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Don Quijote by Miguel de Cervantes [Saavedra] [in Spanish]

Part 6 out of 19

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imperfecto, y que no se le han de poner embarazos donde tropiece y caiga,
sino quit·rselos y despejalle el camino de cualquier inconveniente, para
que sin pesadumbre corra ligera a alcanzar la perfeciÛn que le falta, que
consiste en el ser virtuosa. Cuentan los naturales que el arminio es un
animalejo que tiene una piel blanquÌsima, y que cuando quieren cazarle, los
cazadores usan deste artificio: que, sabiendo las partes por donde suele
pasar y acudir, las atajan con lodo, y despuÈs, oje·ndole, le encaminan
hacia aquel lugar, y asÌ como el arminio llega al lodo, se est· quedo y se
deja prender y cautivar, a trueco de no pasar por el cieno y perder y
ensuciar su blancura, que la estima en m·s que la libertad y la vida. La
honesta y casta mujer es arminio, y es m·s que nieve blanca y limpia la
virtud de la honestidad; y el que quisiere que no la pierda, antes la
guarde y conserve, ha de usar de otro estilo diferente que con el arminio
se tiene, porque no le han de poner delante el cieno de los regalos y
servicios de los importunos amantes, porque quiz·, y aun sin quiz·, no
tiene tanta virtud y fuerza natural que pueda por sÌ mesma atropellar y
pasar por aquellos embarazos, y es necesario quit·rselos y ponerle delante
la limpieza de la virtud y la belleza que encierra en sÌ la buena fama. Es
asimesmo la buena mujer como espejo de cristal luciente y claro; pero est·
sujeto a empaÒarse y escurecerse con cualquiera aliento que le toque. Hase
de usar con la honesta mujer el estilo que con las reliquias: adorarlas y
no tocarlas. Hase de guardar y estimar la mujer buena como se guarda y
estima un hermoso jardÌn que est· lleno de flores y rosas, cuyo dueÒo no
consiente que nadie le pasee ni manosee; basta que desde lejos, y por entre
las verjas de hierro, gocen de su fragrancia y hermosura. Finalmente,
quiero decirte unos versos que se me han venido a la memoria, que los oÌ en
una comedia moderna, que me parece que hacen al propÛsito de lo que vamos
tratando. Aconsejaba un prudente viejo a otro, padre de una doncella, que
la recogiese, guardase y encerrase, y entre otras razones, le dijo Èstas:
Es de vidrio la mujer;
pero no se ha de probar
si se puede o no quebrar,
porque todo podrÌa ser.
Y es m·s f·cil el quebrarse,
y no es cordura ponerse
a peligro de romperse
lo que no puede soldarse.
Y en esta opiniÛn estÈn
todos, y en razÛn la fundo:
que si hay D·naes en el mundo,
hay pluvias de oro tambiÈn.
Cuanto hasta aquÌ te he dicho, °oh Anselmo!, ha sido por lo que a ti te
toca; y ahora es bien que se oiga algo de lo que a mÌ me conviene; y si
fuere largo, perdÛname, que todo lo requiere el laberinto donde te has
entrado y de donde quieres que yo te saque. T˙ me tienes por amigo y
quieres quitarme la honra, cosa que es contra toda amistad; y aun no sÛlo
pretendes esto, sino que procuras que yo te la quite a ti. Que me la
quieres quitar a mÌ est· claro, pues, cuando Camila vea que yo la solicito,
como me pides, cierto est· que me ha de tener por hombre sin honra y mal
mirado, pues intento y hago una cosa tan fuera de aquello que el ser quien
soy y tu amistad me obliga. De que quieres que te la quite a ti no hay
duda, porque, viendo Camila que yo la solicito, ha de pensar que yo he
visto en ella alguna liviandad que me dio atrevimiento a descubrirle mi mal
deseo; y, teniÈndose por deshonrada, te toca a ti, como a cosa suya, su
mesma deshonra. Y de aquÌ nace lo que com˙nmente se platica: que el marido
de la mujer ad˙ltera, puesto que Èl no lo sepa ni haya dado ocasiÛn para
que su mujer no sea la que debe, ni haya sido en su mano, ni en su descuido
y poco recato estorbar su desgracia, con todo, le llaman y le nombran con
nombre de vituperio y bajo; y en cierta manera le miran, los que la maldad
de su mujer saben, con ojos de menosprecio, en cambio de mirarle con los de
l·stima, viendo que no por su culpa, sino por el gusto de su mala
compaÒera, est· en aquella desventura. Pero quiÈrote decir la causa por que
con justa razÛn es deshonrado el marido de la mujer mala, aunque Èl no sepa
que lo es, ni tenga culpa, ni haya sido parte, ni dado ocasiÛn, para que
ella lo sea. Y no te canses de oÌrme, que todo ha de redundar en tu
provecho. Cuando Dios criÛ a nuestro primero padre en el ParaÌso terrenal,
dice la Divina Escritura que infundiÛ Dios sueÒo en Ad·n, y que, estando
durmiendo, le sacÛ una costilla del lado siniestro, de la cual formÛ a
nuestra madre Eva; y, asÌ como Ad·n despertÛ y la mirÛ, dijo: ''…sta es
carne de mi carne y hueso de mis huesos''. Y Dios dijo: ''Por Èsta dejar·
el hombre a su padre y madre, y ser·n dos en una carne misma''. Y entonces
fue instituido el divino sacramento del matrimonio, con tales lazos que
sola la muerte puede desatarlos. Y tiene tanta fuerza y virtud este
milagroso sacramento, que hace que dos diferentes personas sean una mesma
carne; y a˙n hace m·s en los buenos casados, que, aunque tienen dos almas,
no tienen m·s de una voluntad. Y de aquÌ viene que, como la carne de la
esposa sea una mesma con la del esposo, las manchas que en ella caen, o los
defectos que se procura, redundan en la carne del marido, aunque Èl no haya
dado, como queda dicho, ocasiÛn para aquel daÒo. Porque, asÌ como el dolor
del pie o de cualquier miembro del cuerpo humano le siente todo el cuerpo,
por ser todo de una carne mesma, y la cabeza siente el daÒo del tobillo,
sin que ella se le haya causado, asÌ el marido es participante de la
deshonra de la mujer, por ser una mesma cosa con ella. Y como las honras y
deshonras del mundo sean todas y nazcan de carne y sangre, y las de la
mujer mala sean deste gÈnero, es forzoso que al marido le quepa parte
dellas, y sea tenido por deshonrado sin que Èl lo sepa. Mira, pues, °oh
Anselmo!, al peligro que te pones en querer turbar el sosiego en que tu
buena esposa vive. Mira por cu·n vana e impertinente curiosidad quieres
revolver los humores que ahora est·n sosegados en el pecho de tu casta
esposa. Advierte que lo que aventuras a ganar es poco, y que lo que
perder·s ser· tanto que lo dejarÈ en su punto, porque me faltan palabras
para encarecerlo. Pero si todo cuanto he dicho no basta a moverte de tu mal
propÛsito, bien puedes buscar otro instrumento de tu deshonra y desventura,
que yo no pienso serlo, aunque por ello pierda tu amistad, que es la mayor
pÈrdida que imaginar puedo.
ªCallÛ, en diciendo esto, el virtuoso y prudente Lotario, y Anselmo quedÛ
tan confuso y pensativo que por un buen espacio no le pudo responder
palabra; pero, en fin, le dijo:
ª-Con la atenciÛn que has visto he escuchado, Lotario amigo, cuanto has
querido decirme, y en tus razones, ejemplos y comparaciones he visto la
mucha discreciÛn que tienes y el estremo de la verdadera amistad que
alcanzas; y ansimesmo veo y confieso que si no sigo tu parecer y me voy
tras el mÌo, voy huyendo del bien y corriendo tras el mal. Prosupuesto
esto, has de considerar que yo padezco ahora la enfermedad que suelen tener
algunas mujeres, que se les antoja comer tierra, yeso, carbÛn y otras cosas
peores, aun asquerosas para mirarse, cuanto m·s para comerse; asÌ que, es
menester usar de alg˙n artificio para que yo sane, y esto se podÌa hacer
con facilidad, sÛlo con que comiences, aunque tibia y fingidamente, a
solicitar a Camila, la cual no ha de ser tan tierna que a los primeros
encuentros dÈ con su honestidad por tierra; y con solo este principio
quedarÈ contento y t˙ habr·s cumplido con lo que debes a nuestra amistad,
no solamente d·ndome la vida, sino persuadiÈndome de no verme sin honra. Y
est·s obligado a hacer esto por una razÛn sola; y es que, estando yo, como
estoy, determinado de poner en pl·tica esta prueba, no has t˙ de consentir
que yo dÈ cuenta de mi desatino a otra persona, con que pondrÌa en aventura
el honor que t˙ procuras que no pierda; y, cuando el tuyo no estÈ en el
punto que debe en la intenciÛn de Camila en tanto que la solicitares,
importa poco o nada, pues con brevedad, viendo en ella la entereza que
esperamos, le podr·s decir la pura verdad de nuestro artificio, con que
volver· tu crÈdito al ser primero. Y, pues tan poco aventuras y tanto
contento me puedes dar aventur·ndote, no lo dejes de hacer, aunque m·s
inconvenientes se te pongan delante, pues, como ya he dicho, con sÛlo que
comiences darÈ por concluida la causa.
ªViendo Lotario la resoluta voluntad de Anselmo, y no sabiendo quÈ m·s
ejemplos traerle ni quÈ m·s razones mostrarle para que no la siguiese, y
viendo que le amenazaba que darÌa a otro cuenta de su mal deseo, por evitar
mayor mal, determinÛ de contentarle y hacer lo que le pedÌa, con propÛsito
e intenciÛn de guiar aquel negocio de modo que, sin alterar los
pensamientos de Camila, quedase Anselmo satisfecho; y asÌ, le respondiÛ que
no comunicase su pensamiento con otro alguno, que Èl tomaba a su cargo
aquella empresa, la cual comenzarÌa cuando a Èl le diese m·s gusto.
AbrazÛle Anselmo tierna y amorosamente, y agradeciÛle su ofrecimiento, como
si alguna grande merced le hubiera hecho; y quedaron de acuerdo entre los
dos que desde otro dÌa siguiente se comenzase la obra; que Èl le darÌa
lugar y tiempo como a sus solas pudiese hablar a Camila, y asimesmo le
darÌa dineros y joyas que darla y que ofrecerla. AconsejÛle que le diese
m˙sicas, que escribiese versos en su alabanza, y que, cuando Èl no quisiese
tomar trabajo de hacerlos, Èl mesmo los harÌa. A todo se ofreciÛ Lotario,
bien con diferente intenciÛn que Anselmo pensaba.
ªY con este acuerdo se volvieron a casa de Anselmo, donde hallaron a Camila
con ansia y cuidado, esperando a su esposo, porque aquel dÌa tardaba en
venir m·s de lo acostumbrado.

ªFuese Lotario a su casa, y Anselmo quedÛ en la suya, tan contento como
Lotario fue pensativo, no sabiendo quÈ traza dar para salir bien de aquel
impertinente negocio. Pero aquella noche pensÛ el modo que tendrÌa para
engaÒar a Anselmo, sin ofender a Camila; y otro dÌa vino a comer con su
amigo, y fue bien recebido de Camila, la cual le recebÌa y regalaba con
mucha voluntad, por entender la buena que su esposo le tenÌa.
ªAcabaron de comer, levantaron los manteles y Anselmo dijo a Lotario que se
quedase allÌ con Camila, en tanto que Èl iba a un negocio forzoso, que
dentro de hora y media volverÌa. RogÛle Camila que no se fuese y Lotario se
ofreciÛ a hacerle compaÒÌa, m·s nada aprovechÛ con Anselmo; antes,
importunÛ a Lotario que se quedase y le aguardase, porque tenÌa que tratar
con Èl una cosa de mucha importancia. Dijo tambiÈn a Camila que no dejase
solo a Lotario en tanto que Èl volviese. En efeto, Èl supo tan bien fingir
la necesidad, o necedad, de su ausencia, que nadie pudiera entender que era
fingida. Fuese Anselmo, y quedaron solos a la mesa Camila y Lotario, porque
la dem·s gente de casa toda se habÌa ido a comer. Viose Lotario puesto en
la estacada que su amigo deseaba y con el enemigo delante, que pudiera
vencer con sola su hermosura a un escuadrÛn de caballeros armados: mirad si
era razÛn que le temiera Lotario.
ªPero lo que hizo fue poner el codo sobre el brazo de la silla y la mano
abierta en la mejilla, y, pidiendo perdÛn a Camila del mal comedimiento,
dijo que querÌa reposar un poco en tanto que Anselmo volvÌa. Camila le
respondiÛ que mejor reposarÌa en el estrado que en la silla, y asÌ, le rogÛ
se entrase a dormir en Èl. No quiso Lotario, y allÌ se quedÛ dormido hasta
que volviÛ Anselmo, el cual, como hallÛ a Camila en su aposento y a Lotario
durmiendo, creyÛ que, como se habÌa tardado tanto, ya habrÌan tenido los
dos lugar para hablar, y aun para dormir, y no vio la hora en que Lotario
despertase, para volverse con Èl fuera y preguntarle de su ventura.
ªTodo le sucediÛ como Èl quiso: Lotario despertÛ, y luego salieron los dos
de casa, y asÌ, le preguntÛ lo que deseaba, y le respondiÛ Lotario que no
le habÌa parecido ser bien que la primera vez se descubriese del todo; y
asÌ, no habÌa hecho otra cosa que alabar a Camila de hermosa, diciÈndole
que en toda la ciudad no se trataba de otra cosa que de su hermosura y
discreciÛn, y que Èste le habÌa parecido buen principio para entrar ganando
la voluntad, y disponiÈndola a que otra vez le escuchase con gusto, usando
en esto del artificio que el demonio usa cuando quiere engaÒar a alguno que
est· puesto en atalaya de mirar por sÌ: que se transforma en ·ngel de luz,
siÈndolo Èl de tinieblas, y, poniÈndole delante apariencias buenas, al cabo
descubre quiÈn es y sale con su intenciÛn, si a los principios no es
descubierto su engaÒo. Todo esto le contentÛ mucho a Anselmo, y dijo que
cada dÌa darÌa el mesmo lugar, aunque no saliese de casa, porque en ella se
ocuparÌa en cosas que Camila no pudiese venir en conocimiento de su
artificio.
ªSucediÛ, pues, que se pasaron muchos dÌas que, sin decir Lotario palabra a
Camila, respondÌa a Anselmo que la hablaba y jam·s podÌa sacar della una
pequeÒa muestra de venir en ninguna cosa que mala fuese, ni aun dar una
seÒal de sombra de esperanza; antes, decÌa que le amenazaba que si de aquel
mal pensamiento no se quitaba, que lo habÌa de decir a su esposo.
ª-Bien est· -dijo Anselmo-. Hasta aquÌ ha resistido Camila a las palabras;
es menester ver cÛmo resiste a las obras: yo os darÈ maÒana dos mil escudos
de oro para que se los ofrezc·is, y aun se los deis, y otros tantos para
que comprÈis joyas con que cebarla; que las mujeres suelen ser aficionadas,
y m·s si son hermosas, por m·s castas que sean, a esto de traerse bien y
andar galanas; y si ella resiste a esta tentaciÛn, yo quedarÈ satisfecho y
no os darÈ m·s pesadumbre.
ªLotario respondiÛ que ya que habÌa comenzado, que Èl llevarÌa hasta el fin
aquella empresa, puesto que entendÌa salir della cansado y vencido. Otro
dÌa recibiÛ los cuatro mil escudos, y con ellos cuatro mil confusiones,
porque no sabÌa quÈ decirse para mentir de nuevo; pero, en efeto, determinÛ
de decirle que Camila estaba tan entera a las d·divas y promesas como a las
palabras, y que no habÌa para quÈ cansarse m·s, porque todo el tiempo se
gastaba en balde.
ªPero la suerte, que las cosas guiaba de otra manera, ordenÛ que, habiendo
dejado Anselmo solos a Lotario y a Camila, como otras veces solÌa, Èl se
encerrÛ en un aposento y por los agujeros de la cerradura estuvo mirando y
escuchando lo que los dos trataban, y vio que en m·s de media hora Lotario
no hablÛ palabra a Camila, ni se la hablara si allÌ estuviera un siglo, y
cayÛ en la cuenta de que cuanto su amigo le habÌa dicho de las respuestas
de Camila todo era ficciÛn y mentira. Y, para ver si esto era ansÌ, saliÛ
del aposento, y, llamando a Lotario aparte, le preguntÛ quÈ nuevas habÌa y
de quÈ temple estaba Camila. Lotario le respondiÛ que no pensaba m·s darle
puntada en aquel negocio, porque respondÌa tan ·spera y desabridamente, que
no tendrÌa ·nimo para volver a decirle cosa alguna.
ª-°Ah! -dijo Anselmo-, Lotario, Lotario, y cu·n mal correspondes a lo que
me debes y a lo mucho que de ti confÌo! Ahora te he estado mirando por el
lugar que concede la entrada desta llave, y he visto que no has dicho
palabra a Camila, por donde me doy a entender que aun las primeras le
tienes por decir; y si esto es asÌ, como sin duda lo es, øpara quÈ me
engaÒas, o por quÈ quieres quitarme con tu industria los medios que yo
podrÌa hallar para conseguir mi deseo?
ªNo dijo m·s Anselmo, pero bastÛ lo que habÌa dicho para dejar corrido y
confuso a Lotario; el cual, casi como tomando por punto de honra el haber
sido hallado en mentira, jurÛ a Anselmo que desde aquel momento tomaba tan
a su cargo el contentalle y no mentille, cual lo verÌa si con curiosidad lo
espiaba; cuanto m·s, que no serÌa menester usar de ninguna diligencia,
porque la que Èl pensaba poner en satisfacelle le quitarÌa de toda
sospecha. CreyÛle Anselmo, y para dalle comodidad m·s segura y menos
sobresaltada, determinÛ de hacer ausencia de su casa por ocho dÌas, yÈndose
a la de un amigo suyo, que estaba en una aldea, no lejos de la ciudad, con
el cual amigo concertÛ que le enviase a llamar con muchas veras, para tener
ocasiÛn con Camila de su partida.
ª°Desdichado y mal advertido de ti, Anselmo! øQuÈ es lo que haces? øQuÈ es
lo que trazas? øQuÈ es lo que ordenas? Mira que haces contra ti mismo,
trazando tu deshonra y ordenando tu perdiciÛn. Buena es tu esposa Camila,
quieta y sosegadamente la posees, nadie sobresalta tu gusto, sus
pensamientos no salen de las paredes de su casa, t˙ eres su cielo en la
tierra, el blanco de sus deseos, el cumplimiento de sus gustos y la medida
por donde mide su voluntad, ajust·ndola en todo con la tuya y con la del
cielo. Pues si la mina de su honor, hermosura, honestidad y recogimiento te
da sin ning˙n trabajo toda la riqueza que tiene y t˙ puedes desear, øpara
quÈ quieres ahondar la tierra y buscar nuevas vetas de nuevo y nunca visto
tesoro, poniÈndote a peligro que toda venga abajo, pues, en fin, se
sustenta sobre los dÈbiles arrimos de su flaca naturaleza? Mira que el que
busca lo imposible es justo que lo posible se le niegue, como lo dijo mejor
un poeta, diciendo:
Busco en la muerte la vida,
salud en la enfermedad,
en la prisiÛn libertad,
en lo cerrado salida
y en el traidor lealtad.
Pero mi suerte, de quien
jam·s espero alg˙n bien,
con el cielo ha estatuido
que, pues lo imposible pido,
lo posible aun no me den.
ªFuese otro dÌa Anselmo a la aldea, dejando dicho a Camila que el tiempo
que Èl estuviese ausente vendrÌa Lotario a mirar por su casa y a comer con
ella; que tuviese cuidado de tratalle como a su mesma persona. AfligiÛse
Camila, como mujer discreta y honrada, de la orden que su marido le dejaba,
y dÌjole que advirtiese que no estaba bien que nadie, Èl ausente, ocupase
la silla de su mesa, y que si lo hacÌa por no tener confianza que ella
sabrÌa gobernar su casa, que probase por aquella vez, y verÌa por
experiencia como para mayores cuidados era bastante. Anselmo le replicÛ que
aquÈl era su gusto, y que no tenÌa m·s que hacer que bajar la cabeza y
obedecelle. Camila dijo que ansÌ lo harÌa, aunque contra su voluntad.
ªPartiÛse Anselmo, y otro dÌa vino a su casa Lotario, donde fue rescebido
de Camila con amoroso y honesto acogimiento; la cual jam·s se puso en parte
donde Lotario la viese a solas, porque siempre andaba rodeada de sus
criados y criadas, especialmente de una doncella suya, llamada Leonela, a
quien ella mucho querÌa, por haberse criado desde niÒas las dos juntas en
casa de los padres de Camila, y cuando se casÛ con Anselmo la trujo
consigo.
ªEn los tres dÌas primeros nunca Lotario le dijo nada, aunque pudiera,
cuando se levantaban los manteles y la gente se iba a comer con mucha
priesa, porque asÌ se lo tenÌa mandado Camila. Y aun tenÌa orden Leonela
que comiese primero que Camila, y que de su lado jam·s se quitase; mas
ella, que en otras cosas de su gusto tenÌa puesto el pensamiento y habÌa
menester aquellas horas y aquel lugar para ocuparle en sus contentos, no
cumplÌa todas veces el mandamiento de su seÒora; antes, los dejaba solos,
como si aquello le hubieran mandado. Mas la honesta presencia de Camila, la
gravedad de su rostro, la compostura de su persona era tanta, que ponÌa
freno a la lengua de Lotario.
ªPero el provecho que las muchas virtudes de Camila hicieron, poniendo
silencio en la lengua de Lotario, redundÛ m·s en daÒo de los dos, porque si
la lengua callaba, el pensamiento discurrÌa y tenÌa lugar de contemplar,
parte por parte, todos los estremos de bondad y de hermosura que Camila
tenÌa, bastantes a enamorar una estatua de m·rmol, no que un corazÛn de
carne.
ªMir·bala Lotario en el lugar y espacio que habÌa de hablarla, y
consideraba cu·n digna era de ser amada; y esta consideraciÛn comenzÛ poco
a poco a dar asaltos a los respectos que a Anselmo tenÌa, y mil veces quiso
ausentarse de la ciudad y irse donde jam·s Anselmo le viese a Èl, ni Èl
viese a Camila; mas ya le hacÌa impedimento y detenÌa el gusto que hallaba
en mirarla. HacÌase fuerza y peleaba consigo mismo por desechar y no sentir
el contento que le llevaba a mirar a Camila. Culp·base a solas de su
desatino, llam·base mal amigo y aun mal cristiano; hacÌa discursos y
comparaciones entre Èl y Anselmo, y todos paraban en decir que m·s habÌa
sido la locura y confianza de Anselmo que su poca fidelidad, y que si asÌ
tuviera disculpa para con Dios como para con los hombres de lo que pensaba
hacer, que no temiera pena por su culpa.
ªEn efecto, la hermosura y la bondad de Camila, juntamente con la ocasiÛn
que el ignorante marido le habÌa puesto en las manos, dieron con la lealtad
de Lotario en tierra. Y, sin mirar a otra cosa que aquella a que su gusto
le inclinaba, al cabo de tres dÌas de la ausencia de Anselmo, en los cuales
estuvo en continua batalla por resistir a sus deseos, comenzÛ a requebrar a
Camila, con tanta turbaciÛn y con tan amorosas razones que Camila quedÛ
suspensa, y no hizo otra cosa que levantarse de donde estaba y entrarse a
su aposento, sin respondelle palabra alguna. Mas no por esta sequedad se
desmayÛ en Lotario la esperanza, que siempre nace juntamente con el amor;
antes, tuvo en m·s a Camila. La cual, habiendo visto en Lotario lo que
jam·s pensara, no sabÌa quÈ hacerse. Y, pareciÈndole no ser cosa segura ni
bien hecha darle ocasiÛn ni lugar a que otra vez la hablase, determinÛ de
enviar aquella mesma noche, como lo hizo, a un criado suyo con un billete a
Anselmo, donde le escribiÛ estas razones:

CapÌtulo XXXIV. Donde se prosigue la novela del Curioso impertinente

ªAsÌ como suele decirse que parece mal el ejÈrcito sin su general y el
castillo sin su castellano, digo yo que parece muy peor la mujer casada y
moza sin su marido, cuando justÌsimas ocasiones no lo impiden. Yo me hallo
tan mal sin vos, y tan imposibilitada de no poder sufrir esta ausencia, que
si presto no venÌs, me habrÈ de ir a entretener en casa de mis padres,
aunque deje sin guarda la vuestra; porque la que me dejastes, si es que
quedÛ con tal tÌtulo, creo que mira m·s por su gusto que por lo que a vos
os toca; y, pues sois discreto, no tengo m·s que deciros, ni aun es bien
que m·s os diga.
ªEsta carta recibiÛ Anselmo, y entendiÛ por ella que Lotario habÌa ya
comenzado la empresa, y que Camila debÌa de haber respondido como Èl
deseaba; y, alegre sobremanera de tales nuevas, respondiÛ a Camila, de
palabra, que no hiciese mudamiento de su casa en modo ninguno, porque Èl
volverÌa con mucha brevedad. Admirada quedÛ Camila de la respuesta de
Anselmo, que la puso en m·s confusiÛn que primero, porque ni se atrevÌa a
estar en su casa, ni menos irse a la de sus padres; porque en la quedada
corrÌa peligro su honestidad, y en la ida iba contra el mandamiento de su
esposo.
ªEn fin, se resolviÛ en lo que le estuvo peor, que fue en el quedarse, con
determinaciÛn de no huir la presencia de Lotario, por no dar que decir a
sus criados; y ya le pesaba de haber escrito lo que escribiÛ a su esposo,
temerosa de que no pensase que Lotario habÌa visto en ella alguna
desenvoltura que le hubiese movido a no guardalle el decoro que debÌa.
Pero, fiada en su bondad, se fiÛ en Dios y en su buen pensamiento, con que
pensaba resistir callando a todo aquello que Lotario decirle quisiese, sin
dar m·s cuenta a su marido, por no ponerle en alguna pendencia y trabajo. Y
aun andaba buscando manera como disculpar a Lotario con Anselmo, cuando le
preguntase la ocasiÛn que le habÌa movido a escribirle aquel papel. Con
estos pensamientos, m·s honrados que acertados ni provechosos, estuvo otro
dÌa escuchando a Lotario, el cual cargÛ la mano de manera que comenzÛ a
titubear la firmeza de Camila, y su honestidad tuvo harto que hacer en
acudir a los ojos, para que no diesen muestra de alguna amorosa compasiÛn
que las l·grimas y las razones de Lotario en su pecho habÌan despertado.
Todo esto notaba Lotario, y todo le encendÌa.
ªFinalmente, a Èl le pareciÛ que era menester, en el espacio y lugar que
daba la ausencia de Anselmo, apretar el cerco a aquella fortaleza. Y asÌ,
acometiÛ a su presunciÛn con las alabanzas de su hermosura, porque no hay
cosa que m·s presto rinda y allane las encastilladas torres de la vanidad
de las hermosas que la mesma vanidad, puesta en las lenguas de la
adulaciÛn. En efecto, Èl, con toda diligencia, minÛ la roca de su entereza,
con tales pertrechos que, aunque Camila fuera toda de bronce, viniera al
suelo. LlorÛ, rogÛ, ofreciÛ, adulÛ, porfiÛ, y fingiÛ Lotario con tantos
sentimientos, con muestras de tantas veras, que dio al travÈs con el recato
de Camila y vino a triunfar de lo que menos se pensaba y m·s deseaba.
ªRindiÛse Camila, Camila se rindiÛ; pero, øquÈ mucho, si la amistad de
Lotario no quedÛ en pie? Ejemplo claro que nos muestra que sÛlo se vence la
pasiÛn amorosa con huilla, y que nadie se ha de poner a brazos con tan
poderoso enemigo, porque es menester fuerzas divinas para vencer las suyas
humanas. SÛlo supo Leonela la flaqueza de su seÒora, porque no se la
pudieron encubrir los dos malos amigos y nuevos amantes. No quiso Lotario
decir a Camila la pretensiÛn de Anselmo, ni que Èl le habÌa dado lugar para
llegar a aquel punto, porque no tuviese en menos su amor y pensase que asÌ,
acaso y sin pensar, y no de propÛsito, la habÌa solicitado.
ªVolviÛ de allÌ a pocos dÌas Anselmo a su casa, y no echÛ de ver lo que
faltaba en ella, que era lo que en menos tenÌa y m·s estimaba. Fuese luego
a ver a Lotario, y hallÛle en su casa; abraz·ronse los dos, y el uno
preguntÛ por las nuevas de su vida o de su muerte.
ª-Las nuevas que te podrÈ dar, °oh amigo Anselmo! -dijo Lotario-, son de
que tienes una mujer que dignamente puede ser ejemplo y corona de todas las
mujeres buenas. Las palabras que le he dicho se las ha llevado el aire, los
ofrecimientos se han tenido en poco, las d·divas no se han admitido, de
algunas l·grimas fingidas mÌas se ha hecho burla notable. En resoluciÛn,
asÌ como Camila es cifra de toda belleza, es archivo donde asiste la
honestidad y vive el comedimiento y el recato, y todas las virtudes que
pueden hacer loable y bien afortunada a una honrada mujer. Vuelve a tomar
tus dineros, amigo, que aquÌ los tengo, sin haber tenido necesidad de tocar
a ellos; que la entereza de Camila no se rinde a cosas tan bajas como son
d·divas ni promesas. ContÈntate, Anselmo, y no quieras hacer m·s pruebas de
las hechas; y, pues a pie enjuto has pasado el mar de las dificultades y
sospechas que de las mujeres suelen y pueden tenerse, no quieras entrar de
nuevo en el profundo piÈlago de nuevos inconvenientes, ni quieras hacer
experiencia con otro piloto de la bondad y fortaleza del navÌo que el cielo
te dio en suerte para que en Èl pasases la mar deste mundo, sino haz cuenta
que est·s ya en seguro puerto, y afÈrrate con las ·ncoras de la buena
consideraciÛn, y dÈjate estar hasta que te vengan a pedir la deuda que no
hay hidalguÌa humana que de pagarla se escuse.
ªContentÌsimo quedÛ Anselmo de las razones de Lotario, y asÌ se las creyÛ
como si fueran dichas por alg˙n or·culo. Pero, con todo eso, le rogÛ que no
dejase la empresa, aunque no fuese m·s de por curiosidad y entretenimiento,
aunque no se aprovechase de allÌ adelante de tan ahincadas diligencias como
hasta entonces; y que sÛlo querÌa que le escribiese algunos versos en su
alabanza, debajo del nombre de Clori, porque Èl le darÌa a entender a
Camila que andaba enamorado de una dama, a quien le habÌa puesto aquel
nombre por poder celebrarla con el decoro que a su honestidad se le debÌa;
y que, cuando Lotario no quisiera tomar trabajo de escribir los versos, que
Èl los harÌa.
ª-No ser· menester eso -dijo Lotario-, pues no me son tan enemigas las
musas que algunos ratos del aÒo no me visiten. Dile t˙ a Camila lo que has
dicho del fingimiento de mis amores, que los versos yo los harÈ; si no tan
buenos como el subjeto merece, ser·n, por lo menos, los mejores que yo
pudiere.
ªQuedaron deste acuerdo el impertinente y el traidor amigo; y, vuelto
Anselmo a su casa, preguntÛ a Camila lo que ella ya se maravillaba que no
se lo hubiese preguntado: que fue que le dijese la ocasiÛn por que le habÌa
escrito el papel que le enviÛ. Camila le respondiÛ que le habÌa parecido
que Lotario la miraba un poco m·s desenvueltamente que cuando Èl estaba en
casa; pero que ya estaba desengaÒada y creÌa que habÌa sido imaginaciÛn
suya, porque ya Lotario huÌa de vella y de estar con ella a solas. DÌjole
Anselmo que bien podÌa estar segura de aquella sospecha, porque Èl sabÌa
que Lotario andaba enamorado de una doncella principal de la ciudad, a
quien Èl celebraba debajo del nombre de Clori, y que, aunque no lo
estuviera, no habÌa que temer de la verdad de Lotario y de la mucha amistad
de entrambos. Y, a no estar avisada Camila de Lotario de que eran fingidos
aquellos amores de Clori, y que Èl se lo habÌa dicho a Anselmo por poder
ocuparse algunos ratos en las mismas alabanzas de Camila, ella, sin duda,
cayera en la desesperada red de los celos; mas, por estar ya advertida,
pasÛ aquel sobresalto sin pesadumbre.
ªOtro dÌa, estando los tres sobre mesa, rogÛ Anselmo a Lotario dijese
alguna cosa de las que habÌa compuesto a su amada Clori; que, pues Camila
no la conocÌa, seguramente podÌa decir lo que quisiese.
ª-Aunque la conociera -respondiÛ Lotario-, no encubriera yo nada, porque
cuando alg˙n amante loa a su dama de hermosa y la nota de cruel, ning˙n
oprobrio hace a su buen crÈdito. Pero, sea lo que fuere, lo que sÈ decir,
que ayer hice un soneto a la ingratitud desta Clori, que dice ansÌ:
Soneto
En el silencio de la noche, cuando
ocupa el dulce sueÒo a los mortales,
la pobre cuenta de mis ricos males
estoy al cielo y a mi Clori dando.
Y, al tiempo cuando el sol se va mostrando
por las rosadas puertas orientales,
con suspiros y acentos desiguales,
voy la antigua querella renovando.
Y cuando el sol, de su estrellado asiento,
derechos rayos a la tierra envÌa,
el llanto crece y doblo los gemidos.
Vuelve la noche, y vuelvo al triste cuento,
y siempre hallo, en mi mortal porfÌa,
al cielo, sordo; a Clori, sin oÌdos.
ªBien le pareciÛ el soneto a Camila, pero mejor a Anselmo, pues le alabÛ, y
dijo que era demasiadamente cruel la dama que a tan claras verdades no
correspondÌa. A lo que dijo Camila:
ª-Luego, øtodo aquello que los poetas enamorados dicen es verdad?
ª-En cuanto poetas, no la dicen -respondiÛ Lotario-; mas, en cuanto
enamorados, siempre quedan tan cortos como verdaderos.
ª-No hay duda deso -replicÛ Anselmo, todo por apoyar y acreditar los
pensamientos de Lotario con Camila, tan descuidada del artificio de Anselmo
como ya enamorada de Lotario.
ªY asÌ, con el gusto que de sus cosas tenÌa, y m·s, teniendo por entendido
que sus deseos y escritos a ella se encaminaban, y que ella era la
verdadera Clori, le rogÛ que si otro soneto o otros versos sabÌa, los
dijese:
ª-SÌ sÈ -respondiÛ Lotario-, pero no creo que es tan bueno como el primero,
o, por mejor decir, menos malo. Y podrÈislo bien juzgar, pues es Èste:
Soneto
Yo sÈ que muero; y si no soy creÌdo,
es m·s cierto el morir, como es m·s cierto
verme a tus pies, °oh bella ingrata!, muerto,
antes que de adorarte arrepentido.
PodrÈ yo verme en la regiÛn de olvido,
de vida y gloria y de favor desierto,
y allÌ verse podr· en mi pecho abierto
cÛmo tu hermoso rostro est· esculpido.
Que esta reliquia guardo para el duro
trance que me amenaza mi porfÌa,
que en tu mismo rigor se fortalece.
°Ay de aquel que navega, el cielo escuro,
por mar no usado y peligrosa vÌa,
adonde norte o puerto no se ofrece!
ªTambiÈn alabÛ este segundo soneto Anselmo, como habÌa hecho el primero, y
desta manera iba aÒadiendo eslabÛn a eslabÛn a la cadena con que se
enlazaba y trababa su deshonra, pues cuando m·s Lotario le deshonraba,
entonces le decÌa que estaba m·s honrado; y, con esto, todos los escalones
que Camila bajaba hacia el centro de su menosprecio, los subÌa, en la
opiniÛn de su marido, hacia la cumbre de la virtud y de su buena fama.
ªSucediÛ en esto que, hall·ndose una vez, entre otras, sola Camila con su
doncella, le dijo:
ª-Corrida estoy, amiga Leonela, de ver en cu·n poco he sabido estimarme,
pues siquiera no hice que con el tiempo comprara Lotario la entera posesiÛn
que le di tan presto de mi voluntad. Temo que ha de estimar mi presteza o
ligereza, sin que eche de ver la fuerza que Èl me hizo para no poder
resistirle.
ª-No te dÈ pena eso, seÒora mÌa -respondiÛ Leonela-, que no est· la monta,
ni es causa para menguar la estimaciÛn, darse lo que se da presto, si, en
efecto, lo que se da es bueno, y ello por sÌ digno de estimarse. Y aun
suele decirse que el que luego da, da dos veces.
ª-TambiÈn se suele decir -dijo Camila- que lo que cuesta poco se estima en
menos.
ª-No corre por ti esa razÛn -respondiÛ Leonela-, porque el amor, seg˙n he
oÌdo decir, unas veces vuela y otras anda, con Èste corre y con aquÈl va
despacio, a unos entibia y a otros abrasa, a unos hiere y a otros mata, en
un mesmo punto comienza la carrera de sus deseos y en aquel mesmo punto la
acaba y concluye, por la maÒana suele poner el cerco a una fortaleza y a la
noche la tiene rendida, porque no hay fuerza que le resista. Y, siendo asÌ,
øde quÈ te espantas, o de quÈ temes, si lo mismo debe de haber acontecido a
Lotario, habiendo tomado el amor por instrumento de rendirnos la ausencia
de mi seÒor? Y era forzoso que en ella se concluyese lo que el amor tenÌa
determinado, sin dar tiempo al tiempo para que Anselmo le tuviese de
volver, y con su presencia quedase imperfecta la obra. Porque el amor no
tiene otro mejor ministro para ejecutar lo que desea que es la ocasiÛn: de
la ocasiÛn se sirve en todos sus hechos, principalmente en los principios.
Todo esto sÈ yo muy bien, m·s de experiencia que de oÌdas, y alg˙n dÌa te
lo dirÈ, seÒora, que yo tambiÈn soy de carne y de sangre moza. Cuanto m·s,
seÒora Camila, que no te entregaste ni diste tan luego, que primero no
hubieses visto en los ojos, en los suspiros, en las razones y en las
promesas y d·divas de Lotario toda su alma, viendo en ella y en sus
virtudes cu·n digno era Lotario de ser amado. Pues si esto es ansÌ, no te
asalten la imaginaciÛn esos escrupulosos y melindrosos pensamientos, sino
aseg˙rate que Lotario te estima como t˙ le estimas a Èl, y vive con
contento y satisfaciÛn de que, ya que caÌste en el lazo amoroso, es el que
te aprieta de valor y de estima. Y que no sÛlo tiene las cuatro eses que
dicen que han de tener los buenos enamorados, sino todo un ABC entero: si
no, esc˙chame y ver·s como te le digo de coro. …l es, seg˙n yo veo y a mÌ
me parece, agradecido, bueno, caballero, dadivoso, enamorado, firme,
gallardo, honrado, ilustre, leal, mozo, noble, onesto, principal,
quantioso, rico, y las eses que dicen; y luego, t·cito, verdadero. La X no
le cuadra, porque es letra ·spera; la Y ya est· dicha; la Z, zelador de tu
honra.
ªRiÛse Camila del ABC de su doncella, y t˙vola por m·s pl·tica en las cosas
de amor que ella decÌa; y asÌ lo confesÛ ella, descubriendo a Camila como
trataba amores con un mancebo bien nacido, de la mesma ciudad; de lo cual
se turbÛ Camila, temiendo que era aquÈl camino por donde su honra podÌa
correr riesgo. ApurÛla si pasaban sus pl·ticas a m·s que serlo. Ella, con
poca verg¸enza y mucha desenvoltura, le respondiÛ que sÌ pasaban; porque es
cosa ya cierta que los descuidos de las seÒoras quitan la verg¸enza a las
criadas, las cuales, cuando ven a las amas echar traspiÈs, no se les da
nada a ellas de cojear, ni de que lo sepan.
ªNo pudo hacer otra cosa Camila sino rogar a Leonela no dijese nada de su
hecho al que decÌa ser su amante, y que tratase sus cosas con secreto,
porque no viniesen a noticia de Anselmo ni de Lotario. Leonela respondiÛ
que asÌ lo harÌa, mas cumpliÛlo de manera que hizo cierto el temor de
Camila de que por ella habÌa de perder su crÈdito. Porque la deshonesta y
atrevida Leonela, despuÈs que vio que el proceder de su ama no era el que
solÌa, atreviÛse a entrar y poner dentro de casa a su amante, confiada que,
aunque su seÒora le viese, no habÌa de osar descubrille; que este daÒo
acarrean, entre otros, los pecados de las seÒoras: que se hacen esclavas de
sus mesmas criadas y se obligan a encubrirles sus deshonestidades y
vilezas, como aconteciÛ con Camila; que, aunque vio una y muchas veces que
su Leonela estaba con su gal·n en un aposento de su casa, no sÛlo no la
osaba reÒir, mas d·bale lugar a que lo encerrase, y quit·bale todos los
estorbos, para que no fuese visto de su marido.
ªPero no los pudo quitar que Lotario no le viese una vez salir, al romper
del alba; el cual, sin conocer quiÈn era, pensÛ primero que debÌa de ser
alguna fantasma; mas, cuando le vio caminar, embozarse y encubrirse con
cuidado y recato, cayÛ de su simple pensamiento y dio en otro, que fuera la
perdiciÛn de todos si Camila no lo remediara. PensÛ Lotario que aquel
hombre que habÌa visto salir tan a deshora de casa de Anselmo no habÌa
entrado en ella por Leonela, ni aun se acordÛ si Leonela era en el mundo;
sÛlo creyÛ que Camila, de la misma manera que habÌa sido f·cil y ligera con
Èl, lo era para otro; que estas aÒadiduras trae consigo la maldad de la
mujer mala: que pierde el crÈdito de su honra con el mesmo a quien se
entregÛ rogada y persuadida, y cree que con mayor facilidad se entrega a
otros, y da infalible crÈdito a cualquiera sospecha que desto le venga. Y
no parece sino que le faltÛ a Lotario en este punto todo su buen
entendimiento, y se le fueron de la memoria todos sus advertidos discursos,
pues, sin hacer alguno que bueno fuese, ni aun razonable, sin m·s ni m·s,
antes que Anselmo se levantase, impaciente y ciego de la celosa rabia que
las entraÒas le roÌa, muriendo por vengarse de Camila, que en ninguna cosa
le habÌa ofendido, se fue a Anselmo y le dijo:
ª-S·bete, Anselmo, que ha muchos dÌas que he andado peleando conmigo mesmo,
haciÈndome fuerza a no decirte lo que ya no es posible ni justo que m·s te
encubra. S·bete que la fortaleza de Camila est· ya rendida y sujeta a todo
aquello que yo quisiere hacer della; y si he tardado en descubrirte esta
verdad, ha sido por ver si era alg˙n liviano antojo suyo, o si lo hacÌa por
probarme y ver si eran con propÛsito firme tratados los amores que, con tu
licencia, con ella he comenzado. CreÌ, ansimismo, que ella, si fuera la que
debÌa y la que entrambos pens·bamos, ya te hubiera dado cuenta de mi
solicitud, pero, habiendo visto que se tarda, conozco que son verdaderas
las promesas que me ha dado de que, cuando otra vez hagas ausencia de tu
casa, me hablar· en la rec·mara, donde est· el repuesto de tus alhajas -y
era la verdad, que allÌ le solÌa hablar Camila-; y no quiero que
precipitosamente corras a hacer alguna venganza, pues no est· a˙n cometido
el pecado sino con pensamiento, y podrÌa ser que, desde Èste hasta el
tiempo de ponerle por obra, se mudase el de Camila y naciese en su lugar el
arrepentimiento. Y asÌ, ya que, en todo o en parte, has seguido siempre mis
consejos, sigue y guarda uno que ahora te dirÈ, para que sin engaÒo y con
medroso advertimento te satisfagas de aquello que m·s vieres que te
convenga. Finge que te ausentas por dos o tres dÌas, como otras veces
sueles, y haz de manera que te quedes escondido en tu rec·mara, pues los
tapices que allÌ hay y otras cosas con que te puedas encubrir te ofrecen
mucha comodidad, y entonces ver·s por tus mismos ojos, y yo por los mÌos,
lo que Camila quiere; y si fuere la maldad que se puede temer antes que
esperar, con silencio, sagacidad y discreciÛn podr·s ser el verdugo de tu
agravio.
ªAbsorto, suspenso y admirado quedÛ Anselmo con las razones de Lotario,
porque le cogieron en tiempo donde menos las esperaba oÌr, porque ya tenÌa
a Camila por vencedora de los fingidos asaltos de Lotario y comenzaba a
gozar la gloria del vencimiento. Callando estuvo por un buen espacio,
mirando al suelo sin mover pestaÒa, y al cabo dijo:
ª-T˙ lo has hecho, Lotario, como yo esperaba de tu amistad; en todo he de
seguir tu consejo: haz lo que quisieres y guarda aquel secreto que ves que
conviene en caso tan no pensado.
ªPrometiÛselo Lotario, y, en apart·ndose dÈl, se arrepintiÛ totalmente de
cuanto le habÌa dicho, viendo cu·n neciamente habÌa andado, pues pudiera Èl
vengarse de Camila, y no por camino tan cruel y tan deshonrado. MaldecÌa su
entendimiento, afeaba su ligera determinaciÛn, y no sabÌa quÈ medio tomarse
para deshacer lo hecho, o para dalle alguna razonable salida. Al fin,
acordÛ de dar cuenta de todo a Camila; y, como no faltaba lugar para
poderlo hacer, aquel mismo dÌa la hallÛ sola, y ella, asÌ como vio que le
podÌa hablar, le dijo.
ª-Sabed, amigo Lotario, que tengo una pena en el corazÛn que me le aprieta
de suerte que parece que quiere reventar en el pecho, y ha de ser maravilla
si no lo hace, pues ha llegado la desverg¸enza de Leonela a tanto, que cada
noche encierra a un gal·n suyo en esta casa y se est· con Èl hasta el dÌa,
tan a costa de mi crÈdito cuanto le quedar· campo abierto de juzgarlo al
que le viere salir a horas tan inusitadas de mi casa. Y lo que me fatiga es
que no la puedo castigar ni reÒir: que el ser ella secretario de nuestros
tratos me ha puesto un freno en la boca para callar los suyos, y temo que
de aquÌ ha de nacer alg˙n mal suceso.
ªAl principio que Camila esto decÌa creyÛ Lotario que era artificio para
desmentille que el hombre que habÌa visto salir era de Leonela, y no suyo;
pero, viÈndola llorar y afligirse, y pedirle remedio, vino a creer la
verdad, y, en creyÈndola, acabÛ de estar confuso y arrepentido del todo.
Pero, con todo esto, respondiÛ a Camila que no tuviese pena, que Èl
ordenarÌa remedio para atajar la insolencia de Leonela. DÌjole asimismo lo
que, instigado de la furiosa rabia de los celos, habÌa dicho a Anselmo, y
cÛmo estaba concertado de esconderse en la rec·mara, para ver desde allÌ a
la clara la poca lealtad que ella le guardaba. PidiÛle perdÛn desta locura,
y consejo para poder remedialla y salir bien de tan revuelto laberinto como
su mal discurso le habÌa puesto.
ªEspantada quedÛ Camila de oÌr lo que Lotario le decÌa, y con mucho enojo y
muchas y discretas razones le riÒÛ y afeÛ su mal pensamiento y la simple y
mala determinaciÛn que habÌa tenido. Pero, como naturalmente tiene la mujer
ingenio presto para el bien y para el mal m·s que el varÛn, puesto que le
va faltando cuando de propÛsito se pone a hacer discursos, luego al
instante hallÛ Camila el modo de remediar tan al parecer inremediable
negocio, y dijo a Lotario que procurase que otro dÌa se escondiese Anselmo
donde decÌa, porque ella pensaba sacar de su escondimiento comodidad para
que desde allÌ en adelante los dos se gozasen sin sobresalto alguno; y, sin
declararle del todo su pensamiento, le advirtiÛ que tuviese cuidado que, en
estando Anselmo escondido, Èl viniese cuando Leonela le llamase, y que a
cuanto ella le dijese le respondiese como respondiera aunque no supiera que
Anselmo le escuchaba. PorfiÛ Lotario que le acabase de declarar su
intenciÛn, porque con m·s seguridad y aviso guardase todo lo que viese ser
necesario.
ª-Digo -dijo Camila- que no hay m·s que guardar, si no fuere responderme
como yo os preguntare (no queriendo Camila darle antes cuenta de lo que
pensaba hacer, temerosa que no quisiese seguir el parecer que a ella tan
bueno le parecÌa, y siguiese o buscase otros que no podrÌan ser tan
buenos).
ªCon esto, se fue Lotario; y Anselmo, otro dÌa, con la escusa de ir aquella
aldea de su amigo, se partiÛ y volviÛ a esconderse: que lo pudo hacer con
comodidad, porque de industria se la dieron Camila y Leonela.
ªEscondido, pues, Anselmo, con aquel sobresalto que se puede imaginar que
tendrÌa el que esperaba ver por sus ojos hacer notomÌa de las entraÒas de
su honra, Ìbase a pique de perder el sumo bien que Èl pensaba que tenÌa en
su querida Camila. Seguras ya y ciertas Camila y Leonela que Anselmo estaba
escondido, entraron en la rec·mara; y apenas hubo puesto los pies en ella
Camilia, cuando, dando un grande suspiro, dijo:

ª-°Ay, Leonela amiga! øNo serÌa mejor que, antes que llegase a poner en
ejecuciÛn lo que no quiero que sepas, porque no procures estorbarlo, que
tomases la daga de Anselmo, que te he pedido, y pasases con ella este
infame pecho mÌo? Pero no hagas tal, que no ser· razÛn que yo lleve la pena
de la ajena culpa. Primero quiero saber quÈ es lo que vieron en mÌ los
atrevidos y deshonestos ojos de Lotario que fuese causa de darle
atrevimiento a descubrirme un tan mal deseo como es el que me ha
descubierto, en desprecio de su amigo y en deshonra mÌa. Ponte, Leonela, a
esa ventana y ll·male, que, sin duda alguna, Èl debe de estar en la calle,
esperando poner en efeto su mala intenciÛn. Pero primero se pondr· la cruel
cuanto honrada mÌa.
ª-°Ay, seÒora mÌa! -respondiÛ la sagaz y advertida Leonela-, y øquÈ es lo
que quieres hacer con esta daga? øQuieres por ventura quitarte la vida o
quit·rsela a Lotario? Que cualquiera destas cosas que quieras ha de
redundar en pÈrdida de tu crÈdito y fama. Mejor es que disimules tu
agravio, y no des lugar a que este mal hombre entre ahora en esta casa y
nos halle solas. Mira, seÒora, que somos flacas mujeres, y Èl es hombre y
determinado; y, como viene con aquel mal propÛsito, ciego y apasionado,
quiz· antes que t˙ pongas en ejecuciÛn el tuyo, har· Èl lo que te estarÌa
m·s mal que quitarte la vida. °Mal haya mi seÒor Anselmo, que tanto mal ha
querido dar a este desuellacaras en su casa! Y ya, seÒora, que le mates,
como yo pienso que quieres hacer, øquÈ hemos de hacer dÈl despuÈs de
muerto?
ª-øQuÈ, amiga? -respondiÛ Camila-: dejarÈmosle para que Anselmo le
entierre, pues ser· justo que tenga por descanso el trabajo que tomare en
poner debajo de la tierra su misma infamia. Ll·male, acaba, que todo el
tiempo que tardo en tomar la debida venganza de mi agravio parece que
ofendo a la lealtad que a mi esposo debo.
ªTodo esto escuchaba Anselmo, y, a cada palabra que Camila decÌa, se le
mudaban los pensamientos; mas, cuando entendiÛ que estaba resuelta en matar
a Lotario, quiso salir y descubrirse, porque tal cosa no se hiciese; pero
det˙vole el deseo de ver en quÈ paraba tanta gallardÌa y honesta
resoluciÛn, con propÛsito de salir a tiempo que la estorbase.
ªTomÛle en esto a Camila un fuerte desmayo, y, arroj·ndose encima de una
cama que allÌ estaba, comenzÛ Leonela a llorar muy amargamente y a decir:
ª-°Ay, desdichada de mÌ si fuese tan sin ventura que se me muriese aquÌ
entre mis brazos la flor de la honestidad del mundo, la corona de las
buenas mujeres, el ejemplo de la castidad...!
ªCon otras cosas a Èstas semejantes, que ninguno la escuchara que no la
tuviera por la m·s lastimada y leal doncella del mundo, y a su seÒora por
otra nueva y perseguida PenÈlope. Poco tardÛ en volver de su desmayo
Camila; y, al volver en sÌ, dijo:
ª-øPor quÈ no vas, Leonela, a llamar al m·s leal amigo de amigo que vio el
sol o cubriÛ la noche? Acaba, corre, aguija, camina, no se esfogue con la
tardanza el fuego de la cÛlera que tengo, y se pase en amenazas y
maldiciones la justa venganza que espero.
ª-Ya voy a llamarle, seÒora mÌa -dijo Leonela-, mas hasme de dar primero
esa daga, porque no hagas cosa, en tanto que falto, que dejes con ella que
llorar toda la vida a todos los que bien te quieren.
ª-Ve segura, Leonela amiga, que no harÈ -respondiÛ Camila-; porque, ya que
sea atrevida y simple a tu parecer en volver por mi honra, no lo he de ser
tanto como aquella Lucrecia de quien dicen que se matÛ sin haber cometido
error alguno, y sin haber muerto primero a quien tuvo la causa de su
desgracia. Yo morirÈ, si muero, pero ha de ser vengada y satisfecha del que
me ha dado ocasiÛn de venir a este lugar a llorar sus atrevimientos,
nacidos tan sin culpa mÌa.
ªMucho se hizo de rogar Leonela antes que saliese a llamar a Lotario, pero,
en fin, saliÛ; y, entre tanto que volvÌa, quedÛ Camilia diciendo, como que
hablaba consigo misma:
ª-°V·lame Dios! øNo fuera m·s acertado haber despedido a Lotario, como
otras muchas veces lo he hecho, que no ponerle en condiciÛn, como ya le he
puesto, que me tenga por deshonesta y mala, siquiera este tiempo que he de
tardar en desengaÒarle? Mejor fuera, sin duda; pero no quedara yo vengada,
ni la honra de mi marido satisfecha, si tan a manos lavadas y tan a paso
llano se volviera a salir de donde sus malos pensamientos le entraron.
Pague el traidor con la vida lo que intentÛ con tan lascivo deseo: sepa el
mundo, si acaso llegare a saberlo, de que Camila no sÛlo guardÛ la lealtad
a su esposo, sino que le dio venganza del que se atreviÛ a ofendelle. Mas,
con todo, creo que fuera mejor dar cuenta desto a Anselmo, pero ya se la
apuntÈ a dar en la carta que le escribÌ al aldea, y creo que el no acudir
Èl al remedio del daÒo que allÌ le seÒalÈ, debiÛ de ser que, de puro bueno
y confiado, no quiso ni pudo creer que en el pecho de su tan firme amigo
pudiese caber gÈnero de pensamiento que contra su honra fuese; ni aun yo lo
creÌ despuÈs, por muchos dÌas, ni lo creyera jam·s, si su insolencia no
llegara a tanto, que las manifiestas d·divas y las largas promesas y las
continuas l·grimas no me lo manifestaran. Mas, øpara quÈ hago yo ahora
estos discursos? øTiene, por ventura, una resuluciÛn gallarda necesidad de
consejo alguno? No, por cierto. °Afuera, pues, traidores; aquÌ, venganzas!
°Entre el falso, venga, llegue, muera y acabe, y suceda lo que sucediere!
Limpia entrÈ en poder del que el cielo me dio por mÌo, limpia he de salir
dÈl; y, cuando mucho, saldrÈ baÒada en mi casta sangre, y en la impura del
m·s falso amigo que vio la amistad en el mundo.
ªY, diciendo esto, se paseaba por la sala con la daga desenvainada, dando
tan desconcertados y desaforados pasos, y haciendo tales ademanes, que no
parecÌa sino que le faltaba el juicio, y que no era mujer delicada, sino un
rufi·n desesperado.
ªTodo lo miraba Anselmo, cubierto detr·s de unos tapices donde se habÌa
escondido, y de todo se admiraba, y ya le parecÌa que lo que habÌa visto y
oÌdo era bastante satisfaciÛn para mayores sospechas; y ya quisiera que la
prueba de venir Lotario faltara, temeroso de alg˙n mal repentino suceso. Y,
estando ya para manifestarse y salir, para abrazar y desengaÒar a su
esposa, se detuvo porque vio que Leonela volvÌa con Lotario de la mano; y,
asÌ como Camila le vio, haciendo con la daga en el suelo una gran raya
delante della, le dijo:
ª-Lotario, advierte lo que te digo: si a dicha te atrevieres a pasar desta
raya que ves, ni aun llegar a ella, en el punto que viere que lo intentas,
en ese mismo me pasarÈ el pecho con esta daga que en las manos tengo. Y,
antes que a esto me respondas palabra, quiero que otras algunas me
escuches; que despuÈs responder·s lo que m·s te agradare. Lo primero,
quiero, Lotario, que me digas si conoces a Anselmo, mi marido, y en quÈ
opiniÛn le tienes; y lo segundo, quiero saber tambiÈn si me conoces a mÌ.
RespÛndeme a esto, y no te turbes, ni pienses mucho lo que has de
responder, pues no son dificultades las que te pregunto.
ªNo era tan ignorante Lotario que, desde el primer punto que Camila le dijo
que hiciese esconder a Anselmo, no hubiese dado en la cuenta de lo que ella
pensaba hacer; y asÌ, correspondiÛ con su intenciÛn tan discretamente, y
tan a tiempo, que hicieran los dos pasar aquella mentira por m·s que cierta
verdad; y asÌ, respondiÛ a Camila desta manera:
ª-No pensÈ yo, hermosa Camila, que me llamabas para preguntarme cosas tan
fuera de la intenciÛn con que yo aquÌ vengo. Si lo haces por dilatarme la
prometida merced, desde m·s lejos pudieras entretenerla, porque tanto m·s
fatiga el bien deseado cuanto la esperanza est· m·s cerca de poseello;
pero, porque no digas que no respondo a tus preguntas, digo que conozco a
tu esposo Anselmo, y nos conocemos los dos desde nuestros m·s tiernos aÒos;
y no quiero decir lo que t˙ tan bien sabes de nuestra amistad, por no me
hacer testigo del agravio que el amor hace que le haga, poderosa disculpa
de mayores yerros. A ti te conozco y tengo en la misma posesiÛn que Èl te
tiene; que, a no ser asÌ, por menos prendas que las tuyas no habÌa yo de ir
contra lo que debo a ser quien soy y contra las santas leyes de la
verdadera amistad, ahora por tan poderoso enemigo como el amor por mÌ
rompidas y violadas.
ª-Si eso confiesas -respondiÛ Camila-, enemigo mortal de todo aquello que
justamente merece ser amado, øcon quÈ rostro osas parecer ante quien sabes
que es el espejo donde se mira aquel en quien t˙ te debieras mirar, para
que vieras con cu·n poca ocasiÛn le agravias? Pero ya cayo, °ay, desdichada
de mÌ!, en la cuenta de quiÈn te ha hecho tener tan poca con lo que a ti
mismo debes, que debe de haber sido alguna desenvoltura mÌa, que no quiero
llamarla deshonestidad, pues no habr· procedido de deliberada
determinaciÛn, sino de alg˙n descuido de los que las mujeres que piensan
que no tienen de quiÈn recatarse suelen hacer inadvertidamente. Si no,
dime: øcu·ndo, °oh traidor!, respondÌ a tus ruegos con alguna palabra o
seÒal que pudiese despertar en ti alguna sombra de esperanza de cumplir tus
infames deseos? øCu·ndo tus amorosas palabras no fueron deshechas y
reprehendidas de las mÌas con rigor y con aspereza? øCu·ndo tus muchas
promesas y mayores d·divas fueron de mÌ creÌdas, ni admitidas? Pero, por
parecerme que alguno no puede perseverar en el intento amoroso luengo
tiempo, si no es sustentado de alguna esperanza, quiero atribuirme a mÌ la
culpa de tu impertinencia, pues, sin duda, alg˙n descuido mÌo ha sustentado
tanto tiempo tu cuidado; y asÌ, quiero castigarme y darme la pena que tu
culpa merece. Y, porque vieses que, siendo conmigo tan inhumana, no era
posible dejar de serlo contigo, quise traerte a ser testigo del sacrificio
que pienso hacer a la ofendida honra de mi tan honrado marido, agraviado de
ti con el mayor cuidado que te ha sido posible, y de mÌ tambiÈn con el poco
recato que he tenido del huir la ocasiÛn, si alguna te di, para favorecer y
canonizar tus malas intenciones. Torno a decir que la sospecha que tengo
que alg˙n descuido mÌo engendrÛ en ti tan desvariados pensamientos es la
que m·s me fatiga, y la que yo m·s deseo castigar con mis propias manos,
porque, castig·ndome otro verdugo, quiz· serÌa m·s p˙blica mi culpa; pero,
antes que esto haga, quiero matar muriendo, y llevar conmigo quien me acabe
de satisfacer el deseo de la venganza que espero y tengo, viendo all·,
dondequiera que fuere, la pena que da la justicia desinteresada y que no se
dobla al que en tÈrminos tan desesperados me ha puesto.
ªY, diciendo estas razones, con una increÌble fuerza y ligereza arremetiÛ a
Lotario con la daga desenvainada, con tales muestras de querer enclav·rsela
en el pecho, que casi Èl estuvo en duda si aquellas demostraciones eran
falsas o verdaderas, porque le fue forzoso valerse de su industria y de su
fuerza para estorbar que Camila no le diese. La cual tan vivamente fingÌa
aquel estraÒo embuste y fealdad que, por dalle color de verdad, la quiso
matizar con su misma sangre; porque, viendo que no podÌa haber a Lotario, o
fingiendo que no podÌa, dijo:
ª-Pues la suerte no quiere satisfacer del todo mi tan justo deseo, a lo
menos, no ser· tan poderosa que, en parte, me quite que no le satisfaga.
Y, haciendo fuerza para soltar la mano de la daga, que Lotario la tenÌa
asida, la sacÛ, y, guiando su punta por parte que pudiese herir no
profundamente, se la entrÛ y escondiÛ por m·s arriba de la islilla del lado
izquierdo, junto al hombro, y luego se dejÛ caer en el suelo, como
desmayada.
ªEstaban Leonela y Lotario suspensos y atÛnitos de tal suceso, y todavÌa
dudaban de la verdad de aquel hecho, viendo a Camila tendida en tierra y
baÒada en su sangre. AcudiÛ Lotario con mucha presteza, despavorido y sin
aliento, a sacar la daga, y, en ver la pequeÒa herida, saliÛ del temor que
hasta entonces tenÌa, y de nuevo se admirÛ de la sagacidad, prudencia y
mucha discreciÛn de la hermosa Camila; y, por acudir con lo que a Èl le
tocaba, comenzÛ a hacer una larga y triste lamentaciÛn sobre el cuerpo de
Camila, como si estuviera difunta, ech·ndose muchas maldiciones, no sÛlo a
Èl, sino al que habÌa sido causa de habelle puesto en aquel tÈrmino. Y,
como sabÌa que le escuchaba su amigo Anselmo, decÌa cosas que el que le
oyera le tuviera mucha m·s l·stima que a Camila, aunque por muerta la
juzgara.
ªLeonela la tomÛ en brazos y la puso en el lecho, suplicando a Lotario
fuese a buscar quien secretamente a Camila curase; pedÌale asimismo consejo
y parecer de lo que dirÌan a Anselmo de aquella herida de su seÒora, si
acaso viniese antes que estuviese sana. …l respondiÛ que dijesen lo que
quisiesen, que Èl no estaba para dar consejo que de provecho fuese; sÛlo le
dijo que procurase tomarle la sangre, porque Èl se iba adonde gentes no le
viesen. Y, con muestras de mucho dolor y sentimiento, se saliÛ de casa; y,
cuando se vio solo y en parte donde nadie le veÌa, no cesaba de hacerse
cruces, maravill·ndose de la industria de Camila y de los ademanes tan
proprios de Leonela. Consideraba cu·n enterado habÌa de quedar Anselmo de
que tenÌa por mujer a una segunda Porcia, y deseaba verse con Èl para
celebrar los dos la mentira y la verdad m·s disimulada que jam·s pudiera
imaginarse.
ªLeonela tomÛ, como se ha dicho, la sangre a su seÒora, que no era m·s de
aquello que bastÛ para acreditar su embuste; y, lavando con un poco de vino
la herida, se la atÛ lo mejor que supo, diciendo tales razones, en tanto
que la curaba, que, aunque no hubieran precedido otras, bastaran a hacer
creer a Anselmo que tenÌa en Camila un simulacro de la honestidad.
ªJunt·ronse a las palabras de Leonela otras de Camila, llam·ndose cobarde y
de poco ·nimo, pues le habÌa faltado al tiempo que fuera m·s necesario
tenerle, para quitarse la vida, que tan aborrecida tenÌa. PedÌa consejo a
su doncella si darÌa, o no, todo aquel suceso a su querido esposo; la cual
le dijo que no se lo dijese, porque le pondrÌa en obligaciÛn de vengarse de
Lotario, lo cual no podrÌa ser sin mucho riesgo suyo, y que la buena mujer
estaba obligada a no dar ocasiÛn a su marido a que riÒese, sino a quitalle
todas aquellas que le fuese posible.
ªRespondiÛ Camila que le parecÌa muy bien su parecer y que ella le
seguirÌa; pero que en todo caso convenÌa buscar quÈ decir a Anselmo de la
causa de aquella herida, que Èl no podrÌa dejar de ver; a lo que Leonela
respondÌa que ella, ni aun burlando, no sabÌa mentir.
ª-Pues yo, hermana -replicÛ Camila-, øquÈ tengo de saber, que no me
atreverÈ a forjar ni sustentar una mentira, si me fuese en ello la vida? Y
si es que no hemos de saber dar salida a esto, mejor ser· decirle la verdad
desnuda, que no que nos alcance en mentirosa cuenta.
ª-No tengas pena, seÒora: de aquÌ a maÒana -respondiÛ Leonela- yo pensarÈ
quÈ le digamos, y quiz· que, por ser la herida donde es, la podr·s
encubrir sin que Èl la vea, y el cielo ser· servido de favorecer a nuestros
tan justos y tan honrados pensamientos. SosiÈgate, seÒora mÌa, y procura
sosegar tu alteraciÛn, porque mi seÒor no te halle sobresaltada, y lo dem·s
dÈjalo a mi cargo, y al de Dios, que siempre acude a los buenos deseos.
ªAtentÌsimo habÌa estado Anselmo a escuchar y a ver representar la tragedia
de la muerte de su honra; la cual con tan estraÒos y eficaces afectos la
representaron los personajes della, que pareciÛ que se habÌan transformado
en la misma verdad de lo que fingÌan. Deseaba mucho la noche, y el tener
lugar para salir de su casa, y ir a verse con su buen amigo Lotario,
congratul·ndose con Èl de la margarita preciosa que habÌa hallado en el
desengaÒo de la bondad de su esposa. Tuvieron cuidado las dos de darle
lugar y comodidad a que saliese, y Èl, sin perdella, saliÛ y luego fue a
buscar a Lotario, el cual hallado, no se puede buenamente contar los
abrazos que le dio, las cosas que de su contento le dijo, las alabanzas que
dio a Camila. Todo lo cual escuchÛ Lotario sin poder dar muestras de alguna
alegrÌa, porque se le representaba a la memoria cu·n engaÒado estaba su
amigo y cu·n injustamente Èl le agraviaba. Y, aunque Anselmo veÌa que
Lotario no se alegraba, creÌa ser la causa por haber dejado a Camila herida
y haber Èl sido la causa; y asÌ, entre otras razones, le dijo que no
tuviese pena del suceso de Camila, porque, sin duda, la herida era ligera,
pues quedaban de concierto de encubrÌrsela a Èl; y que, seg˙n esto, no
habÌa de quÈ temer, sino que de allÌ adelante se gozase y alegrase con Èl,
pues por su industria y medio Èl se veÌa levantado a la m·s alta felicidad
que acertara desearse, y querÌa que no fuesen otros sus entretenimientos
que en hacer versos en alabanza de Camila, que la hiciesen eterna en la
memoria de los siglos venideros. Lotario alabÛ su buena determinaciÛn y
dijo que Èl, por su parte, ayudarÌa a levantar tan ilustre edificio.
ªCon esto quedÛ Anselmo el hombre m·s sabrosamente engaÒado que pudo haber
en el mundo: Èl mismo llevÛ por la mano a su casa, creyendo que llevaba el
instrumento de su gloria, toda la perdiciÛn de su fama. RecebÌale Camila
con rostro, al parecer, torcido, aunque con alma risueÒa. DurÛ este engaÒo
algunos dÌas, hasta que, al cabo de pocos meses, volviÛ Fortuna su rueda y
saliÛ a plaza la maldad con tanto artificio hasta allÌ cubierta, y a
Anselmo le costÛ la vida su impertinente curiosidad.ª

CapÌtulo XXXV. Donde se da fin a la novela del Curioso impertinente

Poco m·s quedaba por leer de la novela, cuando del caramanchÛn donde
reposaba don Quijote saliÛ Sancho Panza todo alborotado, diciendo a voces:
-Acudid, seÒores, presto y socorred a mi seÒor, que anda envuelto en la m·s
reÒida y trabada batalla que mis ojos han visto. °Vive Dios, que ha dado
una cuchillada al gigante enemigo de la seÒora princesa Micomicona, que le
ha tajado la cabeza, cercen a cercen, como si fuera un nabo!
-øQuÈ dices, hermano? -dijo el cura, dejando de leer lo que de la novela
quedaba-. øEst·is en vos, Sancho? øCÛmo diablos puede ser eso que decÌs,
estando el gigante dos mil leguas de aquÌ?
En esto, oyeron un gran ruido en el aposento, y que don Quijote decÌa a
voces:
-°Tente, ladrÛn, malandrÌn, follÛn, que aquÌ te tengo, y no te ha de valer
tu cimitarra!
Y parecÌa que daba grandes cuchilladas por las paredes. Y dijo Sancho:
-No tienen que pararse a escuchar, sino entren a despartir la pelea, o a
ayudar a mi amo; aunque ya no ser· menester, porque, sin duda alguna, el
gigante est· ya muerto, y dando cuenta a Dios de su pasada y mala vida, que
yo vi correr la sangre por el suelo, y la cabeza cortada y caÌda a un lado,
que es tamaÒa como un gran cuero de vino.
-Que me maten -dijo a esta sazÛn el ventero- si don Quijote, o don diablo,
no ha dado alguna cuchillada en alguno de los cueros de vino tinto que a su
cabecera estaban llenos, y el vino derramado debe de ser lo que le parece
sangre a este buen hombre.
Y, con esto, entrÛ en el aposento, y todos tras Èl, y hallaron a don
Quijote en el m·s estraÒo traje del mundo: estaba en camisa, la cual no era
tan cumplida que por delante le acabase de cubrir los muslos, y por detr·s
tenÌa seis dedos menos; las piernas eran muy largas y flacas, llenas de
vello y no nada limpias; tenÌa en la cabeza un bonetillo colorado,
grasiento, que era del ventero; en el brazo izquierdo tenÌa revuelta la
manta de la cama, con quien tenÌa ojeriza Sancho, y Èl se sabÌa bien el
porquÈ; y en la derecha, desenvainada la espada, con la cual daba
cuchilladas a todas partes, diciendo palabras como si verdaderamente
estuviera peleando con alg˙n gigante. Y es lo bueno que no tenÌa los ojos
abiertos, porque estaba durmiendo y soÒando que estaba en batalla con el
gigante; que fue tan intensa la imaginaciÛn de la aventura que iba a
fenecer, que le hizo soÒar que ya habÌa llegado al reino de MicomicÛn, y
que ya estaba en la pelea con su enemigo. Y habÌa dado tantas cuchilladas
en los cueros, creyendo que las daba en el gigante, que todo el aposento
estaba lleno de vino; lo cual visto por el ventero, tomÛ tanto enojo que
arremetiÛ con don Quijote, y a puÒo cerrado le comenzÛ a dar tantos golpes
que si Cardenio y el cura no se le quitaran, Èl acabara la guerra del
gigante; y, con todo aquello, no despertaba el pobre caballero, hasta que
el barbero trujo un gran caldero de agua frÌa del pozo y se le echÛ por
todo el cuerpo de golpe, con lo cual despertÛ don Quijote; mas no con tanto
acuerdo que echase de ver de la manera que estaba.
Dorotea, que vio cu·n corta y sotilmente estaba vestido, no quiso entrar a
ver la batalla de su ayudador y de su contrario.
Andaba Sancho buscando la cabeza del gigante por todo el suelo, y, como no
la hallaba, dijo:
-Ya yo sÈ que todo lo desta casa es encantamento; que la otra vez, en este
mesmo lugar donde ahora me hallo, me dieron muchos mojicones y porrazos,
sin saber quiÈn me los daba, y nunca pude ver a nadie; y ahora no parece
por aquÌ esta cabeza que vi cortar por mis mismÌsimos ojos, y la sangre
corrÌa del cuerpo como de una fuente.
-øQuÈ sangre ni quÈ fuente dices, enemigo de Dios y de sus santos? -dijo el
ventero-. øNo vees, ladrÛn, que la sangre y la fuente no es otra cosa que
estos cueros que aquÌ est·n horadados y el vino tinto que nada en este
aposento, que nadando vea yo el alma en los infiernos de quien los horadÛ?
-No sÈ nada -respondiÛ Sancho-; sÛlo sÈ que vendrÈ a ser tan desdichado
que, por no hallar esta cabeza, se me ha de deshacer mi condado como la sal
en el agua.
Y estaba peor Sancho despierto que su amo durmiendo: tal le tenÌan las
promesas que su amo le habÌa hecho. El ventero se desesperaba de ver la
flema del escudero y el maleficio del seÒor, y juraba que no habÌa de ser
como la vez pasada, que se le fueron sin pagar; y que ahora no le habÌan de
valer los previlegios de su caballerÌa para dejar de pagar lo uno y lo
otro, aun hasta lo que pudiesen costar las botanas que se habÌan de echar a
los rotos cueros.
TenÌa el cura de las manos a don Quijote, el cual, creyendo que ya habÌa
acabado la aventura, y que se hallaba delante de la princesa Micomicona, se
hincÛ de rodillas delante del cura, diciendo:
-Bien puede la vuestra grandeza, alta y famosa seÒora, vivir, de hoy m·s,
segura que le pueda hacer mal esta mal nacida criatura; y yo tambiÈn, de
hoy m·s, soy quito de la palabra que os di, pues, con el ayuda del alto
Dios y con el favor de aquella por quien yo vivo y respiro, tan bien la he
cumplido.
-øNo lo dije yo? -dijo oyendo esto Sancho-. SÌ que no estaba yo borracho:
°mirad si tiene puesto ya en sal mi amo al gigante! °Ciertos son los toros:
mi condado est· de molde!
øQuiÈn no habÌa de reÌr con los disparates de los dos, amo y mozo? Todos
reÌan sino el ventero, que se daba a Satan·s. Pero, en fin, tanto hicieron
el barbero, Cardenio y el cura que, con no poco trabajo, dieron con don
Quijote en la cama, el cual se quedÛ dormido, con muestras de grandÌsimo
cansancio. Dej·ronle dormir, y saliÈronse al portal de la venta a consolar
a Sancho Panza de no haber hallado la cabeza del gigante; aunque m·s
tuvieron que hacer en aplacar al ventero, que estaba desesperado por la
repentina muerte de sus cueros. Y la ventera decÌa en voz y en grito:
-En mal punto y en hora menguada entrÛ en mi casa este caballero andante,
que nunca mis ojos le hubieran visto, que tan caro me cuesta. La vez pasada
se fue con el costo de una noche, de cena, cama, paja y cebada, para Èl y
para su escudero, y un rocÌn y un jumento, diciendo que era caballero
aventurero (que mala ventura le dÈ Dios a Èl y a cuantos aventureros hay en
el mundo) y que por esto no estaba obligado a pagar nada, que asÌ estaba
escrito en los aranceles de la caballerÌa andantesca. Y ahora, por su
respeto, vino estotro seÒor y me llevÛ mi cola, y h·mela vuelto con m·s de
dos cuartillos de daÒo, toda pelada, que no puede servir para lo que la
quiere mi marido. Y, por fin y remate de todo, romperme mis cueros y
derramarme mi vino; que derramada le vea yo su sangre. °Pues no se piense;
que, por los huesos de mi padre y por el siglo de mi madre, si no me lo han
de pagar un cuarto sobre otro, o no me llamarÌa yo como me llamo ni serÌa
hija de quien soy!
Estas y otras razones tales decÌa la ventera con grande enojo, y ayud·bala
su buena criada Maritornes. La hija callaba, y de cuando en cuando se
sonreÌa. El cura lo sosegÛ todo, prometiendo de satisfacerles su pÈrdida lo
mejor que pudiese, asÌ de los cueros como del vino, y principalmente del
menoscabo de la cola, de quien tanta cuenta hacÌan. Dorotea consolÛ a
Sancho Panza diciÈndole que cada y cuando que pareciese haber sido verdad
que su amo hubiese descabezado al gigante, le prometÌa, en viÈndose
pacÌfica en su reino, de darle el mejor condado que en Èl hubiese.
ConsolÛse con esto Sancho, y asegurÛ a la princesa que tuviese por cierto
que Èl habÌa visto la cabeza del gigante, y que, por m·s seÒas, tenÌa una
barba que le llegaba a la cintura; y que si no parecÌa, era porque todo
cuanto en aquella casa pasaba era por vÌa de encantamento, como Èl lo habÌa
probado otra vez que habÌa posado en ella. Dorotea dijo que asÌ lo creÌa, y
que no tuviese pena, que todo se harÌa bien y sucederÌa a pedir de boca.
Sosegados todos, el cura quiso acabar de leer la novela, porque vio que
faltaba poco. Cardenio, Dorotea y todos los dem·s le rogaron la acabase.
…l, que a todos quiso dar gusto, y por el que Èl tenÌa de leerla, prosiguiÛ
el cuento, que asÌ decÌa:
´SucediÛ, pues, que, por la satisfaciÛn que Anselmo tenÌa de la bondad de
Camila, vivÌa una vida contenta y descuidada, y Camila, de industria, hacÌa
mal rostro a Lotario, porque Anselmo entendiese al revÈs de la voluntad que
le tenÌa; y, para m·s confirmaciÛn de su hecho, pidiÛ licencia Lotario para
no venir a su casa, pues claramente se mostraba la pesadumbre que con su
vista Camila recebÌa; mas el engaÒado Anselmo le dijo que en ninguna manera
tal hiciese. Y, desta manera, por mil maneras era Anselmo el fabricador de
su deshonra, creyendo que lo era de su gusto.
ªEn esto, el que tenÌa Leonela de verse cualificada, no de con sus amores,
llegÛ a tanto que, sin mirar a otra cosa, se iba tras Èl a suelta rienda,
fiada en que su seÒora la encubrÌa, y aun la advertÌa del modo que con poco
recelo pudiese ponerle en ejecuciÛn. En fin, una noche sintiÛ Anselmo pasos
en el aposento de Leonela, y, queriendo entrar a ver quiÈn los daba, sintiÛ
que le detenÌan la puerta, cosa que le puso m·s voluntad de abrirla; y
tanta fuerza hizo, que la abriÛ, y entrÛ dentro a tiempo que vio que un
hombre saltaba por la ventana a la calle; y, acudiendo con presteza a
alcanzarle o conocerle, no pudo conseguir lo uno ni lo otro, porque Leonela
se abrazÛ con Èl, diciÈndole:
ª-SosiÈgate, seÒor mÌo, y no te alborotes, ni sigas al que de aquÌ saltÛ;
es cosa mÌa, y tanto, que es mi esposo.
ªNo lo quiso creer Anselmo; antes, ciego de enojo, sacÛ la daga y quiso
herir a Leonela, diciÈndole que le dijese la verdad, si no, que la matarÌa.
Ella, con el miedo, sin saber lo que se decÌa, le dijo:
ª-No me mates, seÒor, que yo te dirÈ cosas de m·s importancia de las que
puedes imaginar.

ª-Dilas luego -dijo Anselmo-; si no, muerta eres.

ª-Por ahora ser· imposible -dijo Leonela-, seg˙n estoy de turbada; dÈjame
hasta maÒana, que entonces sabr·s de mÌ lo que te ha de admirar; y est·
seguro que el que saltÛ por esta ventana es un mancebo desta ciudad, que me
ha dado la mano de ser mi esposo.

ªSosegÛse con esto Anselmo y quiso aguardar el tÈrmino que se le pedÌa,
porque no pensaba oÌr cosa que contra Camila fuese, por estar de su bondad
tan satisfecho y seguro; y asÌ, se saliÛ del aposento y dejÛ encerrada en
Èl a Leonela, diciÈndole que de allÌ no saldrÌa hasta que le dijese lo que
tenÌa que decirle.

ªFue luego a ver a Camila y a decirle, como le dijo, todo aquello que con
su doncella le habÌa pasado, y la palabra que le habÌa dado de decirle
grandes cosas y de importancia. Si se turbÛ Camila o no, no hay para quÈ
decirlo, porque fue tanto el temor que cobrÛ, creyendo verdaderamente -y
era de creer- que Leonela habÌa de decir a Anselmo todo lo que sabÌa de su
poca fe, que no tuvo ·nimo para esperar si su sospecha salÌa falsa o no. Y
aquella mesma noche, cuando le pareciÛ que Anselmo dormÌa, juntÛ las
mejores joyas que tenÌa y algunos dineros, y, sin ser de nadie sentida,
saliÛ de casa y se fue a la de Lotario, a quien contÛ lo que pasaba, y le
pidiÛ que la pusiese en cobro, o que se ausentasen los dos donde de Anselmo
pudiesen estar seguros. La confusiÛn en que Camila puso a Lotario fue tal,
que no le sabÌa responder palabra, ni menos sabÌa resolverse en lo que
harÌa.

ªEn fin, acordÛ de llevar a Camila a un monesterio, en quien era priora una
su hermana. ConsintiÛ Camila en ello, y, con la presteza que el caso pedÌa,
la llevÛ Lotario y la dejÛ en el monesterio, y Èl, ansimesmo, se ausentÛ
luego de la ciudad, sin dar parte a nadie de su ausencia.

ªCuando amaneciÛ, sin echar de ver Anselmo que Camila faltaba de su lado,
con el deseo que tenÌa de saber lo que Leonela querÌa decirle, se levantÛ y
fue adonde la habÌa dejado encerrada. AbriÛ y entrÛ en el aposento, pero no
hallÛ en Èl a Leonela: sÛlo hallÛ puestas unas s·banas aÒudadas a la
ventana, indicio y seÒal que por allÌ se habÌa descolgado e ido. VolviÛ
luego muy triste a decÌrselo a Camila, y, no hall·ndola en la cama ni en
toda la casa, quedÛ asombrado.PreguntÛ a los criados de casa por ella, pero
nadie le supo dar razÛn de lo que pedÌa.

ªAcertÛ acaso, andando a buscar a Camila, que vio sus cofres abiertos y que
dellos faltaban las m·s de sus joyas, y con esto acabÛ de caer en la cuenta
de su desgracia, y en que no era Leonela la causa de su desventura. Y, ansÌ
como estaba, sin acabarse de vestir, triste y pensativo, fue a dar cuenta
de su desdicha a su amigo Lotario. Mas, cuando no le hallÛ, y sus criados
le dijeron que aquella noche habÌa faltado de casa y habÌa llevado consigo
todos los dineros que tenÌa, pensÛ perder el juicio. Y, para acabar de
concluir con todo, volviÈndose a su casa, no hallÛ en ella ninguno de
cuantos criados ni criadas tenÌa, sino la casa desierta y sola.

ªNo sabÌa quÈ pensar, quÈ decir, ni quÈ hacer, y poco a poco se le iba
volviendo el juicio. Contempl·base y mir·base en un instante sin mujer, sin
amigo y sin criados; desamparado, a su parecer, del cielo que le cubrÌa, y
sobre todo sin honra, porque en la falta de Camila vio su perdiciÛn.

ªResolviÛse, en fin, a cabo de una gran pieza, de irse a la aldea de su
amigo, donde habÌa estado cuando dio lugar a que se maquinase toda aquella
desventura. CerrÛ las puertas de su casa, subiÛ a caballo, y con desmayado
aliento se puso en camino; y, apenas hubo andado la mitad, cuando, acosado
de sus pensamientos, le fue forzoso apearse y arrendar su caballo a un
·rbol, a cuyo tronco se dejÛ caer, dando tiernos y dolorosos suspiros, y
allÌ se estuvo hasta casi que anochecÌa; y aquella hora vio que venÌa un
hombre a caballo de la ciudad, y, despuÈs de haberle saludado, le preguntÛ
quÈ nuevas habÌa en Florencia. El ciudadano respondiÛ:

ª-Las m·s estraÒas que muchos dÌas ha se han oÌdo en ella; porque se dice
p˙blicamente que Lotario, aquel grande amigo de Anselmo el rico, que vivÌa
a San Juan, se llevÛ esta noche a Camila, mujer de Anselmo, el cual tampoco
parece. Todo esto ha dicho una criada de Camila, que anoche la hallÛ el
gobernador descolg·ndose con una s·bana por las ventanas de la casa de
Anselmo. En efeto, no sÈ puntualmente cÛmo pasÛ el negocio; sÛlo sÈ que
toda la ciudad est· admirada deste suceso, porque no se podÌa esperar tal
hecho de la mucha y familiar amistad de los dos, que dicen que era tanta,
que los llamaban los dos amigos.

ª-øS·bese, por ventura -dijo Anselmo-, el camino que llevan Lotario y
Camila?

ª-Ni por pienso -dijo el ciudadano-, puesto que el gobernador ha usado de
mucha diligencia en buscarlos

ª-A Dios vais, seÒor -dijo Anselmo.

ª-Con …l quedÈis -respondiÛ el ciudadano, y fuese.

ªCon tan desdichadas nuevas, casi casi llegÛ a tÈrminos Anselmo, no sÛlo de
perder el juicio, sino de acabar la vida. LevantÛse como pudo y llegÛ a
casa de su amigo, que a˙n no sabÌa su desgracia; mas, como le vio llegar
amarillo, consumido y seco, entendiÛ que de alg˙n grave mal venÌa fatigado.
PidiÛ luego Anselmo que le acostasen, y que le diesen aderezo de escribir.
HÌzose asÌ, y dej·ronle acostado y solo, porque Èl asÌ lo quiso, y aun que
le cerrasen la puerta. ViÈndose, pues, solo, comenzÛ a cargar tanto la
imaginaciÛn de su desventura, que claramente conociÛ que se le iba acabando
la vida; y asÌ, ordenÛ de dejar noticia de la causa de su estraÒa muerte;
y, comenzando a escribir, antes que acabase de poner todo lo que querÌa, le
faltÛ el aliento y dejÛ la vida en las manos del dolor que le causÛ su
curiosidad impertinente.

ªViendo el seÒor de casa que era ya tarde y que Anselmo no llamaba, acordÛ
de entrar a saber si pasaba adelante su indisposiciÛn, y hallÛle tendido
boca abajo, la mitad del cuerpo en la cama y la otra mitad sobre el bufete,
sobre el cual estaba con el papel escrito y abierto, y Èl tenÌa a˙n la
pluma en la mano. LlegÛse el huÈsped a Èl, habiÈndole llamado primero; y,
trab·ndole por la mano, viendo que no le respondÌa y hall·ndole frÌo, vio
que estaba muerto. AdmirÛse y congojÛse en gran manera, y llamÛ a la gente
de casa para que viesen la desgracia a Anselmo sucedida; y, finalmente,
leyÛ el papel, que conociÛ que de su mesma mano estaba escrito, el cual
contenÌa estas razones:

Un necio e impertinente deseo me quitÛ la vida. Si las nuevas de mi muerte
llegaren a los oÌdos de Camila, sepa que yo la perdono, porque no estaba
ella obligada a hacer milagros, ni yo tenÌa necesidad de querer que ella
los hiciese; y, pues yo fui el fabricador de mi deshonra, no hay para
quÈ...

ªHasta aquÌ escribiÛ Anselmo, por donde se echÛ de ver que en aquel punto,
sin poder acabar la razÛn, se le acabÛ la vida. Otro dÌa dio aviso su amigo
a los parientes de Anselmo de su muerte, los cuales ya sabÌan su desgracia,
y el monesterio donde Camila estaba, casi en el tÈrmino de acompaÒar a su
esposo en aquel forzoso viaje, no por las nuevas del muerto esposo, mas por
las que supo del ausente amigo. DÌcese que, aunque se vio viuda, no quiso
salir del monesterio, ni, menos, hacer profesiÛn de monja, hasta que, no de
allÌ a muchos dÌas, le vinieron nuevas que Lotario habÌa muerto en una
batalla que en aquel tiempo dio monsiur de Lautrec al Gran Capit·n Gonzalo
Fern·ndez de CÛrdoba en el reino de N·poles, donde habÌa ido a parar el
tarde arrepentido amigo; lo cual sabido por Camila, hizo profesiÛn, y acabÛ
en breves dÌas la vida a las rigurosas manos de tristezas y melancolÌas.
…ste fue el fin que tuvieron todos, nacido de un tan desatinado principio.ª

-Bien -dijo el cura- me parece esta novela, pero no me puedo persuadir que
esto sea verdad; y si es fingido, fingiÛ mal el autor, porque no se puede
imaginar que haya marido tan necio que quiera hacer tan costosa experiencia
como Anselmo. Si este caso se pusiera entre un gal·n y una dama, pudiÈrase
llevar, pero entre marido y mujer, algo tiene del imposible; y, en lo que
toca al modo de contarle, no me descontenta.

CapÌtulo XXXVI. Que trata de la brava y descomunal batalla que don Quijote
tuvo con unos cueros de vino tinto, con otros raros sucesos que en la venta
le sucedieron

Estando en esto, el ventero, que estaba a la puerta de la venta, dijo:

-Esta que viene es una hermosa tropa de huÈspedes: si ellos paran aquÌ,
gaudeamus tenemos.

-øQuÈ gente es? -dijo Cardenio.

-Cuatro hombres -respondiÛ el ventero- vienen a caballo, a la jineta, con
lanzas y adargas, y todos con antifaces negros; y junto con ellos viene una
mujer vestida de blanco, en un sillÛn, ansimesmo cubierto el rostro, y
otros dos mozos de a pie.

-øVienen muy cerca? -preguntÛ el cura.

-Tan cerca -respondiÛ el ventero-, que ya llegan.

Oyendo esto Dorotea, se cubriÛ el rostro, y Cardenio se entrÛ en el
aposento de don Quijote; y casi no habÌan tenido lugar para esto, cuando
entraron en la venta todos los que el ventero habÌa dicho; y, ape·ndose los
cuatro de a caballo, que de muy gentil talle y disposiciÛn eran, fueron a
apear a la mujer que en el sillÛn venÌa; y, tom·ndola uno dellos en sus
brazos, la sentÛ en una silla que estaba a la entrada del aposento donde
Cardenio se habÌa escondido. En todo este tiempo, ni ella ni ellos se
habÌan quitado los antifaces, ni hablado palabra alguna; sÛlo que, al
sentarse la mujer en la silla, dio un profundo suspiro y dejÛ caer los
brazos, como persona enferma y desmayada. Los mozos de a pie llevaron los
caballos a la caballeriza.

Viendo esto el cura, deseoso de saber quÈ gente era aquella que con tal
traje y tal silencio estaba, se fue donde estaban los mozos, y a uno dellos
le preguntÛ lo que ya deseaba; el cual le respondiÛ:

-Pardiez, seÒor, yo no sabrÈ deciros quÈ gente sea Èsta; sÛlo sÈ que
muestra ser muy principal, especialmente aquel que llegÛ a tomar en sus
brazos a aquella seÒora que habÈis visto; y esto dÌgolo porque todos los
dem·s le tienen respeto, y no se hace otra cosa m·s de la que Èl ordena y
manda.

-Y la seÒora, øquiÈn es? -preguntÛ el cura.

-Tampoco sabrÈ decir eso -respondiÛ el mozo-, porque en todo el camino no
la he visto el rostro; suspirar sÌ la he oÌdo muchas veces, y dar unos
gemidos que parece que con cada uno dellos quiere dar el alma. Y no es de
maravillar que no sepamos m·s de lo que habemos dicho, porque mi compaÒero
y yo no ha m·s de dos dÌas que los acompaÒamos; porque, habiÈndolos
encontrado en el camino, nos rogaron y persuadieron que viniÈsemos con
ellos hasta el AndalucÌa, ofreciÈndose a pag·rnoslo muy bien.

-øY habÈis oÌdo nombrar a alguno dellos? -preguntÛ el cura.

-No, por cierto -respondiÛ el mozo-, porque todos caminan con tanto
silencio que es maravilla, porque no se oye entre ellos otra cosa que los
suspiros y sollozos de la pobre seÒora, que nos mueven a l·stima; y sin
duda tenemos creÌdo que ella va forzada dondequiera que va, y, seg˙n se
puede colegir por su h·bito, ella es monja, o va a serlo, que es lo m·s
cierto, y quiz· porque no le debe de nacer de voluntad el monjÌo, va
triste, como parece.

-Todo podrÌa ser -dijo el cura.

Y, dej·ndolos, se volviÛ adonde estaba Dorotea, la cual, como habÌa oÌdo
suspirar a la embozada, movida de natural compasiÛn, se llegÛ a ella y le
dijo:

-øQuÈ mal sentÌs, seÒora mÌa? Mirad si es alguno de quien las mujeres
suelen tener uso y experiencia de curarle, que de mi parte os ofrezco una
buena voluntad de serviros.

A todo esto callaba la lastimada seÒora; y, aunque Dorotea tornÛ con
mayores ofrecimientos, todavÌa se estaba en su silencio, hasta que llegÛ el
caballero embozado que dijo el mozo que los dem·s obedecÌan, y dijo a
Dorotea:

-No os cansÈis, seÒora, en ofrecer nada a esa mujer, porque tiene por
costumbre de no agradecer cosa que por ella se hace, ni procurÈis que os
responda, si no querÈis oÌr alguna mentira de su boca.

-Jam·s la dije -dijo a esta sazÛn la que hasta allÌ habÌa estado callando-;
antes, por ser tan verdadera y tan sin trazas mentirosas, me veo ahora en
tanta desventura; y desto vos mesmo quiero que se·is el testigo, pues mi
pura verdad os hace a vos ser falso y mentiroso.

OyÛ estas razones Cardenio bien clara y distintamente, como quien estaba
tan junto de quien las decÌa que sola la puerta del aposento de don Quijote
estaba en medio; y, asÌ como las oyÛ, dando una gran voz dijo:

-°V·lgame Dios! øQuÈ es esto que oigo? øQuÈ voz es esta que ha llegado a
mis oÌdos?

VolviÛ la cabeza a estos gritos aquella seÒora, toda sobresaltada, y, no
viendo quiÈn las daba, se levantÛ en pie y fuese a entrar en el aposento;
lo cual visto por el caballero, la detuvo, sin dejarla mover un paso. A
ella, con la turbaciÛn y desasosiego, se le cayÛ el tafet·n con que traÌa
cubierto el rostro, y descubriÛ una hermosura incomparable y un rostro
milagroso, aunque descolorido y asombrado, porque con los ojos andaba
rodeando todos los lugares donde alcanzaba con la vista, con tanto ahÌnco,
que parecÌa persona fuera de juicio; cuyas seÒales, sin saber por quÈ las
hacÌa, pusieron gran l·stima en Dorotea y en cuantos la miraban. TenÌala el
caballero fuertemente asida por las espaldas, y, por estar tan ocupado en
tenerla, no pudo acudir a alzarse el embozo, que se le caÌa, como, en
efeto, se le cayÛ del todo; y, alzando los ojos Dorotea, que abrazada con
la seÒora estaba, vio que el que abrazada ansimesmo la tenÌa era su esposo
don Fernando; y, apenas le hubo conocido, cuando, arrojando de lo Ìntimo de
sus entraÒas un luengo y tristÌsimo ''°ay!'', se dejÛ caer de espaldas
desmayada; y, a no hallarse allÌ junto el barbero, que la recogiÛ en los
brazos, ella diera consigo en el suelo.

AcudiÛ luego el cura a quitarle el embozo, para echarle agua en el rostro,
y asÌ como la descubriÛ la conociÛ don Fernando, que era el que estaba
abrazado con la otra, y quedÛ como muerto en verla; pero no porque dejase,
con todo esto, de tener a Luscinda, que era la que procuraba soltarse de
sus brazos; la cual habÌa conocido en el suspiro a Cardenio, y Èl la habÌa
conocido a ella. OyÛ asimesmo Cardenio el °ay! que dio Dorotea cuando se
cayÛ desmayada, y, creyendo que era su Luscinda, saliÛ del aposento
despavorido, y lo primero que vio fue a don Fernando, que tenÌa abrazada a
Luscinda. TambiÈn don Fernando conociÛ luego a Cardenio; y todos tres,
Luscinda, Cardenio y Dorotea, quedaron mudos y suspensos, casi sin saber lo
que les habÌa acontecido.

Callaban todos y mir·banse todos: Dorotea a don Fernando, don Fernando a
Cardenio, Cardenio a Luscinda y Luscinda a Cardenio. Mas quien primero
rompiÛ el silencio fue Luscinda, hablando a don Fernando desta manera:

-Dejadme, seÒor don Fernando, por lo que debÈis a ser quien sois, ya que
por otro respeto no lo hag·is; dejadme llegar al muro de quien yo soy
yedra, al arrimo de quien no me han podido apartar vuestras
importunaciones, vuestras amenazas, vuestras promesas ni vuestras d·divas.
Notad cÛmo el cielo, por desusados y a nosotros encubiertos caminos, me ha
puesto a mi verdadero esposo delante. Y bien sabÈis por mil costosas
experiencias que sola la muerte fuera bastante para borrarle de mi memoria.
Sean, pues, parte tan claros desengaÒos para que volv·is, ya que no pod·is
hacer otra cosa, el amor en rabia, la voluntad en despecho, y acabadme con
Èl la vida; que, como yo la rinda delante de mi buen esposo, la darÈ por
bien empleada: quiz· con mi muerte quedar· satisfecho de la fe que le
mantuve hasta el ˙ltimo trance de la vida.

HabÌa en este entretanto vuelto Dorotea en sÌ, y habÌa estado escuchando
todas las razones que Luscinda dijo, por las cuales vino en conocimiento de
quiÈn ella era; que, viendo que don Fernando a˙n no la dejaba de los
brazos, ni respondÌa a sus razones, esforz·ndose lo m·s que pudo, se
levantÛ y se fue a hincar de rodillas a sus pies; y, derramando mucha
cantidad de hermosas y lastimeras l·grimas, asÌ le comenzÛ a decir:

-Si ya no es, seÒor mÌo, que los rayos deste sol que en tus brazos
eclipsado tienes te quitan y ofuscan los de tus ojos, ya habr·s echado de
ver que la que a tus pies est· arrodillada es la sin ventura, hasta que t˙
quieras, y la desdichada Dorotea. Yo soy aquella labradora humilde a quien
t˙, por tu bondad o por tu gusto, quisiste levantar a la alteza de poder
llamarse tuya. Soy la que, encerrada en los lÌmites de la honestidad, viviÛ
vida contenta hasta que, a las voces de tus importunidades, y, al parecer,
justos y amorosos sentimientos, abriÛ las puertas de su recato y te entregÛ
las llaves de su libertad: d·diva de ti tan mal agradecida, cual lo muestra
bien claro haber sido forzoso hallarme en el lugar donde me hallas, y verte
yo a ti de la manera que te veo. Pero, con todo esto, no querrÌa que cayese
en tu imaginaciÛn pensar que he venido aquÌ con pasos de mi deshonra,
habiÈndome traÌdo sÛlo los del dolor y sentimiento de verme de ti olvidada.
T˙ quisiste que yo fuese tuya, y quisÌstelo de manera que, aunque ahora
quieras que no lo sea, no ser· posible que t˙ dejes de ser mÌo. Mira, seÒor
mÌo, que puede ser recompensa a la hermosura y nobleza por quien me dejas
la incomparable voluntad que te tengo. T˙ no puedes ser de la hermosa
Luscinda, porque eres mÌo, ni ella puede ser tuya, porque es de Cardenio; y
m·s f·cil te ser·, si en ello miras, reducir tu voluntad a querer a quien
te adora, que no encaminar la que te aborrece a que bien te quiera. T˙
solicitaste mi descuido, t˙ rogaste a mi entereza, t˙ no ignoraste mi
calidad, t˙ sabes bien de la manera que me entreguÈ a toda tu voluntad: no
te queda lugar ni acogida de llamarte a engaÒo. Y si esto es asÌ, como lo
es, y t˙ eres tan cristiano como caballero, øpor quÈ por tantos rodeos
dilatas de hacerme venturosa en los fines, como me heciste en los
principios? Y si no me quieres por la que soy, que soy tu verdadera y
legÌtima esposa, quiÈreme, a lo menos, y admÌteme por tu esclava; que, como
yo estÈ en tu poder, me tendrÈ por dichosa y bien afortunada. No permitas,
con dejarme y desampararme, que se hagan y junten corrillos en mi deshonra;
no des tan mala vejez a mis padres, pues no lo merecen los leales servicios
que, como buenos vasallos, a los tuyos siempre han hecho. Y si te parece
que has de aniquilar tu sangre por mezclarla con la mÌa, considera que
pocas o ninguna nobleza hay en el mundo que no haya corrido por este
camino, y que la que se toma de las mujeres no es la que hace al caso en
las ilustres decendencias; cuanto m·s, que la verdadera nobleza consiste en
la virtud, y si Èsta a ti te falta, neg·ndome lo que tan justamente me
debes, yo quedarÈ con m·s ventajas de noble que las que t˙ tienes. En fin,
seÒor, lo que ˙ltimamente te digo es que, quieras o no quieras, yo soy tu
esposa: testigos son tus palabras, que no han ni deben ser mentirosas, si
ya es que te precias de aquello por que me desprecias; testigo ser· la
firma que hiciste, y testigo el cielo, a quien t˙ llamaste por testigo de
lo que me prometÌas. Y, cuando todo esto falte, tu misma conciencia no ha
de faltar de dar voces callando en mitad de tus alegrÌas, volviendo por
esta verdad que te he dicho y turbando tus mejores gustos y contentos.

Estas y otras razones dijo la lastimada Dorotea, con tanto sentimiento y
l·grimas, que los mismos que acompaÒaban a don Fernando, y cuantos
presentes estaban, la acompaÒaron en ellas. EscuchÛla don Fernando sin
replicalle palabra, hasta que ella dio fin a las suyas y principio a tantos
sollozos y suspiros, que bien habÌa de ser corazÛn de bronce el que con
muestras de tanto dolor no se enterneciera. Mir·ndola estaba Luscinda, no
menos lastimada de su sentimiento que admirada de su mucha discreciÛn y
hermosura; y, aunque quisiera llegarse a ella y decirle algunas palabras de
consuelo, no la dejaban los brazos de don Fernando, que apretada la tenÌan.
El cual, lleno de confusiÛn y espanto, al cabo de un buen espacio que
atentamente estuvo mirando a Dorotea, abriÛ los brazos y, dejando libre a
Luscinda, dijo:

-Venciste, hermosa Dorotea, venciste; porque no es posible tener ·nimo para
negar tantas verdades juntas.

Con el desmayo que Luscinda habÌa tenido, asÌ como la dejÛ don Fernando,
iba a caer en el suelo; mas, hall·ndose Cardenio allÌ junto, que a las
espaldas de don Fernando se habÌa puesto porque no le conociese,
prosupuesto todo temor y aventurando a todo riesgo, acudiÛ a sostener a
Luscinda, y, cogiÈndola entre sus brazos, le dijo:

-Si el piadoso cielo gusta y quiere que ya tengas alg˙n descanso, leal,
firme y hermosa seÒora mÌa, en ninguna parte creo yo que le tendr·s m·s
seguro que en estos brazos que ahora te reciben, y otro tiempo te
recibieron, cuando la fortuna quiso que pudiese llamarte mÌa.

A estas razones, puso Luscinda en Cardenio los ojos, y, habiendo comenzado
a conocerle, primero por la voz, y asegur·ndose que Èl era con la vista,
casi fuera de sentido y sin tener cuenta a ning˙n honesto respeto, le echÛ
los brazos al cuello, y, juntando su rostro con el de Cardenio, le dijo:

-Vos sÌ, seÒor mÌo, sois el verdadero dueÒo desta vuestra captiva, aunque
m·s lo impida la contraria suerte, y, aunque m·s amenazas le hagan a esta
vida que en la vuestra se sustenta.

EstraÒo espect·culo fue Èste para don Fernando y para todos los
circunstantes, admir·ndose de tan no visto suceso. PareciÛle a Dorotea que
don Fernando habÌa perdido la color del rostro y que hacÌa adem·n de querer
vengarse de Cardenio, porque le vio encaminar la mano a ponella en la
espada; y, asÌ como lo pensÛ, con no vista presteza se abrazÛ con Èl por
las rodillas, bes·ndoselas y teniÈndole apretado, que no le dejaba mover,
y, sin cesar un punto de sus l·grimas, le decÌa:

-øQuÈ es lo que piensas hacer, ˙nico refugio mÌo, en este tan impensado
trance? T˙ tienes a tus pies a tu esposa, y la que quieres que lo sea est·
en los brazos de su marido. Mira si te estar· bien o te ser· posible
deshacer lo que el cielo ha hecho, o si te convendr· querer levantar a
igualar a ti mismo a la que, pospuesto todo inconveniente, confirmada en su
verdad y firmeza, delante de tus ojos tiene los suyos, baÒados de licor
amoroso el rostro y pecho de su verdadero esposo. Por quien Dios es te
ruego, y por quien t˙ eres te suplico, que este tan notorio desengaÒo no
sÛlo no acreciente tu ira, sino que la meng¸e en tal manera, que con
quietud y sosiego permitas que estos dos amantes le tengan, sin
impedimiento tuyo, todo el tiempo que el cielo quisiere concedÈrsele; y en
esto mostrar·s la generosidad de tu ilustre y noble pecho, y ver· el mundo
que tiene contigo m·s fuerza la razÛn que el apetito.

En tanto que esto decÌa Dorotea, aunque Cardenio tenÌa abrazada a Luscinda,
no quitaba los ojos de don Fernando, con determinaciÛn de que, si le viese
hacer alg˙n movimiento en su perjuicio, procurar defenderse y ofender como
mejor pudiese a todos aquellos que en su daÒo se mostrasen, aunque le
costase la vida. Pero a esta sazÛn acudieron los amigos de don Fernando, y
el cura y el barbero, que a todo habÌan estado presentes, sin que faltase
el bueno de Sancho Panza, y todos rodeaban a don Fernando, suplic·ndole
tuviese por bien de mirar las l·grimas de Dorotea; y que, siendo verdad,
como sin duda ellos creÌan que lo era, lo que en sus razones habÌa dicho,
que no permitiese quedase defraudada de sus tan justas esperanzas. Que
considerase que, no acaso, como parecÌa, sino con particular providencia
del cielo, se habÌan todos juntado en lugar donde menos ninguno pensaba; y
que advirtiese -dijo el cura- que sola la muerte podÌa apartar a Luscinda
de Cardenio; y, aunque los dividiesen filos de alguna espada, ellos
tendrÌan por felicÌsima su muerte; y que en los lazos inremediables era
suma cordura, forz·ndose y venciÈndose a sÌ mismo, mostrar un generoso
pecho, permitiendo que por sola su voluntad los dos gozasen el bien que el
cielo ya les habÌa concedido; que pusiese los ojos ansimesmo en la beldad
de Dorotea, y verÌa que pocas o ninguna se le podÌan igualar, cuanto m·s
hacerle ventaja, y que juntase a su hermosura su humildad y el estremo del
amor que le tenÌa; y, sobre todo, advirtiese que si se preciaba de
caballero y de cristiano, que no podÌa hacer otra cosa que cumplille la
palabra dada, y que, cumpliÈndosela, cumplirÌa con Dios y satisfarÌa a las
gentes discretas, las cuales saben y conocen que es prerrogativa de la
hermosura, aunque estÈ en sujeto humilde, como se acompaÒe con la
honestidad, poder levantarse e igualarse a cualquiera alteza, sin nota de
menoscabo del que la levanta e iguala a sÌ mismo; y, cuando se cumplen las
fuertes leyes del gusto, como en ello no intervenga pecado, no debe de ser
culpado el que las sigue.

En efeto, a estas razones aÒadieron todos otras, tales y tantas, que el
valeroso pecho de don Fernando (en fin, como alimentado con ilustre sangre)
se ablandÛ y se dejÛ vencer de la verdad, que Èl no pudiera negar aunque
quisiera; y la seÒal que dio de haberse rendido y entregado al buen parecer
que se le habÌa propuesto fue abajarse y abrazar a Dorotea, diciÈndole:

-Levantaos, seÒora mÌa, que no es justo que estÈ arrodillada a mis pies la
que yo tengo en mi alma; y si hasta aquÌ no he dado muestras de lo que
digo, quiz· ha sido por orden del cielo, para que, viendo yo en vos la fe
con que me am·is, os sepa estimar en lo que merecÈis. Lo que os ruego es
que no me reprehend·is mi mal tÈrmino y mi mucho descuido, pues la misma
ocasiÛn y fuerza que me moviÛ para acetaros por mÌa, esa misma me impeliÛ
para procurar no ser vuestro. Y que esto sea verdad, volved y mirad los
ojos de la ya contenta Luscinda, y en ellos hallarÈis disculpa de todos mis
yerros; y, pues ella hallÛ y alcanzÛ lo que deseaba, y yo he hallado en vos
lo que me cumple, viva ella segura y contenta luengos y felices aÒos con su
Cardenio, que yo rogarÈ al cielo que me los deje vivir con mi Dorotea.

Y, diciendo esto, la tornÛ a abrazar y a juntar su rostro con el suyo, con
tan tierno sentimiento, que le fue necesario tener gran cuenta con que las
l·grimas no acabasen de dar indubitables seÒas de su amor y
arrepentimiento. No lo hicieron asÌ las de Luscinda y Cardenio, y aun las
de casi todos los que allÌ presentes estaban, porque comenzaron a derramar
tantas, los unos de contento proprio y los otros del ajeno, que no parecÌa
sino que alg˙n grave y mal caso a todos habÌa sucedido. Hasta Sancho Panza
lloraba, aunque despuÈs dijo que no lloraba Èl sino por ver que Dorotea no
era, como Èl pensaba, la reina Micomicona, de quien Èl tantas mercedes
esperaba. DurÛ alg˙n espacio, junto con el llanto, la admiraciÛn en todos,
y luego Cardenio y Luscinda se fueron a poner de rodillas ante don
Fernando, d·ndole gracias de la merced que les habÌa hecho con tan corteses
razones, que don Fernando no sabÌa quÈ responderles; y asÌ, los levantÛ y
abrazÛ con muestras de mucho amor y de mucha cortesÌa.

PreguntÛ luego a Dorotea le dijese cÛmo habÌa venido a aquel lugar tan
lejos del suyo. Ella, con breves y discretas razones, contÛ todo lo que
antes habÌa contado a Cardenio, de lo cual gustÛ tanto don Fernando y los
que con Èl venÌan, que quisieran que durara el cuento m·s tiempo: tanta era
la gracia con que Dorotea contaba sus desventuras. Y, asÌ como hubo
acabado, dijo don Fernando lo que en la ciudad le habÌa acontecido despuÈs
que hallÛ el papel en el seno de Luscinda, donde declaraba ser esposa de
Cardenio y no poderlo ser suya. Dijo que la quiso matar, y lo hiciera si de
sus padres no fuera impedido; y que asÌ, se saliÛ de su casa, despechado y
corrido, con determinaciÛn de vengarse con m·s comodidad; y que otro dÌa
supo como Luscinda habÌa faltado de casa de sus padres, sin que nadie
supiese decir dÛnde se habÌa ido, y que, en resoluciÛn, al cabo de algunos
meses vino a saber como estaba en un monesterio, con voluntad de quedarse
en Èl toda la vida, si no la pudiese pasar con Cardenio; y que, asÌ como lo
supo, escogiendo para su compaÒÌa aquellos tres caballeros, vino al lugar
donde estaba, a la cual no habÌa querido hablar, temeroso que, en sabiendo
que Èl estaba allÌ, habÌa de haber m·s guarda en el monesterio; y asÌ,
aguardando un dÌa a que la porterÌa estuviese abierta, dejÛ a los dos a la
guarda de la puerta, y Èl, con otro, habÌan entrado en el monesterio
buscando a Luscinda, la cual hallaron en el claustro hablando con una
monja; y, arrebat·ndola, sin darle lugar a otra cosa, se habÌan venido con
ella a un lugar donde se acomodaron de aquello que hubieron menester para
traella. Todo lo cual habÌan podido hacer bien a su salvo, por estar el
monesterio en el campo, buen trecho fuera del pueblo. Dijo que, asÌ como
Luscinda se vio en su poder, perdiÛ todos los sentidos; y que, despuÈs de
vuelta en sÌ, no habÌa hecho otra cosa sino llorar y suspirar, sin hablar
palabra alguna; y que asÌ, acompaÒados de silencio y de l·grimas, habÌan
llegado a aquella venta, que para Èl era haber llegado al cielo, donde se
rematan y tienen fin todas las desventuras de la tierra.

CapÌtulo XXXVII. Que prosigue la historia de la famosa infanta Micomicona,
con otras graciosas aventuras

Todo esto escuchaba Sancho, no con poco dolor de su ·nima, viendo que se
le desparecÌan e iban en humo las esperanzas de su ditado, y que la linda
princesa Micomicona se le habÌa vuelto en Dorotea, y el gigante en don
Fernando, y su amo se estaba durmiendo a sueÒo suelto, bien descuidado de
todo lo sucedido. No se podÌa asegurar Dorotea si era soÒado el bien que
poseÌa. Cardenio estaba en el mismo pensamiento, y el de Luscinda corrÌa
por la misma cuenta. Don Fernando daba gracias al cielo por la merced
recebida y haberle sacado de aquel intricado laberinto, donde se hallaba
tan a pique de perder el crÈdito y el alma; y, finalmente, cuantos en la
venta estaban, estaban contentos y gozosos del buen suceso que habÌan
tenido tan trabados y desesperados negocios.

Todo lo ponÌa en su punto el cura, como discreto, y a cada uno daba el
parabiÈn del bien alcanzado; pero quien m·s jubilaba y se contentaba era la
ventera, por la promesa que Cardenio y el cura le habÌan hecho de pagalle
todos los daÒos e intereses que por cuenta de don Quijote le hubiesen
venido. SÛlo Sancho, como ya se ha dicho, era el afligido, el desventurado
y el triste; y asÌ, con malencÛnico semblante, entrÛ a su amo, el cual
acababa de despertar, a quien dijo:

-Bien puede vuestra merced, seÒor Triste Figura, dormir todo lo que
quisiere, sin cuidado de matar a ning˙n gigante, ni de volver a la princesa
su reino: que ya todo est· hecho y concluido.

-Eso creo yo bien -respondiÛ don Quijote-, porque he tenido con el gigante
la m·s descomunal y desaforada batalla que pienso tener en todos los dÌas
de mi vida; y de un revÈs, °zas!, le derribÈ la cabeza en el suelo, y fue
tanta la sangre que le saliÛ, que los arroyos corrÌan por la tierra como si
fueran de agua.

-Como si fueran de vino tinto, pudiera vuestra merced decir mejor
-respondiÛ Sancho-, porque quiero que sepa vuestra merced, si es que no lo
sabe, que el gigante muerto es un cuero horadado, y la sangre, seis arrobas
de vino tinto que encerraba en su vientre; y la cabeza cortada es la puta
que me pariÛ, y llÈvelo todo Satan·s.

-Y øquÈ es lo que dices, loco? -replicÛ don Quijote-. øEst·s en tu seso?

-Lev·ntese vuestra merced -dijo Sancho-, y ver· el buen recado que ha
hecho, y lo que tenemos que pagar; y ver· a la reina convertida en una dama
particular, llamada Dorotea, con otros sucesos que, si cae en ellos, le han
de admirar.

-No me maravillarÌa de nada deso -replicÛ don Quijote-, porque, si bien te
acuerdas, la otra vez que aquÌ estuvimos te dije yo que todo cuanto aquÌ
sucedÌa eran cosas de encantamento, y no serÌa mucho que ahora fuese lo
mesmo.

-Todo lo creyera yo -respondiÛ Sancho-, si tambiÈn mi manteamiento fuera
cosa dese jaez, mas no lo fue, sino real y verdaderamente; y vi yo que el
ventero que aquÌ est· hoy dÌa tenÌa del un cabo de la manta, y me empujaba
hacia el cielo con mucho donaire y brÌo, y con tanta risa como fuerza; y
donde interviene conocerse las personas, tengo para mÌ, aunque simple y
pecador, que no hay encantamento alguno, sino mucho molimiento y mucha mala
ventura.

-Ahora bien, Dios lo remediar· -dijo don Quijote-. Dame de vestir y dÈjame
salir all· fuera, que quiero ver los sucesos y transformaciones que dices.

Diole de vestir Sancho, y, en el entretanto que se vestÌa, contÛ el cura a
don Fernando y a los dem·s las locuras de don Quijote, y del artificio que
habÌan usado para sacarle de la PeÒa Pobre, donde Èl se imaginaba estar por
desdenes de su seÒora. ContÛles asimismo casi todas las aventuras que
Sancho habÌa contado, de que no poco se admiraron y rieron, por parecerles
lo que a todos parecÌa: ser el m·s estraÒo gÈnero de locura que podÌa caber
en pensamiento desparatado. Dijo m·s el cura: que, pues ya el buen suceso
de la seÒora Dorotea impidÌa pasar con su disignio adelante, que era
menester inventar y hallar otro para poderle llevar a su tierra. OfreciÛse
Cardenio de proseguir lo comenzado, y que Luscinda harÌa y representarÌa la
persona de Dorotea.

-No -dijo don Fernando-, no ha de ser asÌ: que yo quiero que Dorotea
prosiga su invenciÛn; que, como no sea muy lejos de aquÌ el lugar deste
buen caballero, yo holgarÈ de que se procure su remedio.

-No est· m·s de dos jornadas de aquÌ.

-Pues, aunque estuviera m·s, gustara yo de caminallas, a trueco de hacer
tan buena obra.

SaliÛ, en esto, don Quijote, armado de todos sus pertrechos, con el yelmo,
aunque abollado, de Mambrino en la cabeza, embrazado de su rodela y
arrimado a su tronco o lanzÛn. SuspendiÛ a don Fernando y a los dem·s la
estraÒa presencia de don Quijote, viendo su rostro de media legua de
andadura, seco y amarillo, la desigualdad de sus armas y su mesurado
continente, y estuvieron callando hasta ver lo que Èl decÌa, el cual, con
mucha gravedad y reposo, puestos los ojos en la hermosa Dorotea, dijo:

-Estoy informado, hermosa seÒora, deste mi escudero que la vuestra grandeza
se ha aniquilado, y vuestro ser se ha deshecho, porque de reina y gran
seÒora que solÌades ser os habÈis vuelto en una particular doncella. Si
esto ha sido por orden del rey nigromante de vuestro padre, temeroso que yo
no os diese la necesaria y debida ayuda, digo que no supo ni sabe de la
misa la media, y que fue poco versado en las historias caballerescas,
porque si Èl las hubiera leÌdo y pasado tan atentamente y con tanto espacio
como yo las pasÈ y leÌ, hallara a cada paso cÛmo otros caballeros de menor
fama que la mÌa habÌan acabado cosas m·s dificultosas, no siÈndolo mucho
matar a un gigantillo, por arrogante que sea; porque no ha muchas horas que
yo me vi con Èl, y... quiero callar, porque no me digan que miento; pero el
tiempo, descubridor de todas las cosas, lo dir· cuando menos lo pensemos.

-VÌstesos vos con dos cueros, que no con un gigante -dijo a esta sazÛn el
ventero.

Al cual mandÛ don Fernando que callase y no interrumpiese la pl·tica de don
Quijote en ninguna manera; y don Quijote prosiguiÛ diciendo:

-Digo, en fin, alta y desheredada seÒora, que si por la causa que he dicho
vuestro padre ha hecho este metamorfÛseos en vuestra persona, que no le
deis crÈdito alguno, porque no hay ning˙n peligro en la tierra por quien no
se abra camino mi espada, con la cual, poniendo la cabeza de vuestro
enemigo en tierra, os pondrÈ a vos la corona de la vuestra en la cabeza en
breves dÌas.

No dijo m·s don Quijote, y esperÛ a que la princesa le respondiese, la
cual, como ya sabÌa la determinaciÛn de don Fernando de que se prosiguiese
adelante en el engaÒo hasta llevar a su tierra a don Quijote, con mucho
donaire y gravedad, le respondiÛ:

-Quienquiera que os dijo, valeroso caballero de la Triste Figura, que yo me
habÌa mudado y trocado de mi ser, no os dijo lo cierto, porque la misma que
ayer fui me soy hoy. Verdad es que alguna mudanza han hecho en mÌ ciertos
acaecimientos de buena ventura, que me la han dado la mejor que yo pudiera
desearme, pero no por eso he dejado de ser la que antes y de tener los
mesmos pensamientos de valerme del valor de vuestro valeroso e invenerable
brazo que siempre he tenido. AsÌ que, seÒor mÌo, vuestra bondad vuelva la
honra al padre que me engendrÛ, y tÈngale por hombre advertido y prudente,
pues con su ciencia hallÛ camino tan f·cil y tan verdadero para remediar mi
desgracia; que yo creo que si por vos, seÒor, no fuera, jam·s acertara a
tener la ventura que tengo; y en esto digo tanta verdad como son buenos
testigos della los m·s destos seÒores que est·n presentes. Lo que resta es
que maÒana nos pongamos en camino, porque ya hoy se podr· hacer poca
jornada, y en lo dem·s del buen suceso que espero, lo dejarÈ a Dios y al
valor de vuestro pecho.

Esto dijo la discreta Dorotea, y, en oyÈndolo don Quijote, se volviÛ a
Sancho, y, con muestras de mucho enojo, le dijo:

-Ahora te digo, Sanchuelo, que eres el mayor bellacuelo que hay en EspaÒa.
Dime, ladrÛn vagamundo, øno me acabaste de decir ahora que esta princesa se
habÌa vuelto en una doncella que se llamaba Dorotea, y que la cabeza que
entiendo que cortÈ a un gigante era la puta que te pariÛ, con otros
disparates que me pusieron en la mayor confusiÛn que jam·s he estado en
todos los dÌas de mi vida? °Voto... -y mirÛ al cielo y apretÛ los dientes-
que estoy por hacer un estrago en ti, que ponga sal en la mollera a todos
cuantos mentirosos escuderos hubiere de caballeros andantes, de aquÌ
adelante, en el mundo!

-Vuestra merced se sosiegue, seÒor mÌo -respondiÛ Sancho-, que bien podrÌa
ser que yo me hubiese engaÒado en lo que toca a la mutaciÛn de la seÒora
princesa Micomicona; pero, en lo que toca a la cabeza del gigante, o, a lo
menos, a la horadaciÛn de los cueros y a lo de ser vino tinto la sangre, no
me engaÒo, °vive Dios!, porque los cueros allÌ est·n heridos, a la cabecera
del lecho de vuestra merced, y el vino tinto tiene hecho un lago el
aposento; y si no, al freÌr de los huevos lo ver·; quiero decir que lo ver·
cuando aquÌ su merced del seÒor ventero le pida el menoscabo de todo. De lo
dem·s, de que la seÒora reina se estÈ como se estaba, me regocijo en el
alma, porque me va mi parte, como a cada hijo de vecino.

-Ahora yo te digo, Sancho -dijo don Quijote-, que eres un mentecato; y
perdÛname, y basta.

-Basta -dijo don Fernando-, y no se hable m·s en esto; y, pues la seÒora
princesa dice que se camine maÒana, porque ya hoy es tarde, h·gase asÌ, y
esta noche la podremos pasar en buena conversaciÛn hasta el venidero dÌa,
donde todos acompaÒaremos al seÒor don Quijote, porque queremos ser
testigos de las valerosas e inauditas hazaÒas que ha de hacer en el
discurso desta grande empresa que a su cargo lleva.

-Yo soy el que tengo de serviros y acompaÒaros -respondiÛ don Quijote-, y
agradezco mucho la merced que se me hace y la buena opiniÛn que de mÌ se
tiene, la cual procurarÈ que salga verdadera, o me costar· la vida, y aun
m·s, si m·s costarme puede.

Muchas palabras de comedimiento y muchos ofrecimientos pasaron entre don
Quijote y don Fernando; pero a todo puso silencio un pasajero que en
aquella sazÛn entrÛ en la venta, el cual en su traje mostraba ser cristiano
reciÈn venido de tierra de moros, porque venÌa vestido con una casaca de
paÒo azul, corta de faldas, con medias mangas y sin cuello; los calzones
eran asimismo de lienzo azul, con bonete de la misma color; traÌa unos
borceguÌes datilados y un alfanje morisco, puesto en un tahelÌ que le
atravesaba el pecho. EntrÛ luego tras Èl, encima de un jumento, una mujer a
la morisca vestida, cubierto el rostro con una toca en la cabeza; traÌa un
bonetillo de brocado, y vestida una almalafa, que desde los hombros a los
pies la cubrÌa. Era el hombre de robusto y agraciado talle, de edad de poco
m·s de cuarenta aÒos, algo moreno de rostro, largo de bigotes y la barba
muy bien puesta. En resoluciÛn, Èl mostraba en su apostura que si estuviera
bien vestido, le juzgaran por persona de calidad y bien nacida.

PidiÛ, en entrando, un aposento, y, como le dijeron que en la venta no le
habÌa, mostrÛ recebir pesadumbre; y, lleg·ndose a la que en el traje
parecÌa mora, la apeÛ en sus brazos. Luscinda, Dorotea, la ventera, su hija
y Maritornes, llevadas del nuevo y para ellas nunca visto traje, rodearon a
la mora, y Dorotea, que siempre fue agraciada, comedida y discreta,
pareciÈndole que asÌ ella como el que la traÌa se congojaban por la falta
del aposento, le dijo:

-No os dÈ mucha pena, seÒora mÌa, la incomodidad de regalo que aquÌ falta,
pues es proprio de ventas no hallarse en ellas; pero, con todo esto, si
gust·redes de pasar con nosotras -seÒalando a Luscinda-, quiz· en el
discurso de este camino habrÈis hallado otros no tan buenos acogimientos.

No respondiÛ nada a esto la embozada, ni hizo otra cosa que levantarse de
donde sentado se habÌa, y, puestas entrambas manos cruzadas sobre el pecho,
inclinada la cabeza, doblÛ el cuerpo en seÒal de que lo agradecÌa. Por su
silencio imaginaron que, sin duda alguna, debÌa de ser mora, y que no sabÌa
hablar cristiano. LlegÛ, en esto, el cautivo, que entendiendo en otra cosa
hasta entonces habÌa estado, y, viendo que todas tenÌan cercada a la que
con Èl venÌa, y que ella a cuanto le decÌan callaba, dijo:

-SeÒoras mÌas, esta doncella apenas entiende mi lengua, ni sabe hablar otra
ninguna sino conforme a su tierra, y por esto no debe de haber respondido,
ni responde, a lo que se le ha preguntado.

-No se le pregunta otra cosa ninguna -respondiÛ Luscinda- sino ofrecelle
por esta noche nuestra compaÒÌa y parte del lugar donde nos acomod·remos,
donde se le har· el regalo que la comodidad ofreciere, con la voluntad que
obliga a servir a todos los estranjeros que dello tuvieren necesidad,
especialmente siendo mujer a quien se sirve.

-Por ella y por mÌ -respondiÛ el captivo- os beso, seÒora mÌa, las manos, y
estimo mucho y en lo que es razÛn la merced ofrecida; que en tal ocasiÛn, y
de tales personas como vuestro parecer muestra, bien se echa de ver que ha
de ser muy grande.

-Decidme, seÒor -dijo Dorotea-: øesta seÒora es cristiana o mora? Porque el
traje y el silencio nos hace pensar que es lo que no querrÌamos que fuese.

-Mora es en el traje y en el cuerpo, pero en el alma es muy grande
cristiana, porque tiene grandÌsimos deseos de serlo.

-Luego, øno es baptizada? -replicÛ Luscinda.

-No ha habido lugar para ello -respondiÛ el captivo- despuÈs que saliÛ de
Argel, su patria y tierra, y hasta agora no se ha visto en peligro de
muerte tan cercana que obligase a baptizalla sin que supiese primero todas
las ceremonias que nuestra Madre la Santa Iglesia manda; pero Dios ser·
servido que presto se bautice con la decencia que la calidad de su persona
merece, que es m·s de lo que muestra su h·bito y el mÌo.

Con estas razones puso gana en todos los que escuch·ndole estaban de
saber quiÈn fuese la mora y el captivo, pero nadie se lo quiso preguntar
por entonces, por ver que aquella sazÛn era m·s para procurarles descanso
que para preguntarles sus vidas. Dorotea la tomÛ por la mano y la llevÛ a
sentar junto a sÌ, y le rogÛ que se quitase el embozo. Ella mirÛ al
cautivo, como si le preguntara le dijese lo que decÌan y lo que ella harÌa.
…l, en lengua ar·biga, le dijo que le pedÌan se quitase el embozo, y que lo
hiciese; y asÌ, se lo quitÛ, y descubriÛ un rostro tan hermoso que Dorotea
la tuvo por m·s hermosa que a Luscinda, y Luscinda por m·s hermosa que a
Dorotea, y todos los circustantes conocieron que si alguno se podrÌa
igualar al de las dos, era el de la mora, y aun hubo algunos que le
aventajaron en alguna cosa. Y, como la hermosura tenga prerrogativa y
gracia de reconciliar los ·nimos y atraer las voluntades, luego se
rindieron todos al deseo de servir y acariciar a la hermosa mora.

PreguntÛ don Fernando al captivo cÛmo se llamaba la mora, el cual respondiÛ
que lela Zoraida; y, asÌ como esto oyÛ, ella entendiÛ lo que le habÌan
preguntado al cristiano, y dijo con mucha priesa, llena de congoja y
donaire:

-°No, no Zoraida: MarÌa, MarÌa! -dando a entender que se llamaba MarÌa y no
Zoraida.

Estas palabras, el grande afecto con que la mora las dijo, hicieron
derramar m·s de una l·grima a algunos de los que la escucharon,
especialmente a las mujeres, que de su naturaleza son tiernas y compasivas.
AbrazÛla Luscinda con mucho amor, diciÈndole:

-SÌ, sÌ: MarÌa, MarÌa.

A lo cual respondiÛ la mora:

-°SÌ, sÌ: MarÌa; Zoraida macange! -que quiere decir no.

Ya en esto llegaba la noche, y, por orden de los que venÌan con don
Fernando, habÌa el ventero puesto diligencia y cuidado en aderezarles de
cenar lo mejor que a Èl le fue posible. Llegada, pues, la hora, sent·ronse
todos a una larga mesa, como de tinelo, porque no la habÌa redonda ni
cuadrada en la venta, y dieron la cabecera y principal asiento, puesto que
Èl lo rehusaba, a don Quijote, el cual quiso que estuviese a su lado la
seÒora Micomicona, pues Èl era su aguardador. Luego se sentaron Luscinda y
Zoraida, y frontero dellas don Fernando y Cardenio, y luego el cautivo y
los dem·s caballeros, y, al lado de las seÒoras, el cura y el barbero. Y
asÌ, cenaron con mucho contento, y acrecentÛseles m·s viendo que, dejando
de comer don Quijote, movido de otro semejante espÌritu que el que le moviÛ
a hablar tanto como hablÛ cuando cenÛ con los cabreros, comenzÛ a decir:

-Verdaderamente, si bien se considera, seÒores mÌos, grandes e inauditas
cosas ven los que profesan la orden de la andante caballerÌa. Si no, øcu·l
de los vivientes habr· en el mundo que ahora por la puerta deste castillo
entrara, y de la suerte que estamos nos viere, que juzgue y crea que
nosotros somos quien somos? øQuiÈn podr· decir que esta seÒora que est· a
mi lado es la gran reina que todos sabemos, y que yo soy aquel Caballero de
la Triste Figura que anda por ahÌ en boca de la fama? Ahora no hay que
dudar, sino que esta arte y ejercicio excede a todas aquellas y aquellos
que los hombres inventaron, y tanto m·s se ha de tener en estima cuanto a
m·s peligros est· sujeto. QuÌtenseme delante los que dijeren que las letras
hacen ventaja a las armas, que les dirÈ, y sean quien se fueren, que no
saben lo que dicen. Porque la razÛn que los tales suelen decir, y a lo que
ellos m·s se atienen, es que los trabajos del espÌritu exceden a los del
cuerpo, y que las armas sÛlo con el cuerpo se ejercitan, como si fuese su
ejercicio oficio de ganapanes, para el cual no es menester m·s de buenas
fuerzas; o como si en esto que llamamos armas los que las profesamos no se
encerrasen los actos de la fortaleza, los cuales piden para ejecutallos
mucho entendimiento; o como si no trabajase el ·nimo del guerrero que tiene
a su cargo un ejÈrcito, o la defensa de una ciudad sitiada, asÌ con el
espÌritu como con el cuerpo. Si no, vÈase si se alcanza con las fuerzas
corporales a saber y conjeturar el intento del enemigo, los disignios, las
estratagemas, las dificultades, el prevenir los daÒos que se temen; que
todas estas cosas son acciones del entendimiento, en quien no tiene parte
alguna el cuerpo. Siendo pues ansÌ, que las armas requieren espÌritu, como
las letras, veamos ahora cu·l de los dos espÌritus, el del letrado o el del
guerrero, trabaja m·s. Y esto se vendr· a conocer por el fin y paradero a
que cada uno se encamina, porque aquella intenciÛn se ha de estimar en m·s
que tiene por objeto m·s noble fin. Es el fin y paradero de las letras...,
y no hablo ahora de las divinas, que tienen por blanco llevar y encaminar
las almas al cielo, que a un fin tan sin fin como Èste ninguno otro se le
puede igualar; hablo de las letras humanas, que es su fin poner en su punto
la justicia distributiva y dar a cada uno lo que es suyo, entender y hacer
que las buenas leyes se guarden. Fin, por cierto, generoso y alto y digno
de grande alabanza, pero no de tanta como merece aquel a que las armas
atienden, las cuales tienen por objeto y fin la paz, que es el mayor bien
que los hombres pueden desear en esta vida. Y asÌ, las primeras buenas
nuevas que tuvo el mundo y tuvieron los hombres fueron las que dieron los
·ngeles la noche que fue nuestro dÌa, cuando cantaron en los aires:
''Gloria sea en las alturas, y paz en la tierra, a los hombres de buena
voluntad''; y a la salutaciÛn que el mejor maestro de la tierra y del cielo
enseÒÛ a sus allegados y favoridos, fue decirles que cuando entrasen en
alguna casa, dijesen: ''Paz sea en esta casa''; y otras muchas veces les
dijo: ''Mi paz os doy, mi paz os dejo: paz sea con vosotros'', bien como
joya y prenda dada y dejada de tal mano; joya que sin ella, en la tierra ni
en el cielo puede haber bien alguno. Esta paz es el verdadero fin de la
guerra, que lo mesmo es decir armas que guerra. Prosupuesta, pues, esta
verdad, que el fin de la guerra es la paz, y que en esto hace ventaja al
fin de las letras, vengamos ahora a los trabajos del cuerpo del letrado y a
los del profesor de las armas, y vÈase cu·les son mayores.

De tal manera, y por tan buenos tÈrminos, iba prosiguiendo en su pl·tica
don Quijote que obligÛ a que, por entonces, ninguno de los que escuch·ndole
estaban le tuviese por loco; antes, como todos los m·s eran caballeros, a
quien son anejas las armas, le escuchaban de muy buena gana; y Èl prosiguiÛ
diciendo:

-Digo, pues, que los trabajos del estudiante son Èstos: principalmente
pobreza (no porque todos sean pobres, sino por poner este caso en todo el
estremo que pueda ser); y, en haber dicho que padece pobreza, me parece que
no habÌa que decir m·s de su mala ventura, porque quien es pobre no tiene
cosa buena. Esta pobreza la padece por sus partes, ya en hambre, ya en
frÌo, ya en desnudez, ya en todo junto; pero, con todo eso, no es tanta que
no coma, aunque sea un poco m·s tarde de lo que se usa, aunque sea de las
sobras de los ricos; que es la mayor miseria del estudiante Èste que entre
ellos llaman andar a la sopa; y no les falta alg˙n ajeno brasero o
chimenea, que, si no callenta, a lo menos entibie su frÌo, y, en fin, la
noche duermen debajo de cubierta. No quiero llegar a otras menudencias,
conviene a saber, de la falta de camisas y no sobra de zapatos, la raridad
y poco pelo del vestido, ni aquel ahitarse con tanto gusto, cuando la buena
suerte les depara alg˙n banquete. Por este camino que he pintado, ·spero y
dificultoso, tropezando aquÌ, cayendo allÌ, levant·ndose acull·, tornando a
caer ac·, llegan al grado que desean; el cual alcanzado, a muchos hemos
visto que, habiendo pasado por estas Sirtes y por estas Scilas y Caribdis,
como llevados en vuelo de la favorable fortuna, digo que los hemos visto
mandar y gobernar el mundo desde una silla, trocada su hambre en hartura,
su frÌo en refrigerio, su desnudez en galas, y su dormir en una estera en
reposar en holandas y damascos: premio justamente merecido de su virtud.
Pero, contrapuestos y comparados sus trabajos con los del mÌlite guerrero,
se quedan muy atr·s en todo, como ahora dirÈ.

CapÌtulo XXXVIII. Que trata del curioso discurso que hizo don Quijote de
las armas y las letras

Prosiguiendo don Quijote, dijo:

-Pues comenzamos en el estudiante por la pobreza y sus partes, veamos si es
m·s rico el soldado. Y veremos que no hay ninguno m·s pobre en la misma
pobreza, porque est· atenido a la miseria de su paga, que viene o tarde o
nunca, o a lo que garbeare por sus manos, con notable peligro de su vida y
de su conciencia. Y a veces suele ser su desnudez tanta, que un coleto
acuchillado le sirve de gala y de camisa, y en la mitad del invierno se
suele reparar de las inclemencias del cielo, estando en la campaÒa rasa,
con sÛlo el aliento de su boca, que, como sale de lugar vacÌo, tengo por
averiguado que debe de salir frÌo, contra toda naturaleza. Pues esperad que
espere que llegue la noche, para restaurarse de todas estas incomodidades,
en la cama que le aguarda, la cual, si no es por su culpa, jam·s pecar· de
estrecha; que bien puede medir en la tierra los pies que quisiere, y
revolverse en ella a su sabor, sin temor que se le encojan las s·banas.
LlÈguese, pues, a todo esto, el dÌa y la hora de recebir el grado de su
ejercicio; llÈguese un dÌa de batalla, que allÌ le pondr·n la borla en la
cabeza, hecha de hilas, para curarle alg˙n balazo, que quiz· le habr·
pasado las sienes, o le dejar· estropeado de brazo o pierna. Y, cuando esto
no suceda, sino que el cielo piadoso le guarde y conserve sano y vivo,
podr· ser que se quede en la mesma pobreza que antes estaba, y que sea
menester que suceda uno y otro rencuentro, una y otra batalla, y que de
todas salga vencedor, para medrar en algo; pero estos milagros vense raras
veces. Pero, decidme, seÒores, si habÈis mirado en ello: øcu·n menos son
los premiados por la guerra que los que han perecido en ella? Sin duda,
habÈis de responder que no tienen comparaciÛn, ni se pueden reducir a
cuenta los muertos, y que se podr·n contar los premiados vivos con tres
letras de guarismo. Todo esto es al revÈs en los letrados; porque, de
faldas, que no quiero decir de mangas, todos tienen en quÈ entretenerse.
AsÌ que, aunque es mayor el trabajo del soldado, es mucho menor el premio.
Pero a esto se puede responder que es m·s f·cil premiar a dos mil letrados
que a treinta mil soldados, porque a aquÈllos se premian con darles
oficios, que por fuerza se han de dar a los de su profesiÛn, y a Èstos no
se pueden premiar sino con la mesma hacienda del seÒor a quien sirven; y
esta imposibilidad fortifica m·s la razÛn que tengo. Pero dejemos esto
aparte, que es laberinto de muy dificultosa salida, sino volvamos a la
preeminencia de las armas contra las letras, materia que hasta ahora est·
por averiguar, seg˙n son las razones que cada una de su parte alega. Y,
entre las que he dicho, dicen las letras que sin ellas no se podrÌan
sustentar las armas, porque la guerra tambiÈn tiene sus leyes y est· sujeta
a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A
esto responden las armas que las leyes no se podr·n sustentar sin ellas,
porque con las armas se defienden las rep˙blicas, se conservan los reinos,
se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de
cosarios; y, finalmente, si por ellas no fuese, las rep˙blicas, los reinos,
las monarquÌas, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarÌan sujetos
al rigor y a la confusiÛn que trae consigo la guerra el tiempo que dura y
tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas. Y es razÛn
averiguada que aquello que m·s cuesta se estima y debe de estimar en m·s.
Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias,
hambre, desnudez, v·guidos de cabeza, indigestiones de estÛmago, y otras
cosas a Èstas adherentes, que, en parte, ya las tengo referidas; mas llegar
uno por sus tÈrminos a ser buen soldado le cuesta todo lo que a el
estudiante, en tanto mayor grado que no tiene comparaciÛn, porque a cada
paso est· a pique de perder la vida. Y øquÈ temor de necesidad y pobreza
puede llegar ni fatigar al estudiante, que llegue al que tiene un soldado,
que, hall·ndose cercado en alguna fuerza, y estando de posta, o guarda, en
alg˙n revellÌn o caballero, siente que los enemigos est·n minando hacia la
parte donde Èl est·, y no puede apartarse de allÌ por ning˙n caso, ni huir
el peligro que de tan cerca le amenaza? SÛlo lo que puede hacer es dar
noticia a su capit·n de lo que pasa, para que lo remedie con alguna
contramina, y Èl estarse quedo, temiendo y esperando cu·ndo improvisamente
ha de subir a las nubes sin alas y bajar al profundo sin su voluntad. Y si
Èste parece pequeÒo peligro, veamos si le iguala o hace ventajas el de
embestirse dos galeras por las proas en mitad del mar espacioso, las cuales
enclavijadas y trabadas, no le queda al soldado m·s espacio del que concede
dos pies de tabla del espolÛn; y, con todo esto, viendo que tiene delante
de sÌ tantos ministros de la muerte que le amenazan cuantos caÒones de
artillerÌa se asestan de la parte contraria, que no distan de su cuerpo una
lanza, y viendo que al primer descuido de los pies irÌa a visitar los
profundos senos de Neptuno; y, con todo esto, con intrÈpido corazÛn,
llevado de la honra que le incita, se pone a ser blanco de tanta
arcabucerÌa, y procura pasar por tan estrecho paso al bajel contrario. Y lo

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