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Don Quijote by Miguel de Cervantes [Saavedra] [in Spanish]

Part 2 out of 19

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en tÛn su nombre.

-AsÌ es -dijo don Quijote-; que Èse es un sabio encantador, grande enemigo
mÌo, que me tiene ojeriza, porque sabe por sus artes y letras que tengo de
venir, andando los tiempos, a pelear en singular batalla con un caballero a
quien Èl favorece, y le tengo de vencer, sin que Èl lo pueda estorbar, y
por esto procura hacerme todos los sinsabores que puede; y m·ndole yo que
mal podr· Èl contradecir ni evitar lo que por el cielo est· ordenado.

-øQuiÈn duda de eso? -dijo la sobrina-. Pero, øquiÈn le mete a vuestra
merced, seÒor tÌo, en esas pendencias? øNo ser· mejor estarse pacÌfico en
su casa y no irse por el mundo a buscar pan de trastrigo, sin considerar
que muchos van por lana y vuelven tresquilados?

-°Oh sobrina mÌa -respondiÛ don Quijote-, y cu·n mal que est·s en la
cuenta! Primero que a mÌ me tresquilen, tendrÈ peladas y quitadas las
barbas a cuantos imaginaren tocarme en la punta de un solo cabello.

No quisieron las dos replicarle m·s, porque vieron que se le encendÌa la
cÛlera.

Es, pues, el caso que Èl estuvo quince dÌas en casa muy sosegado, sin dar
muestras de querer segundar sus primeros devaneos, en los cuales dÌas pasÛ
graciosÌsimos cuentos con sus dos compadres el cura y el barbero, sobre que
Èl decÌa que la cosa de que m·s necesidad tenÌa el mundo era de caballeros
andantes y de que en Èl se resucitase la caballerÌa andantesca. El cura
algunas veces le contradecÌa y otras concedÌa, porque si no guardaba este
artificio, no habÌa poder averiguarse con Èl.

En este tiempo, solicitÛ don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre de
bien -si es que este tÌtulo se puede dar al que es pobre-, pero de muy poca
sal en la mollera. En resoluciÛn, tanto le dijo, tanto le persuadiÛ y
prometiÛ, que el pobre villano se determinÛ de salirse con Èl y servirle de
escudero. DecÌale, entre otras cosas, don Quijote que se dispusiese a ir
con Èl de buena gana, porque tal vez le podÌa suceder aventura que ganase,
en quÌtame all· esas pajas, alguna Ìnsula, y le dejase a Èl por gobernador
della. Con estas promesas y otras tales, Sancho Panza, que asÌ se llamaba
el labrador, dejÛ su mujer y hijos y asentÛ por escudero de su vecino.

Dio luego don Quijote orden en buscar dineros; y, vendiendo una cosa y
empeÒando otra, y malbarat·ndolas todas, llegÛ una razonable cantidad.
AcomodÛse asimesmo de una rodela, que pidiÛ prestada a un su amigo, y,
pertrechando su rota celada lo mejor que pudo, avisÛ a su escudero Sancho
del dÌa y la hora que pensaba ponerse en camino, para que Èl se acomodase
de lo que viese que m·s le era menester. Sobre todo le encargÛ que llevase
alforjas; e dijo que sÌ llevarÌa, y que ansimesmo pensaba llevar un asno
que tenÌa muy bueno, porque Èl no estaba duecho a andar mucho a pie. En lo
del asno reparÛ un poco don Quijote, imaginando si se le acordaba si alg˙n
caballero andante habÌa traÌdo escudero caballero asnalmente, pero nunca le
vino alguno a la memoria; mas, con todo esto, determinÛ que le llevase, con
presupuesto de acomodarle de m·s honrada caballerÌa en habiendo ocasiÛn
para ello, quit·ndole el caballo al primer descortÈs caballero que topase.
ProveyÛse de camisas y de las dem·s cosas que Èl pudo, conforme al consejo
que el ventero le habÌa dado; todo lo cual hecho y cumplido, sin despedirse
Panza de sus hijos y mujer, ni don Quijote de su ama y sobrina, una noche
se salieron del lugar sin que persona los viese; en la cual caminaron
tanto, que al amanecer se tuvieron por seguros de que no los hallarÌan
aunque los buscasen.

Iba Sancho Panza sobre su jumento como un patriarca, con sus alforjas y su
bota, y con mucho deseo de verse ya gobernador de la Ìnsula que su amo le
habÌa prometido. AcertÛ don Quijote a tomar la misma derrota y camino que
el que Èl habÌa tomado en su primer viaje, que fue por el campo de Montiel,
por el cual caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque, por
ser la hora de la maÒana y herirles a soslayo los rayos del sol, no les
fatigaban. Dijo en esto Sancho Panza a su amo:

-Mire vuestra merced, seÒor caballero andante, que no se le olvide lo que
de la Ìnsula me tiene prometido; que yo la sabrÈ gobernar, por grande que
sea.

A lo cual le respondiÛ don Quijote:

-Has de saber, amigo Sancho Panza, que fue costumbre muy usada de los
caballeros andantes antiguos hacer gobernadores a sus escuderos de las
Ìnsulas o reinos que ganaban, y yo tengo determinado de que por mÌ no falte
tan agradecida usanza; antes, pienso aventajarme en ella: porque ellos
algunas veces, y quiz· las m·s, esperaban a que sus escuderos fuesen
viejos; y, ya despuÈs de hartos de servir y de llevar malos dÌas y peores
noches, les daban alg˙n tÌtulo de conde, o, por lo mucho, de marquÈs, de
alg˙n valle o provincia de poco m·s a menos; pero, si t˙ vives y yo vivo,
bien podrÌa ser que antes de seis dÌas ganase yo tal reino que tuviese
otros a Èl adherentes, que viniesen de molde para coronarte por rey de uno
dellos. Y no lo tengas a mucho, que cosas y casos acontecen a los tales
caballeros, por modos tan nunca vistos ni pensados, que con facilidad te
podrÌa dar a˙n m·s de lo que te prometo.

-De esa manera -respondiÛ Sancho Panza-, si yo fuese rey por alg˙n milagro
de los que vuestra merced dice, por lo menos, Juana GutiÈrrez, mi oÌslo,
vendrÌa a ser reina, y mis hijos infantes.

-Pues, øquiÈn lo duda? -respondiÛ don Quijote.

-Yo lo dudo -replicÛ Sancho Panza-; porque tengo para mÌ que, aunque
lloviese Dios reinos sobre la tierra, ninguno asentarÌa bien sobre la
cabeza de Mari GutiÈrrez. Sepa, seÒor, que no vale dos maravedÌs para
reina; condesa le caer· mejor, y aun Dios y ayuda.

-EncomiÈndalo t˙ a Dios, Sancho -respondiÛ don Quijote-, que …l dar· lo que
m·s le convenga, pero no apoques tu ·nimo tanto, que te vengas a contentar
con menos que con ser adelantado.

-No lo harÈ, seÒor mÌo -respondiÛ Sancho-; y m·s teniendo tan principal amo
en vuestra merced, que me sabr· dar todo aquello que me estÈ bien y yo
pueda llevar.

CapÌtulo VIII. Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la
espantable y jam·s imaginada aventura de los molinos de viento, con otros
sucesos dignos de felice recordaciÛn

En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel
campo; y, asÌ como don Quijote los vio, dijo a su escudero:

-La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acert·ramos a desear,
porque ves allÌ, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta, o pocos
m·s, desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a
todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que Èsta es
buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre
la faz de la tierra.

-øQuÈ gigantes? -dijo Sancho Panza.

-Aquellos que allÌ ves -respondiÛ su amo- de los brazos largos, que los
suelen tener algunos de casi dos leguas.

-Mire vuestra merced -respondiÛ Sancho- que aquellos que allÌ se parecen no
son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son
las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.

-Bien parece -respondiÛ don Quijote- que no est·s cursado en esto de las
aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo, quÌtate de ahÌ, y ponte
en oraciÛn en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual
batalla.

Y, diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las
voces que su escudero Sancho le daba, advirtiÈndole que, sin duda alguna,
eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero Èl
iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oÌa las voces de su escudero
Sancho ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes,
iba diciendo en voces altas:

-Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que
os acomete.

LevantÛse en esto un poco de viento y las grandes aspas comenzaron a
moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo:

-Pues, aunque mov·is m·s brazos que los del gigante Briareo, me lo habÈis
de pagar.

Y, en diciendo esto, y encomend·ndose de todo corazÛn a su seÒora Dulcinea,
pidiÈndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con
la lanza en el ristre, arremetiÛ a todo el galope de Rocinante y embistiÛ
con el primero molino que estaba delante; y, d·ndole una lanzada en el
aspa, la volviÛ el viento con tanta furia que hizo la lanza pedazos,
llev·ndose tras sÌ al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho
por el campo. AcudiÛ Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su
asno, y cuando llegÛ hallÛ que no se podÌa menear: tal fue el golpe que dio
con Èl Rocinante.

-°V·lame Dios! -dijo Sancho-. øNo le dije yo a vuestra merced que mirase
bien lo que hacÌa, que no eran sino molinos de viento, y no lo podÌa
ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?

-Calla, amigo Sancho -respondiÛ don Quijote-, que las cosas de la guerra,
m·s que otras, est·n sujetas a continua mudanza; cuanto m·s, que yo pienso,
y es asÌ verdad, que aquel sabio FrestÛn que me robÛ el aposento y los
libros ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su
vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas, al cabo al cabo, han de
poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.

-Dios lo haga como puede -respondiÛ Sancho Panza.

Y, ayud·ndole a levantar, tornÛ a subir sobre Rocinante, que medio
despaldado estaba. Y, hablando en la pasada aventura, siguieron el camino
del Puerto L·pice, porque allÌ decÌa don Quijote que no era posible dejar
de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero; sino
que iba muy pesaroso por haberle faltado la lanza; y, diciÈndoselo a su
escudero, le dijo:

-Yo me acuerdo haber leÌdo que un caballero espaÒol, llamado Diego PÈrez de
Vargas, habiÈndosele en una batalla roto la espada, desgajÛ de una encina
un pesado ramo o tronco, y con Èl hizo tales cosas aquel dÌa, y machacÛ
tantos moros, que le quedÛ por sobrenombre Machuca, y asÌ Èl como sus
decendientes se llamaron, desde aquel dÌa en adelante, Vargas y Machuca.
Hete dicho esto, porque de la primera encina o roble que se me depare
pienso desgajar otro tronco tal y tan bueno como aquÈl, que me imagino y
pienso hacer con Èl tales hazaÒas, que t˙ te tengas por bien afortunado de
haber merecido venir a vellas y a ser testigo de cosas que apenas podr·n
ser creÌdas.

-A la mano de Dios -dijo Sancho-; yo lo creo todo asÌ como vuestra merced
lo dice; pero enderÈcese un poco, que parece que va de medio lado, y debe
de ser del molimiento de la caÌda.

-AsÌ es la verdad -respondiÛ don Quijote-; y si no me quejo del dolor, es
porque no es dado a los caballeros andantes quejarse de herida alguna,
aunque se le salgan las tripas por ella.

-Si eso es asÌ, no tengo yo quÈ replicar -respondiÛ Sancho-, pero sabe Dios
si yo me holgara que vuestra merced se quejara cuando alguna cosa le
doliera. De mÌ sÈ decir que me he de quejar del m·s pequeÒo dolor que
tenga, si ya no se entiende tambiÈn con los escuderos de los caballeros
andantes eso del no quejarse.

No se dejÛ de reÌr don Quijote de la simplicidad de su escudero; y asÌ, le
declarÛ que podÌa muy bien quejarse, como y cuando quisiese, sin gana o con
ella; que hasta entonces no habÌa leÌdo cosa en contrario en la orden de
caballerÌa. DÌjole Sancho que mirase que era hora de comer. RespondiÛle su
amo que por entonces no le hacÌa menester; que comiese Èl cuando se le
antojase. Con esta licencia, se acomodÛ Sancho lo mejor que pudo sobre su
jumento, y, sacando de las alforjas lo que en ellas habÌa puesto, iba
caminando y comiendo detr·s de su amo muy de su espacio, y de cuando en
cuando empinaba la bota, con tanto gusto, que le pudiera envidiar el m·s
regalado bodegonero de M·laga. Y, en tanto que Èl iba de aquella manera
menudeando tragos, no se le acordaba de ninguna promesa que su amo le
hubiese hecho, ni tenÌa por ning˙n trabajo, sino por mucho descanso, andar
buscando las aventuras, por peligrosas que fuesen.

En resoluciÛn, aquella noche la pasaron entre unos ·rboles, y del uno
dellos desgajÛ don Quijote un ramo seco que casi le podÌa servir de lanza,
y puso en Èl el hierro que quitÛ de la que se le habÌa quebrado. Toda
aquella noche no durmiÛ don Quijote, pensando en su seÒora Dulcinea, por
acomodarse a lo que habÌa leÌdo en sus libros, cuando los caballeros
pasaban sin dormir muchas noches en las florestas y despoblados,
entretenidos con las memorias de sus seÒoras. No la pasÛ ansÌ Sancho Panza,
que, como tenÌa el estÛmago lleno, y no de agua de chicoria, de un sueÒo se
la llevÛ toda; y no fueran parte para despertarle, si su amo no lo llamara,
los rayos del sol, que le daban en el rostro, ni el canto de las aves, que,
muchas y muy regocijadamente, la venida del nuevo dÌa saludaban. Al
levantarse dio un tiento a la bota, y hallÛla algo m·s flaca que la noche
antes; y afligiÛsele el corazÛn, por parecerle que no llevaban camino de
remediar tan presto su falta. No quiso desayunarse don Quijote, porque,
como est· dicho, dio en sustentarse de sabrosas memorias. Tornaron a su
comenzado camino del Puerto L·pice, y a obra de las tres del dÌa le
descubrieron.

-AquÌ -dijo, en viÈndole, don Quijote- podemos, hermano Sancho Panza, meter
las manos hasta los codos en esto que llaman aventuras. Mas advierte que,
aunque me veas en los mayores peligros del mundo, no has de poner mano a tu
espada para defenderme, si ya no vieres que los que me ofenden es canalla y
gente baja, que en tal caso bien puedes ayudarme; pero si fueren
caballeros, en ninguna manera te es lÌcito ni concedido por las leyes de
caballerÌa que me ayudes, hasta que seas armado caballero.

-Por cierto, seÒor -respondiÛ Sancho-, que vuestra merced sea muy bien
obedicido en esto; y m·s, que yo de mÌo me soy pacÌfico y enemigo de
meterme en ruidos ni pendencias. Bien es verdad que, en lo que tocare a
defender mi persona, no tendrÈ mucha cuenta con esas leyes, pues las
divinas y humanas permiten que cada uno se defienda de quien quisiere
agraviarle.

-No digo yo menos -respondiÛ don Quijote-; pero, en esto de ayudarme contra
caballeros, has de tener a raya tus naturales Ìmpetus.

-Digo que asÌ lo harÈ -respondiÛ Sancho-, y que guardarÈ ese preceto tan
bien como el dÌa del domingo.

Estando en estas razones, asomaron por el camino dos frailes de la orden de
San Benito, caballeros sobre dos dromedarios: que no eran m·s pequeÒas dos
mulas en que venÌan. TraÌan sus antojos de camino y sus quitasoles. Detr·s
dellos venÌa un coche, con cuatro o cinco de a caballo que le acompaÒaban y
dos mozos de mulas a pie. VenÌa en el coche, como despuÈs se supo, una
seÒora vizcaÌna, que iba a Sevilla, donde estaba su marido, que pasaba a
las Indias con un muy honroso cargo. No venÌan los frailes con ella, aunque
iban el mesmo camino; mas, apenas los divisÛ don Quijote, cuando dijo a su
escudero:

-O yo me engaÒo, o Èsta ha de ser la m·s famosa aventura que se haya visto;
porque aquellos bultos negros que allÌ parecen deben de ser, y son sin
duda, algunos encantadores que llevan hurtada alguna princesa en aquel
coche, y es menester deshacer este tuerto a todo mi poderÌo.

-Peor ser· esto que los molinos de viento -dijo Sancho-. Mire, seÒor, que
aquÈllos son frailes de San Benito, y el coche debe de ser de alguna gente
pasajera. Mire que digo que mire bien lo que hace, no sea el diablo que le
engaÒe.

-Ya te he dicho, Sancho -respondiÛ don Quijote-, que sabes poco de achaque
de aventuras; lo que yo digo es verdad, y ahora lo ver·s.

Y, diciendo esto, se adelantÛ y se puso en la mitad del camino por donde
los frailes venÌan, y, en llegando tan cerca que a Èl le pareciÛ que le
podrÌan oÌr lo que dijese, en alta voz dijo:

-Gente endiablada y descomunal, dejad luego al punto las altas princesas
que en ese coche llev·is forzadas; si no, aparejaos a recebir presta
muerte, por justo castigo de vuestras malas obras.

Detuvieron los frailes las riendas, y quedaron admirados, asÌ de la figura
de don Quijote como de sus razones, a las cuales respondieron:

-SeÒor caballero, nosotros no somos endiablados ni descomunales, sino dos
religiosos de San Benito que vamos nuestro camino, y no sabemos si en este
coche vienen, o no, ningunas forzadas princesas.

-Para conmigo no hay palabras blandas, que ya yo os conozco, fementida
canalla -dijo don Quijote.

Y, sin esperar m·s respuesta, picÛ a Rocinante y, la lanza baja, arremetiÛ
contra el primero fraile, con tanta furia y denuedo que, si el fraile no se
dejara caer de la mula, Èl le hiciera venir al suelo mal de su grado, y aun
malferido, si no cayera muerto. El segundo religioso, que vio del modo que
trataban a su compaÒero, puso piernas al castillo de su buena mula, y
comenzÛ a correr por aquella campaÒa, m·s ligero que el mesmo viento.

Sancho Panza, que vio en el suelo al fraile, ape·ndose ligeramente de su
asno, arremetiÛ a Èl y le comenzÛ a quitar los h·bitos. Llegaron en esto
dos mozos de los frailes y pregunt·ronle que por quÈ le desnudaba.
RespondiÛles Sancho que aquello le tocaba a Èl ligÌtimamente, como despojos
de la batalla que su seÒor don Quijote habÌa ganado. Los mozos, que no
sabÌan de burlas, ni entendÌan aquello de despojos ni batallas, viendo que
ya don Quijote estaba desviado de allÌ, hablando con las que en el coche
venÌan, arremetieron con Sancho y dieron con Èl en el suelo; y, sin dejarle
pelo en las barbas, le molieron a coces y le dejaron tendido en el suelo
sin aliento ni sentido. Y, sin detenerse un punto, tornÛ a subir el fraile,
todo temeroso y acobardado y sin color en el rostro; y, cuando se vio a
caballo, picÛ tras su compaÒero, que un buen espacio de allÌ le estaba
aguardando, y esperando en quÈ paraba aquel sobresalto; y, sin querer
aguardar el fin de todo aquel comenzado suceso, siguieron su camino,
haciÈndose m·s cruces que si llevaran al diablo a las espaldas.

Don Quijote estaba, como se ha dicho, hablando con la seÒora del coche,
diciÈndole:

-La vuestra fermosura, seÒora mÌa, puede facer de su persona lo que m·s le
viniere en talante, porque ya la soberbia de vuestros robadores yace por el
suelo, derribada por este mi fuerte brazo; y, porque no penÈis por saber el
nombre de vuestro libertador, sabed que yo me llamo don Quijote de la
Mancha, caballero andante y aventurero, y cautivo de la sin par y hermosa
doÒa Dulcinea del Toboso; y, en pago del beneficio que de mÌ habÈis
recebido, no quiero otra cosa sino que volv·is al Toboso, y que de mi parte
os presentÈis ante esta seÒora y le dig·is lo que por vuestra libertad he
fecho.

Todo esto que don Quijote decÌa escuchaba un escudero de los que el coche
acompaÒaban, que era vizcaÌno; el cual, viendo que no querÌa dejar pasar el
coche adelante, sino que decÌa que luego habÌa de dar la vuelta al Toboso,
se fue para don Quijote y, asiÈndole de la lanza, le dijo, en mala lengua
castellana y peor vizcaÌna, desta manera:

-Anda, caballero que mal andes; por el Dios que criÛme, que, si no dejas
coche, asÌ te matas como est·s ahÌ vizcaÌno.

EntendiÛle muy bien don Quijote, y con mucho sosiego le respondiÛ:

-Si fueras caballero, como no lo eres, ya yo hubiera castigado tu sandez y
atrevimiento, cautiva criatura.

A lo cual replicÛ el vizcaÌno:

-øYo no caballero? Juro a Dios tan mientes como cristiano. Si lanza
arrojas y espada sacas, °el agua cu·n presto ver·s que al gato llevas!
VizcaÌno por tierra, hidalgo por mar, hidalgo por el diablo; y mientes que
mira si otra dices cosa.

-°Ahora lo veredes, dijo Agrajes! -respondiÛ don Quijote.

Y, arrojando la lanza en el suelo, sacÛ su espada y embrazÛ su rodela, y
arremetiÛ al vizcaÌno con determinaciÛn de quitarle la vida. El vizcaÌno,
que asÌ le vio venir, aunque quisiera apearse de la mula, que, por ser de
las malas de alquiler, no habÌa que fiar en ella, no pudo hacer otra cosa
sino sacar su espada; pero avÌnole bien que se hallÛ junto al coche, de
donde pudo tomar una almohada que le sirviÛ de escudo, y luego se fueron el
uno para el otro, como si fueran dos mortales enemigos. La dem·s gente
quisiera ponerlos en paz, mas no pudo, porque decÌa el vizcaÌno en sus mal
trabadas razones que si no le dejaban acabar su batalla, que Èl mismo habÌa
de matar a su ama y a toda la gente que se lo estorbase. La seÒora del
coche, admirada y temerosa de lo que veÌa, hizo al cochero que se desviase
de allÌ alg˙n poco, y desde lejos se puso a mirar la rigurosa contienda, en
el discurso de la cual dio el vizcaÌno una gran cuchillada a don Quijote
encima de un hombro, por encima de la rodela, que, a d·rsela sin defensa,
le abriera hasta la cintura. Don Quijote, que sintiÛ la pesadumbre de aquel
desaforado golpe, dio una gran voz, diciendo:

-°Oh seÒora de mi alma, Dulcinea, flor de la fermosura, socorred a este
vuestro caballero, que, por satisfacer a la vuestra mucha bondad, en este
riguroso trance se halla!

El decir esto, y el apretar la espada, y el cubrirse bien de su rodela, y
el arremeter al vizcaÌno, todo fue en un tiempo, llevando determinaciÛn de
aventurarlo todo a la de un golpe solo.

El vizcaÌno, que asÌ le vio venir contra Èl, bien entendiÛ por su denuedo
su coraje, y determinÛ de hacer lo mesmo que don Quijote; y asÌ, le aguardÛ
bien cubierto de su almohada, sin poder rodear la mula a una ni a otra
parte; que ya, de puro cansada y no hecha a semejantes niÒerÌas, no podÌa
dar un paso.

VenÌa, pues, como se ha dicho, don Quijote contra el cauto vizcaÌno, con la
espada en alto, con determinaciÛn de abrirle por medio, y el vizcaÌno le
aguardaba ansimesmo levantada la espada y aforrado con su almohada, y todos
los circunstantes estaban temerosos y colgados de lo que habÌa de suceder
de aquellos tamaÒos golpes con que se amenazaban; y la seÒora del coche y
las dem·s criadas suyas estaban haciendo mil votos y ofrecimientos a todas
las im·genes y casas de devociÛn de EspaÒa, porque Dios librase a su
escudero y a ellas de aquel tan grande peligro en que se hallaban.

Pero est· el daÒo de todo esto que en este punto y tÈrmino deja pendiente
el autor desta historia esta batalla, disculp·ndose que no hallÛ m·s
escrito destas hazaÒas de don Quijote de las que deja referidas. Bien es
verdad que el segundo autor desta obra no quiso creer que tan curiosa
historia estuviese entregada a las leyes del olvido, ni que hubiesen sido
tan poco curiosos los ingenios de la Mancha que no tuviesen en sus archivos
o en sus escritorios algunos papeles que deste famoso caballero tratasen; y
asÌ, con esta imaginaciÛn, no se desesperÛ de hallar el fin desta apacible
historia, el cual, siÈndole el cielo favorable, le hallÛ del modo que se
contar· en la segunda parte.

Segunda parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

CapÌtulo IX. Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el
gallardo vizcaÌno y el valiente manchego tuvieron

Dejamos en la primera parte desta historia al valeroso vizcaÌno y al famoso
don Quijote con las espadas altas y desnudas, en guisa de descargar dos
furibundos fendientes, tales que, si en lleno se acertaban, por lo menos
se dividirÌan y fenderÌan de arriba abajo y abrirÌan como una granada; y
que en aquel punto tan dudoso parÛ y quedÛ destroncada tan sabrosa
historia, sin que nos diese noticia su autor dÛnde se podrÌa hallar lo que
della faltaba.

CausÛme esto mucha pesadumbre, porque el gusto de haber leÌdo tan poco se
volvÌa en disgusto, de pensar el mal camino que se ofrecÌa para hallar lo
mucho que, a mi parecer, faltaba de tan sabroso cuento. PareciÛme cosa
imposible y fuera de toda buena costumbre que a tan buen caballero le
hubiese faltado alg˙n sabio que tomara a cargo el escrebir sus nunca vistas
hazaÒas, cosa que no faltÛ a ninguno de los caballeros andantes,

de los que dicen las gentes

que van a sus aventuras,

porque cada uno dellos tenÌa uno o dos sabios, como de molde, que no
solamente escribÌan sus hechos, sino que pintaban sus m·s mÌnimos
pensamientos y niÒerÌas, por m·s escondidas que fuesen; y no habÌa de ser
tan desdichado tan buen caballero, que le faltase a Èl lo que sobrÛ a
Platir y a otros semejantes. Y asÌ, no podÌa inclinarme a creer que tan
gallarda historia hubiese quedado manca y estropeada; y echaba la culpa a
la malignidad del tiempo, devorador y consumidor de todas las cosas, el
cual, o la tenÌa oculta o consumida.

Por otra parte, me parecÌa que, pues entre sus libros se habÌan hallado tan
modernos como DesengaÒo de celos y Ninfas y Pastores de Henares, que
tambiÈn su historia debÌa de ser moderna; y que, ya que no estuviese
escrita, estarÌa en la memoria de la gente de su aldea y de las a ella
circunvecinas. Esta imaginaciÛn me traÌa confuso y deseoso de saber, real y
verdaderamente, toda la vida y milagros de nuestro famoso espaÒol don
Quijote de la Mancha, luz y espejo de la caballerÌa manchega, y el primero
que en nuestra edad y en estos tan calamitosos tiempos se puso al trabajo y
ejercicio de las andantes armas, y al desfacer agravios, socorrer viudas,
amparar doncellas, de aquellas que andaban con sus azotes y palafrenes, y
con toda su virginidad a cuestas, de monte en monte y de valle en valle;
que, si no era que alg˙n follÛn, o alg˙n villano de hacha y capellina, o
alg˙n descomunal gigante las forzaba, doncella hubo en los pasados tiempos
que, al cabo de ochenta aÒos, que en todos ellos no durmiÛ un dÌa debajo de
tejado, y se fue tan entera a la sepultura como la madre que la habÌa
parido. Digo, pues, que, por estos y otros muchos respetos, es digno
nuestro gallardo Quijote de continuas y memorables alabanzas; y aun a mÌ no
se me deben negar, por el trabajo y diligencia que puse en buscar el fin
desta agradable historia; aunque bien sÈ que si el cielo, el caso y la
fortuna no me ayudan, el mundo quedar· falto y sin el pasatiempo y gusto
que bien casi dos horas podr· tener el que con atenciÛn la leyere. PasÛ,
pues, el hallarla en esta manera:

Estando yo un dÌa en el Alcan· de Toledo, llegÛ un muchacho a vender unos
cartapacios y papeles viejos a un sedero; y, como yo soy aficionado a leer,
aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural
inclinaciÛn, tomÈ un cartapacio de los que el muchacho vendÌa, y vile con
caracteres que conocÌ ser ar·bigos. Y, puesto que, aunque los conocÌa, no
los sabÌa leer, anduve mirando si parecÌa por allÌ alg˙n morisco aljamiado
que los leyese; y no fue muy dificultoso hallar intÈrprete semejante, pues,
aunque le buscara de otra mejor y m·s antigua lengua, le hallara. En fin,
la suerte me deparÛ uno, que, diciÈndole mi deseo y poniÈndole el libro en
las manos, le abriÛ por medio, y, leyendo un poco en Èl, se comenzÛ a reÌr.

PreguntÈle yo que de quÈ se reÌa, y respondiÛme que de una cosa que tenÌa
aquel libro escrita en el margen por anotaciÛn. DÌjele que me la dijese; y
Èl, sin dejar la risa, dijo:

-Est·, como he dicho, aquÌ en el margen escrito esto: "Esta Dulcinea del
Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor
mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha".

Cuando yo oÌ decir "Dulcinea del Toboso", quedÈ atÛnito y suspenso, porque
luego se me representÛ que aquellos cartapacios contenÌan la historia de
don Quijote. Con esta imaginaciÛn, le di priesa que leyese el principio, y,
haciÈndolo ansÌ, volviendo de improviso el ar·bigo en castellano, dijo que
decÌa: Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete
Benengeli, historiador ar·bigo. Mucha discreciÛn fue menester para
disimular el contento que recebÌ cuando llegÛ a mis oÌdos el tÌtulo del
libro; y, salte·ndosele al sedero, comprÈ al muchacho todos los papeles y
cartapacios por medio real; que, si Èl tuviera discreciÛn y supiera lo que
yo los deseaba, bien se pudiera prometer y llevar m·s de seis reales de la
compra. ApartÈme luego con el morisco por el claustro de la iglesia mayor,
y roguÈle me volviese aquellos cartapacios, todos los que trataban de don
Quijote, en lengua castellana, sin quitarles ni aÒadirles nada,
ofreciÈndole la paga que Èl quisiese. ContentÛse con dos arrobas de pasas y
dos fanegas de trigo, y prometiÛ de traducirlos bien y fielmente y con
mucha brevedad. Pero yo, por facilitar m·s el negocio y por no dejar de la
mano tan buen hallazgo, le truje a mi casa, donde en poco m·s de mes y
medio la tradujo toda, del mesmo modo que aquÌ se refiere.

Estaba en el primero cartapacio, pintada muy al natural, la batalla de don
Quijote con el vizcaÌno, puestos en la mesma postura que la historia
cuenta, levantadas las espadas, el uno cubierto de su rodela, el otro de la
almohada, y la mula del vizcaÌno tan al vivo, que estaba mostrando ser de
alquiler a tiro de ballesta. TenÌa a los pies escrito el vizcaÌno un tÌtulo
que decÌa: Don Sancho de Azpetia, que, sin duda, debÌa de ser su nombre, y
a los pies de Rocinante estaba otro que decÌa: Don Quijote. Estaba
Rocinante maravillosamente pintado, tan largo y tendido, tan atenuado y
flaco, con tanto espinazo, tan hÈtico confirmado, que mostraba bien al
descubierto con cu·nta advertencia y propriedad se le habÌa puesto el
nombre de Rocinante. Junto a Èl estaba Sancho Panza, que tenÌa del cabestro
a su asno, a los pies del cual estaba otro rÈtulo que decÌa: Sancho Zancas,
y debÌa de ser que tenÌa, a lo que mostraba la pintura, la barriga grande,
el talle corto y las zancas largas; y por esto se le debiÛ de poner nombre
de Panza y de Zancas, que con estos dos sobrenombres le llama algunas veces
la historia. Otras algunas menudencias habÌa que advertir, pero todas son
de poca importancia y que no hacen al caso a la verdadera relaciÛn de la
historia; que ninguna es mala como sea verdadera.

Si a Èsta se le puede poner alguna objeciÛn cerca de su verdad, no podr·
ser otra sino haber sido su autor ar·bigo, siendo muy propio de los de
aquella naciÛn ser mentirosos; aunque, por ser tan nuestros enemigos, antes
se puede entender haber quedado falto en ella que demasiado. Y ansÌ me
parece a mÌ, pues, cuando pudiera y debiera estender la pluma en las
alabanzas de tan buen caballero, parece que de industria las pasa en
silencio: cosa mal hecha y peor pensada, habiendo y debiendo ser los
historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el
interÈs ni el miedo, el rancor ni la aficiÛn, no les hagan torcer del
camino de la verdad, cuya madre es la historia, Èmula del tiempo, depÛsito
de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente,
advertencia de lo por venir. En Èsta sÈ que se hallar· todo lo que se
acertare a desear en la m·s apacible; y si algo bueno en ella faltare, para
mÌ tengo que fue por culpa del galgo de su autor, antes que por falta del
sujeto. En fin, su segunda parte, siguiendo la traduciÛn, comenzaba desta
manera:

Puestas y levantadas en alto las cortadoras espadas de los dos valerosos y
enojados combatientes, no parecÌa sino que estaban amenazando al cielo, a
la tierra y al abismo: tal era el denuedo y continente que tenÌan. Y el
primero que fue a descargar el golpe fue el colÈrico vizcaÌno, el cual fue
dado con tanta fuerza y tanta furia que, a no volvÈrsele la espada en el
camino, aquel solo golpe fuera bastante para dar fin a su rigurosa
contienda y a todas las aventuras de nuestro caballero; mas la buena
suerte, que para mayores cosas le tenÌa guardado, torciÛ la espada de su
contrario, de modo que, aunque le acertÛ en el hombro izquierdo, no le hizo
otro daÒo que desarmarle todo aquel lado, llev·ndole de camino gran parte
de la celada, con la mitad de la oreja; que todo ello con espantosa ruina
vino al suelo, dej·ndole muy maltrecho.

°V·lame Dios, y quiÈn ser· aquel que buenamente pueda contar ahora la rabia
que entrÛ en el corazÛn de nuestro manchego, viÈndose parar de aquella
manera! No se diga m·s, sino que fue de manera que se alzÛ de nuevo en los
estribos, y, apretando m·s la espada en las dos manos, con tal furia
descargÛ sobre el vizcaÌno, acert·ndole de lleno sobre la almohada y sobre
la cabeza, que, sin ser parte tan buena defensa, como si cayera sobre Èl
una montaÒa, comenzÛ a echar sangre por las narices, y por la boca y por
los oÌdos, y a dar muestras de caer de la mula abajo, de donde cayera, sin
duda, si no se abrazara con el cuello; pero, con todo eso, sacÛ los pies de
los estribos y luego soltÛ los brazos; y la mula, espantada del terrible
golpe, dio a correr por el campo, y a pocos corcovos dio con su dueÒo en
tierra.

Est·baselo con mucho sosiego mirando don Quijote, y, como lo vio caer,
saltÛ de su caballo y con mucha ligereza se llegÛ a Èl, y, poniÈndole la
punta de la espada en los ojos, le dijo que se rindiese; si no, que le
cortarÌa la cabeza. Estaba el vizcaÌno tan turbado que no podÌa responder
palabra, y Èl lo pasara mal, seg˙n estaba ciego don Quijote, si las seÒoras
del coche, que hasta entonces con gran desmayo habÌan mirado la pendencia,
no fueran adonde estaba y le pidieran con mucho encarecimiento les hiciese
tan gran merced y favor de perdonar la vida a aquel su escudero. A lo cual
don Quijote respondiÛ, con mucho entono y gravedad:

-Por cierto, fermosas seÒoras, yo soy muy contento de hacer lo que me
pedÌs; mas ha de ser con una condiciÛn y concierto, y es que este caballero
me ha de prometer de ir al lugar del Toboso y presentarse de mi parte ante
la sin par doÒa Dulcinea, para que ella haga dÈl lo que m·s fuere de su
voluntad.

La temerosa y desconsolada seÒora, sin entrar en cuenta de lo que don
Quijote pedÌa, y sin preguntar quiÈn Dulcinea fuese, le prometiÛ que el
escudero harÌa todo aquello que de su parte le fuese mandado.

-Pues en fe de esa palabra, yo no le harÈ m·s daÒo, puesto que me lo tenÌa
bien merecido.

CapÌtulo X. De lo que m·s le avino a don Quijote con el vizcaÌno, y del
peligro en que se vio con una turba de yang¸eses

Ya en este tiempo se habÌa levantado Sancho Panza, algo maltratado de los
mozos de los frailes, y habÌa estado atento a la batalla de su seÒor don
Quijote, y rogaba a Dios en su corazÛn fuese servido de darle vitoria y que
en ella ganase alguna Ìnsula de donde le hiciese gobernador, como se lo
habÌa prometido. Viendo, pues, ya acabada la pendencia, y que su amo volvÌa
a subir sobre Rocinante, llegÛ a tenerle el estribo; y antes que subiese se
hincÛ de rodillas delante dÈl, y, asiÈndole de la mano, se la besÛ y le
dijo:

-Sea vuestra merced servido, seÒor don Quijote mÌo, de darme el gobierno de
la Ìnsula que en esta rigurosa pendencia se ha ganado; que, por grande que
sea, yo me siento con fuerzas de saberla gobernar tal y tan bien como otro
que haya gobernado Ìnsulas en el mundo.

A lo cual respondiÛ don Quijote:

-Advertid, hermano Sancho, que esta aventura y las a Èsta semejantes no
son aventuras de Ìnsulas, sino de encrucijadas, en las cuales no se gana
otra cosa que sacar rota la cabeza o una oreja menos. Tened paciencia, que
aventuras se ofrecer·n donde no solamente os pueda hacer gobernador, sino
m·s adelante.

AgradeciÛselo mucho Sancho, y, bes·ndole otra vez la mano y la falda de la
loriga, le ayudÛ a subir sobre Rocinante; y Èl subiÛ sobre su asno y
comenzÛ a seguir a su seÒor, que, a paso tirado, sin despedirse ni hablar
m·s con las del coche, se entrÛ por un bosque que allÌ junto estaba.
SeguÌale Sancho a todo el trote de su jumento, pero caminaba tanto
Rocinante que, viÈndose quedar atr·s, le fue forzoso dar voces a su amo que
se aguardase. HÌzolo asÌ don Quijote, teniendo las riendas a Rocinante
hasta que llegase su cansado escudero, el cual, en llegando, le dijo:

-ParÈceme, seÒor, que serÌa acertado irnos a retraer a alguna iglesia; que,
seg˙n quedÛ maltrecho aquel con quien os combatistes, no ser· mucho que den
noticia del caso a la Santa Hermandad y nos prendan; y a fe que si lo
hacen, que primero que salgamos de la c·rcel que nos ha de sudar el hopo.

-Calla -dijo don Quijote-. Y ødÛnde has visto t˙, o leÌdo jam·s, que
caballero andante haya sido puesto ante la justicia, por m·s homicidios que
hubiese cometido?

-Yo no sÈ nada de omecillos -respondiÛ Sancho-, ni en mi vida le catÈ a
ninguno; sÛlo sÈ que la Santa Hermandad tiene que ver con los que pelean en
el campo, y en esotro no me entremeto.

-Pues no tengas pena, amigo -respondiÛ don Quijote-, que yo te sacarÈ de
las manos de los caldeos, cuanto m·s de las de la Hermandad. Pero dime, por
tu vida: øhas visto m·s valeroso caballero que yo en todo lo descubierto de
la tierra? øHas leÌdo en historias otro que tenga ni haya tenido m·s brÌo
en acometer, m·s aliento en el perseverar, m·s destreza en el herir, ni m·s
maÒa en el derribar?

-La verdad sea -respondiÛ Sancho- que yo no he leÌdo ninguna historia
jam·s, porque ni sÈ leer ni escrebir; mas lo que osarÈ apostar es que m·s
atrevido amo que vuestra merced yo no le he servido en todos los dÌas de mi
vida, y quiera Dios que estos atrevimientos no se paguen donde tengo
dicho. Lo que le ruego a vuestra merced es que se cure, que le va mucha
sangre de esa oreja; que aquÌ traigo hilas y un poco de ung¸ento blanco en
las alforjas.

-Todo eso fuera bien escusado -respondiÛ don Quijote- si a mÌ se me
acordara de hacer una redoma del b·lsamo de Fierabr·s, que con sola una
gota se ahorraran tiempo y medicinas.

-øQuÈ redoma y quÈ b·lsamo es Èse? -dijo Sancho Panza.

-Es un b·lsamo -respondiÛ don Quijote- de quien tengo la receta en la
memoria, con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay pensar
morir de ferida alguna. Y ansÌ, cuando yo le haga y te le dÈ, no tienes m·s
que hacer sino que, cuando vieres que en alguna batalla me han partido por
medio del cuerpo (como muchas veces suele acontecer), bonitamente la parte
del cuerpo que hubiere caÌdo en el suelo, y con mucha sotileza, antes que
la sangre se yele, la pondr·s sobre la otra mitad que quedare en la silla,
advirtiendo de encajallo igualmente y al justo; luego me dar·s a beber
solos dos tragos del b·lsamo que he dicho, y ver·sme quedar m·s sano que
una manzana.

-Si eso hay -dijo Panza-, yo renuncio desde aquÌ el gobierno de la
prometida Ìnsula, y no quiero otra cosa, en pago de mis muchos y buenos
servicios, sino que vuestra merced me dÈ la receta de ese estremado licor;
que para mÌ tengo que valdr· la onza adondequiera m·s de a dos reales, y no
he menester yo m·s para pasar esta vida honrada y descansadamente. Pero es
de saber agora si tiene mucha costa el hacelle.

-Con menos de tres reales se pueden hacer tres azumbres -respondiÛ don
Quijote.

-°Pecador de mÌ! -replicÛ Sancho-. øPues a quÈ aguarda vuestra merced a
hacelle y a enseÒ·rmele?

-Calla, amigo -respondiÛ don Quijote-, que mayores secretos pienso
enseÒarte y mayores mercedes hacerte; y, por agora, curÈmonos, que la oreja
me duele m·s de lo que yo quisiera.

SacÛ Sancho de las alforjas hilas y ung¸ento. Mas, cuando don Quijote llegÛ
a ver rota su celada, pensÛ perder el juicio, y, puesta la mano en la
espada y alzando los ojos al cielo, dijo:

-Yo hago juramento al Criador de todas las cosas y a los santos cuatro
Evangelios, donde m·s largamente est·n escritos, de hacer la vida que hizo
el grande marquÈs de Mantua cuando jurÛ de vengar la muerte de su sobrino
Valdovinos, que fue de no comer pan a manteles, ni con su mujer folgar, y
otras cosas que, aunque dellas no me acuerdo, las doy aquÌ por expresadas,
hasta tomar entera venganza del que tal desaguisado me fizo.

Oyendo esto Sancho, le dijo:

-Advierta vuestra merced, seÒor don Quijote, que si el caballero cumpliÛ lo
que se le dejÛ ordenado de irse a presentar ante mi seÒora Dulcinea del
Toboso, ya habr· cumplido con lo que debÌa, y no merece otra pena si no
comete nuevo delito.

-Has hablado y apuntado muy bien -respondiÛ don Quijote-; y asÌ, anulo el
juramento en cuanto lo que toca a tomar dÈl nueva venganza; pero h·gole y
confÌrmole de nuevo de hacer la vida que he dicho, hasta tanto que quite
por fuerza otra celada tal y tan buena como Èsta a alg˙n caballero. Y no
pienses, Sancho, que asÌ a humo de pajas hago esto, que bien tengo a quien
imitar en ello; que esto mesmo pasÛ, al pie de la letra, sobre el yelmo de
Mambrino, que tan caro le costÛ a Sacripante.

-Que dÈ al diablo vuestra merced tales juramentos, seÒor mÌo -replicÛ
Sancho-; que son muy en daÒo de la salud y muy en perjuicio de la
conciencia. Si no, dÌgame ahora: si acaso en muchos dÌas no topamos hombre
armado con celada, øquÈ hemos de hacer? øHase de cumplir el juramento, a
despecho de tantos inconvenientes e incomodidades, como ser· el dormir
vestido, y el no dormir en poblado, y otras mil penitencias que contenÌa el
juramento de aquel loco viejo del marquÈs de Mantua, que vuestra merced
quiere revalidar ahora? Mire vuestra merced bien, que por todos estos
caminos no andan hombres armados, sino arrieros y carreteros, que no sÛlo
no traen celadas, pero quiz· no las han oÌdo nombrar en todos los dÌas de
su vida.

-Eng·Òaste en eso -dijo don Quijote-, porque no habremos estado dos horas
por estas encrucijadas, cuando veamos m·s armados que los que vinieron
sobre Albraca a la conquista de AngÈlica la Bella.

-Alto, pues; sea ansÌ -dijo Sancho-, y a Dios prazga que nos suceda bien, y
que se llegue ya el tiempo de ganar esta Ìnsula que tan cara me cuesta, y
muÈrame yo luego.

-Ya te he dicho, Sancho, que no te dÈ eso cuidado alguno; que, cuando
faltare Ìnsula, ahÌ est· el reino de Dinamarca o el de Soliadisa, que te
vendr·n como anillo al dedo; y m·s, que, por ser en tierra firme, te debes
m·s alegrar. Pero dejemos esto para su tiempo, y mira si traes algo en esas
alforjas que comamos, porque vamos luego en busca de alg˙n castillo donde
alojemos esta noche y hagamos el b·lsamo que te he dicho; porque yo te voto
a Dios que me va doliendo mucho la oreja.

-AquÌ trayo una cebolla, y un poco de queso y no sÈ cu·ntos mendrugos de
pan -dijo Sancho-, pero no son manjares que pertenecen a tan valiente
caballero como vuestra merced.

-°QuÈ mal lo entiendes! -respondiÛ don Quijote-. H·gote saber, Sancho, que
es honra de los caballeros andantes no comer en un mes; y, ya que coman,
sea de aquello que hallaren m·s a mano; y esto se te hiciera cierto si
hubieras leÌdo tantas historias como yo; que, aunque han sido muchas, en
todas ellas no he hallado hecha relaciÛn de que los caballeros andantes
comiesen, si no era acaso y en algunos suntuosos banquetes que les hacÌan,
y los dem·s dÌas se los pasaban en flores. Y, aunque se deja entender que
no podÌan pasar sin comer y sin hacer todos los otros menesteres naturales,
porque, en efeto, eran hombres como nosotros, hase de entender tambiÈn que,
andando lo m·s del tiempo de su vida por las florestas y despoblados, y sin
cocinero, que su m·s ordinaria comida serÌa de viandas r˙sticas, tales como
las que t˙ ahora me ofreces. AsÌ que, Sancho amigo, no te congoje lo que a
mÌ me da gusto. Ni querr·s t˙ hacer mundo nuevo, ni sacar la caballerÌa
andante de sus quicios.

-PerdÛneme vuestra merced -dijo Sancho-; que, como yo no sÈ leer ni
escrebir, como otra vez he dicho, no sÈ ni he caÌdo en las reglas de la
profesiÛn caballeresca; y, de aquÌ adelante, yo proveerÈ las alforjas de
todo gÈnero de fruta seca para vuestra merced, que es caballero, y para mÌ
las proveerÈ, pues no lo soy, de otras cosas vol·tiles y de m·s sustancia.

-No digo yo, Sancho -replicÛ don Quijote-, que sea forzoso a los caballeros
andantes no comer otra cosa sino esas frutas que dices, sino que su m·s
ordinario sustento debÌa de ser dellas, y de algunas yerbas que hallaban
por los campos, que ellos conocÌan y yo tambiÈn conozco.

-Virtud es -respondiÛ Sancho- conocer esas yerbas; que, seg˙n yo me voy
imaginando, alg˙n dÌa ser· menester usar de ese conocimiento.

Y, sacando, en esto, lo que dijo que traÌa, comieron los dos en buena paz y
compaÒa. Pero, deseosos de buscar donde alojar aquella noche, acabaron con
mucha brevedad su pobre y seca comida. Subieron luego a caballo, y diÈronse
priesa por llegar a poblado antes que anocheciese; pero faltÛles el sol, y
la esperanza de alcanzar lo que deseaban, junto a unas chozas de unos
cabreros, y asÌ, determinaron de pasarla allÌ; que cuanto fue de pesadumbre
para Sancho no llegar a poblado, fue de contento para su amo dormirla al
cielo descubierto, por parecerle que cada vez que esto le sucedÌa era hacer
un acto posesivo que facilitaba la prueba de su caballerÌa.

CapÌtulo XI. De lo que le sucediÛ a don Quijote con unos cabreros

Fue recogido de los cabreros con buen ·nimo; y, habiendo Sancho, lo mejor
que pudo, acomodado a Rocinante y a su jumento, se fue tras el olor que
despedÌan de sÌ ciertos tasajos de cabra que hirviendo al fuego en un
caldero estaban; y, aunque Èl quisiera en aquel mesmo punto ver si estaban
en sazÛn de trasladarlos del caldero al estÛmago, lo dejÛ de hacer, porque
los cabreros los quitaron del fuego, y, tendiendo por el suelo unas pieles
de ovejas, aderezaron con mucha priesa su r˙stica mesa y convidaron a los
dos, con muestras de muy buena voluntad, con lo que tenÌan. Sent·ronse a la
redonda de las pieles seis dellos, que eran los que en la majada habÌa,
habiendo primero con groseras ceremonias rogado a don Quijote que se
sentase sobre un dornajo que vuelto del revÈs le pusieron. SentÛse don
Quijote, y qued·base Sancho en pie para servirle la copa, que era hecha de
cuerno. ViÈndole en pie su amo, le dijo:

-Porque veas, Sancho, el bien que en sÌ encierra la andante caballerÌa, y
cu·n a pique est·n los que en cualquiera ministerio della se ejercitan de
venir brevemente a ser honrados y estimados del mundo, quiero que aquÌ a mi
lado y en compaÒÌa desta buena gente te sientes, y que seas una mesma cosa
conmigo, que soy tu amo y natural seÒor; que comas en mi plato y bebas por
donde yo bebiere; porque de la caballerÌa andante se puede decir lo mesmo
que del amor se dice: que todas las cosas iguala.

-°Gran merced! -dijo Sancho-; pero sÈ decir a vuestra merced que, como yo
tuviese bien de comer, tan bien y mejor me lo comerÌa en pie y a mis solas
como sentado a par de un emperador. Y aun, si va a decir verdad, mucho
mejor me sabe lo que como en mi rincÛn, sin melindres ni respetos, aunque
sea pan y cebolla, que los gallipavos de otras mesas donde me sea forzoso
mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si
me viene gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen
consigo. AnsÌ que, seÒor mÌo, estas honras que vuestra merced quiere darme
por ser ministro y adherente de la caballerÌa andante, como lo soy siendo
escudero de vuestra merced, conviÈrtalas en otras cosas que me sean de m·s
cÛmodo y provecho; que Èstas, aunque las doy por bien recebidas, las
renuncio para desde aquÌ al fin del mundo.

-Con todo eso, te has de sentar; porque a quien se humilla, Dios le
ensalza.

Y, asiÈndole por el brazo, le forzÛ a que junto dÈl se sentase.

No entendÌan los cabreros aquella jerigonza de escuderos y de caballeros
andantes, y no hacÌan otra cosa que comer y callar, y mirar a sus
huÈspedes, que, con mucho donaire y gana, embaulaban tasajo como el puÒo.
Acabado el servicio de carne, tendieron sobre las zaleas gran cantidad de
bellotas avellanadas, y juntamente pusieron un medio queso, m·s duro que si
fuera hecho de argamasa. No estaba, en esto, ocioso el cuerno, porque
andaba a la redonda tan a menudo (ya lleno, ya vacÌo, como arcaduz de
noria) que con facilidad vaciÛ un zaque de dos que estaban de manifiesto.
DespuÈs que don Quijote hubo bien satisfecho su estÛmago, tomÛ un puÒo de
bellotas en la mano, y, mir·ndolas atentamente, soltÛ la voz a semejantes
razones:

-Dichosa edad y siglos dichosos aquÈllos a quien los antiguos pusieron
nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de
hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga
alguna, sino porque entonces los que en ella vivÌan ignoraban estas dos
palabras de tuyo y mÌo. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes;
a nadie le era necesario, para alcanzar su ordinario sustento, tomar otro
trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que
liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las
claras fuentes y corrientes rÌos, en magnÌfica abundancia, sabrosas y
transparentes aguas les ofrecÌan. En las quiebras de las peÒas y en lo
hueco de los ·rboles formaban su rep˙blica las solÌcitas y discretas
abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interÈs alguno, la fÈrtil cosecha
de su dulcÌsimo trabajo. Los valientes alcornoques despedÌan de sÌ, sin
otro artificio que el de su cortesÌa, sus anchas y livianas cortezas, con
que se comenzaron a cubrir las casas, sobre r˙sticas estacas sustentadas,
no m·s que para defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz
entonces, todo amistad, todo concordia; a˙n no se habÌa atrevido la pesada
reja del corvo arado a abrir ni visitar las entraÒas piadosas de nuestra
primera madre, que ella, sin ser forzada, ofrecÌa, por todas las partes de
su fÈrtil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a
los hijos que entonces la poseÌan. Entonces sÌ que andaban las simples y
hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero, en trenza y en
cabello, sin m·s vestidos de aquellos que eran menester para cubrir
honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra;
y no eran sus adornos de los que ahora se usan, a quien la p˙rpura de Tiro
y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas
verdes de lampazos y yedra entretejidas, con lo que quiz· iban tan pomposas
y compuestas como van agora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas
invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces se decoraban
los concetos amorosos del alma simple y sencillamente, del mesmo modo y
manera que ella los concebÌa, sin buscar artificioso rodeo de palabras para
encarecerlos. No habÌa la fraude, el engaÒo ni la malicia mezcl·dose con la
verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus proprios tÈrminos, sin que
la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tanto
ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje a˙n no se habÌa
sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no habÌa quÈ juzgar,
ni quiÈn fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo
dicho, por dondequiera, sola y seÒora, sin temor que la ajena desenvoltura
y lascivo intento le menoscabasen, y su perdiciÛn nacÌa de su gusto y
propria voluntad. Y agora, en estos nuestros detestables siglos, no est·
segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de
Creta; porque allÌ, por los resquicios o por el aire, con el celo de la
maldita solicitud, se les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con
todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando m·s los
tiempos y creciendo m·s la malicia, se instituyÛ la orden de los caballeros
andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los
huÈrfanos y a los menesterosos. Desta orden soy yo, hermanos cabreros, a
quien agradezco el gasaje y buen acogimiento que hacÈis a mÌ y a mi
escudero; que, aunque por ley natural est·n todos los que viven obligados a
favorecer a los caballeros andantes, todavÌa, por saber que sin saber
vosotros esta obligaciÛn me acogistes y regalastes, es razÛn que, con la
voluntad a mÌ posible, os agradezca la vuestra.

Toda esta larga arenga -que se pudiera muy bien escusar- dijo nuestro
caballero porque las bellotas que le dieron le trujeron a la memoria la
edad dorada y antojÛsele hacer aquel in˙til razonamiento a los cabreros,
que, sin respondelle palabra, embobados y suspensos, le estuvieron
escuchando. Sancho, asimesmo, callaba y comÌa bellotas, y visitaba muy a
menudo el segundo zaque, que, porque se enfriase el vino, le tenÌan colgado
de un alcornoque.

M·s tardÛ en hablar don Quijote que en acabarse la cena; al fin de la cual,
uno de los cabreros dijo:

-Para que con m·s veras pueda vuestra merced decir, seÒor caballero
andante, que le agasajamos con prompta y buena voluntad, queremos darle
solaz y contento con hacer que cante un compaÒero nuestro que no tardar·
mucho en estar aquÌ; el cual es un zagal muy entendido y muy enamorado, y
que, sobre todo, sabe leer y escrebir y es m˙sico de un rabel, que no hay
m·s que desear.

Apenas habÌa el cabrero acabado de decir esto, cuando llegÛ a sus oÌdos el
son del rabel, y de allÌ a poco llegÛ el que le taÒÌa, que era un mozo de
hasta veinte y dos aÒos, de muy buena gracia. Pregunt·ronle sus compaÒeros
si habÌa cenado, y, respondiendo que sÌ, el que habÌa hecho los
ofrecimientos le dijo:

-De esa manera, Antonio, bien podr·s hacernos placer de cantar un poco,
porque vea este seÒor huÈsped que tenemos quien; tambiÈn por los montes y
selvas hay quien sepa de m˙sica. HÈmosle dicho tus buenas habilidades, y
deseamos que las muestres y nos saques verdaderos; y asÌ, te ruego por tu
vida que te sientes y cantes el romance de tus amores que te compuso el
beneficiado tu tÌo, que en el pueblo ha parecido muy bien.

-Que me place -respondiÛ el mozo.

Y, sin hacerse m·s de rogar, se sentÛ en el tronco de una desmochada
encina, y, templando su rabel, de allÌ a poco, con muy buena gracia,
comenzÛ a cantar, diciendo desta manera:

Antonio

-Yo sÈ, Olalla, que me adoras,
puesto que no me lo has dicho
ni aun con los ojos siquiera,
mudas lenguas de amorÌos.
Porque sÈ que eres sabida,
en que me quieres me afirmo;
que nunca fue desdichado
amor que fue conocido.
Bien es verdad que tal vez,
Olalla, me has dado indicio
que tienes de bronce el alma
y el blanco pecho de risco.
Mas all· entre tus reproches
y honestÌsimos desvÌos,
tal vez la esperanza muestra
la orilla de su vestido.
Abal·nzase al seÒuelo
mi fe, que nunca ha podido,
ni menguar por no llamado,
ni crecer por escogido.
Si el amor es cortesÌa,
de la que tienes colijo
que el fin de mis esperanzas
ha de ser cual imagino.
Y si son servicios parte
de hacer un pecho benigno,
algunos de los que he hecho
fortalecen mi partido.
Porque si has mirado en ello,
m·s de una vez habr·s visto
que me he vestido en los lunes
lo que me honraba el domingo.
Como el amor y la gala
andan un mesmo camino,
en todo tiempo a tus ojos
quise mostrarme polido.
Dejo el bailar por tu causa,
ni las m˙sicas te pinto
que has escuchado a deshoras
y al canto del gallo primo.
No cuento las alabanzas
que de tu belleza he dicho;
que, aunque verdaderas, hacen
ser yo de algunas malquisto.
Teresa del Berrocal,
yo alab·ndote, me dijo:
''Tal piensa que adora a un ·ngel,
y viene a adorar a un jimio;
merced a los muchos dijes
y a los cabellos postizos,
y a hipÛcritas hermosuras,
que engaÒan al Amor mismo''.
DesmentÌla y enojÛse;
volviÛ por ella su primo:
desafiÛme, y ya sabes
lo que yo hice y Èl hizo.
No te quiero yo a montÛn,
ni te pretendo y te sirvo
por lo de barraganÌa;
que m·s bueno es mi designio.
Coyundas tiene la Iglesia
que son lazadas de sirgo;
pon t˙ el cuello en la gamella;
ver·s como pongo el mÌo.
Donde no, desde aquÌ juro,
por el santo m·s bendito,
de no salir destas sierras
sino para capuchino.

Con esto dio el cabrero fin a su canto; y, aunque don Quijote le rogÛ que
algo m·s cantase, no lo consintiÛ Sancho Panza, porque estaba m·s para
dormir que para oÌr canciones. Y ansÌ, dijo a su amo:
-Bien puede vuestra merced acomodarse desde luego adonde ha de posar esta
noche, que el trabajo que estos buenos hombres tienen todo el dÌa no
permite que pasen las noches cantando.
-Ya te entiendo, Sancho -le respondiÛ don Quijote-; que bien se me trasluce
que las visitas del zaque piden m·s recompensa de sueÒo que de m˙sica.
-A todos nos sabe bien, bendito sea Dios -respondiÛ Sancho.
-No lo niego -replicÛ don Quijote-, pero acomÛdate t˙ donde quisieres, que
los de mi profesiÛn mejor parecen velando que durmiendo. Pero, con todo
esto, serÌa bien, Sancho, que me vuelvas a curar esta oreja, que me va
doliendo m·s de lo que es menester.
Hizo Sancho lo que se le mandaba; y, viendo uno de los cabreros la herida,
le dijo que no tuviese pena, que Èl pondrÌa remedio con que f·cilmente se
sanase. Y, tomando algunas hojas de romero, de mucho que por allÌ habÌa,
las mascÛ y las mezclÛ con un poco de sal, y, aplic·ndoselas a la oreja, se
la vendÛ muy bien, asegur·ndole que no habÌa menester otra medicina; y asÌ
fue la verdad.

CapÌtulo XII. De lo que contÛ un cabrero a los que estaban con don Quijote

Estando en esto, llegÛ otro mozo de los que les traÌan del aldea el
bastimento, y dijo:
-øSabÈis lo que pasa en el lugar, compaÒeros?
-øCÛmo lo podemos saber? -respondiÛ uno dellos.
-Pues sabed -prosiguiÛ el mozo- que muriÛ esta maÒana aquel famoso pastor
estudiante llamado GrisÛstomo, y se murmura que ha muerto de amores de
aquella endiablada moza de Marcela, la hija de Guillermo el rico, aquÈlla
que se anda en h·bito de pastora por esos andurriales.
-Por Marcela dir·s -dijo uno.
-Por Èsa digo -respondiÛ el cabrero-. Y es lo bueno, que mandÛ en su
testamento que le enterrasen en el campo, como si fuera moro, y que sea al
pie de la peÒa donde est· la fuente del alcornoque; porque, seg˙n es fama,
y Èl dicen que lo dijo, aquel lugar es adonde Èl la vio la vez primera. Y
tambiÈn mandÛ otras cosas, tales, que los abades del pueblo dicen que no se
han de cumplir, ni es bien que se cumplan, porque parecen de gentiles. A
todo lo cual responde aquel gran su amigo Ambrosio, el estudiante, que
tambiÈn se vistiÛ de pastor con Èl, que se ha de cumplir todo, sin faltar
nada, como lo dejÛ mandado GrisÛstomo, y sobre esto anda el pueblo
alborotado; mas, a lo que se dice, en fin se har· lo que Ambrosio y todos
los pastores sus amigos quieren; y maÒana le vienen a enterrar con gran
pompa adonde tengo dicho. Y tengo para mÌ que ha de ser cosa muy de ver; a
lo menos, yo no dejarÈ de ir a verla, si supiese no volver maÒana al lugar.
-Todos haremos lo mesmo -respondieron los cabreros-; y echaremos suertes a
quiÈn ha de quedar a guardar las cabras de todos.
-Bien dices, Pedro -dijo uno-; aunque no ser· menester usar de esa
diligencia, que yo me quedarÈ por todos. Y no lo atribuyas a virtud y a
poca curiosidad mÌa, sino a que no me deja andar el garrancho que el otro
dÌa me pasÛ este pie.
-Con todo eso, te lo agradecemos -respondiÛ Pedro.
Y don Quijote rogÛ a Pedro le dijese quÈ muerto era aquÈl y quÈ pastora
aquÈlla; a lo cual Pedro respondiÛ que lo que sabÌa era que el muerto era
un hijodalgo rico, vecino de un lugar que estaba en aquellas sierras, el
cual habÌa sido estudiante muchos aÒos en Salamanca, al cabo de los cuales
habÌa vuelto a su lugar, con opiniÛn de muy sabio y muy leÌdo.
-´Principalmente, decÌan que sabÌa la ciencia de las estrellas, y de lo que
pasan, all· en el cielo, el sol y la luna; porque puntualmente nos decÌa el
cris del sol y de la luna.ª
-Eclipse se llama, amigo, que no cris, el escurecerse esos dos luminares
mayores -dijo don Quijote.
Mas Pedro, no reparando en niÒerÌas, prosiguiÛ su cuento diciendo:

-´Asimesmo adevinaba cu·ndo habÌa de ser el aÒo abundante o estil.ª
-EstÈril querÈis decir, amigo -dijo don Quijote.
-EstÈril o estil -respondiÛ Pedro-, todo se sale all·. ´Y digo que con esto
que decÌa se hicieron su padre y sus amigos, que le daban crÈdito, muy
ricos, porque hacÌan lo que Èl les aconsejaba, diciÈndoles: ''Sembrad este
aÒo cebada, no trigo; en Èste podÈis sembrar garbanzos y no cebada; el que
viene ser· de guilla de aceite; los tres siguientes no se coger· gota''.ª
-Esa ciencia se llama astrologÌa -dijo don Quijote.
-No sÈ yo cÛmo se llama -replicÛ Pedro-, mas sÈ que todo esto sabÌa, y a˙n
m·s. ´Finalmente, no pasaron muchos meses, despuÈs que vino de Salamanca,
cuando un dÌa remaneciÛ vestido de pastor, con su cayado y pellico,
habiÈndose quitado los h·bitos largos que como escolar traÌa; y juntamente
se vistiÛ con Èl de pastor otro su grande amigo, llamado Ambrosio, que
habÌa sido su compaÒero en los estudios. Olvid·baseme de decir como
GrisÛstomo, el difunto, fue grande hombre de componer coplas; tanto, que Èl
hacÌa los villancicos para la noche del Nacimiento del SeÒor, y los autos
para el dÌa de Dios, que los representaban los mozos de nuestro pueblo, y
todos decÌan que eran por el cabo. Cuando los del lugar vieron tan de
improviso vestidos de pastores a los dos escolares, quedaron admirados, y
no podÌan adivinar la causa que les habÌa movido a hacer aquella tan
estraÒa mudanza. Ya en este tiempo era muerto el padre de nuestro
GrisÛstomo, y Èl quedÛ heredado en mucha cantidad de hacienda, ansÌ en
muebles como en raÌces, y en no pequeÒa cantidad de ganado, mayor y menor,
y en gran cantidad de dineros; de todo lo cual quedÛ el mozo seÒor
desoluto, y en verdad que todo lo merecÌa, que era muy buen compaÒero y
caritativo y amigo de los buenos, y tenÌa una cara como una bendiciÛn.
DespuÈs se vino a entender que el haberse mudado de traje no habÌa sido por
otra cosa que por andarse por estos despoblados en pos de aquella pastora
Marcela que nuestro zagal nombrÛ denantes, de la cual se habÌa enamorado el
pobre difunto de GrisÛstomo.ª Y quiÈroos decir agora, porque es bien que lo
sep·is, quiÈn es esta rapaza; quiz·, y aun sin quiz·, no habrÈis oÌdo
semejante cosa en todos los dÌas de vuestra vida, aunque viv·is m·s aÒos
que sarna.
-Decid Sarra -replicÛ don Quijote, no pudiendo sufrir el trocar de los
vocablos del cabrero.
-Harto vive la sarna -respondiÛ Pedro-; y si es, seÒor, que me habÈis de
andar zaheriendo a cada paso los vocablos, no acabaremos en un aÒo.
-Perdonad, amigo -dijo don Quijote-; que por haber tanta diferencia de
sarna a Sarra os lo dije; pero vos respondistes muy bien, porque vive m·s
sarna que Sarra; y proseguid vuestra historia, que no os replicarÈ m·s en
nada.
-´Digo, pues, seÒor mÌo de mi alma -dijo el cabrero-, que en nuestra aldea
hubo un labrador a˙n m·s rico que el padre de GrisÛstomo, el cual se
llamaba Guillermo, y al cual dio Dios, amÈn de las muchas y grandes
riquezas, una hija, de cuyo parto muriÛ su madre, que fue la m·s honrada
mujer que hubo en todos estos contornos. No parece sino que ahora la veo,
con aquella cara que del un cabo tenÌa el sol y del otro la luna; y, sobre
todo, hacendosa y amiga de los pobres, por lo que creo que debe de estar su
·nima a la hora de ahora gozando de Dios en el otro mundo. De pesar de la
muerte de tan buena mujer muriÛ su marido Guillermo, dejando a su hija
Marcela, muchacha y rica, en poder de un tÌo suyo sacerdote y beneficiado
en nuestro lugar. CreciÛ la niÒa con tanta belleza, que nos hacÌa acordar
de la de su madre, que la tuvo muy grande; y, con todo esto, se juzgaba que
le habÌa de pasar la de la hija. Y asÌ fue, que, cuando llegÛ a edad de
catorce a quince aÒos, nadie la miraba que no bendecÌa a Dios, que tan
hermosa la habÌa criado, y los m·s quedaban enamorados y perdidos por ella.
Guard·bala su tÌo con mucho recato y con mucho encerramiento; pero, con
todo esto, la fama de su mucha hermosura se estendiÛ de manera que, asÌ por
ella como por sus muchas riquezas, no solamente de los de nuestro pueblo,
sino de los de muchas leguas a la redonda, y de los mejores dellos, era
rogado, solicitado e importunado su tÌo se la diese por mujer. Mas Èl, que
a las derechas es buen cristiano, aunque quisiera casarla luego, asÌ como
la vÌa de edad, no quiso hacerlo sin su consentimiento, sin tener ojo a la
ganancia y granjerÌa que le ofrecÌa el tener la hacienda de la moza,
dilatando su casamiento. Y a fe que se dijo esto en m·s de un corrillo en
el pueblo, en alabanza del buen sacerdote.ª Que quiero que sepa, seÒor
andante, que en estos lugares cortos de todo se trata y de todo se murmura;
y tened para vos, como yo tengo para mÌ, que debÌa de ser demasiadamente
bueno el clÈrigo que obliga a sus feligreses a que digan bien dÈl,
especialmente en las aldeas.
-AsÌ es la verdad -dijo don Quijote-, y proseguid adelante, que el cuento
es muy bueno, y vos, buen Pedro, le cont·is con muy buena gracia.
-La del SeÒor no me falte, que es la que hace al caso. ´Y en lo dem·s
sabrÈis que, aunque el tÌo proponÌa a la sobrina y le decÌa las calidades
de cada uno en particular, de los muchos que por mujer la pedÌan, rog·ndole
que se casase y escogiese a su gusto, jam·s ella respondiÛ otra cosa sino
que por entonces no querÌa casarse, y que, por ser tan muchacha, no se
sentÌa h·bil para poder llevar la carga del matrimonio. Con estas que daba,
al parecer justas escusas, dejaba el tÌo de importunarla, y esperaba a que
entrase algo m·s en edad y ella supiese escoger compaÒÌa a su gusto. Porque
decÌa Èl, y decÌa muy bien, que no habÌan de dar los padres a sus hijos
estado contra su voluntad. Pero hÈtelo aquÌ, cuando no me cato, que
remanece un dÌa la melindrosa Marcela hecha pastora; y, sin ser parte su
tÌo ni todos los del pueblo, que se lo desaconsejaban, dio en irse al campo
con las dem·s zagalas del lugar, y dio en guardar su mesmo ganado. Y, asÌ
como ella saliÛ en p˙blico y su hermosura se vio al descubierto, no os
sabrÈ buenamente decir cu·ntos ricos mancebos, hidalgos y labradores han
tomado el traje de GrisÛstomo y la andan requebrando por esos campos. Uno
de los cuales, como ya est· dicho, fue nuestro difunto, del cual decÌan que
la dejaba de querer, y la adoraba. Y no se piense que porque Marcela se
puso en aquella libertad y vida tan suelta y de tan poco o de ning˙n
recogimiento, que por eso ha dado indicio, ni por semejas, que venga en
menoscabo de su honestidad y recato; antes es tanta y tal la vigilancia con
que mira por su honra, que de cuantos la sirven y solicitan ninguno se ha
alabado, ni con verdad se podr· alabar, que le haya dado alguna pequeÒa
esperanza de alcanzar su deseo. Que, puesto que no huye ni se esquiva de la
compaÒÌa y conversaciÛn de los pastores, y los trata cortÈs y
amigablemente, en llegando a descubrirle su intenciÛn cualquiera dellos,
aunque sea tan justa y santa como la del matrimonio, los arroja de sÌ como
con un trabuco. Y con esta manera de condiciÛn hace m·s daÒo en esta tierra
que si por ella entrara la pestilencia; porque su afabilidad y hermosura
atrae los corazones de los que la tratan a servirla y a amarla, pero su
desdÈn y desengaÒo los conduce a tÈrminos de desesperarse; y asÌ, no saben
quÈ decirle, sino llamarla a voces cruel y desagradecida, con otros tÌtulos
a Èste semejantes, que bien la calidad de su condiciÛn manifiestan. Y si
aquÌ estuviÈsedes, seÒor, alg˙n dÌa, verÌades resonar estas sierras y estos
valles con los lamentos de los desengaÒados que la siguen. No est· muy
lejos de aquÌ un sitio donde hay casi dos docenas de altas hayas, y no hay
ninguna que en su lisa corteza no tenga grabado y escrito el nombre de
Marcela; y encima de alguna, una corona grabada en el mesmo ·rbol, como si
m·s claramente dijera su amante que Marcela la lleva y la merece de toda la
hermosura humana. AquÌ sospira un pastor, allÌ se queja otro; acull· se
oyen amorosas canciones, ac· desesperadas endechas. Cu·l hay que pasa todas
las horas de la noche sentado al pie de alguna encina o peÒasco, y allÌ,
sin plegar los llorosos ojos, embebecido y transportado en sus
pensamientos, le hallÛ el sol a la maÒana; y cu·l hay que, sin dar vado ni
tregua a sus suspiros, en mitad del ardor de la m·s enfadosa siesta del
verano, tendido sobre la ardiente arena, envÌa sus quejas al piadoso cielo.
Y dÈste y de aquÈl, y de aquÈllos y de Èstos, libre y desenfadadamente
triunfa la hermosa Marcela; y todos los que la conocemos estamos esperando
en quÈ ha de parar su altivez y quiÈn ha de ser el dichoso que ha de venir
a domeÒar condiciÛn tan terrible y gozar de hermosura tan estremada.ª Por
ser todo lo que he contado tan averiguada verdad, me doy a entender que
tambiÈn lo es la que nuestro zagal dijo que se decÌa de la causa de la
muerte de GrisÛstomo. Y asÌ, os aconsejo, seÒor, que no dejÈis de hallaros
maÒana a su entierro, que ser· muy de ver, porque GrisÛstomo tiene muchos
amigos, y no est· de este lugar a aquÈl donde manda enterrarse media legua.
-En cuidado me lo tengo -dijo don Quijote-, y agradÈzcoos el gusto que me
habÈis dado con la narraciÛn de tan sabroso cuento.
-°Oh! -replicÛ el cabrero-, a˙n no sÈ yo la mitad de los casos sucedidos a
los amantes de Marcela, mas podrÌa ser que maÒana top·semos en el camino
alg˙n pastor que nos los dijese. Y, por ahora, bien ser· que os vais a
dormir debajo de techado, porque el sereno os podrÌa daÒar la herida,
puesto que es tal la medicina que se os ha puesto, que no hay que temer de
contrario acidente.
Sancho Panza, que ya daba al diablo el tanto hablar del cabrero, solicitÛ,
por su parte, que su amo se entrase a dormir en la choza de Pedro. HÌzolo
asÌ, y todo lo m·s de la noche se le pasÛ en memorias de su seÒora
Dulcinea, a imitaciÛn de los amantes de Marcela. Sancho Panza se acomodÛ
entre Rocinante y su jumento, y durmiÛ, no como enamorado desfavorecido,
sino como hombre molido a coces.

CapÌtulo XIII. Donde se da fin al cuento de la pastora Marcela, con otros
sucesos

Mas, apenas comenzÛ a descubrirse el dÌa por los balcones del oriente,
cuando los cinco de los seis cabreros se levantaron y fueron a despertar a
don Quijote, y a decille si estaba todavÌa con propÛsito de ir a ver el
famoso entierro de GrisÛstomo, y que ellos le harÌan compaÒÌa. Don Quijote,
que otra cosa no deseaba, se levantÛ y mandÛ a Sancho que ensillase y
enalbardase al momento, lo cual Èl hizo con mucha diligencia, y con la
mesma se pusieron luego todos en camino. Y no hubieron andado un cuarto de
legua, cuando, al cruzar de una senda, vieron venir hacia ellos hasta seis
pastores, vestidos con pellicos negros y coronadas las cabezas con
guirnaldas de ciprÈs y de amarga adelfa. TraÌa cada uno un grueso bastÛn de
acebo en la mano. VenÌan con ellos, asimesmo, dos gentiles hombres de a
caballo, muy bien aderezados de camino, con otros tres mozos de a pie que
los acompaÒaban. En lleg·ndose a juntar, se saludaron cortÈsmente, y,
pregunt·ndose los unos a los otros dÛnde iban, supieron que todos se
encaminaban al lugar del entierro; y asÌ, comenzaron a caminar todos
juntos.
Uno de los de a caballo, hablando con su compaÒero, le dijo:
-ParÈceme, seÒor Vivaldo, que habemos de dar por bien empleada la tardanza
que hiciÈremos en ver este famoso entierro, que no podr· dejar de ser
famoso, seg˙n estos pastores nos han contado estraÒezas, ansÌ del muerto
pastor como de la pastora homicida.
-AsÌ me lo parece a mÌ -respondiÛ Vivaldo-; y no digo yo hacer tardanza de
un dÌa, pero de cuatro la hiciera a trueco de verle.
PreguntÛles don Quijote quÈ era lo que habÌan oÌdo de Marcela y de
GrisÛstomo. El caminante dijo que aquella madrugada habÌan encontrado con
aquellos pastores, y que, por haberles visto en aquel tan triste traje, les
habÌan preguntado la ocasiÛn por que iban de aquella manera; que uno dellos
se lo contÛ, contando la estraÒeza y hermosura de una pastora llamada
Marcela, y los amores de muchos que la recuestaban, con la muerte de aquel
GrisÛstomo a cuyo entierro iban. Finalmente, Èl contÛ todo lo que Pedro a
don Quijote habÌa contado.
CesÛ esta pl·tica y comenzÛse otra, preguntando el que se llamaba Vivaldo a
don Quijote quÈ era la ocasiÛn que le movÌa a andar armado de aquella
manera por tierra tan pacÌfica. A lo cual respondiÛ don Quijote:
-La profesiÛn de mi ejercicio no consiente ni permite que yo ande de otra
manera. El buen paso, el regalo y el reposo, all· se inventÛ para los
blandos cortesanos; mas el trabajo, la inquietud y las armas sÛlo se
inventaron e hicieron para aquellos que el mundo llama caballeros andantes,
de los cuales yo, aunque indigno, soy el menor de todos.
Apenas le oyeron esto, cuando todos le tuvieron por loco; y, por
averiguarlo m·s y ver quÈ gÈnero de locura era el suyo, le tornÛ a
preguntar Vivaldo que quÈ querÌa decir "caballeros andantes".
-øNo han vuestras mercedes leÌdo -respondiÛ don Quijote- los anales e
historias de Ingalaterra, donde se tratan las famosas fazaÒas del rey
Arturo, que continuamente en nuestro romance castellano llamamos el rey
Art˙s, de quien es tradiciÛn antigua y com˙n en todo aquel reino de la Gran
BretaÒa que este rey no muriÛ, sino que, por arte de encantamento, se
convirtiÛ en cuervo, y que, andando los tiempos, ha de volver a reinar y a
cobrar su reino y cetro; a cuya causa no se probar· que desde aquel tiempo
a Èste haya ning˙n inglÈs muerto cuervo alguno? Pues en tiempo de este buen
rey fue instituida aquella famosa orden de caballerÌa de los caballeros de
la Tabla Redonda, y pasaron, sin faltar un punto, los amores que allÌ se
cuentan de don Lanzarote del Lago con la reina Ginebra, siendo medianera
dellos y sabidora aquella tan honrada dueÒa QuintaÒona, de donde naciÛ
aquel tan sabido romance, y tan decantado en nuestra EspaÒa, de:
Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido
como fuera Lanzarote

cuando de BretaÒa vino;
con aquel progreso tan dulce y tan suave de sus amorosos y fuertes fechos.
Pues desde entonces, de mano en mano, fue aquella orden de caballerÌa
estendiÈndose y dilat·ndose por muchas y diversas partes del mundo; y en
ella fueron famosos y conocidos por sus fechos el valiente AmadÌs de Gaula,
con todos sus hijos y nietos, hasta la quinta generaciÛn, y el valeroso
Felixmarte de Hircania, y el nunca como se debe alabado Tirante el Blanco,
y casi que en nuestros dÌas vimos y comunicamos y oÌmos al invencible y
valeroso caballero don BelianÌs de Grecia. Esto, pues, seÒores, es ser
caballero andante, y la que he dicho es la orden de su caballerÌa; en la
cual, como otra vez he dicho, yo, aunque pecador, he hecho profesiÛn, y lo
mesmo que profesaron los caballeros referidos profeso yo. Y asÌ, me voy por
estas soledades y despoblados buscando las aventuras, con ·nimo deliberado
de ofrecer mi brazo y mi persona a la m·s peligrosa que la suerte me
deparare, en ayuda de los flacos y menesterosos.
Por estas razones que dijo, acabaron de enterarse los caminantes que era
don Quijote falto de juicio, y del gÈnero de locura que lo seÒoreaba, de lo
cual recibieron la mesma admiraciÛn que recibÌan todos aquellos que de
nuevo venÌan en conocimiento della. Y Vivaldo, que era persona muy discreta
y de alegre condiciÛn, por pasar sin pesadumbre el poco camino que decÌan
que les faltaba, al llegar a la sierra del entierro, quiso darle ocasiÛn a
que pasase m·s adelante con sus disparates. Y asÌ, le dijo:
-ParÈceme, seÒor caballero andante, que vuestra merced ha profesado una de
las m·s estrechas profesiones que hay en la tierra, y tengo para mÌ que aun
la de los frailes cartujos no es tan estrecha.
-Tan estrecha bien podÌa ser -respondiÛ nuestro don Quijote-, pero tan
necesaria en el mundo no estoy en dos dedos de ponello en duda. Porque, si
va a decir verdad, no hace menos el soldado que pone en ejecuciÛn lo que su
capit·n le manda que el mesmo capit·n que se lo ordena. Quiero decir que
los religiosos, con toda paz y sosiego, piden al cielo el bien de la
tierra; pero los soldados y caballeros ponemos en ejecuciÛn lo que ellos
piden, defendiÈndola con el valor de nuestros brazos y filos de nuestras
espadas; no debajo de cubierta, sino al cielo abierto, puestos por blanco
de los insufribles rayos del sol en verano y de los erizados yelos del
invierno. AsÌ que, somos ministros de Dios en la tierra, y brazos por quien
se ejecuta en ella su justicia. Y, como las cosas de la guerra y las a
ellas tocantes y concernientes no se pueden poner en ejecuciÛn sino
sudando, afanando y trabajando, sÌguese que aquellos que la profesan
tienen, sin duda, mayor trabajo que aquellos que en sosegada paz y reposo
est·n rogando a Dios favorezca a los que poco pueden. No quiero yo decir,
ni me pasa por pensamiento, que es tan buen estado el de caballero andante
como el del encerrado religioso; sÛlo quiero inferir, por lo que yo
padezco, que, sin duda, es m·s trabajoso y m·s aporreado, y m·s hambriento
y sediento, miserable, roto y piojoso; porque no hay duda sino que los
caballeros andantes pasados pasaron mucha malaventura en el discurso de su
vida. Y si algunos subieron a ser emperadores por el valor de su brazo, a
fe que les costÛ buen porquÈ de su sangre y de su sudor; y que si a los que
a tal grado subieron les faltaran encantadores y sabios que los ayudaran,
que ellos quedaran bien defraudados de sus deseos y bien engaÒados de sus
esperanzas.
-De ese parecer estoy yo -replicÛ el caminante-; pero una cosa, entre otras
muchas, me parece muy mal de los caballeros andantes, y es que, cuando se
ven en ocasiÛn de acometer una grande y peligrosa aventura, en que se vee
manifiesto peligro de perder la vida, nunca en aquel instante de acometella
se acuerdan de encomendarse a Dios, como cada cristiano est· obligado a
hacer en peligros semejantes; antes, se encomiendan a sus damas, con tanta
gana y devociÛn como si ellas fueran su Dios: cosa que me parece que huele
algo a gentilidad.
-SeÒor -respondiÛ don Quijote-, eso no puede ser menos en ninguna manera, y
caerÌa en mal caso el caballero andante que otra cosa hiciese; que ya est·
en uso y costumbre en la caballerÌa andantesca que el caballero andante
que, al acometer alg˙n gran fecho de armas, tuviese su seÒora
delante,vuelva a ella los ojos blanda y amorosamente, como que le pide con
ellos le favorezca y ampare en el dudoso trance que acomete; y aun si nadie
le oye, est· obligado a decir algunas palabras entre dientes, en que de
todo corazÛn se le encomiende; y desto tenemos innumerables ejemplos en las
historias. Y no se ha de entender por esto que han de dejar de encomendarse
a Dios; que tiempo y lugar les queda para hacerlo en el discurso de la
obra.
-Con todo eso -replicÛ el caminante-, me queda un escr˙pulo, y es que
muchas veces he leÌdo que se traban palabras entre dos andantes caballeros,
y, de una en otra, se les viene a encender la cÛlera, y a volver los
caballos y tomar una buena pieza del campo, y luego, sin m·s ni m·s, a todo
el correr dellos, se vuelven a encontrar; y, en mitad de la corrida, se
encomiendan a sus damas; y lo que suele suceder del encuentro es que el uno
cae por las ancas del caballo, pasado con la lanza del contrario de parte a
parte, y al otro le viene tambiÈn que, a no tenerse a las crines del suyo,
no pudiera dejar de venir al suelo. Y no sÈ yo cÛmo el muerto tuvo lugar
para encomendarse a Dios en el discurso de esta tan acelerada obra. Mejor
fuera que las palabras que en la carrera gastÛ encomend·ndose a su dama las
gastara en lo que debÌa y estaba obligado como cristiano. Cuanto m·s, que
yo tengo para mÌ que no todos los caballeros andantes tienen damas a quien
encomendarse, porque no todos son enamorados.
-Eso no puede ser -respondiÛ don Quijote-: digo que no puede ser que haya
caballero andante sin dama, porque tan proprio y tan natural les es a los
tales ser enamorados como al cielo tener estrellas, y a buen seguro que no
se haya visto historia donde se halle caballero andante sin amores; y por
el mesmo caso que estuviese sin ellos, no serÌa tenido por legÌtimo
caballero, sino por bastardo, y que entrÛ en la fortaleza de la caballerÌa
dicha, no por la puerta, sino por las bardas, como salteador y ladrÛn.
-Con todo eso -dijo el caminante-, me parece, si mal no me acuerdo, haber
leÌdo que don Galaor, hermano del valeroso AmadÌs de Gaula, nunca tuvo dama
seÒalada a quien pudiese encomendarse; y, con todo esto, no fue tenido en
menos, y fue un muy valiente y famoso caballero.
A lo cual respondiÛ nuestro don Quijote:
-SeÒor, una golondrina sola no hace verano. Cuanto m·s, que yo sÈ que de
secreto estaba ese caballero muy bien enamorado; fuera que, aquello de
querer a todas bien cuantas bien le parecÌan era condiciÛn natural, a quien
no podÌa ir a la mano. Pero, en resoluciÛn, averiguado est· muy bien que Èl
tenÌa una sola a quien Èl habÌa hecho seÒora de su voluntad, a la cual se
encomendaba muy a menudo y muy secretamente, porque se preciÛ de secreto
caballero.
-Luego, si es de esencia que todo caballero andante haya de ser enamorado
-dijo el caminante-, bien se puede creer que vuestra merced lo es, pues es
de la profesiÛn. Y si es que vuestra merced no se precia de ser tan secreto
como don Galaor, con las veras que puedo le suplico, en nombre de toda esta
compaÒÌa y en el mÌo, nos diga el nombre, patria, calidad y hermosura de su
dama; que ella se tendrÌa por dichosa de que todo el mundo sepa que es
querida y servida de un tal caballero como vuestra merced parece.
AquÌ dio un gran suspiro don Quijote, y dijo:
-Yo no podrÈ afirmar si la dulce mi enemiga gusta, o no, de que el mundo
sepa que yo la sirvo; sÛlo sÈ decir, respondiendo a lo que con tanto
comedimiento se me pide, que su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso,
un lugar de la Mancha; su calidad, por lo menos, ha de ser de princesa,
pues es reina y seÒora mÌa; su hermosura, sobrehumana, pues en ella se
vienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quimÈricos atributos de
belleza que los poetas dan a sus damas: que sus cabellos son oro, su frente
campos elÌseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas
rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, m·rmol
su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve, y las partes que a la vista
humana encubriÛ la honestidad son tales, seg˙n yo pienso y entiendo, que
sÛlo la discreta consideraciÛn puede encarecerlas, y no compararlas.
-El linaje, prosapia y alcurnia querrÌamos saber -replicÛ Vivaldo.
A lo cual respondiÛ don Quijote:
-No es de los antiguos Curcios, Gayos y Cipiones romanos, ni de los
modernos Colonas y Ursinos; ni de los Moncadas y Requesenes de CataluÒa, ni
menos de los Rebellas y Villanovas de Valencia; Palafoxes, Nuzas,
Rocabertis, Corellas, Lunas, Alagones, Urreas, Foces y Gurreas de AragÛn;
Cerdas, Manriques, Mendozas y Guzmanes de Castilla; Alencastros, Pallas y
Meneses de Portogal; pero es de los del Toboso de la Mancha, linaje, aunque
moderno, tal, que puede dar generoso principio a las m·s ilustres familias
de los venideros siglos. Y no se me replique en esto, si no fuere con las
condiciones que puso Cervino al pie del trofeo de las armas de Orlando, que
decÌa:
nadie las mueva
que estar no pueda con Rold·n a prueba.
-Aunque el mÌo es de los Cachopines de Laredo -respondiÛ el caminante-, no
le osarÈ yo poner con el del Toboso de la Mancha, puesto que, para decir
verdad, semejante apellido hasta ahora no ha llegado a mis oÌdos.
-°Como eso no habr· llegado! -replicÛ don Quijote.
Con gran atenciÛn iban escuchando todos los dem·s la pl·tica de los dos, y
aun hasta los mesmos cabreros y pastores conocieron la demasiada falta de
juicio de nuestro don Quijote. SÛlo Sancho Panza pensaba que cuanto su amo
decÌa era verdad, sabiendo Èl quiÈn era y habiÈndole conocido desde su
nacimiento; y en lo que dudaba algo era en creer aquello de la linda
Dulcinea del Toboso, porque nunca tal nombre ni tal princesa habÌa llegado
jam·s a su noticia, aunque vivÌa tan cerca del Toboso.
En estas pl·ticas iban, cuando vieron que, por la quiebra que dos altas
montaÒas hacÌan, bajaban hasta veinte pastores, todos con pellicos de negra
lana vestidos y coronados con guirnaldas, que, a lo que despuÈs pareciÛ,
eran cu·l de tejo y cu·l de ciprÈs. Entre seis dellos traÌan unas andas,
cubiertas de mucha diversidad de flores y de ramos. Lo cual visto por uno
de los cabreros, dijo:
-Aquellos que allÌ vienen son los que traen el cuerpo de GrisÛstomo, y el
pie de aquella montaÒa es el lugar donde Èl mandÛ que le enterrasen.
Por esto se dieron priesa a llegar, y fue a tiempo que ya los que venÌan
habÌan puesto las andas en el suelo; y cuatro dellos con agudos picos
estaban cavando la sepultura a un lado de una dura peÒa.
RecibiÈronse los unos y los otros cortÈsmente; y luego don Quijote y los
que con Èl venÌan se pusieron a mirar las andas, y en ellas vieron cubierto
de flores un cuerpo muerto, vestido como pastor, de edad, al parecer, de
treinta aÒos; y, aunque muerto, mostraba que vivo habÌa sido de rostro
hermoso y de disposiciÛn gallarda. Alrededor dÈl tenÌa en las mesmas
andas algunos libros y muchos papeles, abiertos y cerrados. Y asÌ los que
esto miraban, como los que abrÌan la sepultura, y todos los dem·s que allÌ
habÌa, guardaban un maravilloso silencio, hasta que uno de los que al
muerto trujeron dijo a otro:
-Mir· bien, Ambrosio, si es Èste el lugar que GrisÛstomo dijo, ya que
querÈis que tan puntualmente se cumpla lo que dejÛ mandado en su
testamento.
-…ste es -respondiÛ Ambrosio-; que muchas veces en Èl me contÛ mi
desdichado amigo la historia de su desventura. AllÌ me dijo Èl que vio la
vez primera a aquella enemiga mortal del linaje humano, y allÌ fue tambiÈn
donde la primera vez le declarÛ su pensamiento, tan honesto como enamorado,
y allÌ fue la ˙ltima vez donde Marcela le acabÛ de desengaÒar y desdeÒar,
de suerte que puso fin a la tragedia de su miserable vida. Y aquÌ, en
memoria de tantas desdichas, quiso Èl que le depositasen en las entraÒas
del eterno olvido.
Y, volviÈndose a don Quijote y a los caminantes, prosiguiÛ diciendo:
-Ese cuerpo, seÒores, que con piadosos ojos est·is mirando, fue depositario
de un alma en quien el cielo puso infinita parte de sus riquezas. …se es el
cuerpo de GrisÛstomo, que fue ˙nico en el ingenio, solo en la cortesÌa,
estremo en la gentileza, fÈnix en la amistad, magnÌfico sin tasa, grave sin
presunciÛn, alegre sin bajeza, y, finalmente, primero en todo lo que es ser
bueno, y sin segundo en todo lo que fue ser desdichado. Quiso bien, fue
aborrecido; adorÛ, fue desdeÒado; rogÛ a una fiera, importunÛ a un m·rmol,
corriÛ tras el viento, dio voces a la soledad, sirviÛ a la ingratitud, de
quien alcanzÛ por premio ser despojos de la muerte en la mitad de la
carrera de su vida, a la cual dio fin una pastora a quien Èl procuraba
eternizar para que viviera en la memoria de las gentes, cual lo pudieran
mostrar bien esos papeles que est·is mirando, si Èl no me hubiera mandado
que los entregara al fuego en habiendo entregado su cuerpo a la tierra.
-De mayor rigor y crueldad usarÈis vos con ellos -dijo Vivaldo- que su
mesmo dueÒo, pues no es justo ni acertado que se cumpla la voluntad de
quien lo que ordena va fuera de todo razonable discurso. Y no le tuviera
bueno Augusto CÈsar si consintiera que se pusiera en ejecuciÛn lo que el
divino Mantuano dejÛ en su testamento mandado. AnsÌ que, seÒor Ambrosio, ya
que deis el cuerpo de vuestro amigo a la tierra, no quer·is dar sus
escritos al olvido; que si Èl ordenÛ como agraviado, no es bien que vos
cumpl·is como indiscreto. Antes haced, dando la vida a estos papeles, que
la tenga siempre la crueldad de Marcela, para que sirva de ejemplo, en los
tiempos que est·n por venir, a los vivientes, para que se aparten y huyan
de caer en semejantes despeÒaderos; que ya sÈ yo, y los que aquÌ venimos,
la historia deste vuestro enamorado y desesperado amigo, y sabemos la
amistad vuestra, y la ocasiÛn de su muerte, y lo que dejÛ mandado al acabar
de la vida; de la cual lamentable historia se puede sacar cu·nto haya sido
la crueldad de Marcela, el amor de GrisÛstomo, la fe de la amistad vuestra,
con el paradero que tienen los que a rienda suelta corren por la senda que
el desvariado amor delante de los ojos les pone. Anoche supimos la muerte
de GrisÛstomo, y que en este lugar habÌa de ser enterrado; y asÌ, de
curiosidad y de l·stima, dejamos nuestro derecho viaje, y acordamos de
venir a ver con los ojos lo que tanto nos habÌa lastimado en oÌllo. Y, en
pago desta l·stima y del deseo que en nosotros naciÛ de remedialla si
pudiÈramos, te rogamos, °oh discreto Ambrosio! (a lo menos, yo te lo
suplico de mi parte), que, dejando de abrasar estos papeles, me dejes
llevar algunos dellos.
Y, sin aguardar que el pastor respondiese, alargÛ la mano y tomÛ algunos de
los que m·s cerca estaban; viendo lo cual Ambrosio, dijo:
-Por cortesÌa consentirÈ que os quedÈis, seÒor, con los que ya habÈis
tomado; pero pensar que dejarÈ de abrasar los que quedan es pensamiento
vano.
Vivaldo, que deseaba ver lo que los papeles decÌan, abriÛ luego el uno
dellos y vio que tenÌa por tÌtulo: CanciÛn desesperada. OyÛlo Ambrosio y
dijo:
-…se es el ˙ltimo papel que escribiÛ el desdichado; y, porque ve·is, seÒor,
en el tÈrmino que le tenÌan sus desventuras, leelde de modo que se·is oÌdo;
que bien os dar· lugar a ello el que se tardare en abrir la sepultura.
-Eso harÈ yo de muy buena gana -dijo Vivaldo.
Y, como todos los circunstantes tenÌan el mesmo deseo, se le pusieron a la
redonda; y Èl, leyendo en voz clara, vio que asÌ decÌa:

CapÌtulo XIV. Donde se ponen los versos desesperados del difunto pastor,
con otros no esperados sucesos

CanciÛn de GrisÛstomo

Ya que quieres, cruel, que se publique,
de lengua en lengua y de una en otra gente,
del ·spero rigor tuyo la fuerza,
harÈ que el mesmo infierno comunique
al triste pecho mÌo un son doliente,
con que el uso com˙n de mi voz tuerza.
Y al par de mi deseo, que se esfuerza
a decir mi dolor y tus hazaÒas,
de la espantable voz ir· el acento,
y en Èl mezcladas, por mayor tormento,
pedazos de las mÌseras entraÒas.
Escucha, pues, y presta atento oÌdo,
no al concertado son, sino al r¸ido
que de lo hondo de mi amargo pecho,
llevado de un forzoso desvarÌo,
por gusto mÌo sale y tu despecho.

El rugir del leÛn, del lobo fiero
el temeroso aullido, el silbo horrendo
de escamosa serpiente, el espantable
baladro de alg˙n monstruo, el agorero
graznar de la corneja, y el estruendo
del viento contrastado en mar instable;
del ya vencido toro el implacable
bramido, y de la viuda tortolilla
el sentible arrullar; el triste canto
del envidiado b˙ho, con el llanto
de toda la infernal negra cuadrilla,
salgan con la doliente ·nima fuera,
mezclados en un son, de tal manera
que se confundan los sentidos todos,
pues la pena cruel que en mÌ se halla
para contalla pide nuevos modos.

De tanta confusiÛn no las arenas
del padre Tajo oir·n los tristes ecos,
ni del famoso Betis las olivas:
que allÌ se esparcir·n mis duras penas
en altos riscos y en profundos huecos,
con muerta lengua y con palabras vivas;
o ya en escuros valles, o en esquivas
playas, desnudas de contrato humano,
o adonde el sol jam·s mostrÛ su lumbre,
o entre la venenosa muchedumbre
de fieras que alimenta el libio llano;
que, puesto que en los p·ramos desiertos
los ecos roncos de mi mal, inciertos,
suenen con tu rigor tan sin segundo,
por privilegio de mis cortos hados,
ser·n llevados por el ancho mundo.

Mata un desdÈn, atierra la paciencia,
o verdadera o falsa, una sospecha;
matan los celos con rigor m·s fuerte;
desconcierta la vida larga ausencia;
contra un temor de olvido no aprovecha
firme esperanza de dichosa suerte.
En todo hay cierta, inevitable muerte;
mas yo, °milagro nunca visto!, vivo
celoso, ausente, desdeÒado y cierto
de las sospechas que me tienen muerto;
y en el olvido en quien mi fuego avivo,
y, entre tantos tormentos, nunca alcanza
mi vista a ver en sombra a la esperanza,
ni yo, desesperado, la procuro;
antes, por estremarme en mi querella,
estar sin ella eternamente juro.

øPuÈdese, por ventura, en un instante
esperar y temer, o es bien hacello,
siendo las causas del temor m·s ciertas?
øTengo, si el duro celo est· delante,
de cerrar estos ojos, si he de vello
por mil heridas en el alma abiertas?
øQuiÈn no abrir· de par en par las puertas
a la desconfianza, cuando mira
descubierto el desdÈn, y las sospechas,
°oh amarga conversiÛn!, verdades hechas,
y la limpia verdad vuelta en mentira?
°Oh, en el reino de amor fieros tiranos
celos, ponedme un hierro en estas manos!
Dame, desdÈn, una torcida soga.
Mas, °ay de mÌ!, que, con cruel vitoria,
vuestra memoria el sufrimiento ahoga.

Yo muero, en fin; y, porque nunca espere
buen suceso en la muerte ni en la vida,
pertinaz estarÈ en mi fantasÌa.
DirÈ que va acertado el que bien quiere,
y que es m·s libre el alma m·s rendida
a la de amor antigua tiranÌa.
DirÈ que la enemiga siempre mÌa
hermosa el alma como el cuerpo tiene,
y que su olvido de mi culpa nace,
y que, en fe de los males que nos hace,
amor su imperio en justa paz mantiene.
Y, con esta opiniÛn y un duro lazo,
acelerando el miserable plazo
a que me han conducido sus desdenes,
ofrecerÈ a los vientos cuerpo y alma,
sin lauro o palma de futuros bienes.

T˙, que con tantas sinrazones muestras
la razÛn que me fuerza a que la haga
a la cansada vida que aborrezco,
pues ya ves que te da notorias muestras
esta del corazÛn profunda llaga,
de cÛmo, alegre, a tu rigor me ofrezco,
si, por dicha, conoces que merezco
que el cielo claro de tus bellos ojos
en mi muerte se turbe, no lo hagas;
que no quiero que en nada satisfagas,
al darte de mi alma los despojos.
Antes, con risa en la ocasiÛn funesta,
descubre que el fin mÌo fue tu fiesta;
mas gran simpleza es avisarte desto,
pues sÈ que est· tu gloria conocida
en que mi vida llegue al fin tan presto.

Venga, que es tiempo ya, del hondo abismo
T·ntalo con su sed; SÌsifo venga
con el peso terrible de su canto;
Ticio traya su buitre, y ansimismo
con su rueda EgÔÛn no se detenga,
ni las hermanas que trabajan tanto;
y todos juntos su mortal quebranto
trasladen en mi pecho, y en voz baja
-si ya a un desesperado son debidas-
canten obsequias tristes, doloridas,
al cuerpo a quien se niegue aun la mortaja.
Y el portero infernal de los tres rostros,
con otras mil quimeras y mil monstros,
lleven el doloroso contrapunto;
que otra pompa mejor no me parece
que la merece un amador difunto.

CanciÛn desesperada, no te quejes
cuando mi triste compaÒÌa dejes;
antes, pues que la causa do naciste
con mi desdicha augmenta su ventura,
aun en la sepultura no estÈs triste.

Bien les pareciÛ, a los que escuchado habÌan, la canciÛn de GrisÛstomo,
puesto que el que la leyÛ dijo que no le parecÌa que conformaba con la
relaciÛn que Èl habÌa oÌdo del recato y bondad de Marcela, porque en ella
se quejaba GrisÛstomo de celos, sospechas y de ausencia, todo en perjuicio
del buen crÈdito y buena fama de Marcela. A lo cual respondiÛ Ambrosio,
como aquel que sabÌa bien los m·s escondidos pensamientos de su amigo:
-Para que, seÒor, os satisfag·is desa duda, es bien que sep·is que cuando
este desdichado escribiÛ esta canciÛn estaba ausente de Marcela, de quien
Èl se habÌa ausentado por su voluntad, por ver si usaba con Èl la ausencia
de sus ordinarios fueros. Y, como al enamorado ausente no hay cosa que no
le fatigue ni temor que no le dÈ alcance, asÌ le fatigaban a GrisÛstomo los
celos imaginados y las sospechas temidas como si fueran verdaderas. Y con
esto queda en su punto la verdad que la fama pregona de la bondad de
Marcela; la cual, fuera de ser cruel, y un poco arrogante y un mucho
desdeÒosa, la mesma envidia ni debe ni puede ponerle falta alguna.
-AsÌ es la verdad -respondiÛ Vivaldo.
Y, queriendo leer otro papel de los que habÌa reservado del fuego, lo
estorbÛ una maravillosa visiÛn -que tal parecÌa ella- que improvisamente se
les ofreciÛ a los ojos; y fue que, por cima de la peÒa donde se cavaba la
sepultura, pareciÛ la pastora Marcela, tan hermosa que pasaba a su fama su
hermosura. Los que hasta entonces no la habÌan visto la miraban con
admiraciÛn y silencio, y los que ya estaban acostumbrados a verla no
quedaron menos suspensos que los que nunca la habÌan visto. Mas, apenas la
hubo visto Ambrosio, cuando, con muestras de ·nimo indignado, le dijo:
-øVienes a ver, por ventura, °oh fiero basilisco destas montaÒas!, si con
tu presencia vierten sangre las heridas deste miserable a quien tu crueldad
quitÛ la vida? øO vienes a ufanarte en las crueles hazaÒas de tu condiciÛn,
o a ver desde esa altura, como otro despiadado Nero, el incendio de su
abrasada Roma, o a pisar, arrogante, este desdichado cad·ver, como la
ingrata hija al de su padre Tarquino? Dinos presto a lo que vienes, o quÈ
es aquello de que m·s gustas; que, por saber yo que los pensamientos de
GrisÛstomo jam·s dejaron de obedecerte en vida, harÈ que, aun Èl muerto, te
obedezcan los de todos aquellos que se llamaron sus amigos.
-No vengo, °oh Ambrosio!, a ninguna cosa de las que has dicho -respondiÛ
Marcela-, sino a volver por mÌ misma, y a dar a entender cu·n fuera de
razÛn van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de GrisÛstomo me
culpan; y asÌ, ruego a todos los que aquÌ est·is me estÈis atentos, que no
ser· menester mucho tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una
verdad a los discretos.
ªHÌzome el cielo, seg˙n vosotros decÌs, hermosa, y de tal manera que, sin
ser poderosos a otra cosa, a que me amÈis os mueve mi hermosura; y, por el
amor que me mostr·is, decÌs, y aun querÈis, que estÈ yo obligada a amaros.
Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo
hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razÛn de ser amado, estÈ
obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y m·s, que
podrÌa acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y, siendo lo feo
digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir ''QuiÈrote por hermosa; hasme
de amar aunque sea feo''. Pero, puesto caso que corran igualmente las
hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas
hermosuras enamoran; que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad;
que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, serÌa un andar las
voluntades confusas y descaminadas, sin saber en cu·l habÌan de parar;
porque, siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habÌan de ser los
deseos. Y, seg˙n yo he oÌdo decir, el verdadero amor no se divide, y ha de
ser voluntario, y no forzoso. Siendo esto asÌ, como yo creo que lo es, øpor
quÈ querÈis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no m·s de que decÌs
que me querÈis bien? Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me
hiciera fea, øfuera justo que me quejara de vosotros porque no me am·bades?
Cuanto m·s, que habÈis de considerar que yo no escogÌ la hermosura que
tengo; que, tal cual es, el cielo me la dio de gracia, sin yo pedilla ni
escogella. Y, asÌ como la vÌbora no merece ser culpada por la ponzoÒa que
tiene, puesto que con ella mata, por habÈrsela dado naturaleza, tampoco yo
merezco ser reprehendida por ser hermosa; que la hermosura en la mujer
honesta es como el fuego apartado o como la espada aguda, que ni Èl quema
ni ella corta a quien a ellos no se acerca. La honra y las virtudes son
adornos del alma, sin las cuales el cuerpo, aunque lo sea, no debe de
parecer hermoso. Pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo
y al alma m·s adornan y hermosean, øpor quÈ la ha de perder la que es amada
por hermosa, por corresponder a la intenciÛn de aquel que, por sÛlo su
gusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda?
ªYo nacÌ libre, y para poder vivir libre escogÌ la soledad de los campos.
Los ·rboles destas montaÒas son mi compaÒÌa, las claras aguas destos
arroyos mis espejos; con los ·rboles y con las aguas comunico mis
pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los
que he enamorado con la vista he desengaÒado con las palabras. Y si los
deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a GrisÛstomo
ni a otro alguno, el fin de ninguno dellos bien se puede decir que antes le
matÛ su porfÌa que mi crueldad. Y si se me hace cargo que eran honestos sus
pensamientos, y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digo
que, cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me
descubriÛ la bondad de su intenciÛn, le dije yo que la mÌa era vivir en
perpetua soledad, y de que sola la tierra gozase el fruto de mi
recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si Èl, con todo este
desengaÒo, quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento,
øquÈ mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? Si yo le
entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor
intenciÛn y prosupuesto. PorfiÛ desengaÒado, desesperÛ sin ser aborrecido:
°mirad ahora si ser· razÛn que de su pena se me dÈ a mÌ la culpa! QuÈjese
el engaÒado, desespÈrese aquel a quien le faltaron las prometidas
esperanzas, confÌese el que yo llamare, uf·nese el que yo admitiere; pero
no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaÒo, llamo ni
admito.
ªEl cielo a˙n hasta ahora no ha querido que yo ame por destino, y el pensar
que tengo de amar por elecciÛn es escusado. Este general desengaÒo sirva a
cada uno de los que me solicitan de su particular provecho; y entiÈndase,
de aquÌ adelante, que si alguno por mÌ muriere, no muere de celoso ni
desdichado, porque quien a nadie quiere, a ninguno debe dar celos; que los
desengaÒos no se han de tomar en cuenta de desdenes. El que me llama fiera
y basilisco, dÈjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata,
no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga;
que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta
desconocida, ni los buscar·, servir·, conocer· ni seguir· en ninguna
manera. Que si a GrisÛstomo matÛ su impaciencia y arrojado deseo, øpor quÈ
se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza
con la compaÒÌa de los ·rboles, øpor quÈ ha de querer que la pierda el que
quiere que la tenga con los hombres? Yo, como sabÈis, tengo riquezas
propias y no codicio las ajenas; tengo libre condiciÛn y no gusto de
sujetarme: ni quiero ni aborrezco a nadie. No engaÒo a Èste ni solicito
aquÈl, ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversaciÛn
honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me
entretiene. Tienen mis deseos por tÈrmino estas montaÒas, y si de aquÌ
salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma
a su morada primera.
Y, en diciendo esto, sin querer oÌr respuesta alguna, volviÛ las espaldas y
se entrÛ por lo m·s cerrado de un monte que allÌ cerca estaba, dejando
admirados, tanto de su discreciÛn como de su hermosura, a todos los que
allÌ estaban. Y algunos dieron muestras -de aquellos que de la poderosa
flecha de los rayos de sus bellos ojos estaban heridos- de quererla seguir,
sin aprovecharse del manifiesto desengaÒo que habÌan oÌdo. Lo cual visto
por don Quijote, pareciÈndole que allÌ venÌa bien usar de su caballerÌa,
socorriendo a las doncellas menesterosas, puesta la mano en el puÒo de su
espada, en altas e inteligibles voces, dijo:
-Ninguna persona, de cualquier estado y condiciÛn que sea, se atreva a
seguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa indignaciÛn mÌa.
Ella ha mostrado con claras y suficientes razones la poca o ninguna culpa
que ha tenido en la muerte de GrisÛstomo, y cu·n ajena vive de condescender
con los deseos de ninguno de sus amantes, a cuya causa es justo que, en
lugar de ser seguida y perseguida, sea honrada y estimada de todos los
buenos del mundo, pues muestra que en Èl ella es sola la que con tan
honesta intenciÛn vive.
O ya que fuese por las amenazas de don Quijote, o porque Ambrosio les dijo
que concluyesen con lo que a su buen amigo debÌan, ninguno de los pastores
se moviÛ ni apartÛ de allÌ hasta que, acabada la sepultura y abrasados los
papeles de GrisÛstomo, pusieron su cuerpo en ella, no sin muchas l·grimas
de los circunstantes. Cerraron la sepultura con una gruesa peÒa, en tanto
que se acababa una losa que, seg˙n Ambrosio dijo, pensaba mandar hacer, con
un epitafio que habÌa de decir desta manera:

Yace aquÌ de un amador
el mÌsero cuerpo helado,
que fue pastor de ganado,
perdido por desamor.
MuriÛ a manos del rigor
de una esquiva hermosa ingrata,
con quien su imperio dilata
la tiranÌa de su amor.

Luego esparcieron por cima de la sepultura muchas flores y ramos, y, dando
todos el pÈsame a su amigo Ambrosio, se despidieron dÈl. Lo mesmo hicieron
Vivaldo y su compaÒero, y don Quijote se despidiÛ de sus huÈspedes y de los
caminantes, los cuales le rogaron se viniese con ellos a Sevilla, por ser
lugar tan acomodado a hallar aventuras, que en cada calle y tras cada
esquina se ofrecen m·s que en otro alguno. Don Quijote les agradeciÛ el
aviso y el ·nimo que mostraban de hacerle merced, y dijo que por entonces
no querÌa ni debÌa ir a Sevilla, hasta que hubiese despojado todas aquellas
sierras de ladrones malandrines, de quien era fama que todas estaban
llenas. Viendo su buena determinaciÛn, no quisieron los caminantes
importunarle m·s, sino, torn·ndose a despedir de nuevo, le dejaron y
prosiguieron su camino, en el cual no les faltÛ de quÈ tratar, asÌ de la
historia de Marcela y GrisÛstomo como de las locuras de don Quijote. El
cual determinÛ de ir a buscar a la pastora Marcela y ofrecerle todo lo que
Èl podÌa en su servicio. Mas no le avino como Èl pensaba, seg˙n se cuenta
en el discurso desta verdadera historia, dando aquÌ fin la segunda parte.

Tercera parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

CapÌtulo XV. Donde se cuenta la desgraciada aventura que se topÛ don
Quijote en topar con unos desalmados yang¸eses

Cuenta el sabio Cide Hamete Benengeli que, asÌ como don Quijote se despidiÛ
de sus huÈspedes y de todos los que se hallaron al entierro del pastor
GrisÛstomo, Èl y su escudero se entraron por el mesmo bosque donde vieron
que se habÌa entrado la pastora Marcela; y, habiendo andado m·s de dos
horas por Èl, busc·ndola por todas partes sin poder hallarla, vinieron a
parar a un prado lleno de fresca yerba, junto del cual corrÌa un arroyo
apacible y fresco; tanto, que convidÛ y forzÛ a pasar allÌ las horas de la
siesta, que rigurosamente comenzaba ya a entrar.
Ape·ronse don Quijote y Sancho, y, dejando al jumento y a Rocinante a sus
anchuras pacer de la mucha yerba que allÌ habÌa, dieron saco a las
alforjas, y, sin cerimonia alguna, en buena paz y compaÒÌa, amo y mozo
comieron lo que en ellas hallaron.
No se habÌa curado Sancho de echar sueltas a Rocinante, seguro de que le
conocÌa por tan manso y tan poco rijoso que todas las yeguas de la dehesa
de CÛrdoba no le hicieran tomar mal siniestro. OrdenÛ, pues, la suerte, y
el diablo, que no todas veces duerme, que andaban por aquel valle paciendo
una manada de hacas galicianas de unos arrieros gallegos, de los cuales es
costumbre sestear con su recua en lugares y sitios de yerba y agua; y aquel
donde acertÛ a hallarse don Quijote era muy a propÛsito de los gallegos.
SucediÛ, pues, que a Rocinante le vino en deseo de refocilarse con las
seÒoras facas; y saliendo, asÌ como las oliÛ, de su natural paso y
costumbre, sin pedir licencia a su dueÒo, tomÛ un trotico algo picadillo
y se fue a comunicar su necesidad con ellas. Mas ellas, que, a lo que
pareciÛ, debÌan de tener m·s gana de pacer que de ·l, recibiÈronle con las
herraduras y con los dientes, de tal manera que, a poco espacio, se le
rompieron las cinchas y quedÛ, sin silla, en pelota. Pero lo que Èl debiÛ
m·s de sentir fue que, viendo los arrieros la fuerza que a sus yeguas se
les hacÌa, acudieron con estacas, y tantos palos le dieron que le
derribaron malparado en el suelo.
Ya en esto don Quijote y Sancho, que la paliza de Rocinante habÌan visto,
llegaban ijadeando; y dijo don Quijote a Sancho:
-A lo que yo veo, amigo Sancho, Èstos no son caballeros, sino gente soez y
de baja ralea. DÌgolo porque bien me puedes ayudar a tomar la debida
venganza del agravio que delante de nuestros ojos se le ha hecho a
Rocinante.
-øQuÈ diablos de venganza hemos de tomar -respondiÛ Sancho-, si Èstos son
m·s de veinte y nosotros no m·s de dos, y aun, quiz·, nosotros sino uno y
medio?
-Yo valgo por ciento -replicÛ don Quijote.
Y, sin hacer m·s discursos, echÛ mano a su espada y arremetiÛ a los
gallegos, y lo mesmo hizo Sancho Panza, incitado y movido del ejemplo de su
amo. Y, a las primeras, dio don Quijote una cuchillada a uno, que le abriÛ
un sayo de cuero de que venÌa vestido, con gran parte de la espalda.
Los gallegos, que se vieron maltratar de aquellos dos hombres solos, siendo
ellos tantos, acudieron a sus estacas, y, cogiendo a los dos en medio,
comenzaron a menudear sobre ellos con grande ahÌnco y vehemencia. Verdad es
que al segundo toque dieron con Sancho en el suelo, y lo mesmo le avino a
don Quijote, sin que le valiese su destreza y buen ·nimo; y quiso su
ventura que viniese a caer a los pies de Rocinante, que a˙n no se habÌa
levantado; donde se echa de ver la furia con que machacan estacas puestas
en manos r˙sticas y enojadas.
Viendo, pues, los gallegos el mal recado que habÌan hecho, con la mayor
presteza que pudieron, cargaron su recua y siguieron su camino, dejando a
los dos aventureros de mala traza y de peor talante.
El primero que se resintiÛ fue Sancho Panza; y, hall·ndose junto a su
seÒor, con voz enferma y lastimada, dijo:
-°SeÒor don Quijote! °Ah, seÒor don Quijote!
-øQuÈ quieres, Sancho hermano? -respondiÛ don Quijote con el mesmo tono
afeminado y doliente que Sancho.
-QuerrÌa, si fuese posible -respondiÛ Sancho Panza-, que vuestra merced me
diese dos tragos de aquella bebida del feo Blas, si es que la tiene vuestra
merced ahÌ a mano. Quiz· ser· de provecho para los quebrantamientos de
huesos como lo es para las feridas.
-Pues, a tenerla yo aquÌ, desgraciado yo, øquÈ nos faltaba? -respondiÛ don
Quijote-. Mas yo te juro, Sancho Panza, a fe de caballero andante, que
antes que pasen dos dÌas, si la fortuna no ordena otra cosa, la tengo de
tener en mi poder, o mal me han de andar las manos.
-Pues, øen cu·ntos le parece a vuestra merced que podremos mover los pies?
-replicÛ Sancho Panza.
-De mÌ sÈ decir -dijo el molido caballero don Quijote- que no sabrÈ poner
tÈrmino a esos dÌas. Mas yo me tengo la culpa de todo, que no habÌa de
poner mano a la espada contra hombres que no fuesen armados caballeros como
yo; y asÌ, creo que, en pena de haber pasado las leyes de la caballerÌa, ha
permitido el dios de las batallas que se me diese este castigo. Por lo
cual, Sancho Panza, conviene que estÈs advertido en esto que ahora te dirÈ,
porque importa mucho a la salud de entrambos; y es que, cuando veas que
semejante canalla nos hace alg˙n agravio, no aguardes a que yo ponga mano
al espada para ellos, porque no lo harÈ en ninguna manera, sino pon t˙ mano
a tu espada y castÌgalos muy a tu sabor; que si en su ayuda y defensa
acudieren caballeros, yo te sabrÈ defender y ofendellos con todo mi poder;
que ya habr·s visto por mil seÒales y experiencias hasta adÛnde se estiende
el valor de este mi fuerte brazo.
Tal quedÛ de arrogante el pobre seÒor con el vencimiento del valiente
vizcaÌno. Mas no le pareciÛ tan bien a Sancho Panza el aviso de su amo que
dejase de responder, diciendo:
-SeÒor, yo soy hombre pacÌfico, manso, sosegado, y sÈ disimilar cualquiera
injuria, porque tengo mujer y hijos que sustentar y criar. AsÌ que, sÈale a
vuestra merced tambiÈn aviso, pues no puede ser mandato, que en ninguna
manera pondrÈ mano a la espada, ni contra villano ni contra caballero; y
que, desde aquÌ para delante de Dios, perdono cuantos agravios me han hecho
y han de hacer: ora me los haya hecho, o haga o haya de hacer, persona alta
o baja, rico o pobre, hidalgo o pechero, sin eceptar estado ni condiciÛn
alguna.
Lo cual oÌdo por su amo, le respondiÛ:
-Quisiera tener aliento para poder hablar un poco descansado, y que el
dolor que tengo en esta costilla se aplacara tanto cuanto, para darte a
entender, Panza, en el error en que est·s. Ven ac·, pecador; si el viento
de la fortuna, hasta ahora tan contrario, en nuestro favor se vuelve,
llev·ndonos las velas del deseo para que seguramente y sin contraste alguno
tomemos puerto en alguna de las Ìnsulas que te tengo prometida, øquÈ serÌa
de ti si, gan·ndola yo, te hiciese seÒor della? Pues ølo vendr·s a
imposibilitar por no ser caballero, ni quererlo ser, ni tener valor ni
intenciÛn de vengar tus injurias y defender tu seÒorÌo? Porque has de saber
que en los reinos y provincias nuevamente conquistados nunca est·n tan
quietos los ·nimos de sus naturales, ni tan de parte del nuevo seÒor que no
se tengan temor de que han de hacer alguna novedad para alterar de nuevo
las cosas, y volver, como dicen, a probar ventura; y asÌ, es menester que
el nuevo posesor tenga entendimiento para saberse gobernar, y valor para
ofender y defenderse en cualquiera acontecimiento.
-En este que ahora nos ha acontecido -respondiÛ Sancho-, quisiera yo tener
ese entendimiento y ese valor que vuestra merced dice; mas yo le juro, a fe
de pobre hombre, que m·s estoy para bizmas que para pl·ticas. Mire vuestra
merced si se puede levantar, y ayudaremos a Rocinante, aunque no lo merece,
porque Èl fue la causa principal de todo este molimiento. Jam·s tal creÌ de
Rocinante, que le tenÌa por persona casta y tan pacÌfica como yo. En fin,
bien dicen que es menester mucho tiempo para venir a conocer las personas,
y que no hay cosa segura en esta vida. øQuiÈn dijera que tras de aquellas
tan grandes cuchilladas como vuestra merced dio a aquel desdichado
caballero andante, habÌa de venir, por la posta y en seguimiento suyo, esta
tan grande tempestad de palos que ha descargado sobre nuestras espaldas?
-Aun las tuyas, Sancho -replicÛ don Quijote-, deben de estar hechas a
semejantes nublados; pero las mÌas, criadas entre sinabafas y holandas,
claro est· que sentir·n m·s el dolor desta desgracia. Y si no fuese porque
imagino..., øquÈ digo imagino?, sÈ muy cierto, que todas estas
incomodidades son muy anejas al ejercicio de las armas, aquÌ me dejarÌa
morir de puro enojo.
A esto replicÛ el escudero:
-SeÒor, ya que estas desgracias son de la cosecha de la caballerÌa, dÌgame
vuestra merced si suceden muy a menudo, o si tienen sus tiempos limitados
en que acaecen; porque me parece a mÌ que a dos cosechas quedaremos
in˙tiles para la tercera, si Dios, por su infinita misericordia, no nos
socorre.
-S·bete, amigo Sancho -respondiÛ don Quijote-, que la vida de los
caballeros andantes est· sujeta a mil peligros y desventuras; y, ni m·s ni
menos, est· en potencia propincua de ser los caballeros andantes reyes y
emperadores, como lo ha mostrado la experiencia en muchos y diversos
caballeros, de cuyas historias yo tengo entera noticia. Y pudiÈrate contar
agora, si el dolor me diera lugar, de algunos que, sÛlo por el valor de su
brazo, han subido a los altos grados que he contado; y estos mesmos se
vieron antes y despuÈs en diversas calamidades y miserias. Porque el
valeroso AmadÌs de Gaula se vio en poder de su mortal enemigo Arcal·us el
encantador, de quien se tiene por averiguado que le dio, teniÈndole
preso, m·s de docientos azotes con las riendas de su caballo, atado a una
coluna de un patio. Y aun hay un autor secreto, y de no poco crÈdito, que
dice que, habiendo cogido al Caballero del Febo con una cierta trampa que
se le hundiÛ debajo de los pies, en un cierto castillo, y al caer, se hallÛ
en una honda sima debajo de tierra, atado de pies y manos, y allÌ le
echaron una destas que llaman melecinas, de agua de nieve y arena, de lo
que llegÛ muy al cabo; y si no fuera socorrido en aquella gran cuita de un
sabio grande amigo suyo, lo pasara muy mal el pobre caballero. AnsÌ que,
bien puedo yo pasar entre tanta buena gente; que mayores afrentas son las
que Èstos pasaron, que no las que ahora nosotros pasamos. Porque quiero
hacerte sabidor, Sancho, que no afrentan las heridas que se dan con los
instrumentos que acaso se hallan en las manos; y esto est· en la ley del
duelo, escrito por palabras expresas: que si el zapatero da a otro con la
horma que tiene en la mano, puesto que verdaderamente es de palo, no por
eso se dir· que queda apaleado aquel a quien dio con ella. Digo esto porque
no pienses que, puesto que quedamos desta pendencia molidos, quedamos
afrentados; porque las armas que aquellos hombres traÌan, con que nos
machacaron, no eran otras que sus estacas, y ninguno dellos, a lo que se me
acuerda, tenÌa estoque, espada ni puÒal.

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