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Don Quijote by Miguel de Cervantes [Saavedra] [in Spanish]

Part 18 out of 19

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Y fuele respondido:

-SÈ muy honesta.

-No te pregunto m·s -dijo la preguntanta.

LlegÛ luego la compaÒera, y dijo:

-QuerrÌa saber, cabeza, si mi marido me quiere bien, o no.

Y respondiÈronle:

-Mira las obras que te hace, y echarlo has de ver.

ApartÛse la casada diciendo:

-Esta respuesta no tenÌa necesidad de pregunta, porque, en efecto, las
obras que se hacen declaran la voluntad que tiene el que las hace.

Luego llegÛ uno de los dos amigos de don Antonio, y preguntÛle:

-øQuiÈn soy yo?

Y fuele respondido:

-T˙ lo sabes.

-No te pregunto eso -respondiÛ el caballero-, sino que me digas si me
conoces t˙.

-SÌ conozco -le respondieron-, que eres don Pedro Noriz.

-No quiero saber m·s, pues esto basta para entender, °oh cabeza!, que lo
sabes todo.

Y, apart·ndose, llegÛ el otro amigo y preguntÛle:

-Dime, cabeza, øquÈ deseos tiene mi hijo el mayorazgo?

-Ya yo he dicho -le respondieron- que yo no juzgo de deseos, pero, con todo
eso, te sÈ decir que los que tu hijo tiene son de enterrarte.

-Eso es -dijo el caballero-: lo que veo por los ojos, con el dedo lo
seÒalo.

Y no preguntÛ m·s. LlegÛse la mujer de don Antonio, y dijo:

-Yo no sÈ, cabeza, quÈ preguntarte; sÛlo querrÌa saber de ti si gozarÈ
muchos aÒos de buen marido.

Y respondiÈronle:

-SÌ gozar·s, porque su salud y su templanza en el vivir prometen muchos
aÒos de vida, la cual muchos suelen acortar por su destemplanza.

LlegÛse luego don Quijote, y dijo:

-Dime t˙, el que respondes: øfue verdad o fue sueÒo lo que yo cuento que me
pasÛ en la cueva de Montesinos? øSer·n ciertos los azotes de Sancho mi
escudero? øTendr· efeto el desencanto de Dulcinea?

-A lo de la cueva -respondieron- hay mucho que decir: de todo tiene; los
azotes de Sancho ir·n de espacio, el desencanto de Dulcinea llegar· a
debida ejecuciÛn.

-No quiero saber m·s -dijo don Quijote-; que como yo vea a Dulcinea
desencantada, harÈ cuenta que vienen de golpe todas las venturas que
acertare a desear.

El ˙ltimo preguntante fue Sancho, y lo que preguntÛ fue:

-øPor ventura, cabeza, tendrÈ otro gobierno? øSaldrÈ de la estrecheza de
escudero? øVolverÈ a ver a mi mujer y a mis hijos?

A lo que le respondieron:

-Gobernar·s en tu casa; y si vuelves a ella, ver·s a tu mujer y a tus
hijos; y, dejando de servir, dejar·s de ser escudero.

-°Bueno, par Dios! -dijo Sancho Panza-. Esto yo me lo dijera: no dijera m·s
el profeta Perogrullo.

-Bestia -dijo don Quijote-, øquÈ quieres que te respondan? øNo basta que
las respuestas que esta cabeza ha dado correspondan a lo que se le
pregunta?

-SÌ basta -respondiÛ Sancho-, pero quisiera yo que se declarara m·s y me
dijera m·s.

Con esto se acabaron las preguntas y las respuestas, pero no se acabÛ la
admiraciÛn en que todos quedaron, excepto los dos amigos de don Antonio,
que el caso sabÌan. El cual quiso Cide Hamete Benengeli declarar luego, por
no tener suspenso al mundo, creyendo que alg˙n hechicero y extraordinario
misterio en la tal cabeza se encerraba; y asÌ, dice que don Antonio Moreno,
a imitaciÛn de otra cabeza que vio en Madrid, fabricada por un estampero,
hizo Èsta en su casa, para entretenerse y suspender a los ignorantes; y la
f·brica era de esta suerte: la tabla de la mesa era de palo, pintada y
barnizada como jaspe, y el pie sobre que se sostenÌa era de lo mesmo, con
cuatro garras de ·guila que dÈl salÌan, para mayor firmeza del peso. La
cabeza, que parecÌa medalla y figura de emperador romano, y de color de
bronce, estaba toda hueca, y ni m·s ni menos la tabla de la mesa, en que se
encajaba tan justamente, que ninguna seÒal de juntura se parecÌa. El pie de
la tabla era ansimesmo hueco, que respondÌa a la garganta y pechos de la
cabeza, y todo esto venÌa a responder a otro aposento que debajo de la
estancia de la cabeza estaba. Por todo este hueco de pie, mesa, garganta y
pechos de la medalla y figura referida se encaminaba un caÒÛn de hoja de
lata, muy justo, que de nadie podÌa ser visto. En el aposento de abajo
correspondiente al de arriba se ponÌa el que habÌa de responder, pegada la
boca con el mesmo caÒÛn, de modo que, a modo de cerbatana, iba la voz de
arriba abajo y de abajo arriba, en palabras articuladas y claras; y de esta
manera no era posible conocer el embuste. Un sobrino de don Antonio,
estudiante agudo y discreto, fue el respondiente; el cual, estando avisado
de su seÒor tÌo de los que habÌan de entrar con Èl en aquel dÌa en el
aposento de la cabeza, le fue f·cil responder con presteza y puntualidad a
la primera pregunta; a las dem·s respondiÛ por conjeturas, y, como
discreto, discretamente. Y dice m·s Cide Hamete: que hasta diez o doce dÌas
durÛ esta maravillosa m·quina; pero que, divulg·ndose por la ciudad que don
Antonio tenÌa en su casa una cabeza encantada, que a cuantos le preguntaban
respondÌa, temiendo no llegase a los oÌdos de las despiertas centinelas de
nuestra Fe, habiendo declarado el caso a los seÒores inquisidores, le
mandaron que lo deshiciese y no pasase m·s adelante, porque el vulgo
ignorante no se escandalizase; pero en la opiniÛn de don Quijote y de
Sancho Panza, la cabeza quedÛ por encantada y por respondona, m·s a
satisfaciÛn de don Quijote que de Sancho.

Los caballeros de la ciudad, por complacer a don Antonio y por agasajar a
don Quijote y dar lugar a que descubriese sus sandeces, ordenaron de correr
sortija de allÌ a seis dÌas; que no tuvo efecto por la ocasiÛn que se dir·
adelante. Diole gana a don Quijote de pasear la ciudad a la llana y a pie,
temiendo que, si iba a caballo, le habÌan de perseguir los mochachos, y
asÌ, Èl y Sancho, con otros dos criados que don Antonio le dio, salieron a
pasearse.

SucediÛ, pues, que, yendo por una calle, alzÛ los ojos don Quijote, y vio
escrito sobre una puerta, con letras muy grandes: AquÌ se imprimen libros;
de lo que se contentÛ mucho, porque hasta entonces no habÌa visto emprenta
alguna, y deseaba saber cÛmo fuese. EntrÛ dentro, con todo su
acompaÒamiento, y vio tirar en una parte, corregir en otra, componer en
Èsta, enmendar en aquÈlla, y, finalmente, toda aquella m·quina que en las
emprentas grandes se muestra. Lleg·base don Quijote a un cajÛn y preguntaba
quÈ era aquÈllo que allÌ se hacÌa; d·banle cuenta los oficiales, admir·base
y pasaba adelante. LlegÛ en otras a uno, y preguntÛle quÈ era lo que hacÌa.
El oficial le respondiÛ:

-SeÒor, este caballero que aquÌ est· -y enseÒÛle a un hombre de muy buen
talle y parecer y de alguna gravedad- ha traducido un libro toscano en
nuestra lengua castellana, y estoyle yo componiendo, para darle a la
estampa.

-øQuÈ tÌtulo tiene el libro? -preguntÛ don Quijote.

-A lo que el autor respondiÛ:

-SeÒor, el libro, en toscano, se llama Le bagatele.

-Y øquÈ responde le bagatele en nuestro castellano? -preguntÛ don Quijote.

-Le bagatele -dijo el autor- es como si en castellano dijÈsemos los
juguetes; y, aunque este libro es en el nombre humilde, contiene y
encierra en sÌ cosas muy buenas y sustanciales.

-Yo -dijo don Quijote- sÈ alg˙n tanto de el toscano, y me precio de cantar
algunas estancias del Ariosto. Pero dÌgame vuesa merced, seÒor mÌo, y no
digo esto porque quiero examinar el ingenio de vuestra merced, sino por
curiosidad no m·s: øha hallado en su escritura alguna vez nombrar piÒata?

-SÌ, muchas veces -respondiÛ el autor.

-Y øcÛmo la traduce vuestra merced en castellano? -preguntÛ don Quijote.

-øCÛmo la habÌa de traducir -replicÛ el autor-, sino diciendo olla?

-°Cuerpo de tal -dijo don Quijote-, y quÈ adelante est· vuesa merced en el
toscano idioma! Yo apostarÈ una buena apuesta que adonde diga en el toscano
piache, dice vuesa merced en el castellano place; y adonde diga pi˘, dice
m·s, y el su declara con arriba, y el gi˘ con abajo.

-SÌ declaro, por cierto -dijo el autor-, porque Èsas son sus propias
correspondencias.

-OsarÈ yo jurar -dijo don Quijote- que no es vuesa merced conocido en el
mundo, enemigo siempre de premiar los floridos ingenios ni los loables
trabajos. °QuÈ de habilidades hay perdidas por ahÌ! °QuÈ de ingenios
arrinconados! °QuÈ de virtudes menospreciadas! Pero, con todo esto, me
parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de
las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por
el revÈs, que, aunque se veen las figuras, son llenas de hilos que las
escurecen, y no se veen con la lisura y tez de la haz; y el traducir de
lenguas f·ciles, ni arguye ingenio ni elocuciÛn, como no le arguye el que
traslada ni el que copia un papel de otro papel. Y no por esto quiero
inferir que no sea loable este ejercicio del traducir; porque en otras
cosas peores se podrÌa ocupar el hombre, y que menos provecho le trujesen.
Fuera desta cuenta van los dos famosos traductores: el uno, el doctor
CristÛbal de Figueroa, en su Pastor Fido, y el otro, don Juan de J·urigui,
en su Aminta, donde felizmente ponen en duda cu·l es la traduciÛn o cu·l el
original. Pero dÌgame vuestra merced: este libro, øimprÌmese por su cuenta,
o tiene ya vendido el privilegio a alg˙n librero?

-Por mi cuenta lo imprimo -respondiÛ el autor-, y pienso ganar mil ducados,
por lo menos, con esta primera impresiÛn, que ha de ser de dos mil cuerpos,
y se han de despachar a seis reales cada uno, en daca las pajas.

-°Bien est· vuesa merced en la cuenta! -respondiÛ don Quijote-. Bien parece
que no sabe las entradas y salidas de los impresores, y las
correspondencias que hay de unos a otros; yo le prometo que, cuando se vea
cargado de dos mil cuerpos de libros, vea tan molido su cuerpo, que se
espante, y m·s si el libro es un poco avieso y no nada picante.

-Pues, øquÈ? -dijo el autor-. øQuiere vuesa merced que se lo dÈ a un
librero, que me dÈ por el privilegio tres maravedÌs, y a˙n piensa que me
hace merced en d·rmelos? Yo no imprimo mis libros para alcanzar fama en el
mundo, que ya en Èl soy conocido por mis obras: provecho quiero, que sin Èl
no vale un cuatrÌn la buena fama.

-Dios le dÈ a vuesa merced buena manderecha -respondiÛ don Quijote.

Y pasÛ adelante a otro cajÛn, donde vio que estaban corrigiendo un pliego
de un libro que se intitulaba Luz del alma; y,en viÈndole, dijo:

-Estos tales libros, aunque hay muchos deste gÈnero, son los que se deben
imprimir, porque son muchos los pecadores que se usan, y son menester
infinitas luces para tantos desalumbrados.

PasÛ adelante y vio que asimesmo estaban corrigiendo otro libro; y,
preguntando su tÌtulo, le respondieron que se llamaba la Segunda parte del
Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, compuesta por un tal vecino de
Tordesillas.

-Ya yo tengo noticia deste libro -dijo don Quijote-, y en verdad y en mi
conciencia que pensÈ que ya estaba quemado y hecho polvos, por
impertinente; pero su San MartÌn se le llegar·, como a cada puerco, que las
historias fingidas tanto tienen de buenas y de deleitables cuanto se llegan
a la verdad o la semejanza della, y las verdaderas tanto son mejores cuanto
son m·s verdaderas.

Y, diciendo esto, con muestras de alg˙n despecho, se saliÛ de la emprenta.
Y aquel mesmo dÌa ordenÛ don Antonio de llevarle a ver las galeras que en
la playa estaban, de que Sancho se regocijÛ mucho, a causa que en su vida
las habÌa visto. AvisÛ don Antonio al cuatralbo de las galeras como aquella
tarde habÌa de llevar a verlas a su huÈsped el famoso don Quijote de la
Mancha, de quien ya el cuatralbo y todos los vecinos de la ciudad tenÌan
noticia; y lo que le sucediÛ en ellas se dir· en el siguiente capÌtulo.

CapÌtulo LXIII. De lo mal que le avino a Sancho Panza con la visita de las
galeras, y la nueva aventura de la hermosa morisca

Grandes eran los discursos que don Quijote hacÌa sobre la respuesta de la
encantada cabeza, sin que ninguno dellos diese en el embuste, y todos
paraban con la promesa, que Èl tuvo por cierto, del desencanto de Dulcinea.
AllÌ iba y venÌa, y se alegraba entre sÌ mismo, creyendo que habÌa de ver
presto su cumplimiento; y Sancho, aunque aborrecÌa el ser gobernador, como
queda dicho, todavÌa deseaba volver a mandar y a ser obedecido; que esta
mala ventura trae consigo el mando, aunque sea de burlas.

En resoluciÛn, aquella tarde don Antonio Moreno, su huÈsped, y sus dos
amigos, con don Quijote y Sancho, fueron a las galeras. El cuatralbo, que
estaba avisado de su buena venida, por ver a los dos tan famosos Quijote y
Sancho, apenas llegaron a la marina, cuando todas las galeras abatieron
tienda, y sonaron las chirimÌas; arrojaron luego el esquife al agua,
cubierto de ricos tapetes y de almohadas de terciopelo carmesÌ, y, en
poniendo que puso los pies en Èl don Quijote, disparÛ la capitana el caÒÛn
de crujÌa, y las otras galeras hicieron lo mesmo, y, al subir don Quijote
por la escala derecha, toda la chusma le saludÛ como es usanza cuando una
persona principal entra en la galera, diciendo: ''°Hu, hu, hu!'' tres
veces. Diole la mano el general, que con este nombre le llamaremos, que era
un principal caballero valenciano; abrazÛ a don Quijote, diciÈndole:

-Este dÌa seÒalarÈ yo con piedra blanca, por ser uno de los mejores que
pienso llevar en mi vida, habiendo visto al seÒor don Quijote de la Mancha:
tiempo y seÒal que nos muestra que en Èl se encierra y cifra todo el valor
del andante caballerÌa.

Con otras no menos corteses razones le respondiÛ don Quijote, alegre
sobremanera de verse tratar tan a lo seÒor. Entraron todos en la popa, que
estaba muy bien aderezada, y sent·ronse por los bandines, pasÛse el cÛmitre
en crujÌa, y dio seÒal con el pito que la chusma hiciese fuera ropa, que se
hizo en un instante. Sancho, que vio tanta gente en cueros, quedÛ pasmado,
y m·s cuando vio hacer tienda con tanta priesa, que a Èl le pareciÛ que
todos los diablos andaban allÌ trabajando; pero esto todo fueron tortas y
pan pintado para lo que ahora dirÈ. Estaba Sancho sentado sobre el
estanterol, junto al espalder de la mano derecha, el cual ya avisado de lo
que habÌa de hacer, asiÛ de Sancho, y, levant·ndole en los brazos, toda la
chusma puesta en pie y alerta, comenzando de la derecha banda, le fue dando
y volteando sobre los brazos de la chusma de banco en banco, con tanta
priesa, que el pobre Sancho perdiÛ la vista de los ojos, y sin duda pensÛ
que los mismos demonios le llevaban, y no pararon con Èl hasta volverle por
la siniestra banda y ponerle en la popa. QuedÛ el pobre molido, y jadeando,
y trasudando, sin poder imaginar quÈ fue lo que sucedido le habÌa.

Don Quijote, que vio el vuelo sin alas de Sancho, preguntÛ al general si
eran ceremonias aquÈllas que se usaban con los primeros que entraban en las
galeras; porque si acaso lo fuese, Èl, que no tenÌa intenciÛn de profesar
en ellas, no querÌa hacer semejantes ejercicios, y que votaba a Dios que,
si alguno llegaba a asirle para voltearle, que le habÌa de sacar el alma a
puntillazos; y, diciendo esto, se levantÛ en pie y empuÒÛ la espada.

A este instante abatieron tienda, y con grandÌsimo ruido dejaron caer la
entena de alto abajo. PensÛ Sancho que el cielo se desencajaba de sus
quicios y venÌa a dar sobre su cabeza; y, agobi·ndola, lleno de miedo, la
puso entre las piernas. No las tuvo todas consigo don Quijote; que tambiÈn
se estremeciÛ y encogiÛ de hombros y perdiÛ la color del rostro. La chusma
izÛ la entena con la misma priesa y ruido que la habÌan amainado, y todo
esto, callando, como si no tuvieran voz ni aliento. Hizo seÒal el cÛmitre
que zarpasen el ferro, y, saltando en mitad de la crujÌa con el corbacho o
rebenque, comenzÛ a mosquear las espaldas de la chusma, y a largarse poco a
poco a la mar. Cuando Sancho vio a una moverse tantos pies colorados, que
tales pensÛ Èl que eran los remos, dijo entre sÌ:

-…stas sÌ son verdaderamente cosas encantadas, y no las que mi amo dice.
øQuÈ han hecho estos desdichados, que ansÌ los azotan, y cÛmo este hombre
solo, que anda por aquÌ silbando, tiene atrevimiento para azotar a tanta
gente? Ahora yo digo que Èste es infierno, o, por lo menos, el purgatorio.

Don Quijote, que vio la atenciÛn con que Sancho miraba lo que pasaba, le
dijo:

-°Ah Sancho amigo, y con quÈ brevedad y cu·n a poca costa os podÌades vos,
si quisiÈsedes, desnudar de medio cuerpo arriba, y poneros entre estos
seÒores, y acabar con el desencanto de Dulcinea! Pues con la miseria y pena
de tantos, no sentirÌades vos mucho la vuestra; y m·s, que podrÌa ser que
el sabio MerlÌn tomase en cuenta cada azote dÈstos, por ser dados de buena
mano, por diez de los que vos finalmente os habÈis de dar.

Preguntar querÌa el general quÈ azotes eran aquÈllos, o quÈ desencanto de
Dulcinea, cuando dijo el marinero:

-SeÒal hace MonjuÌ de que hay bajel de remos en la costa por la banda del
poniente.

Esto oÌdo, saltÛ el general en la crujÌa, y dijo:

-°Ea hijos, no se nos vaya! Alg˙n bergantÌn de cosarios de Argel debe de
ser Èste que la atalaya nos seÒala.

Lleg·ronse luego las otras tres galeras a la capitana, a saber lo que se
les ordenaba. MandÛ el general que las dos saliesen a la mar, y Èl con la
otra irÌa tierra a tierra, porque ansÌ el bajel no se les escaparÌa. ApretÛ
la chusma los remos, impeliendo las galeras con tanta furia, que parecÌa
que volaban. Las que salieron a la mar, a obra de dos millas descubrieron
un bajel, que con la vista le marcaron por de hasta catorce o quince
bancos, y asÌ era la verdad; el cual bajel, cuando descubriÛ las galeras,
se puso en caza, con intenciÛn y esperanza de escaparse por su ligereza;
pero avÌnole mal, porque la galera capitana era de los m·s ligeros bajeles
que en la mar navegaban, y asÌ le fue entrando, que claramente los del
bergantÌn conocieron que no podÌan escaparse; y asÌ, el arr·ez quisiera que
dejaran los remos y se entregaran, por no irritar a enojo al capit·n que
nuestras galeras regÌa. Pero la suerte, que de otra manera lo guiaba,
ordenÛ que, ya que la capitana llegaba tan cerca que podÌan los del bajel
oÌr las voces que desde ella les decÌan que se rindiesen, dos toraquÌs, que
es como decir dos turcos borrachos, que en el bergantÌn venÌan con estos
doce, dispararon dos escopetas, con que dieron muerte a dos soldados que
sobre nuestras arrumbadas venÌan. Viendo lo cual, jurÛ el general de no
dejar con vida a todos cuantos en el bajel tomase, y, llegando a embestir
con toda furia, se le escapÛ por debajo de la palamenta. PasÛ la galera
adelante un buen trecho; los del bajel se vieron perdidos, hicieron vela en
tanto que la galera volvÌa, y de nuevo, a vela y a remo, se pusieron en
caza; pero no les aprovechÛ su diligencia tanto como les daÒÛ su
atrevimiento, porque, alcanz·ndoles la capitana a poco m·s de media milla,
les echÛ la palamenta encima y los cogiÛ vivos a todos.

Llegaron en esto las otras dos galeras, y todas cuatro con la presa
volvieron a la playa, donde infinita gente los estaba esperando, deseosos
de ver lo que traÌan. Dio fondo el general cerca de tierra, y conociÛ que
estaba en la marina el virrey de la ciudad. MandÛ echar el esquife para
traerle, y mandÛ amainar la entena para ahorcar luego luego al arr·ez y a
los dem·s turcos que en el bajel habÌa cogido, que serÌan hasta treinta y
seis personas, todos gallardos, y los m·s, escopeteros turcos. PreguntÛ el
general quiÈn era el arr·ez del bergantÌn y fuele respondido por uno de los
cautivos, en lengua castellana, que despuÈs pareciÛ ser renegado espaÒol:

-Este mancebo, seÒor, que aquÌ vees es nuestro arr·ez.

Y mostrÛle uno de los m·s bellos y gallardos mozos que pudiera pintar la
humana imaginaciÛn. La edad, al parecer, no llegaba a veinte aÒos.
PreguntÛle el general:

-Dime, mal aconsejado perro, øquiÈn te moviÛ a matarme mis soldados, pues
veÌas ser imposible el escaparte? øEse respeto se guarda a las capitanas?
øNo sabes t˙ que no es valentÌa la temeridad? Las esperanzas dudosas han de
hacer a los hombres atrevidos, pero no temerarios.

Responder querÌa el arr·ez; pero no pudo el general, por entonces, oÌr la
respuesta, por acudir a recebir al virrey, que ya entraba en la galera, con
el cual entraron algunos de sus criados y algunas personas del pueblo.

-°Buena ha estado la caza, seÒor general! -dijo el virrey.

-Y tan buena -respondiÛ el general- cual la ver· Vuestra Excelencia agora
colgada de esta entena.

-øCÛmo ansÌ? -replicÛ el virrey.

-Porque me han muerto -respondiÛ el general-, contra toda ley y contra toda
razÛn y usanza de guerra, dos soldados de los mejores que en estas galeras
venÌan, y yo he jurado de ahorcar a cuantos he cautivado, principalmente a
este mozo, que es el arr·ez del bergantÌn.

Y enseÒÛle al que ya tenÌa atadas las manos y echado el cordel a la
garganta, esperando la muerte.

MirÛle el virrey, y, viÈndole tan hermoso, y tan gallardo, y tan humilde,
d·ndole en aquel instante una carta de recomendaciÛn su hermosura, le vino
deseo de escusar su muerte; y asÌ, le preguntÛ:

-Dime, arr·ez, øeres turco de naciÛn, o moro, o renegado?

A lo cual el mozo respondiÛ, en lengua asimesmo castellana:

-Ni soy turco de naciÛn, ni moro, ni renegado.

-Pues, øquÈ eres? -replicÛ el virrey.

-Mujer cristiana -respondiÛ el mancebo.

-øMujer y cristiana, y en tal traje y en tales pasos? M·s es cosa para
admirarla que para creerla.

-Suspended -dijo el mozo-, °oh seÒores!, la ejecuciÛn de mi muerte, que no
se perder· mucho en que se dilate vuestra venganza en tanto que yo os
cuente mi vida.

øQuiÈn fuera el de corazÛn tan duro que con estas razones no se ablandara,
o, a lo menos, hasta oÌr las que el triste y lastimado mancebo decir
querÌa? El general le dijo que dijese lo que quisiese, pero que no esperase
alcanzar perdÛn de su conocida culpa. Con esta licencia, el mozo comenzÛ a
decir desta manera:

-´De aquella naciÛn m·s desdichada que prudente, sobre quien ha llovido
estos dÌas un mar de desgracias, nacÌ yo, de moriscos padres engendrada. En
la corriente de su desventura fui yo por dos tÌos mÌos llevada a BerberÌa,
sin que me aprovechase decir que era cristiana, como, en efecto, lo soy, y
no de las fingidas ni aparentes, sino de las verdaderas y catÛlicas. No me
valiÛ, con los que tenÌan a cargo nuestro miserable destierro, decir esta
verdad, ni mis tÌos quisieron creerla; antes la tuvieron por mentira y por
invenciÛn para quedarme en la tierra donde habÌa nacido, y asÌ, por fuerza
m·s que por grado, me trujeron consigo. Tuve una madre cristiana y un padre
discreto y cristiano, ni m·s ni menos; mamÈ la fe catÛlica en la leche;
criÈme con buenas costumbres; ni en la lengua ni en ellas jam·s, a mi
parecer, di seÒales de ser morisca. Al par y al paso destas virtudes, que
yo creo que lo son, creciÛ mi hermosura, si es que tengo alguna; y, aunque
mi recato y mi encerramiento fue mucho, no debiÛ de ser tanto que no
tuviese lugar de verme un mancebo caballero, llamado don Gaspar Gregorio,
hijo mayorazgo de un caballero que junto a nuestro lugar otro suyo tiene.
CÛmo me vio, cÛmo nos hablamos, cÛmo se vio perdido por mÌ y cÛmo yo no muy
ganada por Èl, serÌa largo de contar, y m·s en tiempo que estoy temiendo
que, entre la lengua y la garganta, se ha de atravesar el riguroso cordel
que me amenaza; y asÌ, sÛlo dirÈ cÛmo en nuestro destierro quiso
acompaÒarme don Gregorio. MezclÛse con los moriscos que de otros lugares
salieron, porque sabÌa muy bien la lengua, y en el viaje se hizo amigo de
dos tÌos mÌos que consigo me traÌan; porque mi padre, prudente y prevenido,
asÌ como oyÛ el primer bando de nuestro destierro, se saliÛ del lugar y se
fue a buscar alguno en los reinos estraÒos que nos acogiese. DejÛ
encerradas y enterradas, en una parte de quien yo sola tengo noticia,
muchas perlas y piedras de gran valor, con algunos dineros en cruzados y
doblones de oro. MandÛme que no tocase al tesoro que dejaba en ninguna
manera, si acaso antes que Èl volviese nos desterraban. HÌcelo asÌ, y con
mis tÌos, como tengo dicho, y otros parientes y allegados pasamos a
BerberÌa; y el lugar donde hicimos asiento fue en Argel, como si le
hiciÈramos en el mismo infierno. Tuvo noticia el rey de mi hermosura, y la
fama se la dio de mis riquezas, que, en parte, fue ventura mÌa. LlamÛme
ante sÌ, preguntÛme de quÈ parte de EspaÒa era y quÈ dineros y quÈ joyas
traÌa. DÌjele el lugar, y que las joyas y dineros quedaban en Èl
enterrados, pero que con facilidad se podrÌan cobrar si yo misma volviese
por ellos. Todo esto le dije, temerosa de que no le cegase mi hermosura,
sino su codicia. Estando conmigo en estas pl·ticas, le llegaron a decir
cÛmo venÌa conmigo uno de los m·s gallardos y hermosos mancebos que se
podÌa imaginar. Luego entendÌ que lo decÌan por don Gaspar Gregorio, cuya
belleza se deja atr·s las mayores que encarecer se pueden. TurbÈme,
considerando el peligro que don Gregorio corrÌa, porque entre aquellos
b·rbaros turcos en m·s se tiene y estima un mochacho o mancebo hermoso que
una mujer, por bellÌsima que sea. MandÛ luego el rey que se le trujesen
allÌ delante para verle, y preguntÛme si era verdad lo que de aquel mozo le
decÌan. Entonces yo, casi como prevenida del cielo, le dije que sÌ era;
pero que le hacÌa saber que no era varÛn, sino mujer como yo, y que le
suplicaba me la dejase ir a vestir en su natural traje, para que de todo en
todo mostrase su belleza y con menos empacho pareciese ante su presencia.
DÌjome que fuese en buena hora, y que otro dÌa hablarÌamos en el modo que
se podÌa tener para que yo volviese a EspaÒa a sacar el escondido tesoro.
HablÈ con don Gaspar, contÈle el peligro que corrÌa el mostrar ser hombre;
vestÌle de mora, y aquella mesma tarde le truje a la presencia del rey, el
cual, en viÈndole, quedÛ admirado y hizo disignio de guardarla para hacer
presente della al Gran SeÒor; y, por huir del peligro que en el serrallo de
sus mujeres podÌa tener y temer de sÌ mismo, la mandÛ poner en casa de unas
principales moras que la guardasen y la sirviesen, adonde le llevaron
luego. Lo que los dos sentimos (que no puedo negar que no le quiero) se
deje a la consideraciÛn de los que se apartan si bien se quieren. Dio luego
traza el rey de que yo volviese a EspaÒa en este bergantÌn y que me
acompaÒasen dos turcos de naciÛn, que fueron los que mataron vuestros
soldados. Vino tambiÈn conmigo este renegado espaÒol -seÒalando al que
habÌa hablado primero-, del cual sÈ yo bien que es cristiano encubierto y
que viene con m·s deseo de quedarse en EspaÒa que de volver a BerberÌa; la
dem·s chusma del bergantÌn son moros y turcos, que no sirven de m·s que de
bogar al remo. Los dos turcos, codiciosos e insolentes, sin guardar el
orden que traÌamos de que a mÌ y a este renegado en la primer parte de
EspaÒa, en h·bito de cristianos, de que venimos proveÌdos, nos echasen en
tierra, primero quisieron barrer esta costa y hacer alguna presa, si
pudiesen, temiendo que si primero nos echaban en tierra, por alg˙n acidente
que a los dos nos sucediese, podrÌamos descubrir que quedaba el bergantÌn
en la mar, y si acaso hubiese galeras por esta costa, los tomasen. Anoche
descubrimos esta playa, y, sin tener noticia destas cuatro galeras,
fuimos descubiertos, y nos ha sucedido lo que habÈis visto. En resoluciÛn:
don Gregorio queda en h·bito de mujer entre mujeres, con manifiesto peligro
de perderse, y yo me veo atadas las manos, esperando, o, por mejor decir,
temiendo perder la vida, que ya me cansa.ª …ste es, seÒores, el fin de mi
lamentable historia, tan verdadera como desdichada; lo que os ruego es que
me dejÈis morir como cristiana, pues, como ya he dicho, en ninguna cosa he
sido culpante de la culpa en que los de mi naciÛn han caÌdo.

Y luego callÛ, preÒados los ojos de tiernas l·grimas, a quien acompaÒaron
muchas de los que presentes estaban. El virrey, tierno y compasivo, sin
hablarle palabra, se llegÛ a ella y le quitÛ con sus manos el cordel que
las hermosas de la mora ligaba.

En tanto, pues, que la morisca cristiana su peregrina historia trataba,
tuvo clavados los ojos en ella un anciano peregrino que entrÛ en la galera
cuando entrÛ el virrey; y, apenas dio fin a su pl·tica la morisca, cuando
Èl se arrojÛ a sus pies, y, abrazado dellos, con interrumpidas palabras de
mil sollozos y suspiros, le dijo:

-°Oh Ana FÈlix, desdichada hija mÌa! Yo soy tu padre Ricote, que volvÌa a
buscarte por no poder vivir sin ti, que eres mi alma.

A cuyas palabras abriÛ los ojos Sancho, y alzÛ la cabeza (que inclinada
tenÌa, pensando en la desgracia de su paseo), y, mirando al peregrino,
conociÛ ser el mismo Ricote que topÛ el dÌa que saliÛ de su gobierno, y
confirmÛse que aquÈlla era su hija, la cual, ya desatada, abrazÛ a su
padre, mezclando sus l·grimas con las suyas; el cual dijo al general y al
virrey:

-…sta, seÒores, es mi hija, m·s desdichada en sus sucesos que en su nombre.
Ana FÈlix se llama, con el sobrenombre de Ricote, famosa tanto por su
hermosura como por mi riqueza. Yo salÌ de mi patria a buscar en reinos
estraÒos quien nos albergase y recogiese, y, habiÈndole hallado en
Alemania, volvÌ en este h·bito de peregrino, en compaÒÌa de otros alemanes,
a buscar mi hija y a desenterrar muchas riquezas que dejÈ escondidas. No
hallÈ a mi hija; hallÈ el tesoro, que conmigo traigo, y agora, por el
estraÒo rodeo que habÈis visto, he hallado el tesoro que m·s me enriquece,
que es a mi querida hija. Si nuestra poca culpa y sus l·grimas y las mÌas,
por la integridad de vuestra justicia, pueden abrir puertas a la
misericordia, usadla con nosotros, que jam·s tuvimos pensamiento de
ofenderos, ni convenimos en ning˙n modo con la intenciÛn de los nuestros,
que justamente han sido desterrados.

Entonces dijo Sancho:

-Bien conozco a Ricote, y sÈ que es verdad lo que dice en cuanto a ser Ana
FÈlix su hija; que en esotras zarandajas de ir y venir, tener buena o mala
intenciÛn, no me entremeto.

Admirados del estraÒo caso todos los presentes, el general dijo:

-Una por una vuestras l·grimas no me dejar·n cumplir mi juramento: vivid,
hermosa Ana FÈlix, los aÒos de vida que os tiene determinados el cielo, y
lleven la pena de su culpa los insolentes y atrevidos que la cometieron.

Y mandÛ luego ahorcar de la entena a los dos turcos que a sus dos soldados
habÌan muerto; pero el virrey le pidiÛ encarecidamente no los ahorcase,
pues m·s locura que valentÌa habÌa sido la suya. Hizo el general lo que el
virrey le pedÌa, porque no se ejecutan bien las venganzas a sangre helada.
Procuraron luego dar traza de sacar a don Gaspar Gregorio del peligro en
que quedaba. OfreciÛ Ricote para ello m·s de dos mil ducados que en perlas
y en joyas tenÌa. DiÈronse muchos medios, pero ninguno fue tal como el que
dio el renegado espaÒol que se ha dicho, el cual se ofreciÛ de volver a
Argel en alg˙n barco pequeÒo, de hasta seis bancos, armado de remeros
cristianos, porque Èl sabÌa dÛnde, cÛmo y cu·ndo podÌa y debÌa desembarcar,
y asimismo no ignoraba la casa donde don Gaspar quedaba. Dudaron el general
y el virrey el fiarse del renegado, ni confiar de los cristianos que habÌan
de bogar el remo; fiÛle Ana FÈlix, y Ricote, su padre, dijo que salÌa a dar
el rescate de los cristianos, si acaso se perdiesen.

Firmados, pues, en este parecer, se desembarcÛ el virrey, y don Antonio
Moreno se llevÛ consigo a la morisca y a su padre, encarg·ndole el virrey
que los regalase y acariciase cuanto le fuese posible; que de su parte le
ofrecÌa lo que en su casa hubiese para su regalo. Tanta fue la benevolencia
y caridad que la hermosura de Ana FÈlix infundiÛ en su pecho.

CapÌtulo LXIV. Que trata de la aventura que m·s pesadumbre dio a don
Quijote de cuantas hasta entonces le habÌan sucedido

La mujer de don Antonio Moreno cuenta la historia que recibiÛ grandÌsimo
contento de ver a Ana FÈlix en su casa. RecibiÛla con mucho agrado, asÌ
enamorada de su belleza como de su discreciÛn, porque en lo uno y en lo
otro era estremada la morisca, y toda la gente de la ciudad, como a campana
taÒida, venÌan a verla.

Dijo don Quijote a don Antonio que el parecer que habÌan tomado en la
libertad de don Gregorio no era bueno, porque tenÌa m·s de peligroso que de
conveniente, y que serÌa mejor que le pusiesen a Èl en BerberÌa con sus
armas y caballo; que Èl le sacarÌa a pesar de toda la morisma, como habÌa
hecho don Gaiferos a su esposa Melisendra.

-Advierta vuesa merced -dijo Sancho, oyendo esto- que el seÒor don Gaiferos
sacÛ a sus esposa de tierra firme y la llevÛ a Francia por tierra firme;
pero aquÌ, si acaso sacamos a don Gregorio, no tenemos por dÛnde traerle a
EspaÒa, pues est· la mar en medio.

-Para todo hay remedio, si no es para la muerte -respondiÛ don Quijote-;
pues, llegando el barco a la marina, nos podremos embarcar en Èl, aunque
todo el mundo lo impida.

-Muy bien lo pinta y facilita vuestra merced -dijo Sancho-, pero del dicho
al hecho hay gran trecho, y yo me atengo al renegado, que me parece muy
hombre de bien y de muy buenas entraÒas.

Don Antonio dijo que si el renegado no saliese bien del caso, se tomarÌa el
espediente de que el gran don Quijote pasase en BerberÌa.

De allÌ a dos dÌas partiÛ el renegado en un ligero barco de seis remos por
banda, armado de valentÌsima chusma; y de allÌ a otros dos se partieron las
galeras a Levante, habiendo pedido el general al visorrey fuese servido de
avisarle de lo que sucediese en la libertad de don Gregorio y en el caso de
Ana FÈlix; quedÛ el visorrey de hacerlo asÌ como se lo pedÌa.

Y una maÒana, saliendo don Quijote a pasearse por la playa armado de todas
sus armas, porque, como muchas veces decÌa, ellas eran sus arreos, y su
descanso el pelear, y no se hallaba sin ellas un punto, vio venir hacÌa Èl
un caballero, armado asimismo de punta en blanco, que en el escudo traÌa
pintada una luna resplandeciente; el cual, lleg·ndose a trecho que podÌa
ser oÌdo, en altas voces, encaminando sus razones a don Quijote, dijo:

-Insigne caballero y jam·s como se debe alabado don Quijote de la Mancha,
yo soy el Caballero de la Blanca Luna, cuyas inauditas hazaÒas quiz· te le
habr·n traÌdo a la memoria. Vengo a contender contigo y a probar la fuerza
de tus brazos, en razÛn de hacerte conocer y confesar que mi dama, sea
quien fuere, es sin comparaciÛn m·s hermosa que tu Dulcinea del Toboso; la
cual verdad si t˙ la confiesas de llano en llano, escusar·s tu muerte y el
trabajo que yo he de tomar en d·rtela; y si t˙ peleares y yo te venciere,
no quiero otra satisfaciÛn sino que, dejando las armas y absteniÈndote de
buscar aventuras, te recojas y retires a tu lugar por tiempo de un aÒo,
donde has de vivir sin echar mano a la espada, en paz tranquila y en
provechoso sosiego, porque asÌ conviene al aumento de tu hacienda y a la
salvaciÛn de tu alma; y si t˙ me vencieres, quedar· a tu discreciÛn mi
cabeza, y ser·n tuyos los despojos de mis armas y caballo, y pasar· a la
tuya la fama de mis hazaÒas. Mira lo que te est· mejor, y respÛndeme luego,
porque hoy todo el dÌa traigo de tÈrmino para despachar este negocio.

Don Quijote quedÛ suspenso y atÛnito, asÌ de la arrogancia del Caballero de
la Blanca Luna como de la causa por que le desafiaba; y con reposo y adem·n
severo le respondiÛ:

-Caballero de la Blanca Luna, cuyas hazaÒas hasta agora no han llegado a mi
noticia, yo osarÈ jurar que jam·s habÈis visto a la ilustre Dulcinea; que
si visto la hubiÈrades, yo sÈ que procur·rades no poneros en esta demanda,
porque su vista os desengaÒara de que no ha habido ni puede haber belleza
que con la suya comparar se pueda; y asÌ, no diciÈndoos que mentÌs, sino
que no acert·is en lo propuesto, con las condiciones que habÈis referido,
aceto vuestro desafÌo, y luego, porque no se pase el dÌa que traÈis
determinado; y sÛlo exceto de las condiciones la de que se pase a mÌ la
fama de vuestras hazaÒas, porque no sÈ cu·les ni quÈ tales sean: con las
mÌas me contento, tales cuales ellas son. Tomad, pues, la parte del campo
que quisiÈredes, que yo harÈ lo mesmo, y a quien Dios se la diere, San
Pedro se la bendiga.

HabÌan descubierto de la ciudad al Caballero de la Blanca Luna, y dÌchoselo
al visorrey que estaba hablando con don Quijote de la Mancha. El visorrey,
creyendo serÌa alguna nueva aventura fabricada por don Antonio Moreno, o
por otro alg˙n caballero de la ciudad, saliÛ luego a la playa con don
Antonio y con otros muchos caballeros que le acompaÒaban, a tiempo cuando
don Quijote volvÌa las riendas a Rocinante para tomar del campo lo
necesario.

Viendo, pues, el visorrey que daban los dos seÒales de volverse a
encontrar, se puso en medio, pregunt·ndoles quÈ era la causa que les movÌa
a hacer tan de improviso batalla. El Caballero de la Blanca Luna respondiÛ
que era precedencia de hermosura, y en breves razones le dijo las mismas
que habÌa dicho a don Quijote, con la acetaciÛn de las condiciones del
desafÌo hechas por entrambas partes. LlegÛse el visorrey a don Antonio, y
preguntÛle paso si sabÌa quiÈn era el tal Caballero de la Blanca Luna, o si
era alguna burla que querÌan hacer a don Quijote. Don Antonio le respondiÛ
que ni sabÌa quiÈn era, ni si era de burlas ni de veras el tal desafÌo.
Esta respuesta tuvo perplejo al visorrey en si les dejarÌa o no pasar
adelante en la batalla; pero, no pudiÈndose persuadir a que fuese sino
burla, se apartÛ diciendo:

-SeÒores caballeros, si aquÌ no hay otro remedio sino confesar o morir, y
el seÒor don Quijote est· en sus trece y vuestra merced el de la Blanca
Luna en sus catorce, a la mano de Dios, y dense.

AgradeciÛ el de la Blanca Luna con corteses y discretas razones al visorrey
la licencia que se les daba, y don Quijote hizo lo mesmo; el cual,
encomend·ndose al cielo de todo corazÛn y a su Dulcinea -como tenÌa de
costumbre al comenzar de las batallas que se le ofrecÌan-, tornÛ a tomar
otro poco m·s del campo, porque vio que su contrario hacÌa lo mesmo, y, sin
tocar trompeta ni otro instrumento bÈlico que les diese seÒal de arremeter,
volvieron entrambos a un mesmo punto las riendas a sus caballos; y, como
era m·s ligero el de la Blanca Luna, llegÛ a don Quijote a dos tercios
andados de la carrera, y allÌ le encontrÛ con tan poderosa fuerza, sin
tocarle con la lanza (que la levantÛ, al parecer, de propÛsito), que dio
con Rocinante y con don Quijote por el suelo una peligrosa caÌda. Fue luego
sobre Èl, y, poniÈndole la lanza sobre la visera, le dijo:

-Vencido sois, caballero, y aun muerto, si no confes·is las condiciones de
nuestro desafÌo.

Don Quijote, molido y aturdido, sin alzarse la visera, como si hablara
dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma, dijo:

-Dulcinea del Toboso es la m·s hermosa mujer del mundo, y yo el m·s
desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude
esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza, y quÌtame la vida, pues me has
quitado la honra.

-Eso no harÈ yo, por cierto -dijo el de la Blanca Luna-: viva, viva en su
entereza la fama de la hermosura de la seÒora Dulcinea del Toboso, que sÛlo
me contento con que el gran don Quijote se retire a su lugar un aÒo, o
hasta el tiempo que por mÌ le fuere mandado, como concertamos antes de
entrar en esta batalla.

Todo esto oyeron el visorrey y don Antonio, con otros muchos que allÌ
estaban, y oyeron asimismo que don Quijote respondiÛ que como no le pidiese
cosa que fuese en perjuicio de Dulcinea, todo lo dem·s cumplirÌa como
caballero puntual y verdadero.

Hecha esta confesiÛn, volviÛ las riendas el de la Blanca Luna, y, haciendo
mesura con la cabeza al visorrey, a medio galope se entrÛ en la ciudad.

MandÛ el visorrey a don Antonio que fuese tras Èl, y que en todas maneras
supiese quiÈn era. Levantaron a don Quijote, descubriÈronle el rostro y
hall·ronle sin color y trasudando. Rocinante, de puro malparado, no se pudo
mover por entonces. Sancho, todo triste, todo apesarado, no sabÌa quÈ
decirse ni quÈ hacerse: parecÌale que todo aquel suceso pasaba en sueÒos y
que toda aquella m·quina era cosa de encantamento. VeÌa a su seÒor rendido
y obligado a no tomar armas en un aÒo; imaginaba la luz de la gloria de sus
hazaÒas escurecida, las esperanzas de sus nuevas promesas deshechas, como
se deshace el humo con el viento. TemÌa si quedarÌa o no contrecho
Rocinante, o deslocado su amo; que no fuera poca ventura si deslocado
quedara. Finalmente, con una silla de manos, que mandÛ traer el visorrey,
le llevaron a la ciudad, y el visorrey se volviÛ tambiÈn a ella, con deseo
de saber quiÈn fuese el Caballero de la Blanca Luna, que de tan mal talante
habÌa dejado a don Quijote.

CapÌtulo LXV. Donde se da noticia quiÈn era el de la Blanca Luna, con la
libertad de Don Gregorio, y de otros sucesos

SiguiÛ don Antonio Moreno al Caballero de la Blanca Luna, y siguiÈronle
tambiÈn, y aun persiguiÈronle, muchos muchachos, hasta que le cerraron en
un mesÛn dentro de la ciudad. EntrÛ el don Antonio con deseo de conocerle;
saliÛ un escudero a recebirle y a desarmarle; encerrÛse en una sala baja, y
con Èl don Antonio, que no se le cocÌa el pan hasta saber quiÈn fuese.
Viendo, pues, el de la Blanca Luna que aquel caballero no le dejaba, le
dijo:

-Bien sÈ, seÒor, a lo que venÌs, que es a saber quiÈn soy; y, porque no hay
para quÈ neg·roslo, en tanto que este mi criado me desarma os lo dirÈ, sin
faltar un punto a la verdad del caso. Sabed, seÒor, que a mÌ me llaman el
bachiller SansÛn Carrasco; soy del mesmo lugar de don Quijote de la Mancha,
cuya locura y sandez mueve a que le tengamos l·stima todos cuantos le
conocemos, y entre los que m·s se la han tenido he sido yo; y, creyendo que
est· su salud en su reposo y en que se estÈ en su tierra y en su casa, di
traza para hacerle estar en ella; y asÌ, habr· tres meses que le salÌ al
camino como caballero andante, llam·ndome el Caballero de los Espejos, con
intenciÛn de pelear con Èl y vencerle, sin hacerle daÒo, poniendo por
condiciÛn de nuestra pelea que el vencido quedase a discreciÛn del
vencedor; y lo que yo pensaba pedirle, porque ya le juzgaba por vencido,
era que se volviese a su lugar y que no saliese dÈl en todo un aÒo, en el
cual tiempo podrÌa ser curado; pero la suerte lo ordenÛ de otra manera,
porque Èl me venciÛ a mÌ y me derribÛ del caballo, y asÌ, no tuvo efecto mi
pensamiento: Èl prosiguiÛ su camino, y yo me volvÌ, vencido, corrido y
molido de la caÌda, que fue adem·s peligrosa; pero no por esto se me quitÛ
el deseo de volver a buscarle y a vencerle, como hoy se ha visto. Y como Èl
es tan puntual en guardar las Ûrdenes de la andante caballerÌa, sin duda
alguna guardar· la que le he dado, en cumplimiento de su palabra. Esto es,
seÒor, lo que pasa, sin que tenga que deciros otra cosa alguna; suplÌcoos
no me descubr·is ni le dig·is a don Quijote quiÈn soy, porque tengan efecto
los buenos pensamientos mÌos y vuelva a cobrar su juicio un hombre que le
tiene bonÌsimo, como le dejen las sandeces de la caballerÌa.

-°Oh seÒor -dijo don Antonio-, Dios os perdone el agravio que habÈis hecho
a todo el mundo en querer volver cuerdo al m·s gracioso loco que hay en Èl!
øNo veis, seÒor, que no podr· llegar el provecho que cause la cordura de
don Quijote a lo que llega el gusto que da con sus desvarÌos? Pero yo
imagino que toda la industria del seÒor bachiller no ha de ser parte para
volver cuerdo a un hombre tan rematadamente loco; y si no fuese contra
caridad, dirÌa que nunca sane don Quijote, porque con su salud, no
solamente perdemos sus gracias, sino las de Sancho Panza, su escudero, que
cualquiera dellas puede volver a alegrar a la misma melancolÌa. Con todo
esto, callarÈ, y no le dirÈ nada, por ver si salgo verdadero en sospechar
que no ha de tener efecto la diligencia hecha por el seÒor Carrasco.

El cual respondiÛ que ya una por una estaba en buen punto aquel negocio, de
quien esperaba feliz suceso. Y, habiÈndose ofrecido don Antonio de hacer lo
que m·s le mandase, se despidiÛ dÈl; y, hecho liar sus armas sobre un
macho, luego al mismo punto, sobre el caballo con que entrÛ en la batalla,
se saliÛ de la ciudad aquel mismo dÌa y se volviÛ a su patria, sin
sucederle cosa que obligue a contarla en esta verdadera historia.

ContÛ don Antonio al visorrey todo lo que Carrasco le habÌa contado, de lo
que el visorrey no recibiÛ mucho gusto, porque en el recogimiento de don
Quijote se perdÌa el que podÌan tener todos aquellos que de sus locuras
tuviesen noticia.

Seis dÌas estuvo don Quijote en el lecho, marrido, triste, pensativo y mal
acondicionado, yendo y viniendo con la imaginaciÛn en el desdichado suceso
de su vencimiento. Consol·bale Sancho, y, entre otras razones, le dijo:

-SeÒor mÌo, alce vuestra merced la cabeza y alÈgrese, si puede, y dÈ
gracias al cielo que, ya que le derribÛ en la tierra, no saliÛ con alguna
costilla quebrada; y, pues sabe que donde las dan las toman, y que no
siempre hay tocinos donde hay estacas, dÈ una higa al mÈdico, pues no le ha
menester para que le cure en esta enfermedad: volv·monos a nuestra casa y
dejÈmonos de andar buscando aventuras por tierras y lugares que no sabemos;
y, si bien se considera, yo soy aquÌ el m·s perdidoso, aunque es vuestra
merced el m·s mal parado. Yo, que dejÈ con el gobierno los deseos de ser
m·s gobernador, no dejÈ la gana de ser conde, que jam·s tendr· efecto si
vuesa merced deja de ser rey, dejando el ejercicio de su caballerÌa; y asÌ,
vienen a volverse en humo mis esperanzas.

-Calla, Sancho, pues ves que mi reclusiÛn y retirada no ha de pasar de un
aÒo; que luego volverÈ a mis honrados ejercicios, y no me ha de faltar
reino que gane y alg˙n condado que darte.

-Dios lo oiga -dijo Sancho-, y el pecado sea sordo, que siempre he oÌdo
decir que m·s vale buena esperanza que ruin posesiÛn.

En esto estaban cuando entrÛ don Antonio, diciendo con muestras de
grandÌsimo contento:

-°Albricias, seÒor don Quijote, que don Gregorio y el renegado que fue por
Èl est· en la playa! øQuÈ digo en la playa? Ya est· en casa del visorrey, y
ser· aquÌ al momento.

AlegrÛse alg˙n tanto don Quijote, y dijo:

-En verdad que estoy por decir que me holgara que hubiera sucedido todo al
revÈs, porque me obligara a pasar en BerberÌa, donde con la fuerza de mi
brazo diera libertad no sÛlo a don Gregorio, sino a cuantos cristianos
cautivos hay en BerberÌa. Pero, øquÈ digo, miserable? øNo soy yo el
vencido? øNo soy yo el derribado? øNo soy yo el que no puede tomar arma en
un aÒo? Pues, øquÈ prometo? øDe quÈ me alabo, si antes me conviene usar de
la rueca que de la espada?

-DÈjese deso, seÒor -dijo Sancho-: viva la gallina, aunque con su pepita,
que hoy por ti y maÒana por mÌ; y en estas cosas de encuentros y porrazos
no hay tomarles tiento alguno, pues el que hoy cae puede levantarse
maÒana, si no es que se quiere estar en la cama; quiero decir que se deje
desmayar, sin cobrar nuevos brÌos para nuevas pendencias. Y lev·ntese
vuestra merced agora para recebir a don Gregorio, que me parece que anda la
gente alborotada, y ya debe de estar en casa.

Y asÌ era la verdad; porque, habiendo ya dado cuenta don Gregorio y el
renegado al visorrey de su ida y vuelta, deseoso don Gregorio de ver a Ana
FÈlix, vino con el renegado a casa de don Antonio; y, aunque don Gregorio,
cuando le sacaron de Argel, fue con h·bitos de mujer, en el barco los trocÛ
por los de un cautivo que saliÛ consigo; pero en cualquiera que viniera,
mostrara ser persona para ser codiciada, servida y estimada, porque era
hermoso sobremanera, y la edad, al parecer, de diez y siete o diez y ocho
aÒos. Ricote y su hija salieron a recebirle: el padre con l·grimas y la
hija con honestidad. No se abrazaron unos a otros, porque donde hay mucho
amor no suele haber demasiada desenvoltura. Las dos bellezas juntas de don
Gregorio y Ana FÈlix admiraron en particular a todos juntos los que
presentes estaban. El silencio fue allÌ el que hablÛ por los dos amantes, y
los ojos fueron las lenguas que descubrieron sus alegres y honestos
pensamientos.

ContÛ el renegado la industria y medio que tuvo para sacar a don Gregorio;
contÛ don Gregorio los peligros y aprietos en que se habÌa visto con las
mujeres con quien habÌa quedado, no con largo razonamiento, sino con breves
palabras, donde mostrÛ que su discreciÛn se adelantaba a sus aÒos.
Finalmente, Ricote pagÛ y satisfizo liberalmente asÌ al renegado como a los
que habÌan bogado al remo. ReincorporÛse y red˙jose el renegado con la
Iglesia, y, de miembro podrido, volviÛ limpio y sano con la penitencia y el
arrepentimiento.

De allÌ a dos dÌas tratÛ el visorrey con don Antonio quÈ modo tendrÌan para
que Ana FÈlix y su padre quedasen en EspaÒa, pareciÈndoles no ser de
inconveniente alguno que quedasen en ella hija tan cristiana y padre, al
parecer, tan bien intencionado. Don Antonio se ofreciÛ venir a la corte a
negociarlo, donde habÌa de venir forzosamente a otros negocios, dando a
entender que en ella, por medio del favor y de las d·divas, muchas cosas
dificultosas se acaban.

-No -dijo Ricote, que se hallÛ presente a esta pl·tica- hay que esperar en
favores ni en d·divas, porque con el gran don Bernardino de Velasco, conde
de Salazar, a quien dio Su Majestad cargo de nuestra expulsiÛn, no valen
ruegos, no promesas, no d·divas, no l·stimas; porque, aunque es verdad que
Èl mezcla la misericordia con la justicia, como Èl vee que todo el cuerpo
de nuestra naciÛn est· contaminado y podrido, usa con Èl antes del cauterio
que abrasa que del ung¸ento que molifica; y asÌ, con prudencia, con
sagacidad, con diligencia y con miedos que pone, ha llevado sobre sus
fuertes hombros a debida ejecuciÛn el peso desta gran m·quina, sin que
nuestras industrias, estratagemas, solicitudes y fraudes hayan podido
deslumbrar sus ojos de Argos, que contino tiene alerta, porque no se le
quede ni encubra ninguno de los nuestros, que, como raÌz escondida, que con
el tiempo venga despuÈs a brotar, y a echar frutos venenosos en EspaÒa, ya
limpia, ya desembarazada de los temores en que nuestra muchedumbre la
tenÌa. °Heroica resoluciÛn del gran Filipo Tercero, y inaudita prudencia en
haberla encargado al tal don Bernardino de Velasco!

-Una por una, yo harÈ, puesto all·, las diligencias posibles, y haga el
cielo lo que m·s fuere servido -dijo don Antonio-. Don Gregorio se ir·
conmigo a consolar la pena que sus padres deben tener por su ausencia; Ana
FÈlix se quedar· con mi mujer en mi casa, o en un monasterio, y yo sÈ que
el seÒor visorrey gustar· se quede en la suya el buen Ricote, hasta ver
cÛmo yo negocio.

El visorrey consintiÛ en todo lo propuesto, pero don Gregorio, sabiendo lo
que pasaba, dijo que en ninguna manera podÌa ni querÌa dejar a doÒa Ana
FÈlix; pero, teniendo intenciÛn de ver a sus padres, y de dar traza de
volver por ella, vino en el decretado concierto. QuedÛse Ana FÈlix con la
mujer de don Antonio, y Ricote en casa del visorrey.

LlegÛse el dÌa de la partida de don Antonio, y el de don Quijote y Sancho,
que fue de allÌ a otros dos; que la caÌda no le concediÛ que m·s presto se
pusiese en camino. Hubo l·grimas, hubo suspiros, desmayos y sollozos al
despedirse don Gregorio de Ana FÈlix. OfreciÛle Ricote a don Gregorio mil
escudos, si los querÌa; pero Èl no tomÛ ninguno, sino solos cinco que le
prestÛ don Antonio, prometiendo la paga dellos en la corte. Con esto, se
partieron los dos, y don Quijote y Sancho despuÈs, como se ha dicho: don
Quijote desarmado y de camino, Sancho a pie, por ir el rucio cargado con
las armas.

CapÌtulo LXVI. Que trata de lo que ver· el que lo leyere, o lo oir· el que
lo escuchare leer

Al salir de Barcelona, volviÛ don Quijote a mirar el sitio donde habÌa
caÌdo, y dijo:

-°AquÌ fue Troya! °AquÌ mi desdicha, y no mi cobardÌa, se llevÛ mis
alcanzadas glorias; aquÌ usÛ la fortuna conmigo de sus vueltas y revueltas;
aquÌ se escurecieron mis hazaÒas; aquÌ, finalmente, cayÛ mi ventura para
jam·s levantarse!

Oyendo lo cual Sancho, dijo:

-Tan de valientes corazones es, seÒor mÌo, tener sufrimiento en las
desgracias como alegrÌa en las prosperidades; y esto lo juzgo por mÌ mismo,
que si cuando era gobernador estaba alegre, agora que soy escudero de a
pie, no estoy triste; porque he oÌdo decir que esta que llaman por ahÌ
Fortuna es una mujer borracha y antojadiza, y, sobre todo, ciega, y asÌ, no
vee lo que hace, ni sabe a quiÈn derriba, ni a quiÈn ensalza.

-Muy filÛsofo est·s, Sancho -respondiÛ don Quijote-, muy a lo discreto
hablas: no sÈ quiÈn te lo enseÒa. Lo que te sÈ decir es que no hay fortuna
en el mundo, ni las cosas que en Èl suceden, buenas o malas que sean,
vienen acaso, sino por particular providencia de los cielos, y de aquÌ
viene lo que suele decirse: que cada uno es artÌfice de su ventura. Yo lo
he sido de la mÌa, pero no con la prudencia necesaria, y asÌ, me han salido
al gallarÌn mis presunciones; pues debiera pensar que al poderoso grandor
del caballo del de la Blanca Luna no podÌa resistir la flaqueza de
Rocinante. AtrevÌme en fin, hice lo que puede, derrib·ronme, y, aunque
perdÌ la honra, no perdÌ, ni puedo perder, la virtud de cumplir mi palabra.
Cuando era caballero andante, atrevido y valiente, con mis obras y con mis
manos acreditaba mis hechos; y agora, cuando soy escudero pedestre,
acreditarÈ mis palabras cumpliendo la que di de mi promesa. Camina, pues,
amigo Sancho, y vamos a tener en nuestra tierra el aÒo del noviciado, con
cuyo encerramiento cobraremos virtud nueva para volver al nunca de mÌ
olvidado ejercicio de las armas.

-SeÒor -respondiÛ Sancho-, no es cosa tan gustosa el caminar a pie, que me
mueva e incite a hacer grandes jornadas. Dejemos estas armas colgadas de
alg˙n ·rbol, en lugar de un ahorcado, y, ocupando yo las espaldas del
rucio, levantados los pies del suelo, haremos las jornadas como vuestra
merced las pidiere y midiere; que pensar que tengo de caminar a pie y
hacerlas grandes es pensar en lo escusado.

-Bien has dicho, Sancho -respondiÛ don Quijote-: cuÈlguense mis armas por
trofeo, y al pie dellas, o alrededor dellas, grabaremos en los ·rboles lo
que en el trofeo de las armas de Rold·n estaba escrito:

Nadie las mueva

que estar no pueda con Rold·n a prueba.

-Todo eso me parece de perlas -respondiÛ Sancho-; y, si no fuera por la
falta que para el camino nos habÌa de hacer Rocinante, tambiÈn fuera bien
dejarle colgado.

-°Pues ni Èl ni las armas -replicÛ don Quijote- quiero que se ahorquen,
porque no se diga que a buen servicio, mal galardÛn!

-Muy bien dice vuestra merced -respondiÛ Sancho-, porque, seg˙n opiniÛn de
discretos, la culpa del asno no se ha de echar a la albarda; y, pues deste
suceso vuestra merced tiene la culpa, castÌguese a sÌ mesmo, y no revienten
sus iras por las ya rotas y sangrientas armas, ni por las mansedumbres de
Rocinante, ni por la blandura de mis pies, queriendo que caminen m·s de lo
justo.

En estas razones y pl·ticas se les pasÛ todo aquel dÌa, y aun otros cuatro,
sin sucederles cosa que estorbase su camino; y al quinto dÌa, a la entrada
de un lugar, hallaron a la puerta de un mesÛn mucha gente, que, por ser
fiesta, se estaba allÌ solazando. Cuando llegaba a ellos don Quijote, un
labrador alzÛ la voz diciendo:

-Alguno destos dos seÒores que aquÌ vienen, que no conocen las partes, dir·
lo que se ha de hacer en nuestra apuesta.

-SÌ dirÈ, por cierto -respondiÛ don Quijote-, con toda rectitud, si es que
alcanzo a entenderla.

-´Es, pues, el caso -dijo el labrador-, seÒor bueno, que un vecino deste
lugar, tan gordo que pesa once arrobas, desafiÛ a correr a otro su vecino,
que no pesa m·s que cinco. Fue la condiciÛn que habÌan de correr una
carrera de cien pasos con pesos iguales; y, habiÈndole preguntado al
desafiador cÛmo se habÌa de igualar el peso, dijo que el desafiado, que
pesa cinco arrobas, se pusiese seis de hierro a cuestas, y asÌ se
igualarÌan las once arrobas del flaco con las once del gordo.ª

-Eso no -dijo a esta sazÛn Sancho, antes que don Quijote respondiese-. Y a
mÌ, que ha pocos dÌas que salÌ de ser gobernador y juez, como todo el mundo
sabe, toca averiguar estas dudas y dar parecer en todo pleito.

-Responde en buen hora -dijo don Quijote-, Sancho amigo, que yo no estoy
para dar migas a un gato, seg˙n traigo alborotado y trastornado el juicio.

Con esta licencia, dijo Sancho a los labradores, que estaban muchos
alrededor dÈl la boca abierta, esperando la sentencia de la suya:

-Hermanos, lo que el gordo pide no lleva camino, ni tiene sombra de
justicia alguna; porque si es verdad lo que se dice, que el desafiado puede
escoger las armas, no es bien que Èste las escoja tales que le impidan ni
estorben el salir vencedor; y asÌ, es mi parecer que el gordo desafiador se
escamonde, monde, entresaque, pula y atilde, y saque seis arrobas de sus
carnes, de aquÌ o de allÌ de su cuerpo, como mejor le pareciere y
estuviere; y desta manera, quedando en cinco arrobas de peso, se igualar· y
ajustar· con las cinco de su contrario, y asÌ podr·n correr igualmente.

-°Voto a tal -dijo un labrador que escuchÛ la sentencia de Sancho- que este
seÒor ha hablado como un bendito y sentenciado como un canÛnigo! Pero a
buen seguro que no ha de querer quitarse el gordo una onza de sus carnes,
cuanto m·s seis arrobas.

-Lo mejor es que no corran -respondiÛ otro-, porque el flaco no se muela
con el peso, ni el gordo se descarne; y Èchese la mitad de la apuesta en
vino, y llevemos estos seÒores a la taberna de lo caro, y sobre mÌ la capa
cuando llueva.

-Yo, seÒores -respondiÛ don Quijote-, os lo agradezco, pero no puedo
detenerme un punto, porque pensamientos y sucesos tristes me hacen parecer
descortÈs y caminar m·s que de paso.

Y asÌ, dando de las espuelas a Rocinante, pasÛ adelante, dej·ndolos
admirados de haber visto y notado asÌ su estraÒa figura como la discreciÛn
de su criado, que por tal juzgaron a Sancho. Y otro de los labradores dijo:

-Si el criado es tan discreto, °cu·l debe de ser el amo! Yo apostarÈ que si
van a estudiar a Salamanca, que a un tris han de venir a ser alcaldes de
corte; que todo es burla, sino estudiar y m·s estudiar, y tener favor y
ventura; y cuando menos se piensa el hombre, se halla con una vara en la
mano o con una mitra en la cabeza.

Aquella noche la pasaron amo y mozo en mitad del campo, al cielo raso y
descubierto; y otro dÌa, siguiendo su camino, vieron que hacia ellos venÌa
un hombre de a pie, con unas alforjas al cuello y una azcona o chuzo en la
mano, propio talle de correo de a pie; el cual, como llegÛ junto a don
Quijote, adelantÛ el paso, y medio corriendo llegÛ a Èl, y, abraz·ndole por
el muslo derecho, que no alcanzaba a m·s, le dijo, con muestras de mucha
alegrÌa:

-°Oh mi seÒor don Quijote de la Mancha, y quÈ gran contento ha de llegar al
corazÛn de mi seÒor el duque cuando sepa que vuestra merced vuelve a su
castillo, que todavÌa se est· en Èl con mi seÒora la duquesa!

-No os conozco, amigo -respondiÛ don Quijote-, ni sÈ quiÈn sois, si vos no
me lo decÌs.

-Yo, seÒor don Quijote -respondiÛ el correo-, soy Tosilos, el lacayo del
duque mi seÒor, que no quise pelear con vuestra merced sobre el casamiento
de la hija de doÒa RodrÌguez.

-°V·lame Dios! -dijo don Quijote-. øEs posible que sois vos el que los
encantadores mis enemigos transformaron en ese lacayo que decÌs, por
defraudarme de la honra de aquella batalla?

-Calle, seÒor bueno -replicÛ el cartero-, que no hubo encanto alguno ni
mudanza de rostro ninguna: tan lacayo Tosilos entrÈ en la estacada como
Tosilos lacayo salÌ della. Yo pensÈ casarme sin pelear, por haberme
parecido bien la moza, pero sucediÛme al revÈs mi pensamiento, pues, asÌ
como vuestra merced se partiÛ de nuestro castillo, el duque mi seÒor me
hizo dar cien palos por haber contravenido a las ordenanzas que me tenÌa
dadas antes de entrar en la batalla, y todo ha parado en que la muchacha es
ya monja, y doÒa RodrÌguez se ha vuelto a Castilla, y yo voy ahora a
Barcelona, a llevar un pliego de cartas al virrey, que le envÌa mi amo. Si
vuestra merced quiere un traguito, aunque caliente, puro, aquÌ llevo una
calabaza llena de lo caro, con no sÈ cu·ntas rajitas de queso de TronchÛn,
que servir·n de llamativo y despertador de la sed, si acaso est· durmiendo.

-Quiero el envite -dijo Sancho-, y Èchese el resto de la cortesÌa, y
escancie el buen Tosilos, a despecho y pesar de cuantos encantadores hay en
las Indias.

-En fin -dijo don Quijote-, t˙ eres, Sancho, el mayor glotÛn del mundo y el
mayor ignorante de la tierra, pues no te persuades que este correo es
encantado, y este Tosilos contrahecho. QuÈdate con Èl y h·rtate, que yo me
irÈ adelante poco a poco, esper·ndote a que vengas.

RiÛse el lacayo, desenvainÛ su calabaza, desalforjÛ sus rajas, y, sacando
un panecillo, Èl y Sancho se sentaron sobre la yerba verde, y en buena paz
compaÒa despabilaron y dieron fondo con todo el repuesto de las alforjas,
con tan buenos alientos, que lamieron el pliego de las cartas, sÛlo porque
olÌa a queso. Dijo Tosilos a Sancho:

-Sin duda este tu amo, Sancho amigo, debe de ser un loco.

-øCÛmo debe? -respondiÛ Sancho-. No debe nada a nadie, que todo lo paga, y
m·s cuando la moneda es locura. Bien lo veo yo, y bien se lo digo a Èl;
pero, øquÈ aprovecha? Y m·s agora que va rematado, porque va vencido del
Caballero de la Blanca Luna.

RogÛle Tosilos le contase lo que le habÌa sucedido, pero Sancho le
respondiÛ que era descortesÌa dejar que su amo le esperase; que otro dÌa,
si se encontrasen, habrÌa lugar par ello. Y, levant·ndose, despuÈs de
haberse sacudido el sayo y las migajas de las barbas, antecogiÛ al rucio,
y, diciendo ''a Dios'', dejÛ a Tosilos y alcanzÛ a su amo, que a la sombra
de un ·rbol le estaba esperando.

CapÌtulo LXVII. De la resoluciÛn que tomÛ don Quijote de hacerse pastor y
seguir la vida del campo, en tanto que se pasaba el aÒo de su promesa, con
otros sucesos en verdad gustosos y buenos

Si muchos pensamientos fatigaban a don Quijote antes de ser derribado,
muchos m·s le fatigaron despuÈs de caÌdo. A la sombra del ·rbol estaba,
como se ha dicho, y allÌ, como moscas a la miel, le acudÌan y picaban
pensamientos: unos iban al desencanto de Dulcinea y otros a la vida que
habÌa de hacer en su forzosa retirada. LlegÛ Sancho y alabÛle la liberal
condiciÛn del lacayo Tosilos.

-øEs posible -le dijo don Quijote- que todavÌa, °oh Sancho!, pienses que
aquÈl sea verdadero lacayo? Parece que se te ha ido de las mientes haber
visto a Dulcinea convertida y transformada en labradora, y al Caballero de
los Espejos en el bachiller Carrasco, obras todas de los encantadores que
me persiguen. Pero dime agora: øpreguntaste a ese Tosilos que dices quÈ ha
hecho Dios de Altisidora: si ha llorado mi ausencia, o si ha dejado ya en
las manos del olvido los enamorados pensamientos que en mi presencia la
fatigaban?

-No eran -respondiÛ Sancho- los que yo tenÌa tales que me diesen lugar a
preguntar boberÌas. °Cuerpo de mÌ!, seÒor, øest· vuestra merced ahora en
tÈrminos de inquirir pensamientos ajenos, especialmente amorosos?

-Mira, Sancho -dijo don Quijote-, mucha diferencia hay de las obras que se
hacen por amor a las que se hacen por agradecimiento. Bien puede ser que un
caballero sea desamorado, pero no puede ser, hablando en todo rigor, que
sea desagradecido. QuÌsome bien, al parecer, Altisidora; diome los tres
tocadores que sabes, llorÛ en mi partida, maldÌjome, vituperÛme, quejÛse, a
despecho de la verg¸enza, p˙blicamente: seÒales todas de que me adoraba,
que las iras de los amantes suelen parar en maldiciones. Yo no tuve
esperanzas que darle, ni tesoros que ofrecerle, porque las mÌas las tengo
entregadas a Dulcinea, y los tesoros de los caballeros andantes son, como
los de los duendes, aparentes y falsos, y sÛlo puedo darle estos acuerdos
que della tengo, sin perjuicio, pero, de los que tengo de Dulcinea, a quien
t˙ agravias con la remisiÛn que tienes en azotarte y en castigar esas
carnes, que vea yo comidas de lobos, que quieren guardarse antes para los
gusanos que para el remedio de aquella pobre seÒora.

-SeÒor -respondiÛ Sancho-, si va a decir la verdad, yo no me puedo
persuadir que los azotes de mis posaderas tengan que ver con los
desencantos de los encantados, que es como si dijÈsemos: "Si os duele la
cabeza, untaos las rodillas". A lo menos, yo osarÈ jurar que en cuantas
historias vuesa merced ha leÌdo que tratan de la andante caballerÌa no ha
visto alg˙n desencantado por azotes; pero, por sÌ o por no, yo me los darÈ,
cuando tenga gana y el tiempo me dÈ comodidad para castigarme.

-Dios lo haga -respondiÛ don Quijote-, y los cielos te den gracia para que
caigas en la cuenta y en la obligaciÛn que te corre de ayudar a mi seÒora,
que lo es tuya, pues t˙ eres mÌo.

En estas pl·ticas iban siguiendo su camino, cuando llegaron al mesmo sitio
y lugar donde fueron atropellados de los toros. ReconociÛle don Quijote;
dijo a Sancho:

-…ste es el prado donde topamos a las bizarras pastoras y gallardos
pastores que en Èl querÌan renovar e imitar a la pastoral Arcadia,
pensamiento tan nuevo como discreto, a cuya imitaciÛn, si es que a ti te
parece bien, querrÌa, °oh Sancho!, que nos convirtiÈsemos en pastores,
siquiera el tiempo que tengo de estar recogido. Yo comprarÈ algunas ovejas,
y todas las dem·s cosas que al pastoral ejercicio son necesarias, y
llam·ndome yo el pastor Quijotiz, y t˙ el pastor Pancino, nos andaremos por
los montes, por las selvas y por los prados, cantando aquÌ, endechando
allÌ, bebiendo de los lÌquidos cristales de las fuentes, o ya de los
limpios arroyuelos, o de los caudalosos rÌos. Dar·nnos con abundantÌsima
mano de su dulcÌsimo fruto las encinas, asiento los troncos de los
durÌsimos alcornoques, sombra los sauces, olor las rosas, alfombras de mil
colores matizadas los estendidos prados, aliento el aire claro y puro, luz
la luna y las estrellas, a pesar de la escuridad de la noche, gusto el
canto, alegrÌa el lloro, Apolo versos, el amor conceptos, con que podremos
hacernos eternos y famosos, no sÛlo en los presentes, sino en los venideros
siglos.

-Pardiez -dijo Sancho-, que me ha cuadrado, y aun esquinado, tal gÈnero de
vida; y m·s, que no la ha de haber a˙n bien visto el bachiller SansÛn
Carrasco y maese Nicol·s el barbero, cuando la han de querer seguir, y
hacerse pastores con nosotros; y aun quiera Dios no le venga en voluntad al
cura de entrar tambiÈn en el aprisco, seg˙n es de alegre y amigo de
holgarse.

-T˙ has dicho muy bien -dijo don Quijote-; y podr· llamarse el bachiller
SansÛn Carrasco, si entra en el pastoral gremio, como entrar· sin duda, el
pastor Sansonino, o ya el pastor CarrascÛn; el barbero Nicol·s se podr·
llamar Miculoso, como ya el antiguo Bosc·n se llamÛ Nemoroso; al cura no sÈ
quÈ nombre le pongamos, si no es alg˙n derivativo de su nombre, llam·ndole
el pastor Curiambro. Las pastoras de quien hemos de ser amantes, como entre
peras podremos escoger sus nombres; y, pues el de mi seÒora cuadra asÌ al
de pastora como al de princesa, no hay para quÈ cansarme en buscar otro que
mejor le venga; t˙, Sancho, pondr·s a la tuya el que quisieres.

-No pienso -respondiÛ Sancho- ponerle otro alguno sino el de Teresona, que
le vendr· bien con su gordura y con el propio que tiene, pues se llama
Teresa; y m·s, que, celebr·ndola yo en mis versos, vengo a descubrir mis
castos deseos, pues no ando a buscar pan de trastrigo por las casas ajenas.
El cura no ser· bien que tenga pastora, por dar buen ejemplo; y si quisiere
el bachiller tenerla, su alma en su palma.

-°V·lame Dios -dijo don Quijote-, y quÈ vida nos hemos de dar, Sancho
amigo! °QuÈ de churumbelas han de llegar a nuestros oÌdos, quÈ de gaitas
zamoranas, quÈ tamborines, y quÈ de sonajas, y quÈ de rabeles! Pues, °quÈ
si destas diferencias de m˙sicas resuena la de los albogues! AllÌ se ver·
casi todos los instrumentos pastorales.

-øQuÈ son albogues -preguntÛ Sancho-, que ni los he oÌdo nombrar, ni los he
visto en toda mi vida?

-Albogues son -respondiÛ don Quijote- unas chapas a modo de candeleros de
azÛfar, que, dando una con otra por lo vacÌo y hueco, hace un son, si no
muy agradable ni armÛnico, no descontenta, y viene bien con la rusticidad
de la gaita y del tamborÌn; y este nombre albogues es morisco, como lo son
todos aquellos que en nuestra lengua castellana comienzan en al, conviene a
saber: almohaza, almorzar, alhombra, alguacil, alhucema, almacÈn, alcancÌa,
y otros semejantes, que deben ser pocos m·s; y solos tres tiene nuestra
lengua que son moriscos y acaban en i, y son: borceguÌ, zaquizamÌ y
maravedÌ. AlhelÌ y alfaquÌ, tanto por el al primero como por el i en que
acaban, son conocidos por ar·bigos. Esto te he dicho, de paso, por
habÈrmelo reducido a la memoria la ocasiÛn de haber nombrado albogues; y
hanos de ayudar mucho al parecer en perfeciÛn este ejercicio el ser yo
alg˙n tanto poeta, como t˙ sabes, y el serlo tambiÈn en estremo el
bachiller SansÛn Carrasco. Del cura no digo nada; pero yo apostarÈ que debe
de tener sus puntas y collares de poeta; y que las tenga tambiÈn maese
Nicol·s, no dudo en ello, porque todos, o los m·s, son guitarristas y
copleros. Yo me quejarÈ de ausencia; t˙ te alabar·s de firme enamorado; el
pastor CarrascÛn, de desdeÒado; y el cura Curiambro, de lo que Èl m·s puede
servirse, y asÌ, andar· la cosa que no haya m·s que desear.

A lo que respondiÛ Sancho:

-Yo soy, seÒor, tan desgraciado que temo no ha de llegar el dÌa en que en
tal ejercicio me vea. °Oh, quÈ polidas cuchares tengo de hacer cuando
pastor me vea! °QuÈ de migas, quÈ de natas, quÈ de guirnaldas y quÈ de
zarandajas pastoriles, que, puesto que no me granjeen fama de discreto, no
dejar·n de granjearme la de ingenioso! Sanchica mi hija nos llevar· la
comida al hato. Pero, °guarda!, que es de buen parecer, y hay pastores m·s
maliciosos que simples, y no querrÌa que fuese por lana y volviese
trasquilada; y tambiÈn suelen andar los amores y los no buenos deseos por
los campos como por las ciudades, y por las pastorales chozas como por los
reales palacios, y, quitada la causa se quita el pecado; y ojos que no
veen, corazÛn que no quiebra; y m·s vale salto de mata que ruego de hombres
buenos.

-No m·s refranes, Sancho -dijo don Quijote-, pues cualquiera de los que has
dicho basta para dar a entender tu pensamiento; y muchas veces te he
aconsejado que no seas tan prÛdigo en refranes y que te vayas a la mano en
decirlos; pero parÈceme que es predicar en desierto, y "castÌgame mi madre,
y yo trÛmpogelas".

-ParÈceme -respondiÛ Sancho- que vuesa merced es como lo que dicen: "Dijo
la sartÈn a la caldera: QuÌtate all· ojinegra". Est·me reprehendiendo que
no diga yo refranes, y ens·rtalos vuesa merced de dos en dos.

-Mira, Sancho -respondiÛ don Quijote-: yo traigo los refranes a propÛsito,
y vienen cuando los digo como anillo en el dedo; pero tr·eslos tan por los
cabellos, que los arrastras, y no los guÌas; y si no me acuerdo mal, otra
vez te he dicho que los refranes son sentencias breves, sacadas de la
experiencia y especulaciÛn de nuestros antiguos sabios; y el refr·n que no
viene a propÛsito, antes es disparate que sentencia. Pero dejÈmonos desto,
y, pues ya viene la noche, retirÈmonos del camino real alg˙n trecho, donde
pasaremos esta noche, y Dios sabe lo que ser· maÒana.

Retir·ronse, cenaron tarde y mal, bien contra la voluntad de Sancho, a
quien se le representaban las estrechezas de la andante caballerÌa usadas
en las selvas y en los montes, si bien tal vez la abundancia se mostraba en
los castillos y casas, asÌ de don Diego de Miranda como en las bodas del
rico Camacho, y de don Antonio Moreno; pero consideraba no ser posible ser
siempre de dÌa ni siempre de noche, y asÌ, pasÛ aquÈlla durmiendo, y su amo
velando.

CapÌtulo LXVIII. De la cerdosa aventura que le aconteciÛ a don Quijote

Era la noche algo escura, puesto que la luna estaba en el cielo, pero no en
parte que pudiese ser vista: que tal vez la seÒora Diana se va a pasear a
los antÌpodas, y deja los montes negros y los valles escuros. CumpliÛ don
Quijote con la naturaleza durmiendo el primer sueÒo, sin dar lugar al
segundo; bien al revÈs de Sancho, que nunca tuvo segundo, porque le duraba
el sueÒo desde la noche hasta la maÒana, en que se mostraba su buena
complexiÛn y pocos cuidados. Los de don Quijote le desvelaron de manera que
despertÛ a Sancho y le dijo:

-Maravillado estoy, Sancho, de la libertad de tu condiciÛn: yo imagino que
eres hecho de m·rmol, o de duro bronce, en quien no cabe movimiento ni
sentimiento alguno. Yo velo cuando t˙ duermes, yo lloro cuando cantas, yo
me desmayo de ayuno cuanto t˙ est·s perezoso y desalentado de puro harto.
De buenos criados es conllevar las penas de sus seÒores y sentir sus
sentimientos, por el bien parecer siquiera. Mira la serenidad desta noche,
la soledad en que estamos, que nos convida a entremeter alguna vigilia
entre nuestro sueÒo. Lev·ntate, por tu vida, y desvÌate alg˙n trecho de
aquÌ, y con buen ·nimo y denuedo agradecido date trecientos o cuatrocientos
azotes a buena cuenta de los del desencanto de Dulcinea; y esto rogando te
lo suplico, que no quiero venir contigo a los brazos, como la otra vez,
porque sÈ que los tienes pesados. DespuÈs que te hayas dado, pasaremos lo
que resta de la noche cantando, yo mi ausencia y t˙ tu firmeza, dando desde
agora principio al ejercicio pastoral que hemos de tener en nuestra aldea.

-SeÒor -respondiÛ Sancho-, no soy yo religioso para que desde la mitad de
mi sueÒo me levante y me dicipline, ni menos me parece que del estremo del
dolor de los azotes se pueda pasar al de la m˙sica. Vuesa merced me deje
dormir y no me apriete en lo del azotarme; que me har· hacer juramento de
no tocarme jam·s al pelo del sayo, no que al de mis carnes.

-°Oh alma endurecida! °Oh escudero sin piedad! °Oh pan mal empleado y
mercedes mal consideradas las que te he hecho y pienso de hacerte! Por mÌ
te has visto gobernador, y por mÌ te vees con esperanzas propincuas de ser
conde, o tener otro tÌtulo equivalente, y no tardar· el cumplimiento de
ellas m·s de cuanto tarde en pasar este aÒo; que yo post tenebras spero
lucem.

-No entiendo eso -replico Sancho-; sÛlo entiendo que, en tanto que duermo,
ni tengo temor, ni esperanza, ni trabajo ni gloria; y bien haya el que
inventÛ el sueÒo, capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que
quita la hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el frÌo, frÌo
que templa el ardor, y, finalmente, moneda general con que todas las cosas
se compran, balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con
el discreto. Sola una cosa tiene mala el sueÒo, seg˙n he oÌdo decir, y es
que se parece a la muerte, pues de un dormido a un muerto hay muy poca
diferencia.

-Nunca te he oÌdo hablar, Sancho -dijo don Quijote-, tan elegantemente como
ahora, por donde vengo a conocer ser verdad el refr·n que t˙ algunas veces
sueles decir: "No con quien naces, sino con quien paces".

-°Ah, pesia tal -replicÛ Sancho-, seÒor nuestro amo! No soy yo ahora el que
ensarta refranes, que tambiÈn a vuestra merced se le caen de la boca de dos
en dos mejor que a mÌ, sino que debe de haber entre los mÌos y los suyos
esta diferencia: que los de vuestra merced vendr·n a tiempo y los mÌos a
deshora; pero, en efecto, todos son refranes.

En esto estaban, cuando sintieron un sordo estruendo y un ·spero ruido, que
por todos aquellos valles se estendÌa. LevantÛse en pie don Quijote y puso
mano a la espada, y Sancho se agazapÛ debajo del rucio, poniÈndose a los
lados el lÌo de las armas, y la albarda de su jumento, tan temblando de
miedo como alborotado don Quijote. De punto en punto iba creciendo el
ruido, y, lleg·ndose cerca a los dos temerosos; a lo menos, al uno, que al
otro, ya se sabe su valentÌa.

Es, pues, el caso que llevaban unos hombres a vender a una feria m·s de
seiscientos puercos, con los cuales caminaban a aquellas horas, y era tanto
el ruido que llevaban y el gruÒir y el bufar, que ensordecieron los oÌdos
de don Quijote y de Sancho, que no advirtieron lo que ser podÌa. LlegÛ de
tropel la estendida y gruÒidora piara, y, sin tener respeto a la autoridad
de don Quijote, ni a la de Sancho, pasaron por cima de los dos, deshaciendo
las trincheas de Sancho, y derribando no sÛlo a don Quijote, sino llevando
por aÒadidura a Rocinante. El tropel, el gruÒir, la presteza con que
llegaron los animales inmundos, puso en confusiÛn y por el suelo a la
albarda, a las armas, al rucio, a Rocinante, a Sancho y a don Quijote.

LevantÛse Sancho como mejor pudo, y pidiÛ a su amo la espada, diciÈndole
que querÌa matar media docena de aquellos seÒores y descomedidos puercos,
que ya habÌa conocido que lo eran. Don Quijote le dijo:

-DÈjalos estar, amigo, que esta afrenta es pena de mi pecado, y justo
castigo del cielo es que a un caballero andante vencido le coman adivas, y
le piquen avispas y le hollen puercos.

-TambiÈn debe de ser castigo del cielo -respondiÛ Sancho- que a los
escuderos de los caballeros vencidos los puncen moscas, los coman piojos y
les embista la hambre. Si los escuderos fuÈramos hijos de los caballeros a
quien servimos, o parientes suyos muy cercanos, no fuera mucho que nos
alcanzara la pena de sus culpas hasta la cuarta generaciÛn; pero, øquÈ
tienen que ver los Panzas con los Quijotes? Ahora bien: tornÈmonos a
acomodar y durmamos lo poco que queda de la noche, y amanecer· Dios y
medraremos.

-Duerme t˙, Sancho -respondiÛ don Quijote-, que naciste para dormir; que
yo, que nacÌ para velar, en el tiempo que falta de aquÌ al dÌa, darÈ rienda
a mis pensamientos, y los desfogarÈ en un madrigalete, que, sin que t˙ lo
sepas, anoche compuse en la memoria.

-A mÌ me parece -respondiÛ Sancho- que los pensamientos que dan lugar a
hacer coplas no deben de ser muchos. Vuesa merced coplee cuanto quisiere,
que yo dormirÈ cuanto pudiere.

Y luego, tomando en el suelo cuanto quiso, se acurrucÛ y durmiÛ a sueÒo
suelto, sin que fianzas, ni deudas, ni dolor alguno se lo estorbase. Don
Quijote, arrimado a un tronco de una haya o de un alcornoque -que Cide
Hamete Benengeli no distingue el ·rbol que era-, al son de sus mesmos
suspiros, cantÛ de esta suerte:

-Amor, cuando yo pienso

en el mal que me das, terrible y fuerte,

voy corriendo a la muerte,

pensando asÌ acabar mi mal inmenso;

mas, en llegando al paso

que es puerto en este mar de mi tormento,

tanta alegrÌa siento,

que la vida se esfuerza y no le paso.

AsÌ el vivir me mata,

que la muerte me torna a dar la vida.

°Oh condiciÛn no oÌda,

la que conmigo muerte y vida trata!

Cada verso dÈstos acompaÒaba con muchos suspiros y no pocas l·grimas, bien
como aquÈl cuyo corazÛn tenÌa traspasado con el dolor del vencimiento y con
la ausencia de Dulcinea.

LlegÛse en esto el dÌa, dio el sol con sus rayos en los ojos a Sancho,
despertÛ y esperezÛse, sacudiÈndose y estir·ndose los perezosos miembros;
mirÛ el destrozo que habÌan hecho los puercos en su reposterÌa, y maldijo
la piara y aun m·s adelante. Finalmente, volvieron los dos a su comenzado
camino, y al declinar de la tarde vieron que hacia ellos venÌan hasta diez
hombres de a caballo y cuatro o cinco de a pie. SobresaltÛse el corazÛn
de don Quijote y azorÛse el de Sancho, porque la gente que se les llegaba
traÌa lanzas y adargas y venÌa muy a punto de guerra. VolviÛse don Quijote
a Sancho, y dÌjole:

-Si yo pudiera, Sancho, ejercitar mis armas, y mi promesa no me hubiera
atado los brazos, esta m·quina que sobre nosotros viene la tuviera yo por
tortas y pan pintado, pero podrÌa ser fuese otra cosa de la que tememos.

Llegaron, en esto, los de a caballo, y arbolando las lanzas, sin hablar
palabra alguna rodearon a don Quijote y se las pusieron a las espaldas y
pechos, amenaz·ndole de muerte. Uno de los de a pie, puesto un dedo en la
boca, en seÒal de que callase, asiÛ del freno de Rocinante y le sacÛ del
camino; y los dem·s de a pie, antecogiendo a Sancho y al rucio, guardando
todos maravilloso silencio, siguieron los pasos del que llevaba a don
Quijote, el cual dos o tres veces quiso preguntar adÛnde le llevaban o quÈ
querÌan; pero, apenas comenzaba a mover los labios, cuando se los iban a
cerrar con los hierros de las lanzas; y a Sancho le acontecÌa lo mismo,
porque, apenas daba muestras de hablar, cuando uno de los de a pie, con un
aguijÛn, le punzaba, y al rucio ni m·s ni menos como si hablar quisiera.
CerrÛ la noche, apresuraron el paso, creciÛ en los dos presos el miedo, y
m·s cuando oyeron que de cuando en cuando les decÌan:

-°Caminad, trogloditas!

-°Callad, b·rbaros!

-°Pagad, antropÛfagos!

-°No os quejÈis, scitas, ni abr·is los ojos, Polifemos matadores, leones
carniceros!

Y otros nombres semejantes a Èstos, con que atormentaban los oÌdos de los
miserables amo y mozo. Sancho iba diciendo entre sÌ:

-øNosotros tortolitas? øNosotros barberos ni estropajos? øNosotros
perritas, a quien dicen cita, cita? No me contentan nada estos nombres: a
mal viento va esta parva; todo el mal nos viene junto, como al perro los
palos, y °ojal· parase en ellos lo que amenaza esta aventura tan
desventurada!

Iba don Quijote embelesado, sin poder atinar con cuantos discursos hacÌa
quÈ serÌan aquellos nombres llenos de vituperios que les ponÌan, de los
cuales sacaba en limpio no esperar ning˙n bien y temer mucho mal. Llegaron,
en esto, un hora casi de la noche, a un castillo, que bien conociÛ don
Quijote que era el del duque, donde habÌa poco que habÌan estado.

-°V·leme Dios! -dijo, asÌ como conociÛ la estancia- y øquÈ ser· esto? SÌ
que en esta casa todo es cortesÌa y buen comedimiento, pero para los
vencidos el bien se vuelve en mal y el mal en peor.

Entraron al patio principal del castillo, y viÈronle aderezado y puesto de
manera que les acrecentÛ la admiraciÛn y les doblÛ el miedo, como se ver·
en el siguiente capÌtulo.

CapÌtulo LXIX. Del m·s raro y m·s nuevo suceso que en todo el discurso
desta grande historia avino a don Quijote

Ape·ronse los de a caballo, y, junto con los de a pie, tomando en peso y
arrebatadamente a Sancho y a don Quijote, los entraron en el patio,
alrededor del cual ardÌan casi cien hachas, puestas en sus blandones, y,
por los corredores del patio, m·s de quinientas luminarias; de modo que, a
pesar de la noche, que se mostraba algo escura, no se echaba de ver la
falta del dÌa. En medio del patio se levantaba un t˙mulo como dos varas del
suelo, cubierto todo con un grandÌsimo dosel de terciopelo negro, alrededor
del cual, por sus gradas, ardÌan velas de cera blanca sobre m·s de cien
candeleros de plata; encima del cual t˙mulo se mostraba un cuerpo muerto de
una tan hermosa doncella, que hacÌa parecer con su hermosura hermosa a la
misma muerte. TenÌa la cabeza sobre una almohada de brocado, coronada con
una guirnalda de diversas y odorÌferas flores tejida, las manos cruzadas
sobre el pecho, y, entre ellas, un ramo de amarilla y vencedora palma.

A un lado del patio estaba puesto un teatro, y en dos sillas sentados dos
personajes, que, por tener coronas en la cabeza y ceptros en las manos,
daban seÒales de ser algunos reyes, ya verdaderos o ya fingidos. Al lado
deste teatro, adonde se subÌa por algunas gradas, estaban otras dos sillas,
sobre las cuales los que trujeron los presos sentaron a don Quijote y a
Sancho, todo esto callando y d·ndoles a entender con seÒales a los dos que
asimismo callasen; pero, sin que se lo seÒalaran, callaron ellos, porque la
admiraciÛn de lo que estaban mirando les tenÌa atadas las lenguas.

Subieron, en esto, al teatro, con mucho acompaÒamiento, dos principales
personajes, que luego fueron conocidos de don Quijote ser el duque y la
duquesa, sus huÈspedes, los cuales se sentaron en dos riquÌsimas sillas,
junto a los dos que parecÌan reyes. øQuiÈn no se habÌa de admirar con esto,
aÒadiÈndose a ello haber conocido don Quijote que el cuerpo muerto que
estaba sobre el t˙mulo era el de la hermosa Altisidora?

Al subir el duque y la duquesa en el teatro, se levantaron don Quijote y
Sancho y les hicieron una profunda humillaciÛn, y los duques hicieron lo
mesmo, inclinando alg˙n tanto las cabezas.

SaliÛ, en esto, de travÈs un ministro, y, lleg·ndose a Sancho, le echÛ una
ropa de bocacÌ negro encima, toda pintada con llamas de fuego, y,
quit·ndole la caperuza, le puso en la cabeza una coroza, al modo de las que
sacan los penitenciados por el Santo Oficio; y dÌjole al oÌdo que no
descosiese los labios, porque le echarÌan una mordaza, o le quitarÌan la
vida. Mir·base Sancho de arriba abajo, veÌase ardiendo en llamas, pero como
no le quemaban, no las estimaba en dos ardites. QuitÛse la coroza, viola
pintada de diablos, volviÛsela a poner, diciendo entre sÌ:

-A˙n bien, que ni ellas me abrasan ni ellos me llevan.

Mir·bale tambiÈn don Quijote, y, aunque el temor le tenÌa suspensos los
sentidos, no dejÛ de reÌrse de ver la figura de Sancho. ComenzÛ, en esto, a
salir, al parecer, debajo del t˙mulo un son sumiso y agradable de flautas,
que, por no ser impedido de alguna humana voz, porque en aquel sitio el
mesmo silencio guardaba silencio a sÌ mismo, se mostraba blando y amoroso.
Luego hizo de sÌ improvisa muestra, junto a la almohada del, al parecer,
cad·ver, un hermoso mancebo vestido a lo romano, que, al son de una arpa,
que Èl mismo tocaba, cantÛ con suavÌsima y clara voz estas dos estancias:

-En tanto que en sÌ vuelve Altisidora,

muerta por la crueldad de don Quijote,

y en tanto que en la corte encantadora

se vistieren las damas de picote,

y en tanto que a sus dueÒas mi seÒora

vistiere de bayeta y de anascote,

cantarÈ su belleza y su desgracia,

con mejor plectro que el cantor de Tracia.

Y aun no se me figura que me toca

aqueste oficio solamente en vida;

mas, con la lengua muerta y frÌa en la boca,

pienso mover la voz a ti debida.

Libre mi alma de su estrecha roca,

por el estigio lago conducida,

celebr·ndote ir·, y aquel sonido

har· parar las aguas del olvido.

-No m·s -dijo a esta sazÛn uno de los dos que parecÌan reyes-: no m·s,
cantor divino; que serÌa proceder en infinito representarnos ahora la
muerte y las gracias de la sin par Altisidora, no muerta, como el mundo
ignorante piensa, sino viva en las lenguas de la Fama, y en la pena que
para volverla a la perdida luz ha de pasar Sancho Panza, que est· presente;
y asÌ, °oh t˙, Radamanto, que conmigo juzgas en las cavernas lÛbregas de
Lite!, pues sabes todo aquello que en los inescrutables hados est·
determinado acerca de volver en sÌ esta doncella, dilo y decl·ralo luego,
porque no se nos dilate el bien que con su nueva vuelta esperamos.

Apenas hubo dicho esto Minos, juez y compaÒero de Radamanto, cuando,
levant·ndose en pie Radamanto, dijo:

-°Ea, ministros de esta casa, altos y bajos, grandes y chicos, acudid unos
tras otros y sellad el rostro de Sancho con veinte y cuatro mamonas, y doce
pellizcos y seis alfilerazos en brazos y lomos, que en esta ceremonia
consiste la salud de Altisidora!

Oyendo lo cual Sancho Panza, rompiÛ el silencio, y dijo:

-°Voto a tal, asÌ me deje yo sellar el rostro ni manosearme la cara como
volverme moro! °Cuerpo de mÌ! øQuÈ tiene que ver manosearme el rostro con
la resurreciÛn desta doncella? RegostÛse la vieja a los bledos. Encantan a
Dulcinea, y azÛtanme para que se desencante; muÈrese Altisidora de males
que Dios quiso darle, y hanla de resucitar hacerme a mÌ veinte y cuatro
mamonas, y acribarme el cuerpo a alfilerazos y acardenalarme los brazos a
pellizcos. °Esas burlas, a un cuÒado, que yo soy perro viejo, y no hay
conmigo tus, tus!

-°Morir·s! -dijo en alta voz Radamanto-. Abl·ndate, tigre; humÌllate,
Nembrot soberbio, y sufre y calla, pues no te piden imposibles. Y no te
metas en averiguar las dificultades deste negocio: mamonado has de ser,
acrebillado te has de ver, pellizcado has de gemir. °Ea, digo, ministros,
cumplid mi mandamiento; si no, por la fe de hombre de bien, que habÈis de
ver para lo que nacistes!

Parecieron, en esto, que por el patio venÌan, hasta seis dueÒas en
procesiÛn, una tras otra, las cuatro con antojos, y todas levantadas las
manos derechas en alto, con cuatro dedos de muÒecas de fuera, para hacer
las manos m·s largas, como ahora se usa. No las hubo visto Sancho, cuando,
bramando como un toro, dijo:

-Bien podrÈ yo dejarme manosear de todo el mundo, pero consentir que me
toquen dueÒas, °eso no! GatÈenme el rostro, como hicieron a mi amo en este
mesmo castillo; trasp·senme el cuerpo con puntas de dagas buidas;
aten·cenme los brazos con tenazas de fuego, que yo lo llevarÈ en paciencia,
o servirÈ a estos seÒores; pero que me toquen dueÒas no lo consentirÈ, si
me llevase el diablo.

RompiÛ tambiÈn el silencio don Quijote, diciendo a Sancho:

-Ten paciencia, hijo, y da gusto a estos seÒores, y muchas gracias al cielo
por haber puesto tal virtud en tu persona, que con el martirio della
desencantes los encantados y resucites los muertos.

Ya estaban las dueÒas cerca de Sancho, cuando Èl, m·s blando y m·s
persuadido, poniÈndose bien en la silla, dio rostro y barba a la primera,
la cual la hizo una mamona muy bien sellada, y luego una gran reverencia.

-°Menos cortesÌa; menos mudas, seÒora dueÒa -dijo Sancho-; que por Dios que
traÈis las manos oliendo a vinagrillo!

Finalmente, todas las dueÒas le sellaron, y otra mucha gente de casa le
pellizcaron; pero lo que Èl no pudo sufrir fue el punzamiento de los
alfileres; y asÌ, se levantÛ de la silla, al parecer mohÌno, y, asiendo de
una hacha encendida que junto a Èl estaba, dio tras las dueÒas, y tras
todos su verdugos, diciendo:

-°Afuera, ministros infernales, que no soy yo de bronce, para no sentir tan
extraordinarios martirios!

En esto, Altisidora, que debÌa de estar cansada por haber estado tanto
tiempo supina, se volviÛ de un lado; visto lo cual por los circunstantes,
casi todos a una voz dijeron:

-°Viva es Altisidora! °Altisidora vive!

MandÛ Radamanto a Sancho que depusiese la ira, pues ya se habÌa alcanzado
el intento que se procuraba.

AsÌ como don Quijote vio rebullir a Altisidora, se fue a poner de rodillas
delante de Sancho, diciÈndole:

-Agora es tiempo, hijo de mis entraÒas, no que escudero mÌo, que te des
algunos de los azotes que est·s obligado a dar por el desencanto de
Dulcinea. Ahora, digo, que es el tiempo donde tienes sazonada la virtud, y
con eficacia de obrar el bien que de ti se espera.

A lo que respondiÛ Sancho:

-Esto me parece argado sobre argado, y no miel sobre hojuelas. Bueno serÌa
que tras pellizcos, mamonas y alfilerazos viniesen ahora los azotes. No
tienen m·s que hacer sino tomar una gran piedra, y at·rmela al cuello, y
dar conmigo en un pozo, de lo que a mÌ no pesarÌa mucho, si es que para
curar los males ajenos tengo yo de ser la vaca de la boda. DÈjenme; si no,
por Dios que lo arroje y lo eche todo a trece, aunque no se venda.

Ya en esto, se habÌa sentado en el t˙mulo Altisidora, y al mismo instante
sonaron las chirimÌas, a quien acompaÒaron las flautas y las voces de
todos, que aclamaban:

-°Viva Altisidora! °Altisidora viva!

Levant·ronse los duques y los reyes Minos y Radamanto, y todos juntos, con
don Quijote y Sancho, fueron a recebir a Altisidora y a bajarla del t˙mulo;
la cual, haciendo de la desmayada, se inclinÛ a los duques y a los reyes,
y, mirando de travÈs a don Quijote, le dijo:

-Dios te lo perdone, desamorado caballero, pues por tu crueldad he estado
en el otro mundo, a mi parecer, m·s de mil aÒos; y a ti, °oh el m·s
compasivo escudero que contiene el orbe!, te agradezco la vida que poseo.
DispÛn desde hoy m·s, amigo Sancho, de seis camisas mÌas que te mando para
que hagas otras seis para ti; y, si no son todas sanas, a lo menos son
todas limpias.

BesÛle por ello las manos Sancho, con la coroza en la mano y las rodillas
en el suelo. MandÛ el duque que se la quitasen, y le volviesen su caperuza,
y le pusiesen el sayo, y le quitasen la ropa de las llamas. SuplicÛ Sancho
al duque que le dejasen la ropa y mitra, que las querÌa llevar a su tierra,
por seÒal y memoria de aquel nunca visto suceso. La duquesa respondiÛ que
sÌ dejarÌan, que ya sabÌa Èl cu·n grande amiga suya era. MandÛ el duque
despejar el patio, y que todos se recogiesen a sus estancias, y que a don
Quijote y a Sancho los llevasen a las que ellos ya se sabÌan.

CapÌtulo LXX. Que sigue al de sesenta y nueve, y trata de cosas no
escusadas para la claridad desta historia

DurmiÛ Sancho aquella noche en una carriola, en el mesmo aposento de don
Quijote, cosa que Èl quisiera escusarla, si pudiera, porque bien sabÌa que
su amo no le habÌa de dejar dormir a preguntas y a respuestas, y no se
hallaba en disposiciÛn de hablar mucho, porque los dolores de los martirios
pasados los tenÌa presentes, y no le dejaban libre la lengua, y viniÈrale
m·s a cuento dormir en una choza solo, que no en aquella rica estancia
acompaÒado. SaliÛle su temor tan verdadero y su sospecha tan cierta, que,
apenas hubo entrado su seÒor en el lecho, cuando dijo:

-øQuÈ te parece, Sancho, del suceso desta noche? Grande y poderosa es la
fuerza del desdÈn desamorado, como por tus mismos ojos has visto muerta a
Altisidora, no con otras saetas, ni con otra espada, ni con otro
instrumento bÈlico, ni con venenos mortÌferos, sino con la consideraciÛn
del rigor y el desdÈn con que yo siempre la he tratado.

-MuriÈrase ella en hora buena cuanto quisiera y como quisiera -respondiÛ
Sancho-, y dej·rame a mÌ en mi casa, pues ni yo la enamorÈ ni la desdeÒÈ en
mi vida. Yo no sÈ ni puedo pensar cÛmo sea que la salud de Altisidora,
doncella m·s antojadiza que discreta, tenga que ver, como otra vez he
dicho, con los martirios de Sancho Panza. Agora sÌ que vengo a conocer
clara y distintamente que hay encantadores y encantos en el mundo, de quien
Dios me libre, pues yo no me sÈ librar; con todo esto, suplico a vuestra
merced me deje dormir y no me pregunte m·s, si no quiere que me arroje por
una ventana abajo.

-Duerme, Sancho amigo -respondiÛ don Quijote-, si es que te dan lugar los
alfilerazos y pellizcos recebidos, y las mamonas hechas.

-Ning˙n dolor -replicÛ Sancho- llegÛ a la afrenta de las mamonas, no por
otra cosa que por habÈrmelas hecho dueÒa, que confundidas sean; y torno a
suplicar a vuesa merced me deje dormir, porque el sueÒo es alivio de las
miserias de los que las tienen despiertas.

Sea asÌ -dijo don Quijote-, y Dios te acompaÒe.

DurmiÈronse los dos, y en este tiempo quiso escribir y dar cuenta Cide
Hamete, autor desta grande historia, quÈ les moviÛ a los duques a levantar
el edificio de la m·quina referida. Y dice que, no habiÈndosele olvidado al
bachiller SansÛn Carrasco cuando el Caballero de los Espejos fue vencido y
derribado por don Quijote, cuyo vencimiento y caÌda borrÛ y deshizo todos
sus designios, quiso volver a probar la mano, esperando mejor suceso que el
pasado; y asÌ, inform·ndose del paje que llevÛ la carta y presente a Teresa
Panza, mujer de Sancho, adÛnde don Quijote quedaba, buscÛ nuevas armas y
caballo, y puso en el escudo la blanca luna, llev·ndolo todo sobre un
macho, a quien guiaba un labrador, y no TomÈ Cecial, su antiguo escudero,
porque no fuese conocido de Sancho ni de don Quijote.

LlegÛ, pues, al castillo del duque, que le informÛ el camino y derrota que
don Quijote llevaba, con intento de hallarse en las justas de Zaragoza.
DÌjole asimismo las burlas que le habÌa hecho con la traza del desencanto
de Dulcinea, que habÌa de ser a costa de las posaderas de Sancho. En fin,
dio cuenta de la burla que Sancho habÌa hecho a su amo, d·ndole a entender
que Dulcinea estaba encantada y transformada en labradora, y cÛmo la
duquesa su mujer habÌa dado a entender a Sancho que Èl era el que se
engaÒaba, porque verdaderamente estaba encantada Dulcinea; de que no poco
se riÛ y admirÛ el bachiller, considerando la agudeza y simplicidad de
Sancho, como del estremo de la locura de don Quijote.

PidiÛle el duque que si le hallase, y le venciese o no, se volviese por
allÌ a darle cuenta del suceso. HÌzolo asÌ el bachiller; partiÛse en su
busca, no le hallÛ en Zaragoza, pasÛ adelante y sucediÛle lo que queda
referido.

VolviÛse por el castillo del duque y contÛselo todo, con las condiciones de
la batalla, y que ya don Quijote volvÌa a cumplir, como buen caballero
andante, la palabra de retirarse un aÒo en su aldea, en el cual tiempo
podÌa ser, dijo el bachiller, que sanase de su locura; que Èsta era la
intenciÛn que le habÌa movido a hacer aquellas transformaciones, por ser
cosa de l·stima que un hidalgo tan bien entendido como don Quijote fuese
loco. Con esto, se despidiÛ del duque, y se volviÛ a su lugar, esperando en
Èl a don Quijote, que tras Èl venÌa.

De aquÌ tomÛ ocasiÛn el duque de hacerle aquella burla: tanto era lo que
gustaba de las cosas de Sancho y de don Quijote; y haciendo tomar los
caminos cerca y lejos del castillo por todas las partes que imaginÛ que
podrÌa volver don Quijote, con muchos criados suyos de a pie y de a
caballo, para que por fuerza o de grado le trujesen al castillo, si le
hallasen. Hall·ronle, dieron aviso al duque, el cual, ya prevenido de todo
lo que habÌa de hacer, asÌ como tuvo noticia de su llegada, mandÛ encender
las hachas y las luminarias del patio y poner a Altisidora sobre el t˙mulo,
con todos los aparatos que se han contado, tan al vivo, y tan bien hechos,
que de la verdad a ellos habÌa bien poca diferencia.

Y dice m·s Cide Hamete: que tiene para sÌ ser tan locos los burladores como
los burlados, y que no estaban los duques dos dedos de parecer tontos, pues
tanto ahÌnco ponÌan en burlarse de dos tontos.

Los cuales, el uno durmiendo a sueÒo suelto, y el otro velando a
pensamientos desatados, les tomÛ el dÌa y la gana de levantarse; que las
ociosas plumas, ni vencido ni vencedor, jam·s dieron gusto a don Quijote.

Altisidora -en la opiniÛn de don Quijote, vuelta de muerte a vida-,
siguiendo el humor de sus seÒores, coronada con la misma guirnalda que en
el t˙mulo tenÌa, y vestida una tunicela de tafet·n blanco, sembrada de
flores de oro, y sueltos los cabellos por las espaldas, arrimada a un
b·culo de negro y finÌsimo Èbano, entrÛ en el aposento de don Quijote, con
cuya presencia turbado y confuso, se encogiÛ y cubriÛ casi todo con las
s·banas y colchas de la cama, muda la lengua, sin que acertase a hacerle
cortesÌa ninguna. SentÛse Altisidora en una silla, junto a su cabecera, y,
despuÈs de haber dado un gran suspiro, con voz tierna y debilitada le dijo:

-Cuando las mujeres principales y las recatadas doncellas atropellan por la
honra, y dan licencia a la lengua que rompa por todo inconveniente, dando
noticia en p˙blico de los secretos que su corazÛn encierra, en estrecho
tÈrmino se hallan. Yo, seÒor don Quijote de la Mancha, soy una dÈstas,
apretada, vencida y enamorada; pero, con todo esto, sufrida y honesta;
tanto que, por serlo tanto, reventÛ mi alma por mi silencio y perdÌ la
vida. Dos dÌas ha que con la consideraciÛn del rigor con que me has
tratado,

°Oh m·s duro que m·rmol a mis quejas,

empedernido caballero!, he estado muerta, o, a lo menos, juzgada por tal de
los que me han visto; y si no fuera porque el Amor, condoliÈndose de mÌ,
depositÛ mi remedio en los martirios deste buen escudero, all· me quedara
en el otro mundo.

-Bien pudiera el Amor -dijo Sancho- depositarlos en los de mi asno, que yo
se lo agradeciera. Pero dÌgame, seÒora, asÌ el cielo la acomode con otro
m·s blando amante que mi amo: øquÈ es lo que vio en el otro mundo? øQuÈ hay
en el infierno? Porque quien muere desesperado, por fuerza ha de tener
aquel paradero.

-La verdad que os diga -respondiÛ Altisidora-, yo no debÌ de morir del
todo, pues no entrÈ en el infierno; que, si all· entrara, una por una no
pudiera salir dÈl, aunque quisiera. La verdad es que lleguÈ a la puerta,
adonde estaban jugando hasta una docena de diablos a la pelota, todos en
calzas y en jubÛn, con valonas guarnecidas con puntas de randas flamencas,
y con unas vueltas de lo mismo, que les servÌan de puÒos, con cuatro dedos
de brazo de fuera, porque pareciesen las manos m·s largas, en las cuales
tenÌan unas palas de fuego; y lo que m·s me admirÛ fue que les servÌan, en
lugar de pelotas, libros, al parecer, llenos de viento y de borra, cosa
maravillosa y nueva; pero esto no me admirÛ tanto como el ver que, siendo
natural de los jugadores el alegrarse los gananciosos y entristecerse los
que pierden, allÌ en aquel juego todos gruÒÌan, todos regaÒaban y todos se
maldecÌan.

-Eso no es maravilla -respondiÛ Sancho-, porque los diablos, jueguen o no
jueguen, nunca pueden estar contentos, ganen o no ganen.

-AsÌ debe de ser -respondiÛ Altisidora-; mas hay otra cosa que tambiÈn me
admira, quiero decir me admirÛ entonces, y fue que al primer voleo no
quedaba pelota en pie, ni de provecho para servir otra vez; y asÌ,
menudeaban libros nuevos y viejos, que era una maravilla. A uno dellos,
nuevo, flamante y bien encuadernado, le dieron un papirotazo que le sacaron
las tripas y le esparcieron las hojas. Dijo un diablo a otro: ''Mirad quÈ
libro es Èse''. Y el diablo le respondiÛ: ''…sta es la Segunda parte de la
historia de don Quijote de la Mancha, no compuesta por Cide Hamete, su
primer autor, sino por un aragonÈs, que Èl dice ser natural de
Tordesillas''. ''Quit·dmele de ahÌ -respondiÛ el otro diablo-, y metedle en
los abismos del infierno: no le vean m·s mis ojos''. ''øTan malo es?'',
respondiÛ el otro. ''Tan malo -replicÛ el primero-, que si de propÛsito yo
mismo me pusiera a hacerle peor, no acertara''. Prosiguieron su juego,
peloteando otros libros, y yo, por haber oÌdo nombrar a don Quijote, a
quien tanto adamo y quiero, procurÈ que se me quedase en la memoria esta
visiÛn.

-VisiÛn debiÛ de ser, sin duda -dijo don Quijote-, porque no hay otro yo en
el mundo, y ya esa historia anda por ac· de mano en mano, pero no para en
ninguna, porque todos la dan del pie. Yo no me he alterado en oÌr que ando
como cuerpo fant·stico por las tinieblas del abismo, ni por la claridad de
la tierra, porque no soy aquel de quien esa historia trata. Si ella fuere
buena, fiel y verdadera, tendr· siglos de vida; pero si fuere mala, de su
parto a la sepultura no ser· muy largo el camino.

Iba Altisidora a proseguir en quejarse de don Quijote, cuando le dijo don
Quijote:

-Muchas veces os he dicho, seÒora, que a mÌ me pesa de que hay·is colocado
en mÌ vuestros pensamientos, pues de los mÌos antes pueden ser agradecidos
que remediados; yo nacÌ para ser de Dulcinea del Toboso, y los hados, si
los hubiera, me dedicaron para ella; y pensar que otra alguna hermosura ha
de ocupar el lugar que en mi alma tiene es pensar lo imposible. Suficiente
desengaÒo es Èste para que os retirÈis en los lÌmites de vuestra
honestidad, pues nadie se puede obligar a lo imposible.

Oyendo lo cual Altisidora, mostrando enojarse y alterarse, le dijo:

-°Vive el SeÒor, don bacallao, alma de almirez, cuesco de d·til, m·s terco
y duro que villano rogado cuando tiene la suya sobre el hito, que si
arremeto a vos, que os tengo de sacar los ojos! øPens·is por ventura, don
vencido y don molido a palos, que yo me he muerto por vos? Todo lo que
habÈis visto esta noche ha sido fingido; que no soy yo mujer que por
semejantes camellos habÌa de dejar que me doliese un negro de la uÒa,
cuanto m·s morirme.

-Eso creo yo muy bien -dijo Sancho-, que esto del morirse los enamorados es
cosa de risa: bien lo pueden ellos decir, pero hacer, crÈalo Judas.

Estando en estas pl·ticas, entrÛ el m˙sico, cantor y poeta que habÌa
cantado las dos ya referidas estancias, el cual, haciendo una gran
reverencia a don Quijote, dijo:

-Vuestra merced, seÒor caballero, me cuente y tenga en el n˙mero de sus
mayores servidores, porque ha muchos dÌas que le soy muy aficionado, asÌ
por su fama como por sus hazaÒas.

Don Quijote le respondiÛ:

-Vuestra merced me diga quiÈn es, porque mi cortesÌa responda a sus
merecimientos.

El mozo respondiÛ que era el m˙sico y panegÌrico de la noche antes.

-Por cierto -replicÛ don Quijote-, que vuestra merced tiene estremada voz,
pero lo que cantÛ no me parece que fue muy a propÛsito; porque, øquÈ tienen
que ver las estancias de Garcilaso con la muerte desta seÒora?

-No se maraville vuestra merced deso -respondiÛ el m˙sico-, que ya entre
los intonsos poetas de nuestra edad se usa que cada uno escriba como
quisiere, y hurte de quien quisiere, venga o no venga a pelo de su intento,
y ya no hay necedad que canten o escriban que no se atribuya a licencia
poÈtica.

Responder quisiera don Quijote, pero estorb·ronlo el duque y la duquesa,
que entraron a verle, entre los cuales pasaron una larga y dulce pl·tica,
en la cual dijo Sancho tantos donaires y tantas malicias, que dejaron de
nuevo admirados a los duques, asÌ con su simplicidad como con su agudeza.
Don Quijote les suplicÛ le diesen licencia para partirse aquel mismo dÌa,
pues a los vencidos caballeros, como Èl, m·s les convenÌa habitar una
zah˙rda que no reales palacios. DiÈronsela de muy buena gana, y la duquesa
le preguntÛ si quedaba en su gracia Altisidora. …l le respondiÛ:

-SeÒora mÌa, sepa Vuestra SeÒorÌa que todo el mal desta doncella nace de
ociosidad, cuyo remedio es la ocupaciÛn honesta y continua. Ella me ha
dicho aquÌ que se usan randas en el infierno; y, pues ella las debe de
saber hacer, no las deje de la mano, que, ocupada en menear los palillos,
no se menear·n en su imaginaciÛn la imagen o im·gines de lo que bien
quiere; y Èsta es la verdad, Èste mi parecer y Èste es mi consejo.

-Y el mÌo -aÒadiÛ Sancho-, pues no he visto en toda mi vida randera que por
amor se haya muerto; que las doncellas ocupadas m·s ponen sus pensamientos
en acabar sus tareas que en pensar en sus amores. Por mÌ lo digo, pues,
mientras estoy cavando, no me acuerdo de mi oÌslo; digo, de mi Teresa
Panza, a quien quiero m·s que a las pestaÒas de mis ojos.

-Vos decÌs muy bien, Sancho -dijo la duquesa-, y yo harÈ que mi Altisidora
se ocupe de aquÌ adelante en hacer alguna labor blanca, que la sabe hacer
por estremo.

-No hay para quÈ, seÒora -respondiÛ Altisidora-, usar dese remedio, pues la
consideraciÛn de las crueldades que conmigo ha usado este malandrÌn
mostrenco me le borrar·n de la memoria sin otro artificio alguno. Y, con
licencia de vuestra grandeza, me quiero quitar de aquÌ, por no ver delante
de mis ojos ya no su triste figura, sino su fea y abominable catadura.

-Eso me parece -dijo el duque- a lo que suele decirse:

Porque aquel que dice injurias,

cerca est· de perdonar.

Hizo Altisidora muestra de limpiarse las l·grimas con un paÒuelo, y,
haciendo reverencia a sus seÒores, se saliÛ del aposento.

-M·ndote yo -dijo Sancho-, pobre doncella, m·ndote, digo, mala ventura,
pues las has habido con una alma de esparto y con un corazÛn de encina. °A
fee que si las hubieras conmigo, que otro gallo te cantara!

AcabÛse la pl·tica, vistiÛse don Quijote, comiÛ con los duques, y partiÛse
aquella tarde.

CapÌtulo LXXI. De lo que a don Quijote le sucediÛ con su escudero Sancho
yendo a su aldea

Iba el vencido y asendereado don Quijote pensativo adem·s por una parte,
y muy alegre por otra. Causaba su tristeza el vencimiento; y la alegrÌa, el
considerar en la virtud de Sancho, como lo habÌa mostrado en la resurreciÛn

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