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Don Quijote by Miguel de Cervantes [Saavedra] [in Spanish]

Part 19 out of 19

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de Altisidora, aunque con alg˙n escr˙pulo se persuadÌa a que la enamorada
doncella fuese muerta de veras. No iba nada Sancho alegre, porque le
entristecÌa ver que Altisidora no le habÌa cumplido la palabra de darle las
camisas; y, yendo y viniendo en esto, dijo a su amo:

-En verdad, seÒor, que soy el m·s desgraciado mÈdico que se debe de hallar
en el mundo, en el cual hay fÌsicos que, con matar al enfermo que curan,
quieren ser pagados de su trabajo, que no es otro sino firmar una cedulilla
de algunas medicinas, que no las hace Èl, sino el boticario, y c·talo
cantusado; y a mÌ, que la salud ajena me cuesta gotas de sangre, mamonas,
pellizcos, alfilerazos y azotes, no me dan un ardite. Pues yo les voto a
tal que si me traen a las manos otro alg˙n enfermo, que, antes que le cure,
me han de untar las mÌas; que el abad de donde canta yanta, y no quiero
creer que me haya dado el cielo la virtud que tengo para que yo la
comunique con otros de bÛbilis, bÛbilis.

-T˙ tienes razÛn, Sancho amigo -respondiÛ don Quijote-, y halo hecho muy
mal Altisidora en no haberte dado las prometidas camisas; y, puesto que tu
virtud es gratis data, que no te ha costado estudio alguno, m·s que estudio
es recebir martirios en tu persona. De mÌ te sÈ decir que si quisieras paga
por los azotes del desencanto de Dulcinea, ya te la hubiera dado tal como
buena; pero no sÈ si vendr· bien con la cura la paga, y no querrÌa que
impidiese el premio a la medicina. Con todo eso, me parece que no se
perder· nada en probarlo: mira, Sancho, el que quieres, y azÛtate luego, y
p·gate de contado y de tu propia mano, pues tienes dineros mÌos.

A cuyos ofrecimientos abriÛ Sancho los ojos y las orejas de un palmo, y dio
consentimiento en su corazÛn a azotarse de buena gana; y dijo a su amo:

-Agora bien, seÒor, yo quiero disponerme a dar gusto a vuestra merced en lo
que desea, con provecho mÌo; que el amor de mis hijos y de mi mujer me hace
que me muestre interesado. DÌgame vuestra merced: øcu·nto me dar· por cada
azote que me diere?

-Si yo te hubiera de pagar, Sancho -respondiÛ don Quijote-, conforme lo que
merece la grandeza y calidad deste remedio, el tesoro de Venecia, las minas
del PotosÌ fueran poco para pagarte; toma t˙ el tiento a lo que llevas mÌo,
y pon el precio a cada azote.

-Ellos -respondiÛ Sancho- son tres mil y trecientos y tantos; de ellos me
he dado hasta cinco: quedan los dem·s; entren entre los tantos estos cinco,
y vengamos a los tres mil y trecientos, que a cuartillo cada uno, que no
llevarÈ menos si todo el mundo me lo mandase, montan tres mil y trecientos
cuartillos, que son los tres mil, mil y quinientos medios reales, que hacen
setecientos y cincuenta reales; y los trecientos hacen ciento y cincuenta
medios reales, que vienen a hacer setenta y cinco reales, que, junt·ndose a
los setecientos y cincuenta, son por todos ochocientos y veinte y cinco
reales. …stos desfalcarÈ yo de los que tengo de vuestra merced, y entrarÈ
en mi casa rico y contento, aunque bien azotado; porque no se toman
truchas..., y no digo m·s.

-°Oh Sancho bendito! °Oh Sancho amable -respondiÛ don Quijote-, y cu·n
obligados hemos de quedar Dulcinea y yo a servirte todos los dÌas que el
cielo nos diere de vida! Si ella vuelve al ser perdido, que no es posible
sino que vuelva, su desdicha habr· sido dicha, y mi vencimiento, felicÌsimo
triunfo. Y mira, Sancho, cu·ndo quieres comenzar la diciplina, que porque
la abrevies te aÒado cien reales.

-øCu·ndo? -replicÛ Sancho-. Esta noche, sin falta. Procure vuestra merced
que la tengamos en el campo, al cielo abierto, que yo me abrirÈ mis carnes.

LlegÛ la noche, esperada de don Quijote con la mayor ansia del mundo,
pareciÈndole que las ruedas del carro de Apolo se habÌan quebrado, y que el
dÌa se alargaba m·s de lo acostumbrado, bien asÌ como acontece a los
enamorados, que jam·s ajustan la cuenta de sus deseos. Finalmente, se
entraron entre unos amenos ·rboles que poco desviados del camino estaban,
donde, dejando vacÌas la silla y albarda de Rocinante y el rucio, se
tendieron sobre la verde yerba y cenaron del repuesto de Sancho; el cual,
haciendo del cabestro y de la j·quima del rucio un poderoso y flexible
azote, se retirÛ hasta veinte pasos de su amo, entre unas hayas. Don
Quijote, que le vio ir con denuedo y con brÌo, le dijo:

-Mira, amigo, que no te hagas pedazos; da lugar que unos azotes aguarden a
otros; no quieras apresurarte tanto en la carrera, que en la mitad della te
falte el aliento; quiero decir que no te des tan recio que te falte la vida
antes de llegar al n˙mero deseado. Y, porque no pierdas por carta de m·s ni
de menos, yo estarÈ desde aparte contando por este mi rosario los azotes
que te dieres. FavorÈzcate el cielo conforme tu buena intenciÛn merece.

-Al buen pagador no le duelen prendas -respondiÛ Sancho-: yo pienso darme
de manera que, sin matarme, me duela; que en esto debe de consistir la
sustancia deste milagro.

DesnudÛse luego de medio cuerpo arriba, y, arrebatando el cordel, comenzÛ a
darse, y comenzÛ don Quijote a contar los azotes.

Hasta seis o ocho se habrÌa dado Sancho, cuando le pareciÛ ser pesada la
burla y muy barato el precio della, y, deteniÈndose un poco, dijo a su amo
que se llamaba a engaÒo, porque merecÌa cada azote de aquÈllos ser pagado a
medio real, no que a cuartillo.

-Prosigue, Sancho amigo, y no desmayes -le dijo don Quijote-, que yo doblo
la parada del precio.

-Dese modo -dijo Sancho-, °a la mano de Dios, y lluevan azotes!

Pero el socarrÛn dejÛ de d·rselos en las espaldas, y daba en los ·rboles,
con unos suspiros de cuando en cuando, que parecÌa que con cada uno dellos
se le arrancaba el alma. Tierna la de don Quijote, temeroso de que no se le
acabase la vida, y no consiguiese su deseo por la imprudencia de Sancho, le
dijo:

-Por tu vida, amigo, que se quede en este punto este negocio, que me parece
muy ·spera esta medicina, y ser· bien dar tiempo al tiempo; que no se ganÛ
Zamora en un hora. M·s de mil azotes, si yo no he contado mal, te has dado:
bastan por agora; que el asno, hablando a lo grosero, sufre la carga, mas
no la sobrecarga.

-No, no, seÒor -respondiÛ Sancho-, no se ha de decir por mÌ: "a dineros
pagados, brazos quebrados". Ap·rtese vuestra merced otro poco y dÈjeme dar
otros mil azotes siquiera, que a dos levadas dÈstas habremos cumplido con
esta partida, y a˙n nos sobrar· ropa.

-Pues t˙ te hallas con tan buena disposiciÛn -dijo don Quijote-, el cielo
te ayude, y pÈgate, que yo me aparto.

VolviÛ Sancho a su tarea con tanto denuedo, que ya habÌa quitado las
cortezas a muchos ·rboles: tal era la riguridad con que se azotaba; y,
alzando una vez la voz, y dando un desaforado azote en una haya, dijo:

-°AquÌ morir·s, SansÛn, y cuantos con Èl son!

AcudiÛ don Quijote luego al son de la lastimada voz y del golpe del
riguroso azote, y, asiendo del torcido cabestro que le servÌa de corbacho a
Sancho, le dijo:

-No permita la suerte, Sancho amigo, que por el gusto mÌo pierdas t˙ la
vida, que ha de servir para sustentar a tu mujer y a tus hijos: espere
Dulcinea mejor coyuntura, que yo me contendrÈ en los lÌmites de la
esperanza propincua, y esperarÈ que cobres fuerzas nuevas, para que se
concluya este negocio a gusto de todos.

-Pues vuestra merced, seÒor mÌo, lo quiere asÌ -respondiÛ Sancho-, sea en
buena hora, y Ècheme su ferreruelo sobre estas espaldas, que estoy sudando
y no querrÌa resfriarme; que los nuevos diciplinantes corren este peligro.

HÌzolo asÌ don Quijote, y, qued·ndose en pelota, abrigÛ a Sancho, el cual
se durmiÛ hasta que le despertÛ el sol, y luego volvieron a proseguir su
camino, a quien dieron fin, por entonces, en un lugar que tres leguas de
allÌ estaba. Ape·ronse en un mesÛn, que por tal le reconociÛ don Quijote, y
no por castillo de cava honda, torres, rastrillos y puente levadiza; que,
despuÈs que le vencieron, con m·s juicio en todas las cosas discurrÌa, como
agora se dir·. Aloj·ronle en una sala baja, a quien servÌan de guadameciles
unas sargas viejas pintadas, como se usan en las aldeas. En una dellas
estaba pintada de malÌsima mano el robo de Elena, cuando el atrevido
huÈsped se la llevÛ a Menalao, y en otra estaba la historia de Dido y de
Eneas, ella sobre una alta torre, como que hacÌa seÒas con una media s·bana
al fugitivo huÈsped, que por el mar, sobre una fragata o bergantÌn, se iba
huyendo.

NotÛ en las dos historias que Elena no iba de muy mala gana, porque se reÌa
a socapa y a lo socarrÛn; pero la hermosa Dido mostraba verter l·grimas del
tamaÒo de nueces por los ojos. Viendo lo cual don Quijote, dijo:

-Estas dos seÒoras fueron desdichadÌsimas, por no haber nacido en esta
edad, y yo sobre todos desdichado en no haber nacido en la suya: encontrara
a aquestos seÒores, ni fuera abrasada Troya, ni Cartago destruida, pues con
sÛlo que yo matara a Paris se escusaran tantas desgracias.

-Yo apostarÈ -dijo Sancho- que antes de mucho tiempo no ha de haber
bodegÛn, venta ni mesÛn, o tienda de barbero, donde no ande pintada la
historia de nuestras hazaÒas. Pero querrÌa yo que la pintasen manos de otro
mejor pintor que el que ha pintado a Èstas.

-Tienes razÛn, Sancho -dijo don Quijote-, porque este pintor es como
Orbaneja, un pintor que estaba en ⁄beda; que, cuando le preguntaban quÈ
pintaba, respondÌa: ''Lo que saliere''; y si por ventura pintaba un gallo,
escribÌa debajo: "…ste es gallo", porque no pensasen que era zorra. Desta
manera me parece a mÌ, Sancho, que debe de ser el pintor o escritor, que
todo es uno, que sacÛ a luz la historia deste nuevo don Quijote que ha
salido: que pintÛ o escribiÛ lo que saliere; o habr· sido como un poeta que
andaba los aÒos pasados en la corte, llamado MauleÛn, el cual respondÌa de
repente a cuanto le preguntaban; y, pregunt·ndole uno que quÈ querÌa decir
Deum de Deo, respondiÛ: ''DÈ donde diere''. Pero, dejando esto aparte, dime
si piensas, Sancho, darte otra tanda esta noche, y si quieres que sea
debajo de techado, o al cielo abierto.

-Pardiez, seÒor -respondiÛ Sancho-, que para lo que yo pienso darme, eso se
me da en casa que en el campo; pero, con todo eso, querrÌa que fuese entre
·rboles, que parece que me acompaÒan y me ayudan a llevar mi trabajo
maravillosamente.

-Pues no ha de ser asÌ, Sancho amigo -respondiÛ don Quijote-, sino que para
que tomes fuerzas, lo hemos de guardar para nuestra aldea, que, a lo m·s
tarde, llegaremos all· despuÈs de maÒana.

Sancho respondiÛ que hiciese su gusto, pero que Èl quisiera concluir con
brevedad aquel negocio a sangre caliente y cuando estaba picado el molino,
porque en la tardanza suele estar muchas veces el peligro; y a Dios rogando
y con el mazo dando, y que m·s valÌa un "toma" que dos "te darÈ", y el
p·jaro en la mano que el buitre volando.

-No m·s refranes, Sancho, por un solo Dios -dijo don Quijote-, que parece
que te vuelves al sicut erat; habla a lo llano, a lo liso, a lo no
intricado, como muchas veces te he dicho, y ver·s como te vale un pan por
ciento.

-No sÈ quÈ mala ventura es esta mÌa -respondiÛ Sancho-, que no sÈ decir
razÛn sin refr·n, ni refr·n que no me parezca razÛn; pero yo me enmendarÈ,
si pudiere.

Y, con esto, cesÛ por entonces su pl·tica.

CapÌtulo LXXII. De cÛmo don Quijote y Sancho llegaron a su aldea

Todo aquel dÌa, esperando la noche, estuvieron en aquel lugar y mesÛn don
Quijote y Sancho: el uno, para acabar en la campaÒa rasa la tanda de su
diciplina, y el otro, para ver el fin della, en el cual consistÌa el de su
deseo. LlegÛ en esto al mesÛn un caminante a caballo, con tres o cuatro
criados, uno de los cuales dijo al que el seÒor dellos parecÌa:

-AquÌ puede vuestra merced, seÒor don ¡lvaro Tarfe, pasar hoy la siesta: la
posada parece limpia y fresca.

Oyendo esto don Quijote, le dijo a Sancho:

-Mira, Sancho: cuando yo hojeÈ aquel libro de la segunda parte de mi
historia, me parece que de pasada topÈ allÌ este nombre de don ¡lvaro
Tarfe.

-Bien podr· ser -respondiÛ Sancho-. DejÈmosle apear, que despuÈs se lo
preguntaremos.

El caballero se apeÛ, y, frontero del aposento de don Quijote, la huÈspeda
le dio una sala baja, enjaezada con otras pintadas sargas, como las que
tenÌa la estancia de don Quijote. P˙sose el reciÈn venido caballero a lo de
verano, y, saliÈndose al portal del mesÛn, que era espacioso y fresco, por
el cual se paseaba don Quijote, le preguntÛ:

-øAdÛnde bueno camina vuestra merced, seÒor gentilhombre?

Y don Quijote le respondiÛ:

-A una aldea que est· aquÌ cerca, de donde soy natural. Y vuestra merced,
ødÛnde camina?

-Yo, seÒor -respondiÛ el caballero-, voy a Granada, que es mi patria.

-°Y buena patria! -replicÛ don Quijote-. Pero, dÌgame vuestra merced, por
cortesÌa, su nombre, porque me parece que me ha de importar saberlo m·s de
lo que buenamente podrÈ decir.

-Mi nombre es don ¡lvaro Tarfe -respondiÛ el huÈsped.

A lo que replicÛ don Quijote:

-Sin duda alguna pienso que vuestra merced debe de ser aquel don ¡lvaro
Tarfe que anda impreso en la Segunda parte de la historia de don Quijote de
la Mancha, reciÈn impresa y dada a la luz del mundo por un autor moderno.

-El mismo soy -respondiÛ el caballero-, y el tal don Quijote, sujeto
principal de la tal historia, fue grandÌsimo amigo mÌo, y yo fui el que le
sacÛ de su tierra, o, a lo menos, le movÌ a que viniese a unas justas que
se hacÌan en Zaragoza, adonde yo iba; y, en verdad en verdad que le hice
muchas amistades, y que le quitÈ de que no le palmease las espaldas el
verdugo, por ser demasiadamente atrevido.

-Y, dÌgame vuestra merced, seÒor don ¡lvaro, øparezco yo en algo a ese tal
don Quijote que vuestra merced dice?

-No, por cierto -respondiÛ el huÈsped-: en ninguna manera.

-Y ese don Quijote -dijo el nuestro-, øtraÌa consigo a un escudero llamado
Sancho Panza?

-SÌ traÌa -respondiÛ don ¡lvaro-; y, aunque tenÌa fama de muy gracioso,
nunca le oÌ decir gracia que la tuviese.

-Eso creo yo muy bien -dijo a esta sazÛn Sancho-, porque el decir gracias
no es para todos, y ese Sancho que vuestra merced dice, seÒor gentilhombre,
debe de ser alg˙n grandÌsimo bellaco, friÛn y ladrÛn juntamente, que el
verdadero Sancho Panza soy yo, que tengo m·s gracias que llovidas; y si no,
haga vuestra merced la experiencia, y ·ndese tras de mÌ, por los menos un
aÒo, y ver· que se me caen a cada paso, y tales y tantas que, sin saber yo
las m·s veces lo que me digo, hago reÌr a cuantos me escuchan; y el
verdadero don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente y el discreto,
el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos y huÈrfanos,
el amparo de las viudas, el matador de las doncellas, el que tiene por
˙nica seÒora a la sin par Dulcinea del Toboso, es este seÒor que est·
presente, que es mi amo; todo cualquier otro don Quijote y cualquier otro
Sancho Panza es burlerÌa y cosa de sueÒo.

-°Por Dios que lo creo! -respondiÛ don ¡lvaro-, porque m·s gracias habÈis
dicho vos, amigo, en cuatro razones que habÈis hablado, que el otro Sancho
Panza en cuantas yo le oÌ hablar, que fueron muchas. M·s tenÌa de comilÛn
que de bien hablado, y m·s de tonto que de gracioso, y tengo por sin duda
que los encantadores que persiguen a don Quijote el bueno han querido
perseguirme a mÌ con don Quijote el malo. Pero no sÈ quÈ me diga; que osarÈ
yo jurar que le dejo metido en la casa del Nuncio, en Toledo, para que le
curen, y agora remanece aquÌ otro don Quijote, aunque bien diferente del
mÌo.

-Yo -dijo don Quijote- no sÈ si soy bueno, pero sÈ decir que no soy el
malo; para prueba de lo cual quiero que sepa vuesa merced, mi seÒor don
¡lvaro Tarfe, que en todos los dÌas de mi vida no he estado en Zaragoza;
antes, por haberme dicho que ese don Quijote fant·stico se habÌa hallado en
las justas desa ciudad, no quise yo entrar en ella, por sacar a las barbas
del mundo su mentira; y asÌ, me pasÈ de claro a Barcelona, archivo de la
cortesÌa, albergue de los estranjeros, hospital de los pobres, patria de
los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes
amistades, y, en sitio y en belleza, ˙nica. Y, aunque los sucesos que en
ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los
llevo sin ella, sÛlo por haberla visto. Finalmente, seÒor don ¡lvaro Tarfe,
yo soy don Quijote de la Mancha, el mismo que dice la fama, y no ese
desventurado que ha querido usurpar mi nombre y honrarse con mis
pensamientos. A vuestra merced suplico, por lo que debe a ser caballero,
sea servido de hacer una declaraciÛn ante el alcalde deste lugar, de que
vuestra merced no me ha visto en todos los dÌas de su vida hasta agora, y
de que yo no soy el don Quijote impreso en la segunda parte, ni este Sancho
Panza mi escudero es aquÈl que vuestra merced conociÛ.

-Eso harÈ yo de muy buena gana -respondiÛ don ¡lvaro-, puesto que cause
admiraciÛn ver dos don Quijotes y dos Sanchos a un mismo tiempo, tan
conformes en los nombres como diferentes en las acciones; y vuelvo a decir
y me afirmo que no he visto lo que he visto, ni ha pasado por mÌ lo que ha
pasado.

-Sin duda -dijo Sancho- que vuestra merced debe de estar encantado, como
mi seÒora Dulcinea del Toboso, y pluguiera al cielo que estuviera su
desencanto de vuestra merced en darme otros tres mil y tantos azotes como
me doy por ella, que yo me los diera sin interÈs alguno.

-No entiendo eso de azotes -dijo don ¡lvaro.

Y Sancho le respondiÛ que era largo de contar, pero que Èl se lo contarÌa
si acaso iban un mesmo camino.

LlegÛse en esto la hora de comer; comieron juntos don Quijote y don ¡lvaro.
EntrÛ acaso el alcalde del pueblo en el mesÛn, con un escribano, ante el
cual alcalde pidiÛ don Quijote, por una peticiÛn, de que a su derecho
convenÌa de que don ¡lvaro Tarfe, aquel caballero que allÌ estaba presente,
declarase ante su merced como no conocÌa a don Quijote de la Mancha, que
asimismo estaba allÌ presente, y que no era aquÈl que andaba impreso en una
historia intitulada: Segunda parte de don Quijote de la Mancha, compuesta
por un tal de Avellaneda, natural de Tordesillas. Finalmente, el alcalde
proveyÛ jurÌdicamente; la declaraciÛn se hizo con todas las fuerzas que en
tales casos debÌan hacerse, con lo que quedaron don Quijote y Sancho muy
alegres, como si les importara mucho semejante declaraciÛn y no mostrara
claro la diferencia de los dos don Quijotes y la de los dos Sanchos sus
obras y sus palabras. Muchas de cortesÌas y ofrecimientos pasaron entre don
¡lvaro y don Quijote, en las cuales mostrÛ el gran manchego su discreciÛn,
de modo que desengaÒÛ a don ¡lvaro Tarfe del error en que estaba; el cual
se dio a entender que debÌa de estar encantado, pues tocaba con la mano dos
tan contrarios don Quijotes.

LlegÛ la tarde, partiÈronse de aquel lugar, y a obra de media legua se
apartaban dos caminos diferentes, el uno que guiaba a la aldea de don
Quijote, y el otro el que habÌa de llevar don ¡lvaro. En este poco espacio
le contÛ don Quijote la desgracia de su vencimiento y el encanto y el
remedio de Dulcinea, que todo puso en nueva admiraciÛn a don ¡lvaro, el
cual, abrazando a don Quijote y a Sancho, siguiÛ su camino, y don Quijote
el suyo, que aquella noche la pasÛ entre otros ·rboles, por dar lugar a
Sancho de cumplir su penitencia, que la cumpliÛ del mismo modo que la
pasada noche, a costa de las cortezas de las hayas, harto m·s que de sus
espaldas, que las guardÛ tanto, que no pudieran quitar los azotes una
mosca, aunque la tuviera encima.

No perdiÛ el engaÒado don Quijote un solo golpe de la cuenta, y hallÛ que
con los de la noche pasada era tres mil y veinte y nueve. Parece que habÌa
madrugado el sol a ver el sacrificio, con cuya luz volvieron a proseguir su
camino, tratando entre los dos del engaÒo de don ¡lvaro y de cu·n bien
acordado habÌa sido tomar su declaraciÛn ante la justicia, y tan
autÈnticamente.

Aquel dÌa y aquella noche caminaron sin sucederles cosa digna de contarse,
si no fue que en ella acabÛ Sancho su tarea, de que quedÛ don Quijote
contento sobremodo, y esperaba el dÌa, por ver si en el camino topaba ya
desencantada a Dulcinea su seÒora; y, siguiendo su camino, no topaba mujer
ninguna que no iba a reconocer si era Dulcinea del Toboso, teniendo por
infalible no poder mentir las promesas de MerlÌn.

Con estos pensamientos y deseos subieron una cuesta arriba, desde la cual
descubrieron su aldea, la cual, vista de Sancho, se hincÛ de rodillas y
dijo:

-Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza, tu
hijo, si no muy rico, muy bien azotado. Abre los brazos y recibe tambiÈn tu
hijo don Quijote, que si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor
de sÌ mismo; que, seg˙n Èl me ha dicho, es el mayor vencimiento que
desearse puede. Dineros llevo, porque si buenos azotes me daban, bien
caballero me iba.

-DÈjate desas sandeces -dijo don Quijote-, y vamos con pie derecho a entrar
en nuestro lugar, donde daremos vado a nuestras imaginaciones, y la traza
que en la pastoral vida pensamos ejercitar.

Con esto, bajaron de la cuesta y se fueron a su pueblo.

CapÌtulo LXXIII. De los ag¸eros que tuvo don Quijote al entrar de su aldea,
con otros sucesos que adornan y acreditan esta grande historia

A la entrada del cual, seg˙n dice Cide Hamete, vio don Quijote que en las
eras del lugar estaban riÒendo dos mochachos, y el uno dijo al otro:

-No te canses Periquillo, que no la has de ver en todos los dÌas de tu
vida.

OyÛlo don Quijote, y dijo a Sancho:

-øNo adviertes, amigo, lo que aquel mochacho ha dicho: ''no la has de ver
en todos los dÌas de tu vida''?

-Pues bien, øquÈ importa -respondiÛ Sancho- que haya dicho eso el mochacho?

-øQuÈ? -replicÛ don Quijote-. øNo vees t˙ que, aplicando aquella palabra a
mi intenciÛn, quiere significar que no tengo de ver m·s a Dulcinea?

QuerÌale responder Sancho, cuando se lo estorbÛ ver que por aquella campaÒa
venÌa huyendo una liebre, seguida de muchos galgos y cazadores, la cual,
temerosa, se vino a recoger y a agazapar debajo de los pies del rucio.
CogiÛla Sancho a mano salva y presentÛsela a don Quijote, el cual estaba
diciendo:

-Malum signum! Malum signum! Liebre huye, galgos la siguen: °Dulcinea no
parece!

-EstraÒo es vuesa merced -dijo Sancho-. Presupongamos que esta liebre es
Dulcinea del Toboso y estos galgos que la persiguen son los malandrines
encantadores que la transformaron en labradora: ella huye, yo la cojo y la
pongo en poder de vuesa merced, que la tiene en sus brazos y la regala:
øquÈ mala seÒal es Èsta, ni quÈ mal ag¸ero se puede tomar de aquÌ?

Los dos mochachos de la pendencia se llegaron a ver la liebre, y al uno
dellos preguntÛ Sancho que por quÈ reÒÌan. Y fuele respondido por el que
habÌa dicho ''no la ver·s m·s en toda tu vida'', que Èl habÌa tomado al
otro mochacho una jaula de grillos, la cual no pensaba volvÈrsela en toda
su vida. SacÛ Sancho cuatro cuartos de la faltriquera y diÛselos al
mochacho por la jaula, y p˙sosela en las manos a don Quijote, diciendo:

-He aquÌ, seÒor, rompidos y desbaratados estos ag¸eros, que no tienen que
ver m·s con nuestros sucesos, seg˙n que yo imagino, aunque tonto, que con
las nubes de antaÒo. Y si no me acuerdo mal, he oÌdo decir al cura de
nuestro pueblo que no es de personas cristianas ni discretas mirar en estas
niÒerÌas; y aun vuesa merced mismo me lo dijo los dÌas pasados, d·ndome a
entender que eran tontos todos aquellos cristianos que miraban en ag¸eros.
Y no es menester hacer hincapiÈ en esto, sino pasemos adelante y entremos
en nuestra aldea.

Llegaron los cazadores, pidieron su liebre, y diÛsela don Quijote; pasaron
adelante, y, a la entrada del pueblo, toparon en un pradecillo rezando al
cura y al bachiller Carrasco. Y es de saber que Sancho Panza habÌa echado
sobre el rucio y sobre el lÌo de las armas, para que sirviese de repostero,
la t˙nica de bocacÌ, pintada de llamas de fuego que le vistieron en el
castillo del duque la noche que volviÛ en sÌ Altisidora. AcomodÛle tambiÈn
la coroza en la cabeza, que fue la m·s nueva transformaciÛn y adorno con
que se vio jam·s jumento en el mundo.

Fueron luego conocidos los dos del cura y del bachiller, que se vinieron a
ellos con los brazos abiertos. ApeÛse don Quijote y abrazÛlos
estrechamente; y los mochachos, que son linces no escusados, divisaron la
coroza del jumento y acudieron a verle, y decÌan unos a otros:

-Venid, mochachos, y verÈis el asno de Sancho Panza m·s gal·n que Mingo, y
la bestia de don Quijote m·s flaca hoy que el primer dÌa.

Finalmente, rodeados de mochachos y acompaÒados del cura y del bachiller,
entraron en el pueblo, y se fueron a casa de don Quijote, y hallaron a la
puerta della al ama y a su sobrina, a quien ya habÌan llegado las nuevas de
su venida. Ni m·s ni menos se las habÌan dado a Teresa Panza, mujer de
Sancho, la cual, desgreÒada y medio desnuda, trayendo de la mano a
Sanchica, su hija, acudiÛ a ver a su marido; y, viÈndole no tan bien
adeliÒado como ella se pensaba que habÌa de estar un gobernador, le dijo:

-øCÛmo venÌs asÌ, marido mÌo, que me parece que venÌs a pie y despeado, y
m·s traÈis semejanza de desgobernado que de gobernador?

-Calla, Teresa -respondiÛ Sancho-, que muchas veces donde hay estacas no
hay tocinos, y v·monos a nuestra casa, que all· oir·s maravillas. Dineros
traigo, que es lo que importa, ganados por mi industria y sin daÒo de
nadie.

-Traed vos dinero, mi buen marido -dijo Teresa-, y sean ganados por aquÌ o
por allÌ, que, comoquiera que los hay·is ganado, no habrÈis hecho usanza
nueva en el mundo.

AbrazÛ Sanchica a su padre, y preguntÛle si traÌa algo, que le estaba
esperando como el agua de mayo; y, asiÈndole de un lado del cinto, y su
mujer de la mano, tirando su hija al rucio, se fueron a su casa, dejando a
don Quijote en la suya, en poder de su sobrina y de su ama, y en compaÒÌa
del cura y del bachiller.

Don Quijote, sin guardar tÈrminos ni horas, en aquel mismo punto se apartÛ
a solas con el bachiller y el cura, y en breves razones les contÛ su
vencimiento, y la obligaciÛn en que habÌa quedado de no salir de su aldea
en un aÒo, la cual pensaba guardar al pie de la letra, sin traspasarla en
un ·tomo, bien asÌ como caballero andante, obligado por la puntualidad y
orden de la andante caballerÌa, y que tenÌa pensado de hacerse aquel aÒo
pastor, y entretenerse en la soledad de los campos, donde a rienda suelta
podÌa dar vado a sus amorosos pensamientos, ejercit·ndose en el pastoral y
virtuoso ejercicio; y que les suplicaba, si no tenÌan mucho que hacer y no
estaban impedidos en negocios m·s importantes, quisiesen ser sus
compaÒeros; que Èl comprarÌa ovejas y ganado suficiente que les diese
nombre de pastores; y que les hacÌa saber que lo m·s principal de aquel
negocio estaba hecho, porque les tenÌa puestos los nombres, que les
vendrÌan como de molde. DÌjole el cura que los dijese. RespondiÛ don
Quijote que Èl se habÌa de llamar el pastor Quijotiz; y el bachiller, el
pastor CarrascÛn; y el cura, el pastor Curambro; y Sancho Panza, el pastor
Pancino.

Pasm·ronse todos de ver la nueva locura de don Quijote; pero, porque no se
les fuese otra vez del pueblo a sus caballerÌas, esperando que en aquel aÒo
podrÌa ser curado, concedieron con su nueva intenciÛn, y aprobaron por
discreta su locura, ofreciÈndosele por compaÒeros en su ejercicio.

-Y m·s -dijo SansÛn Carrasco-, que, como ya todo el mundo sabe, yo soy
celebÈrrimo poeta y a cada paso compondrÈ versos pastoriles, o cortesanos,
o como m·s me viniere a cuento, para que nos entretengamos por esos
andurriales donde habemos de andar; y lo que m·s es menester, seÒores mÌos,
es que cada uno escoja el nombre de la pastora que piensa celebrar en sus
versos, y que no dejemos ·rbol, por duro que sea, donde no la retule y
grabe su nombre, como es uso y costumbre de los enamorados pastores.

-Eso est· de molde -respondiÛ don Quijote-, puesto que yo estoy libre de
buscar nombre de pastora fingida, pues est· ahÌ la sin par Dulcinea del
Toboso, gloria de estas riberas, adorno de estos prados, sustento de la
hermosura, nata de los donaires, y, finalmente, sujeto sobre quien puede
asentar bien toda alabanza, por hipÈrbole que sea.

-AsÌ es verdad -dijo el cura-, pero nosotros buscaremos por ahÌ pastoras
maÒeruelas, que si no nos cuadraren, nos esquinen.

A lo que aÒadiÛ SansÛn Carrasco:

-Y cuando faltaren, darÈmosles los nombres de las estampadas e impresas,
de quien est· lleno el mundo: FÌlidas, Amarilis, Dianas, FlÈridas,
Galateas y Belisardas; que, pues las venden en las plazas, bien las podemos
comprar nosotros y tenerlas por nuestras. Si mi dama, o, por mejor decir,
mi pastora, por ventura se llamare Ana, la celebrarÈ debajo del nombre de
Anarda; y si Francisca, la llamarÈ yo Francenia; y si LucÌa, Lucinda, que
todo se sale all·; y Sancho Panza, si es que ha de entrar en esta cofadrÌa,
podr· celebrar a su mujer Teresa Panza con nombre de Teresaina.

RiÛse don Quijote de la aplicaciÛn del nombre, y el cura le alabÛ infinito
su honesta y honrada resoluciÛn, y se ofreciÛ de nuevo a hacerle compaÒÌa
todo el tiempo que le vacase de atender a sus forzosas obligaciones. Con
esto, se despidieron dÈl, y le rogaron y aconsejaron tuviese cuenta con su
salud, con regalarse lo que fuese bueno.

Quiso la suerte que su sobrina y el ama oyeron la pl·tica de los tres; y,
asÌ como se fueron, se entraron entrambas con don Quijote, y la sobrina le
dijo:

-øQuÈ es esto, seÒor tÌo? øAhora que pens·bamos nosotras que vuestra merced
volvÌa a reducirse en su casa, y pasar en ella una vida quieta y honrada,
se quiere meter en nuevos laberintos, haciÈndose

Pastorcillo, t˙ que vienes,

pastorcico, t˙ que vas?

Pues en verdad que est· ya duro el alcacel para zampoÒas.

A lo que aÒadiÛ el ama:

Y øpodr· vuestra merced pasar en el campo las siestas del verano, los
serenos del invierno, el aullido de los lobos? No, por cierto, que Èste es
ejercicio y oficio de hombres robustos, curtidos y criados para tal
ministerio casi desde las fajas y mantillas. Aun, mal por mal, mejor es ser
caballero andante que pastor. Mire, seÒor, tome mi consejo, que no se le
doy sobre estar harta de pan y vino, sino en ayunas, y sobre cincuenta aÒos
que tengo de edad: estÈse en su casa, atienda a su hacienda, confiese a
menudo, favorezca a los pobres, y sobre mi ·nima si mal le fuere.

-Callad, hijas -les respondiÛ don Quijote-, que yo sÈ bien lo que me
cumple. Llevadme al lecho, que me parece que no estoy muy bueno, y tened
por cierto que, ahora sea caballero andante o pastor por andar, no dejarÈ
siempre de acudir a lo que hubiÈredes menester, como lo verÈis por la obra.

Y las buenas hijas -que lo eran sin duda ama y sobrina- le llevaron a la
cama, donde le dieron de comer y regalaron lo posible.

CapÌtulo LXXIV. De cÛmo don Quijote cayÛ malo, y del testamento que hizo, y
su muerte

Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinaciÛn de sus
principios hasta llegar a su ˙ltimo fin, especialmente las vidas de los
hombres, y como la de don Quijote no tuviese privilegio del cielo para
detener el curso de la suya, llegÛ su fin y acabamiento cuando Èl menos lo
pensaba; porque, o ya fuese de la melancolÌa que le causaba el verse
vencido, o ya por la disposiciÛn del cielo, que asÌ lo ordenaba, se le
arraigÛ una calentura que le tuvo seis dÌas en la cama, en los cuales fue
visitado muchas veces del cura, del bachiller y del barbero, sus amigos,
sin quit·rsele de la cabecera Sancho Panza, su buen escudero.

…stos, creyendo que la pesadumbre de verse vencido y de no ver cumplido su
deseo en la libertad y desencanto de Dulcinea le tenÌa de aquella suerte,
por todas las vÌas posibles procuraban alegrarle, diciÈndole el bachiller
que se animase y levantase, para comenzar su pastoral ejercicio, para el
cual tenÌa ya compuesta una Ècloga, que mal aÒo para cuantas Sanazaro habÌa
compuesto, y que ya tenÌa comprados de su propio dinero dos famosos perros
para guardar el ganado: el uno llamado Barcino, y el otro ButrÛn, que se
los habÌa vendido un ganadero del Quintanar. Pero no por esto dejaba don
Quijote sus tristezas.

Llamaron sus amigos al mÈdico, tomÛle el pulso, y no le contentÛ mucho, y
dijo que, por sÌ o por no, atendiese a la salud de su alma, porque la del
cuerpo corrÌa peligro. OyÛlo don Quijote con ·nimo sosegado, pero no lo
oyeron asÌ su ama, su sobrina y su escudero, los cuales comenzaron a llorar
tiernamente, como si ya le tuvieran muerto delante. Fue el parecer del
mÈdico que melancolÌas y desabrimientos le acababan. RogÛ don Quijote que
le dejasen solo, porque querÌa dormir un poco. HiciÈronlo asÌ y durmiÛ de
un tirÛn, como dicen, m·s de seis horas; tanto, que pensaron el ama y la
sobrina que se habÌa de quedar en el sueÒo. DespertÛ al cabo del tiempo
dicho, y, dando una gran voz, dijo:

-°Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! En fin, sus
misericordias no tienen lÌmite, ni las abrevian ni impiden los pecados de
los hombres.

Estuvo atenta la sobrina a las razones del tÌo, y pareciÈronle m·s
concertadas que Èl solÌa decirlas, a lo menos, en aquella enfermedad, y
preguntÛle:

-øQuÈ es lo que vuestra merced dice, seÒor? øTenemos algo de nuevo? øQuÈ
misericordias son Èstas, o quÈ pecados de los hombres?

-Las misericordias -respondiÛ don Quijote-, sobrina, son las que en este
instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis
pecados. Yo tengo juicio ya, libre y claro, sin las sombras caliginosas de
la ignorancia, que sobre Èl me pusieron mi amarga y continua leyenda de los
detestables libros de las caballerÌas. Ya conozco sus disparates y sus
embelecos, y no me pesa sino que este desengaÒo ha llegado tan tarde, que
no me deja tiempo para hacer alguna recompensa, leyendo otros que sean luz
del alma. Yo me siento, sobrina, a punto de muerte; querrÌa hacerla de tal
modo, que diese a entender que no habÌa sido mi vida tan mala que dejase
renombre de loco, que, puesto que lo he sido, no querrÌa confirmar esta
verdad en mi muerte. Ll·mame, amiga, a mis buenos amigos: el cura, al
bachiller SansÛn Carrasco y a maese Nicol·s, el barbero, que quiero
confesarme y hacer mi testamento.

Pero de este trabajo se escusÛ la sobrina con la entrada de los tres.
Apenas los vio don Quijote, cuando dijo:

-Dadme albricias, buenos seÒores, de que ya yo no soy don Quijote de la
Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de
Bueno. Ya soy enemigo de AmadÌs de Gaula y de toda la infinita caterva de
su linaje, ya me son odiosas todas las historias profanas del andante
caballerÌa, ya conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron haberlas
leÌdo, ya, por misericordia de Dios, escarmentando en cabeza propia, las
abomino.

Cuando esto le oyeron decir los tres, creyeron, sin duda, que alguna nueva
locura le habÌa tomado. Y SansÛn le dijo:

-øAhora, seÒor don Quijote, que tenemos nueva que est· desencantada la
seÒora Dulcinea, sale vuestra merced con eso? Y øagora que estamos tan a
pique de ser pastores, para pasar cantando la vida, como unos prÌncipes,
quiere vuesa merced hacerse ermitaÒo? Calle, por su vida, vuelva en sÌ, y
dÈjese de cuentos.

-Los de hasta aquÌ -replicÛ don Quijote-, que han sido verdaderos en mi
daÒo, los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi provecho. Yo,
seÒores, siento que me voy muriendo a toda priesa; dÈjense burlas aparte, y
traÌganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi
testamento, que en tales trances como Èste no se ha de burlar el hombre con
el alma; y asÌ, suplico que, en tanto que el seÒor cura me confiesa, vayan
por el escribano.

Mir·ronse unos a otros, admirados de las razones de don Quijote, y, aunque
en duda, le quisieron creer; y una de las seÒales por donde conjeturaron se
morÌa fue el haber vuelto con tanta facilidad de loco a cuerdo, porque a
las ya dichas razones aÒadiÛ otras muchas tan bien dichas, tan cristianas y
con tanto concierto, que del todo les vino a quitar la duda, y a creer que
estaba cuerdo.

Hizo salir la gente el cura, y quedÛse solo con Èl, y confesÛle.

El bachiller fue por el escribano, y de allÌ a poco volviÛ con Èl y con
Sancho Panza; el cual Sancho, que ya sabÌa por nuevas del bachiller en quÈ
estado estaba su seÒor, hallando a la ama y a la sobrina llorosas, comenzÛ
a hacer pucheros y a derramar l·grimas. AcabÛse la confesiÛn, y saliÛ el
cura, diciendo:

-Verdaderamente se muere, y verdaderamente est· cuerdo Alonso Quijano el
Bueno; bien podemos entrar para que haga su testamento.

Estas nuevas dieron un terrible empujÛn a los ojos preÒados de ama, sobrina
y de Sancho Panza, su buen escudero, de tal manera, que los hizo reventar
las l·grimas de los ojos y mil profundos suspiros del pecho; porque,
verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que don Quijote fue
Alonso Quijano el Bueno, a secas, y en tanto que fue don Quijote de la
Mancha, fue siempre de apacible condiciÛn y de agradable trato, y por esto
no sÛlo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le
conocÌan.

EntrÛ el escribano con los dem·s, y, despuÈs de haber hecho la cabeza del
testamento y ordenado su alma don Quijote, con todas aquellas
circunstancias cristianas que se requieren, llegando a las mandas, dijo:

-Õtem, es mi voluntad que de ciertos dineros que Sancho Panza, a quien en
mi locura hice mi escudero, tiene, que, porque ha habido entre Èl y mÌ
ciertas cuentas, y dares y tomares, quiero que no se le haga cargo dellos,
ni se le pida cuenta alguna, sino que si sobrare alguno, despuÈs de haberse
pagado de lo que le debo, el restante sea suyo, que ser· bien poco, y buen
provecho le haga; y, si como estando yo loco fui parte para darle el
gobierno de la Ìnsula, pudiera agora, estando cuerdo, darle el de un reino,
se le diera, porque la sencillez de su condiciÛn y fidelidad de su trato lo
merece.

Y, volviÈndose a Sancho, le dijo:

-PerdÛname, amigo, de la ocasiÛn que te he dado de parecer loco como yo,
haciÈndote caer en el error en que yo he caÌdo, de que hubo y hay
caballeros andantes en el mundo.

-°Ay! -respondiÛ Sancho, llorando-: no se muera vuestra merced, seÒor mÌo,
sino tome mi consejo y viva muchos aÒos, porque la mayor locura que puede
hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin m·s ni m·s, sin que
nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolÌa. Mire no
sea perezoso, sino lev·ntese desa cama, y v·monos al campo vestidos de
pastores, como tenemos concertado: quiz· tras de alguna mata hallaremos a
la seÒora doÒa Dulcinea desencantada, que no haya m·s que ver. Si es que se
muere de pesar de verse vencido, Ècheme a mÌ la culpa, diciendo que por
haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto m·s, que vuestra
merced habr· visto en sus libros de caballerÌas ser cosa ordinaria
derribarse unos caballeros a otros, y el que es vencido hoy ser vencedor
maÒana.

-AsÌ es -dijo SansÛn-, y el buen Sancho Panza est· muy en la verdad destos
casos.

-SeÒores -dijo don Quijote-, v·monos poco a poco, pues ya en los nidos de
antaÒo no hay p·jaros hogaÒo: yo fui loco, y ya soy cuerdo; fui don Quijote
de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda
con vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la
estimaciÛn que de mÌ se tenÌa, y prosiga adelante el seÒor escribano.

ªÕtem, mando toda mi hacienda, a puerta cerrada, a Antonia Quijana, mi
sobrina, que est· presente, habiendo sacado primero de lo m·s bien parado
della lo que fuere menester para cumplir las mandas que dejo hechas; y la
primera satisfaciÛn que se haga quiero que sea pagar el salario que debo
del tiempo que mi ama me ha servido, y m·s veinte ducados para un vestido.
Dejo por mis albaceas al seÒor cura y al seÒor bachiller SansÛn Carrasco,
que est·n presentes.

ªÕtem, es mi voluntad que si Antonia Quijana, mi sobrina, quisiere casarse,
se case con hombre de quien primero se haya hecho informaciÛn que no sabe
quÈ cosas sean libros de caballerÌas; y, en caso que se averiguare que lo
sabe, y, con todo eso, mi sobrina quisiere casarse con Èl, y se casare,
pierda todo lo que le he mandado, lo cual puedan mis albaceas distribuir en
obras pÌas a su voluntad.

ªÕtem, suplico a los dichos seÒores mis albaceas que si la buena suerte les
trujere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por
ahÌ con el tÌtulo de Segunda parte de las hazaÒas de don Quijote de la
Mancha, de mi parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, perdone la
ocasiÛn que sin yo pensarlo le di de haber escrito tantos y tan grandes
disparates como en ella escribe, porque parto desta vida con escr˙pulo de
haberle dado motivo para escribirlos.

CerrÛ con esto el testamento, y, tom·ndole un desmayo, se tendiÛ de largo a
largo en la cama. Alborot·ronse todos y acudieron a su remedio, y en tres
dÌas que viviÛ despuÈs deste donde hizo el testamento, se desmayaba muy a
menudo. Andaba la casa alborotada; pero, con todo, comÌa la sobrina,
brindaba el ama, y se regocijaba Sancho Panza; que esto del heredar algo
borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razÛn que deje
el muerto.

En fin, llegÛ el ˙ltimo de don Quijote, despuÈs de recebidos todos los
sacramentos, y despuÈs de haber abominado con muchas y eficaces razones de
los libros de caballerÌas. HallÛse el escribano presente, y dijo que nunca
habÌa leÌdo en ning˙n libro de caballerÌas que alg˙n caballero andante
hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como don
Quijote; el cual, entre compasiones y l·grimas de los que allÌ se hallaron,
dio su espÌritu: quiero decir que se muriÛ.

Viendo lo cual el cura, pidiÛ al escribano le diese por testimonio como
Alonso Quijano el Bueno, llamado com˙nmente don Quijote de la Mancha, habÌa
pasado desta presente vida y muerto naturalmente; y que el tal testimonio
pedÌa para quitar la ocasiÛn de alg˙n otro autor que Cide Hamete Benengeli
le resucitase falsamente, y hiciese inacabables historias de sus hazaÒas.

Este fin tuvo el Ingenioso Hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso poner
Cide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de la
Mancha contendiesen entre sÌ por ahij·rsele y tenÈrsele por suyo, como
contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero.

DÈjanse de poner aquÌ los llantos de Sancho, sobrina y ama de don Quijote,
los nuevos epitafios de su sepultura, aunque SansÛn Carrasco le puso Èste:

Yace aquÌ el Hidalgo fuerte

que a tanto estremo llegÛ

de valiente, que se advierte

que la muerte no triunfÛ

de su vida con su muerte.

Tuvo a todo el mundo en poco;

fue el espantajo y el coco

del mundo, en tal coyuntura,

que acreditÛ su ventura

morir cuerdo y vivir loco.

Y el prudentÌsimo Cide Hamete dijo a su pluma:

-AquÌ quedar·s, colgada desta espetera y deste hilo de alambre, ni sÈ si
bien cortada o mal tajada pÈÒola mÌa, adonde vivir·s luengos siglos, si
presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte.
Pero, antes que a ti lleguen, les puedes advertir, y decirles en el mejor
modo que pudieres:

''°Tate, tate, folloncicos!

De ninguno sea tocada;

porque esta impresa, buen rey,

para mÌ estaba guardada.

Para mÌ sola naciÛ don Quijote, y yo para Èl; Èl supo obrar y yo escribir;
solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y
tordesillesco que se atreviÛ, o se ha de atrever, a escribir con pluma de
avestruz grosera y mal deliÒada las hazaÒas de mi valeroso caballero,
porque no es carga de sus hombros ni asunto de su resfriado ingenio; a
quien advertir·s, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en la
sepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote, y no le quiera
llevar, contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja,
haciÈndole salir de la fuesa donde real y verdaderamente yace tendido de
largo a largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva; que,
para hacer burla de tantas como hicieron tantos andantes caballeros, bastan
las dos que Èl hizo, tan a gusto y benepl·cito de las gentes a cuya noticia
llegaron, asÌ en Èstos como en los estraÒos reinos''. Y con esto cumplir·s
con tu cristiana profesiÛn, aconsejando bien a quien mal te quiere, y yo
quedarÈ satisfecho y ufano de haber sido el primero que gozÛ el fruto de
sus escritos enteramente, como deseaba, pues no ha sido otro mi deseo que
poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas
historias de los libros de caballerÌas, que, por las de mi verdadero don
Quijote, van ya tropezando, y han de caer del todo, sin duda alguna. Vale.

Fin

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