m·s es de admirar: que apenas uno ha caÌdo donde no se podr· levantar
hasta la fin del mundo, cuando otro ocupa su mesmo lugar; y si Èste tambiÈn
cae en el mar, que como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, sin
dar tiempo al tiempo de sus muertes: valentÌa y atrevimiento el mayor que
se puede hallar en todos los trances de la guerra. Bien hayan aquellos
benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos
endemoniados instrumentos de la artillerÌa, a cuyo inventor tengo para mÌ
que en el infierno se le est· dando el premio de su diabÛlica invenciÛn,
con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un
valeroso caballero, y que, sin saber cÛmo o por dÛnde, en la mitad del
coraje y brÌo que enciende y anima a los valientes pechos, llega una
desmandada bala, disparada de quien quiz· huyÛ y se espantÛ del resplandor
que hizo el fuego al disparar de la maldita m·quina, y corta y acaba en un
instante los pensamientos y vida de quien la merecÌa gozar luengos siglos.
Y asÌ, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber
tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es
esta en que ahora vivimos; porque, aunque a mÌ ning˙n peligro me pone
miedo, todavÌa me pone recelo pensar si la pÛlvora y el estaÒo me han de
quitar la ocasiÛn de hacerme famoso y conocido por el valor de mi brazo y
filos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra. Pero haga el
cielo lo que fuere servido, que tanto serÈ m·s estimado, si salgo con lo
que pretendo, cuanto a mayores peligros me he puesto que se pusieron los
caballeros andantes de los pasados siglos.

Todo este largo pre·mbulo dijo don Quijote, en tanto que los dem·s cenaban,
olvid·ndose de llevar bocado a la boca, puesto que algunas veces le habÌa
dicho Sancho Panza que cenase, que despuÈs habrÌa lugar para decir todo lo
que quisiese. En los que escuchado le habÌan sobrevino nueva l·stima de ver
que hombre que, al parecer, tenÌa buen entendimiento y buen discurso en
todas las cosas que trataba, le hubiese perdido tan rematadamente, en
trat·ndole de su negra y pizmienta caballerÌa. El cura le dijo que tenÌa
mucha razÛn en todo cuanto habÌa dicho en favor de las armas, y que Èl,
aunque letrado y graduado, estaba de su mesmo parecer.

Acabaron de cenar, levantaron los manteles, y, en tanto que la ventera, su
hija y Maritornes aderezaban el camaranchÛn de don Quijote de la Mancha,
donde habÌan determinado que aquella noche las mujeres solas en Èl se
recogiesen, don Fernando rogÛ al cautivo les contase el discurso de su
vida, porque no podrÌa ser sino que fuese peregrino y gustoso, seg˙n las
muestras que habÌa comenzado a dar, viniendo en compaÒÌa de Zoraida. A lo
cual respondiÛ el cautivo que de muy buena gana harÌa lo que se le mandaba,
y que sÛlo temÌa que el cuento no habÌa de ser tal, que les diese el gusto
que Èl deseaba; pero que, con todo eso, por no faltar en obedecelle, le
contarÌa. El cura y todos los dem·s se lo agradecieron, y de nuevo se lo
rogaron; y Èl, viÈndose rogar de tantos, dijo que no eran menester ruegos
adonde el mandar tenÌa tanta fuerza.

-Y asÌ, estÈn vuestras mercedes atentos, y oir·n un discurso verdadero, a
quien podrÌa ser que no llegasen los mentirosos que con curioso y pensado
artificio suelen componerse.

Con esto que dijo, hizo que todos se acomodasen y le prestasen un grande
silencio; y Èl, viendo que ya callaban y esperaban lo que decir quisiese,
con voz agradable y reposada, comenzÛ a decir desta manera:

CapÌtulo XXXIX. Donde el cautivo cuenta su vida y sucesos

-´En un lugar de las MontaÒas de LeÛn tuvo principio mi linaje, con quien
fue m·s agradecida y liberal la naturaleza que la fortuna, aunque, en la
estrecheza de aquellos pueblos, todavÌa alcanzaba mi padre fama de rico, y
verdaderamente lo fuera si asÌ se diera maÒa a conservar su hacienda como
se la daba en gastalla. Y la condiciÛn que tenÌa de ser liberal y gastador
le procediÛ de haber sido soldado los aÒos de su joventud, que es escuela
la soldadesca donde el mezquino se hace franco, y el franco, prÛdigo; y si
algunos soldados se hallan miserables, son como monstruos, que se ven raras
veces. Pasaba mi padre los tÈrminos de la liberalidad, y rayaba en los de
ser prÛdigo: cosa que no le es de ning˙n provecho al hombre casado, y que
tiene hijos que le han de suceder en el nombre y en el ser. Los que mi
padre tenÌa eran tres, todos varones y todos de edad de poder elegir
estado. Viendo, pues, mi padre que, seg˙n Èl decÌa, no podÌa irse a la mano
contra su condiciÛn, quiso privarse del instrumento y causa que le hacÌa
gastador y dadivoso, que fue privarse de la hacienda, sin la cual el mismo
Alejandro pareciera estrecho.

ªY asÌ, llam·ndonos un dÌa a todos tres a solas en un aposento, nos dijo
unas razones semejantes a las que ahora dirÈ: ''Hijos, para deciros que os
quiero bien, basta saber y decir que sois mis hijos; y, para entender que
os quiero mal, basta saber que no me voy a la mano en lo que toca a
conservar vuestra hacienda. Pues, para que entend·is desde aquÌ adelante
que os quiero como padre, y que no os quiero destruir como padrastro,
quiero hacer una cosa con vosotros que ha muchos dÌas que la tengo pensada
y con madura consideraciÛn dispuesta. Vosotros est·is ya en edad de tomar
estado, o, a lo menos, de elegir ejercicio, tal que, cuando mayores, os
honre y aproveche. Y lo que he pensado es hacer de mi hacienda cuatro
partes: las tres os darÈ a vosotros, a cada uno lo que le tocare, sin
exceder en cosa alguna, y con la otra me quedarÈ yo para vivir y
sustentarme los dÌas que el cielo fuere servido de darme de vida. Pero
querrÌa que, despuÈs que cada uno tuviese en su poder la parte que le toca
de su hacienda, siguiese uno de los caminos que le dirÈ. Hay un refr·n en
nuestra EspaÒa, a mi parecer muy verdadero, como todos lo son, por ser
sentencias breves sacadas de la luenga y discreta experiencia; y el que yo
digo dice: "Iglesia, o mar, o casa real", como si m·s claramente dijera:
"Quien quisiere valer y ser rico, siga o la Iglesia, o navegue, ejercitando
el arte de la mercancÌa, o entre a servir a los reyes en sus casas"; porque
dicen: "M·s vale migaja de rey que merced de seÒor". Digo esto porque
querrÌa, y es mi voluntad, que uno de vosotros siguiese las letras, el otro
la mercancÌa, y el otro sirviese al rey en la guerra, pues es dificultoso
entrar a servirle en su casa; que, ya que la guerra no dÈ muchas riquezas,
suele dar mucho valor y mucha fama. Dentro de ocho dÌas, os darÈ toda
vuestra parte en dineros, sin defraudaros en un ardite, como lo verÈis por
la obra. Decidme ahora si querÈis seguir mi parecer y consejo en lo que os
he propuesto''. Y, mand·ndome a mÌ, por ser el mayor, que respondiese,
despuÈs de haberle dicho que no se deshiciese de la hacienda, sino que
gastase todo lo que fuese su voluntad, que nosotros Èramos mozos para saber
ganarla, vine a concluir en que cumplirÌa su gusto, y que el mÌo era seguir
el ejercicio de las armas, sirviendo en Èl a Dios y a mi rey. El segundo
hermano hizo los mesmos ofrecimientos, y escogiÛ el irse a las Indias,
llevando empleada la hacienda que le cupiese. El menor, y, a lo que yo
creo, el m·s discreto, dijo que querÌa seguir la Iglesia, o irse a acabar
sus comenzados estudios a Salamanca. AsÌ como acabamos de concordarnos y
escoger nuestros ejercicios, mi padre nos abrazÛ a todos, y, con la
brevedad que dijo, puso por obra cuanto nos habÌa prometido; y, dando a
cada uno su parte, que, a lo que se me acuerda, fueron cada tres mil
ducados, en dineros (porque un nuestro tÌo comprÛ toda la hacienda y la
pagÛ de contado, porque no saliese del tronco de la casa), en un mesmo dÌa
nos despedimos todos tres de nuestro buen padre; y, en aquel mesmo,
pareciÈndome a mÌ ser inhumanidad que mi padre quedase viejo y con tan poca
hacienda, hice con Èl que de mis tres mil tomase los dos mil ducados,
porque a mÌ me bastaba el resto para acomodarme de lo que habÌa menester un
soldado. Mis dos hermanos, movidos de mi ejemplo, cada uno le dio mil
ducados: de modo que a mi padre le quedaron cuatro mil en dineros, y m·s
tres mil, que, a lo que parece, valÌa la hacienda que le cupo, que no quiso
vender, sino quedarse con ella en raÌces. Digo, en fin, que nos despedimos
dÈl y de aquel nuestro tÌo que he dicho, no sin mucho sentimiento y
l·grimas de todos, encarg·ndonos que les hiciÈsemos saber, todas las veces
que hubiese comodidad para ello, de nuestros sucesos, prÛsperos o adversos.
PrometÌmosselo, y, abraz·ndonos y ech·ndonos su bendiciÛn, el uno tomÛ el
viaje de Salamanca, el otro de Sevilla y yo el de Alicante, adonde tuve
nuevas que habÌa una nave ginovesa que cargaba allÌ lana para GÈnova.

ª…ste har· veinte y dos aÒos que salÌ de casa de mi padre, y en todos
ellos, puesto que he escrito algunas cartas, no he sabido dÈl ni de mis
hermanos nueva alguna. Y lo que en este discurso de tiempo he pasado lo
dirÈ brevemente. EmbarquÈme en Alicante, lleguÈ con prÛspero viaje a
GÈnova, fui desde allÌ a Mil·n, donde me acomodÈ de armas y de algunas
galas de soldado, de donde quise ir a asentar mi plaza al Piamonte; y,
estando ya de camino para AlejandrÌa de la Palla, tuve nuevas que el gran
duque de Alba pasaba a Flandes. MudÈ propÛsito, fuime con Èl, servÌle en
las jornadas que hizo, hallÈme en la muerte de los condes de EguemÛn y de
Hornos, alcancÈ a ser alfÈrez de un famoso capit·n de Guadalajara, llamado
Diego de Urbina; y, a cabo de alg˙n tiempo que lleguÈ a Flandes, se tuvo
nuevas de la liga que la Santidad del Papa PÌo Quinto, de felice
recordaciÛn, habÌa hecho con Venecia y con EspaÒa, contra el enemigo com˙n,
que es el Turco; el cual, en aquel mesmo tiempo, habÌa ganado con su armada
la famosa isla de Chipre, que estaba debajo del dominio del veneciano: y
pÈrdida lamentable y desdichada. S˙pose cierto que venÌa por general desta
liga el serenÌsimo don Juan de Austria, hermano natural de nuestro buen rey
don Felipe. DivulgÛse el grandÌsimo aparato de guerra que se hacÌa. Todo lo
cual me incitÛ y conmoviÛ el ·nimo y el deseo de verme en la jornada que se
esperaba; y, aunque tenÌa barruntos, y casi promesas ciertas, de que en la
primera ocasiÛn que se ofreciese serÌa promovido a capit·n, lo quise dejar
todo y venirme, como me vine, a Italia. Y quiso mi buena suerte que el
seÒor don Juan de Austria acababa de llegar a GÈnova, que pasaba a N·poles
a juntarse con la armada de Venecia, como despuÈs lo hizo en Mecina.

ªDigo, en fin, que yo me hallÈ en aquella felicÌsima jornada, ya hecho
capit·n de infanterÌa, a cuyo honroso cargo me subiÛ mi buena suerte, m·s
que mis merecimientos. Y aquel dÌa, que fue para la cristiandad tan
dichoso, porque en Èl se desengaÒÛ el mundo y todas las naciones del error
en que estaban, creyendo que los turcos eran invencibles por la mar: en
aquel dÌa, digo, donde quedÛ el orgullo y soberbia otomana quebrantada,
entre tantos venturosos como allÌ hubo (porque m·s ventura tuvieron los
cristianos que allÌ murieron que los que vivos y vencedores quedaron), yo
solo fui el desdichado, pues, en cambio de que pudiera esperar, si fuera en
los romanos siglos, alguna naval corona, me vi aquella noche que siguiÛ a
tan famoso dÌa con cadenas a los pies y esposas a las manos.

ªY fue desta suerte: que, habiendo el UchalÌ, rey de Argel, atrevido y
venturoso cosario, embestido y rendido la capitana de Malta, que solos tres
caballeros quedaron vivos en ella, y Èstos malheridos, acudiÛ la capitana
de Juan Andrea a socorrella, en la cual yo iba con mi compaÒÌa; y, haciendo
lo que debÌa en ocasiÛn semejante, saltÈ en la galera contraria, la cual,
desvi·ndose de la que la habÌa embestido, estorbÛ que mis soldados me
siguiesen, y asÌ, me hallÈ solo entre mis enemigos, a quien no pude
resistir, por ser tantos; en fin, me rindieron lleno de heridas. Y, como ya
habrÈis, seÒores, oÌdo decir que el UchalÌ se salvÛ con toda su escuadra,
vine yo a quedar cautivo en su poder, y solo fui el triste entre tantos
alegres y el cautivo entre tantos libres; porque fueron quince mil
cristianos los que aquel dÌa alcanzaron la deseada libertad, que todos
venÌan al remo en la turquesca armada.

ªLlev·ronme a Costantinopla, donde el Gran Turco Selim hizo general de la
mar a mi amo, porque habÌa hecho su deber en la batalla, habiendo llevado
por muestra de su valor el estandarte de la religiÛn de Malta. HallÈme el
segundo aÒo, que fue el de setenta y dos, en Navarino, bogando en la
capitana de los tres fanales. Vi y notÈ la ocasiÛn que allÌ se perdiÛ de no
coger en el puerto toda el armada turquesca, porque todos los leventes y
jenÌzaros que en ella venÌan tuvieron por cierto que les habÌan de embestir
dentro del mesmo puerto, y tenÌan a punto su ropa y pasamaques, que son sus
zapatos, para huirse luego por tierra, sin esperar ser combatidos: tanto
era el miedo que habÌan cobrado a nuestra armada. Pero el cielo lo ordenÛ
de otra manera, no por culpa ni descuido del general que a los nuestros
regÌa, sino por los pecados de la cristiandad, y porque quiere y permite
Dios que tengamos siempre verdugos que nos castiguen.

ªEn efeto, el UchalÌ se recogiÛ a ModÛn, que es una isla que est· junto a
Navarino, y, echando la gente en tierra, fortificÛ la boca del puerto, y
est˙vose quedo hasta que el seÒor don Juan se volviÛ. En este viaje se tomÛ
la galera que se llamaba La Presa, de quien era capit·n un hijo de aquel
famoso cosario Barbarroja. TomÛla la capitana de N·poles, llamada La Loba,
regida por aquel rayo de la guerra, por el padre de los soldados, por aquel
venturoso y jam·s vencido capit·n don ¡lvaro de Baz·n, marquÈs de Santa
Cruz. Y no quiero dejar de decir lo que sucediÛ en la presa de La Presa.
Era tan cruel el hijo de Barbarroja, y trataba tan mal a sus cautivos, que,
asÌ como los que venÌan al remo vieron que la galera Loba les iba entrando
y que los alcanzaba, soltaron todos a un tiempo los remos, y asieron de su
capit·n, que estaba sobre el estanterol gritando que bogasen apriesa, y
pas·ndole de banco en banco, de popa a proa, le dieron bocados, que a poco
m·s que pasÛ del ·rbol ya habÌa pasado su ·nima al infierno: tal era, como
he dicho, la crueldad con que los trataba y el odio que ellos le tenÌan.

ªVolvimos a Constantinopla, y el aÒo siguiente, que fue el de setenta y
tres, se supo en ella cÛmo el seÒor don Juan habÌa ganado a T˙nez, y
quitado aquel reino a los turcos y puesto en posesiÛn dÈl a Muley Hamet,
cortando las esperanzas que de volver a reinar en Èl tenÌa Muley Hamida, el
moro m·s cruel y m·s valiente que tuvo el mundo. SintiÛ mucho esta pÈrdida
el Gran Turco, y, usando de la sagacidad que todos los de su casa tienen,
hizo paz con venecianos, que mucho m·s que Èl la deseaban; y el aÒo
siguiente de setenta y cuatro acometiÛ a la Goleta y al fuerte que junto a
T˙nez habÌa dejado medio levantado el seÒor don Juan. En todos estos
trances andaba yo al remo, sin esperanza de libertad alguna; a lo menos, no
esperaba tenerla por rescate, porque tenÌa determinado de no escribir las
nuevas de mi desgracia a mi padre.

ªPerdiÛse, en fin, la Goleta; perdiÛse el fuerte, sobre las cuales plazas
hubo de soldados turcos, pagados, setenta y cinco mil, y de moros, y
al·rabes de toda la Africa, m·s de cuatrocientos mil, acompaÒado este tan
gran n˙mero de gente con tantas municiones y pertrechos de guerra, y con
tantos gastadores, que con las manos y a puÒados de tierra pudieran cubrir
la Goleta y el fuerte. PerdiÛse primero la Goleta, tenida hasta entonces
por inexpugnable; y no se perdiÛ por culpa de sus defensores, los cuales
hicieron en su defensa todo aquello que debÌan y podÌan, sino porque la
experiencia mostrÛ la facilidad con que se podÌan levantar trincheas en
aquella desierta arena, porque a dos palmos se hallaba agua, y los turcos
no la hallaron a dos varas; y asÌ, con muchos sacos de arena levantaron las
trincheas tan altas que sobrepujaban las murallas de la fuerza; y,
tir·ndoles a caballero, ninguno podÌa parar, ni asistir a la defensa. Fue
com˙n opiniÛn que no se habÌan de encerrar los nuestros en la Goleta, sino
esperar en campaÒa al desembarcadero; y los que esto dicen hablan de lejos
y con poca experiencia de casos semejantes, porque si en la Goleta y en el
fuerte apenas habÌa siete mil soldados, øcÛmo podÌa tan poco n˙mero, aunque
m·s esforzados fuesen, salir a la campaÒa y quedar en las fuerzas, contra
tanto como era el de los enemigos?; y øcÛmo es posible dejar de perderse
fuerza que no es socorrida, y m·s cuando la cercan enemigos muchos y
porfiados, y en su mesma tierra? Pero a muchos les pareciÛ, y asÌ me
pareciÛ a mÌ, que fue particular gracia y merced que el cielo hizo a EspaÒa
en permitir que se asolase aquella oficina y capa de maldades, y aquella
gomia o esponja y polilla de la infinidad de dineros que allÌ sin provecho
se gastaban, sin servir de otra cosa que de conservar la memoria de haberla
ganado la felicÌsima del invictÌsimo Carlos Quinto; como si fuera menester
para hacerla eterna, como lo es y ser·, que aquellas piedras la
sustentaran.

ªPerdiÛse tambiÈn el fuerte; pero fuÈronle ganando los turcos palmo a
palmo, porque los soldados que lo defendÌan pelearon tan valerosa y
fuertemente, que pasaron de veinte y cinco mil enemigos los que mataron en
veinte y dos asaltos generales que les dieron. Ninguno cautivaron sano de
trecientos que quedaron vivos, seÒal cierta y clara de su esfuerzo y valor,
y de lo bien que se habÌan defendido y guardado sus plazas. RindiÛse a
partido un pequeÒo fuerte o torre que estaba en mitad del estaÒo, a cargo
de don Juan Zanoguera, caballero valenciano y famoso soldado. Cautivaron a
don Pedro Puertocarrero, general de la Goleta, el cual hizo cuanto fue
posible por defender su fuerza; y sintiÛ tanto el haberla perdido que de
pesar muriÛ en el camino de Constantinopla, donde le llevaban cautivo.
Cautivaron ansimesmo al general del fuerte, que se llamaba Gabrio
CervellÛn, caballero milanÈs, grande ingeniero y valentÌsimo soldado.
Murieron en estas dos fuerzas muchas personas de cuenta, de las cuales fue
una Pag·n de Oria, caballero del h·bito de San Juan, de condiciÛn generoso,
como lo mostrÛ la summa liberalidad que usÛ con su hermano, el famoso Juan
de Andrea de Oria; y lo que m·s hizo lastimosa su muerte fue haber muerto a
manos de unos al·rabes de quien se fiÛ, viendo ya perdido el fuerte, que se
ofrecieron de llevarle en h·bito de moro a Tabarca, que es un portezuelo o
casa que en aquellas riberas tienen los ginoveses que se ejercitan en la
pesquerÌa del coral; los cuales al·rabes le cortaron la cabeza y se la
trujeron al general de la armada turquesca, el cual cumpliÛ con ellos
nuestro refr·n castellano: "Que aunque la traiciÛn aplace, el traidor se
aborrece"; y asÌ, se dice que mandÛ el general ahorcar a los que le
trujeron el presente, porque no se le habÌan traÌdo vivo.

ªEntre los cristianos que en el fuerte se perdieron, fue uno llamado don
Pedro de Aguilar, natural no sÈ de quÈ lugar del AndalucÌa, el cual habÌa
sido alfÈrez en el fuerte, soldado de mucha cuenta y de raro entendimiento:
especialmente tenÌa particular gracia en lo que llaman poesÌa. DÌgolo
porque su suerte le trujo a mi galera y a mi banco, y a ser esclavo de mi
mesmo patrÛn; y, antes que nos partiÈsemos de aquel puerto, hizo este
caballero dos sonetos, a manera de epitafios, el uno a la Goleta y el otro
al fuerte. Y en verdad que los tengo de decir, porque los sÈ de memoria y
creo que antes causar·n gusto que pesadumbre.ª

En el punto que el cautivo nombrÛ a don Pedro de Aguilar, don Fernando mirÛ
a sus camaradas, y todos tres se sonrieron; y, cuando llegÛ a decir de los
sonetos, dijo el uno:

-Antes que vuestra merced pase adelante, le suplico me diga quÈ se hizo ese
don Pedro de Aguilar que ha dicho.

-Lo que sÈ es -respondiÛ el cautivo- que, al cabo de dos aÒos que estuvo en
Constantinopla, se huyÛ en traje de arna˙te con un griego espÌa, y no sÈ si
vino en libertad, puesto que creo que sÌ, porque de allÌ a un aÒo vi yo al
griego en Constantinopla, y no le pude preguntar el suceso de aquel viaje.

-Pues lo fue -respondiÛ el caballero-, porque ese don Pedro es mi hermano,
y est· ahora en nuestro lugar, bueno y rico, casado y con tres hijos.

-Gracias sean dadas a Dios -dijo el cautivo- por tantas mercedes como le
hizo; porque no hay en la tierra, conforme mi parecer, contento que se
iguale a alcanzar la libertad perdida.

-Y m·s -replicÛ el caballero-, que yo sÈ los sonetos que mi hermano hizo.

-DÌgalos, pues, vuestra merced -dijo el cautivo-, que los sabr· decir mejor
que yo.

-Que me place -respondiÛ el caballero-; y el de la Goleta decÌa asÌ:

CapÌtulo XL. Donde se prosigue la historia del cautivo

Soneto

Almas dichosas que del mortal velo

libres y esentas, por el bien que obrastes,

desde la baja tierra os levantastes

a lo m·s alto y lo mejor del cielo,

y, ardiendo en ira y en honroso celo,

de los cuerpos la fuerza ejercitastes,

que en propia y sangre ajena colorastes

el mar vecino y arenoso suelo;

primero que el valor faltÛ la vida

en los cansados brazos, que, muriendo,

con ser vencidos, llevan la vitoria.

Y esta vuestra mortal, triste caÌda

entre el muro y el hierro, os va adquiriendo

fama que el mundo os da, y el cielo gloria.

-Desa mesma manera le sÈ yo -dijo el cautivo.

-Pues el del fuerte, si mal no me acuerdo -dijo el caballero-, dice asÌ:

Soneto

De entre esta tierra estÈril, derribada,

destos terrones por el suelo echados,

las almas santas de tres mil soldados

subieron vivas a mejor morada,

siendo primero, en vano, ejercitada

la fuerza de sus brazos esforzados,

hasta que, al fin, de pocos y cansados,

dieron la vida al filo de la espada.

Y Èste es el suelo que continuo ha sido

de mil memorias lamentables lleno

en los pasados siglos y presentes.

Mas no m·s justas de su duro seno

habr·n al claro cielo almas subido,

ni aun Èl sostuvo cuerpos tan valientes.

No parecieron mal los sonetos, y el cautivo se alegrÛ con las nuevas que de
su camarada le dieron; y, prosiguiendo su cuento, dijo:

-´Rendidos, pues, la Goleta y el fuerte, los turcos dieron orden en
desmantelar la Goleta, porque el fuerte quedÛ tal, que no hubo quÈ poner
por tierra, y para hacerlo con m·s brevedad y menos trabajo, la minaron por
tres partes; pero con ninguna se pudo volar lo que parecÌa menos fuerte,
que eran las murallas viejas; y todo aquello que habÌa quedado en pie de la
fortificaciÛn nueva que habÌa hecho el FratÌn, con mucha facilidad vino a
tierra. En resoluciÛn, la armada volviÛ a Constantinopla, triunfante y
vencedora: y de allÌ a pocos meses muriÛ mi amo el UchalÌ, al cual llamaban
UchalÌ Fartax, que quiere decir, en lengua turquesca, el renegado tiÒoso,
porque lo era; y es costumbre entre los turcos ponerse nombres de alguna
falta que tengan, o de alguna virtud que en ellos haya. Y esto es porque no
hay entre ellos sino cuatro apellidos de linajes, que decienden de la casa
Otomana, y los dem·s, como tengo dicho, toman nombre y apellido ya de las
tachas del cuerpo y ya de las virtudes del ·nimo. Y este TiÒoso bogÛ el
remo, siendo esclavo del Gran SeÒor, catorce aÒos, y a m·s de los treinta y
cuatro de sus edad renegÛ, de despecho de que un turco, estando al remo,
le dio un bofetÛn, y por poderse vengar dejÛ su fe; y fue tanto su valor
que, sin subir por los torpes medios y caminos que los m·s privados del
Gran Turco suben, vino a ser rey de Argel, y despuÈs, a ser general de la
mar, que es el tercero cargo que hay en aquel seÒorÌo. Era calabrÈs de
naciÛn, y moralmente fue un hombre de bien, y trataba con mucha humanidad a
sus cautivos, que llegÛ a tener tres mil, los cuales, despuÈs de su muerte,
se repartieron, como Èl lo dejÛ en su testamento, entre el Gran SeÒor (que
tambiÈn es hijo heredero de cuantos mueren, y entra a la parte con los m·s
hijos que deja el difunto) y entre sus renegados; y yo cupe a un renegado
veneciano que, siendo grumete de una nave, le cautivÛ el UchalÌ, y le quiso
tanto, que fue uno de los m·s regalados garzones suyos, y Èl vino a ser el
m·s cruel renegado que jam·s se ha visto. Llam·base Az·n Ag·, y llegÛ a ser
muy rico, y a ser rey de Argel; con el cual yo vine de Constantinopla, algo
contento, por estar tan cerca de EspaÒa, no porque pensase escribir a nadie
el desdichado suceso mÌo, sino por ver si me era m·s favorable la suerte en
Argel que en Constantinopla, donde ya habÌa probado mil maneras de huirme,
y ninguna tuvo sazÛn ni ventura; y pensaba en Argel buscar otros medios de
alcanzar lo que tanto deseaba, porque jam·s me desamparÛ la esperanza de
tener libertad; y cuando en lo que fabricaba, pensaba y ponÌa por obra no
correspondÌa el suceso a la intenciÛn, luego, sin abandonarme, fingÌa y
buscaba otra esperanza que me sustentase, aunque fuese dÈbil y flaca.

ªCon esto entretenÌa la vida, encerrado en una prisiÛn o casa que los
turcos llaman baÒo, donde encierran los cautivos cristianos, asÌ los que
son del rey como de algunos particulares; y los que llaman del almacÈn, que
es como decir cautivos del concejo, que sirven a la ciudad en las obras
p˙blicas que hace y en otros oficios, y estos tales cautivos tienen muy
dificultosa su libertad, que, como son del com˙n y no tienen amo
particular, no hay con quien tratar su rescate, aunque le tengan. En estos
baÒos, como tengo dicho, suelen llevar a sus cautivos algunos particulares
del pueblo, principalmente cuando son de rescate, porque allÌ los tienen
holgados y seguros hasta que venga su rescate. TambiÈn los cautivos del rey
que son de rescate no salen al trabajo con la dem·s chusma, si no es cuando
se tarda su rescate; que entonces, por hacerles que escriban por Èl con m·s
ahÌnco, les hacen trabajar y ir por leÒa con los dem·s, que es un no
pequeÒo trabajo.

ªYo, pues, era uno de los de rescate; que, como se supo que era capit·n,
puesto que dije mi poca posibilidad y falta de hacienda, no aprovechÛ nada
para que no me pusiesen en el n˙mero de los caballeros y gente de rescate.
PusiÈronme una cadena, m·s por seÒal de rescate que por guardarme con ella;
y asÌ, pasaba la vida en aquel baÒo, con otros muchos caballeros y gente
principal, seÒalados y tenidos por de rescate. Y, aunque la hambre y
desnudez pudiera fatigarnos a veces, y aun casi siempre, ninguna cosa nos
fatigaba tanto como oÌr y ver, a cada paso, las jam·s vistas ni oÌdas
crueldades que mi amo usaba con los cristianos. Cada dÌa ahorcaba el suyo,
empalaba a Èste, desorejaba aquÈl; y esto, por tan poca ocasiÛn, y tan sin
ella, que los turcos conocÌan que lo hacÌa no m·s de por hacerlo, y por ser
natural condiciÛn suya ser homicida de todo el gÈnero humano. SÛlo librÛ
bien con Èl un soldado espaÒol, llamado tal de Saavedra, el cual, con haber
hecho cosas que quedar·n en la memoria de aquellas gentes por muchos aÒos,
y todas por alcanzar libertad, jam·s le dio palo, ni se lo mandÛ dar, ni le
dijo mala palabra; y, por la menor cosa de muchas que hizo, temÌamos todos
que habÌa de ser empalado, y asÌ lo temiÛ Èl m·s de una vez; y si no fuera
porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora algo de lo que este soldado
hizo, que fuera parte para entreteneros y admiraros harto mejor que con el
cuento de mi historia.

ªDigo, pues, que encima del patio de nuestra prisiÛn caÌan las ventanas de
la casa de un moro rico y principal, las cuales, como de ordinario son las
de los moros, m·s eran agujeros que ventanas, y aun Èstas se cubrÌan con
celosÌas muy espesas y apretadas. AcaeciÛ, pues, que un dÌa, estando en un
terrado de nuestra prisiÛn con otros tres compaÒeros, haciendo pruebas de
saltar con las cadenas, por entretener el tiempo, estando solos, porque
todos los dem·s cristianos habÌan salido a trabajar, alcÈ acaso los ojos y
vi que por aquellas cerradas ventanillas que he dicho parecÌa una caÒa, y
al remate della puesto un lienzo atado, y la caÒa se estaba blandeando y
moviÈndose, casi como si hiciera seÒas que lleg·semos a tomarla. Miramos en
ello, y uno de los que conmigo estaban fue a ponerse debajo de la caÒa, por
ver si la soltaban, o lo que hacÌan; pero, asÌ como llegÛ, alzaron la caÒa
y la movieron a los dos lados, como si dijeran no con la cabeza. VolviÛse
el cristiano, y torn·ronla a bajar y hacer los mesmos movimientos que
primero. Fue otro de mis compaÒeros, y sucediÛle lo mesmo que al primero.
Finalmente, fue el tercero y avÌnole lo que al primero y al segundo. Viendo
yo esto, no quise dejar de probar la suerte, y, asÌ como lleguÈ a ponerme
debajo de la caÒa, la dejaron caer, y dio a mis pies dentro del baÒo. AcudÌ
luego a desatar el lienzo, en el cual vi un nudo, y dentro dÈl venÌan diez
cianÌis, que son unas monedas de oro bajo que usan los moros, que cada una
vale diez reales de los nuestros. Si me holguÈ con el hallazgo, no hay para
quÈ decirlo, pues fue tanto el contento como la admiraciÛn de pensar de
donde podÌa venirnos aquel bien, especialmente a mÌ, pues las muestras de
no haber querido soltar la caÒa sino a mÌ claro decÌan que a mÌ se hacÌa la
merced. TomÈ mi buen dinero, quebrÈ la caÒa, volvÌme al terradillo, mirÈ la
ventana, y vi que por ella salÌa una muy blanca mano, que la abrÌan y
cerraban muy apriesa. Con esto entendimos, o imaginamos, que alguna mujer
que en aquella casa vivÌa nos debÌa de haber hecho aquel beneficio; y, en
seÒal de que lo agradecÌamos, hecimos zalemas a uso de moros, inclinando la
cabeza, doblando el cuerpo y poniendo los brazos sobre el pecho. De allÌ a
poco sacaron por la mesma ventana una pequeÒa cruz hecha de caÒas, y luego
la volvieron a entrar. Esta seÒal nos confirmÛ en que alguna cristiana
debÌa de estar cautiva en aquella casa, y era la que el bien nos hacÌa;
pero la blancura de la mano, y las ajorcas que en ella vimos, nos deshizo
este pensamiento, puesto que imaginamos que debÌa de ser cristiana
renegada, a quien de ordinario suelen tomar por legÌtimas mujeres sus
mesmos amos, y aun lo tienen a ventura, porque las estiman en m·s que las
de su naciÛn.

ªEn todos nuestros discursos dimos muy lejos de la verdad del caso; y asÌ,
todo nuestro entretenimiento desde allÌ adelante era mirar y tener por
norte a la ventana donde nos habÌa aparecido la estrella de la caÒa; pero
bien se pasaron quince dÌas en que no la vimos, ni la mano tampoco, ni otra
seÒal alguna. Y, aunque en este tiempo procuramos con toda solicitud saber
quiÈn en aquella casa vivÌa, y si habÌa en ella alguna cristiana renegada,
jam·s hubo quien nos dijese otra cosa, sino que allÌ vivÌa un moro
principal y rico, llamado Agi Morato, alcaide que habÌa sido de La Pata,
que es oficio entre ellos de mucha calidad. Mas, cuando m·s descuidados
est·bamos de que por allÌ habÌan de llover m·s cianÌis, vimos a deshora
parecer la caÒa, y otro lienzo en ella, con otro nudo m·s crecido; y esto
fue a tiempo que estaba el baÒo, como la vez pasada, solo y sin gente.
Hecimos la acostumbrada prueba, yendo cada uno primero que yo, de los
mismos tres que est·bamos, pero a ninguno se rindiÛ la caÒa sino a mÌ,
porque, en llegando yo, la dejaron caer. DesatÈ el nudo, y hallÈ cuarenta
escudos de oro espaÒoles y un papel escrito en ar·bigo, y al cabo de lo
escrito hecha una grande cruz. BesÈ la cruz, tomÈ los escudos, volvÌme al
terrado, hecimos todos nuestras zalemas, tornÛ a parecer la mano, hice
seÒas que leerÌa el papel, cerraron la ventana. Quedamos todos confusos y
alegres con lo sucedido; y, como ninguno de nosotros no entendÌa el
ar·bigo, era grande el deseo que tenÌamos de entender lo que el papel
contenÌa, y mayor la dificultad de buscar quien lo leyese.

ªEn fin, yo me determinÈ de fiarme de un renegado, natural de Murcia, que
se habÌa dado por grande amigo mÌo, y puesto prendas entre los dos, que le
obligaban a guardar el secreto que le encargase; porque suelen algunos
renegados, cuando tienen intenciÛn de volverse a tierra de cristianos,
traer consigo algunas firmas de cautivos principales, en que dan fe, en la
forma que pueden, como el tal renegado es hombre de bien, y que siempre ha
hecho bien a cristianos, y que lleva deseo de huirse en la primera ocasiÛn
que se le ofrezca. Algunos hay que procuran estas fees con buena intenciÛn,
otros se sirven dellas acaso y de industria: que, viniendo a robar a tierra
de cristianos, si a dicha se pierden o los cautivan, sacan sus firmas y
dicen que por aquellos papeles se ver· el propÛsito con que venÌan, el cual
era de quedarse en tierra de cristianos, y que por eso venÌan en corso con
los dem·s turcos. Con esto se escapan de aquel primer Ìmpetu, y se
reconcilian con la Iglesia, sin que se les haga daÒo; y, cuando veen la
suya, se vuelven a BerberÌa a ser lo que antes eran. Otros hay que usan
destos papeles, y los procuran, con buen intento, y se quedan en tierra de
cristianos.

ªPues uno de los renegados que he dicho era este mi amigo, el cual tenÌa
firmas de todas nuestras camaradas, donde le acredit·bamos cuanto era
posible; y si los moros le hallaran estos papeles, le quemaran vivo. Supe
que sabÌa muy bien ar·bigo, y no solamente hablarlo, sino escribirlo; pero,
antes que del todo me declarase con Èl, le dije que me leyese aquel papel,
que acaso me habÌa hallado en un agujero de mi rancho. AbriÛle, y estuvo un
buen espacio mir·ndole y construyÈndole, murmurando entre los dientes.
PreguntÈle si lo entendÌa; dÌjome que muy bien, y, que si querÌa que me lo
declarase palabra por palabra, que le diese tinta y pluma, porque mejor lo
hiciese. DÌmosle luego lo que pedÌa, y Èl poco a poco lo fue traduciendo;
y, en acabando, dijo: ''Todo lo que va aquÌ en romance, sin faltar letra,
es lo que contiene este papel morisco; y hase de advertir que adonde dice
Lela MariÈn quiere decir Nuestra SeÒora la Virgen MarÌa''.

ªLeÌmos el papel, y decÌa asÌ:

Cuando yo era niÒa, tenÌa mi padre una esclava, la cual en mi lengua me
mostrÛ la zal· cristianesca, y me dijo muchas cosas de Lela MariÈn. La
cristiana muriÛ, y yo sÈ que no fue al fuego, sino con Al·, porque despuÈs
la vi dos veces, y me dijo que me fuese a tierra de cristianos a ver a Lela
MariÈn, que me querÌa mucho. No sÈ yo cÛmo vaya: muchos cristianos he visto
por esta ventana, y ninguno me ha parecido caballero sino t˙. Yo soy muy
hermosa y muchacha, y tengo muchos dineros que llevar conmigo: mira t˙ si
puedes hacer cÛmo nos vamos, y ser·s all· mi marido, si quisieres, y si no
quisieres, no se me dar· nada, que Lela MariÈn me dar· con quien me case.
Yo escribÌ esto; mira a quiÈn lo das a leer: no te fÌes de ning˙n moro,
porque son todos marfuces. Desto tengo mucha pena: que quisiera que no te
descubrieras a nadie, porque si mi padre lo sabe, me echar· luego en un
pozo, y me cubrir· de piedras. En la caÒa pondrÈ un hilo: ata allÌ la
respuesta; y si no tienes quien te escriba ar·bigo, dÌmelo por seÒas, que
Lela MariÈn har· que te entienda. Ella y Al· te guarden, y esa cruz que yo
beso muchas veces; que asÌ me lo mandÛ la cautiva.

ªMirad, seÒores, si era razÛn que las razones deste papel nos admirasen y
alegrasen. Y asÌ, lo uno y lo otro fue de manera que el renegado entendiÛ
que no acaso se habÌa hallado aquel papel, sino que realmente a alguno de
nosotros se habÌa escrito; y asÌ, nos rogÛ que si era verdad lo que
sospechaba, que nos fi·semos dÈl y se lo dijÈsemos, que Èl aventurarÌa su
vida por nuestra libertad. Y, diciendo esto, sacÛ del pecho un crucifijo de
metal, y con muchas l·grimas jurÛ por el Dios que aquella imagen
representaba, en quien Èl, aunque pecador y malo, bien y fielmente creÌa,
de guardarnos lealtad y secreto en todo cuanto quisiÈsemos descubrirle,
porque le parecÌa, y casi adevinaba que, por medio de aquella que aquel
papel habÌa escrito, habÌa Èl y todos nosotros de tener libertad, y verse
Èl en lo que tanto deseaba, que era reducirse al gremio de la Santa
Iglesia, su madre, de quien como miembro podrido estaba dividido y apartado
por su ignorancia y pecado.

ªCon tantas l·grimas y con muestras de tanto arrepentimiento dijo esto el
renegado, que todos de un mesmo parecer consentimos, y venimos en
declararle la verdad del caso; y asÌ, le dimos cuenta de todo, sin
encubrirle nada. Mostr·mosle la ventanilla por donde parecÌa la caÒa, y Èl
marcÛ desde allÌ la casa, y quedÛ de tener especial y gran cuidado de
informarse quiÈn en ella vivÌa. Acordamos, ansimesmo, que serÌa bien
responder al billete de la mora; y, como tenÌamos quien lo supiese hacer,
luego al momento el renegado escribiÛ las razones que yo le fui notando,
que puntualmente fueron las que dirÈ, porque de todos los puntos
sustanciales que en este suceso me acontecieron, ninguno se me ha ido de la
memoria, ni aun se me ir· en tanto que tuviere vida.

ªEn efeto, lo que a la mora se le respondiÛ fue esto:

El verdadero Al· te guarde, seÒora mÌa, y aquella bendita MariÈn, que es la
verdadera madre de Dios y es la que te ha puesto en corazÛn que te vayas a
tierra de cristianos, porque te quiere bien. RuÈgale t˙ que se sirva de
darte a entender cÛmo podr·s poner por obra lo que te manda, que ella es
tan buena que sÌ har·. De mi parte y de la de todos estos cristianos que
est·n conmigo, te ofrezco de hacer por ti todo lo que pudiÈremos, hasta
morir. No dejes de escribirme y avisarme lo que pensares hacer, que yo te
responderÈ siempre; que el grande Al· nos ha dado un cristiano cautivo que
sabe hablar y escribir tu lengua tan bien como lo ver·s por este papel. AsÌ
que, sin tener miedo, nos puedes avisar de todo lo que quisieres. A lo que
dices que si fueres a tierra de cristianos, que has de ser mi mujer, yo te
lo prometo como buen cristiano; y sabe que los cristianos cumplen lo que
prometen mejor que los moros. Al· y MariÈn, su madre, sean en tu guarda,
seÒora mÌa.

ªEscrito y cerrado este papel, aguardÈ dos dÌas a que estuviese el baÒo
solo, como solÌa, y luego salÌ al paso acostumbrado del terradillo, por ver
si la caÒa parecÌa, que no tardÛ mucho en asomar. AsÌ como la vi, aunque no
podÌa ver quiÈn la ponÌa, mostrÈ el papel, como dando a entender que
pusiesen el hilo, pero ya venÌa puesto en la caÒa, al cual atÈ el papel, y
de allÌ a poco tornÛ a parecer nuestra estrella, con la blanca bandera de
paz del atadillo. Dej·ronla caer, y alcÈ yo, y hallÈ en el paÒo, en toda
suerte de moneda de plata y de oro, m·s de cincuenta escudos, los cuales
cincuenta veces m·s doblaron nuestro contento y confirmaron la esperanza de
tener libertad.

ªAquella misma noche volviÛ nuestro renegado, y nos dijo que habÌa sabido
que en aquella casa vivÌa el mesmo moro que a nosotros nos habÌan dicho que
se llamaba Agi Morato, riquÌsimo por todo estremo, el cual tenÌa una sola
hija, heredera de toda su hacienda, y que era com˙n opiniÛn en toda la
ciudad ser la m·s hermosa mujer de la BerberÌa; y que muchos de los
virreyes que allÌ venÌan la habÌan pedido por mujer, y que ella nunca se
habÌa querido casar; y que tambiÈn supo que tuvo una cristiana cautiva, que
ya se habÌa muerto; todo lo cual concertaba con lo que venÌa en el papel.
Entramos luego en consejo con el renegado, en quÈ orden se tendrÌa para
sacar a la mora y venirnos todos a tierra de cristianos, y, en fin, se
acordÛ por entonces que esper·semos el aviso segundo de Zoraida, que asÌ se
llamaba la que ahora quiere llamarse MarÌa; porque bien vimos que ella, y
no otra alguna era la que habÌa de dar medio a todas aquellas dificultades.
DespuÈs que quedamos en esto, dijo el renegado que no tuviÈsemos pena, que
Èl perderÌa la vida o nos pondrÌa en libertad.

ªCuatro dÌas estuvo el baÒo con gente, que fue ocasiÛn que cuatro dÌas
tardase en parecer la caÒa; al cabo de los cuales, en la acostumbrada
soledad del baÒo, pareciÛ con el lienzo tan preÒado, que un felicÌsimo
parto prometÌa. InclinÛse a mÌ la caÒa y el lienzo, hallÈ en Èl otro papel
y cien escudos de oro, sin otra moneda alguna. Estaba allÌ el renegado,
dÌmosle a leer el papel dentro de nuestro rancho, el cual dijo que asÌ
decÌa:

Yo no sÈ, mi seÒor, cÛmo dar orden que nos vamos a EspaÒa, ni Lela MariÈn
me lo ha dicho, aunque yo se lo he preguntado. Lo que se podr· hacer es que
yo os darÈ por esta ventana muchÌsimos dineros de oro: rescataos vos con
ellos y vuestros amigos, y vaya uno en tierra de cristianos, y compre all·
una barca y vuelva por los dem·s; y a mÌ me hallar·n en el jardÌn de mi
padre, que est· a la puerta de BabazÛn, junto a la marina, donde tengo de
estar todo este verano con mi padre y con mis criados. De allÌ, de noche,
me podrÈis sacar sin miedo y llevarme a la barca; y mira que has de ser mi
marido, porque si no, yo pedirÈ a MariÈn que te castigue. Si no te fÌas de
nadie que vaya por la barca, resc·tate t˙ y ve, que yo sÈ que volver·s
mejor que otro, pues eres caballero y cristiano. Procura saber el jardÌn, y
cuando te pasees por ahÌ sabrÈ que est· solo el baÒo, y te darÈ mucho
dinero. Al· te guarde, seÒor mÌo.

ªEsto decÌa y contenÌa el segundo papel. Lo cual visto por todos, cada uno
se ofreciÛ a querer ser el rescatado, y prometiÛ de ir y volver con toda
puntualidad, y tambiÈn yo me ofrecÌ a lo mismo; a todo lo cual se opuso el
renegado, diciendo que en ninguna manera consentirÌa que ninguno saliese de
libertad hasta que fuesen todos juntos, porque la experiencia le habÌa
mostrado cu·n mal cumplÌan los libres las palabras que daban en el
cautiverio; porque muchas veces habÌan usado de aquel remedio algunos
principales cautivos, rescatando a uno que fuese a Valencia, o Mallorca,
con dineros para poder armar una barca y volver por los que le habÌan
rescatado, y nunca habÌan vuelto; porque la libertad alcanzada y el temor
de no volver a perderla les borraba de la memoria todas las obligaciones
del mundo. Y, en confirmaciÛn de la verdad que nos decÌa, nos contÛ
brevemente un caso que casi en aquella mesma sazÛn habÌa acaecido a unos
caballeros cristianos, el m·s estraÒo que jam·s sucediÛ en aquellas partes,
donde a cada paso suceden cosas de grande espanto y de admiraciÛn.

ªEn efecto, Èl vino a decir que lo que se podÌa y debÌa hacer era que el
dinero que se habÌa de dar para rescatar al cristiano, que se le diese a Èl
para comprar allÌ en Argel una barca, con achaque de hacerse mercader y
tratante en Tetu·n y en aquella costa; y que, siendo Èl seÒor de la barca,
f·cilmente se darÌa traza para sacarlos del baÒo y embarcarlos a todos.
Cuanto m·s, que si la mora, como ella decÌa, daba dineros para rescatarlos
a todos, que, estando libres, era facilÌsima cosa aun embarcarse en la
mitad del dÌa; y que la dificultad que se ofrecÌa mayor era que los moros
no consienten que renegado alguno compre ni tenga barca, si no es bajel
grande para ir en corso, porque se temen que el que compra barca,
principalmente si es espaÒol, no la quiere sino para irse a tierra de
cristianos; pero que Èl facilitarÌa este inconveniente con hacer que un
moro tagarino fuese a la parte con Èl en la compaÒÌa de la barca y en la
ganancia de las mercancÌas, y con esta sombra Èl vendrÌa a ser seÒor de la
barca, con que daba por acabado todo lo dem·s.

ªY, puesto que a mÌ y a mis camaradas nos habÌa parecido mejor lo de enviar
por la barca a Mallorca, como la mora decÌa, no osamos contradecirle,
temerosos que, si no hacÌamos lo que Èl decÌa, nos habÌa de descubrir y
poner a peligro de perder las vidas, si descubriese el trato de Zoraida,
por cuya vida diÈramos todos las nuestras. Y asÌ, determinamos de ponernos
en las manos de Dios y en las del renegado, y en aquel mismo punto se le
respondiÛ a Zoraida, diciÈndole que harÌamos todo cuanto nos aconsejaba,
porque lo habÌa advertido tan bien como si Lela MariÈn se lo hubiera dicho,
y que en ella sola estaba dilatar aquel negocio, o ponello luego por obra.
OfrecÌmele de nuevo de ser su esposo, y, con esto, otro dÌa que acaeciÛ a
estar solo el baÒo, en diversas veces, con la caÒa y el paÒo, nos dio dos
mil escudos de oro, y un papel donde decÌa que el primer jum·, que es el
viernes, se iba al jardÌn de su padre, y que antes que se fuese nos darÌa
m·s dinero, y que si aquello no bastase, que se lo avis·semos, que nos
darÌa cuanto le pidiÈsemos: que su padre tenÌa tantos, que no lo echarÌa
menos, cuanto m·s, que ella tenÌa la llaves de todo.

ªDimos luego quinientos escudos al renegado para comprar la barca; con
ochocientos me rescatÈ yo, dando el dinero a un mercader valenciano que a
la sazÛn se hallaba en Argel, el cual me rescatÛ del rey, tom·ndome sobre
su palabra, d·ndola de que con el primer bajel que viniese de Valencia
pagarÌa mi rescate; porque si luego diera el dinero, fuera dar sospechas al
rey que habÌa muchos dÌas que mi rescate estaba en Argel, y que el
mercader, por sus granjerÌas, lo habÌa callado. Finalmente, mi amo era tan
caviloso que en ninguna manera me atrevÌ a que luego se desembolsase el
dinero. El jueves antes del viernes que la hermosa Zoraida se habÌa de ir
al jardÌn, nos dio otros mil escudos y nos avisÛ de su partida, rog·ndome
que, si me rescatase, supiese luego el jardÌn de su padre, y que en todo
caso buscase ocasiÛn de ir all· y verla. RespondÌle en breves palabras que
asÌ lo harÌa, y que tuviese cuidado de encomendarnos a Lela MariÈn, con
todas aquellas oraciones que la cautiva le habÌa enseÒado.

ªHecho esto, dieron orden en que los tres compaÒeros nuestros se
rescatasen, por facilitar la salida del baÒo, y porque, viÈndome a mÌ
rescatado, y a ellos no, pues habÌa dinero, no se alborotasen y les
persuadiese el diablo que hiciesen alguna cosa en perjuicio de Zoraida;
que, puesto que el ser ellos quien eran me podÌa asegurar deste temor, con
todo eso, no quise poner el negocio en aventura, y asÌ, los hice rescatar
por la misma orden que yo me rescatÈ, entregando todo el dinero al
mercader, para que, con certeza y seguridad, pudiese hacer la fianza; al
cual nunca descubrimos nuestro trato y secreto, por el peligro que habÌa.

CapÌtulo XLI. Donde todavÌa prosigue el cautivo su suceso

ªNo se pasaron quince dÌas, cuando ya nuestro renegado tenÌa comprada una
muy buena barca, capaz de m·s de treinta personas: y, para asegurar su
hecho y dalle color, quiso hacer, como hizo, un viaje a un lugar que se
llamaba Sargel, que est· treinta leguas de Argel hacia la parte de Or·n, en
el cual hay mucha contrataciÛn de higos pasos. Dos o tres veces hizo este
viaje, en compaÒÌa del tagarino que habÌa dicho. Tagarinos llaman en
BerberÌa a los moros de AragÛn, y a los de Granada, mudÈjares; y en el
reino de Fez llaman a los mudÈjares elches, los cuales son la gente de
quien aquel rey m·s se sirve en la guerra.

ªDigo, pues, que cada vez que pasaba con su barca daba fondo en una caleta
que estaba no dos tiros de ballesta del jardÌn donde Zoraida esperaba; y
allÌ, muy de propÛsito, se ponÌa el renegado con los morillos que bogaban
el remo, o ya a hacer la zal·, o a como por ensayarse de burlas a lo que
pensaba hacer de veras; y asÌ, se iba al jardÌn de Zoraida y le pedÌa
fruta, y su padre se la daba sin conocelle; y, aunque Èl quisiera hablar a
Zoraida, como Èl despuÈs me dijo, y decille que Èl era el que por orden mÌa
le habÌa de llevar a tierra de cristianos, que estuviese contenta y segura,
nunca le fue posible, porque las moras no se dejan ver de ning˙n moro ni
turco, si no es que su marido o su padre se lo manden. De cristianos
cautivos se dejan tratar y comunicar, aun m·s de aquello que serÌa
razonable; y a mÌ me hubiera pesado que Èl la hubiera hablado, que quiz· la
alborotara, viendo que su negocio andaba en boca de renegados. Pero Dios,
que lo ordenaba de otra manera, no dio lugar al buen deseo que nuestro
renegado tenÌa; el cual, viendo cu·n seguramente iba y venÌa a Sargel, y
que daba fondo cuando y como y adonde querÌa, y que el tagarino, su
compaÒero, no tenÌa m·s voluntad de lo que la suya ordenaba, y que yo
estaba ya rescatado, y que sÛlo faltaba buscar algunos cristianos que
bogasen el remo, me dijo que mirase yo cu·les querÌa traer conmigo, fuera
de los rescatados, y que los tuviese hablados para el primer viernes, donde
tenÌa determinado que fuese nuestra partida. Viendo esto, hablÈ a doce
espaÒoles, todos valientes hombres del remo, y de aquellos que m·s
libremente podÌan salir de la ciudad; y no fue poco hallar tantos en
aquella coyuntura, porque estaban veinte bajeles en corso, y se habÌan
llevado toda la gente de remo, y Èstos no se hallaran, si no fuera que su
amo se quedÛ aquel verano sin ir en corso, a acabar una galeota que tenÌa
en astillero. A los cuales no les dije otra cosa, sino que el primer
viernes en la tarde se saliesen uno a uno, disimuladamente, y se fuesen la
vuelta del jardÌn de Agi Morato, y que allÌ me aguardasen hasta que yo
fuese. A cada uno di este aviso de por sÌ, con orden que, aunque allÌ
viesen a otros cristianos, no les dijesen sino que yo les habÌa mandado
esperar en aquel lugar.

ªHecha esta diligencia, me faltaba hacer otra, que era la que m·s me
convenÌa: y era la de avisar a Zoraida en el punto que estaban los
negocios, para que estuviese apercebida y sobre aviso, que no se
sobresaltase si de improviso la asalt·semos antes del tiempo que ella podÌa
imaginar que la barca de cristianos podÌa volver. Y asÌ, determinÈ de ir al
jardÌn y ver si podrÌa hablarla; y, con ocasiÛn de coger algunas yerbas, un
dÌa, antes de mi partida, fui all·, y la primera persona con quiÈn encontrÈ
fue con su padre, el cual me dijo, en lengua que en toda la BerberÌa, y aun
en Costantinopla, se halla entre cautivos y moros, que ni es morisca, ni
castellana, ni de otra naciÛn alguna, sino una mezcla de todas las lenguas
con la cual todos nos entendemos; digo, pues, que en esta manera de
lenguaje me preguntÛ que quÈ buscaba en aquel su jardÌn, y de quiÈn era.
RespondÌle que era esclavo de Arna˙te MamÌ (y esto, porque sabÌa yo por muy
cierto que era un grandÌsimo amigo suyo), y que buscaba de todas yerbas,
para hacer ensalada. PreguntÛme, por el consiguiente, si era hombre de
rescate o no, y que cu·nto pedÌa mi amo por mÌ. Estando en todas estas
preguntas y respuestas, saliÛ de la casa del jardÌn la bella Zoraida, la
cual ya habÌa mucho que me habÌa visto; y, como las moras en ninguna manera
hacen melindre de mostrarse a los cristianos, ni tampoco se esquivan, como
ya he dicho, no se le dio nada de venir adonde su padre conmigo estaba;
antes, luego cuando su padre vio que venÌa, y de espacio, la llamÛ y mandÛ
que llegase.

ªDemasiada cosa serÌa decir yo agora la mucha hermosura, la gentileza, el
gallardo y rico adorno con que mi querida Zoraida se mostrÛ a mis ojos:
sÛlo dirÈ que m·s perlas pendÌan de su hermosÌsimo cuello, orejas y
cabellos, que cabellos tenÌa en la cabeza. En las gargantas de los sus
pies, que descubiertas, a su usanza, traÌa, traÌa dos carcajes (que asÌ se
llamaban las manillas o ajorcas de los pies en morisco) de purÌsimo oro,
con tantos diamantes engastados, que ella me dijo despuÈs que su padre los
estimaba en diez mil doblas, y las que traÌa en las muÒecas de las manos
valÌan otro tanto. Las perlas eran en gran cantidad y muy buenas, porque la
mayor gala y bizarrÌa de las moras es adornarse de ricas perlas y aljÛfar,
y asÌ, hay m·s perlas y aljÛfar entre moros que entre todas las dem·s
naciones; y el padre de Zoraida tenÌa fama de tener muchas y de las mejores
que en Argel habÌa, y de tener asimismo m·s de docientos mil escudos
espaÒoles, de todo lo cual era seÒora esta que ahora lo es mÌa. Si con todo
este adorno podÌa venir entonces hermosa, o no, por las reliquias que le
han quedado en tantos trabajos se podr· conjeturar cu·l debÌa de ser en las
prosperidades. Porque ya se sabe que la hermosura de algunas mujeres tiene
dÌas y sazones, y requiere accidentes para diminuirse o acrecentarse; y es
natural cosa que las pasiones del ·nimo la levanten o abajen, puesto que
las m·s veces la destruyen.

ªDigo, en fin, que entonces llegÛ en todo estremo aderezada y en todo
estremo hermosa, o, a lo menos, a mÌ me pareciÛ serlo la m·s que hasta
entonces habÌa visto; y con esto, viendo las obligaciones en que me habÌa
puesto, me parecÌa que tenÌa delante de mÌ una deidad del cielo, venida a
la tierra para mi gusto y para mi remedio. AsÌ como ella llegÛ, le dijo su
padre en su lengua como yo era cautivo de su amigo Arna˙te MamÌ, y que
venÌa a buscar ensalada. Ella tomÛ la mano, y en aquella mezcla de lenguas
que tengo dicho me preguntÛ si era caballero y quÈ era la causa que no me
rescataba. Yo le respondÌ que ya estaba rescatado, y que en el precio podÌa
echar de ver en lo que mi amo me estimaba, pues habÌa dado por mÌ mil y
quinientos zoltanÌs. A lo cual ella respondiÛ: ''En verdad que si t˙ fueras
de mi padre, que yo hiciera que no te diera Èl por otros dos tantos, porque
vosotros, cristianos, siempre mentÌs en cuanto decÌs, y os hacÈis pobres
por engaÒar a los moros''. ''Bien podrÌa ser eso, seÒora -le respondÌ-, mas
en verdad que yo la he tratado con mi amo, y la trato y la tratarÈ con
cuantas personas hay en el mundo''. ''Y øcu·ndo te vas?'', dijo Zoraida.
''MaÒana, creo yo -dije-, porque est· aquÌ un bajel de Francia que se hace
maÒana a la vela, y pienso irme en Èl''. ''øNo es mejor -replicÛ Zoraida-,
esperar a que vengan bajeles de EspaÒa, y irte con ellos, que no con los de
Francia, que no son vuestros amigos?'' ''No -respondÌ yo-, aunque si como
hay nuevas que viene ya un bajel de EspaÒa, es verdad, todavÌa yo le
aguardarÈ, puesto que es m·s cierto el partirme maÒana; porque el deseo que
tengo de verme en mi tierra, y con las personas que bien quiero, es tanto
que no me dejar· esperar otra comodidad, si se tarda, por mejor que sea''.
''Debes de ser, sin duda, casado en tu tierra -dijo Zoraida-, y por eso
deseas ir a verte con tu mujer''. ''No soy -respondÌ yo- casado, mas tengo
dada la palabra de casarme en llegando all·''. ''Y øes hermosa la dama a
quien se la diste?'', dijo Zoraida. ''Tan hermosa es -respondÌ yo- que para
encarecella y decirte la verdad, te parece a ti mucho''. Desto se riyÛ muy
de veras su padre, y dijo: ''Gual·, cristiano, que debe de ser muy hermosa
si se parece a mi hija, que es la m·s hermosa de todo este reino. Si no,
mÌrala bien, y ver·s cÛmo te digo verdad''. ServÌanos de intÈrprete a las
m·s de estas palabras y razones el padre de Zoraida, como m·s ladino; que,
aunque ella hablaba la bastarda lengua que, como he dicho, allÌ se usa, m·s
declaraba su intenciÛn por seÒas que por palabras.

ªEstando en estas y otras muchas razones, llegÛ un moro corriendo, y dijo,
a grandes voces, que por las bardas o paredes del jardÌn habÌan saltado
cuatro turcos, y andaban cogiendo la fruta, aunque no estaba madura.
SobresaltÛse el viejo, y lo mesmo hizo Zoraida, porque es com˙n y casi
natural el miedo que los moros a los turcos tienen, especialmente a los
soldados, los cuales son tan insolentes y tienen tanto imperio sobre los
moros que a ellos est·n sujetos, que los tratan peor que si fuesen esclavos
suyos. Digo, pues, que dijo su padre a Zoraida: ''Hija, retÌrate a la casa
y enciÈrrate, en tanto que yo voy a hablar a estos canes; y t˙, cristiano,
busca tus yerbas, y vete en buen hora, y llÈvete Al· con bien a tu
tierra''. Yo me inclinÈ, y Èl se fue a buscar los turcos, dej·ndome solo
con Zoraida, que comenzÛ a dar muestras de irse donde su padre la habÌa
mandado. Pero, apenas Èl se encubriÛ con los ·rboles del jardÌn, cuando
ella, volviÈndose a mÌ, llenos los ojos de l·grimas, me dijo: ''¡mexi,
cristiano, ·mexi''; que quiere decir: "øVaste, cristiano, vaste?" Yo la
respondÌ: ''SeÒora, sÌ, pero no en ninguna manera sin ti: el primero jum·
me aguarda, y no te sobresaltes cuando nos veas; que sin duda alguna iremos
a tierra de cristianos''.

ªYo le dije esto de manera que ella me entendiÛ muy bien a todas las
razones que entrambos pasamos; y, ech·ndome un brazo al cuello, con
desmayados pasos comenzÛ a caminar hacia la casa; y quiso la suerte, que
pudiera ser muy mala si el cielo no lo ordenara de otra manera, que, yendo
los dos de la manera y postura que os he contado, con un brazo al cuello,
su padre, que ya volvÌa de hacer ir a los turcos, nos vio de la suerte y
manera que Ìbamos, y nosotros vimos que Èl nos habÌa visto; pero Zoraida,
advertida y discreta, no quiso quitar el brazo de mi cuello, antes se llegÛ
m·s a mÌ y puso su cabeza sobre mi pecho, doblando un poco las rodillas,
dando claras seÒales y muestras que se desmayaba, y yo, ansimismo, di a
entender que la sostenÌa contra mi voluntad. Su padre llegÛ corriendo
adonde est·bamos, y, viendo a su hija de aquella manera, le preguntÛ que
quÈ tenÌa; pero, como ella no le respondiese, dijo su padre: ''Sin duda
alguna que con el sobresalto de la entrada de estos canes se ha
desmayado''. Y, quit·ndola del mÌo, la arrimÛ a su pecho; y ella, dando un
suspiro y a˙n no enjutos los ojos de l·grimas, volviÛ a decir: ''¡mexi,
cristiano, ·mexi'': "Vete, cristiano, vete". A lo que su padre respondiÛ:
''No importa, hija, que el cristiano se vaya, que ning˙n mal te ha hecho, y
los turcos ya son idos. No te sobresalte cosa alguna, pues ninguna hay que
pueda darte pesadumbre, pues, como ya te he dicho, los turcos, a mi ruego,
se volvieron por donde entraron''. ''Ellos, seÒor, la sobresaltaron, como
has dicho -dije yo a su padre-; mas, pues ella dice que yo me vaya, no la
quiero dar pesadumbre: quÈdate en paz, y, con tu licencia, volverÈ, si
fuere menester, por yerbas a este jardÌn; que, seg˙n dice mi amo, en
ninguno las hay mejores para ensalada que en Èl''. ''Todas las que
quisieres podr·s volver -respondiÛ Agi Morato-, que mi hija no dice esto
porque t˙ ni ninguno de los cristianos la enojaban, sino que, por decir que
los turcos se fuesen, dijo que t˙ te fueses, o porque ya era hora que
buscases tus yerbas''.

ªCon esto, me despedÌ al punto de entrambos; y ella, arranc·ndosele el
alma, al parecer, se fue con su padre; y yo, con achaque de buscar las
yerbas, rodeÈ muy bien y a mi placer todo el jardÌn: mirÈ bien las entradas
y salidas, y la fortaleza de la casa, y la comodidad que se podÌa ofrecer
para facilitar todo nuestro negocio. Hecho esto, me vine y di cuenta de
cuanto habÌa pasado al renegado y a mis compaÒeros; y ya no veÌa la hora de
verme gozar sin sobresalto del bien que en la hermosa y bella Zoraida la
suerte me ofrecÌa.

ªEn fin, el tiempo se pasÛ, y se llegÛ el dÌa y plazo de nosotros tan
deseado; y, siguiendo todos el orden y parecer que, con discreta
consideraciÛn y largo discurso, muchas veces habÌamos dado, tuvimos el buen
suceso que dese·bamos; porque el viernes que se siguiÛ al dÌa que yo con
Zoraida hablÈ en el jardÌn, nuestro renegado, al anochecer, dio fondo con
la barca casi frontero de donde la hermosÌsima Zoraida estaba. Ya los
cristianos que habÌan de bogar el remo estaban prevenidos y escondidos por
diversas partes de todos aquellos alrededores. Todos estaban suspensos y
alborozados, aguard·ndome, deseosos ya de embestir con el bajel que a los
ojos tenÌan; porque ellos no sabÌan el concierto del renegado, sino que
pensaban que a fuerza de brazos habÌan de haber y ganar la libertad,
quitando la vida a los moros que dentro de la barca estaban.

ªSucediÛ, pues, que, asÌ como yo me mostrÈ y mis compaÒeros, todos los
dem·s escondidos que nos vieron se vinieron llegando a nosotros. Esto era
ya a tiempo que la ciudad estaba ya cerrada, y por toda aquella campaÒa
ninguna persona parecÌa. Como estuvimos juntos, dudamos si serÌa mejor ir
primero por Zoraida, o rendir primero a los moros bagarinos que bogaban el
remo en la barca. Y, estando en esta duda, llegÛ a nosotros nuestro
renegado diciÈndonos que en quÈ nos detenÌamos, que ya era hora, y que
todos sus moros estaban descuidados, y los m·s dellos durmiendo. DijÌmosle
en lo que repar·bamos, y Èl dijo que lo que m·s importaba era rendir
primero el bajel, que se podÌa hacer con grandÌsima facilidad y sin peligro
alguno, y que luego podÌamos ir por Zoraida. PareciÛnos bien a todos lo que
decÌa, y asÌ, sin detenernos m·s, haciendo Èl la guÌa, llegamos al bajel,
y, saltando Èl dentro primero, metiÛ mano a un alfanje, y dijo en morisco:
''Ninguno de vosotros se mueva de aquÌ, si no quiere que le cueste la
vida''. Ya, a este tiempo, habÌan entrado dentro casi todos los cristianos.
Los moros, que eran de poco ·nimo, viendo hablar de aquella manera a su
arr·ez, qued·ronse espantados, y sin ninguno de todos ellos echar mano a
las armas, que pocas o casi ningunas tenÌan, se dejaron, sin hablar alguna
palabra, maniatar de los cristianos, los cuales con mucha presteza lo
hicieron, amenazando a los moros que si alzaban por alguna vÌa o manera la
voz, que luego al punto los pasarÌan todos a cuchillo.

ªHecho ya esto, qued·ndose en guardia dellos la mitad de los nuestros, los
que qued·bamos, haciÈndonos asimismo el renegado la guÌa, fuimos al jardÌn
de Agi Morato, y quiso la buena suerte que, llegando a abrir la puerta, se
abriÛ con tanta facilidad como si cerrada no estuviera; y asÌ, con gran
quietud y silencio, llegamos a la casa sin ser sentidos de nadie. Estaba la
bellÌsima Zoraida aguard·ndonos a una ventana, y, asÌ como sintiÛ gente,
preguntÛ con voz baja si Èramos nizarani, como si dijera o preguntara si
Èramos cristianos. Yo le respondÌ que sÌ, y que bajase. Cuando ella me
conociÛ, no se detuvo un punto, porque, sin responderme palabra, bajÛ en un
instante, abriÛ la puerta y mostrÛse a todos tan hermosa y ricamente
vestida que no lo acierto a encarecer. Luego que yo la vi, le tomÈ una
mano y la comencÈ a besar, y el renegado hizo lo mismo, y mis dos
camaradas; y los dem·s, que el caso no sabÌan, hicieron lo que vieron que
nosotros hacÌamos, que no parecÌa sino que le d·bamos las gracias y la
reconocÌamos por seÒora de nuestra libertad. El renegado le dijo en lengua
morisca si estaba su padre en el jardÌn. Ella respondiÛ que sÌ y que
dormÌa. ''Pues ser· menester despertalle -replicÛ el renegado-, y
llev·rnosle con nosotros, y todo aquello que tiene de valor este hermoso
jardÌn.'' ''No -dijo ella-, a mi padre no se ha de tocar en ning˙n modo, y
en esta casa no hay otra cosa que lo que yo llevo, que es tanto, que bien
habr· para que todos quedÈis ricos y contentos; y esperaros un poco y lo
verÈis''. Y, diciendo esto, se volviÛ a entrar, diciendo que muy presto
volverÌa; que nos estuviÈsemos quedos, sin hacer ning˙n ruido. PreguntÈle
al renegado lo que con ella habÌa pasado, el cual me lo contÛ, a quien yo
dije que en ninguna cosa se habÌa de hacer m·s de lo que Zoraida quisiese;
la cual ya que volvÌa cargada con un cofrecillo lleno de escudos de oro,
tantos, que apenas lo podÌa sustentar, quiso la mala suerte que su padre
despertase en el Ìnterin y sintiese el ruido que andaba en el jardÌn; y,
asom·ndose a la ventana, luego conociÛ que todos los que en Èl estaban eran
cristianos; y, dando muchas, grandes y desaforadas voces, comenzÛ a decir
en ar·bigo: ''°Cristianos, cristianos! °Ladrones, ladrones!''; por los
cuales gritos nos vimos todos puestos en grandÌsima y temerosa confusiÛn.
Pero el renegado, viendo el peligro en que est·bamos, y lo mucho que le
importaba salir con aquella empresa antes de ser sentido, con grandÌsima
presteza, subiÛ donde Agi Morato estaba, y juntamente con Èl fueron algunos
de nosotros; que yo no osÈ desamparar a la Zoraida, que como desmayada se
habÌa dejado caer en mis brazos. En resoluciÛn, los que subieron se dieron
tan buena maÒa que en un momento bajaron con Agi Morato, trayÈndole atadas
las manos y puesto un paÒizuelo en la boca, que no le dejaba hablar
palabra, amenaz·ndole que el hablarla le habÌa de costar la vida. Cuando su
hija le vio, se cubriÛ los ojos por no verle, y su padre quedÛ espantado,
ignorando cu·n de su voluntad se habÌa puesto en nuestras manos. Mas,
entonces siendo m·s necesarios los pies, con diligencia y presteza nos
pusimos en la barca; que ya los que en ella habÌan quedado nos esperaban,
temerosos de alg˙n mal suceso nuestro.

ªApenas serÌan dos horas pasadas de la noche, cuando ya est·bamos todos en
la barca, en la cual se le quitÛ al padre de Zoraida la atadura de las
manos y el paÒo de la boca; pero tornÛle a decir el renegado que no hablase
palabra, que le quitarÌan la vida. …l, como vio allÌ a su hija, comenzÛ a
suspirar ternÌsimamente, y m·s cuando vio que yo estrechamente la tenÌa
abrazada, y que ella sin defender, quejarse ni esquivarse, se estaba queda;
pero, con todo esto, callaba, porque no pusiesen en efeto las muchas
amenazas que el renegado le hacÌa. ViÈndose, pues, Zoraida ya en la barca,
y que querÌamos dar los remos al agua, y viendo allÌ a su padre y a los
dem·s moros que atados estaban, le dijo al renegado que me dijese le
hiciese merced de soltar a aquellos moros y de dar libertad a su padre,
porque antes se arrojarÌa en la mar que ver delante de sus ojos y por causa
suya llevar cautivo a un padre que tanto la habÌa querido. El renegado me
lo dijo; y yo respondÌ que era muy contento; pero Èl respondiÛ que no
convenÌa, a causa que, si allÌ los dejaban apellidarÌan luego la tierra y
alborotarÌan la ciudad, y serÌan causa que saliesen a buscallos con algunas
fragatas ligeras, y les tomasen la tierra y la mar, de manera que no
pudiÈsemos escaparnos; que lo que se podrÌa hacer era darles libertad en
llegando a la primera tierra de cristianos. En este parecer venimos todos,
y Zoraida, a quien se le dio cuenta, con las causas que nos movÌan a no
hacer luego lo que querÌa, tambiÈn se satisfizo; y luego, con regocijado
silencio y alegre diligencia, cada uno de nuestros valientes remeros tomÛ
su remo, y comenzamos, encomend·ndonos a Dios de todo corazÛn, a navegar la
vuelta de las islas de Mallorca, que es la tierra de cristianos m·s cerca.

ªPero, a causa de soplar un poco el viento tramontana y estar la mar algo
picada, no fue posible seguir la derrota de Mallorca, y fuenos forzoso
dejarnos ir tierra a tierra la vuelta de Or·n, no sin mucha pesadumbre
nuestra, por no ser descubiertos del lugar de Sargel, que en aquella costa
cae sesenta millas de Argel. Y, asimismo, temÌamos encontrar por aquel
paraje alguna galeota de las que de ordinario vienen con mercancÌa de
Tetu·n, aunque cada uno por sÌ, y todos juntos, presumÌamos de que, si se
encontraba galeota de mercancÌa, como no fuese de las que andan en corso,
que no sÛlo no nos perderÌamos, mas que tomarÌamos bajel donde con m·s
seguridad pudiÈsemos acabar nuestro viaje. Iba Zoraida, en tanto que se
navegaba, puesta la cabeza entre mis manos, por no ver a su padre, y sentÌa
yo que iba llamando a Lela MariÈn que nos ayudase.

ªBien habrÌamos navegado treinta millas, cuando nos amaneciÛ, como tres
tiros de arcabuz desviados de tierra, toda la cual vimos desierta y sin
nadie que nos descubriese; pero, con todo eso, nos fuimos a fuerza de
brazos entrando un poco en la mar, que ya estaba algo m·s sosegada; y,
habiendo entrado casi dos leguas, diose orden que se bogase a cuarteles en
tanto que comÌamos algo, que iba bien proveÌda la barca, puesto que los que
bogaban dijeron que no era aquÈl tiempo de tomar reposo alguno, que les
diesen de comer los que no bogaban, que ellos no querÌan soltar los remos
de las manos en manera alguna. HÌzose ansÌ, y en esto comenzÛ a soplar un
viento largo, que nos obligÛ a hacer luego vela y a dejar el remo, y
enderezar a Or·n, por no ser posible poder hacer otro viaje. Todo se hizo
con muchÌsima presteza; y asÌ, a la vela, navegamos por m·s de ocho millas
por hora, sin llevar otro temor alguno sino el de encontrar con bajel que
de corso fuese.

ªDimos de comer a los moros bagarinos, y el renegado les consolÛ
diciÈndoles como no iban cautivos, que en la primera ocasiÛn les darÌan
libertad. Lo mismo se le dijo al padre de Zoraida, el cual respondiÛ:
''Cualquiera otra cosa pudiera yo esperar y creer de vuestra liberalidad y
buen tÈrmino, °oh cristianos!, mas el darme libertad, no me teng·is por tan
simple que lo imagine; que nunca os pusistes vosotros al peligro de
quit·rmela para volverla tan liberalmente, especialmente sabiendo quiÈn soy
yo, y el interese que se os puede seguir de d·rmela; el cual interese, si
le querÈis poner nombre, desde aquÌ os ofrezco todo aquello que quisiÈredes
por mÌ y por esa desdichada hija mÌa, o si no, por ella sola, que es la
mayor y la mejor parte de mi alma''. En diciendo esto, comenzÛ a llorar tan
amargamente que a todos nos moviÛ a compasiÛn, y forzÛ a Zoraida que le
mirase; la cual, viÈndole llorar, asÌ se enterneciÛ que se levantÛ de mis
pies y fue a abrazar a su padre, y, juntando su rostro con el suyo,
comenzaron los dos tan tierno llanto que muchos de los que allÌ Ìbamos le
acompaÒamos en Èl. Pero, cuando su padre la vio adornada de fiesta y con
tantas joyas sobre sÌ, le dijo en su lengua: ''øQuÈ es esto, hija, que ayer
al anochecer, antes que nos sucediese esta terrible desgracia en que nos
vemos, te vi con tus ordinarios y caseros vestidos, y agora, sin que hayas
tenido tiempo de vestirte y sin haberte dado alguna nueva alegre de
solenizalle con adornarte y pulirte, te veo compuesta con los mejores
vestidos que yo supe y pude darte cuando nos fue la ventura m·s favorable?
RespÛndeme a esto, que me tiene m·s suspenso y admirado que la misma
desgracia en que me hallo''.

ªTodo lo que el moro decÌa a su hija nos lo declaraba el renegado, y ella
no le respondÌa palabra. Pero, cuando Èl vio a un lado de la barca el
cofrecillo donde ella solÌa tener sus joyas, el cual sabÌa Èl bien que le
habÌa dejado en Argel, y no traÌdole al jardÌn, quedÛ m·s confuso, y
preguntÛle que cÛmo aquel cofre habÌa venido a nuestras manos, y quÈ era lo
que venÌa dentro. A lo cual el renegado, sin aguardar que Zoraida le
respondiese, le respondiÛ: ''No te canses, seÒor, en preguntar a Zoraida,
tu hija, tantas cosas, porque con una que yo te responda te satisfarÈ a
todas; y asÌ, quiero que sepas que ella es cristiana, y es la que ha sido
la lima de nuestras cadenas y la libertad de nuestro cautiverio; ella va
aquÌ de su voluntad, tan contenta, a lo que yo imagino, de verse en este
estado, como el que sale de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida
y de la pena a la gloria''. ''øEs verdad lo que Èste dice, hija?'', dijo el
moro. ''AsÌ es'', respondiÛ Zoraida. ''øQue, en efeto -replicÛ el viejo-,
t˙ eres cristiana, y la que ha puesto a su padre en poder de sus
enemigos?'' A lo cual respondiÛ Zoraida: ''La que es cristiana yo soy, pero
no la que te ha puesto en este punto, porque nunca mi deseo se estendiÛ a
dejarte ni a hacerte mal, sino a hacerme a mÌ bien''. ''Y øquÈ bien es el
que te has hecho, hija?'' ''Eso -respondiÛ ella- preg˙ntaselo t˙ a Lela
MariÈn, que ella te lo sabr· decir mejor que no yo''.

ªApenas hubo oÌdo esto el moro, cuando, con una increÌble presteza, se
arrojÛ de cabeza en la mar, donde sin ninguna duda se ahogara, si el
vestido largo y embarazoso que traÌa no le entretuviera un poco sobre el
agua. Dio voces Zoraida que le sacasen, y asÌ, acudimos luego todos, y,
asiÈndole de la almalafa, le sacamos medio ahogado y sin sentido, de que
recibiÛ tanta pena Zoraida que, como si fuera ya muerto, hacÌa sobre Èl un
tierno y doloroso llanto. VolvÌmosle boca abajo, volviÛ mucha agua, tornÛ
en sÌ al cabo de dos horas, en las cuales, habiÈndose trocado el viento,
nos convino volver hacia tierra, y hacer fuerza de remos, por no embestir
en ella; mas quiso nuestra buena suerte que llegamos a una cala que se hace
al lado de un pequeÒo promontorio o cabo que de los moros es llamado el de
La Cava RumÌa, que en nuestra lengua quiere decir La mala mujer cristiana;
y es tradiciÛn entre los moros que en aquel lugar est· enterrada la Cava,
por quien se perdiÛ EspaÒa, porque cava en su lengua quiere decir mujer
mala, y rumÌa, cristiana; y aun tienen por mal ag¸ero llegar allÌ a dar
fondo cuando la necesidad les fuerza a ello, porque nunca le dan sin ella;
puesto que para nosotros no fue abrigo de mala mujer, sino puerto seguro de
nuestro remedio, seg˙n andaba alterada la mar.

ªPusimos nuestras centinelas en tierra, y no dejamos jam·s los remos de la
mano; comimos de lo que el renegado habÌa proveÌdo, y rogamos a Dios y a
Nuestra SeÒora, de todo nuestro corazÛn, que nos ayudase y favoreciese para
que felicemente diÈsemos fin a tan dichoso principio. Diose orden, a
suplicaciÛn de Zoraida, como ech·semos en tierra a su padre y a todos los
dem·s moros que allÌ atados venÌan, porque no le bastaba el ·nimo, ni lo
podÌan sufrir sus blandas entraÒas, ver delante de sus ojos atado a su
padre y aquellos de su tierra presos. PrometÌmosle de hacerlo asÌ al tiempo
de la partida, pues no corrÌa peligro el dejallos en aquel lugar, que era
despoblado. No fueron tan vanas nuestras oraciones que no fuesen oÌdas del
cielo; que, en nuestro favor, luego volviÛ el viento, tranquilo el mar,
convid·ndonos a que torn·semos alegres a proseguir nuestro comenzado viaje.

ªViendo esto, desatamos a los moros, y uno a uno los pusimos en tierra, de
lo que ellos se quedaron admirados; pero, llegando a desembarcar al padre
de Zoraida, que ya estaba en todo su acuerdo, dijo: ''øPor quÈ pens·is,
cristianos, que esta mala hembra huelga de que me deis libertad? øPens·is
que es por piedad que de mÌ tiene? No, por cierto, sino que lo hace por el
estorbo que le dar· mi presencia cuando quiera poner en ejecuciÛn sus malos
deseos; ni pensÈis que la ha movido a mudar religiÛn entender ella que la
vuestra a la nuestra se aventaja, sino el saber que en vuestra tierra se
usa la deshonestidad m·s libremente que en la nuestra''. Y, volviÈndose a
Zoraida, teniÈndole yo y otro cristiano de entrambos brazos asido, porque
alg˙n desatino no hiciese, le dijo: ''°Oh infame moza y mal aconsejada
muchacha! øAdÛnde vas, ciega y desatinada, en poder destos perros,
naturales enemigos nuestros? °Maldita sea la hora en que yo te engendrÈ, y
malditos sean los regalos y deleites en que te he criado!'' Pero, viendo yo
que llevaba tÈrmino de no acabar tan presto, di priesa a ponelle en tierra,
y desde allÌ, a voces, prosiguiÛ en sus maldiciones y lamentos, rogando a
Mahoma rogase a Al· que nos destruyese, confundiese y acabase; y cuando,
por habernos hecho a la vela, no podimos oÌr sus palabras, vimos sus obras,
que eran arrancarse las barbas, mesarse los cabellos y arrastrarse por el
suelo; mas una vez esforzÛ la voz de tal manera que podimos entender que
decÌa: ''°Vuelve, amada hija, vuelve a tierra, que todo te lo perdono;
entrega a esos hombres ese dinero, que ya es suyo, y vuelve a consolar a
este triste padre tuyo, que en esta desierta arena dejar· la vida, si t˙ le
dejas!'' Todo lo cual escuchaba Zoraida, y todo lo sentÌa y lloraba, y no
supo decirle ni respondelle palabra, sino: ''Plega a Al·, padre mÌo, que
Lela MariÈn, que ha sido la causa de que yo sea cristiana, ella te consuele
en tu tristeza. Al· sabe bien que no pude hacer otra cosa de la que he
hecho, y que estos cristianos no deben nada a mi voluntad, pues, aunque
quisiera no venir con ellos y quedarme en mi casa, me fuera imposible,
seg˙n la priesa que me daba mi alma a poner por obra Èsta que a mÌ me
parece tan buena como t˙, padre amado, la juzgas por mala''. Esto dijo, a
tiempo que ni su padre la oÌa, ni nosotros ya le veÌamos; y asÌ, consolando
yo a Zoraida, atendimos todos a nuestro viaje, el cual nos le facilitaba el
proprio viento, de tal manera que bien tuvimos por cierto de vernos otro
dÌa al amanecer en las riberas de EspaÒa.

ªMas, como pocas veces, o nunca, viene el bien puro y sencillo, sin ser
acompaÒado o seguido de alg˙n mal que le turbe o sobresalte, quiso nuestra
ventura, o quiz· las maldiciones que el moro a su hija habÌa echado, que
siempre se han de temer de cualquier padre que sean; quiso, digo, que
estando ya engolfados y siendo ya casi pasadas tres horas de la noche,
yendo con la vela tendida de alto baja, frenillados los remos, porque el
prÛspero viento nos quitaba del trabajo de haberlos menester, con la luz de
la luna, que claramente resplandecÌa, vimos cerca de nosotros un bajel
redondo, que, con todas las velas tendidas, llevando un poco a orza el
timÛn, delante de nosotros atravesaba; y esto tan cerca, que nos fue
forzoso amainar por no embestirle, y ellos, asimesmo, hicieron fuerza de
timÛn para darnos lugar que pas·semos.

ªHabÌanse puesto a bordo del bajel a preguntarnos quiÈn Èramos, y adÛnde
naveg·bamos, y de dÛnde venÌamos; pero, por preguntarnos esto en lengua
francesa, dijo nuestro renegado: ''Ninguno responda; porque Èstos, sin
duda, son cosarios franceses, que hacen a toda ropa''. Por este
advertimiento, ninguno respondiÛ palabra; y, habiendo pasado un poco
delante, que ya el bajel quedaba sotavento, de improviso soltaron dos
piezas de artillerÌa, y, a lo que parecÌa, ambas venÌan con cadenas, porque
con una cortaron nuestro ·rbol por medio, y dieron con Èl y con la vela en
la mar; y al momento, disparando otra pieza, vino a dar la bala en mitad de
nuestra barca, de modo que la abriÛ toda, sin hacer otro mal alguno; pero,
como nosotros nos vimos ir a fondo, comenzamos todos a grandes voces a
pedir socorro y a rogar a los del bajel que nos acogiesen, porque nos
aneg·bamos. Amainaron entonces, y, echando el esquife o barca a la mar,
entraron en Èl hasta doce franceses bien armados, con sus arcabuces y
cuerdas encendidas, y asÌ llegaron junto al nuestro; y, viendo cu·n pocos
Èramos y cÛmo el bajel se hundÌa, nos recogieron, diciendo que, por haber
usado de la descortesÌa de no respondelles, nos habÌa sucedido aquello.
Nuestro renegado tomÛ el cofre de las riquezas de Zoraida, y dio con Èl en
la mar, sin que ninguno echase de ver en lo que hacÌa. En resoluciÛn, todos
pasamos con los franceses, los cuales, despuÈs de haberse informado de todo
aquello que de nosotros saber quisieron, como si fueran nuestros capitales
enemigos, nos despojaron de todo cuanto tenÌamos, y a Zoraida le quitaron
hasta los carcajes que traÌa en los pies. Pero no me daba a mÌ tanta
pesadumbre la que a Zoraida daban, como me la daba el temor que tenÌa de
que habÌan de pasar del quitar de las riquÌsimas y preciosÌsimas joyas al
quitar de la joya que m·s valÌa y ella m·s estimaba. Pero los deseos de
aquella gente no se estienden a m·s que al dinero, y desto jam·s se vee
harta su codicia; lo cual entonces llegÛ a tanto, que aun hasta los
vestidos de cautivos nos quitaran si de alg˙n provecho les fueran. Y hubo
parecer entre ellos de que a todos nos arrojasen a la mar envueltos en una
vela, porque tenÌan intenciÛn de tratar en algunos puertos de EspaÒa con
nombre de que eran bretones, y si nos llevaban vivos, serÌan castigados,
siendo descubierto su hurto. Mas el capit·n, que era el que habÌa despojado
a mi querida Zoraida, dijo que Èl se contentaba con la presa que tenÌa, y
que no querÌa tocar en ning˙n puerto de EspaÒa, sino pasar el estrecho de
Gibraltar de noche, o como pudiese, y irse a la Rochela, de donde habÌa
salido; y asÌ, tomaron por acuerdo de darnos el esquife de su navÌo, y todo
lo necesario para la corta navegaciÛn que nos quedaba, como lo hicieron
otra dÌa, ya a vista de tierra de EspaÒa, con la cual vista, todas nuestras
pesadumbres y pobrezas se nos olvidaron de todo punto, como si no hubieran
pasado por nosotros: tanto es el gusto de alcanzar la libertad perdida.

ªCerca de mediodÌa podrÌa ser cuando nos echaron en la barca, d·ndonos dos
barriles de agua y alg˙n bizcocho; y el capit·n, movido no sÈ de quÈ
misericordia, al embarcarse la hermosÌsima Zoraida, le dio hasta cuarenta
escudos de oro, y no consintiÛ que le quitasen sus soldados estos mesmos
vestidos que ahora tiene puestos. Entramos en el bajel; dÌmosles las
gracias por el bien que nos hacÌan, mostr·ndonos m·s agradecidos que
quejosos; ellos se hicieron a lo largo, siguiendo la derrota del estrecho;
nosotros, sin mirar a otro norte que a la tierra que se nos mostraba
delante, nos dimos tanta priesa a bogar que al poner del sol est·bamos tan
cerca que bien pudiÈramos, a nuestro parecer, llegar antes que fuera muy
noche; pero, por no parecer en aquella noche la luna y el cielo mostrarse
escuro, y por ignorar el paraje en que est·bamos, no nos pareciÛ cosa
segura embestir en tierra, como a muchos de nosotros les parecÌa, diciendo
que diÈsemos en ella, aunque fuese en unas peÒas y lejos de poblado, porque
asÌ asegurarÌamos el temor que de razÛn se debÌa tener que por allÌ
anduviesen bajeles de cosarios de Tetu·n, los cuales anochecen en BerberÌa
y amanecen en las costas de EspaÒa, y hacen de ordinario presa, y se
vuelven a dormir a sus casas. Pero, de los contrarios pareceres, el que se
tomÛ fue que nos lleg·semos poco a poco, y que si el sosiego del mar lo
concediese, desembarc·semos donde pudiÈsemos.

ªHÌzose asÌ, y poco antes de la media noche serÌa cuando llegamos al pie de
una disformÌsima y alta montaÒa, no tan junto al mar que no concediese un
poco de espacio para poder desembarcar cÛmodamente. Embestimos en la arena,
salimos a tierra, besamos el suelo, y, con l·grimas de muy alegrÌsimo
contento, dimos todos gracias a Dios, SeÒor Nuestro, por el bien tan
incomparable que nos habÌa hecho. Sacamos de la barca los bastimentos que
tenÌa, tir·mosla en tierra, y subÌmonos un grandÌsimo trecho en la montaÒa,
porque a˙n allÌ est·bamos, y a˙n no podÌamos asegurar el pecho, ni
acab·bamos de creer que era tierra de cristianos la que ya nos sostenÌa.
AmaneciÛ m·s tarde, a mi parecer, de lo que quisiÈramos. Acabamos de
subir toda la montaÒa, por ver si desde allÌ alg˙n poblado se descubrÌa, o
algunas cabaÒas de pastores; pero, aunque m·s tendimos la vista, ni
poblado, ni persona, ni senda, ni camino descubrimos. Con todo esto,
determinamos de entrarnos la tierra adentro, pues no podrÌa ser menos sino
que presto descubriÈsemos quien nos diese noticia della. Pero lo que a mÌ
m·s me fatigaba era el ver ir a pie a Zoraida por aquellas asperezas, que,
puesto que alguna vez la puse sobre mis hombros, m·s le cansaba a ella mi
cansancio que la reposaba su reposo; y asÌ, nunca m·s quiso que yo aquel
trabajo tomase; y, con mucha paciencia y muestras de alegrÌa, llev·ndola yo
siempre de la mano, poco menos de un cuarto de legua debÌamos de haber
andado, cuando llegÛ a nuestros oÌdos el son de una pequeÒa esquila, seÒal
clara que por allÌ cerca habÌa ganado; y, mirando todos con atenciÛn si
alguno se parecÌa, vimos al pie de un alcornoque un pastor mozo, que con
grande reposo y descuido estaba labrando un palo con un cuchillo. Dimos
voces, y Èl, alzando la cabeza, se puso ligeramente en pie, y, a lo que
despuÈs supimos, los primeros que a la vista se le ofrecieron fueron el
renegado y Zoraida, y, como Èl los vio en h·bito de moros, pensÛ que todos
los de la BerberÌa estaban sobre Èl; y, metiÈndose con estraÒa ligereza por
el bosque adelante, comenzÛ a dar los mayores gritos del mundo diciendo:
''°Moros, moros hay en la tierra! °Moros, moros! °Arma, arma!''

ªCon estas voces quedamos todos confusos, y no sabÌamos quÈ hacernos; pero,
considerando que las voces del pastor habÌan de alborotar la tierra, y que
la caballerÌa de la costa habÌa de venir luego a ver lo que era, acordamos
que el renegado se desnudase las ropas del turco y se vistiese un
gilecuelco o casaca de cautivo que uno de nosotros le dio luego, aunque se
quedÛ en camisa; y asÌ, encomend·ndonos a Dios, fuimos por el mismo camino
que vimos que el pastor llevaba, esperando siempre cu·ndo habÌa de dar
sobre nosotros la caballerÌa de la costa. Y no nos engaÒÛ nuestro
pensamiento, porque, a˙n no habrÌan pasado dos horas cuando, habiendo ya
salido de aquellas malezas a un llano, descubrimos hasta cincuenta
caballeros, que con gran ligereza, corriendo a media rienda, a nosotros se
venÌan, y asÌ como los vimos, nos estuvimos quedos aguard·ndolos; pero,
como ellos llegaron y vieron, en lugar de los moros que buscaban, tanto
pobre cristiano, quedaron confusos, y uno dellos nos preguntÛ si Èramos
nosotros acaso la ocasiÛn por que un pastor habÌa apellidado al arma.
''SÌ'', dije yo; y, queriendo comenzar a decirle mi suceso, y de dÛnde
venÌamos y quiÈn Èramos, uno de los cristianos que con nosotros venÌan
conociÛ al jinete que nos habÌa hecho la pregunta, y dijo, sin dejarme a mÌ
decir m·s palabra: ''°Gracias sean dadas a Dios, seÒores, que a tan buena
parte nos ha conducido!, porque, si yo no me engaÒo, la tierra que pisamos
es la de VÈlez M·laga, si ya los aÒos de mi cautiverio no me han quitado de
la memoria el acordarme que vos, seÒor, que nos pregunt·is quiÈn somos,
sois Pedro de Bustamante, tÌo mÌo''. Apenas hubo dicho esto el cristiano
cautivo, cuando el jinete se arrojÛ del caballo y vino a abrazar al mozo,
diciÈndole: ''Sobrino de mi alma y de mi vida, ya te conozco, y ya te he
llorado por muerto yo, y mi hermana, tu madre, y todos los tuyos, que a˙n
viven; y Dios ha sido servido de darles vida para que gocen el placer de
verte: ya sabÌamos que estabas en Argel, y por las seÒales y muestras de
tus vestidos, y la de todos los desta compaÒÌa, comprehendo que habÈis
tenido milagrosa libertad''. ''AsÌ es -respondiÛ el mozo-, y tiempo nos
quedar· para cont·roslo todo''.

ªLuego que los jinetes entendieron que Èramos cristianos cautivos, se
apearon de sus caballos, y cada uno nos convidaba con el suyo para
llevarnos a la ciudad de VÈlez M·laga, que legua y media de allÌ estaba.
Algunos dellos volvieron a llevar la barca a la ciudad, diciÈndoles dÛnde
la habÌamos dejado; otros nos subieron a las ancas, y Zoraida fue en las
del caballo del tÌo del cristiano. SaliÛnos a recebir todo el pueblo, que
ya de alguno que se habÌa adelantado sabÌan la nueva de nuestra venida. No
se admiraban de ver cautivos libres, ni moros cautivos, porque toda la
gente de aquella costa est· hecha a ver a los unos y a los otros; pero
admir·banse de la hermosura de Zoraida, la cual en aquel instante y sazÛn
estaba en su punto, ansÌ con el cansancio del camino como con la alegrÌa de
verse ya en tierra de cristianos, sin sobresalto de perderse; y esto le
habÌa sacado al rostro tales colores que, si no es que la aficiÛn entonces
me engaÒaba, osarÈ decir que m·s hermosa criatura no habÌa en el mundo; a
lo menos, que yo la hubiese visto.

ªFuimos derechos a la iglesia, a dar gracias a Dios por la merced recebida;
y, asÌ como en ella entrÛ Zoraida, dijo que allÌ habÌa rostros que se
parecÌan a los de Lela MariÈn. DijÌmosle que eran im·gines suyas, y como
mejor se pudo le dio el renegado a entender lo que significaban, para que
ella las adorase como si verdaderamente fueran cada una dellas la misma
Lela MariÈn que la habÌa hablado. Ella, que tiene buen entendimiento y un
natural f·cil y claro, entendiÛ luego cuanto acerca de las im·genes se le
dijo. Desde allÌ nos llevaron y repartieron a todos en diferentes casas del
pueblo; pero al renegado, Zoraida y a mÌ nos llevÛ el cristiano que vino
con nosotros, y en casa de sus padres, que medianamente eran acomodados de
los bienes de fortuna, y nos regalaron con tanto amor como a su mismo hijo.

ªSeis dÌas estuvimos en VÈlez, al cabo de los cuales el renegado, hecha su
informaciÛn de cuanto le convenÌa, se fue a la ciudad de Granada, a
reducirse por medio de la Santa InquisiciÛn al gremio santÌsimo de la
Iglesia; los dem·s cristianos libertados se fueron cada uno donde mejor le
pareciÛ; solos quedamos Zoraida y yo, con solos los escudos que la cortesÌa
del francÈs le dio a Zoraida, de los cuales comprÈ este animal en que ella
viene; y, sirviÈndola yo hasta agora de padre y escudero, y no de esposo,
vamos con intenciÛn de ver si mi padre es vivo, o si alguno de mis hermanos
ha tenido m·s prÛspera ventura que la mÌa, puesto que, por haberme hecho el
cielo compaÒero de Zoraida, me parece que ninguna otra suerte me pudiera
venir, por buena que fuera, que m·s la estimara. La paciencia con que
Zoraida lleva las incomodidades que la pobreza trae consigo, y el deseo que
muestra tener de verse ya cristiana es tanto y tal, que me admira y me
mueve a servirla todo el tiempo de mi vida, puesto que el gusto que tengo
de verme suyo y de que ella sea mÌa me lo turba y deshace no saber si
hallarÈ en mi tierra alg˙n rincÛn donde recogella, y si habr·n hecho el
tiempo y la muerte tal mudanza en la hacienda y vida de mi padre y hermanos
que apenas halle quien me conozca, si ellos faltan.ª No tengo m·s, seÒores,
que deciros de mi historia; la cual, si es agradable y peregrina, j˙zguenlo
vuestros buenos entendimientos; que de mÌ sÈ decir que quisiera habÈrosla
contado m·s brevemente, puesto que el temor de enfadaros m·s de cuatro
circustancias me ha quitado de la lengua.

CapÌtulo XLII. Que trata de lo que m·s sucediÛ en la venta y de otras
muchas cosas dignas de saberse

CallÛ, en diciendo esto, el cautivo, a quien don Fernando dijo:

-Por cierto, seÒor capit·n, el modo con que habÈis contado este estraÒo
suceso ha sido tal, que iguala a la novedad y estraÒeza del mesmo caso.
Todo es peregrino y raro, y lleno de accidentes que maravillan y suspenden
a quien los oye; y es de tal manera el gusto que hemos recebido en
escuchalle, que, aunque nos hallara el dÌa de maÒana entretenidos en el
mesmo cuento, holg·ramos que de nuevo se comenzara.

Y, en diciendo esto, don Fernando y todos los dem·s se le ofrecieron, con
todo lo a ellos posible para servirle, con palabras y razones tan amorosas
y tan verdaderas que el capit·n se tuvo por bien satisfecho de sus
voluntades. Especialmente, le ofreciÛ don Fernando que si querÌa volverse
con Èl, que Èl harÌa que el marquÈs, su hermano, fuese padrino del bautismo
de Zoraida, y que Èl, por su parte, le acomodarÌa de manera que pudiese
entrar en su tierra con el autoridad y cÛmodo que a su persona se debÌa.
Todo lo agradeciÛ cortesÌsimamente el cautivo, pero no quiso acetar ninguno
de sus liberales ofrecimientos.

En esto, llegaba ya la noche, y, al cerrar della, llegÛ a la venta un
coche, con algunos hombres de a caballo. Pidieron posada; a quien la
ventera respondiÛ que no habÌa en toda la venta un palmo desocupado.

-Pues, aunque eso sea -dijo uno de los de a caballo que habÌan entrado-, no
ha de faltar para el seÒor oidor que aquÌ viene.

A este nombre se turbÛ la g¸Èspeda, y dijo:

-SeÒor, lo que en ello hay es que no tengo camas: si es que su merced del
seÒor oidor la trae, que sÌ debe de traer, entre en buen hora, que yo y mi
marido nos saldremos de nuestro aposento por acomodar a su merced.

-Sea en buen hora -dijo el escudero.

Pero, a este tiempo, ya habÌa salido del coche un hombre, que en el traje
mostrÛ luego el oficio y cargo que tenÌa, porque la ropa luenga, con las
mangas arrocadas, que vestÌa, mostraron ser oidor, como su criado habÌa
dicho. TraÌa de la mano a una doncella, al parecer de hasta diez y seis
aÒos, vestida de camino, tan bizarra, tan hermosa y tan gallarda que a
todos puso en admiraciÛn su vista; de suerte que, a no haber visto a
Dorotea y a Luscinda y Zoraida, que en la venta estaban, creyeran que otra
tal hermosura como la desta doncella difÌcilmente pudiera hallarse. HallÛse
don Quijote al entrar del oidor y de la doncella, y, asÌ como le vio, dijo:

-Seguramente puede vuestra merced entrar y espaciarse en este castillo,
que, aunque es estrecho y mal acomodado, no hay estrecheza ni incomodidad
en el mundo que no dÈ lugar a las armas y a las letras, y m·s si las armas
y letras traen por guÌa y adalid a la fermosura, como la traen las letras
de vuestra merced en esta fermosa doncella, a quien deben no sÛlo abrirse y
manifestarse los castillos, sino apartarse los riscos, y devidirse y
abajarse las montaÒas, para dalle acogida. Entre vuestra merced, digo, en
este paraÌso, que aquÌ hallar· estrellas y soles que acompaÒen el cielo que
vuestra merced trae consigo; aquÌ hallar· las armas en su punto y la
hermosura en su estremo.

Admirado quedÛ el oidor del razonamiento de don Quijote, a quien se puso a
mirar muy de propÛsito, y no menos le admiraba su talle que sus palabras;
y, sin hallar ningunas con que respondelle, se tornÛ a admirar de nuevo
cuando vio delante de sÌ a Luscinda, Dorotea y a Zoraida, que, a las nuevas
de los nuevos g¸Èspedes y a las que la ventera les habÌa dado de la
hermosura de la doncella, habÌan venido a verla y a recebirla. Pero don
Fernando, Cardenio y el cura le hicieron m·s llanos y m·s cortesanos
ofrecimientos. En efecto, el seÒor oidor entrÛ confuso, asÌ de lo que veÌa
como de lo que escuchaba, y las hermosas de la venta dieron la bienllegada
a la hermosa doncella.

En resoluciÛn, bien echÛ de ver el oidor que era gente principal toda la
que allÌ estaba; pero el talle, visaje y la apostura de don Quijote le
desatinaba; y, habiendo pasado entre todos corteses ofrecimientos y
tanteado la comodidad de la venta, se ordenÛ lo que antes estaba ordenado:
que todas las mujeres se entrasen en el camaranchÛn ya referido, y que los
hombres se quedasen fuera, como en su guarda. Y asÌ, fue contento el oidor
que su hija, que era la doncella, se fuese con aquellas seÒoras, lo que
ella hizo de muy buena gana. Y con parte de la estrecha cama del ventero, y
con la mitad de la que el oidor traÌa, se acomodaron aquella noche mejor de
lo que pensaban.

El cautivo, que, desde el punto que vio al oidor, le dio saltos el corazÛn
y barruntos de que aquÈl era su hermano, preguntÛ a uno de los criados que
con Èl venÌan que cÛmo se llamaba y si sabÌa de quÈ tierra era. El criado
le respondiÛ que se llamaba el licenciado Juan PÈrez de Viedma, y que habÌa
oÌdo decir que era de un lugar de las montaÒas de LeÛn. Con esta relaciÛn y
con lo que Èl habÌa visto se acabÛ de confirmar de que aquÈl era su
hermano, que habÌa seguido las letras por consejo de su padre; y,
alborotado y contento, llamando aparte a don Fernando, a Cardenio y al
cura, les contÛ lo que pasaba, certific·ndoles que aquel oidor era su
hermano. HabÌale dicho tambiÈn el criado como iba proveÌdo por oidor a las
Indias, en la Audiencia de MÈjico. Supo tambiÈn como aquella doncella era
su hija, de cuyo parto habÌa muerto su madre, y que Èl habÌa quedado muy
rico con el dote que con la hija se le quedÛ en casa. PidiÛles consejo quÈ
modo tendrÌa para descubrirse, o para conocer primero si, despuÈs de
descubierto, su hermano, por verle pobre, se afrentaba o le recebÌa con
buenas entraÒas.

-DÈjeseme a mÌ el hacer esa experiencia -dijo el cura-; cuanto m·s, que no
hay pensar sino que vos, seÒor capit·n, serÈis muy bien recebido; porque el
valor y prudencia que en su buen parecer descubre vuestro hermano no da
indicios de ser arrogante ni desconocido, ni que no ha de saber poner los
casos de la fortuna en su punto.

-Con todo eso -dijo el capit·n- yo querrÌa, no de improviso, sino por
rodeos, d·rmele a conocer.

-Ya os digo -respondiÛ el cura- que yo lo trazarÈ de modo que todos
quedemos satisfechos.

Ya, en esto, estaba aderezada la cena, y todos se sentaron a la mesa, eceto
el cautivo y las seÒoras, que cenaron de por sÌ en su aposento. En la mitad
de la cena dijo el cura:

-Del mesmo nombre de vuestra merced, seÒor oidor, tuve yo una camarada en
Costantinopla, donde estuve cautivo algunos aÒos; la cual camarada era uno
de los valientes soldados y capitanes que habÌa en toda la infanterÌa
espaÒola, pero tanto cuanto tenÌa de esforzado y valeroso lo tenÌa de
desdichado.

-Y øcÛmo se llamaba ese capit·n, seÒor mÌo? -preguntÛ el oidor.

-Llam·base -respondiÛ el cura- Ruy PÈrez de Viedma, y era natural de un
lugar de las montaÒas de LeÛn, el cual me contÛ un caso que a su padre
con sus hermanos le habÌa sucedido, que, a no cont·rmelo un hombre tan
verdadero como Èl, lo tuviera por conseja de aquellas que las viejas
cuentan el invierno al fuego. Porque me dijo que su padre habÌa dividido su
hacienda entre tres hijos que tenÌa, y les habÌa dado ciertos consejos,
mejores que los de CatÛn. Y sÈ yo decir que el que Èl escogiÛ de venir a la
guerra le habÌa sucedido tan bien que en pocos aÒos, por su valor y
esfuerzo, sin otro brazo que el de su mucha virtud, subiÛ a ser capit·n de
infanterÌa, y a verse en camino y predicamento de ser presto maestre de
campo. Pero fuele la fortuna contraria, pues donde la pudiera esperar y
tener buena, allÌ la perdiÛ, con perder la libertad en la felicÌsima
jornada donde tantos la cobraron, que fue en la batalla de Lepanto. Yo la
perdÌ en la Goleta, y despuÈs, por diferentes sucesos, nos hallamos
camaradas en Costantinopla. Desde allÌ vino a Argel, donde sÈ que le
sucediÛ uno de los m·s estraÒos casos que en el mundo han sucedido.

De aquÌ fue prosiguiendo el cura, y, con brevedad sucinta, contÛ lo que con
Zoraida a su hermano habÌa sucedido; a todo lo cual estaba tan atento el
oidor, que ninguna vez habÌa sido tan oidor como entonces. SÛlo llegÛ el
cura al punto de cuando los franceses despojaron a los cristianos que en la
barca venÌan, y la pobreza y necesidad en que su camarada y la hermosa mora
habÌan quedado; de los cuales no habÌa sabido en quÈ habÌan parado, ni si
habÌan llegado a EspaÒa, o llev·dolos los franceses a Francia.

Todo lo que el cura decÌa estaba escuchando, algo de allÌ desviado, el
capit·n, y notaba todos los movimientos que su hermano hacÌa; el cual,
viendo que ya el cura habÌa llegado al fin de su cuento, dando un grande
suspiro y llen·ndosele los ojos de agua, dijo:

-°Oh, seÒor, si supiÈsedes las nuevas que me habÈis contado, y cÛmo me
tocan tan en parte que me es forzoso dar muestras dello con estas l·grimas
que, contra toda mi discreciÛn y recato, me salen por los ojos! Ese capit·n
tan valeroso que decÌs es mi mayor hermano, el cual, como m·s fuerte y de
m·s altos pensamientos que yo ni otro hermano menor mÌo, escogiÛ el honroso
y digno ejercicio de la guerra, que fue uno de los tres caminos que nuestro
padre nos propuso, seg˙n os dijo vuestra camarada en la conseja que, a
vuestro parecer, le oÌstes. Yo seguÌ el de las letras, en las cuales Dios y
mi diligencia me han puesto en el grado que me veis. Mi menor hermano est·
en el Pir˙, tan rico que con lo que ha enviado a mi padre y a mÌ ha
satisfecho bien la parte que Èl se llevÛ, y aun dado a las manos de mi
padre con que poder hartar su liberalidad natural; y yo, ansimesmo, he
podido con m·s decencia y autoridad tratarme en mis estudios y llegar al
puesto en que me veo. Vive a˙n mi padre, muriendo con el deseo de saber de
su hijo mayor, y pide a Dios con continuas oraciones no cierre la muerte
sus ojos hasta que Èl vea con vida a los de su hijo; del cual me maravillo,
siendo tan discreto, cÛmo en tantos trabajos y afliciones, o prÛsperos
sucesos, se haya descuidado de dar noticia de sÌ a su padre; que si Èl lo
supiera, o alguno de nosotros, no tuviera necesidad de aguardar al milagro
de la caÒa para alcanzar su rescate. Pero de lo que yo agora me temo es de
pensar si aquellos franceses le habr·n dado libertad, o le habr·n muerto
por encubrir su hurto. Esto todo ser· que yo prosiga mi viaje, no con aquel
contento con que le comencÈ, sino con toda melancolÌa y tristeza. °Oh buen
hermano mÌo, y quiÈn supiera agora dÛnde estabas; que yo te fuera a buscar
y a librar de tus trabajos, aunque fuera a costa de los mÌos! °Oh, quiÈn
llevara nuevas a nuestro viejo padre de que tenÌas vida, aunque estuvieras
en las mazmorras m·s escondidas de BerberÌa; que de allÌ te sacaran sus
riquezas, las de mi hermano y las mÌas! °Oh Zoraida hermosa y liberal,
quiÈn pudiera pagar el bien que a un hermano hiciste!; °quiÈn pudiera
hallarse al renacer de tu alma, y a las bodas, que tanto gusto a todos nos
dieran!

Estas y otras semejantes palabras decÌa el oidor, lleno de tanta compasiÛn
con las nuevas que de su hermano le habÌan dado, que todos los que le oÌan
le acompaÒaban en dar muestras del sentimiento que tenÌan de su l·stima.

Viendo, pues, el cura que tan bien habÌa salido con su intenciÛn y con lo
que deseaba el capit·n, no quiso tenerlos a todos m·s tiempo tristes, y
asÌ, se levantÛ de la mesa, y, entrando donde estaba Zoraida, la tomÛ por
la mano, y tras ella se vinieron Luscinda, Dorotea y la hija del oidor.
Estaba esperando el capit·n a ver lo que el cura querÌa hacer, que fue que,
tom·ndole a Èl asimesmo de la otra mano, con entrambos a dos se fue donde
el oidor y los dem·s caballeros estaban, y dijo:

-Cesen, seÒor oidor, vuestras l·grimas, y cÛlmese vuestro deseo de todo el
bien que acertare a desearse, pues tenÈis delante a vuestro buen hermano y
a vuestra buena cuÒada. …ste que aquÌ veis es el capit·n Viedma, y Èsta, la
hermosa mora que tanto bien le hizo. Los franceses que os dije los pusieron
en la estrecheza que veis, para que vos mostrÈis la liberalidad de vuestro
buen pecho.

AcudiÛ el capit·n a abrazar a su hermano, y Èl le puso ambas manos en los
pechos por mirarle algo m·s apartado; mas, cuando le acabÛ de conocer, le
abrazÛ tan estrechamente, derramando tan tiernas l·grimas de contento,que
los m·s de los que presentes estaban le hubieron de acompaÒar en ellas. Las
palabras que entrambos hermanos se dijeron, los sentimientos que mostraron,
apenas creo que pueden pensarse, cuanto m·s escribirse. AllÌ, en breves
razones, se dieron cuenta de sus sucesos; allÌ mostraron puesta en su punto
la buena amistad de dos hermanos; allÌ abrazÛ el oidor a Zoraida; allÌ la
ofreciÛ su hacienda; allÌ hizo que la abrazase su hija; allÌ la cristiana
hermosa y la mora hermosÌsima renovaron las l·grimas de todos.

AllÌ don Quijote estaba atento, sin hablar palabra, considerando estos tan
estraÒos sucesos, atribuyÈndolos todos a quimeras de la andante caballerÌa.
AllÌ concertaron que el capit·n y Zoraida se volviesen con su hermano a
Sevilla y avisasen a su padre de su hallazgo y libertad, para que, como
pudiese, viniese a hallarse en las bodas y bautismo de Zoraida, por no le
ser al oidor posible dejar el camino que llevaba, a causa de tener nuevas
que de allÌ a un mes partÌa la flota de Sevilla a la Nueva EspaÒa, y
fuÈrale de grande incomodidad perder el viaje.

En resoluciÛn, todos quedaron contentos y alegres del buen suceso del
cautivo; y, como ya la noche iba casi en las dos partes de su jornada,
acordaron de recogerse y reposar lo que de ella les quedaba. Don Quijote se
ofreciÛ a hacer la guardia del castillo, porque de alg˙n gigante o otro mal
andante follÛn no fuesen acometidos, codiciosos del gran tesoro de
hermosura que en aquel castillo se encerraba. AgradeciÈronselo los que le
conocÌan, y dieron al oidor cuenta del humor estraÒo de don Quijote, de que
no poco gusto recibiÛ.

SÛlo Sancho Panza se desesperaba con la tardanza del recogimiento, y sÛlo
Èl se acomodÛ mejor que todos, ech·ndose sobre los aparejos de su jumento,
que le costaron tan caros como adelante se dir·.

Recogidas, pues, las damas en su estancia, y los dem·s acomod·dose como
menos mal pudieron, don Quijote se saliÛ fuera de la venta a hacer la
centinela del castillo, como lo habÌa prometido.

SucediÛ, pues, que faltando poco por venir el alba, llegÛ a los oÌdos de
las damas una voz tan entonada y tan buena, que les obligÛ a que todas le
prestasen atento oÌdo, especialmente Dorotea, que despierta estaba, a cuyo
lado dormÌa doÒa Clara de Viedma, que ansÌ se llamaba la hija del oidor.
Nadie podÌa imaginar quiÈn era la persona que tan bien cantaba, y era una
voz sola, sin que la acompaÒase instrumento alguno. Unas veces les parecÌa
que cantaban en el patio; otras, que en la caballeriza; y, estando en esta
confusiÛn muy atentas, llegÛ a la puerta del aposento Cardenio y dijo:

-Quien no duerme, escuche; que oir·n una voz de un mozo de mulas, que de
tal manera canta que encanta.

-Ya lo oÌmos, seÒor -respondiÛ Dorotea.

Y, con esto, se fue Cardenio; y Dorotea, poniendo toda la atenciÛn posible,
entendiÛ que lo que se cantaba era esto:

CapÌtulo XLIII. Donde se cuenta la agradable historia del mozo de mulas,
con otros estraÒos acaecimientos en la venta sucedidos]

-Marinero soy de amor,

y en su piÈlago profundo

navego sin esperanza

de llegar a puerto alguno.

Siguiendo voy a una estrella

que desde lejos descubro,

m·s bella y resplandeciente

que cuantas vio Palinuro.

Yo no sÈ adÛnde me guÌa,

y asÌ, navego confuso,

el alma a mirarla atenta,

cuidadosa y con descuido.

Recatos impertinentes,

honestidad contra el uso,

son nubes que me la encubren

cuando m·s verla procuro.

°Oh clara y luciente estrella,

en cuya lumbre me apuro!;

al punto que te me encubras,

ser· de mi muerte el punto.

Llegando el que cantaba a este punto, le pareciÛ a Dorotea que no serÌa
bien que dejase Clara de oÌr una tan buena voz; y asÌ, moviÈndola a una y a
otra parte, la despertÛ diciÈndole:

-PerdÛname, niÒa, que te despierto, pues lo hago porque gustes de oÌr la
mejor voz que quiz· habr·s oÌdo en toda tu vida.

Clara despertÛ toda soÒolienta, y de la primera vez no entendiÛ lo que
Dorotea le decÌa; y, volviÈndoselo a preguntar, ella se lo volviÛ a decir,
por lo cual estuvo atenta Clara. Pero, apenas hubo oÌdo dos versos que el
que cantaba iba prosiguiendo, cuando le tomÛ un temblor tan estraÒo como si
de alg˙n grave accidente de cuartana estuviera enferma, y, abraz·ndose
estrechamente con Teodora, le dijo:

-°Ay seÒora de mi alma y de mi vida!, øpara quÈ me despertastes?; que el
mayor bien que la fortuna me podÌa hacer por ahora era tenerme cerrados los
ojos y los oÌdos, para no ver ni oÌr a ese desdichado m˙sico.

-øQuÈ es lo que dices, niÒa?; mira que dicen que el que canta es un mozo de
mulas.

-No es sino seÒor de lugares -respondiÛ Clara-, y el que le tiene en mi
alma con tanta seguridad que si Èl no quiere dejalle, no le ser· quitado
eternamente.

Admirada quedÛ Dorotea de las sentidas razones de la muchacha, pareciÈndole
que se aventajaban en mucho a la discreciÛn que sus pocos aÒos prometÌan; y
asÌ, le dijo:

-Habl·is de modo, seÒora Clara, que no puedo entenderos: declaraos m·s y
decidme quÈ es lo que decÌs de alma y de lugares, y deste m˙sico, cuya voz
tan inquieta os tiene. Pero no me dig·is nada por ahora, que no quiero
perder, por acudir a vuestro sobresalto, el gusto que recibo de oÌr al que
canta; que me parece que con nuevos versos y nuevo tono torna a su canto.

-Sea en buen hora -respondiÛ Clara.

Y, por no oÌlle, se tapÛ con las manos entrambos oÌdos, de lo que tambiÈn
se admirÛ Dorotea; la cual, estando atenta a lo que se cantaba, vio que
proseguÌan en esta manera:

-Dulce esperanza mÌa,

que, rompiendo imposibles y malezas,

sigues firme la vÌa

que t˙ mesma te finges y aderezas:

no te desmaye el verte

a cada paso junto al de tu muerte.

No alcanzan perezosos

honrados triunfos ni vitoria alguna,

ni pueden ser dichosos

los que, no contrastando a la fortuna,

entregan, desvalidos,

al ocio blando todos los sentidos.

Que amor sus glorias venda

caras, es gran razÛn, y es trato justo,

pues no hay m·s rica prenda

que la que se quilata por su gusto;

y es cosa manifiesta

que no es de estima lo que poco cuesta.

Amorosas porfÌas

tal vez alcanzan imposibles cosas;

y ansÌ, aunque con las mÌas

sigo de amor las m·s dificultosas,

no por eso recelo

de no alcanzar desde la tierra el cielo.

AquÌ dio fin la voz, y principio a nuevos sollozos Clara. Todo lo cual
encendÌa el deseo de Dorotea, que deseaba saber la causa de tan suave canto
y de tan triste lloro. Y asÌ, le volviÛ a preguntar quÈ era lo que le
querÌa decir denantes. Entonces Clara, temerosa de que Luscinda no la
oyese, abrazando estrechamente a Dorotea, puso su boca tan junto del oÌdo
de Dorotea, que seguramente podÌa hablar sin ser de otro sentida, y asÌ le
dijo:

-Este que canta, seÒora mÌa, es un hijo de un caballero natural del reino
de AragÛn, seÒor de dos lugares, el cual vivÌa frontero de la casa de mi
padre en la Corte; y, aunque mi padre tenÌa las ventanas de su casa con
lienzos en el invierno y celosÌas en el verano, yo no sÈ lo que fue, ni lo
que no, que este caballero, que andaba al estudio, me vio, ni sÈ si en la
iglesia o en otra parte. Finalmente, Èl se enamorÛ de mÌ, y me lo dio a
entender desde las ventanas de su casa con tantas seÒas y con tantas
l·grimas, que yo le hube de creer, y aun querer, sin saber lo que me
querÌa. Entre las seÒas que me hacÌa, era una de juntarse la una mano con
la otra, d·ndome a entender que se casarÌa conmigo; y, aunque yo me
holgarÌa mucho de que ansÌ fuera, como sola y sin madre, no sabÌa con quiÈn
comunicallo, y asÌ, lo dejÈ estar sin dalle otro favor si no era, cuando
estaba mi padre fuera de casa y el suyo tambiÈn, alzar un poco el lienzo o
la celosÌa y dejarme ver toda, de lo que Èl hacÌa tanta fiesta, que daba
seÒales de volverse loco. LlegÛse en esto el tiempo de la partida de mi
padre, la cual Èl supo, y no de mÌ, pues nunca pude decÌrselo. CayÛ malo, a
lo que yo entiendo, de pesadumbre; y asÌ, el dÌa que nos partimos nunca
pude verle para despedirme dÈl, siquiera con los ojos. Pero, a cabo de dos
dÌas que camin·bamos, al entrar de una posada, en un lugar una jornada de
aquÌ, le vi a la puerta del mesÛn, puesto en h·bito de mozo de mulas, tan
al natural que si yo no le trujera tan retratado en mi alma fuera imposible
conocelle. ConocÌle, admirÈme y alegrÈme; Èl me mirÛ a hurto de mi padre,
de quien Èl siempre se esconde cuando atraviesa por delante de mÌ en los
caminos y en las posadas do llegamos; y, como yo sÈ quiÈn es, y considero
que por amor de mÌ viene a pie y con tanto trabajo, muÈrome de pesadumbre,
y adonde Èl pone los pies pongo yo los ojos. No sÈ con quÈ intenciÛn viene,
ni cÛmo ha podido escaparse de su padre, que le quiere estraordinariamente,
porque no tiene otro heredero, y porque Èl lo merece, como lo ver· vuestra
merced cuando le vea. Y m·s le sÈ decir: que todo aquello que canta lo saca
de su cabeza; que he oÌdo decir que es muy gran estudiante y poeta. Y hay
m·s: que cada vez que le veo o le oigo cantar, tiemblo toda y me
sobresalto, temerosa de que mi padre le conozca y venga en conocimiento de
nuestros deseos. En mi vida le he hablado palabra, y, con todo eso, le
quiero de manera que no he de poder vivir sin Èl. Esto es, seÒora mÌa, todo
lo que os puedo decir deste m˙sico, cuya voz tanto os ha contentado; que en
sola ella echarÈis bien de ver que no es mozo de mulas, como decÌs, sino
seÒor de almas y lugares, como yo os he dicho.

-No dig·is m·s, seÒora doÒa Clara -dijo a esta sazÛn Dorotea, y esto,
bes·ndola mil veces-; no dig·is m·s, digo, y esperad que venga el nuevo
dÌa, que yo espero en Dios de encaminar de manera vuestros negocios, que
tengan el felice fin que tan honestos principios merecen.

-°Ay seÒora! -dijo doÒa Clara-, øquÈ fin se puede esperar, si su padre es
tan principal y tan rico que le parecer· que aun yo no puedo ser criada de
su hijo, cuanto m·s esposa? Pues casarme yo a hurto de mi padre, no lo harÈ
por cuanto hay en el mundo. No querrÌa sino que este mozo se volviese y me
dejase; quiz· con no velle y con la gran distancia del camino que llevamos
se me aliviarÌa la pena que ahora llevo, aunque sÈ decir que este remedio
que me imagino me ha de aprovechar bien poco. No sÈ quÈ diablos ha sido
esto, ni por dÛnde se ha entrado este amor que le tengo, siendo yo tan
muchacha y Èl tan muchacho, que en verdad que creo que somos de una edad
mesma, y que yo no tengo cumplidos diez y seis aÒos; que para el dÌa de San
Miguel que vendr· dice mi padre que los cumplo.

No pudo dejar de reÌrse Dorotea, oyendo cu·n como niÒa hablaba doÒa Clara,
a quien dijo:

-Reposemos, seÒora, lo poco que creo queda de la noche, y amanecer· Dios y
medraremos, o mal me andar·n las manos.

Soseg·ronse con esto, y en toda la venta se guardaba un grande silencio;
solamente no dormÌan la hija de la ventera y Maritornes, su criada, las
cuales, como ya sabÌan el humor de que pecaba don Quijote, y que estaba
fuera de la venta armado y a caballo haciendo la guarda, determinaron las
dos de hacelle alguna burla, o, a lo menos, de pasar un poco el tiempo
oyÈndole sus disparates.

Es, pues, el caso que en toda la venta no habÌa ventana que saliese al
campo, sino un agujero de un pajar, por donde echaban la paja por defuera.
A este agujero se pusieron las dos semidoncellas, y vieron que don Quijote
estaba a caballo, recostado sobre su lanzÛn, dando de cuando en cuando tan
dolientes y profundos suspiros que parecÌa, que con cada uno se le
arrancaba el alma. Y asimesmo oyeron que decÌa con voz blanda, regalada y
amorosa:

-°Oh mi seÒora Dulcinea del Toboso, estremo de toda hermosura, fin y remate
de la discreciÛn, archivo del mejor donaire, depÛsito de la honestidad, y,
ultimadamente, idea de todo lo provechoso, honesto y deleitable que hay en
el mundo! Y øquÈ far· agora la tu merced? øSi tendr·s por ventura las
mientes en tu cautivo caballero, que a tantos peligros, por sÛlo servirte,
de su voluntad ha querido ponerse? Dame t˙ nuevas della, °oh luminaria de
las tres caras! Quiz· con envidia de la suya la est·s ahora mirando; que, o
pase·ndose por alguna galerÌa de sus suntuosos palacios, o ya puesta de
pechos sobre alg˙n balcÛn, est· considerando cÛmo, salva su honestidad y
grandeza, ha de amansar la tormenta que por ella este mi cuitado corazÛn
padece, quÈ gloria ha de dar a mis penas, quÈ sosiego a mi cuidado y,
finalmente, quÈ vida a mi muerte y quÈ premio a mis servicios. Y t˙, sol,
que ya debes de estar apriesa ensillando tus caballos, por madrugar y salir
a ver a mi seÒora, asÌ como la veas, suplÌcote que de mi parte la saludes;
pero gu·rdate que al verla y saludarla no le des paz en el rostro, que
tendrÈ m·s celos de ti que t˙ los tuviste de aquella ligera ingrata que
tanto te hizo sudar y correr por los llanos de Tesalia, o por las riberas
de Peneo, que no me acuerdo bien por dÛnde corriste entonces celoso y
enamorado.

A este punto llegaba entonces don Quijote en su tan lastimero
razonamiento, cuando la hija de la ventera le comenzÛ a cecear y a
decirle:

-SeÒor mÌo, llÈguese ac· la vuestra merced si es servido.

A cuyas seÒas y voz volviÛ don Quijote la cabeza, y vio, a la luz de la
luna, que entonces estaba en toda su claridad, cÛmo le llamaban del agujero
que a Èl le pareciÛ ventana, y aun con rejas doradas, como conviene que las
tengan tan ricos castillos como Èl se imaginaba que era aquella venta; y
luego en el instante se le representÛ en su loca imaginaciÛn que otra vez,
como la pasada, la doncella fermosa, hija de la seÒora de aquel castillo,
vencida de su amor, tornaba a solicitarle; y con este pensamiento, por no
mostrarse descortÈs y desagradecido, volviÛ las riendas a Rocinante y se
llegÛ al agujero, y, asÌ como vio a las dos mozas, dijo:

-L·stima os tengo, fermosa seÒora, de que hayades puesto vuestras amorosas
mientes en parte donde no es posible corresponderos conforme merece vuestro
gran valor y gentileza; de lo que no debÈis dar culpa a este miserable
andante caballero, a quien tiene amor imposibilitado de poder entregar su
voluntad a otra que aquella que, en el punto que sus ojos la vieron, la
hizo seÒora absoluta de su alma. Perdonadme, buena seÒora, y recogeos en
vuestro aposento, y no quer·is, con significarme m·s vuestros deseos, que
yo me muestre m·s desagradecido; y si del amor que me tenÈis hall·is en mÌ
otra cosa con que satisfaceros, que el mismo amor no sea, pedÌdmela; que yo
os juro, por aquella ausente enemiga dulce mÌa, de d·rosla en continente,
si bien me pidiÈsedes una guedeja de los cabellos de Medusa, que eran todos
culebras, o ya los mesmos rayos del sol encerrados en una redoma.

-No ha menester nada deso mi seÒora, seÒor caballero -dijo a este punto
Maritornes.

-Pues, øquÈ ha menester, discreta dueÒa, vuestra seÒora? -respondiÛ don
Quijote.

-Sola una de vuestras hermosas manos -dijo Maritornes-, por poder deshogar
con ella el gran deseo que a este agujero la ha traÌdo, tan a peligro de su
honor que si su seÒor padre la hubiera sentido, la menor tajada della fuera
la oreja.

-°Ya quisiera yo ver eso! -respondiÛ don Quijote-; pero Èl se guardar· bien
deso, si ya no quiere hacer el m·s desastrado fin que padre hizo en el
mundo, por haber puesto las manos en los delicados miembros de su enamorada
hija.

PareciÛle a Maritornes que sin duda don Quijote darÌa la mano que le habÌan
pedido, y, proponiendo en su pensamiento lo que habÌa de hacer, se bajÛ del
agujero y se fue a la caballeriza, donde tomÛ el cabestro del jumento de
Sancho Panza, y con mucha presteza se volviÛ a su agujero, a tiempo que don
Quijote se habÌa puesto de pies sobre la silla de Rocinante, por alcanzar a
la ventana enrejada, donde se imaginaba estar la ferida doncella; y, al
darle la mano, dijo:

-Tomad, seÒora, esa mano, o, por mejor decir, ese verdugo de los
malhechores del mundo; tomad esa mano, digo, a quien no ha tocado otra de
mujer alguna, ni aun la de aquella que tiene entera posesiÛn de todo mi
cuerpo. No os la doy para que la besÈis, sino para que mirÈis la contestura
de sus nervios, la trabazÛn de sus m˙sculos, la anchura y espaciosidad de
sus venas; de donde sacarÈis quÈ tal debe de ser la fuerza del brazo que
tal mano tiene.

-Ahora lo veremos -dijo Maritornes.

Y, haciendo una lazada corrediza al cabestro, se la echÛ a la muÒeca, y,
baj·ndose del agujero, atÛ lo que quedaba al cerrojo de la puerta del pajar
muy fuertemente. Don Quijote, que sintiÛ la aspereza del cordel en su
muÒeca, dijo:

-M·s parece que vuestra merced me ralla que no que me regala la mano; no la
tratÈis tan mal, pues ella no tiene la culpa del mal que mi voluntad os
hace, ni es bien que en tan poca parte venguÈis el todo de vuestro enojo.
Mirad que quien quiere bien no se venga tan mal.

Pero todas estas razones de don Quijote ya no las escuchaba nadie, porque,
asÌ como Maritornes le atÛ, ella y la otra se fueron, muertas de risa, y le
dejaron asido de manera que fue imposible soltarse.

Estaba, pues, como se ha dicho, de pies sobre Rocinante, metido todo el
brazo por el agujero y atado de la muÒeca, y al cerrojo de la puerta, con
grandÌsimo temor y cuidado, que si Rocinante se desviaba a un cabo o a
otro, habÌa de quedar colgado del brazo; y asÌ, no osaba hacer movimiento
alguno, puesto que de la paciencia y quietud de Rocinante bien se podÌa
esperar que estarÌa sin moverse un siglo entero.

En resoluciÛn, viÈndose don Quijote atado, y que ya las damas se habÌan
ido, se dio a imaginar que todo aquello se hacÌa por vÌa de encantamento,
como la vez pasada, cuando en aquel mesmo castillo le moliÛ aquel moro
encantado del arriero; y maldecÌa entre sÌ su poca discreciÛn y discurso,
pues, habiendo salido tan mal la vez primera de aquel castillo, se habÌa
aventurado a entrar en Èl la segunda, siendo advertimiento de caballeros
andantes que, cuando han probado una aventura y no salido bien con ella, es
seÒal que no est· para ellos guardada, sino para otros; y asÌ, no tienen
necesidad de probarla segunda vez. Con todo esto, tiraba de su brazo, por
ver si podÌa soltarse; mas Èl estaba tan bien asido, que todas sus pruebas
fueron en vano. Bien es verdad que tiraba con tiento, porque Rocinante no
se moviese; y, aunque Èl quisiera sentarse y ponerse en la silla, no podÌa
sino estar en pie, o arrancarse la mano.

AllÌ fue el desear de la espada de AmadÌs, contra quien no tenÌa fuerza de
encantamento alguno; allÌ fue el maldecir de su fortuna; allÌ fue el
exagerar la falta que harÌa en el mundo su presencia el tiempo que allÌ
estuviese encantado, que sin duda alguna se habÌa creÌdo que lo estaba;
allÌ el acordarse de nuevo de su querida Dulcinea del Toboso; allÌ fue el
llamar a su buen escudero Sancho Panza, que, sepultado en sueÒo y tendido
sobre el albarda de su jumento, no se acordaba en aquel instante de la
madre que lo habÌa parido; allÌ llamÛ a los sabios Lirgandeo y Alquife, que
le ayudasen; allÌ invocÛ a su buena amiga Urganda, que le socorriese, y,
finalmente, allÌ le tomÛ la maÒana, tan desesperado y confuso que bramaba
como un toro; porque no esperaba Èl que con el dÌa se remediara su cuita,
porque la tenÌa por eterna, teniÈndose por encantado. Y hacÌale creer esto
ver que Rocinante poco ni mucho se movÌa, y creÌa que de aquella suerte,
sin comer ni beber ni dormir, habÌan de estar Èl y su caballo, hasta que
aquel mal influjo de las estrellas se pasase, o hasta que otro m·s sabio
encantador le desencantase.

Pero engaÒÛse mucho en su creencia, porque, apenas comenzÛ a amanecer,
cuando llegaron a la venta cuatro hombres de a caballo, muy bien puestos y
aderezados, con sus escopetas sobre los arzones. Llamaron a la puerta de la
venta, que a˙n estaba cerrada, con grandes golpes; lo cual, visto por don
Quijote desde donde a˙n no dejaba de hacer la centinela, con voz arrogante
y alta dijo:

-Caballeros, o escuderos, o quienquiera que se·is: no tenÈis para quÈ
llamar a las puertas deste castillo; que asaz de claro est· que a tales

Book of the day: