Full Text Archive logoFull Text Archive — Free Classic E-books

Don Quijote by Miguel de Cervantes [Saavedra] [in Spanish]

Part 5 out of 19

Adobe PDF icon
Download this document as a .pdf
File size: 2.3 MB
What's this? light bulb idea Many people prefer to read off-line or to print out text and read from the real printed page. Others want to carry documents around with them on their mobile phones and read while they are on the move. We have created .pdf files of all out documents to accommodate all these groups of people. We recommend that you download .pdfs onto your mobile phone when it is connected to a WiFi connection for reading off-line.

ªAlborot·ronse todos con el desmayo de Luscinda, y, desabroch·ndole su
madre el pecho para que le diese el aire, se descubriÛ en Èl un papel
cerrado, que don Fernando tomÛ luego y se le puso a leer a la luz de una de
las hachas; y, en acabando de leerle, se sentÛ en una silla y se puso la
mano en la mejilla, con muestras de hombre muy pensativo, sin acudir a los
remedios que a su esposa se hacÌan para que del desmayo volviese. Yo,
viendo alborotada toda la gente de casa, me aventurÈ a salir, ora fuese
visto o no, con determinaciÛn que si me viesen, de hacer un desatino tal,
que todo el mundo viniera a entender la justa indignaciÛn de mi pecho en el
castigo del falso don Fernando, y aun en el mudable de la desmayada
traidora. Pero mi suerte, que para mayores males, si es posible que los
haya, me debe tener guardado, ordenÛ que en aquel punto me sobrase el
entendimiento que despuÈs ac· me ha faltado; y asÌ, sin querer tomar
venganza de mis mayores enemigos (que, por estar tan sin pensamiento mÌo,
fuera f·cil tomarla), quise tomarla de mi mano y ejecutar en mÌ la pena que
ellos merecÌan; y aun quiz· con m·s rigor del que con ellos se usara si
entonces les diera muerte, pues la que se recibe repentina presto acaba la
pena; mas la que se dilata con tormentos siempre mata, sin acabar la vida.
ªEn fin, yo salÌ de aquella casa y vine a la de aquÈl donde habÌa dejado la
mula; hice que me la ensillase, sin despedirme dÈl subÌ en ella, y salÌ de
la ciudad, sin osar, como otro Lot, volver el rostro a miralla; y cuando me
vi en el campo solo, y que la escuridad de la noche me encubrÌa y su
silencio convidaba a quejarme, sin respeto o miedo de ser escuchado ni
conocido, soltÈ la voz y desatÈ la lengua en tantas maldiciones de Luscinda
y de don Fernando, como si con ellas satisficiera el agravio que me habÌan
hecho. Dile tÌtulos de cruel, de ingrata, de falsa y desagradecida; pero,
sobre todos, de codiciosa, pues la riqueza de mi enemigo la habÌa cerrado
los ojos de la voluntad, para quit·rmela a mÌ y entregarla a aquÈl con
quien m·s liberal y franca la fortuna se habÌa mostrado; y, en mitad de la
fuga destas maldiciones y vituperios, la desculpaba, diciendo que no era
mucho que una doncella recogida en casa de sus padres, hecha y acostumbrada
siempre a obedecerlos, hubiese querido condecender con su gusto, pues le
daban por esposo a un caballero tan principal, tan rico y tan gentil hombre
que, a no querer recebirle, se podÌa pensar, o que no tenÌa juicio, o que
en otra parte tenÌa la voluntad: cosa que redundaba tan en perjuicio de su
buena opiniÛn y fama. Luego volvÌa diciendo que, puesto que ella dijera que
yo era su esposo, vieran ellos que no habÌa hecho en escogerme tan mala
elecciÛn, que no la disculparan, pues antes de ofrecÈrseles don Fernando no
pudieran ellos mesmos acertar a desear, si con razÛn midiesen su deseo,
otro mejor que yo para esposo de su hija; y que bien pudiera ella, antes de
ponerse en el trance forzoso y ˙ltimo de dar la mano, decir que ya yo le
habÌa dado la mÌa; que yo viniera y concediera con todo cuanto ella
acertara a fingir en este caso.
ªEn fin, me resolvÌ en que poco amor, poco juicio, mucha ambiciÛn y deseos
de grandezas hicieron que se olvidase de las palabras con que me habÌa
engaÒado, entretenido y sustentado en mis firmes esperanzas y honestos
deseos. Con estas voces y con esta inquietud caminÈ lo que quedaba de
aquella noche, y di al amanecer en una entrada destas sierras, por las
cuales caminÈ otros tres dÌas, sin senda ni camino alguno, hasta que vine a
parar a unos prados, que no sÈ a quÈ mano destas montaÒas caen, y allÌ
preguntÈ a unos ganaderos que hacia dÛnde era lo m·s ·spero destas sierras.
DijÈronme que hacia esta parte. Luego me encaminÈ a ella, con intenciÛn de
acabar aquÌ la vida, y, en entrando por estas asperezas, del cansancio y de
la hambre se cayÛ mi mula muerta, o, lo que yo m·s creo, por desechar de sÌ
tan in˙til carga como en mÌ llevaba. Yo quedÈ a pie, rendido de la
naturaleza, traspasado de hambre, sin tener, ni pensar buscar, quien me
socorriese.
ªDe aquella manera estuve no sÈ quÈ tiempo, tendido en el suelo, al cabo
del cual me levantÈ sin hambre, y hallÈ junto a mÌ a unos cabreros, que,
sin duda, debieron ser los que mi necesidad remediaron, porque ellos me
dijeron de la manera que me habÌan hallado, y cÛmo estaba diciendo tantos
disparates y desatinos, que daba indicios claros de haber perdido el
juicio; y yo he sentido en mÌ, despuÈs ac·, que no todas veces le tengo
cabal, sino tan desmedrado y flaco que hago mil locuras, rasg·ndome los
vestidos, dando voces por estas soledades, maldiciendo mi ventura y
repitiendo en vano el nombre amado de mi enemiga, sin tener otro discurso
ni intento entonces que procurar acabar la vida voceando; y cuando en mÌ
vuelvo, me hallo tan cansado y molido, que apenas puedo moverme. Mi m·s
com˙n habitaciÛn es en el hueco de un alcornoque, capaz de cubrir este
miserable cuerpo. Los vaqueros y cabreros que andan por estas montaÒas,
movidos de caridad, me sustentan, poniÈndome el manjar por los caminos y
por las peÒas por donde entienden que acaso podrÈ pasar y hallarlo; y asÌ,
aunque entonces me falte el juicio, la necesidad natural me da a conocer el
mantenimiento, y despierta en mÌ el deseo de apetecerlo y la voluntad de
tomarlo. Otras veces me dicen ellos, cuando me encuentran con juicio, que
yo salgo a los caminos y que se lo quito por fuerza, aunque me lo den de
grado, a los pastores que vienen con ello del lugar a las majadas.
ªDesta manera paso mi miserable y estrema vida, hasta que el cielo sea
servido de conducirle a su ˙ltimo fin, o de ponerle en mi memoria, para que
no me acuerde de la hermosura y de la traiciÛn de Luscinda y del agravio de
don Fernando; que si esto Èl hace sin quitarme la vida, yo volverÈ a mejor
discurso mis pensamientos; donde no, no hay sino rogarle que absolutamente
tenga misericordia de mi alma, que yo no siento en mÌ valor ni fuerzas para
sacar el cuerpo desta estrecheza en que por mi gusto he querido ponerleª.
…sta es, °oh seÒores!, la amarga historia de mi desgracia: decidme si es
tal, que pueda celebrarse con menos sentimientos que los que en mÌ habÈis
visto; y no os cansÈis en persuadirme ni aconsejarme lo que la razÛn os
dijere que puede ser bueno para mi remedio, porque ha de aprovechar conmigo
lo que aprovecha la medicina recetada de famoso mÈdico al enfermo que
recebir no la quiere. Yo no quiero salud sin Luscinda; y, pues ella gustÛ
de ser ajena, siendo, o debiendo ser, mÌa, guste yo de ser de la
desventura, pudiendo haber sido de la buena dicha. Ella quiso, con su
mudanza, hacer estable mi perdiciÛn; yo querrÈ, con procurar perderme,
hacer contenta su voluntad, y ser· ejemplo a los por venir de que a mÌ solo
faltÛ lo que a todos los desdichados sobra, a los cuales suele ser consuelo
la imposibilidad de tenerle, y en mÌ es causa de mayores sentimientos y
males, porque aun pienso que no se han de acabar con la muerte.
AquÌ dio fin Cardenio a su larga pl·tica y tan desdichada como amorosa
historia. Y, al tiempo que el cura se prevenÌa para decirle algunas razones
de consuelo, le suspendiÛ una voz que llegÛ a sus oÌdos, que en lastimados
acentos oyeron que decÌa lo que se dir· en la cuarta parte desta narraciÛn,
que en este punto dio fin a la tercera el sabio y atentado historiador Cide
Hamete Benengeli.

Cuarta parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

CapÌtulo XXVIII. Que trata de la nueva y agradable aventura que al cura y
barbero sucediÛ en la mesma sierra

FelicÌsimos y venturosos fueron los tiempos donde se echÛ al mundo el
audacÌsimo caballero don Quijote de la Mancha, pues por haber tenido tan
honrosa determinaciÛn como fue el querer resucitar y volver al mundo la ya
perdida y casi muerta orden de la andante caballerÌa, gozamos ahora, en
esta nuestra edad, necesitada de alegres entretenimientos, no sÛlo de la
dulzura de su verdadera historia, sino de los cuentos y episodios della,
que, en parte, no son menos agradables y artificiosos y verdaderos que la
misma historia; la cual, prosiguiendo su rastrillado, torcido y aspado
hilo, cuenta que, asÌ como el cura comenzÛ a prevenirse para consolar a
Cardenio, lo impidiÛ una voz que llegÛ a sus oÌdos, que, con tristes
acentos, decÌa desta manera:
-°Ay Dios! øSi ser· posible que he ya hallado lugar que pueda servir de
escondida sepultura a la carga pesada deste cuerpo, que tan contra mi
voluntad sostengo? SÌ ser·, si la soledad que prometen estas sierras no me
miente. °Ay, desdichada, y cu·n m·s agradable compaÒÌa har·n estos riscos y
malezas a mi intenciÛn, pues me dar·n lugar para que con quejas comunique
mi desgracia al cielo, que no la de ning˙n hombre humano, pues no hay
ninguno en la tierra de quien se pueda esperar consejo en las dudas, alivio
en las quejas, ni remedio en los males!
Todas estas razones oyeron y percibieron el cura y los que con Èl estaban,
y por parecerles, como ello era, que allÌ junto las decÌan, se levantaron a
buscar el dueÒo, y no hubieron andado veinte pasos, cuando detr·s de un
peÒasco vieron, sentado al pie de un fresno, a un mozo vestido como
labrador, al cual, por tener inclinado el rostro, a causa de que se lavaba
los pies en el arroyo que por allÌ corrÌa, no se le pudieron ver por
entonces. Y ellos llegaron con tanto silencio que dÈl no fueron sentidos,
ni Èl estaba a otra cosa atento que a lavarse los pies, que eran tales, que
no parecÌan sino dos pedazos de blanco cristal que entre las otras piedras
del arroyo se habÌan nacido. SuspendiÛles la blancura y belleza de los
pies, pareciÈndoles que no estaban hechos a pisar terrones, ni a andar tras
el arado y los bueyes, como mostraba el h·bito de su dueÒo; y asÌ, viendo
que no habÌan sido sentidos, el cura, que iba delante, hizo seÒas a los
otros dos que se agazapasen o escondiesen detr·s de unos pedazos de peÒa
que allÌ habÌa, y asÌ lo hicieron todos, mirando con atenciÛn lo que el
mozo hacÌa; el cual traÌa puesto un capotillo pardo de dos haldas, muy
ceÒido al cuerpo con una toalla blanca. TraÌa, ansimesmo, unos calzones y
polainas de paÒo pardo, y en la cabeza una montera parda. TenÌa las
polainas levantadas hasta la mitad de la pierna, que, sin duda alguna, de
blanco alabastro parecÌa. AcabÛse de lavar los hermosos pies, y luego, con
un paÒo de tocar, que sacÛ debajo de la montera, se los limpiÛ; y, al
querer quit·rsele, alzÛ el rostro, y tuvieron lugar los que mir·ndole
estaban de ver una hermosura incomparable; tal, que Cardenio dijo al cura,
con voz baja:
-…sta, ya que no es Luscinda, no es persona humana, sino divina.
El mozo se quitÛ la montera, y, sacudiendo la cabeza a una y a otra parte,
se comenzaron a descoger y desparcir unos cabellos, que pudieran los del
sol tenerles envidia. Con esto conocieron que el que parecÌa labrador era
mujer, y delicada, y aun la m·s hermosa que hasta entonces los ojos de los
dos habÌan visto, y aun los de Cardenio, si no hubieran mirado y conocido a
Luscinda; que despuÈs afirmÛ que sola la belleza de Luscinda podÌa
contender con aquÈlla. Los luengos y rubios cabellos no sÛlo le cubrieron
las espaldas, mas toda en torno la escondieron debajo de ellos; que si no
eran los pies, ninguna otra cosa de su cuerpo se parecÌa: tales y tantos
eran. En esto, les sirviÛ de peine unas manos, que si los pies en el agua
habÌan parecido pedazos de cristal, las manos en los cabellos semejaban
pedazos de apretada nieve; todo lo cual, en m·s admiraciÛn y en m·s deseo
de saber quiÈn era ponÌa a los tres que la miraban.
Por esto determinaron de mostrarse, y, al movimiento que hicieron de
ponerse en pie, la hermosa moza alzÛ la cabeza, y, apart·ndose los cabellos
de delante de los ojos con entrambas manos, mirÛ los que el ruido hacÌan; y
apenas los hubo visto, cuando se levantÛ en pie, y, sin aguardar a calzarse
ni a recoger los cabellos, asiÛ con mucha presteza un bulto, como de ropa,
que junto a sÌ tenÌa, y quiso ponerse en huida, llena de turbaciÛn y
sobresalto; mas no hubo dado seis pasos cuando, no pudiendo sufrir los
delicados pies la aspereza de las piedras, dio consigo en el suelo. Lo cual
visto por los tres, salieron a ella, y el cura fue el primero que le dijo:
-Deteneos, seÒora, quienquiera que se·is, que los que aquÌ veis sÛlo tienen
intenciÛn de serviros. No hay para quÈ os pong·is en tan impertinente
huida, porque ni vuestros pies lo podr·n sufrir ni nosotros consentir.
A todo esto, ella no respondÌa palabra, atÛnita y confusa. Llegaron, pues,
a ella, y, asiÈndola por la mano el cura, prosiguiÛ diciendo:
-Lo que vuestro traje, seÒora, nos niega, vuestros cabellos nos descubren:
seÒales claras que no deben de ser de poco momento las causas que han
disfrazado vuestra belleza en h·bito tan indigno, y traÌdola a tanta
soledad como es Èsta, en la cual ha sido ventura el hallaros, si no para
dar remedio a vuestros males, a lo menos para darles consejo, pues ning˙n
mal puede fatigar tanto, ni llegar tan al estremo de serlo, mientras no
acaba la vida, que reh˙ya de no escuchar siquiera el consejo que con buena
intenciÛn se le da al que lo padece. AsÌ que, seÒora mÌa, o seÒor mÌo, o lo
que vos quisierdes ser, perded el sobresalto que nuestra vista os ha
causado y contadnos vuestra buena o mala suerte; que en nosotros juntos, o
en cada uno, hallarÈis quien os ayude a sentir vuestras desgracias.
En tanto que el cura decÌa estas razones, estaba la disfrazada moza como
embelesada, mir·ndolos a todos, sin mover labio ni decir palabra alguna:
bien asÌ como r˙stico aldeano que de improviso se le muestran cosas raras y
dÈl jam·s vistas. Mas, volviendo el cura a decirle otras razones al mesmo
efeto encaminadas, dando ella un profundo suspiro, rompiÛ el silencio y
dijo:
-Pues que la soledad destas sierras no ha sido parte para encubrirme, ni la
soltura de mis descompuestos cabellos no ha permitido que sea mentirosa mi
lengua, en balde serÌa fingir yo de nuevo ahora lo que, si se me creyese,
serÌa m·s por cortesÌa que por otra razÛn alguna. Presupuesto esto, digo,
seÒores, que os agradezco el ofrecimiento que me habÈis hecho, el cual me
ha puesto en obligaciÛn de satisfaceros en todo lo que me habÈis pedido,
puesto que temo que la relaciÛn que os hiciere de mis desdichas os ha de
causar, al par de la compasiÛn, la pesadumbre, porque no habÈis de hallar
remedio para remediarlas ni consuelo para entretenerlas. Pero, con todo
esto, porque no ande vacilando mi honra en vuestras intenciones, habiÈndome
ya conocido por mujer y viÈndome moza, sola y en este traje, cosas todas
juntas, y cada una por sÌ, que pueden echar por tierra cualquier honesto
crÈdito, os habrÈ de decir lo que quisiera callar si pudiera.
Todo esto dijo sin parar la que tan hermosa mujer parecÌa, con tan suelta
lengua, con voz tan suave, que no menos les admirÛ su discreciÛn que su
hermosura. Y, torn·ndole a hacer nuevos ofrecimientos y nuevos ruegos para
que lo prometido cumpliese, ella, sin hacerse m·s de rogar, calz·ndose con
toda honestidad y recogiendo sus cabellos, se acomodÛ en el asiento de una
piedra, y, puestos los tres alrededor della, haciÈndose fuerza por detener
algunas l·grimas que a los ojos se le venÌan, con voz reposada y clara,
comenzÛ la historia de su vida desta manera:
-´En esta AndalucÌa hay un lugar de quien toma tÌtulo un duque, que le hace
uno de los que llaman grandes en EspaÒa. …ste tiene dos hijos: el mayor,
heredero de su estado, y, al parecer, de sus buenas costumbres; y el menor,
no sÈ yo de quÈ sea heredero, sino de las traiciones de Vellido y de los
embustes de GalalÛn. Deste seÒor son vasallos mis padres, humildes en
linaje, pero tan ricos que si los bienes de su naturaleza igualaran a los
de su fortuna, ni ellos tuvieran m·s que desear ni yo temiera verme en la
desdicha en que me veo; porque quiz· nace mi poca ventura de la que no
tuvieron ellos en no haber nacido ilustres. Bien es verdad que no son tan
bajos que puedan afrentarse de su estado, ni tan altos que a mÌ me quiten
la imaginaciÛn que tengo de que de su humildad viene mi desgracia. Ellos,
en fin, son labradores, gente llana, sin mezcla de alguna raza mal sonante,
y, como suele decirse, cristianos viejos ranciosos; pero tan ricos que su
riqueza y magnÌfico trato les va poco a poco adquiriendo nombre de
hidalgos, y aun de caballeros. Puesto que de la mayor riqueza y nobleza que
ellos se preciaban era de tenerme a mÌ por hija; y, asÌ por no tener otra
ni otro que los heredase como por ser padres, y aficionados, yo era una de
las m·s regaladas hijas que padres jam·s regalaron. Era el espejo en que se
miraban, el b·culo de su vejez, y el sujeto a quien encaminaban,
midiÈndolos con el cielo, todos sus deseos; de los cuales, por ser ellos
tan buenos, los mÌos no salÌan un punto. Y del mismo modo que yo era seÒora
de sus ·nimos, ansÌ lo era de su hacienda: por mÌ se recebÌan y despedÌan
los criados; la razÛn y cuenta de lo que se sembraba y cogÌa pasaba por mi
mano; los molinos de aceite, los lagares de vino, el n˙mero del ganado
mayor y menor, el de las colmenas. Finalmente, de todo aquello que un tan
rico labrador como mi padre puede tener y tiene, tenÌa yo la cuenta, y era
la mayordoma y seÒora, con tanta solicitud mÌa y con tanto gusto suyo, que
buenamente no acertarÈ a encarecerlo. Los ratos que del dÌa me quedaban,
despuÈs de haber dado lo que convenÌa a los mayorales, a capataces y a
otros jornaleros, los entretenÌa en ejercicios que son a las doncellas tan
lÌcitos como necesarios, como son los que ofrece la aguja y la almohadilla,
y la rueca muchas veces; y si alguna, por recrear el ·nimo, estos
ejercicios dejaba, me acogÌa al entretenimiento de leer alg˙n libro devoto,
o a tocar una arpa, porque la experiencia me mostraba que la m˙sica compone
los ·nimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espÌritu.
ª…sta, pues, era la vida que yo tenÌa en casa de mis padres, la cual, si
tan particularmente he contado, no ha sido por ostentaciÛn ni por dar a
entender que soy rica, sino porque se advierta cu·n sin culpa me he venido
de aquel buen estado que he dicho al infelice en que ahora me hallo. Es,
pues, el caso que, pasando mi vida en tantas ocupaciones y en un
encerramiento tal que al de un monesterio pudiera compararse, sin ser
vista, a mi parecer, de otra persona alguna que de los criados de casa,
porque los dÌas que iba a misa era tan de maÒana, y tan acompaÒada de mi
madre y de otras criadas, y yo tan cubierta y recatada que apenas vÌan mis
ojos m·s tierra de aquella donde ponÌa los pies; y, con todo esto, los del
amor, o los de la ociosidad, por mejor decir, a quien los de lince no
pueden igualarse, me vieron, puestos en la solicitud de don Fernando, que
Èste es el nombre del hijo menor del duque que os he contadoª.
No hubo bien nombrado a don Fernando la que el cuento contaba, cuando a
Cardenio se le mudÛ la color del rostro, y comenzÛ a trasudar, con tan
grande alteraciÛn que el cura y el barbero, que miraron en ello, temieron
que le venÌa aquel accidente de locura que habÌan oÌdo decir que de cuando
en cuando le venÌa. Mas Cardenio no hizo otra cosa que trasudar y estarse
quedo, mirando de hito en hito a la labradora, imaginando quiÈn ella era;
la cual, sin advertir en los movimientos de Cardenio, prosiguiÛ su
historia, diciendo:
-´Y no me hubieron bien visto cuando, seg˙n Èl dijo despuÈs, quedÛ tan
preso de mis amores cuanto lo dieron bien a entender sus demostraciones.
Mas, por acabar presto con el cuento, que no le tiene, de mis desdichas,
quiero pasar en silencio las diligencias que don Fernando hizo para
declararme su voluntad. SobornÛ toda la gente de mi casa, dio y ofreciÛ
d·divas y mercedes a mis parientes. Los dÌas eran todos de fiesta y de
regocijo en mi calle; las noches no dejaban dormir a nadie las m˙sicas. Los
billetes que, sin saber cÛmo, a mis manos venÌan, eran infinitos, llenos de
enamoradas razones y ofrecimientos, con menos letras que promesas y
juramentos. Todo lo cual no sÛlo no me ablandaba, pero me endurecÌa de
manera como si fuera mi mortal enemigo, y que todas las obras que para
reducirme a su voluntad hacÌa, las hiciera para el efeto contrario; no
porque a mÌ me pareciese mal la gentileza de don Fernando, ni que tuviese a
demasÌa sus solicitudes; porque me daba un no sÈ quÈ de contento verme tan
querida y estimada de un tan principal caballero, y no me pesaba ver en sus
papeles mis alabanzas: que en esto, por feas que seamos las mujeres, me
parece a mÌ que siempre nos da gusto el oÌr que nos llaman hermosas.
ªPero a todo esto se opone mi honestidad y los consejos continuos que mis
padres me daban, que ya muy al descubierto sabÌan la voluntad de don
Fernando, porque ya a Èl no se le daba nada de que todo el mundo la
supiese. DecÌanme mis padres que en sola mi virtud y bondad dejaban y
depositaban su honra y fama, y que considerase la desigualdad que habÌa
entre mÌ y don Fernando, y que por aquÌ echarÌa de ver que sus
pensamientos, aunque Èl dijese otra cosa, mas se encaminaban a su gusto que
a mi provecho; y que si yo quisiese poner en alguna manera alg˙n
inconveniente para que Èl se dejase de su injusta pretensiÛn, que ellos me
casarÌan luego con quien yo m·s gustase: asÌ de los m·s principales de
nuestro lugar como de todos los circunvecinos, pues todo se podÌa esperar
de su mucha hacienda y de mi buena fama. Con estos ciertos prometimientos,
y con la verdad que ellos me decÌan, fortificaba yo mi entereza, y jam·s
quise responder a don Fernando palabra que le pudiese mostrar, aunque de
muy lejos, esperanza de alcanzar su deseo.
ªTodos estos recatos mÌos, que Èl debÌa de tener por desdenes, debieron de
ser causa de avivar m·s su lascivo apetito, que este nombre quiero dar a la
voluntad que me mostraba; la cual, si ella fuera como debÌa, no la
supiÈrades vosotros ahora, porque hubiera faltado la ocasiÛn de decÌrosla.
Finalmente, don Fernando supo que mis padres andaban por darme estado, por
quitalle a Èl la esperanza de poseerme, o, a lo menos, porque yo tuviese
m·s guardas para guardarme; y esta nueva o sospecha fue causa para que
hiciese lo que ahora oirÈis. Y fue que una noche, estando yo en mi aposento
con sola la compaÒÌa de una doncella que me servÌa, teniendo bien cerradas
las puertas, por temor que, por descuido, mi honestidad no se viese en
peligro, sin saber ni imaginar cÛmo, en medio destos recatos y
prevenciones, y en la soledad deste silencio y encierro, me le hallÈ
delante, cuya vista me turbÛ de manera que me quitÛ la de mis ojos y me
enmudeciÛ la lengua; y asÌ, no fui poderosa de dar voces, ni aun Èl creo
que me las dejara dar, porque luego se llegÛ a mÌ, y, tom·ndome entre sus
brazos (porque yo, como digo, no tuve fuerzas para defenderme, seg˙n estaba
turbada), comenzÛ a decirme tales razones, que no sÈ cÛmo es posible que
tenga tanta habilidad la mentira que las sepa componer de modo que parezcan
tan verdaderas. HacÌa el traidor que sus l·grimas acreditasen sus palabras
y los suspiros su intenciÛn. Yo, pobrecilla, sola entre los mÌos, mal
ejercitada en casos semejantes, comencÈ, no sÈ en quÈ modo, a tener por
verdaderas tantas falsedades, pero no de suerte que me moviesen a compasiÛn
menos que buena sus l·grimas y suspiros.
ªY asÌ, pas·ndoseme aquel sobresalto primero, tornÈ alg˙n tanto a cobrar
mis perdidos espÌritus, y con m·s ·nimo del que pensÈ que pudiera tener, le
dije: ''Si como estoy, seÒor, en tus brazos, estuviera entre los de un leÛn
fiero y el librarme dellos se me asegurara con que hiciera, o dijera, cosa
que fuera en perjuicio de mi honestidad, asÌ fuera posible hacella o
decilla como es posible dejar de haber sido lo que fue. AsÌ que, si t˙
tienes ceÒido mi cuerpo con tus brazos, yo tengo atada mi alma con mis
buenos deseos, que son tan diferentes de los tuyos como lo ver·s si con
hacerme fuerza quisieres pasar adelante en ellos. Tu vasalla soy, pero no
tu esclava; ni tiene ni debe tener imperio la nobleza de tu sangre para
deshonrar y tener en poco la humildad de la mÌa; y en tanto me estimo yo,
villana y labradora, como t˙, seÒor y caballero. Conmigo no han de ser de
ning˙n efecto tus fuerzas, ni han de tener valor tus riquezas, ni tus
palabras han de poder engaÒarme, ni tus suspiros y l·grimas enternecerme.
Si alguna de todas estas cosas que he dicho viera yo en el que mis padres
me dieran por esposo, a su voluntad se ajustara la mÌa, y mi voluntad de la
suya no saliera; de modo que, como quedara con honra, aunque quedara sin
gusto, de grado te entregara lo que t˙, seÒor, ahora con tanta fuerza
procuras. Todo esto he dicho porque no es pensar que de mÌ alcance cosa
alguna el que no fuere mi ligÌtimo esposo''. ''Si no reparas m·s que en
eso, bellÌsima Dorotea -(que Èste es el nombre desta desdichada), dijo el
desleal caballero-, ves: aquÌ te doy la mano de serlo tuyo, y sean testigos
desta verdad los cielos, a quien ninguna cosa se asconde, y esta imagen de
Nuestra SeÒora que aquÌ tienes''.ª
Cuando Cardenio le oyÛ decir que se llamaba Dorotea, tornÛ de nuevo a sus
sobresaltos y acabÛ de confirmar por verdadera su primera opiniÛn; pero no
quiso interromper el cuento, por ver en quÈ venÌa a parar lo que Èl ya casi
sabÌa; sÛlo dijo:
-øQue Dorotea es tu nombre, seÒora? Otra he oÌdo yo decir del mesmo, que
quiz· corre parejas con tus desdichas. Pasa adelante, que tiempo vendr· en
que te diga cosas que te espanten en el mesmo grado que te lastimen.
ReparÛ Dorotea en las razones de Cardenio y en su estraÒo y desastrado
traje, y rogÛle que si alguna cosa de su hacienda sabÌa, se la dijese
luego; porque si algo le habÌa dejado bueno la fortuna, era el ·nimo que
tenÌa para sufrir cualquier desastre que le sobreviniese, segura de que, a
su parecer, ninguno podÌa llegar que el que tenÌa acrecentase un punto.
-No le perdiera yo, seÒora -respondiÛ Cardenio-, en decirte lo que pienso,
si fuera verdad lo que imagino; y hasta ahora no se pierde coyuntura, ni a
ti te importa nada el saberlo.
-Sea lo que fuere -respondiÛ Dorotea-, ´lo que en mi cuento pasa fue que,
tomando don Fernando una imagen que en aquel aposento estaba, la puso por
testigo de nuestro desposorio. Con palabras eficacÌsimas y juramentos
estraordinarios, me dio la palabra de ser mi marido, puesto que, antes que
acabase de decirlas, le dije que mirase bien lo que hacÌa y que considerase
el enojo que su padre habÌa de recebir de verle casado con una villana
vasalla suya; que no le cegase mi hermosura, tal cual era, pues no era
bastante para hallar en ella disculpa de su yerro, y que si alg˙n bien me
querÌa hacer, por el amor que me tenÌa, fuese dejar correr mi suerte a lo
igual de lo que mi calidad podÌa, porque nunca los tan desiguales
casamientos se gozan ni duran mucho en aquel gusto con que se comienzan.
ªTodas estas razones que aquÌ he dicho le dije, y otras muchas de que no me
acuerdo, pero no fueron parte para que Èl dejase de seguir su intento, bien
ansÌ como el que no piensa pagar, que, al concertar de la barata, no repara
en inconvenientes. Yo, a esta sazÛn, hice un breve discurso conmigo, y me
dije a mÌ mesma: ''SÌ, que no serÈ yo la primera que por vÌa de matrimonio
haya subido de humilde a grande estado, ni ser· don Fernando el primero a
quien hermosura, o ciega aficiÛn, que es lo m·s cierto, haya hecho tomar
compaÒÌa desigual a su grandeza. Pues si no hago ni mundo ni uso nuevo,
bien es acudir a esta honra que la suerte me ofrece, puesto que en Èste no
dure m·s la voluntad que me muestra de cuanto dure el cumplimiento de su
deseo; que, en fin, para con Dios serÈ su esposa. Y si quiero con desdenes
despedille, en tÈrmino le veo que, no usando el que debe, usar· el de la
fuerza y vendrÈ a quedar deshonrada y sin disculpa de la culpa que me podÌa
dar el que no supiere cu·n sin ella he venido a este punto. Porque, øquÈ
razones ser·n bastantes para persuadir a mis padres, y a otros, que este
caballero entrÛ en mi aposento sin consentimiento mÌo?''
ªTodas estas demandas y respuestas revolvÌ yo en un instante en la
imaginaciÛn; y, sobre todo, me comenzaron a hacer fuerza y a inclinarme a
lo que fue, sin yo pensarlo, mi perdiciÛn: los juramentos de don Fernando,
los testigos que ponÌa, las l·grimas que derramaba, y, finalmente, su
dispusiciÛn y gentileza, que, acompaÒada con tantas muestras de verdadero
amor, pudieran rendir a otro tan libre y recatado corazÛn como el mÌo.
LlamÈ a mi criada, para que en la tierra acompaÒase a los testigos del
cielo; tornÛ don Fernando a reiterar y confirmar sus juramentos; aÒadiÛ a
los primeros nuevos santos por testigos; echÛse mil futuras maldiciones, si
no cumpliese lo que me prometÌa; volviÛ a humedecer sus ojos y a acrecentar
sus suspiros; apretÛme m·s entre sus brazos, de los cuales jam·s me habÌa
dejado; y con esto, y con volverse a salir del aposento mi doncella, yo
dejÈ de serlo y Èl acabÛ de ser traidor y fementido.
ªEl dÌa que sucediÛ a la noche de mi desgracia se venÌa aun no tan apriesa
como yo pienso que don Fernando deseaba, porque, despuÈs de cumplido
aquello que el apetito pide, el mayor gusto que puede venir es apartarse de
donde le alcanzaron. Digo esto porque don Fernando dio priesa por partirse
de mÌ, y, por industria de mi doncella, que era la misma que allÌ le habÌa
traÌdo, antes que amaneciese se vio en la calle. Y, al despedirse de mÌ,
aunque no con tanto ahÌnco y vehemencia como cuando vino, me dijo que
estuviese segura de su fe y de ser firmes y verdaderos sus juramentos; y,
para m·s confirmaciÛn de su palabra, sacÛ un rico anillo del dedo y lo puso
en el mÌo. En efecto, Èl se fue y yo quedÈ ni sÈ si triste o alegre; esto
sÈ bien decir: que quedÈ confusa y pensativa, y casi fuera de mÌ con el
nuevo acaecimiento, y no tuve ·nimo, o no se me acordÛ, de reÒir a mi
doncella por la traiciÛn cometida de encerrar a don Fernando en mi mismo
aposento, porque a˙n no me determinaba si era bien o mal el que me habÌa
sucedido. DÌjele, al partir, a don Fernando que por el mesmo camino de
aquÈlla podÌa verme otras noches, pues ya era suya, hasta que, cuando Èl
quisiese, aquel hecho se publicase. Pero no vino otra alguna, si no fue la
siguiente, ni yo pude verle en la calle ni en la iglesia en m·s de un mes;
que en vano me cansÈ en solicitallo, puesto que supe que estaba en la villa
y que los m·s dÌas iba a caza, ejercicio de que Èl era muy aficionado.
ªEstos dÌas y estas horas bien sÈ yo que para mÌ fueron aciagos y
menguadas, y bien sÈ que comencÈ a dudar en ellos, y aun a descreer de la
fe de don Fernando; y sÈ tambiÈn que mi doncella oyÛ entonces las palabras
que en reprehensiÛn de su atrevimiento antes no habÌa oÌdo; y sÈ que me fue
forzoso tener cuenta con mis l·grimas y con la compostura de mi rostro, por
no dar ocasiÛn a que mis padres me preguntasen que de quÈ andaba
descontenta y me obligasen a buscar mentiras que decilles. Pero todo esto
se acabÛ en un punto, lleg·ndose uno donde se atropellaron respectos y se
acabaron los honrados discursos, y adonde se perdiÛ la paciencia y salieron
a plaza mis secretos pensamientos. Y esto fue porque, de allÌ a pocos dÌas,
se dijo en el lugar como en una ciudad allÌ cerca se habÌa casado don
Fernando con una doncella hermosÌsima en todo estremo, y de muy principales
padres, aunque no tan rica que, por la dote, pudiera aspirar a tan noble
casamiento. DÌjose que se llamaba Luscinda, con otras cosas que en sus
desposorios sucedieron dignas de admiraciÛn.ª
OyÛ Cardenio el nombre de Luscinda, y no hizo otra cosa que encoger los
hombros, morderse los labios, enarcar las cejas y dejar de allÌ a poco caer
por sus ojos dos fuentes de l·grimas. Mas no por esto dejÛ Dorotea de
seguir su cuento, diciendo:
-´LlegÛ esta triste nueva a mis oÌdos, y, en lugar de hel·rseme el corazÛn
en oÌlla, fue tanta la cÛlera y rabia que se encendiÛ en Èl, que faltÛ poco
para no salirme por las calles dando voces, publicando la alevosÌa y
traiciÛn que se me habÌa hecho. Mas templÛse esta furia por entonces con
pensar de poner aquella mesma noche por obra lo que puse: que fue ponerme
en este h·bito, que me dio uno de los que llaman zagales en casa de los
labradores, que era criado de mi padre, al cual descubrÌ toda mi
desventura, y le roguÈ me acompaÒase hasta la ciudad donde entendÌ que mi
enemigo estaba. …l, despuÈs que hubo reprehendido mi atrevimiento y afeado
mi determinaciÛn, viÈndome resuelta en mi parecer, se ofreciÛ a tenerme
compaÒÌa, como Èl dijo, hasta el cabo del mundo. Luego, al momento, encerrÈ
en una almohada de lienzo un vestido de mujer, y algunas joyas y dineros,
por lo que podÌa suceder. Y en el silencio de aquella noche, sin dar cuenta
a mi traidora doncella, salÌ de mi casa, acompaÒada de mi criado y de
muchas imaginaciones, y me puse en camino de la ciudad a pie, llevada en
vuelo del deseo de llegar, ya que no a estorbar lo que tenÌa por hecho, a
lo menos a decir a don Fernando me dijese con quÈ alma lo habÌa hecho.
ªLleguÈ en dos dÌas y medio donde querÌa, y, en entrando por la ciudad,
preguntÈ por la casa de los padres de Luscinda, y al primero a quien hice
la pregunta me respondiÛ m·s de lo que yo quisiera oÌr. DÌjome la casa y
todo lo que habÌa sucedido en el desposorio de su hija, cosa tan p˙blica en
la ciudad, que se hace en corrillos para contarla por toda ella. DÌjome que
la noche que don Fernando se desposÛ con Luscinda, despuÈs de haber ella
dado el sÌ de ser su esposa, le habÌa tomado un recio desmayo, y que,
llegando su esposo a desabrocharle el pecho para que le diese el aire, le
hallÛ un papel escrito de la misma letra de Luscinda, en que decÌa y
declaraba que ella no podÌa ser esposa de don Fernando, porque lo era de
Cardenio, que, a lo que el hombre me dijo, era un caballero muy principal
de la mesma ciudad; y que si habÌa dado el sÌ a don Fernando, fue por no
salir de la obediencia de sus padres. En resoluciÛn, tales razones dijo que
contenÌa el papel, que daba a entender que ella habÌa tenido intenciÛn de
matarse en acab·ndose de desposar, y daba allÌ las razones por que se habÌa
quitado la vida. Todo lo cual dicen que confirmÛ una daga que le hallaron
no sÈ en quÈ parte de sus vestidos. Todo lo cual visto por don Fernando,
pareciÈndole que Luscinda le habÌa burlado y escarnecido y tenido en poco,
arremetiÛ a ella, antes que de su desmayo volviese, y con la misma daga que
le hallaron la quiso dar de puÒaladas; y lo hiciera si sus padres y los que
se hallaron presentes no se lo estorbaran. Dijeron m·s: que luego se
ausentÛ don Fernando, y que Luscinda no habÌa vuelto de su parasismo hasta
otro dÌa, que contÛ a sus padres cÛmo ella era verdadera esposa de aquel
Cardenio que he dicho. Supe m·s: que el Cardenio, seg˙n decÌan, se hallÛ
presente en los desposorios, y que, en viÈndola desposada, lo cual Èl jam·s
pensÛ, se saliÛ de la ciudad desesperado, dej·ndole primero escrita una
carta, donde daba a entender el agravio que Luscinda le habÌa hecho, y de
cÛmo Èl se iba adonde gentes no le viesen.
ªEsto todo era p˙blico y notorio en toda la ciudad, y todos hablaban dello;
y m·s hablaron cuando supieron que Luscinda habÌa faltado de casa de sus
padres y de la ciudad, pues no la hallaron en toda ella, de que perdÌan el
juicio sus padres y no sabÌan quÈ medio se tomar para hallarla. Esto que
supe puso en bando mis esperanzas, y tuve por mejor no haber hallado a don
Fernando, que no hallarle casado, pareciÈndome que a˙n no estaba del todo
cerrada la puerta a mi remedio, d·ndome yo a entender que podrÌa ser que el
cielo hubiese puesto aquel impedimento en el segundo matrimonio, por
atraerle a conocer lo que al primero debÌa, y a caer en la cuenta de que
era cristiano y que estaba m·s obligado a su alma que a los respetos
humanos. Todas estas cosas revolvÌa en mi fantasÌa, y me consolaba sin
tener consuelo, fingiendo unas esperanzas largas y desmayadas, para
entretener la vida, que ya aborrezco.
ªEstando, pues, en la ciudad, sin saber quÈ hacerme, pues a don Fernando no
hallaba, llegÛ a mis oÌdos un p˙blico pregÛn, donde se prometÌa grande
hallazgo a quien me hallase, dando las seÒas de la edad y del mesmo traje
que traÌa; y oÌ decir que se decÌa que me habÌa sacado de casa de mis
padres el mozo que conmigo vino, cosa que me llegÛ al alma, por ver cu·n de
caÌda andaba mi crÈdito, pues no bastaba perderle con mi venida, sino
aÒadir el con quiÈn, siendo subjeto tan bajo y tan indigno de mis buenos
pensamientos. Al punto que oÌ el pregÛn, me salÌ de la ciudad con mi
criado, que ya comenzaba a dar muestras de titubear en la fe que de
fidelidad me tenÌa prometida, y aquella noche nos entramos por lo espeso
desta montaÒa, con el miedo de no ser hallados. Pero, como suele decirse
que un mal llama a otro, y que el fin de una desgracia suele ser principio
de otra mayor, asÌ me sucediÛ a mÌ, porque mi buen criado, hasta entonces
fiel y seguro, asÌ como me vio en esta soledad, incitado de su mesma
bellaquerÌa antes que de mi hermosura, quiso aprovecharse de la ocasiÛn
que, a su parecer, estos yermos le ofrecÌan; y, con poca verg¸enza y menos
temor de Dios ni respeto mÌo, me requiriÛ de amores; y, viendo que yo con
feas y justas palabras respondÌa a las desverg¸enzas de sus propÛsitos,
dejÛ aparte los ruegos, de quien primero pensÛ aprovecharse, y comenzÛ a
usar de la fuerza. Pero el justo cielo, que pocas o ningunas veces deja de
mirar y favorecer a las justas intenciones, favoreciÛ las mÌas, de manera
que con mis pocas fuerzas, y con poco trabajo, di con Èl por un
derrumbadero, donde le dejÈ, ni sÈ si muerto o si vivo; y luego, con m·s
ligereza que mi sobresalto y cansancio pedÌan, me entrÈ por estas montaÒas,
sin llevar otro pensamiento ni otro disignio que esconderme en ellas y huir
de mi padre y de aquellos que de su parte me andaban buscando.
ªCon este deseo, ha no sÈ cu·ntos meses que entrÈ en ellas, donde hallÈ un
ganadero que me llevÛ por su criado a un lugar que est· en las entraÒas
desta sierra, al cual he servido de zagal todo este tiempo, procurando
estar siempre en el campo por encubrir estos cabellos que ahora, tan si
pensarlo, me han descubierto. Pero toda mi industria y toda mi solicitud
fue y ha sido de ning˙n provecho, pues mi amo vino en conocimiento de que
yo no era varÛn, y naciÛ en Èl el mesmo mal pensamiento que en mi criado;
y, como no siempre la fortuna con los trabajos da los remedios, no hallÈ
derrumbadero ni barranco de donde despeÒar y despenar al amo, como le hallÈ
para el criado; y asÌ, tuve por menor inconveniente dejalle y asconderme de
nuevo entre estas asperezas que probar con Èl mis fuerzas o mis disculpas.
Digo, pues, que me tornÈ a emboscar, y a buscar donde sin impedimento
alguno pudiese con suspiros y l·grimas rogar al cielo se duela de mi
desventura y me dÈ industria y favor para salir della, o para dejar la vida
entre estas soledades, sin que quede memoria desta triste, que tan sin
culpa suya habr· dado materia para que de ella se hable y murmure en la
suya y en las ajenas tierras.ª

CapÌtulo XXIX. Que trata de la discreciÛn de la hermosa Dorotea, con otras
cosas de mucho gusto y pasatiempo

-Esta es, seÒores, la verdadera historia de mi tragedia: mirad y juzgad
ahora si los suspiros que escuchastes, las palabras que oÌstes y las
l·grimas que de mis ojos salÌan, tenÌan ocasiÛn bastante para mostrarse en
mayor abundancia; y, considerada la calidad de mi desgracia, verÈis que
ser· en vano el consuelo, pues es imposible el remedio della. SÛlo os ruego
(lo que con facilidad podrÈis y debÈis hacer) que me aconsejÈis dÛnde podrÈ
pasar la vida sin que me acabe el temor y sobresalto que tengo de ser
hallada de los que me buscan; que, aunque sÈ que el mucho amor que mis
padres me tienen me asegura que serÈ dellos bien recebida, es tanta la
verg¸enza que me ocupa sÛlo el pensar que, no como ellos pensaban, tengo de
parecer a su presencia, que tengo por mejor desterrarme para siempre de ser
vista que no verles el rostro, con pensamiento que ellos miran el mÌo ajeno
de la honestidad que de mÌ se debÌan de tener prometida.
CallÛ en diciendo esto, y el rostro se le cubriÛ de un color que mostrÛ
bien claro el sentimiento y verg¸enza del alma. En las suyas sintieron los
que escuchado la habÌan tanta l·stima como admiraciÛn de su desgracia; y,
aunque luego quisiera el cura consolarla y aconsejarla, tomÛ primero la
mano Cardenio, diciendo:
-En fin, seÒora, que t˙ eres la hermosa Dorotea, la hija ˙nica del rico
Clenardo.
Admirada quedÛ Dorotea cuando oyÛ el nombre de su padre, y de ver cu·n de
poco era el que le nombraba, porque ya se ha dicho de la mala manera que
Cardenio estaba vestido; y asÌ, le dijo:
-Y øquiÈn sois vos, hermano, que asÌ sabÈis el nombre de mi padre? Porque
yo, hasta ahora, si mal no me acuerdo, en todo el discurso del cuento de mi
desdicha no le he nombrado.
-Soy -respondiÛ Cardenio- aquel sin ventura que, seg˙n vos, seÒora, habÈis
dicho, Luscinda dijo que era su esposa. Soy el desdichado Cardenio, a quien
el mal tÈrmino de aquel que a vos os ha puesto en el que est·is me ha
traÌdo a que me ve·is cual me veis: roto, desnudo, falto de todo humano
consuelo y, lo que es peor de todo, falto de juicio, pues no le tengo sino
cuando al cielo se le antoja d·rmele por alg˙n breve espacio. Yo, Teodora,
soy el que me hallÈ presente a las sinrazones de don Fernando, y el que
aguardÛ oÌr el sÌ que de ser su esposa pronunciÛ Luscinda. Yo soy el que no
tuvo ·nimo para ver en quÈ paraba su desmayo, ni lo que resultaba del papel
que le fue hallado en el pecho, porque no tuvo el alma sufrimiento para ver
tantas desventuras juntas; y asÌ, dejÈ la casa y la paciencia, y una carta
que dejÈ a un huÈsped mÌo, a quien roguÈ que en manos de Luscinda la
pusiese, y vÌneme a estas soledades, con intenciÛn de acabar en ellas la
vida, que desde aquel punto aborrecÌ como mortal enemiga mÌa. Mas no ha
querido la suerte quit·rmela, content·ndose con quitarme el juicio, quiz·
por guardarme para la buena ventura que he tenido en hallaros; pues, siendo
verdad, como creo que lo es, lo que aquÌ habÈis contado, a˙n podrÌa ser que
a entrambos nos tuviese el cielo guardado mejor suceso en nuestros
desastres que nosotros pensamos. Porque, presupuesto que Luscinda no puede
casarse con don Fernando, por ser mÌa, ni don Fernando con ella, por ser
vuestro, y haberlo ella tan manifiestamente declarado, bien podemos esperar
que el cielo nos restituya lo que es nuestro, pues est· todavÌa en ser, y
no se ha enajenado ni deshecho. Y, pues este consuelo tenemos, nacido no de
muy remota esperanza, ni fundado en desvariadas imaginaciones, suplÌcoos,
seÒora, que tomÈis otra resoluciÛn en vuestros honrados pensamientos, pues
yo la pienso tomar en los mÌos, acomod·ndoos a esperar mejor fortuna; que
yo os juro, por la fe de caballero y de cristiano, de no desampararos hasta
veros en poder de don Fernando, y que, cuando con razones no le pudiere
atraer a que conozca lo que os debe, de usar entonces la libertad que me
concede el ser caballero, y poder con justo tÌtulo desafialle, en razÛn de
la sinrazÛn que os hace, sin acordarme de mis agravios, cuya venganza
dejarÈ al cielo por acudir en la tierra a los vuestros.
Con lo que Cardenio dijo se acabÛ de admirar Dorotea, y, por no saber quÈ
gracias volver a tan grandes ofrecimientos, quiso tomarle los pies para
bes·rselos; mas no lo consintiÛ Cardenio, y el licenciado respondiÛ por
entrambos, y aprobÛ el buen discurso de Cardenio, y, sobre todo, les rogÛ,
aconsejÛ y persuadiÛ que se fuesen con Èl a su aldea, donde se podrÌan
reparar de las cosas que les faltaban, y que allÌ se darÌa orden cÛmo
buscar a don Fernando, o cÛmo llevar a Dorotea a sus padres, o hacer lo que
m·s les pareciese conveniente. Cardenio y Dorotea se lo agradecieron, y
acetaron la merced que se les ofrecÌa. El barbero, que a todo habÌa estado
suspenso y callado, hizo tambiÈn su buena pl·tica y se ofreciÛ con no menos
voluntad que el cura a todo aquello que fuese bueno para servirles.
ContÛ asimesmo con brevedad la causa que allÌ los habÌa traÌdo, con la
estraÒeza de la locura de don Quijote, y cÛmo aguardaban a su escudero, que
habÌa ido a buscalle. VÌnosele a la memoria a Cardenio, como por sueÒos, la
pendencia que con don Quijote habÌa tenido y contÛla a los dem·s, mas no
supo decir por quÈ causa fue su quistiÛn.
En esto, oyeron voces, y conocieron que el que las daba era Sancho Panza,
que, por no haberlos hallado en el lugar donde los dejÛ, los llamaba a
voces. SaliÈronle al encuentro, y, pregunt·ndole por don Quijote, les dijo
cÛmo le habÌa hallado desnudo en camisa, flaco, amarillo y muerto de
hambre, y suspirando por su seÒora Dulcinea; y que, puesto que le habÌa
dicho que ella le mandaba que saliese de aquel lugar y se fuese al del
Toboso, donde le quedaba esperando, habÌa respondido que estaba determinado
de no parecer ante su fermosura fasta que hobiese fecho fazaÒas que le
ficiesen digno de su gracia. Y que si aquello pasaba adelante, corrÌa
peligro de no venir a ser emperador, como estaba obligado, ni aun
arzobispo, que era lo menos que podÌa ser. Por eso, que mirasen lo que se
habÌa de hacer para sacarle de allÌ.
El licenciado le respondiÛ que no tuviese pena, que ellos le sacarÌan de
allÌ, mal que le pesase. ContÛ luego a Cardenio y a Dorotea lo que tenÌan
pensado para remedio de don Quijote, a lo menos para llevarle a su casa. A
lo cual dijo Dorotea que ella harÌa la doncella menesterosa mejor que el
barbero, y m·s, que tenÌa allÌ vestidos con que hacerlo al natural, y que
la dejasen el cargo de saber representar todo aquello que fuese menester
para llevar adelante su intento, porque ella habÌa leÌdo muchos libros de
caballerÌas y sabÌa bien el estilo que tenÌan las doncellas cuitadas cuando
pedÌan sus dones a los andantes caballeros.
-Pues no es menester m·s -dijo el cura- sino que luego se ponga por obra;
que, sin duda, la buena suerte se muestra en favor nuestro, pues, tan sin
pensarlo, a vosotros, seÒores, se os ha comenzado a abrir puerta para
vuestro remedio y a nosotros se nos ha facilitado la que habÌamos menester.
SacÛ luego Dorotea de su almohada una saya entera de cierta telilla rica y
una mantellina de otra vistosa tela verde, y de una cajita un collar y
otras joyas, con que en un instante se adornÛ de manera que una rica y gran
seÒora parecÌa. Todo aquello, y m·s, dijo que habÌa sacado de su casa para
lo que se ofreciese, y que hasta entonces no se le habÌa ofrecido ocasiÛn
de habello menester. A todos contentÛ en estremo su mucha gracia, donaire y
hermosura, y confirmaron a don Fernando por de poco conocimiento, pues
tanta belleza desechaba.
Pero el que m·s se admirÛ fue Sancho Panza, por parecerle -como era asÌ
verdad- que en todos los dÌas de su vida habÌa visto tan hermosa criatura;
y asÌ, preguntÛ al cura con grande ahÌnco le dijese quiÈn era aquella tan
fermosa seÒora, y quÈ era lo que buscaba por aquellos andurriales.
-Esta hermosa seÒora -respondiÛ el cura-, Sancho hermano, es, como quien no
dice nada, es la heredera por lÌnea recta de varÛn del gran reino de
MicomicÛn, la cual viene en busca de vuestro amo a pedirle un don, el cual
es que le desfaga un tuerto o agravio que un mal gigante le tiene fecho; y,
a la fama que de buen caballero vuestro amo tiene por todo lo descubierto,
de Guinea ha venido a buscarle esta princesa.
-Dichosa buscada y dichoso hallazgo -dijo a esta sazÛn Sancho Panza-, y m·s
si mi amo es tan venturoso que desfaga ese agravio y enderece ese tuerto,
matando a ese hideputa dese gigante que vuestra merced dice; que sÌ matar·
si Èl le encuentra, si ya no fuese fantasma, que contra las fantasmas no
tiene mi seÒor poder alguno. Pero una cosa quiero suplicar a vuestra
merced, entre otras, seÒor licenciado, y es que, porque a mi amo no le tome
gana de ser arzobispo, que es lo que yo temo, que vuestra merced le
aconseje que se case luego con esta princesa, y asÌ quedar· imposibilitado
de recebir Ûrdenes arzobispales y vendr· con facilidad a su imperio y yo al
fin de mis deseos; que yo he mirado bien en ello y hallo por mi cuenta que
no me est· bien que mi amo sea arzobispo, porque yo soy in˙til para la
Iglesia, pues soy casado, y andarme ahora a traer dispensaciones para poder
tener renta por la Iglesia, teniendo, como tengo, mujer y hijos, serÌa
nunca acabar. AsÌ que, seÒor, todo el toque est· en que mi amo se case
luego con esta seÒora, que hasta ahora no sÈ su gracia, y asÌ, no la llamo
por su nombre.
-Ll·mase -respondiÛ el cura- la princesa Micomicona, porque, llam·ndose su
reino MicomicÛn, claro est· que ella se ha de llamar asÌ.
-No hay duda en eso -respondiÛ Sancho-, que yo he visto a muchos tomar el
apellido y alcurnia del lugar donde nacieron, llam·ndose Pedro de Alcal·,
Juan de ⁄beda y Diego de Valladolid; y esto mesmo se debe de usar all· en
Guinea: tomar las reinas los nombres de sus reinos.
-AsÌ debe de ser -dijo el cura-; y en lo del casarse vuestro amo, yo harÈ
en ello todos mis poderÌos.
Con lo que quedÛ tan contento Sancho cuanto el cura admirado de su
simplicidad, y de ver cu·n encajados tenÌa en la fantasÌa los mesmos
disparates que su amo, pues sin alguna duda se daba a entender que habÌa de
venir a ser emperador.
Ya, en esto, se habÌa puesto Dorotea sobre la mula del cura y el barbero se
habÌa acomodado al rostro la barba de la cola de buey, y dijeron a Sancho
que los guiase adonde don Quijote estaba; al cual advirtieron que no dijese
que conocÌa al licenciado ni al barbero, porque en no conocerlos consistÌa
todo el toque de venir a ser emperador su amo; puesto que ni el cura ni
Cardenio quisieron ir con ellos, porque no se le acordase a don Quijote la
pendencia que con Cardenio habÌa tenido, y el cura porque no era menester
por entonces su presencia. Y asÌ, los dejaron ir delante, y ellos los
fueron siguiendo a pie, poco a poco. No dejÛ de avisar el cura lo que habÌa
de hacer Dorotea; a lo que ella dijo que descuidasen, que todo se harÌa,
sin faltar punto, como lo pedÌan y pintaban los libros de caballerÌas.
Tres cuartos de legua habrÌan andado, cuando descubrieron a don Quijote
entre unas intricadas peÒas, ya vestido, aunque no armado; y, asÌ como
Dorotea le vio y fue informada de Sancho que aquÈl era don Quijote, dio del
azote a su palafrÈn, siguiÈndole el bien barbado barbero. Y, en llegando
junto a Èl, el escudero se arrojÛ de la mula y fue a tomar en los brazos a
Dorotea, la cual, ape·ndose con grande desenvoltura, se fue a hincar de
rodillas ante las de don Quijote; y, aunque Èl pugnaba por levantarla,
ella, sin levantarse, le fablÛ en esta guisa:
-De aquÌ no me levantarÈ, °oh valeroso y esforzado caballero!, fasta que la
vuestra bondad y cortesÌa me otorgue un don, el cual redundar· en honra y
prez de vuestra persona, y en pro de la m·s desconsolada y agraviada
doncella que el sol ha visto. Y si es que el valor de vuestro fuerte brazo
corresponde a la voz de vuestra inmortal fama, obligado est·is a favorecer
a la sin ventura que de tan lueÒes tierras viene, al olor de vuestro famoso
nombre, busc·ndoos para remedio de sus desdichas.
-No os responderÈ palabra, fermosa seÒora -respondiÛ don Quijote-, ni oirÈ
m·s cosa de vuestra facienda, fasta que os levantÈis de tierra.
-No me levantarÈ, seÒor -respondiÛ la afligida doncella-, si primero, por
la vuestra cortesÌa, no me es otorgado el don que pido.
-Yo vos le otorgo y concedo -respondiÛ don Quijote-, como no se haya de
cumplir en daÒo o mengua de mi rey, de mi patria y de aquella que de mi
corazÛn y libertad tiene la llave.
-No ser· en daÒo ni en mengua de los que decÌs, mi buen seÒor -replicÛ la
dolorosa doncella.
Y, estando en esto, se llegÛ Sancho Panza al oÌdo de su seÒor y muy pasito
le dijo:
-Bien puede vuestra merced, seÒor, concederle el don que pide, que no es
cosa de nada: sÛlo es matar a un gigantazo, y esta que lo pide es la alta
princesa Micomicona, reina del gran reino MicomicÛn de EtiopÌa.
-Sea quien fuere -respondiÛ don Quijote-, que yo harÈ lo que soy obligado y
lo que me dicta mi conciencia, conforme a lo que profesado tengo.
Y, volviÈndose a la doncella, dijo:
-La vuestra gran fermosura se levante, que yo le otorgo el don que pedirme
quisiere.
-Pues el que pido es -dijo la doncella- que la vuestra magn·nima persona se
venga luego conmigo donde yo le llevare, y me prometa que no se ha de
entremeter en otra aventura ni demanda alguna hasta darme venganza de un
traidor que, contra todo derecho divino y humano, me tiene usurpado mi
reino.
-Digo que asÌ lo otorgo -respondiÛ don Quijote-, y asÌ podÈis, seÒora,
desde hoy m·s, desechar la malenconÌa que os fatiga y hacer que cobre
nuevos brÌos y fuerzas vuestra desmayada esperanza; que, con el ayuda de
Dios y la de mi brazo, vos os verÈis presto restituida en vuestro reino y
sentada en la silla de vuestro antiguo y grande estado, a pesar y a
despecho de los follones que contradecirlo quisieren. Y manos a labor, que
en la tardanza dicen que suele estar el peligro.
La menesterosa doncella pugnÛ, con mucha porfÌa, por besarle las manos, mas
don Quijote, que en todo era comedido y cortÈs caballero, jam·s lo
consintiÛ; antes, la hizo levantar y la abrazÛ con mucha cortesÌa y
comedimiento, y mandÛ a Sancho que requiriese las cinchas a Rocinante y le
armase luego al punto. Sancho descolgÛ las armas, que, como trofeo, de un
·rbol estaban pendientes, y, requiriendo las cinchas, en un punto armÛ a su
seÒor; el cual, viÈndose armado, dijo:
-Vamos de aquÌ, en el nombre de Dios, a favorecer esta gran seÒora.
Est·base el barbero a˙n de rodillas, teniendo gran cuenta de disimular la
risa y de que no se le cayese la barba, con cuya caÌda quiz· quedaran todos
sin conseguir su buena intenciÛn; y, viendo que ya el don estaba concedido
y con la diligencia que don Quijote se alistaba para ir a cumplirle, se
levantÛ y tomÛ de la otra mano a su seÒora, y entre los dos la subieron en
la mula. Luego subiÛ don Quijote sobre Rocinante, y el barbero se acomodÛ
en su cabalgadura, qued·ndose Sancho a pie, donde de nuevo se le renovÛ la
pÈrdida del rucio, con la falta que entonces le hacÌa; mas todo lo llevaba
con gusto, por parecerle que ya su seÒor estaba puesto en camino, y muy a
pique, de ser emperador; porque sin duda alguna pensaba que se habÌa de
casar con aquella princesa, y ser, por lo menos, rey de MicomicÛn. SÛlo le
daba pesadumbre el pensar que aquel reino era en tierra de negros, y que la
gente que por sus vasallos le diesen habÌan de ser todos negros; a lo cual
hizo luego en su imaginaciÛn un buen remedio, y dÌjose a sÌ mismo:
-øQuÈ se me da a mÌ que mis vasallos sean negros? øHabr· m·s que cargar con
ellos y traerlos a EspaÒa, donde los podrÈ vender, y adonde me los pagar·n
de contado, de cuyo dinero podrÈ comprar alg˙n tÌtulo o alg˙n oficio con
que vivir descansado todos los dÌas de mi vida? °No, sino dormÌos, y no
teng·is ingenio ni habilidad para disponer de las cosas y para vender
treinta o diez mil vasallos en d·came esas pajas! Par Dios que los he de
volar, chico con grande, o como pudiere, y que, por negros que sean, los he
de volver blancos o amarillos. °Llegaos, que me mamo el dedo!
Con esto, andaba tan solÌcito y tan contento que se le olvidaba la
pesadumbre de caminar a pie.
Todo esto miraban de entre unas breÒas Cardenio y el cura, y no sabÌan quÈ
hacerse para juntarse con ellos; pero el cura, que era gran tracista,
imaginÛ luego lo que harÌan para conseguir lo que deseaban; y fue que con
unas tijeras que traÌa en un estuche quitÛ con mucha presteza la barba a
Cardenio, y vistiÛle un capotillo pardo que Èl traÌa y diole un herreruelo
negro, y Èl se quedÛ en calzas y en jubÛn; y quedÛ tan otro de lo que antes
parecÌa Cardenio, que Èl mesmo no se conociera, aunque a un espejo se
mirara. Hecho esto, puesto ya que los otros habÌan pasado adelante en tanto
que ellos se disfrazaron, con facilidad salieron al camino real antes que
ellos, porque las malezas y malos pasos de aquellos lugares no concedÌan
que anduviesen tanto los de a caballo como los de a pie. En efeto, ellos se
pusieron en el llano, a la salida de la sierra, y, asÌ como saliÛ della don
Quijote y sus camaradas, el cura se le puso a mirar muy de espacio, dando
seÒales de que le iba reconociendo; y, al cabo de haberle una buena pieza
estado mirando, se fue a Èl abiertos los brazos y diciendo a voces:
-Para bien sea hallado el espejo de la caballerÌa, el mi buen compatriote
don Quijote de la Mancha, la flor y la nata de la gentileza, el amparo y
remedio de los menesterosos, la quintaesencia de los caballeros andantes.
Y, diciendo esto, tenÌa abrazado por la rodilla de la pierna izquierda a
don Quijote; el cual, espantado de lo que veÌa y oÌa decir y hacer aquel
hombre, se le puso a mirar con atenciÛn, y, al fin, le conociÛ y quedÛ como
espantado de verle, y hizo grande fuerza por apearse; mas el cura no lo
consintiÛ, por lo cual don Quijote decÌa:
-DÈjeme vuestra merced, seÒor licenciado, que no es razÛn que yo estÈ a
caballo, y una tan reverenda persona como vuestra merced estÈ a pie.
-Eso no consentirÈ yo en ning˙n modo -dijo el cura-: estÈse la vuestra
grandeza a caballo, pues estando a caballo acaba las mayores fazaÒas y
aventuras que en nuestra edad se han visto; que a mÌ, aunque indigno
sacerdote, bastar·me subir en las ancas de una destas mulas destos seÒores
que con vuestra merced caminan, si no lo han por enojo. Y aun harÈ cuenta
que voy caballero sobre el caballo Pegaso, o sobre la cebra o alfana en que
cabalgaba aquel famoso moro Muzaraque, que a˙n hasta ahora yace encantado
en la gran cuesta Zulema, que dista poco de la gran Compluto.
-A˙n no caÌa yo en tanto, mi seÒor licenciado -respondiÛ don Quijote-; y yo
sÈ que mi seÒora la princesa ser· servida, por mi amor, de mandar a su
escudero dÈ a vuestra merced la silla de su mula, que Èl podr· acomodarse
en las ancas, si es que ella las sufre.
-SÌ sufre, a lo que yo creo -respondiÛ la princesa-; y tambiÈn sÈ que no
ser· menester mand·rselo al seÒor mi escudero, que Èl es tan cortÈs y tan
cortesano que no consentir· que una persona eclesi·stica vaya a pie,
pudiendo ir a caballo.
-AsÌ es -respondiÛ el barbero.
Y, ape·ndose en un punto, convidÛ al cura con la silla, y Èl la tomÛ sin
hacerse mucho de rogar. Y fue el mal que al subir a las ancas el barbero,
la mula, que, en efeto, era de alquiler, que para decir que era mala esto
basta, alzÛ un poco los cuartos traseros y dio dos coces en el aire, que, a
darlas en el pecho de maese Nicol·s, o en la cabeza, Èl diera al diablo la
venida por don Quijote. Con todo eso, le sobresaltaron de manera que cayÛ
en el suelo, con tan poco cuidado de las barbas, que se le cayeron en el
suelo; y, como se vio sin ellas, no tuvo otro remedio sino acudir a
cubrirse el rostro con ambas manos y a quejarse que le habÌan derribado las
muelas. Don Quijote, como vio todo aquel mazo de barbas, sin quijadas y sin
sangre, lejos del rostro del escudero caÌdo, dijo:
-°Vive Dios, que es gran milagro Èste! °Las barbas le ha derribado y
arrancado del rostro, como si las quitaran aposta!
El cura, que vio el peligro que corrÌa su invenciÛn de ser descubierta,
acudiÛ luego a las barbas y fuese con ellas adonde yacÌa maese Nicol·s,
dando a˙n voces todavÌa, y de un golpe, lleg·ndole la cabeza a su pecho, se
las puso, murmurando sobre Èl unas palabras, que dijo que era cierto
ensalmo apropiado para pegar barbas, como lo verÌan; y, cuando se las tuvo
puestas, se apartÛ, y quedÛ el escudero tan bien barbado y tan sano como de
antes, de que se admirÛ don Quijote sobremanera, y rogÛ al cura que cuando
tuviese lugar le enseÒase aquel ensalmo; que Èl entendÌa que su virtud a
m·s que pegar barbas se debÌa de estender, pues estaba claro que de donde
las barbas se quitasen habÌa de quedar la carne llagada y maltrecha, y que,
pues todo lo sanaba, a m·s que barbas aprovechaba.
-AsÌ es -dijo el cura, y prometiÛ de enseÒ·rsele en la primera ocasiÛn.
Concert·ronse que por entonces subiese el cura, y a trechos se fuesen los
tres mudando, hasta que llegasen a la venta, que estarÌa hasta dos leguas
de allÌ. Puestos los tres a caballo, es a saber, don Quijote, la princesa y
el cura, y los tres a pie, Cardenio, el barbero y Sancho Panza, don Quijote
dijo a la doncella:
-Vuestra grandeza, seÒora mÌa, guÌe por donde m·s gusto le diere.
Y, antes que ella respondiese, dijo el licenciado:
-øHacia quÈ reino quiere guiar la vuestra seÒorÌa? øEs, por ventura, hacia
el de MicomicÛn?; que sÌ debe de ser, o yo sÈ poco de reinos.
Ella, que estaba bien en todo, entendiÛ que habÌa de responder que sÌ; y
asÌ, dijo:
-SÌ, seÒor, hacia ese reino es mi camino.
-Si asÌ es -dijo el cura-, por la mitad de mi pueblo hemos de pasar, y de
allÌ tomar· vuestra merced la derrota de Cartagena, donde se podr· embarcar
con la buena ventura; y si hay viento prÛspero, mar tranquilo y sin
borrasca, en poco menos de nueve aÒos se podr· estar a vista de la gran
laguna Meona, digo, MeÛtides, que est· poco m·s de cien jornadas m·s ac·
del reino de vuestra grandeza.
-Vuestra merced est· engaÒado, seÒor mÌo -dijo ella-, porque no ha dos aÒos
que yo partÌ dÈl, y en verdad que nunca tuve buen tiempo, y, con todo eso,
he llegado a ver lo que tanto deseaba, que es al seÒor don Quijote de la
Mancha, cuyas nuevas llegaron a mis oÌdos asÌ como puse los pies en EspaÒa,
y ellas me movieron a buscarle, para encomendarme en su cortesÌa y fiar mi
justicia del valor de su invencible brazo.
-No m·s: cesen mis alabanzas -dijo a esta sazÛn don Quijote-, porque soy
enemigo de todo gÈnero de adulaciÛn; y, aunque Èsta no lo sea, todavÌa
ofenden mis castas orejas semejantes pl·ticas. Lo que yo sÈ decir, seÒora
mÌa, que ora tenga valor o no, el que tuviere o no tuviere se ha de emplear
en vuestro servicio hasta perder la vida; y asÌ, dejando esto para su
tiempo, ruego al seÒor licenciado me diga quÈ es la causa que le ha traÌdo
por estas partes, tan solo, y tan sin criados, y tan a la ligera, que me
pone espanto.
-A eso yo responderÈ con brevedad -respondiÛ el cura-, porque sabr· vuestra
merced, seÒor don Quijote, que yo y maese Nicol·s, nuestro amigo y nuestro
barbero, Ìbamos a Sevilla a cobrar cierto dinero que un pariente mÌo que ha
muchos aÒos que pasÛ a Indias me habÌa enviado, y no tan pocos que no pasan
de sesenta mil pesos ensayados, que es otro que tal; y, pasando ayer por
estos lugares, nos salieron al encuentro cuatro salteadores y nos quitaron
hasta las barbas; y de modo nos las quitaron, que le convino al barbero
ponÈrselas postizas; y aun a este mancebo que aquÌ va -seÒalando a
Cardenio- le pusieron como de nuevo. Y es lo bueno que es p˙blica fama por
todos estos contornos que los que nos saltearon son de unos galeotes que
dicen que libertÛ, casi en este mesmo sitio, un hombre tan valiente que, a
pesar del comisario y de las guardas, los soltÛ a todos; y, sin duda
alguna, Èl debÌa de estar fuera de juicio, o debe de ser tan grande bellaco
como ellos, o alg˙n hombre sin alma y sin conciencia, pues quiso soltar al
lobo entre las ovejas, a la raposa entre las gallinas, a la mosca entre la
miel; quiso defraudar la justicia, ir contra su rey y seÒor natural, pues
fue contra sus justos mandamientos. Quiso, digo, quitar a las galeras sus
pies, poner en alboroto a la Santa Hermandad, que habÌa muchos aÒos que
reposaba; quiso, finalmente, hacer un hecho por donde se pierda su alma y
no se gane su cuerpo.
HabÌales contado Sancho al cura y al barbero la aventura de los galeotes,
que acabÛ su amo con tanta gloria suya, y por esto cargaba la mano el cura
refiriÈndola, por ver lo que hacÌa o decÌa don Quijote; al cual se le
mudaba la color a cada palabra, y no osaba decir que Èl habÌa sido el
libertador de aquella buena gente.
-…stos, pues -dijo el cura-, fueron los que nos robaron; que Dios, por su
misericordia, se lo perdone al que no los dejÛ llevar al debido suplicio.

CapÌtulo XXX. Que trata del gracioso artificio y orden que se tuvo en sacar
a nuestro enamorado caballero de la asperÌsima penitencia en que se habÌa
puesto

No hubo bien acabado el cura, cuando Sancho dijo:
-Pues mÌa fe, seÒor licenciado, el que hizo esa fazaÒa fue mi amo, y no
porque yo no le dije antes y le avisÈ que mirase lo que hacÌa, y que era
pecado darles libertad, porque todos iban allÌ por grandÌsimos bellacos.
-°Majadero! -dijo a esta sazÛn don Quijote-, a los caballeros andantes no
les toca ni ataÒe averiguar si los afligidos, encadenados y opresos que
encuentran por los caminos van de aquella manera, o est·n en aquella
angustia, por sus culpas o por sus gracias; sÛlo le toca ayudarles como a
menesterosos, poniendo los ojos en sus penas y no en sus bellaquerÌas. Yo
topÈ un rosario y sarta de gente mohÌna y desdichada, y hice con ellos lo
que mi religiÛn me pide, y lo dem·s all· se avenga; y a quien mal le ha
parecido, salvo la santa dignidad del seÒor licenciado y su honrada
persona, digo que sabe poco de achaque de caballerÌa, y que miente como un
hideputa y mal nacido; y esto le harÈ conocer con mi espada, donde m·s
largamente se contiene.
Y esto dijo afirm·ndose en los estribos y cal·ndose el morriÛn; porque la
bacÌa de barbero, que a su cuenta era el yelmo de Mambrino, llevaba colgado
del arzÛn delantero, hasta adobarla del mal tratamiento que la hicieron los
galeotes.
Dorotea, que era discreta y de gran donaire, como quien ya sabÌa el
menguado humor de don Quijote y que todos hacÌan burla dÈl, sino Sancho
Panza, no quiso ser para menos, y, viÈndole tan enojado, le dijo:
-SeÒor caballero, miÈmbresele a la vuestra merced el don que me tiene
prometido, y que, conforme a Èl, no puede entremeterse en otra aventura,
por urgente que sea; sosiegue vuestra merced el pecho, que si el seÒor
licenciado supiera que por ese invicto brazo habÌan sido librados los
galeotes, Èl se diera tres puntos en la boca, y aun se mordiera tres veces
la lengua, antes que haber dicho palabra que en despecho de vuestra merced
redundara.
-Eso juro yo bien -dijo el cura-, y aun me hubiera quitado un bigote.
-Yo callarÈ, seÒora mÌa -dijo don Quijote-, y reprimirÈ la justa cÛlera que
ya en mi pecho se habÌa levantado, y irÈ quieto y pacÌfico hasta tanto que
os cumpla el don prometido; pero, en pago deste buen deseo, os suplico me
dig·is, si no se os hace de mal, cu·l es la vuestra cuita y cu·ntas,
quiÈnes y cu·les son las personas de quien os tengo de dar debida,
satisfecha y entera venganza.
-Eso harÈ yo de gana -respondiÛ Dorotea-, si es que no os enfadan oÌr
l·stimas y desgracias.
-No enfadar·, seÒora mÌa -respondiÛ don Quijote.
A lo que respondiÛ Dorotea:
-Pues asÌ es, estÈnme vuestras mercedes atentos.
No hubo ella dicho esto, cuando Cardenio y el barbero se le pusieron al
lado, deseosos de ver cÛmo fingÌa su historia la discreta Dorotea; y lo
mismo hizo Sancho, que tan engaÒado iba con ella como su amo. Y ella,
despuÈs de haberse puesto bien en la silla y prevenÌdose con toser y hacer
otros ademanes, con mucho donaire, comenzÛ a decir desta manera:
-´Primeramente, quiero que vuestras mercedes sepan, seÒores mÌos, que a mÌ
me llaman...ª
Y det˙vose aquÌ un poco, porque se le olvidÛ el nombre que el cura le habÌa
puesto; pero Èl acudiÛ al remedio, porque entendiÛ en lo que reparaba, y
dijo:
-No es maravilla, seÒora mÌa, que la vuestra grandeza se turbe y empache
contando sus desventuras, que ellas suelen ser tales, que muchas veces
quitan la memoria a los que maltratan, de tal manera que aun de sus mesmos
nombres no se les acuerda, como han hecho con vuestra gran seÒorÌa, que se
ha olvidado que se llama la princesa Micomicona, legÌtima heredera del gran
reino MicomicÛn; y con este apuntamiento puede la vuestra grandeza reducir
ahora f·cilmente a su lastimada memoria todo aquello que contar quisiere.
-AsÌ es la verdad -respondiÛ la doncella-, y desde aquÌ adelante creo que
no ser· menester apuntarme nada, que yo saldrÈ a buen puerto con mi
verdadera historia. ´La cual es que el rey mi padre, que se llama Tinacrio
el Sabidor, fue muy docto en esto que llaman el arte m·gica, y alcanzÛ por
su ciencia que mi madre, que se llamaba la reina Jaramilla, habÌa de morir
primero que Èl, y que de allÌ a poco tiempo Èl tambiÈn habÌa de pasar desta
vida y yo habÌa de quedar huÈrfana de padre y madre. Pero decÌa Èl que no
le fatigaba tanto esto cuanto le ponÌa en confusiÛn saber, por cosa muy
cierta, que un descomunal gigante, seÒor de una grande Ìnsula, que casi
alinda con nuestro reino, llamado Pandafilando de la Fosca Vista (porque es
cosa averiguada que, aunque tiene los ojos en su lugar y derechos, siempre
mira al revÈs, como si fuese bizco, y esto lo hace Èl de maligno y por
poner miedo y espanto a los que mira); digo que supo que este gigante, en
sabiendo mi orfandad, habÌa de pasar con gran poderÌo sobre mi reino y me
lo habÌa de quitar todo, sin dejarme una pequeÒa aldea donde me recogiese;
pero que podÌa escusar toda esta ruina y desgracia si yo me quisiese casar
con Èl; mas, a lo que Èl entendÌa, jam·s pensaba que me vendrÌa a mÌ en
voluntad de hacer tan desigual casamiento; y dijo en esto la pura verdad,
porque jam·s me ha pasado por el pensamiento casarme con aquel gigante,
pero ni con otro alguno, por grande y desaforado que fuese. Dijo tambiÈn mi
padre que, despuÈs que Èl fuese muerto y viese yo que Pandafilando
comenzaba a pasar sobre mi reino, que no aguardase a ponerme en defensa,
porque serÌa destruirme, sino que libremente le dejase desembarazado el
reino, si querÌa escusar la muerte y total destruiciÛn de mis buenos y
leales vasallos, porque no habÌa de ser posible defenderme de la endiablada
fuerza del gigante; sino que luego, con algunos de los mÌos, me pusiese en
camino de las EspaÒas, donde hallarÌa el remedio de mis males hallando a un
caballero andante, cuya fama en este tiempo se estenderÌa por todo este
reino, el cual se habÌa de llamar, si mal no me acuerdo, don Azote o don
Gigote.ª
-Don Quijote dirÌa, seÒora -dijo a esta sazÛn Sancho Panza-, o, por otro
nombre, el Caballero de la Triste Figura.
-AsÌ es la verdad -dijo Dorotea-. ´Dijo m·s: que habÌa de ser alto de
cuerpo, seco de rostro, y que en el lado derecho, debajo del hombro
izquierdo, o por allÌ junto, habÌa de tener un lunar pardo con ciertos
cabellos a manera de cerdas.ª
En oyendo esto don Quijote, dijo a su escudero:
-Ten aquÌ, Sancho, hijo, ay˙dame a desnudar, que quiero ver si soy el
caballero que aquel sabio rey dejÛ profetizado.
-Pues, øpara quÈ quiere vuestra merced desnudarse? -dijo Dorotea.
-Para ver si tengo ese lunar que vuestro padre dijo -respondiÛ don Quijote.
-No hay para quÈ desnudarse -dijo Sancho-, que yo sÈ que tiene vuestra
merced un lunar desas seÒas en la mitad del espinazo, que es seÒal de ser
hombre fuerte.
-Eso basta -dijo Dorotea-, porque con los amigos no se ha de mirar en pocas
cosas, y que estÈ en el hombro o que estÈ en el espinazo, importa poco;
basta que haya lunar, y estÈ donde estuviere, pues todo es una mesma carne;
y, sin duda, acertÛ mi buen padre en todo, y yo he acertado en encomendarme
al seÒor don Quijote, que Èl es por quien mi padre dijo, pues las seÒales
del rostro vienen con las de la buena fama que este caballero tiene no sÛlo
en EspaÒa, pero en toda la Mancha, pues apenas me hube desembarcado en
Osuna, cuando oÌ decir tantas hazaÒas suyas, que luego me dio el alma que
era el mesmo que venÌa a buscar.
-Pues, øcÛmo se desembarcÛ vuestra merced en Osuna, seÒora mÌa -preguntÛ
don Quijote-, si no es puerto de mar?
Mas, antes que Dorotea respondiese, tomÛ el cura la mano y dijo:
-Debe de querer decir la seÒora princesa que, despuÈs que desembarcÛ en
M·laga, la primera parte donde oyÛ nuevas de vuestra merced fue en Osuna.
-Eso quise decir -dijo Dorotea.
-Y esto lleva camino -dijo el cura-, y prosiga vuestra majestad adelante.
-No hay que proseguir -respondiÛ Dorotea-, sino que, finalmente, mi suerte
ha sido tan buena en hallar al seÒor don Quijote, que ya me cuento y tengo
por reina y seÒora de todo mi reino, pues Èl, por su cortesÌa y
magnificencia, me ha prometido el don de irse conmigo dondequiera que yo le
llevare, que no ser· a otra parte que a ponerle delante de Pandafilando de
la Fosca Vista, para que le mate y me restituya lo que tan contra razÛn me
tiene usurpado: que todo esto ha de suceder a pedir de boca, pues asÌ lo
dejÛ profetizado Tinacrio el Sabidor, mi buen padre; el cual tambiÈn dejÛ
dicho y escrito en letras caldeas, o griegas, que yo no las sÈ leer, que si
este caballero de la profecÌa, despuÈs de haber degollado al gigante,
quisiese casarse conmigo, que yo me otorgase luego sin rÈplica alguna por
su legÌtima esposa, y le diese la posesiÛn de mi reino, junto con la de mi
persona.
-øQuÈ te parece, Sancho amigo? -dijo a este punto don Quijote-. øNo oyes lo
que pasa? øNo te lo dije yo? Mira si tenemos ya reino que mandar y reina
con quien casar.
-°Eso juro yo -dijo Sancho- para el puto que no se casare en abriendo el
gaznatico al seÒor Pandahilado! Pues, °monta que es mala la reina! °AsÌ se
me vuelvan las pulgas de la cama!
Y, diciendo esto, dio dos zapatetas en el aire, con muestras de grandÌsimo
contento, y luego fue a tomar las riendas de la mula de Dorotea, y,
haciÈndola detener, se hincÛ de rodillas ante ella, suplic·ndole le diese
las manos para bes·rselas, en seÒal que la recibÌa por su reina y seÒora.
øQuiÈn no habÌa de reÌr de los circustantes, viendo la locura del amo y la
simplicidad del criado? En efecto, Dorotea se las dio, y le prometiÛ de
hacerle gran seÒor en su reino, cuando el cielo le hiciese tanto bien que
se lo dejase cobrar y gozar. AgradeciÛselo Sancho con tales palabras que
renovÛ la risa en todos.
-…sta, seÒores -prosiguiÛ Dorotea-, es mi historia: sÛlo resta por deciros
que de cuanta gente de acompaÒamiento saquÈ de mi reino no me ha quedado
sino sÛlo este buen barbado escudero, porque todos se anegaron en una gran
borrasca que tuvimos a vista del puerto, y Èl y yo salimos en dos tablas a
tierra, como por milagro; y asÌ, es todo milagro y misterio el discurso de
mi vida, como lo habrÈis notado. Y si en alguna cosa he andado demasiada, o
no tan acertada como debiera, echad la culpa a lo que el seÒor licenciado
dijo al principio de mi cuento: que los trabajos continuos y
extraordinarios quitan la memoria al que los padece.
-…sa no me quitar·n a mÌ, °oh alta y valerosa seÒora! -dijo don Quijote-,
cuantos yo pasare en serviros, por grandes y no vistos que sean; y asÌ, de
nuevo confirmo el don que os he prometido, y juro de ir con vos al cabo del
mundo, hasta verme con el fiero enemigo vuestro, a quien pienso, con el
ayuda de Dios y de mi brazo, tajar la cabeza soberbia con los filos
desta... no quiero decir buena espada, merced a GinÈs de Pasamonte, que me
llevÛ la mÌa.
Esto dijo entre dientes, y prosiguiÛ diciendo:
-Y despuÈs de habÈrsela tajado y puÈstoos en pacÌfica posesiÛn de vuestro
estado, quedar· a vuestra voluntad hacer de vuestra persona lo que m·s en
talante os viniere; porque, mientras que yo tuviere ocupada la memoria y
cautiva la voluntad, perdido el entendimiento, a aquella..., y no digo m·s,
no es posible que yo arrostre, ni por pienso, el casarme, aunque fuese con
el ave fÈnix.
PareciÛle tan mal a Sancho lo que ˙ltimamente su amo dijo acerca de no
querer casarse, que, con grande enojo, alzando la voz, dijo:
-Voto a mÌ, y juro a mÌ, que no tiene vuestra merced, seÒor don Quijote,
cabal juicio. Pues, øcÛmo es posible que pone vuestra merced en duda el
casarse con tan alta princesa como aquÈsta? øPiensa que le ha de ofrecer la
fortuna, tras cada cantillo, semejante ventura como la que ahora se le
ofrece? øEs, por dicha, m·s hermosa mi seÒora Dulcinea? No, por cierto, ni
aun con la mitad, y aun estoy por decir que no llega a su zapato de la que
est· delante. AsÌ, noramala alcanzarÈ yo el condado que espero, si vuestra
merced se anda a pedir cotufas en el golfo. C·sese, c·sese luego,
encomiÈndole yo a Satan·s, y tome ese reino que se le viene a las manos de
vobis, vobis, y, en siendo rey, h·game marquÈs o adelantado, y luego,
siquiera se lo lleve el diablo todo.
Don Quijote, que tales blasfemias oyÛ decir contra su seÒora Dulcinea, no
lo pudo sufrir, y, alzando el lanzÛn, sin hablalle palabra a Sancho y sin
decirle esta boca es mÌa, le dio tales dos palos que dio con Èl en tierra;
y si no fuera porque Dorotea le dio voces que no le diera m·s, sin duda le
quitara allÌ la vida.
-øPens·is -le dijo a cabo de rato-, villano ruin, que ha de haber lugar
siempre para ponerme la mano en la horcajadura, y que todo ha de ser errar
vos y perdonaros yo? Pues no lo pensÈis, bellaco descomulgado, que sin duda
lo est·s, pues has puesto lengua en la sin par Dulcinea. øY no sabÈis vos,
gaÒ·n, faquÌn, belitre, que si no fuese por el valor que ella infunde en mi
brazo, que no le tendrÌa yo para matar una pulga? Decid, socarrÛn de lengua
viperina, øy quiÈn pens·is que ha ganado este reino y cortado la cabeza a
este gigante, y hÈchoos a vos marquÈs, que todo esto doy ya por hecho y por
cosa pasada en cosa juzgada, si no es el valor de Dulcinea, tomando a mi
brazo por instrumento de sus hazaÒas? Ella pelea en mÌ, y vence en mÌ, y yo
vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser. °Oh hideputa bellaco, y cÛmo
sois desagradecido: que os veis levantado del polvo de la tierra a ser
seÒor de tÌtulo, y correspondÈis a tan buena obra con decir mal de quien os
la hizo!
No estaba tan maltrecho Sancho que no oyese todo cuanto su amo le decÌa, y,
levant·ndose con un poco de presteza, se fue a poner detr·s del palafrÈn de
Dorotea, y desde allÌ dijo a su amo:
-DÌgame, seÒor: si vuestra merced tiene determinado de no casarse con esta
gran princesa, claro est· que no ser· el reino suyo; y, no siÈndolo, øquÈ
mercedes me puede hacer? Esto es de lo que yo me quejo; c·sese vuestra
merced una por una con esta reina, ahora que la tenemos aquÌ como llovida
del cielo, y despuÈs puede volverse con mi seÒora Dulcinea; que reyes debe
de haber habido en el mundo que hayan sido amancebados. En lo de la
hermosura no me entremeto; que, en verdad, si va a decirla, que entrambas
me parecen bien, puesto que yo nunca he visto a la seÒora Dulcinea.
-øCÛmo que no la has visto, traidor blasfemo? -dijo don Quijote-. Pues, øno
acabas de traerme ahora un recado de su parte?
-Digo que no la he visto tan despacio -dijo Sancho- que pueda haber notado
particularmente su hermosura y sus buenas partes punto por punto; pero asÌ,
a bulto, me parece bien.
-Ahora te disculpo -dijo don Quijote-, y perdÛname el enojo que te he dado,
que los primeros movimientos no son en manos de los hombres.
-Ya yo lo veo -respondiÛ Sancho-; y asÌ, en mÌ la gana de hablar siempre es
primero movimiento, y no puedo dejar de decir, por una vez siquiera, lo que
me viene a la lengua.
-Con todo eso -dijo don Quijote-, mira, Sancho, lo que hablas, porque
tantas veces va el cantarillo a la fuente..., y no te digo m·s.
-Ahora bien -respondiÛ Sancho-, Dios est· en el cielo, que ve las trampas,
y ser· juez de quiÈn hace m·s mal: yo en no hablar bien, o vuestra merced
en obrallo.
-No haya m·s -dijo Dorotea-: corred, Sancho, y besad la mano a vuestro
seÒor, y pedilde perdÛn, y de aquÌ adelante andad m·s atentado en vuestras
alabanzas y vituperios, y no dig·is mal de aquesa seÒora Tobosa, a quien yo
no conozco si no es para servilla, y tened confianza en Dios, que no os ha
de faltar un estado donde viv·is como un prÌncipe.
Fue Sancho cabizbajo y pidiÛ la mano a su seÒor, y Èl se la dio con
reposado continente; y, despuÈs que se la hubo besado, le echÛ la
bendiciÛn, y dijo a Sancho que se adelantasen un poco, que tenÌa que
preguntalle y que departir con Èl cosas de mucha importancia. HÌzolo asÌ
Sancho y apart·ronse los dos algo adelante, y dÌjole don Quijote:
-DespuÈs que veniste, no he tenido lugar ni espacio para preguntarte muchas
cosas de particularidad acerca de la embajada que llevaste y de la
respuesta que trujiste; y ahora, pues la fortuna nos ha concedido tiempo y
lugar, no me niegues t˙ la ventura que puedes darme con tan buenas nuevas.
-Pregunte vuestra merced lo que quisiere -respondiÛ Sancho-, que a todo
darÈ tan buena salida como tuve la entrada. Pero suplico a vuestra merced,
seÒor mÌo, que no sea de aquÌ adelante tan vengativo.
-øPor quÈ lo dices, Sancho? -dijo don Quijote.
-DÌgolo -respondiÛ- porque estos palos de agora m·s fueron por la pendencia
que entre los dos trabÛ el diablo la otra noche, que por lo que dije contra
mi seÒora Dulcinea, a quien amo y reverencio como a una reliquia, aunque en
ella no lo haya, sÛlo por ser cosa de vuestra merced.
-No tornes a esas pl·ticas, Sancho, por tu vida -dijo don Quijote-, que me
dan pesadumbre; ya te perdonÈ entonces, y bien sabes t˙ que suele decirse:
a pecado nuevo, penitencia nueva.
En tanto que los dos iban en estas pl·ticas, dijo el cura a Dorotea que
habÌa andado muy discreta, asÌ en el cuento como en la brevedad dÈl, y en
la similitud que tuvo con los de los libros de caballerÌas. Ella dijo que
muchos ratos se habÌa entretenido en leellos, pero que no sabÌa ella dÛnde
eran las provincias ni puertos de mar, y que asÌ habÌa dicho a tiento que
se habÌa desembarcado en Osuna.
-Yo lo entendÌ asÌ -dijo el cura-, y por eso acudÌ luego a decir lo que
dije, con que se acomodÛ todo. Pero, øno es cosa estraÒa ver con cu·nta
facilidad cree este desventurado hidalgo todas estas invenciones y
mentiras, sÛlo porque llevan el estilo y modo de las necedades de sus
libros?
-SÌ es -dijo Cardenio-, y tan rara y nunca vista, que yo no sÈ si queriendo
inventarla y fabricarla mentirosamente, hubiera tan agudo ingenio que
pudiera dar en ella.
-Pues otra cosa hay en ello -dijo el cura-: que fuera de las simplicidades
que este buen hidalgo dice tocantes a su locura, si le tratan de otras
cosas, discurre con bonÌsimas razones y muestra tener un entendimiento
claro y apacible en todo. De manera que, como no le toquen en sus
caballerÌas, no habr· nadie que le juzgue sino por de muy buen
entendimiento.
En tanto que ellos iban en esta conversaciÛn, prosiguiÛ don Quijote con la
suya y dijo a Sancho:
-Echemos, Panza amigo, pelillos a la mar en esto de nuestras pendencias, y
dime ahora, sin tener cuenta con enojo ni rencor alguno: øDÛnde, cÛmo y
cu·ndo hallaste a Dulcinea? øQuÈ hacÌa? øQuÈ le dijiste? øQuÈ te respondiÛ?
øQuÈ rostro hizo cuando leÌa mi carta? øQuiÈn te la trasladÛ? Y todo
aquello que vieres que en este caso es digno de saberse, de preguntarse y
satisfacerse, sin que aÒadas o mientas por darme gusto, ni menos te acortes
por no quit·rmele.
-SeÒor -respondiÛ Sancho-, si va a decir la verdad, la carta no me la
trasladÛ nadie, porque yo no llevÈ carta alguna.
-AsÌ es como t˙ dices -dijo don Quijote-, porque el librillo de memoria
donde yo la escribÌ le hallÈ en mi poder a cabo de dos dÌas de tu partida,
lo cual me causÛ grandÌsima pena, por no saber lo que habÌas t˙ de hacer
cuando te vieses sin carta, y creÌ siempre que te volvieras desde el lugar
donde la echaras menos.
-AsÌ fuera -respondiÛ Sancho-, si no la hubiera yo tomado en la memoria
cuando vuestra merced me la leyÛ, de manera que se la dije a un sacrist·n,
que me la trasladÛ del entendimiento, tan punto por punto, que dijo que en
todos los dÌas de su vida, aunque habÌa leÌdo muchas cartas de descomuniÛn,
no habÌa visto ni leÌdo tan linda carta como aquÈlla.
-Y øtiÈnesla todavÌa en la memoria, Sancho? -dijo don Quijote.
-No, seÒor -respondiÛ Sancho-, porque despuÈs que la di, como vi que no
habÌa de ser de m·s provecho, di en olvidalla. Y si algo se me acuerda, es
aquello del sobajada, digo, del soberana seÒora, y lo ˙ltimo: Vuestro hasta
la muerte, el Caballero de la Triste Figura. Y, en medio destas dos cosas,
le puse m·s de trecientas almas, y vidas, y ojos mÌos.

CapÌtulo XXXI. De los sabrosos razonamientos que pasaron entre don Quijote
y Sancho Panza, su escudero, con otros sucesos

-Todo eso no me descontenta; prosigue adelante -dijo don Quijote-.
Llegaste, øy quÈ hacÌa aquella reina de la hermosura? A buen seguro que la
hallaste ensartando perlas, o bordando alguna empresa con oro de caÒutillo
para este su cautivo caballero.
-No la hallÈ -respondiÛ Sancho- sino ahechando dos hanegas de trigo en un
corral de su casa.
-Pues haz cuenta -dijo don Quijote- que los granos de aquel trigo eran
granos de perlas, tocados de sus manos. Y si miraste, amigo, el trigo øera
candeal, o trechel?
-No era sino rubiÛn -respondiÛ Sancho.
-Pues yo te aseguro -dijo don Quijote- que, ahechado por sus manos, hizo
pan candeal, sin duda alguna. Pero pasa adelante: cuando le diste mi carta,
øbesÛla? øP˙sosela sobre la cabeza? øHizo alguna ceremonia digna de tal
carta, o quÈ hizo?
-Cuando yo se la iba a dar -respondiÛ Sancho-, ella estaba en la fuga del
meneo de una buena parte de trigo que tenÌa en la criba, y dÌjome: ''Poned,
amigo, esa carta sobre aquel costal, que no la puedo leer hasta que acabe
de acribar todo lo que aquÌ est·''.
-°Discreta seÒora! -dijo don Quijote-. Eso debiÛ de ser por leerla despacio
y recrearse con ella. Adelante, Sancho: y, en tanto que estaba en su
menester, øquÈ coloquios pasÛ contigo? øQuÈ te preguntÛ de mÌ? Y t˙, øquÈ
le respondiste? Acaba, cuÈntamelo todo; no se te quede en el tintero una
mÌnima.
-Ella no me preguntÛ nada -dijo Sancho-, mas yo le dije de la manera que
vuestra merced, por su servicio, quedaba haciendo penitencia, desnudo de la
cintura arriba, metido entre estas sierras como si fuera salvaje, durmiendo
en el suelo, sin comer pan a manteles ni sin peinarse la barba, llorando y
maldiciendo su fortuna.
-En decir que maldecÌa mi fortuna dijiste mal -dijo don Quijote-, porque
antes la bendigo y bendecirÈ todos los dÌas de mi vida, por haberme hecho
digno de merecer amar tan alta seÒora como Dulcinea del Toboso.
-Tan alta es -respondiÛ Sancho-, que a buena fe que me lleva a mÌ m·s de un
coto.
-Pues, øcÛmo, Sancho? -dijo don Quijote-. øHaste medido t˙ con ella?
-MedÌme en esta manera -respondiÛ Sancho-: que, lleg·ndole a ayudar a poner
un costal de trigo sobre un jumento, llegamos tan juntos que echÈ de ver
que me llevaba m·s de un gran palmo.
-Pues °es verdad -replicÛ don Quijote- que no acompaÒa esa grandeza y la
adorna con mil millones y gracias del alma! Pero no me negar·s, Sancho, una
cosa: cuando llegaste junto a ella, øno sentiste un olor sabeo, una
fragancia arom·tica, y un no sÈ quÈ de bueno, que yo no acierto a dalle
nombre? Digo, øun tuho o tufo como si estuvieras en la tienda de alg˙n
curioso guantero?
-Lo que sÈ decir -dijo Sancho- es que sentÌ un olorcillo algo hombruno; y
debÌa de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo
correosa.
-No serÌa eso -respondiÛ don Quijote-, sino que t˙ debÌas de estar
romadizado, o te debiste de oler a ti mismo; porque yo sÈ bien a lo que
huele aquella rosa entre espinas, aquel lirio del campo, aquel ·mbar
desleÌdo.
-Todo puede ser -respondiÛ Sancho-, que muchas veces sale de mÌ aquel olor
que entonces me pareciÛ que salÌa de su merced de la seÒora Dulcinea; pero
no hay de quÈ maravillarse, que un diablo parece a otro.
-Y bien -prosiguiÛ don Quijote-, he aquÌ que acabÛ de limpiar su trigo y de
enviallo al molino. øQuÈ hizo cuando leyÛ la carta?
-La carta -dijo Sancho- no la leyÛ, porque dijo que no sabÌa leer ni
escribir; antes, la rasgÛ y la hizo menudas piezas, diciendo que no la
querÌa dar a leer a nadie, porque no se supiesen en el lugar sus secretos,
y que bastaba lo que yo le habÌa dicho de palabra acerca del amor que
vuestra merced le tenÌa y de la penitencia extraordinaria que por su causa
quedaba haciendo. Y, finalmente, me dijo que dijese a vuestra merced que le
besaba las manos, y que allÌ quedaba con m·s deseo de verle que de
escribirle; y que, asÌ, le suplicaba y mandaba que, vista la presente,
saliese de aquellos matorrales y se dejase de hacer disparates, y se
pusiese luego luego en camino del Toboso, si otra cosa de m·s importancia
no le sucediese, porque tenÌa gran deseo de ver a vuestra merced. RiÛse
mucho cuando le dije como se llamaba vuestra merced el Caballero de la
Triste Figura. PreguntÈle si habÌa ido all· el vizcaÌno de marras; dÌjome
que sÌ, y que era un hombre muy de bien. TambiÈn le preguntÈ por los
galeotes, mas dÌjome que no habÌa visto hasta entonces alguno.
-Todo va bien hasta agora -dijo don Quijote-. Pero dime: øquÈ joya fue la
que te dio, al despedirte, por las nuevas que de mÌ le llevaste? Porque es
usada y antigua costumbre entre los caballeros y damas andantes dar a los
escuderos, doncellas o enanos que les llevan nuevas, de sus damas a ellos,
a ellas de sus andantes, alguna rica joya en albricias, en agradecimiento
de su recado.
-Bien puede eso ser asÌ, y yo la tengo por buena usanza; pero eso debiÛ de
ser en los tiempos pasados, que ahora sÛlo se debe de acostumbrar a dar un
pedazo de pan y queso, que esto fue lo que me dio mi seÒora Dulcinea, por
las bardas de un corral, cuando della me despedÌ; y aun, por m·s seÒas, era
el queso ovejuno.
-Es liberal en estremo -dijo don Quijote-, y si no te dio joya de oro, sin
duda debiÛ de ser porque no la tendrÌa allÌ a la mano para d·rtela; pero
buenas son mangas despuÈs de Pascua: yo la verÈ, y se satisfar· todo.
øSabes de quÈ estoy maravillado, Sancho? De que me parece que fuiste y
veniste por los aires, pues poco m·s de tres dÌas has tardado en ir y venir
desde aquÌ al Toboso, habiendo de aquÌ all· m·s de treinta leguas; por lo
cual me doy a entender que aquel sabio nigromante que tiene cuenta con mis
cosas y es mi amigo (porque por fuerza le hay, y le ha de haber, so pena
que yo no serÌa buen caballero andante); digo que este tal te debiÛ de
ayudar a caminar, sin que t˙ lo sintieses; que hay sabio dÈstos que coge a
un caballero andante durmiendo en su cama, y, sin saber cÛmo o en quÈ
manera, amanece otro dÌa m·s de mil leguas de donde anocheciÛ. Y si no
fuese por esto, no se podrÌan socorrer en sus peligros los caballeros
andantes unos a otros, como se socorren a cada paso. Que acaece estar uno
peleando en las sierras de Armenia con alg˙n endriago, o con alg˙n fiero
vestiglo, o con otro caballero, donde lleva lo peor de la batalla y est· ya
a punto de muerte, y cuando no os me cato, asoma por acull·, encima de una
nube, o sobre un carro de fuego, otro caballero amigo suyo, que poco antes
se hallaba en Ingalaterra, que le favorece y libra de la muerte, y a la
noche se halla en su posada, cenando muy a su sabor; y suele haber de la
una a la otra parte dos o tres mil leguas. Y todo esto se hace por
industria y sabidurÌa destos sabios encantadores que tienen cuidado destos
valerosos caballeros. AsÌ que, amigo Sancho, no se me hace dificultoso
creer que en tan breve tiempo hayas ido y venido desde este lugar al del
Toboso, pues, como tengo dicho, alg˙n sabio amigo te debiÛ de llevar en
volandillas, sin que t˙ lo sintieses.
-AsÌ serÌa -dijo Sancho-; porque a buena fe que andaba Rocinante como si
fuera asno de gitano con azogue en los oÌdos.
-Y °cÛmo si llevaba azogue! -dijo don Quijote-, y aun una legiÛn de
demonios, que es gente que camina y hace caminar, sin cansarse, todo
aquello que se les antoja. Pero, dejando esto aparte, øquÈ te parece a ti
que debo yo de hacer ahora cerca de lo que mi seÒora me manda que la vaya a
ver?; que, aunque yo veo que estoy obligado a cumplir su mandamiento, vÈome
tambiÈn imposibilitado del don que he prometido a la princesa que con
nosotros viene, y fuÈrzame la ley de caballerÌa a cumplir mi palabra antes
que mi gusto. Por una parte, me acosa y fatiga el deseo de ver a mi seÒora;
por otra, me incita y llama la prometida fe y la gloria que he de alcanzar
en esta empresa. Pero lo que pienso hacer ser· caminar apriesa y llegar
presto donde est· este gigante, y, en llegando, le cortarÈ la cabeza, y
pondrÈ a la princesa pacÌficamente en su estado, y al punto darÈ la vuelta
a ver a la luz que mis sentidos alumbra, a la cual darÈ tales disculpas que
ella venga a tener por buena mi tardanza, pues ver· que todo redunda en
aumento de su gloria y fama, pues cuanta yo he alcanzado, alcanzo y
alcanzare por las armas en esta vida, toda me viene del favor que ella me
da y de ser yo suyo.

-°Ay -dijo Sancho-, y cÛmo est· vuestra merced lastimado de esos cascos!
Pues dÌgame, seÒor: øpiensa vuestra merced caminar este camino en balde, y
dejar pasar y perder un tan rico y tan principal casamiento como Èste,
donde le dan en dote un reino, que a buena verdad que he oÌdo decir que
tiene m·s de veinte mil leguas de contorno, y que es abundantÌsimo de todas
las cosas que son necesarias para el sustento de la vida humana, y que es
mayor que Portugal y que Castilla juntos? Calle, por amor de Dios, y tenga
verg¸enza de lo que ha dicho, y tome mi consejo, y perdÛneme, y c·sese
luego en el primer lugar que haya cura; y si no, ahÌ est· nuestro
licenciado, que lo har· de perlas. Y advierta que ya tengo edad para dar
consejos, y que este que le doy le viene de molde, y que m·s vale p·jaro en
mano que buitre volando, porque quien bien tiene y mal escoge, por bien que
se enoja no se venga.
-Mira, Sancho -respondiÛ don Quijote-: si el consejo que me das de que me
case es porque sea luego rey, en matando al gigante, y tenga cÛmodo para
hacerte mercedes y darte lo prometido, h·gote saber que sin casarme podrÈ
cumplir tu deseo muy f·cilmente, porque yo sacarÈ de adahala, antes de
entrar en la batalla, que, saliendo vencedor della, ya que no me case, me
han de dar una parte del reino, para que la pueda dar a quien yo quisiere;
y, en d·ndomela, øa quiÈn quieres t˙ que la dÈ sino a ti?
-Eso est· claro -respondiÛ Sancho-, pero mire vuestra merced que la escoja
hacia la marina, porque, si no me contentare la vivienda, pueda embarcar
mis negros vasallos y hacer dellos lo que ya he dicho. Y vuestra merced no
se cure de ir por agora a ver a mi seÒora Dulcinea, sino v·yase a matar al
gigante, y concluyamos este negocio; que por Dios que se me asienta que ha
de ser de mucha honra y de mucho provecho.
-DÌgote, Sancho -dijo don Quijote-, que est·s en lo cierto, y que habrÈ de
tomar tu consejo en cuanto el ir antes con la princesa que a ver a
Dulcinea. Y avÌsote que no digas nada a nadie, ni a los que con nosotros
vienen, de lo que aquÌ hemos departido y tratado; que, pues Dulcinea es tan
recatada que no quiere que se sepan sus pensamientos, no ser· bien que yo,
ni otro por mÌ, los descubra.
-Pues si eso es asÌ -dijo Sancho-, øcÛmo hace vuestra merced que todos los
que vence por su brazo se vayan a presentar ante mi seÒora Dulcinea, siendo
esto firma de su nombre que la quiere bien y que es su enamorado? Y, siendo
forzoso que los que fueren se han de ir a hincar de finojos ante su
presencia, y decir que van de parte de vuestra merced a dalle la
obediencia, øcÛmo se pueden encubrir los pensamientos de entrambos?
-°Oh, quÈ necio y quÈ simple que eres! -dijo don Quijote-. øT˙ no ves,
Sancho, que eso todo redunda en su mayor ensalzamiento? Porque has de saber
que en este nuestro estilo de caballerÌa es gran honra tener una dama
muchos caballeros andantes que la sirvan, sin que se estiendan m·s sus
pensamientos que a servilla, por sÛlo ser ella quien es, sin esperar otro
premio de sus muchos y buenos deseos, sino que ella se contente de
acetarlos por sus caballeros.
-Con esa manera de amor -dijo Sancho- he oÌdo yo predicar que se ha de amar
a Nuestro SeÒor, por sÌ solo, sin que nos mueva esperanza de gloria o temor
de pena. Aunque yo le querrÌa amar y servir por lo que pudiese.
-°V·late el diablo por villano -dijo don Quijote-, y quÈ de discreciones
dices a las veces! No parece sino que has estudiado.
-Pues a fe mÌa que no sÈ leer -respondiÛ Sancho.
En esto, les dio voces maese Nicol·s que esperasen un poco, que querÌan
detenerse a beber en una fontecilla que allÌ estaba. Det˙vose don Quijote,
con no poco gusto de Sancho, que ya estaba cansado de mentir tanto y temÌa
no le cogiese su amo a palabras; porque, puesto que Èl sabÌa que Dulcinea
era una labradora del Toboso, no la habÌa visto en toda su vida.
HabÌase en este tiempo vestido Cardenio los vestidos que Dorotea traÌa
cuando la hallaron, que, aunque no eran muy buenos, hacÌan mucha ventaja a
los que dejaba. Ape·ronse junto a la fuente, y con lo que el cura se
acomodÛ en la venta satisficieron, aunque poco, la mucha hambre que todos
traÌan.
Estando en esto, acertÛ a pasar por allÌ un muchacho que iba de camino, el
cual, poniÈndose a mirar con mucha atenciÛn a los que en la fuente estaban,
de allÌ a poco arremetiÛ a don Quijote, y, abraz·ndole por las piernas,
comenzÛ a llorar muy de propÛsito, diciendo:
-°Ay, seÒor mÌo! øNo me conoce vuestra merced? Pues mÌreme bien, que yo soy
aquel mozo AndrÈs que quitÛ vuestra merced de la encina donde estaba atado.
ReconociÛle don Quijote, y, asiÈndole por la mano, se volviÛ a los que allÌ
estaban y dijo:
-Porque vean vuestras mercedes cu·n de importancia es haber caballeros
andantes en el mundo, que desfagan los tuertos y agravios que en Èl se
hacen por los insolentes y malos hombres que en Èl viven, sepan vuestras
mercedes que los dÌas pasados, pasando yo por un bosque, oÌ unos gritos y
unas voces muy lastimosas, como de persona afligida y menesterosa; acudÌ
luego, llevado de mi obligaciÛn, hacia la parte donde me pareciÛ que las
lamentables voces sonaban, y hallÈ atado a una encina a este muchacho que
ahora est· delante (de lo que me huelgo en el alma, porque ser· testigo que
no me dejar· mentir en nada); digo que estaba atado a la encina, desnudo
del medio cuerpo arriba, y est·bale abriendo a azotes con las riendas de
una yegua un villano, que despuÈs supe que era amo suyo; y, asÌ como yo le
vi, le preguntÈ la causa de tan atroz vapulamiento; respondiÛ el zafio que
le azotaba porque era su criado, y que ciertos descuidos que tenÌa nacÌan
m·s de ladrÛn que de simple; a lo cual este niÒo dijo: ''SeÒor, no me azota
sino porque le pido mi salario''. El amo replicÛ no sÈ quÈ arengas y
disculpas, las cuales, aunque de mÌ fueron oÌdas, no fueron admitidas. En
resoluciÛn, yo le hice desatar, y tomÈ juramento al villano de que le
llevarÌa consigo y le pagarÌa un real sobre otro, y aun sahumados. øNo es
verdad todo esto, hijo AndrÈs? øNo notaste con cu·nto imperio se lo mandÈ,
y con cu·nta humildad prometiÛ de hacer todo cuanto yo le impuse, y
notifiquÈ y quise? Responde; no te turbes ni dudes en nada: di lo que pasÛ
a estos seÒores, porque se vea y considere ser del provecho que digo haber
caballeros andantes por los caminos.
-Todo lo que vuestra merced ha dicho es mucha verdad -respondiÛ el
muchacho-, pero el fin del negocio sucediÛ muy al revÈs de lo que vuestra
merced se imagina.
-øCÛmo al revÈs? -replicÛ don Quijote-; luego, øno te pagÛ el villano?
-No sÛlo no me pagÛ -respondiÛ el muchacho-, pero, asÌ como vuestra merced
traspuso del bosque y quedamos solos, me volviÛ a atar a la mesma encina, y
me dio de nuevo tantos azotes que quedÈ hecho un San BartolomÈ desollado;
y, a cada azote que me daba, me decÌa un donaire y chufeta acerca de hacer
burla de vuestra merced, que, a no sentir yo tanto dolor, me riera de lo
que decÌa. En efeto: Èl me parÛ tal, que hasta ahora he estado cur·ndome en
un hospital del mal que el mal villano entonces me hizo. De todo lo cual
tiene vuestra merced la culpa, porque si se fuera su camino adelante y no
viniera donde no le llamaban, ni se entremetiera en negocios ajenos, mi amo
se contentara con darme una o dos docenas de azotes, y luego me soltara y
pagara cuanto me debÌa. Mas, como vuestra merced le deshonrÛ tan sin
propÛsito y le dijo tantas villanÌas, encendiÛsele la cÛlera, y, como no la
pudo vengar en vuestra merced, cuando se vio solo descargÛ sobre mÌ el
nublado, de modo que me parece que no serÈ m·s hombre en toda mi vida.
-El daÒo estuvo -dijo don Quijote- en irme yo de allÌ; que no me habÌa de
ir hasta dejarte pagado, porque bien debÌa yo de saber, por luengas
experiencias, que no hay villano que guarde palabra que tiene, si Èl vee
que no le est· bien guardalla. Pero ya te acuerdas, AndrÈs, que yo jurÈ que
si no te pagaba, que habÌa de ir a buscarle, y que le habÌa de hallar,
aunque se escondiese en el vientre de la ballena.
-AsÌ es la verdad -dijo AndrÈs-, pero no aprovechÛ nada.
-Ahora ver·s si aprovecha -dijo don Quijote.
Y, diciendo esto, se levantÛ muy apriesa y mandÛ a Sancho que enfrenase a
Rocinante, que estaba paciendo en tanto que ellos comÌan.
PreguntÛle Dorotea quÈ era lo que hacer querÌa. …l le respondiÛ que querÌa
ir a buscar al villano y castigalle de tan mal tÈrmino, y hacer pagado a
AndrÈs hasta el ˙ltimo maravedÌ, a despecho y pesar de cuantos villanos
hubiese en el mundo. A lo que ella respondiÛ que advirtiese que no podÌa,
conforme al don prometido, entremeterse en ninguna empresa hasta acabar la
suya; y que, pues esto sabÌa Èl mejor que otro alguno, que sosegase el
pecho hasta la vuelta de su reino.
-AsÌ es verdad -respondiÛ don Quijote-, y es forzoso que AndrÈs tenga
paciencia hasta la vuelta, como vos, seÒora, decÌs; que yo le torno a jurar
y a prometer de nuevo de no parar hasta hacerle vengado y pagado.
-No me creo desos juramentos -dijo AndrÈs-; m·s quisiera tener agora con
quÈ llegar a Sevilla que todas las venganzas del mundo: dÈme, si tiene ahÌ,
algo que coma y lleve, y quÈdese con Dios su merced y todos los caballeros
andantes; que tan bien andantes sean ellos para consigo como lo han sido
para conmigo.
SacÛ de su repuesto Sancho un pedazo de pan y otro de queso, y, d·ndoselo
al mozo, le dijo:
-Tom·, hermano AndrÈs, que a todos nos alcanza parte de vuestra desgracia.
-Pues, øquÈ parte os alcanza a vos? -preguntÛ AndrÈs.
-Esta parte de queso y pan que os doy -respondiÛ Sancho-, que Dios sabe si
me ha de hacer falta o no; porque os hago saber, amigo, que los escuderos
de los caballeros andantes estamos sujetos a mucha hambre y a mala ventura,
y aun a otras cosas que se sienten mejor que se dicen.
AndrÈs asiÛ de su pan y queso, y, viendo que nadie le daba otra cosa, abajÛ
su cabeza y tomÛ el camino en las manos, como suele decirse. Bien es verdad
que, al partirse, dijo a don Quijote:
-Por amor de Dios, seÒor caballero andante, que si otra vez me encontrare,
aunque vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino dÈjeme con mi
desgracia; que no ser· tanta, que no sea mayor la que me vendr· de su ayuda
de vuestra merced, a quien Dios maldiga, y a todos cuantos caballeros
andantes han nacido en el mundo.
Õbase a levantar don Quijote para castigalle, mas Èl se puso a correr de
modo que ninguno se atreviÛ a seguille. QuedÛ corridÌsimo don Quijote del
cuento de AndrÈs, y fue menester que los dem·s tuviesen mucha cuenta con no
reÌrse, por no acaballe de correr del todo.

CapÌtulo XXXII. Que trata de lo que sucediÛ en la venta a toda la cuadrilla
de don Quijote

AcabÛse la buena comida, ensillaron luego, y, sin que les sucediese cosa
digna de contar, llegaron otro dÌa a la venta, espanto y asombro de Sancho
Panza; y, aunque Èl quisiera no entrar en ella, no lo pudo huir. La
ventera, ventero, su hija y Maritornes, que vieron venir a don Quijote y a
Sancho, les salieron a recebir con muestras de mucha alegrÌa, y Èl las
recibiÛ con grave continente y aplauso, y dÌjoles que le aderezasen otro
mejor lecho que la vez pasada; a lo cual le respondiÛ la huÈspeda que como
la pagase mejor que la otra vez, que ella se la darÌa de prÌncipes. Don
Quijote dijo que sÌ harÌa, y asÌ, le aderezaron uno razonable en el mismo
caramanchÛn de marras, y Èl se acostÛ luego, porque venÌa muy quebrantado y
falto de juicio.
No se hubo bien encerrado, cuando la huÈspeda arremetiÛ al barbero, y,
asiÈndole de la barba, dijo:
-Para mi santiguada, que no se ha a˙n de aprovechar m·s de mi rabo para su
barba, y que me ha de volver mi cola; que anda lo de mi marido por esos
suelos, que es verg¸enza; digo, el peine, que solÌa yo colgar de mi buena
cola.
No se la querÌa dar el barbero, aunque ella m·s tiraba, hasta que el
licenciado le dijo que se la diese, que ya no era menester m·s usar de
aquella industria, sino que se descubriese y mostrase en su misma forma, y
dijese a don Quijote que cuando le despojaron los ladrones galeotes se
habÌan venido a aquella venta huyendo; y que si preguntase por el escudero
de la princesa, le dirÌan que ella le habÌa enviado adelante a dar aviso a
los de su reino como ella iba y llevaba consigo el libertador de todos. Con
esto, dio de buena gana la cola a la ventera el barbero, y asimismo le
volvieron todos los adherentes que habÌa prestado para la libertad de don
Quijote. Espant·ronse todos los de la venta de la hermosura de Dorotea, y
aun del buen talle del zagal Cardenio. Hizo el cura que les aderezasen de
comer de lo que en la venta hubiese, y el huÈsped, con esperanza de mejor
paga, con diligencia les aderezÛ una razonable comida; y a todo esto dormÌa
don Quijote, y fueron de parecer de no despertalle, porque m·s provecho le
harÌa por entonces el dormir que el comer.
Trataron sobre comida, estando delante el ventero, su mujer, su hija,
Maritornes, todos los pasajeros, de la estraÒa locura de don Quijote y del
modo que le habÌan hallado. La huÈspeda les contÛ lo que con Èl y con el
arriero les habÌa acontecido, y, mirando si acaso estaba allÌ Sancho, como
no le viese, contÛ todo lo de su manteamiento, de que no poco gusto
recibieron. Y, como el cura dijese que los libros de caballerÌas que don
Quijote habÌa leÌdo le habÌan vuelto el juicio, dijo el ventero:
-No sÈ yo cÛmo puede ser eso; que en verdad que, a lo que yo entiendo, no
hay mejor letrado en el mundo, y que tengo ahÌ dos o tres dellos, con otros
papeles, que verdaderamente me han dado la vida, no sÛlo a mÌ, sino a otros
muchos. Porque, cuando es tiempo de la siega, se recogen aquÌ, las fiestas,
muchos segadores, y siempre hay algunos que saben leer, el cual coge uno
destos libros en las manos, y rode·monos dÈl m·s de treinta, y est·mosle
escuchando con tanto gusto que nos quita mil canas; a lo menos, de mÌ sÈ
decir que cuando oyo decir aquellos furibundos y terribles golpes que los
caballeros pegan, que me toma gana de hacer otro tanto, y que querrÌa estar
oyÈndolos noches y dÌas.
-Y yo ni m·s ni menos -dijo la ventera-, porque nunca tengo buen rato en mi
casa sino aquel que vos est·is escuchando leer: que est·is tan embobado,
que no os acord·is de reÒir por entonces.
-AsÌ es la verdad -dijo Maritornes-, y a buena fe que yo tambiÈn gusto
mucho de oÌr aquellas cosas, que son muy lindas; y m·s, cuando cuentan que
se est· la otra seÒora debajo de unos naranjos abrazada con su caballero, y
que les est· una dueÒa haciÈndoles la guarda, muerta de envidia y con mucho
sobresalto. Digo que todo esto es cosa de mieles.
-Y a vos øquÈ os parece, seÒora doncella? -dijo el cura, hablando con la
hija del ventero.
-No sÈ, seÒor, en mi ·nima -respondiÛ ella-; tambiÈn yo lo escucho, y en
verdad que, aunque no lo entiendo, que recibo gusto en oÌllo; pero no gusto
yo de los golpes de que mi padre gusta, sino de las lamentaciones que los
caballeros hacen cuando est·n ausentes de sus seÒoras: que en verdad que
algunas veces me hacen llorar de compasiÛn que les tengo.
-Luego, øbien las remedi·rades vos, seÒora doncella -dijo Dorotea-, si por
vos lloraran?
-No sÈ lo que me hiciera -respondiÛ la moza-; sÛlo sÈ que hay algunas
seÒoras de aquÈllas tan crueles, que las llaman sus caballeros tigres y
leones y otras mil inmundicias. Y, °Jes˙s!, yo no sÈ quÈ gente es aquÈlla
tan desalmada y tan sin conciencia, que por no mirar a un hombre honrado,
le dejan que se muera, o que se vuelva loco. Yo no sÈ para quÈ es tanto
melindre: si lo hacen de honradas, c·sense con ellos, que ellos no desean
otra cosa.
-Calla, niÒa -dijo la ventera-, que parece que sabes mucho destas cosas, y
no est· bien a las doncellas saber ni hablar tanto.
-Como me lo pregunta este seÒor -respondiÛ ella-, no pude dejar de
respondelle.
-Ahora bien -dijo el cura-, traedme, seÒor huÈsped, aquesos libros, que los
quiero ver.
-Que me place -respondiÛ Èl.
Y, entrando en su aposento, sacÛ dÈl una maletilla vieja, cerrada con una
cadenilla, y, abriÈndola, hallÛ en ella tres libros grandes y unos papeles
de muy buena letra, escritos de mano. El primer libro que abriÛ vio que era
Don Cirongilio de Tracia; y el otro, de Felixmarte de Hircania; y el otro,
la Historia del Gran Capit·n Gonzalo Hern·ndez de CÛrdoba, con la vida de
Diego GarcÌa de Paredes. AsÌ como el cura leyÛ los dos tÌtulos primeros,
volviÛ el rostro al barbero y dijo:
-Falta nos hacen aquÌ ahora el ama de mi amigo y su sobrina.
-No hacen -respondiÛ el barbero-, que tambiÈn sÈ yo llevallos al corral o a
la chimenea; que en verdad que hay muy buen fuego en ella.
-Luego, øquiere vuestra merced quemar m·s libros? -dijo el ventero.
-No m·s -dijo el cura- que estos dos: el de Don Cirongilio y el de
Felixmarte.
-Pues, øpor ventura -dijo el ventero- mis libros son herejes o flem·ticos,
que los quiere quemar?
-Cism·ticos querÈis decir, amigo -dijo el barbero-, que no flem·ticos.

-AsÌ es -replicÛ el ventero-; mas si alguno quiere quemar, sea ese del Gran
Capit·n y dese Diego GarcÌa, que antes dejarÈ quemar un hijo que dejar
quemar ninguno desotros.
-Hermano mÌo -dijo el cura-, estos dos libros son mentirosos y est·n llenos
de disparates y devaneos; y este del Gran Capit·n es historia verdadera, y
tiene los hechos de Gonzalo Hern·ndez de CÛrdoba, el cual, por sus muchas y
grandes hazaÒas, mereciÛ ser llamado de todo el mundo Gran Capit·n,
renombre famoso y claro, y dÈl sÛlo merecido. Y este Diego GarcÌa de
Paredes fue un principal caballero, natural de la ciudad de Trujillo, en
Estremadura, valentÌsimo soldado, y de tantas fuerzas naturales que detenÌa
con un dedo una rueda de molino en la mitad de su furia; y, puesto con un
montante en la entrada de una puente, detuvo a todo un innumerable
ejÈrcito, que no pasase por ella; y hizo otras tales cosas que, como si Èl
las cuenta y las escribe Èl asimismo, con la modestia de caballero y de
coronista propio, las escribiera otro, libre y desapasionado, pusieran en
su olvido las de los HÈtores, Aquiles y Roldanes.
-°Tomaos con mi padre! -dijo el dicho ventero-. °Mirad de quÈ se espanta:
de detener una rueda de molino! Por Dios, ahora habÌa vuestra merced de
leer lo que hizo Felixmarte de Hircania, que de un revÈs solo partiÛ cinco
gigantes por la cintura, como si fueran hechos de habas, como los
frailecicos que hacen los niÒos. Y otra vez arremetiÛ con un grandÌsimo y
poderosÌsimo ejÈrcito, donde llevÛ m·s de un millÛn y seiscientos mil
soldados, todos armados desde el pie hasta la cabeza, y los desbaratÛ a
todos, como si fueran manadas de ovejas. Pues, øquÈ me dir·n del bueno de
don Cirongilio de Tracia, que fue tan valiente y animoso como se ver· en el
libro, donde cuenta que, navegando por un rÌo, le saliÛ de la mitad del
agua una serpiente de fuego, y Èl, asÌ como la vio, se arrojÛ sobre ella, y
se puso a horcajadas encima de sus escamosas espaldas, y le apretÛ con
ambas manos la garganta, con tanta fuerza que, viendo la serpiente que la
iba ahogando, no tuvo otro remedio sino dejarse ir a lo hondo del rÌo,
llev·ndose tras sÌ al caballero, que nunca la quiso soltar? Y, cuando
llegaron all· bajo, se hallÛ en unos palacios y en unos jardines tan lindos
que era maravilla; y luego la sierpe se volviÛ en un viejo anciano, que le
dijo tantas de cosas que no hay m·s que oÌr. Calle, seÒor, que si oyese
esto, se volverÌa loco de placer. °Dos higas para el Gran Capit·n y para
ese Diego GarcÌa que dice!
Oyendo esto Dorotea, dijo callando a Cardenio:
-Poco le falta a nuestro huÈsped para hacer la segunda parte de don
Quijote.
-AsÌ me parece a mÌ -respondiÛ Cardenio-, porque, seg˙n da indicio, Èl
tiene por cierto que todo lo que estos libros cuentan pasÛ ni m·s ni menos
que lo escriben, y no le har·n creer otra cosa frailes descalzos.
-Mirad, hermano -tornÛ a decir el cura-, que no hubo en el mundo Felixmarte
de Hircania, ni don Cirongilio de Tracia, ni otros caballeros semejantes
que los libros de caballerÌas cuentan, porque todo es compostura y ficciÛn
de ingenios ociosos, que los compusieron para el efeto que vos decÌs de
entretener el tiempo, como lo entretienen leyÈndolos vuestros segadores;
porque realmente os juro que nunca tales caballeros fueron en el mundo, ni
tales hazaÒas ni disparates acontecieron en Èl.
-°A otro perro con ese hueso! -respondiÛ el ventero-. °Como si yo no
supiese cu·ntas son cinco y adÛnde me aprieta el zapato! No piense vuestra
merced darme papilla, porque por Dios que no soy nada blanco. °Bueno es que
quiera darme vuestra merced a entender que todo aquello que estos buenos
libros dicen sea disparates y mentiras, estando impreso con licencia de los
seÒores del Consejo Real, como si ellos fueran gente que habÌan de dejar
imprimir tanta mentira junta, y tantas batallas y tantos encantamentos que
quitan el juicio!
-Ya os he dicho, amigo -replicÛ el cura-, que esto se hace para entretener
nuestros ociosos pensamientos; y, asÌ como se consiente en las rep˙blicas
bien concertadas que haya juegos de ajedrez, de pelota y de trucos, para
entretener a algunos que ni tienen, ni deben, ni pueden trabajar, asÌ se
consiente imprimir y que haya tales libros, creyendo, como es verdad, que
no ha de haber alguno tan ignorante que tenga por historia verdadera
ninguna destos libros. Y si me fuera lÌcito agora, y el auditorio lo
requiriera, yo dijera cosas acerca de lo que han de tener los libros de
caballerÌas para ser buenos, que quiz· fueran de provecho y aun de gusto
para algunos; pero yo espero que vendr· tiempo en que lo pueda comunicar
con quien pueda remediallo, y en este entretanto creed, seÒor ventero, lo
que os he dicho, y tomad vuestros libros, y all· os avenid con sus verdades
o mentiras, y buen provecho os hagan, y quiera Dios que no cojeÈis del pie
que cojea vuestro huÈsped don Quijote.
-Eso no -respondiÛ el ventero-, que no serÈ yo tan loco que me haga
caballero andante: que bien veo que ahora no se usa lo que se usaba en
aquel tiempo, cuando se dice que andaban por el mundo estos famosos
caballeros.
A la mitad desta pl·tica se hallÛ Sancho presente, y quedÛ muy confuso y
pensativo de lo que habÌa oÌdo decir que ahora no se usaban caballeros
andantes, y que todos los libros de caballerÌas eran necedades y mentiras,
y propuso en su corazÛn de esperar en lo que paraba aquel viaje de su amo,
y que si no salÌa con la felicidad que Èl pensaba, determinaba de dejalle y
volverse con su mujer y sus hijos a su acostumbrado trabajo.
Llev·base la maleta y los libros el ventero, mas el cura le dijo:
-Esperad, que quiero ver quÈ papeles son esos que de tan buena letra est·n
escritos.
SacÛlos el huÈsped, y, d·ndoselos a leer, vio hasta obra de ocho pliegos
escritos de mano, y al principio tenÌan un tÌtulo grande que decÌa: Novela
del curioso impertinente. LeyÛ el cura para sÌ tres o cuatro renglones y
dijo:
-Cierto que no me parece mal el tÌtulo desta novela, y que me viene
voluntad de leella toda.
A lo que respondiÛ el ventero:
-Pues bien puede leella su reverencia, porque le hago saber que algunos
huÈspedes que aquÌ la han leÌdo les ha contentado mucho, y me la han pedido
con muchas veras; mas yo no se la he querido dar, pensando volvÈrsela a
quien aquÌ dejÛ esta maleta olvidada con estos libros y esos papeles; que
bien puede ser que vuelva su dueÒo por aquÌ alg˙n tiempo, y, aunque sÈ que
me han de hacer falta los libros, a fe que se los he de volver: que, aunque
ventero, todavÌa soy cristiano.
-Vos tenÈis mucha razÛn, amigo -dijo el cura-, mas, con todo eso, si la
novela me contenta, me la habÈis de dejar trasladar.
-De muy buena gana -respondiÛ el ventero.
Mientras los dos esto decÌan, habÌa tomado Cardenio la novela y comenzado a
leer en ella; y, pareciÈndole lo mismo que al cura, le rogÛ que la leyese
de modo que todos la oyesen.
-SÌ leyera -dijo el cura-, si no fuera mejor gastar este tiempo en dormir
que en leer.
-Harto reposo ser· para mÌ -dijo Dorotea- entretener el tiempo oyendo alg˙n
cuento, pues a˙n no tengo el espÌritu tan sosegado que me conceda dormir
cuando fuera razÛn.
-Pues desa manera -dijo el cura-, quiero leerla, por curiosidad siquiera;
quiz· tendr· alguna de gusto.
AcudiÛ maese Nicol·s a rogarle lo mesmo, y Sancho tambiÈn; lo cual visto
del cura, y entendiendo que a todos darÌa gusto y Èl le recibirÌa, dijo:
-Pues asÌ es, estÈnme todos atentos, que la novela comienza desta manera:

CapÌtulo XXXIII. Donde se cuenta la novela del Curioso impertinente

´En Florencia, ciudad rica y famosa de Italia, en la provincia que llaman
Toscana, vivÌan Anselmo y Lotario, dos caballeros ricos y principales, y
tan amigos que, por excelencia y antonomasia, de todos los que los conocÌan
los dos amigos eran llamados. Eran solteros, mozos de una misma edad y de
unas mismas costumbres; todo lo cual era bastante causa a que los dos con
recÌproca amistad se correspondiesen. Bien es verdad que el Anselmo era
algo m·s inclinado a los pasatiempos amorosos que el Lotario, al cual
llevaban tras sÌ los de la caza; pero, cuando se ofrecÌa, dejaba Anselmo de
acudir a sus gustos por seguir los de Lotario, y Lotario dejaba los suyos
por acudir a los de Anselmo; y, desta manera, andaban tan a una sus
voluntades, que no habÌa concertado reloj que asÌ lo anduviese.
ªAndaba Anselmo perdido de amores de una doncella principal y hermosa de la
misma ciudad, hija de tan buenos padres y tan buena ella por sÌ, que se
determinÛ, con el parecer de su amigo Lotario, sin el cual ninguna cosa
hacÌa, de pedilla por esposa a sus padres, y asÌ lo puso en ejecuciÛn; y el
que llevÛ la embajada fue Lotario, y el que concluyÛ el negocio tan a gusto
de su amigo, que en breve tiempo se vio puesto en la posesiÛn que deseaba,
y Camila tan contenta de haber alcanzado a Anselmo por esposo, que no
cesaba de dar gracias al cielo, y a Lotario, por cuyo medio tanto bien le
habÌa venido.
ªLos primeros dÌas, como todos los de boda suelen ser alegres, continuÛ
Lotario, como solÌa, la casa de su amigo Anselmo, procurando honralle,
festejalle y regocijalle con todo aquello que a Èl le fue posible; pero,
acabadas las bodas y sosegada ya la frecuencia de las visitas y parabienes,
comenzÛ Lotario a descuidarse con cuidado de las idas en casa de Anselmo,
por parecerle a Èl -como es razÛn que parezca a todos los que fueren
discretos- que no se han de visitar ni continuar las casas de los amigos
casados de la misma manera que cuando eran solteros; porque, aunque la
buena y verdadera amistad no puede ni debe de ser sospechosa en nada, con
todo esto, es tan delicada la honra del casado, que parece que se puede
ofender aun de los mesmos hermanos, cuanto m·s de los amigos.
ªNotÛ Anselmo la remisiÛn de Lotario, y formÛ dÈl quejas grandes,
diciÈndole que si Èl supiera que el casarse habÌa de ser parte para no
comunicalle como solÌa, que jam·s lo hubiera hecho, y que si, por la buena
correspondencia que los dos tenÌan mientras Èl fue soltero, habÌan
alcanzado tan dulce nombre como el de ser llamados los dos amigos, que no
permitiese, por querer hacer del circunspecto, sin otra ocasiÛn alguna,
que tan famoso y tan agradable nombre se perdiese; y que asÌ, le suplicaba,
si era lÌcito que tal tÈrmino de hablar se usase entre ellos, que volviese
a ser seÒor de su casa, y a entrar y salir en ella como de antes,
asegur·ndole que su esposa Camila no tenÌa otro gusto ni otra voluntad que
la que Èl querÌa que tuviese, y que, por haber sabido ella con cu·ntas
veras los dos se amaban, estaba confusa de ver en Èl tanta esquiveza.
ªA todas estas y otras muchas razones que Anselmo dijo a Lotario para
persuadille volviese como solÌa a su casa, respondiÛ Lotario con tanta
prudencia, discreciÛn y aviso, que Anselmo quedÛ satisfecho de la buena
intenciÛn de su amigo, y quedaron de concierto que dos dÌas en la semana y
las fiestas fuese Lotario a comer con Èl; y, aunque esto quedÛ asÌ
concertado entre los dos, propuso Lotario de no hacer m·s de aquello que
viese que m·s convenÌa a la honra de su amigo, cuyo crÈdito estimaba en
m·s que el suyo proprio. DecÌa Èl, y decÌa bien, que el casado a quien el
cielo habÌa concedido mujer hermosa, tanto cuidado habÌa de tener quÈ
amigos llevaba a su casa como en mirar con quÈ amigas su mujer conversaba,
porque lo que no se hace ni concierta en las plazas, ni en los templos, ni
en las fiestas p˙blicas, ni estaciones -cosas que no todas veces las han de
negar los maridos a sus mujeres-, se concierta y facilita en casa de la
amiga o la parienta de quien m·s satisfaciÛn se tiene.
ªTambiÈn decÌa Lotario que tenÌan necesidad los casados de tener cada uno
alg˙n amigo que le advirtiese de los descuidos que en su proceder hiciese,
porque suele acontecer que con el mucho amor que el marido a la mujer
tiene, o no le advierte o no le dice, por no enojalla, que haga o deje de
hacer algunas cosas, que el hacellas o no, le serÌa de honra o de
vituperio; de lo cual, siendo del amigo advertido, f·cilmente pondrÌa
remedio en todo. Pero, ødÛnde se hallar· amigo tan discreto y tan leal y
verdadero como aquÌ Lotario le pide? No lo sÈ yo, por cierto; sÛlo Lotario
era Èste, que con toda solicitud y advertimiento miraba por la honra de su
amigo y procuraba dezmar, frisar y acortar los dÌas del concierto del ir a
su casa, porque no pareciese mal al vulgo ocioso y a los ojos vagabundos y
maliciosos la entrada de un mozo rico, gentilhombre y bien nacido, y de las
buenas partes que Èl pensaba que tenÌa, en la casa de una mujer tan hermosa
como Camila; que, puesto que su bondad y valor podÌa poner freno a toda
maldiciente lengua, todavÌa no querÌa poner en duda su crÈdito ni el de su
amigo, y por esto los m·s de los dÌas del concierto los ocupaba y
entretenÌa en otras cosas, que Èl daba a entender ser inexcusables. AsÌ
que, en quejas del uno y disculpas del otro se pasaban muchos ratos y
partes del dÌa.
ªSucediÛ, pues, que uno que los dos se andaban paseando por un prado fuera
de la ciudad, Anselmo dijo a Lotario las semejantes razones:
ª-Pensabas, amigo Lotario, que a las mercedes que Dios me ha hecho en
hacerme hijo de tales padres como fueron los mÌos y al darme, no con mano
escasa, los bienes, asÌ los que llaman de naturaleza como los de fortuna,
no puedo yo corresponder con agradecimiento que llegue al bien recebido, y
sobre al que me hizo en darme a ti por amigo y a Camila por mujer propria:
dos prendas que las estimo, si no en el grado que debo, en el que puedo.
Pues con todas estas partes, que suelen ser el todo con que los hombres
suelen y pueden vivir contentos, vivo yo el m·s despechado y el m·s
desabrido hombre de todo el universo mundo; porque no sÈ quÈ dÌas a esta
parte me fatiga y aprieta un deseo tan estraÒo, y tan fuera del uso com˙n
de otros, que yo me maravillo de mÌ mismo, y me culpo y me riÒo a solas, y
procuro callarlo y encubrirlo de mis proprios pensamientos; y asÌ me ha
sido posible salir con este secreto como si de industria procurara decillo
a todo el mundo. Y, pues que, en efeto, Èl ha de salir a plaza,quiero que
sea en la del archivo de tu secreto, confiado que, con Èl y con la
diligencia que pondr·s, como mi amigo verdadero, en remediarme, yo me verÈ
presto libre de la angustia que me causa, y llegar· mi alegrÌa por tu
solicitud al grado que ha llegado mi descontento por mi locura.
ªSuspenso tenÌan a Lotario las razones de Anselmo, y no sabÌa en quÈ habÌa
de parar tan larga prevenciÛn o pre·mbulo; y, aunque iba revolviendo en su
imaginaciÛn quÈ deseo podrÌa ser aquel que a su amigo tanto fatigaba, dio
siempre muy lejos del blanco de la verdad; y, por salir presto de la agonÌa
que le causaba aquella suspensiÛn, le dijo que hacÌa notorio agravio a su
mucha amistad en andar buscando rodeos para decirle sus m·s encubiertos
pensamientos, pues tenÌa cierto que se podÌa prometer dÈl, o ya consejos
para entretenellos, o ya remedio para cumplillos.
ª-AsÌ es la verdad -respondiÛ Anselmo-, y con esa confianza te hago saber,
amigo Lotario, que el deseo que me fatiga es pensar si Camila, mi esposa,
es tan buena y tan perfeta como yo pienso; y no puedo enterarme en esta
verdad, si no es prob·ndola de manera que la prueba manifieste los quilates
de su bondad, como el fuego muestra los del oro. Porque yo tengo para mÌ,
°oh amigo!, que no es una mujer m·s buena de cuanto es o no es solicitada,
y que aquella sola es fuerte que no se dobla a las promesas, a las d·divas,
a las l·grimas y a las continuas importunidades de los solÌcitos amantes.
Porque, øquÈ hay que agradecer -decÌa Èl- que una mujer sea buena, si nadie
le dice que sea mala? øQuÈ mucho que estÈ recogida y temerosa la que no le
dan ocasiÛn para que se suelte, y la que sabe que tiene marido que, en
cogiÈndola en la primera desenvoltura, la ha de quitar la vida? AnsÌ que,
la que es buena por temor, o por falta de lugar, yo no la quiero tener en
aquella estima en que tendrÈ a la solicitada y perseguida que saliÛ con la
corona del vencimiento. De modo que, por estas razones y por otras muchas
que te pudiera decir para acreditar y fortalecer la opiniÛn que tengo,
deseo que Camila, mi esposa, pase por estas dificultades y se acrisole y
quilate en el fuego de verse requerida y solicitada, y de quien tenga valor
para poner en ella sus deseos; y si ella sale, como creo que saldr·, con la
palma desta batalla, tendrÈ yo por sin igual mi ventura; podrÈ yo decir que
est· colmo el vacÌo de mis deseos; dirÈ que me cupo en suerte la mujer
fuerte, de quien el Sabio dice que øquiÈn la hallar·? Y, cuando esto suceda
al revÈs de lo que pienso, con el gusto de ver que acertÈ en mi opiniÛn,
llevarÈ sin pena la que de razÛn podr· causarme mi tan costosa experiencia.
Y, prosupuesto que ninguna cosa de cuantas me dijeres en contra de mi deseo
ha de ser de alg˙n provecho para dejar de ponerle por la obra, quiero, °oh
amigo Lotario!, que te dispongas a ser el instrumento que labre aquesta
obra de mi gusto; que yo te darÈ lugar para que lo hagas, sin faltarte todo
aquello que yo viere ser necesario para solicitar a una mujer honesta,
honrada, recogida y desinteresada. Y muÈveme, entre otras cosas, a fiar de
ti esta tan ardua empresa, el ver que si de ti es vencida Camila, no ha de
llegar el vencimiento a todo trance y rigor, sino a sÛlo a tener por hecho
lo que se ha de hacer, por buen respeto; y asÌ, no quedarÈ yo ofendido m·s
de con el deseo, y mi injuria quedar· escondida en la virtud de tu
silencio, que bien sÈ que en lo que me tocare ha de ser eterno como el de
la muerte. AsÌ que, si quieres que yo tenga vida que pueda decir que lo es,
desde luego has de entrar en esta amorosa batalla, no tibia ni
perezosamente, sino con el ahÌnco y diligencia que mi deseo pide, y con la
confianza que nuestra amistad me asegura.
ª…stas fueron las razones que Anselmo dijo a Lotario, a todas las cuales
estuvo tan atento, que si no fueron las que quedan escritas que le dijo, no
desplegÛ sus labios hasta que hubo acabado; y, viendo que no decÌa m·s,
despuÈs que le estuvo mirando un buen espacio, como si mirara otra cosa que
jam·s hubiera visto, que le causara admiraciÛn y espanto, le dijo:
ª-No me puedo persuadir, °oh amigo Anselmo!, a que no sean burlas las cosas
que me has dicho; que, a pensar que de veras las decÌas, no consintiera que
tan adelante pasaras, porque con no escucharte previniera tu larga arenga.
Sin duda imagino, o que no me conoces, o que yo no te conozco. Pero no; que
bien sÈ que eres Anselmo, y t˙ sabes que yo soy Lotario; el daÒo est· en
que yo pienso que no eres el Anselmo que solÌas, y t˙ debes de haber
pensado que tampoco yo soy el Lotario que debÌa ser, porque las cosas que
me has dicho, ni son de aquel Anselmo mi amigo, ni las que me pides se han
de pedir a aquel Lotario que t˙ conoces; porque los buenos amigos han de
probar a sus amigos y valerse dellos, como dijo un poeta, usque ad aras;
que quiso decir que no se habÌan de valer de su amistad en cosas que fuesen
contra Dios. Pues, si esto sintiÛ un gentil de la amistad, øcu·nto mejor es
que lo sienta el cristiano, que sabe que por ninguna humana ha de perder la
amistad divina? Y cuando el amigo tirase tanto la barra que pusiese aparte
los respetos del cielo por acudir a los de su amigo, no ha de ser por cosas
ligeras y de poco momento, sino por aquellas en que vaya la honra y la vida
de su amigo. Pues dime t˙ ahora, Anselmo: øcu·l destas dos cosas tienes en
peligro para que yo me aventure a complacerte y a hacer una cosa tan
detestable como me pides? Ninguna, por cierto; antes, me pides, seg˙n yo
entiendo, que procure y solicite quitarte la honra y la vida, y quit·rmela
a mÌ juntamente. Porque si yo he de procurar quitarte la honra, claro est·
que te quito la vida, pues el hombre sin honra peor es que un muerto; y,
siendo yo el instrumento, como t˙ quieres que lo sea, de tanto mal tuyo,
øno vengo a quedar deshonrado, y, por el mesmo consiguiente, sin vida?
Escucha, amigo Anselmo, y ten paciencia de no responderme hasta que acabe
de decirte lo que se me ofreciere acerca de lo que te ha pedido tu deseo;
que tiempo quedar· para que t˙ me repliques y yo te escuche.
ª-Que me place -dijo Anselmo-: di lo que quisieres.
ªY Lotario prosiguiÛ diciendo:
ª-ParÈceme, °oh Anselmo!, que tienes t˙ ahora el ingenio como el que
siempre tienen los moros, a los cuales no se les puede dar a entender el
error de su secta con las acotaciones de la Santa Escritura, ni con razones
que consistan en especulaciÛn del entendimiento, ni que vayan fundadas en
artÌculos de fe, sino que les han de traer ejemplos palpables, f·ciles,
intelegibles, demonstrativos, indubitables, con demostraciones matem·ticas
que no se pueden negar, como cuando dicen: "Si de dos partes iguales
quitamos partes iguales, las que quedan tambiÈn son iguales"; y, cuando
esto no entiendan de palabra, como, en efeto, no lo entienden, h·seles de
mostrar con las manos y ponÈrselo delante de los ojos, y, aun con todo
esto, no basta nadie con ellos a persuadirles las verdades de mi sacra
religiÛn. Y este mesmo tÈrmino y modo me convendr· usar contigo, porque el
deseo que en ti ha nacido va tan descaminado y tan fuera de todo aquello
que tenga sombra de razonable, que me parece que ha de ser tiempo gastado
el que ocupare en darte a entender tu simplicidad, que por ahora no le
quiero dar otro nombre, y aun estoy por dejarte en tu desatino, en pena de
tu mal deseo; mas no me deja usar deste rigor la amistad que te tengo, la
cual no consiente que te deje puesto en tan manifiesto peligro de perderte.
Y, porque claro lo veas, dime, Anselmo: øt˙ no me has dicho que tengo de
solicitar a una retirada, persuadir a una honesta, ofrecer a una
desinteresada, servir a una prudente? SÌ que me lo has dicho. Pues si t˙
sabes que tienes mujer retirada, honesta, desinteresada y prudente, øquÈ
buscas? Y si piensas que de todos mis asaltos ha de salir vencedora, como
saldr· sin duda, øquÈ mejores tÌtulos piensas darle despuÈs que los que
ahora tiene, o quÈ ser· m·s despuÈs de lo que es ahora? O es que t˙ no la
tienes por la que dices, o t˙ no sabes lo que pides. Si no la tienes por lo
que dices, øpara quÈ quieres probarla, sino, como a mala, hacer della lo
que m·s te viniere en gusto? Mas si es tan buena como crees, impertinente
cosa ser· hacer experiencia de la mesma verdad, pues, despuÈs de hecha, se
ha de quedar con la estimaciÛn que primero tenÌa. AsÌ que, es razÛn
concluyente que el intentar las cosas de las cuales antes nos puede suceder
daÒo que provecho es de juicios sin discurso y temerarios, y m·s cuando
quieren intentar aquellas a que no son forzados ni compelidos, y que de muy
lejos traen descubierto que el intentarlas es manifiesta locura. Las cosas
dificultosas se intentan por Dios, o por el mundo, o por entrambos a dos:
las que se acometen por Dios son las que acometieron los santos,
acometiendo a vivir vida de ·ngeles en cuerpos humanos; las que se acometen
por respeto del mundo son las de aquellos que pasan tanta infinidad de
agua, tanta diversidad de climas, tanta estraÒeza de gentes, por adquirir
estos que llaman bienes de fortuna. Y las que se intentan por Dios y por el
mundo juntamente son aquellas de los valerosos soldados, que apenas veen en
el contrario muro abierto tanto espacio cuanto es el que pudo hacer una
redonda bala de artillerÌa, cuando, puesto aparte todo temor, sin hacer
discurso ni advertir al manifiesto peligro que les amenaza, llevados en
vuelo de las alas del deseo de volver por su fe, por su naciÛn y por su
rey, se arrojan intrÈpidamente por la mitad de mil contrapuestas muertes
que los esperan. Estas cosas son las que suelen intentarse, y es honra,
gloria y provecho intentarlas, aunque tan llenas de inconvenientes y
peligros. Pero la que t˙ dices que quieres intentar y poner por obra, ni te
ha de alcanzar gloria de Dios, bienes de la fortuna, ni fama con los
hombres; porque, puesto que salgas con ella como deseas, no has de quedar
ni m·s ufano, ni m·s rico, ni m·s honrado que est·s ahora; y si no sales,
te has de ver en la mayor miseria que imaginarse pueda, porque no te ha de
aprovechar pensar entonces que no sabe nadie la desgracia que te ha
sucedido, porque bastar· para afligirte y deshacerte que la sepas t˙ mesmo.
Y, para confirmaciÛn desta verdad, te quiero decir una estancia que hizo el
famoso poeta Luis Tansilo, en el fin de su primera parte de Las l·grimas de
San Pedro, que dice asÌ:
Crece el dolor y crece la verg¸enza
en Pedro, cuando el dÌa se ha mostrado;
y, aunque allÌ no ve a nadie, se averg¸enza
de sÌ mesmo, por ver que habÌa pecado:
que a un magn·nimo pecho a haber verg¸enza
no sÛlo ha de moverle el ser mirado;
que de sÌ se averg¸enza cuando yerra,
si bien otro no vee que cielo y tierra.
AsÌ que, no escusar·s con el secreto tu dolor; antes, tendr·s que llorar
contino, si no l·grimas de los ojos, l·grimas de sangre del corazÛn, como
las lloraba aquel simple doctor que nuestro poeta nos cuenta que hizo la
prueba del vaso, que, con mejor discurso, se escusÛ de hacerla el prudente
Reinaldos; que, puesto que aquello sea ficciÛn poÈtica, tiene en sÌ
encerrados secretos morales dignos de ser advertidos y entendidos e
imitados. Cuanto m·s que, con lo que ahora pienso decirte, acabar·s de
venir en conocimiento del grande error que quieres cometer. Dime, Anselmo,
si el cielo, o la suerte buena, te hubiera hecho seÒor y legÌtimo posesor
de un finÌsimo diamante, de cuya bondad y quilates estuviesen satisfechos
cuantos lapidarios le viesen, y que todos a una voz y de com˙n parecer
dijesen que llegaba en quilates, bondad y fineza a cuanto se podÌa estender
la naturaleza de tal piedra, y t˙ mesmo lo creyeses asÌ, sin saber otra
cosa en contrario, øserÌa justo que te viniese en deseo de tomar aquel
diamante, y ponerle entre un ayunque y un martillo, y allÌ, a pura fuerza
de golpes y brazos, probar si es tan duro y tan fino como dicen? Y m·s, si
lo pusieses por obra; que, puesto caso que la piedra hiciese resistencia a
tan necia prueba, no por eso se le aÒadirÌa m·s valor ni m·s fama; y si se
rompiese, cosa que podrÌa ser, øno se perderÌa todo? SÌ, por cierto,
dejando a su dueÒo en estimaciÛn de que todos le tengan por simple. Pues
haz cuenta, Anselmo amigo, que Camila es fÌnisimo diamante, asÌ en tu
estimaciÛn como en la ajena, y que no es razÛn ponerla en contingencia de
que se quiebre, pues, aunque se quede con su entereza, no puede subir a m·s
valor del que ahora tiene; y si faltase y no resistiese, considera desde
ahora cu·l quedarÌas sin ella, y con cu·nta razÛn te podrÌas quejar de ti
mesmo, por haber sido causa de su perdiciÛn y la tuya. Mira que no hay joya
en el mundo que tanto valga como la mujer casta y honrada, y que todo el
honor de las mujeres consiste en la opiniÛn buena que dellas se tiene; y,
pues la de tu esposa es tal que llega al estremo de bondad que sabes, øpara
quÈ quieres poner esta verdad en duda? Mira, amigo, que la mujer es animal

Book of the day: