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Don Quijote by Miguel de Cervantes [Saavedra] [in Spanish]

Part 17 out of 19

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sentenciado pleitos, siempre muerto de hambre, por haberlo querido asÌ el
doctor Pedro Recio, natural de Tirteafuera, mÈdico insulano y
gobernadoresco. AcometiÈronnos enemigos de noche, y, habiÈndonos puesto en
grande aprieto, dicen los de la Ìnsula que salieron libres y con vitoria
por el valor de mi brazo, que tal salud les dÈ Dios como ellos dicen
verdad. En resoluciÛn, en este tiempo yo he tanteado las cargas que trae
consigo, y las obligaciones, el gobernar, y he hallado por mi cuenta que no
las podr·n llevar mis hombros, ni son peso de mis costillas, ni flechas de
mi aljaba; y asÌ, antes que diese conmigo al travÈs el gobierno, he querido
yo dar con el gobierno al travÈs, y ayer de maÒana dejÈ la Ìnsula como la
hallÈ: con las mismas calles, casas y tejados que tenÌa cuando entrÈ en
ella. No he pedido prestado a nadie, ni metÌdome en granjerÌas; y, aunque
pensaba hacer algunas ordenanzas provechosas, no hice ninguna, temeroso que
no se habÌan de guardar: que es lo mesmo hacerlas que no hacerlas. SalÌ,
como digo, de la Ìnsula sin otro acompaÒamiento que el de mi rucio; caÌ en
una sima, vÌneme por ella adelante, hasta que, esta maÒana, con la luz del
sol, vi la salida, pero no tan f·cil que, a no depararme el cielo a mi
seÒor don Quijote, allÌ me quedara hasta la fin del mundo. AsÌ que, mis
seÒores duque y duquesa, aquÌ est· vuestro gobernador Sancho Panza, que ha
granjeado en solos diez dÌas que ha tenido el gobierno a conocer que no se
le ha de dar nada por ser gobernador, no que de una Ìnsula, sino de todo el
mundo; y, con este presupuesto, besando a vuestras mercedes los pies,
imitando al juego de los muchachos, que dicen "Salta t˙, y d·mela t˙", doy
un salto del gobierno, y me paso al servicio de mi seÒor don Quijote; que,
en fin, en Èl, aunque como el pan con sobresalto, h·rtome, a lo menos, y
para mÌ, como yo estÈ harto, eso me hace que sea de zanahorias que de
perdices.

Con esto dio fin a su larga pl·tica Sancho, temiendo siempre don Quijote
que habÌa de decir en ella millares de disparates; y, cuando le vio acabar
con tan pocos, dio en su corazÛn gracias al cielo, y el duque abrazÛ a
Sancho, y le dijo que le pesaba en el alma de que hubiese dejado tan presto
el gobierno; pero que Èl harÌa de suerte que se le diese en su estado otro
oficio de menos carga y de m·s provecho. AbrazÛle la duquesa asimismo, y
mandÛ que le regalasen, porque daba seÒales de venir mal molido y peor
parado.

CapÌtulo LVI. De la descomunal y nunca vista batalla que pasÛ entre don
Quijote de la Mancha y el lacayo Tosilos, en la defensa de la hija de la
dueÒa doÒa RodrÌguez

No quedaron arrepentidos los duques de la burla hecha a Sancho Panza del
gobierno que le dieron; y m·s, que aquel mismo dÌa vino su mayordomo, y les
contÛ punto por punto, todas casi, las palabras y acciones que Sancho habÌa
dicho y hecho en aquellos dÌas, y finalmente les encareciÛ el asalto de la
Ìnsula, y el miedo de Sancho, y su salida, de que no pequeÒo gusto
recibieron.

DespuÈs desto, cuenta la historia que se llegÛ el dÌa de la batalla
aplazada, y, habiendo el duque una y muy muchas veces advertido a su lacayo
Tosilos cÛmo se habÌa de avenir con don Quijote para vencerle sin matarle
ni herirle, ordenÛ que se quitasen los hierros a las lanzas, diciendo a don
Quijote que no permitÌa la cristiandad, de que Èl se preciaba, que aquella
batalla fuese con tanto riesgo y peligro de las vidas, y que se contentase
con que le daba campo franco en su tierra, puesto que iba contra el decreto
del Santo Concilio, que prohÌbe los tales desafÌos, y no quisiese llevar
por todo rigor aquel trance tan fuerte.

Don Quijote dijo que Su Excelencia dispusiese las cosas de aquel negocio
como m·s fuese servido; que Èl le obedecerÌa en todo. Llegado, pues, el
temeroso dÌa, y habiendo mandado el duque que delante de la plaza del
castillo se hiciese un espacioso cadahalso, donde estuviesen los jueces del
campo y las dueÒas, madre y hija, demandantes, habÌa acudido de todos los
lugares y aldeas circunvecinas infinita gente, a ver la novedad de aquella
batalla; que nunca otra tal no habÌan visto, ni oÌdo decir en aquella
tierra los que vivÌan ni los que habÌan muerto.

El primero que entrÛ en el campo y estacada fue el maestro de las
ceremonias, que tanteÛ el campo, y le paseÛ todo, porque en Èl no hubiese
alg˙n engaÒo, ni cosa encubierta donde se tropezase y cayese; luego
entraron las dueÒas y se sentaron en sus asientos, cubiertas con los mantos
hasta los ojos y aun hasta los pechos, con muestras de no pequeÒo
sentimiento. Presente don Quijote en la estacada, de allÌ a poco,
acompaÒado de muchas trompetas, asomÛ por una parte de la plaza, sobre un
poderoso caballo, hundiÈndola toda, el grande lacayo Tosilos, calada la
visera y todo encambronado, con unas fuertes y lucientes armas. El caballo
mostraba ser frisÛn, ancho y de color tordillo; de cada mano y pie le
pendÌa una arroba de lana.

VenÌa el valeroso combatiente bien informado del duque su seÒor de cÛmo se
habÌa de portar con el valeroso don Quijote de la Mancha, advertido que en
ninguna manera le matase, sino que procurase huir el primer encuentro por
escusar el peligro de su muerte, que estaba cierto si de lleno en lleno le
encontrase. PaseÛ la plaza, y, llegando donde las dueÒas estaban, se puso
alg˙n tanto a mirar a la que por esposo le pedÌa. LlamÛ el maese de campo a
don Quijote, que ya se habÌa presentado en la plaza, y junto con Tosilos
hablÛ a las dueÒas, pregunt·ndoles si consentÌan que volviese por su
derecho don Quijote de la Mancha. Ellas dijeron que sÌ, y que todo lo que
en aquel caso hiciese lo daban por bien hecho, por firme y por valedero.

Ya en este tiempo estaban el duque y la duquesa puestos en una galerÌa que
caÌa sobre la estacada, toda la cual estaba coronada de infinita gente, que
esperaba ver el riguroso trance nunca visto. Fue condiciÛn de los
combatientes que si don Quijote vencÌa, su contrario se habÌa de casar con
la hija de doÒa RodrÌguez; y si Èl fuese vencido, quedaba libre su
contendor de la palabra que se le pedÌa, sin dar otra satisfaciÛn alguna.

PartiÛles el maestro de las ceremonias el sol, y puso a los dos cada uno en
el puesto donde habÌan de estar. Sonaron los atambores, llenÛ el aire el
son de las trompetas, temblaba debajo de los pies la tierra; estaban
suspensos los corazones de la mirante turba, temiendo unos y esperando
otros el bueno o el mal suceso de aquel caso. Finalmente, don Quijote,
encomend·ndose de todo su corazÛn a Dios Nuestro SeÒor y a la seÒora
Dulcinea del Toboso, estaba aguardando que se le diese seÒal precisa de la
arremetida; empero, nuestro lacayo tenÌa diferentes pensamientos: no
pensaba Èl sino en lo que agora dirÈ:

Parece ser que, cuando estuvo mirando a su enemiga, le pareciÛ la m·s
hermosa mujer que habÌa visto en toda su vida, y el niÒo ceguezuelo, a
quien suelen llamar de ordinario Amor por esas calles, no quiso perder la
ocasiÛn que se le ofreciÛ de triunfar de una alma lacayuna y ponerla en la
lista de sus trofeos; y asÌ, lleg·ndose a Èl bonitamente, sin que nadie le
viese, le envasÛ al pobre lacayo una flecha de dos varas por el lado
izquierdo, y le pasÛ el corazÛn de parte a parte; y p˙dolo hacer bien al
seguro, porque el Amor es invisible, y entra y sale por do quiere, sin que
nadie le pida cuenta de sus hechos.

Digo, pues, que, cuando dieron la seÒal de la arremetida, estaba nuestro
lacayo transportado, pensando en la hermosura de la que ya habÌa hecho
seÒora de su libertad, y asÌ, no atendiÛ al son de la trompeta, como hizo
don Quijote, que, apenas la hubo oÌdo, cuando arremetiÛ, y, a todo el
correr que permitÌa Rocinante, partiÛ contra su enemigo; y, viÈndole partir
su buen escudero Sancho, dijo a grandes voces:

-°Dios te guÌe, nata y flor de los andantes caballeros! °Dios te dÈ la
vitoria, pues llevas la razÛn de tu parte!

Y, aunque Tosilos vio venir contra sÌ a don Quijote, no se moviÛ un paso de
su puesto; antes, con grandes voces, llamÛ al maese de campo, el cual
venido a ver lo que querÌa, le dijo:

-SeÒor, øesta batalla no se hace porque yo me case, o no me case, con
aquella seÒora?

-AsÌ es -le fue respondido.

-Pues yo -dijo el lacayo- soy temeroso de mi conciencia, y pondrÌala en
gran cargo si pasase adelante en esta batalla; y asÌ, digo que yo me doy
por vencido y que quiero casarme luego con aquella seÒora.

QuedÛ admirado el maese de campo de las razones de Tosilos; y, como era uno
de los sabidores de la m·quina de aquel caso, no le supo responder palabra.
Det˙vose don Quijote en la mitad de su carrera, viendo que su enemigo no
le acometÌa. El duque no sabÌa la ocasiÛn porque no se pasaba adelante en
la batalla, pero el maese de campo le fue a declarar lo que Tosilos decÌa,
de lo que quedÛ suspenso y colÈrico en estremo.

En tanto que esto pasaba, Tosilos se llegÛ adonde doÒa RodrÌguez estaba, y
dijo a grandes voces:

-Yo, seÒora, quiero casarme con vuestra hija, y no quiero alcanzar por
pleitos ni contiendas lo que puedo alcanzar por paz y sin peligro de la
muerte.

OyÛ esto el valeroso don Quijote, y dijo:

-Pues esto asÌ es, yo quedo libre y suelto de mi promesa: c·sense en hora
buena, y, pues Dios Nuestro SeÒor se la dio, San Pedro se la bendiga.

El duque habÌa bajado a la plaza del castillo, y, lleg·ndose a Tosilos, le
dijo:

-øEs verdad, caballero, que os dais por vencido, y que, instigado de
vuestra temerosa conciencia, os querÈis casar con esta doncella?

-SÌ, seÒor -respondiÛ Tosilos.

-…l hace muy bien -dijo a esta sazÛn Sancho Panza-, porque lo que has de
dar al mur, dalo al gato, y sacarte ha de cuidado.

Õbase Tosilos desenlazando la celada, y rogaba que apriesa le ayudasen,
porque le iban faltando los espÌritus del aliento, y no podÌa verse
encerrado tanto tiempo en la estrecheza de aquel aposento. Quit·ronsela
apriesa, y quedÛ descubierto y patente su rostro de lacayo. Viendo lo cual
doÒa RodrÌguez y su hija, dando grandes voces, dijeron:

-°…ste es engaÒo, engaÒo es Èste! °A Tosilos, el lacayo del duque mi seÒor,
nos han puesto en lugar de mi verdadero esposo! °Justicia de Dios y del
Rey, de tanta malicia, por no decir bellaquerÌa!

-No vos acuitÈis, seÒoras -dijo don Quijote-, que ni Èsta es malicia ni es
bellaquerÌa; y si la es, y no ha sido la causa el duque, sino los malos
encantadores que me persiguen, los cuales, invidiosos de que yo alcanzase
la gloria deste vencimiento, han convertido el rostro de vuestro esposo en
el de este que decÌs que es lacayo del duque. Tomad mi consejo, y, a pesar
de la malicia de mis enemigos, casaos con Èl, que sin duda es el mismo que
vos dese·is alcanzar por esposo.

El duque, que esto oyÛ, estuvo por romper en risa toda su cÛlera, y dijo:

-Son tan extraordinarias las cosas que suceden al seÒor don Quijote que
estoy por creer que este mi lacayo no lo es; pero usemos deste ardid y
maÒa: dilatemos el casamiento quince dÌas, si quieren, y tengamos encerrado
a este personaje que nos tiene dudosos, en los cuales podrÌa ser que
volviese a su prÌstina figura; que no ha de durar tanto el rancor que los
encantadores tienen al seÒor don Quijote, y m·s, yÈndoles tan poco en usar
estos embelecos y transformaciones.

-°Oh seÒor! -dijo Sancho-, que ya tienen estos malandrines por uso y
costumbre de mudar las cosas, de unas en otras, que tocan a mi amo. Un
caballero que venciÛ los dÌas pasados, llamado el de los Espejos, le
volvieron en la figura del bachiller SansÛn Carrasco, natural de nuestro
pueblo y grande amigo nuestro, y a mi seÒora Dulcinea del Toboso la han
vuelto en una r˙stica labradora; y asÌ, imagino que este lacayo ha de morir
y vivir lacayo todos los dÌas de su vida.

A lo que dijo la hija de RodrÌguez:

-SÈase quien fuere este que me pide por esposa, que yo se lo agradezco; que
m·s quiero ser mujer legÌtima de un lacayo que no amiga y burlada de un
caballero, puesto que el que a mÌ me burlÛ no lo es.

En resoluciÛn, todos estos cuentos y sucesos pararon en que Tosilos se
recogiese, hasta ver en quÈ paraba su transformaciÛn; aclamaron todos la
vitoria por don Quijote, y los m·s quedaron tristes y melancÛlicos de ver
que no se habÌan hecho pedazos los tan esperados combatientes, bien asÌ
como los mochachos quedan tristes cuando no sale el ahorcado que esperan,
porque le ha perdonado, o la parte, o la justicia. Fuese la gente,
volviÈronse el duque y don Quijote al castillo, encerraron a Tosilos,
quedaron doÒa RodrÌguez y su hija contentÌsimas de ver que, por una vÌa o
por otra, aquel caso habÌa de parar en casamiento, y Tosilos no esperaba
menos.

CapÌtulo LVII. Que trata de cÛmo don Quijote se despidiÛ del duque, y de lo
que le sucediÛ con la discreta y desenvuelta Altisidora, doncella de la
duquesa

Ya le pareciÛ a don Quijote que era bien salir de tanta ociosidad como la
que en aquel castillo tenÌa; que se imaginaba ser grande la falta que su
persona hacÌa en dejarse estar encerrado y perezoso entre los infinitos
regalos y deleites que como a caballero andante aquellos seÒores le hacÌan,
y parecÌale que habÌa de dar cuenta estrecha al cielo de aquella ociosidad
y encerramiento; y asÌ, pidiÛ un dÌa licencia a los duques para partirse.
DiÈronsela, con muestras de que en gran manera les pesaba de que los
dejase. Dio la duquesa las cartas de su mujer a Sancho Panza, el cual llorÛ
con ellas, y dijo:

-øQuiÈn pensara que esperanzas tan grandes como las que en el pecho de mi
mujer Teresa Panza engendraron las nuevas de mi gobierno habÌan de parar en
volverme yo agora a las arrastradas aventuras de mi amo don Quijote de la
Mancha? Con todo esto, me contento de ver que mi Teresa correspondiÛ a ser
quien es, enviando las bellotas a la duquesa; que, a no habÈrselas enviado,
quedando yo pesaroso, me mostrara ella desagradecida. Lo que me consuela es
que esta d·diva no se le puede dar nombre de cohecho, porque ya tenÌa yo el
gobierno cuando ella las enviÛ, y est· puesto en razÛn que los que reciben
alg˙n beneficio, aunque sea con niÒerÌas, se muestren agradecidos. En
efecto, yo entrÈ desnudo en el gobierno y salgo desnudo dÈl; y asÌ, podrÈ
decir con segura conciencia, que no es poco: "Desnudo nacÌ, desnudo me
hallo: ni pierdo ni gano".

Esto pasaba entre sÌ Sancho el dÌa de la partida; y, saliendo don Quijote,
habiÈndose despedido la noche antes de los duques, una maÒana se presentÛ
armado en la plaza del castillo. Mir·banle de los corredores toda la gente
del castillo, y asimismo los duques salieron a verle. Estaba Sancho sobre
su rucio, con sus alforjas, maleta y repuesto, contentÌsimo, porque el
mayordomo del duque, el que fue la Trifaldi, le habÌa dado un bolsico con
docientos escudos de oro, para suplir los menesteres del camino, y esto a˙n
no lo sabÌa don Quijote.

Estando, como queda dicho, mir·ndole todos, a deshora, entre las otras
dueÒas y doncellas de la duquesa, que le miraban, alzÛ la voz la
desenvuelta y discreta Altisidora, y en son lastimero dijo:

-Escucha, mal caballero;

detÈn un poco las riendas;

no fatigues las ijadas

de tu mal regida bestia.

Mira, falso, que no huyas

de alguna serpiente fiera,

sino de una corderilla

que est· muy lejos de oveja.

T˙ has burlado, monstruo horrendo,

la m·s hermosa doncella

que DÔana vio en sus montes,

que Venus mirÛ en sus selvas.

Cruel Vireno, fugitivo Eneas,

Barrab·s te acompaÒe; all· te avengas.

T˙ llevas, °llevar impÌo!,

en las garras de tus cerras

las entraÒas de una humilde,

como enamorada, tierna.

LlÈvaste tres tocadores,

y unas ligas, de unas piernas

que al m·rmol puro se igualan

en lisas, blancas y negras.

LlÈvaste dos mil suspiros,

que, a ser de fuego, pudieran

abrasar a dos mil Troyas,

si dos mil Troyas hubiera.

Cruel Vireno, fugitivo Eneas,

Barrab·s te acompaÒe; all· te avengas.

De ese Sancho, tu escudero,

las entraÒas sean tan tercas

y tan duras, que no salga

de su encanto Dulcinea.

De la culpa que t˙ tienes

lleve la triste la pena;

que justos por pecadores

tal vez pagan en mi tierra.

Tus m·s finas aventuras

en desventuras se vuelvan,

en sueÒos tus pasatiempos,

en olvidos tus firmezas.

Cruel Vireno, fugitivo Eneas,

Barrab·s te acompaÒe; all· te avengas.

Seas tenido por falso

desde Sevilla a Marchena,

desde Granada hasta Loja,

de Londres a Inglaterra.

Si jugares al reinado,

los cientos, o la primera,

los reyes huyan de ti;

ases ni sietes no veas.

Si te cortares los callos,

sangre las heridas viertan,

y quÈdente los raigones

si te sacares las muelas.

Cruel Vireno, fugitivo Eneas,

Barrab·s te acompaÒe; all· te avengas.

En tanto que, de la suerte que se ha dicho, se quejaba la lastimada
Altisidora, la estuvo mirando don Quijote, y, sin responderla palabra,
volviendo el rostro a Sancho, le dijo:

-Por el siglo de tus pasados, Sancho mÌo, te conjuro que me digas una
verdad. Dime, øllevas por ventura los tres tocadores y las ligas que esta
enamorada doncella dice?

A lo que Sancho respondiÛ:

-Los tres tocadores sÌ llevo; pero las ligas, como por los cerros de ⁄beda.

QuedÛ la duquesa admirada de la desenvoltura de Altisidora, que, aunque la
tenÌa por atrevida, graciosa y desenvuelta, no en grado que se atreviera a
semejantes desenvolturas; y, como no estaba advertida desta burla, creciÛ
m·s su admiraciÛn. El duque quiso reforzar el donaire, y dijo:

-No me parece bien, seÒor caballero, que, habiendo recebido en este mi
castillo el buen acogimiento que en Èl se os ha hecho, os hay·is atrevido a
llevaros tres tocadores, por lo menos, si por lo m·s las ligas de mi
doncella; indicios son de mal pecho y muestras que no corresponden a
vuestra fama. Volvedle las ligas; si no, yo os desafÌo a mortal batalla,
sin tener temor que malandrines encantadores me vuelvan ni muden el rostro,
como han hecho en el de Tosilos mi lacayo, el que entrÛ con vos en batalla.

-No quiera Dios -respondiÛ don Quijote- que yo desenvaine mi espada contra
vuestra ilustrÌsima persona, de quien tantas mercedes he recebido; los
tocadores volverÈ, porque dice Sancho que los tiene; las ligas es
imposible, porque ni yo las he recebido ni Èl tampoco; y si esta vuestra
doncella quisiere mirar sus escondrijos, a buen seguro que las halle. Yo,
seÒor duque, jam·s he sido ladrÛn, ni lo pienso ser en toda mi vida, como
Dios no me deje de su mano. Esta doncella habla, como ella dice, como
enamorada, de lo que yo no le tengo culpa; y asÌ, no tengo de quÈ pedirle
perdÛn ni a ella ni a Vuestra Excelencia, a quien suplico me tenga en mejor
opiniÛn, y me dÈ de nuevo licencia para seguir mi camino.

-DÈosle Dios tan bueno -dijo la duquesa-, seÒor don Quijote, que siempre
oigamos buenas nuevas de vuestras fechurÌas. Y andad con Dios; que,
mientras m·s os detenÈis, m·s aument·is el fuego en los pechos de las
doncellas que os miran; y a la mÌa yo la castigarÈ de modo, que de aquÌ
adelante no se desmande con la vista ni con las palabras.

-Una no m·s quiero que me escuches, °oh valeroso don Quijote! -dijo
entonces Altisidora-; y es que te pido perdÛn del latrocinio de las ligas,
porque, en Dios y en mi ·nima que las tengo puestas, y he caÌdo en el
descuido del que yendo sobre el asno, le buscaba.

-øNo lo dije yo? -dijo Sancho-. °Bonico soy yo para encubrir hurtos! Pues,
a quererlos hacer, de paleta me habÌa venido la ocasiÛn en mi gobierno.

AbajÛ la cabeza don Quijote y hizo reverencia a los duques y a todos los
circunstantes, y, volviendo las riendas a Rocinante, siguiÈndole Sancho
sobre el rucio, se saliÛ del castillo, enderezando su camino a Zaragoza.

CapÌtulo LVIII. Que trata de cÛmo menudearon sobre don Quijote aventuras
tantas, que no se daban vagar unas a otras

Cuando don Quijote se vio en la campaÒa rasa, libre y desembarazado de los
requiebros de Altisidora, le pareciÛ que estaba en su centro, y que los
espÌritus se le renovaban para proseguir de nuevo el asumpto de sus
caballerÌas, y, volviÈndose a Sancho, le dijo:

-La libertad, Sancho, es uno de los m·s preciosos dones que a los hombres
dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la
tierra ni el mar encubre; por la libertad, asÌ como por la honra, se puede
y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor
mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto
el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido;
pues en metad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de
nieve, me parecÌa a mÌ que estaba metido entre las estrechezas de la
hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran mÌos;
que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes
recebidas son ataduras que no dejan campear al ·nimo libre. °Venturoso
aquÈl a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligaciÛn de
agradecerlo a otro que al mismo cielo!

-Con todo eso -dijo Sancho- que vuesa merced me ha dicho, no es bien que se
quede sin agradecimiento de nuestra parte docientos escudos de oro que en
una bolsilla me dio el mayordomo del duque, que como pÌctima y confortativo
la llevo puesta sobre el corazÛn, para lo que se ofreciere; que no siempre
hemos de hallar castillos donde nos regalen, que tal vez toparemos con
algunas ventas donde nos apaleen.

En estos y otros razonamientos iban los andantes, caballero y escudero,
cuando vieron, habiendo andado poco m·s de una legua, que encima de la
yerba de un pradillo verde, encima de sus capas, estaban comiendo hasta una
docena de hombres, vestidos de labradores. Junto a sÌ tenÌan unas como
s·banas blancas, con que cubrÌan alguna cosa que debajo estaba; estaban
empinadas y tendidas, y de trecho a trecho puestas. LlegÛ don Quijote a los
que comÌan, y, salud·ndolos primero cortÈsmente, les preguntÛ que quÈ era
lo que aquellos lienzos cubrÌan. Uno dellos le respondiÛ:

-SeÒor, debajo destos lienzos est·n unas im·gines de relieve y entabladura
que han de servir en un retablo que hacemos en nuestra aldea; llev·moslas
cubiertas, porque no se desfloren, y en hombros, porque no se quiebren.

-Si sois servidos -respondiÛ don Quijote-, holgarÌa de verlas, pues
im·gines que con tanto recato se llevan, sin duda deben de ser buenas.

-Y °cÛmo si lo son! -dijo otro-. Si no, dÌgalo lo que cuesta: que en verdad
que no hay ninguna que no estÈ en m·s de cincuenta ducados; y, porque vea
vuestra merced esta verdad, espere vuestra merced, y verla ha por vista de
ojos.

Y, levant·ndose, dejÛ de comer y fue a quitar la cubierta de la primera
imagen, que mostrÛ ser la de San Jorge puesto a caballo, con una serpiente
enroscada a los pies y la lanza atravesada por la boca, con la fiereza que
suele pintarse. Toda la imagen parecÌa una ascua de oro, como suele
decirse. ViÈndola don Quijote, dijo:

-Este caballero fue uno de los mejores andantes que tuvo la milicia divina:
llamÛse don San Jorge, y fue adem·s defendedor de doncellas. Veamos esta
otra.

DescubriÛla el hombre, y pareciÛ ser la de San MartÌn puesto a caballo, que
partÌa la capa con el pobre; y, apenas la hubo visto don Quijote, cuando
dijo:

-Este caballero tambiÈn fue de los aventureros cristianos, y creo que fue
m·s liberal que valiente, como lo puedes echar de ver, Sancho, en que est·
partiendo la capa con el pobre y le da la mitad; y sin duda debÌa de ser
entonces invierno, que, si no, Èl se la diera toda, seg˙n era de
caritativo.

-No debiÛ de ser eso -dijo Sancho-, sino que se debiÛ de atener al refr·n
que dicen: que para dar y tener, seso es menester.

RiÛse don Quijote y pidiÛ que quitasen otro lienzo, debajo del cual se
descubriÛ la imagen del PatrÛn de las EspaÒas a caballo, la espada
ensangrentada, atropellando moros y pisando cabezas; y, en viÈndola, dijo
don Quijote:

-…ste sÌ que es caballero, y de las escuadras de Cristo; Èste se llama don
San Diego Matamoros, uno de los m·s valientes santos y caballeros que tuvo
el mundo y tiene agora el cielo.

Luego descubrieron otro lienzo, y pareciÛ que encubrÌa la caÌda de San
Pablo del caballo abajo, con todas las circunstancias que en el retablo de
su conversiÛn suelen pintarse. Cuando le vido tan al vivo, que dijeran que
Cristo le hablaba y Pablo respondÌa.

-…ste -dijo don Quijote- fue el mayor enemigo que tuvo la Iglesia de Dios
Nuestro SeÒor en su tiempo, y el mayor defensor suyo que tendr· jam·s:
caballero andante por la vida, y santo a pie quedo por la muerte,
trabajador incansable en la viÒa del SeÒor, doctor de las gentes, a quien
sirvieron de escuelas los cielos y de catedr·tico y maestro que le enseÒase
el mismo Jesucristo.

No habÌa m·s im·gines, y asÌ, mandÛ don Quijote que las volviesen a cubrir,
y dijo a los que las llevaban:

-Por buen ag¸ero he tenido, hermanos, haber visto lo que he visto, porque
estos santos y caballeros profesaron lo que yo profeso, que es el ejercicio
de las armas; sino que la diferencia que hay entre mÌ y ellos es que ellos
fueron santos y pelearon a lo divino, y yo soy pecador y peleo a lo humano.
Ellos conquistaron el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo padece
fuerza, y yo hasta agora no sÈ lo que conquisto a fuerza de mis trabajos;
pero si mi Dulcinea del Toboso saliese de los que padece, mejor·ndose mi
ventura y adob·ndoseme el juicio, podrÌa ser que encaminase mis pasos por
mejor camino del que llevo.

-Dios lo oiga y el pecado sea sordo -dijo Sancho a esta ocasiÛn.

Admir·ronse los hombres, asÌ de la figura como de las razones de don
Quijote, sin entender la mitad de lo que en ellas decir querÌa. Acabaron de
comer, cargaron con sus im·gines, y, despidiÈndose de don Quijote,
siguieron su viaje.

QuedÛ Sancho de nuevo como si jam·s hubiera conocido a su seÒor, admirado
de lo que sabÌa, pareciÈndole que no debÌa de haber historia en el mundo ni
suceso que no lo tuviese cifrado en la uÒa y clavado en la memoria, y
dÌjole:

-En verdad, seÒor nuestramo, que si esto que nos ha sucedido hoy se puede
llamar aventura, ella ha sido de las m·s suaves y dulces que en todo el
discurso de nuestra peregrinaciÛn nos ha sucedido: della habemos salido sin
palos y sobresalto alguno, ni hemos echado mano a las espadas, ni hemos
batido la tierra con los cuerpos, ni quedamos hambrientos. Bendito sea
Dios, que tal me ha dejado ver con mis propios ojos.

-T˙ dices bien, Sancho -dijo don Quijote-, pero has de advertir que no
todos los tiempos son unos, ni corren de una misma suerte, y esto que el
vulgo suele llamar com˙nmente ag¸eros, que no se fundan sobre natural razÛn
alguna, del que es discreto han de ser tenidos y juzgar por buenos
acontecimientos. Lev·ntase uno destos agoreros por la maÒana, sale de su
casa, encuÈntrase con un fraile de la orden del bienaventurado San
Francisco, y, como si hubiera encontrado con un grifo, vuelve las espaldas
y vuÈlvese a su casa. Derr·masele al otro Mendoza la sal encima de la mesa,
y derr·masele a Èl la melancolÌa por el corazÛn, como si estuviese obligada
la naturaleza a dar seÒales de las venideras desgracias con cosas tan de
poco momento como las referidas. El discreto y cristiano no ha de andar en
puntillos con lo que quiere hacer el cielo. Llega CipiÛn a ¡frica, tropieza
en saltando en tierra, tiÈnenlo por mal ag¸ero sus soldados; pero Èl,
abraz·ndose con el suelo, dijo: ''No te me podr·s huir, ¡frica, porque te
tengo asida y entre mis brazos''. AsÌ que, Sancho, el haber encontrado con
estas im·gines ha sido para mÌ felicÌsimo acontecimiento.

-Yo asÌ lo creo -respondiÛ Sancho-, y querrÌa que vuestra merced me dijese
quÈ es la causa por que dicen los espaÒoles cuando quieren dar alguna
batalla, invocando aquel San Diego Matamoros: "°Santiago, y cierra,
EspaÒa!" øEst· por ventura EspaÒa abierta, y de modo que es menester
cerrarla, o quÈ ceremonia es Èsta?

-SimplicÌsimo eres, Sancho -respondiÛ don Quijote-; y mira que este gran
caballero de la cruz bermeja h·selo dado Dios a EspaÒa por patrÛn y amparo
suyo, especialmente en los rigurosos trances que con los moros los
espaÒoles han tenido; y asÌ, le invocan y llaman como a defensor suyo en
todas las batallas que acometen, y muchas veces le han visto visiblemente
en ellas, derribando, atropellando, destruyendo y matando los agarenos
escuadrones; y desta verdad te pudiera traer muchos ejemplos que en las
verdaderas historias espaÒolas se cuentan.

MudÛ Sancho pl·tica, y dijo a su amo:

-Maravillado estoy, seÒor, de la desenvoltura de Altisidora, la doncella de
la duquesa: bravamente la debe de tener herida y traspasada aquel que
llaman Amor, que dicen que es un rapaz ceguezuelo que, con estar lagaÒoso,
o, por mejor decir, sin vista, si toma por blanco un corazÛn, por pequeÒo
que sea, le acierta y traspasa de parte a parte con sus flechas. He oÌdo
decir tambiÈn que en la verg¸enza y recato de las doncellas se despuntan y
embotan las amorosas saetas, pero en esta Altisidora m·s parece que se
aguzan que despuntan.

-Advierte, Sancho -dijo don Quijote-, que el amor ni mira respetos ni
guarda tÈrminos de razÛn en sus discursos, y tiene la misma condiciÛn que
la muerte: que asÌ acomete los altos alc·zares de los reyes como las
humildes chozas de los pastores, y cuando toma entera posesiÛn de una alma,
lo primero que hace es quitarle el temor y la verg¸enza; y asÌ, sin ella
declarÛ Altisidora sus deseos, que engendraron en mi pecho antes confusiÛn
que l·stima.

-°Crueldad notoria! -dijo Sancho-. °Desagradecimiento inaudito! Yo de mÌ sÈ
decir que me rindiera y avasallara la m·s mÌnima razÛn amorosa suya.
°Hideputa, y quÈ corazÛn de m·rmol, quÈ entraÒas de bronce y quÈ alma de
argamasa! Pero no puedo pensar quÈ es lo que vio esta doncella en vuestra
merced que asÌ la rindiese y avasallase: quÈ gala, quÈ brÌo, quÈ donaire,
quÈ rostro, que cada cosa por sÌ dÈstas, o todas juntas, le enamoraron; que
en verdad en verdad que muchas veces me paro a mirar a vuestra merced desde
la punta del pie hasta el ˙ltimo cabello de la cabeza, y que veo m·s cosas
para espantar que para enamorar; y, habiendo yo tambiÈn oÌdo decir que la
hermosura es la primera y principal parte que enamora, no teniendo vuestra
merced ninguna, no sÈ yo de quÈ se enamorÛ la pobre.

-Advierte, Sancho -respondiÛ don Quijote-, que hay dos maneras de
hermosura: una del alma y otra del cuerpo; la del alma campea y se muestra
en el entendimiento, en la honestidad, en el buen proceder, en la
liberalidad y en la buena crianza, y todas estas partes caben y pueden
estar en un hombre feo; y cuando se pone la mira en esta hermosura, y no en
la del cuerpo, suele nacer el amor con Ìmpetu y con ventajas. Yo, Sancho,
bien veo que no soy hermoso, pero tambiÈn conozco que no soy disforme; y
b·stale a un hombre de bien no ser monstruo para ser bien querido, como
tenga los dotes del alma que te he dicho.

En estas razones y pl·ticas se iban entrando por una selva que fuera del
camino estaba, y a deshora, sin pensar en ello, se hallÛ don Quijote
enredado entre unas redes de hilo verde, que desde unos ·rboles a otros
estaban tendidas; y, sin poder imaginar quÈ pudiese ser aquello, dijo a
Sancho:

-ParÈceme, Sancho, que esto destas redes debe de ser una de las m·s nuevas
aventuras que pueda imaginar. Que me maten si los encantadores que me
persiguen no quieren enredarme en ellas y detener mi camino, como en
venganza de la riguridad que con Altisidora he tenido. Pues m·ndoles yo
que, aunque estas redes, si como son hechas de hilo verde fueran de
durÌsimos diamantes, o m·s fuertes que aquÈlla con que el celoso dios de
los herreros enredÛ a Venus y a Marte, asÌ la rompiera como si fuera de
juncos marinos o de hilachas de algodÛn.

Y, queriendo pasar adelante y romperlo todo, al improviso se le ofrecieron
delante, saliendo de entre unos ·rboles, dos hermosÌsimas pastoras; a lo
menos, vestidas como pastoras, sino que los pellicos y sayas eran de fino
brocado, digo, que las sayas eran riquÌsimos faldellines de tabÌ de oro.
TraÌan los cabellos sueltos por las espaldas, que en rubios podÌan competir
con los rayos del mismo sol; los cuales se coronaban con dos guirnaldas de
verde laurel y de rojo amaranto tejidas. La edad, al parecer, ni bajaba de
los quince ni pasaba de los diez y ocho.

Vista fue Èsta que admirÛ a Sancho, suspendiÛ a don Quijote, hizo parar al
sol en su carrera para verlas, y tuvo en maravilloso silencio a todos
cuatro. En fin, quien primero hablÛ fue una de las dos zagalas, que dijo a
don Quijote:

-Detened, seÒor caballero, el paso, y no romp·is las redes, que no para
daÒo vuestro, sino para nuestro pasatiempo, ahÌ est·n tendidas; y, porque
sÈ que nos habÈis de preguntar para quÈ se han puesto y quiÈn somos, os lo
quiero decir en breves palabras. En una aldea que est· hasta dos leguas de
aquÌ, donde hay mucha gente principal y muchos hidalgos y ricos, entre
muchos amigos y parientes se concertÛ que con sus hijos, mujeres y hijas,
vecinos, amigos y parientes, nos viniÈsemos a holgar a este sitio, que es
uno de los m·s agradables de todos estos contornos, formando entre todos
una nueva y pastoril Arcadia, vistiÈndonos las doncellas de zagalas y los
mancebos de pastores. Traemos estudiadas dos Èglogas, una del famoso poeta
Garcilaso, y otra del excelentÌsimo Camoes, en su misma lengua
portuguesa, las cuales hasta agora no hemos representado. Ayer fue el
primero dÌa que aquÌ llegamos; tenemos entre estos ramos plantadas algunas
tiendas, que dicen se llaman de campaÒa, en el margen de un abundoso arroyo
que todos estos prados fertiliza; tendimos la noche pasada estas redes de
estos ·rboles para engaÒar los simples pajarillos, que, ojeados con nuestro
ruido, vinieren a dar en ellas. Si gust·is, seÒor, de ser nuestro huÈsped,
serÈis agasajado liberal y cortÈsmente; porque por agora en este sitio no
ha de entrar la pesadumbre ni la melancolÌa.

CallÛ y no dijo m·s. A lo que respondiÛ don Quijote:

-Por cierto, hermosÌsima seÒora, que no debiÛ de quedar m·s suspenso ni
admirado AnteÛn cuando vio al improviso baÒarse en las aguas a Diana, como
yo he quedado atÛnito en ver vuestra belleza. Alabo el asumpto de vuestros
entretenimientos, y el de vuestros ofrecimientos agradezco; y, si os puedo
servir, con seguridad de ser obedecidas me lo podÈis mandar; porque no es
Èsta la profesiÛn mÌa, sino de mostrarme agradecido y bienhechor con todo
gÈnero de gente, en especial con la principal que vuestras personas
representa; y, si como estas redes, que deben de ocupar alg˙n pequeÒo
espacio, ocuparan toda la redondez de la tierra, buscara yo nuevos mundos
por do pasar sin romperlas; y porque deis alg˙n crÈdito a esta mi
exageraciÛn, ved que os lo promete, por lo menos, don Quijote de la Mancha,
si es que ha llegado a vuestros oÌdos este nombre.

-°Ay, amiga de mi alma -dijo entonces la otra zagala-, y quÈ ventura tan
grande nos ha sucedido! øVes este seÒor que tenemos delante? Pues h·gote
saber que es el m·s valiente, y el m·s enamorado, y el m·s comedido que
tiene el mundo, si no es que nos miente y nos engaÒa una historia que de
sus hazaÒas anda impresa y yo he leÌdo. Yo apostarÈ que este buen hombre
que viene consigo es un tal Sancho Panza, su escudero, a cuyas gracias no
hay ningunas que se le igualen.

-AsÌ es la verdad -dijo Sancho-: que yo soy ese gracioso y ese escudero que
vuestra merced dice, y este seÒor es mi amo, el mismo don Quijote de la
Mancha historiado y referido.

-°Ay! -dijo la otra-. SupliquÈmosle, amiga, que se quede; que nuestros
padres y nuestros hermanos gustar·n infinito dello, que tambiÈn he oÌdo yo
decir de su valor y de sus gracias lo mismo que t˙ me has dicho, y, sobre
todo, dicen dÈl que es el m·s firme y m·s leal enamorado que se sabe, y que
su dama es una tal Dulcinea del Toboso, a quien en toda EspaÒa la dan la
palma de la hermosura.

-Con razÛn se la dan -dijo don Quijote-, si ya no lo pone en duda vuestra
sin igual belleza. No os cansÈis, seÒoras, en detenerme, porque las
precisas obligaciones de mi profesiÛn no me dejan reposar en ning˙n cabo.

LlegÛ, en esto, adonde los cuatro estaban un hermano de una de las dos
pastoras, vestido asimismo de pastor, con la riqueza y galas que a las de
las zagalas correspondÌa; cont·ronle ellas que el que con ellas estaba era
el valeroso don Quijote de la Mancha, y el otro, su escudero Sancho, de
quien tenÌa Èl ya noticia, por haber leÌdo su historia. OfreciÛsele el
gallardo pastor, pidiÛle que se viniese con Èl a sus tiendas; h˙bolo de
conceder don Quijote, y asÌ lo hizo.

LlegÛ, en esto, el ojeo, llen·ronse las redes de pajarillos diferentes que,
engaÒados de la color de las redes, caÌan en el peligro de que iban
huyendo. Junt·ronse en aquel sitio m·s de treinta personas, todas
bizarramente de pastores y pastoras vestidas, y en un instante quedaron
enteradas de quiÈnes eran don Quijote y su escudero, de que no poco
contento recibieron, porque ya tenÌan dÈl noticia por su historia.
Acudieron a las tiendas, hallaron las mesas puestas, ricas, abundantes y
limpias; honraron a don Quijote d·ndole el primer lugar en ellas; mir·banle
todos, y admir·banse de verle.

Finalmente, alzados los manteles, con gran reposo alzÛ don Quijote la voz,
y dijo:

-Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque algunos dicen
que es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento, ateniÈndome a lo
que suele decirse: que de los desagradecidos est· lleno el infierno. Este
pecado, en cuanto me ha sido posible, he procurado yo huir desde el
instante que tuve uso de razÛn; y si no puedo pagar las buenas obras que me
hacen con otras obras, pongo en su lugar los deseos de hacerlas, y cuando
Èstos no bastan, las publico; porque quien dice y publica las buenas obras
que recibe, tambiÈn las recompensara con otras, si pudiera; porque, por la
mayor parte, los que reciben son inferiores a los que dan; y asÌ, es Dios
sobre todos, porque es dador sobre todos y no pueden corresponder las
d·divas del hombre a las de Dios con igualdad, por infinita distancia; y
esta estrecheza y cortedad, en cierto modo, la suple el agradecimiento. Yo,
pues, agradecido a la merced que aquÌ se me ha hecho, no pudiendo
corresponder a la misma medida, conteniÈndome en los estrechos lÌmites de
mi poderÌo, ofrezco lo que puedo y lo que tengo de mi cosecha; y asÌ, digo
que sustentarÈ dos dÌas naturales en metad de ese camino real que va a
Zaragoza, que estas seÒoras zagalas contrahechas que aquÌ est·n son las m·s
hermosas doncellas y m·s corteses que hay en el mundo, excetado sÛlo a la
sin par Dulcinea del Toboso, ˙nica seÒora de mis pensamientos, con paz sea
dicho de cuantos y cuantas me escuchan.

Oyendo lo cual, Sancho, que con grande atenciÛn le habÌa estado escuchando,
dando una gran voz, dijo:

-øEs posible que haya en el mundo personas que se atrevan a decir y a jurar
que este mi seÒor es loco? Digan vuestras mercedes, seÒores pastores: øhay
cura de aldea, por discreto y por estudiante que sea, que pueda decir lo
que mi amo ha dicho, ni hay caballero andante, por m·s fama que tenga de
valiente, que pueda ofrecer lo que mi amo aquÌ ha ofrecido?

VolviÛse don Quijote a Sancho, y, encendido el rostro y colÈrico, le dijo:

-øEs posible, °oh Sancho!, que haya en todo el orbe alguna persona que diga
que no eres tonto, aforrado de lo mismo, con no sÈ quÈ ribetes de malicioso
y de bellaco? øQuiÈn te mete a ti en mis cosas, y en averiguar si soy
discreto o majadero? Calla y no me repliques, sino ensilla, si est·
desensillado Rocinante: vamos a poner en efecto mi ofrecimiento, que, con
la razÛn que va de mi parte, puedes dar por vencidos a todos cuantos
quisieren contradecirla.

Y, con gran furia y muestras de enojo, se levantÛ de la silla, dejando
admirados a los circunstantes, haciÈndoles dudar si le podÌan tener por
loco o por cuerdo. Finalmente, habiÈndole persuadido que no se pusiese en
tal demanda, que ellos daban por bien conocida su agradecida voluntad y que
no eran menester nuevas demostraciones para conocer su ·nimo valeroso, pues
bastaban las que en la historia de sus hechos se referÌan, con todo esto,
saliÛ don Quijote con su intenciÛn; y, puesto sobre Rocinante, embrazando
su escudo y tomando su lanza, se puso en la mitad de un real camino que no
lejos del verde prado estaba. SiguiÛle Sancho sobre su rucio, con toda la
gente del pastoral rebaÒo, deseosos de ver en quÈ paraba su arrogante y
nunca visto ofrecimiento.

Puesto, pues, don Quijote en mitad del camino -como os he dicho-, hiriÛ el
aire con semejantes palabras:

-°Oh vosotros, pasajeros y viandantes, caballeros, escuderos, gente de a
pie y de a caballo que por este camino pas·is, o habÈis de pasar en estos
dos dÌas siguientes! Sabed que don Quijote de la Mancha, caballero andante,
est· aquÌ puesto para defender que a todas las hermosuras y cortesÌas del
mundo exceden las que se encierran en las ninfas habitadoras destos prados
y bosques, dejando a un lado a la seÒora de mi alma Dulcinea del Toboso.
Por eso, el que fuere de parecer contrario, acuda, que aquÌ le espero.

Dos veces repitiÛ estas mismas razones, y dos veces no fueron oÌdas de
ning˙n aventurero; pero la suerte, que sus cosas iba encaminando de mejor
en mejor, ordenÛ que de allÌ a poco se descubriese por el camino
muchedumbre de hombres de a caballo, y muchos dellos con lanzas en las
manos, caminando todos apiÒados, de tropel y a gran priesa. No los hubieron
bien visto los que con don Quijote estaban, cuando, volviendo las espaldas,
se apartaron bien lejos del camino, porque conocieron que si esperaban les
podÌa suceder alg˙n peligro; sÛlo don Quijote, con intrÈpido corazÛn, se
estuvo quedo, y Sancho Panza se escudÛ con las ancas de Rocinante.

LlegÛ el tropel de los lanceros, y uno dellos, que venÌa m·s delante, a
grandes voces comenzÛ a decir a don Quijote:

-°Ap·rtate, hombre del diablo, del camino, que te har·n pedazos estos
toros!

-°Ea, canalla -respondiÛ don Quijote-, para mÌ no hay toros que valgan,
aunque sean de los m·s bravos que crÌa Jarama en sus riberas! Confesad,
malandrines, asÌ a carga cerrada, que es verdad lo que yo aquÌ he
publicado; si no, conmigo sois en batalla.

No tuvo lugar de responder el vaquero, ni don Quijote le tuvo de desviarse,
aunque quisiera; y asÌ, el tropel de los toros bravos y el de los mansos
cabestros, con la multitud de los vaqueros y otras gentes que a encerrar
los llevaban a un lugar donde otro dÌa habÌan de correrse, pasaron sobre
don Quijote, y sobre Sancho, Rocinante y el rucio, dando con todos ellos en
tierra, ech·ndole a rodar por el suelo. QuedÛ molido Sancho, espantado don
Quijote, aporreado el rucio y no muy catÛlico Rocinante; pero, en fin, se
levantaron todos, y don Quijote, a gran priesa, tropezando aquÌ y cayendo
allÌ, comenzÛ a correr tras la vacada, diciendo a voces:

-°Deteneos y esperad, canalla malandrina, que un solo caballero os espera,
el cual no tiene condiciÛn ni es de parecer de los que dicen que al enemigo
que huye, hacerle la puente de plata!

Pero no por eso se detuvieron los apresurados corredores, ni hicieron m·s
caso de sus amenazas que de las nubes de antaÒo. Det˙vole el cansancio a
don Quijote, y, m·s enojado que vengado, se sentÛ en el camino, esperando a
que Sancho, Rocinante y el rucio llegasen. Llegaron, volvieron a subir amo
y mozo, y, sin volver a despedirse de la Arcadia fingida o contrahecha, y
con m·s verg¸enza que gusto, siguieron su camino.

CapÌtulo LIX. Donde se cuenta del extraordinario suceso, que se puede
tener por aventura, que le sucediÛ a don Quijote

Al polvo y al cansancio que don Quijote y Sancho sacaron del
descomedimiento de los toros, socorriÛ una fuente clara y limpia que entre
una fresca arboleda hallaron, en el margen de la cual, dejando libres, sin
j·quima y freno, al rucio y a Rocinante, los dos asendereados amo y mozo se
sentaron. AcudiÛ Sancho a la reposterÌa de su alforjas, y dellas sacÛ de lo
que Èl solÌa llamar condumio; enjuagÛse la boca, lavÛse don Quijote el
rostro, con cuyo refrigerio cobraron aliento los espÌritus desalentados. No
comÌa don Quijote, de puro pesaroso, ni Sancho no osaba tocar a los
manjares que delante tenÌa, de puro comedido, y esperaba a que su seÒor
hiciese la salva; pero, viendo que, llevado de sus imaginaciones, no se
acordaba de llevar el pan a la boca, no abriÛ la suya, y, atropellando por
todo gÈnero de crianza, comenzÛ a embaular en el estÛmago el pan y queso
que se le ofrecÌa.

-Come, Sancho amigo -dijo don Quijote-, sustenta la vida, que m·s que a mÌ
te importa, y dÈjame morir a mÌ a manos de mis pensamientos y a fuerzas de
mis desgracias. Yo, Sancho, nacÌ para vivir muriendo, y t˙ para morir
comiendo; y, porque veas que te digo verdad en esto, considÈrame impreso en
historias, famoso en las armas, comedido en mis acciones, respetado de
prÌncipes, solicitado de doncellas; al cabo al cabo, cuando esperaba
palmas, triunfos y coronas, granjeadas y merecidas por mis valerosas
hazaÒas, me he visto esta maÒana pisado y acoceado y molido de los pies de
animales inmundos y soeces. Esta consideraciÛn me embota los dientes,
entorpece las muelas, y entomece las manos, y quita de todo en todo la
gana del comer, de manera que pienso dejarme morir de hambre: muerte la m·s
cruel de las muertes.

-Desa manera -dijo Sancho, sin dejar de mascar apriesa- no aprobar· vuestra
merced aquel refr·n que dicen: "muera Marta, y muera harta". Yo, a lo
menos, no pienso matarme a mÌ mismo; antes pienso hacer como el zapatero,
que tira el cuero con los dientes hasta que le hace llegar donde Èl quiere;
yo tirarÈ mi vida comiendo hasta que llegue al fin que le tiene determinado
el cielo; y sepa, seÒor, que no hay mayor locura que la que toca en querer
desesperarse como vuestra merced, y crÈame, y despuÈs de comido, Èchese a
dormir un poco sobre los colchones verdes destas yerbas, y ver· como cuando
despierte se halla algo m·s aliviado.

HÌzolo asÌ don Quijote, pareciÈndole que las razones de Sancho m·s eran de
filÛsofo que de mentecato, y dÌjole:

-Si t˙, °oh Sancho!, quisieses hacer por mÌ lo que yo ahora te dirÈ, serÌan
mis alivios m·s ciertos y mis pesadumbres no tan grandes; y es que,
mientras yo duermo, obedeciendo tus consejos, t˙ te desviases un poco lejos
de aquÌ, y con las riendas de Rocinante, echando al aire tus carnes, te
dieses trecientos o cuatrocientos azotes a buena cuenta de los tres mil y
tantos que te has de dar por el desencanto de Dulcinea; que es l·stima no
pequeÒa que aquella pobre seÒora estÈ encantada por tu descuido y
negligencia.

-Hay mucho que decir en eso -dijo Sancho-. Durmamos, por ahora, entrambos,
y despuÈs, Dios dijo lo que ser·. Sepa vuestra merced que esto de azotarse
un hombre a sangre frÌa es cosa recia, y m·s si caen los azotes sobre un
cuerpo mal sustentado y peor comido: tenga paciencia mi seÒora Dulcinea,
que, cuando menos se cate, me ver· hecho una criba, de azotes; y hasta la
muerte, todo es vida; quiero decir que a˙n yo la tengo, junto con el deseo
de cumplir con lo que he prometido.

AgradeciÈndoselo don Quijote, comiÛ algo, y Sancho mucho, y ech·ronse a
dormir entrambos, dejando a su albedrÌo y sin orden alguna pacer del
abundosa yerba de que aquel prado estaba lleno a los dos continuos
compaÒeros y amigos Rocinante y el rucio. Despertaron algo tarde, volvieron
a subir y a seguir su camino, d·ndose priesa para llegar a una venta que,
al parecer, una legua de allÌ se descubrÌa. Digo que era venta porque don
Quijote la llamÛ asÌ, fuera del uso que tenÌa de llamar a todas las ventas
castillos.

Llegaron, pues, a ella; preguntaron al huÈsped si habÌa posada. Fueles
respondido que sÌ, con toda la comodidad y regalo que pudiera hallar en
Zaragoza. Ape·ronse y recogiÛ Sancho su reposterÌa en un aposento, de quien
el huÈsped le dio la llave; llevÛ las bestias a la caballeriza, echÛles sus
piensos, saliÛ a ver lo que don Quijote, que estaba sentado sobre un poyo,
le mandaba, dando particulares gracias al cielo de que a su amo no le
hubiese parecido castillo aquella venta.

LlegÛse la hora del cenar; recogiÈronse a su estancia; preguntÛ Sancho al
huÈsped que quÈ tenÌa para darles de cenar. A lo que el huÈsped respondiÛ
que su boca serÌa medida; y asÌ, que pidiese lo que quisiese: que de las
pajaricas del aire, de las aves de la tierra y de los pescados del mar
estaba proveÌda aquella venta.

-No es menester tanto -respondiÛ Sancho-, que con un par de pollos que nos
asen tendremos lo suficiente, porque mi seÒor es delicado y come poco, y yo
no soy tragantÛn en demasÌa.

RespondiÛle el huÈsped que no tenÌa pollos, porque los milanos los tenÌan
asolados.

-Pues mande el seÒor huÈsped -dijo Sancho- asar una polla que sea tierna.

-øPolla? °Mi padre! -respondiÛ el huÈsped-. En verdad en verdad que enviÈ
ayer a la ciudad a vender m·s de cincuenta; pero, fuera de pollas, pida
vuestra merced lo que quisiere.

-Desa manera -dijo Sancho-, no faltar· ternera o cabrito.

-En casa, por ahora -respondiÛ el huÈsped-, no lo hay, porque se ha
acabado; pero la semana que viene lo habr· de sobra.

-°Medrados estamos con eso! -respondiÛ Sancho-. Yo pondrÈ que se vienen a
resumirse todas estas faltas en las sobras que debe de haber de tocino y
huevos.

-°Por Dios -respondiÛ el huÈsped-, que es gentil relente el que mi huÈsped
tiene!, pues hele dicho que ni tengo pollas ni gallinas, y øquiere que
tenga huevos? Discurra, si quisiere, por otras delicadezas, y dÈjese de
pedir gallinas.

-Resolv·monos, cuerpo de mÌ -dijo Sancho-, y dÌgame finalmente lo que
tiene, y dÈjese de discurrimientos, seÒor huÈsped.

Dijo el ventero:

-Lo que real y verdaderamente tengo son dos uÒas de vaca que parecen manos
de ternera, o dos manos de ternera que parecen uÒas de vaca; est·n cocidas
con sus garbanzos, cebollas y tocino, y la hora de ahora est·n diciendo:
''°ComÈme! °ComÈme!''

-Por mÌas las marco desde aquÌ -dijo Sancho-; y nadie las toque, que yo las
pagarÈ mejor que otro, porque para mÌ ninguna otra cosa pudiera esperar de
m·s gusto, y no se me darÌa nada que fuesen manos, como fuesen uÒas.

-Nadie las tocar· -dijo el ventero-, porque otros huÈspedes que tengo, de
puro principales, traen consigo cocinero, despensero y reposterÌa.

-Si por principales va -dijo Sancho-, ninguno m·s que mi amo; pero el
oficio que Èl trae no permite despensas ni botillerÌas: ahÌ nos tendemos en
mitad de un prado y nos hartamos de bellotas o de nÌsperos.

Esta fue la pl·tica que Sancho tuvo con el ventero, sin querer Sancho pasar
adelante en responderle; que ya le habÌa preguntado quÈ oficio o quÈ
ejercicio era el de su amo.

LlegÛse, pues, la hora del cenar, recogiÛse a su estancia don Quijote,
trujo el huÈsped la olla, asÌ como estaba, y sentÛse a cenar muy de
propÛsito. Parece ser que en otro aposento que junto al de don Quijote
estaba, que no le dividÌa m·s que un sutil tabique, oyÛ decir don Quijote:

-Por vida de vuestra merced, seÒor don JerÛnimo, que en tanto que trae la
cena leamos otro capÌtulo de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha.

Apenas oyÛ su nombre don Quijote, cuando se puso en pie, y con oÌdo alerto
escuchÛ lo que dÈl trataban, y oyÛ que el tal don JerÛnimo referido
respondiÛ:

-øPara quÈ quiere vuestra merced, seÒor don Juan, que leamos estos
disparates? Y el que hubiere leÌdo la primera parte de la historia de don
Quijote de la Mancha no es posible que pueda tener gusto en leer esta
segunda.

-Con todo eso -dijo el don Juan-, ser· bien leerla, pues no hay libro tan
malo que no tenga alguna cosa buena. Lo que a mÌ en Èste m·s desplace es
que pinta a don Quijote ya desenamorado de Dulcinea del Toboso.

Oyendo lo cual don Quijote, lleno de ira y de despecho, alzÛ la voz y dijo:

-Quienquiera que dijere que don Quijote de la Mancha ha olvidado, ni puede
olvidar, a Dulcinea del Toboso, yo le harÈ entender con armas iguales que
va muy lejos de la verdad; porque la sin par Dulcinea del Toboso ni puede
ser olvidada, ni en don Quijote puede caber olvido: su blasÛn es la
firmeza, y su profesiÛn, el guardarla con suavidad y sin hacerse fuerza
alguna.

-øQuiÈn es el que nos responde? -respondieron del otro aposento.

-øQuiÈn ha de ser -respondiÛ Sancho- sino el mismo don Quijote de la
Mancha, que har· bueno cuanto ha dicho, y aun cuanto dijere?; que al buen
pagador no le duelen prendas.

Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando entraron por la puerta de su aposento
dos caballeros, que tales lo parecÌan, y uno dellos echando los brazos al
cuello de don Quijote, le dijo:

-Ni vuestra presencia puede desmentir vuestro nombre, ni vuestro nombre
puede no acreditar vuestra presencia: sin duda, vos, seÒor, sois el
verdadero don Quijote de la Mancha, norte y lucero de la andante
caballerÌa, a despecho y pesar del que ha querido usurpar vuestro nombre y
aniquilar vuestras hazaÒas, como lo ha hecho el autor deste libro que aquÌ
os entrego.

Y, poniÈndole un libro en las manos, que traÌa su compaÒero, le tomÛ don
Quijote, y, sin responder palabra, comenzÛ a hojearle, y de allÌ a un poco
se le volviÛ, diciendo:

-En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de
reprehensiÛn. La primera es algunas palabras que he leÌdo en el prÛlogo; la
otra, que el lenguaje es aragonÈs, porque tal vez escribe sin artÌculos, y
la tercera, que m·s le confirma por ignorante, es que yerra y se desvÌa de
la verdad en lo m·s principal de la historia; porque aquÌ dice que la mujer
de Sancho Panza mi escudero se llama Mari GutiÈrrez, y no llama tal, sino
Teresa Panza; y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podr·
temer que yerra en todas las dem·s de la historia.

A esto dijo Sancho:

-°Donosa cosa de historiador! °Por cierto, bien debe de estar en el cuento
de nuestros sucesos, pues llama a Teresa Panza, mi mujer, Mari GutiÈrrez!
Torne a tomar el libro, seÒor, y mire si ando yo por ahÌ y si me ha mudado
el nombre.

-Por lo que he oÌdo hablar, amigo -dijo don JerÛnimo-, sin duda debÈis de
ser Sancho Panza, el escudero del seÒor don Quijote.

-SÌ soy -respondiÛ Sancho-, y me precio dello.

-Pues a fe -dijo el caballero- que no os trata este autor moderno con la
limpieza que en vuestra persona se muestra: pÌntaos comedor, y simple, y no
nada gracioso, y muy otro del Sancho que en la primera parte de la historia
de vuestro amo se describe.

-Dios se lo perdone -dijo Sancho-. Dej·rame en mi rincÛn, sin acordarse de
mÌ, porque quien las sabe las taÒe, y bien se est· San Pedro en Roma.

Los dos caballeros pidieron a don Quijote se pasase a su estancia a cenar
con ellos, que bien sabÌan que en aquella venta no habÌa cosas
pertenecientes para su persona. Don Quijote, que siempre fue comedido,
condecenciÛ con su demanda y cenÛ con ellos; quedÛse Sancho con la olla con
mero mixto imperio; sentÛse en cabecera de mesa, y con Èl el ventero, que
no menos que Sancho estaba de sus manos y de sus uÒas aficionado.

En el discurso de la cena preguntÛ don Juan a don Quijote quÈ nuevas tenÌa
de la seÒora Dulcinea del Toboso: si se habÌa casado, si estaba parida o
preÒada, o si, estando en su entereza, se acordaba -guardando su honestidad
y buen decoro- de los amorosos pensamientos del seÒor don Quijote. A lo que
Èl respondiÛ:

-Dulcinea se est· entera, y mis pensamientos, m·s firmes que nunca; las
correspondencias, en su sequedad antigua; su hermosura, en la de una soez
labradora transformada.

Y luego les fue contando punto por punto el encanto de la seÒora Dulcinea,
y lo que le habÌa sucedido en la cueva de Montesinos, con la orden que el
sabio MerlÌn le habÌa dado para desencantarla, que fue la de los azotes de
Sancho.

Sumo fue el contento que los dos caballeros recibieron de oÌr contar a don
Quijote los estraÒos sucesos de su historia, y asÌ quedaron admirados de
sus disparates como del elegante modo con que los contaba. AquÌ le tenÌan
por discreto, y allÌ se les deslizaba por mentecato, sin saber determinarse
quÈ grado le darÌan entre la discreciÛn y la locura.

AcabÛ de cenar Sancho, y, dejando hecho equis al ventero, se pasÛ a la
estancia de su amo; y, en entrando, dijo:

-Que me maten, seÒores, si el autor deste libro que vuesas mercedes tienen
quiere que no comamos buenas migas juntos; yo querrÌa que, ya que me llama
comilÛn, como vuesas mercedes dicen, no me llamase tambiÈn borracho.

-SÌ llama -dijo don JerÛnimo-, pero no me acuerdo en quÈ manera, aunque sÈ
que son malsonantes las razones, y adem·s, mentirosas, seg˙n yo echo de ver
en la fisonomÌa del buen Sancho que est· presente.

-CrÈanme vuesas mercedes -dijo Sancho- que el Sancho y el don Quijote desa
historia deben de ser otros que los que andan en aquella que compuso Cide
Hamete Benengeli, que somos nosotros: mi amo, valiente, discreto y
enamorado; y yo, simple gracioso, y no comedor ni borracho.

-Yo asÌ lo creo -dijo don Juan-; y si fuera posible, se habÌa de mandar que
ninguno fuera osado a tratar de las cosas del gran don Quijote, si no fuese
Cide Hamete, su primer autor, bien asÌ como mandÛ Alejandro que ninguno
fuese osado a retratarle sino Apeles.

-Retr·teme el que quisiere -dijo don Quijote-, pero no me maltrate; que
muchas veces suele caerse la paciencia cuando la cargan de injurias.

-Ninguna -dijo don Juan- se le puede hacer al seÒor don Quijote de quien Èl
no se pueda vengar, si no la repara en el escudo de su paciencia, que, a mi
parecer, es fuerte y grande.

En estas y otras pl·ticas se pasÛ gran parte de la noche; y, aunque don
Juan quisiera que don Quijote leyera m·s del libro, por ver lo que
discantaba, no lo pudieron acabar con Èl, diciendo que Èl lo daba por leÌdo
y lo confirmaba por todo necio, y que no querÌa, si acaso llegase a noticia
de su autor que le habÌa tenido en sus manos, se alegrase con pensar que le
habÌa leÌdo; pues de las cosas obscenas y torpes, los pensamientos se han
de apartar, cuanto m·s los ojos. Pregunt·ronle que adÛnde llevaba
determinado su viaje. RespondiÛ que a Zaragoza, a hallarse en las justas
del arnÈs, que en aquella ciudad suelen hacerse todos los aÒos. DÌjole
don Juan que aquella nueva historia contaba como don Quijote, sea quien
se quisiere, se habÌa hallado en ella en una sortija, falta de invenciÛn,
pobre de letras, pobrÌsima de libreas, aunque rica de simplicidades.

-Por el mismo caso -respondiÛ don Quijote-, no pondrÈ los pies en Zaragoza,
y asÌ sacarÈ a la plaza del mundo la mentira dese historiador moderno, y
echar·n de ver las gentes como yo no soy el don Quijote que Èl dice.

-Har· muy bien -dijo don JerÛnimo-; y otras justas hay en Barcelona, donde
podr· el seÒor don Quijote mostrar su valor.

-AsÌ lo pienso hacer -dijo don Quijote-; y vuesas mercedes me den licencia,
pues ya es hora para irme al lecho, y me tengan y pongan en el n˙mero de
sus mayores amigos y servidores.

-Y a mÌ tambiÈn -dijo Sancho-: quiz· serÈ bueno para algo.

Con esto se despidieron, y don Quijote y Sancho se retiraron a su aposento,
dejando a don Juan y a don JerÛnimo admirados de ver la mezcla que habÌa
hecho de su discreciÛn y de su locura; y verdaderamente creyeron que Èstos
eran los verdaderos don Quijote y Sancho, y no los que describÌa su autor
aragonÈs.

MadrugÛ don Quijote, y, dando golpes al tabique del otro aposento, se
despidiÛ de sus huÈspedes. PagÛ Sancho al ventero magnÌficamente, y
aconsejÛle que alabase menos la provisiÛn de su venta, o la tuviese m·s
proveÌda.

CapÌtulo LX. De lo que sucediÛ a don Quijote yendo a Barcelona

Era fresca la maÒana, y daba muestras de serlo asimesmo el dÌa en que don
Quijote saliÛ de la venta, inform·ndose primero cu·l era el m·s derecho
camino para ir a Barcelona sin tocar en Zaragoza: tal era el deseo que
tenÌa de sacar mentiroso aquel nuevo historiador que tanto decÌan que le
vituperaba.

SucediÛ, pues, que en m·s de seis dÌas no le sucediÛ cosa digna de ponerse
en escritura, al cabo de los cuales, yendo fuera de camino, le tomÛ la
noche entre unas espesas encinas o alcornoques; que en esto no guarda la
puntualidad Cide Hamete que en otras cosas suele.

Ape·ronse de sus bestias amo y mozo, y, acomod·ndose a los troncos de los
·rboles, Sancho, que habÌa merendado aquel dÌa, se dejÛ entrar de rondÛn
por las puertas del sueÒo; pero don Quijote, a quien desvelaban sus
imaginaciones mucho m·s que la hambre, no podÌa pegar sus ojos; antes iba y
venÌa con el pensamiento por mil gÈneros de lugares. Ya le parecÌa hallarse
en la cueva de Montesinos; ya ver brincar y subir sobre su pollina a la
convertida en labradora Dulcinea; ya que le sonaban en los oÌdos las
palabras del sabio MerlÌn que le referÌan las condiciones y diligencias que
se habÌan de hacer y tener en el desencanto de Dulcinea. Desesper·base de
ver la flojedad y caridad poca de Sancho su escudero, pues, a lo que creÌa,
solos cinco azotes se habÌa dado, n˙mero desigual y pequeÒo para los
infinitos que le faltaban; y desto recibiÛ tanta pesadumbre y enojo, que
hizo este discurso:

-Si nudo gordiano cortÛ el Magno Alejandro, diciendo: ''Tanto monta cortar
como desatar'', y no por eso dejÛ de ser universal seÒor de toda la Asia,
ni m·s ni menos podrÌa suceder ahora en el desencanto de Dulcinea, si yo
azotase a Sancho a pesar suyo; que si la condiciÛn deste remedio est· en
que Sancho reciba los tres mil y tantos azotes, øquÈ se me da a mÌ que se
los dÈ Èl, o que se los dÈ otro, pues la sustancia est· en que Èl los
reciba, lleguen por do llegaren?

Con esta imaginaciÛn se llegÛ a Sancho, habiendo primero tomado las riendas
de Rocinante, y acomod·dolas en modo que pudiese azotarle con ellas,
comenzÛle a quitar las cintas, que es opiniÛn que no tenÌa m·s que la
delantera, en que se sustentaban los greguescos; pero, apenas hubo llegado,
cuando Sancho despertÛ en todo su acuerdo, y dijo:

-øQuÈ es esto? øQuiÈn me toca y desencinta?

-Yo soy -respondiÛ don Quijote-, que vengo a suplir tus faltas y a remediar
mis trabajos: vÈngote a azotar, Sancho, y a descargar, en parte, la deuda a
que te obligaste. Dulcinea perece; t˙ vives en descuido; yo muero deseando;
y asÌ, desat·cate por tu voluntad, que la mÌa es de darte en esta soledad,
por lo menos, dos mil azotes.

-Eso no -dijo Sancho-; vuesa merced se estÈ quedo; si no, por Dios
verdadero que nos han de oÌr los sordos. Los azotes a que yo me obliguÈ han
de ser voluntarios, y no por fuerza, y ahora no tengo gana de azotarme;
basta que doy a vuesa merced mi palabra de vapularme y mosquearme cuando en
voluntad me viniere.

-No hay dejarlo a tu cortesÌa, Sancho -dijo don Quijote-, porque eres duro
de corazÛn, y, aunque villano, blando de carnes.

Y asÌ, procuraba y pugnaba por desenlazarle. Viendo lo cual Sancho Panza,
se puso en pie, y, arremetiendo a su amo, se abrazÛ con Èl a brazo partido,
y, ech·ndole una zancadilla, dio con Èl en el suelo boca arriba; p˙sole
la rodilla derecha sobre el pecho, y con las manos le tenÌa las manos, de
modo que ni le dejaba rodear ni alentar. Don Quijote le decÌa:

-øCÛmo, traidor? øContra tu amo y seÒor natural te desmandas? øCon quien te
da su pan te atreves?

-Ni quito rey, ni pongo rey -respondiÛ Sancho-, sino ay˙dome a mÌ, que soy
mi seÒor. Vuesa merced me prometa que se estar· quedo, y no tratar· de
azotarme por agora, que yo le dejarÈ libre y desembarazado; donde no,

AquÌ morir·s, traidor,

enemigo de doÒa Sancha.

PrometiÛselo don Quijote, y jurÛ por vida de sus pensamientos no tocarle en
el pelo de la ropa, y que dejarÌa en toda su voluntad y albedrÌo el
azotarse cuando quisiese.

LevantÛse Sancho, y desviÛse de aquel lugar un buen espacio; y, yendo a
arrimarse a otro ·rbol, sintiÛ que le tocaban en la cabeza, y, alzando las
manos, topÛ con dos pies de persona, con zapatos y calzas. TemblÛ de miedo;
acudiÛ a otro ·rbol, y sucediÛle lo mesmo. Dio voces llamando a don Quijote
que le favoreciese. HÌzolo asÌ don Quijote, y, pregunt·ndole quÈ le habÌa
sucedido y de quÈ tenÌa miedo, le respondiÛ Sancho que todos aquellos
·rboles estaban llenos de pies y de piernas humanas. TentÛlos don Quijote,
y cayÛ luego en la cuenta de lo que podÌa ser, y dÌjole a Sancho:

-No tienes de quÈ tener miedo, porque estos pies y piernas que tientas y no
vees, sin duda son de algunos forajidos y bandoleros que en estos ·rboles
est·n ahorcados; que por aquÌ los suele ahorcar la justicia cuando los
coge, de veinte en veinte y de treinta en treinta; por donde me doy a
entender que debo de estar cerca de Barcelona.

Y asÌ era la verdad como Èl lo habÌa imaginado.

Al parecer alzaron los ojos, y vieron los racimos de aquellos ·rboles, que
eran cuerpos de bandoleros. Ya, en esto, amanecÌa, y si los muertos los
habÌan espantado, no menos los atribularon m·s de cuarenta bandoleros vivos
que de improviso les rodearon, diciÈndoles en lengua catalana que
estuviesen quedos, y se detuviesen, hasta que llegase su capit·n.

HallÛse don Quijote a pie, su caballo sin freno, su lanza arrimada a un
·rbol, y, finalmente, sin defensa alguna; y asÌ, tuvo por bien de cruzar
las manos e inclinar la cabeza, guard·ndose para mejor sazÛn y coyuntura.

Acudieron los bandoleros a espulgar al rucio, y a no dejarle ninguna cosa
de cuantas en las alforjas y la maleta traÌa; y avÌnole bien a Sancho que
en una ventrera que tenÌa ceÒida venÌan los escudos del duque y los que
habÌan sacado de su tierra, y, con todo eso, aquella buena gente le
escardara y le mirara hasta lo que entre el cuero y la carne tuviera
escondido, si no llegara en aquella sazÛn su capit·n, el cual mostrÛ ser de
hasta edad de treinta y cuatro aÒos, robusto, m·s que de mediana
proporciÛn, de mirar grave y color morena. VenÌa sobre un poderoso caballo,
vestida la acerada cota, y con cuatro pistoletes -que en aquella tierra se
llaman pedreÒales- a los lados. Vio que sus escuderos, que asÌ llaman a los
que andan en aquel ejercicio, iban a despojar a Sancho Panza; mandÛles que
no lo hiciesen, y fue luego obedecido; y asÌ se escapÛ la ventrera.
AdmirÛle ver lanza arrimada al ·rbol, escudo en el suelo, y a don Quijote
armado y pensativo, con la m·s triste y melancÛlica figura que pudiera
formar la misma tristeza. LlegÛse a Èl diciÈndole:

-No estÈis tan triste, buen hombre, porque no habÈis caÌdo en las manos de
alg˙n cruel Osiris, sino en las de Roque Guinart, que tienen m·s de
compasivas que de rigurosas.

-No es mi tristeza -respondiÛ don Quijote- haber caÌdo en tu poder, °oh
valeroso Roque, cuya fama no hay lÌmites en la tierra que la encierren!,
sino por haber sido tal mi descuido, que me hayan cogido tus soldados sin
el freno, estando yo obligado, seg˙n la orden de la andante caballerÌa, que
profeso, a vivir contino alerta, siendo a todas horas centinela de mÌ
mismo; porque te hago saber, °oh gran Roque!, que si me hallaran sobre mi
caballo, con mi lanza y con mi escudo, no les fuera muy f·cil rendirme,
porque yo soy don Quijote de la Mancha, aquel que de sus hazaÒas tiene
lleno todo el orbe.

Luego Roque Guinart conociÛ que la enfermedad de don Quijote tocaba m·s en
locura que en valentÌa, y, aunque algunas veces le habÌa oÌdo nombrar,
nunca tuvo por verdad sus hechos, ni se pudo persuadir a que semejante
humor reinase en corazÛn de hombre; y holgÛse en estremo de haberle
encontrado, para tocar de cerca lo que de lejos dÈl habÌa oÌdo; y asÌ, le
dijo:

-Valeroso caballero, no os despechÈis ni teng·is a siniestra fortuna Èsta
en que os hall·is, que podÌa ser que en estos tropiezos vuestra torcida
suerte se enderezase; que el cielo, por estraÒos y nunca vistos rodeos, de
los hombres no imaginados, suele levantar los caÌdos y enriquecer los
pobres.

Ya le iba a dar las gracias don Quijote, cuando sintieron a sus espaldas un
ruido como de tropel de caballos, y no era sino un solo, sobre el cual
venÌa a toda furia un mancebo, al parecer de hasta veinte aÒos, vestido de
damasco verde, con pasamanos de oro, greguescos y saltaembarca, con
sombrero terciado, a la valona, botas enceradas y justas, espuelas, daga y
espada doradas, una escopeta pequeÒa en las manos y dos pistolas a los
lados. Al ruido volviÛ Roque la cabeza y vio esta hermosa figura, la cual,
en llegando a Èl, dijo:

-En tu busca venÌa, °oh valeroso Roque!, para hallar en ti, si no remedio,
a lo menos alivio en mi desdicha; y, por no tenerte suspenso, porque sÈ que
no me has conocido, quiero decirte quiÈn soy: y soy Claudia JerÛnima, hija
de SimÛn Forte, tu singular amigo y enemigo particular de Clauquel
Torrellas, que asimismo lo es tuyo, por ser uno de los de tu contrario
bando; y ya sabes que este Torrellas tiene un hijo que don Vicente
Torrellas se llama, o, a lo menos, se llamaba no ha dos horas. …ste, pues,
por abreviar el cuento de mi desventura, te dirÈ en breves palabras la que
me ha causado. Viome, requebrÛme, escuchÈle, enamorÈme, a hurto de mi
padre; porque no hay mujer, por retirada que estÈ y recatada que sea, a
quien no le sobre tiempo para poner en ejecuciÛn y efecto sus atropellados
deseos. Finalmente, Èl me prometiÛ de ser mi esposo, y yo le di la palabra
de ser suya, sin que en obras pas·semos adelante. Supe ayer que, olvidado
de lo que me debÌa, se casaba con otra, y que esta maÒana iba a desposarse,
nueva que me turbÛ el sentido y acabÛ la paciencia; y, por no estar mi
padre en el lugar, le tuve yo de ponerme en el traje que vees, y
apresurando el paso a este caballo, alcancÈ a don Vicente obra de una legua
de aquÌ; y, sin ponerme a dar quejas ni a oÌr disculpas, le disparÈ estas
escopetas, y, por aÒadidura, estas dos pistolas; y, a lo que creo, le debÌ
de encerrar m·s de dos balas en el cuerpo, abriÈndole puertas por donde
envuelta en su sangre saliese mi honra. AllÌ le dejo entre sus criados, que
no osaron ni pudieron ponerse en su defensa. Vengo a buscarte para que me
pases a Francia, donde tengo parientes con quien viva, y asimesmo a rogarte
defiendas a mi padre, porque los muchos de don Vicente no se atrevan a
tomar en Èl desaforada venganza.

Roque, admirado de la gallardÌa, bizarrÌa, buen talle y suceso de la
hermosa Claudia, le dijo:

-Ven, seÒora, y vamos a ver si es muerto tu enemigo, que despuÈs veremos lo
que m·s te importare.

Don Quijote, que estaba escuchando atentamente lo que Claudia habÌa dicho y
lo que Roque Guinart respondiÛ, dijo:

-No tiene nadie para quÈ tomar trabajo en defender a esta seÒora, que lo
tomo yo a mi cargo: denme mi caballo y mis armas, y espÈrenme aquÌ, que yo
irÈ a buscar a ese caballero, y, muerto o vivo, le harÈ cumplir la palabra
prometida a tanta belleza.

-Nadie dude de esto -dijo Sancho-, porque mi seÒor tiene muy buena mano
para casamentero, pues no ha muchos dÌas que hizo casar a otro que tambiÈn
negaba a otra doncella su palabra; y si no fuera porque los encantadores
que le persiguen le mudaron su verdadera figura en la de un lacayo, Èsta
fuera la hora que ya la tal doncella no lo fuera.

Roque, que atendÌa m·s a pensar en el suceso de la hermosa Claudia que en
las razones de amo y mozo, no las entendiÛ; y, mandando a sus escuderos que
volviesen a Sancho todo cuanto le habÌan quitado del rucio, mand·ndoles
asimesmo que se retirasen a la parte donde aquella noche habÌan estado
alojados, y luego se partiÛ con Claudia a toda priesa a buscar al herido, o
muerto, don Vicente. Llegaron al lugar donde le encontrÛ Claudia, y no
hallaron en Èl sino reciÈn derramada sangre; pero, tendiendo la vista por
todas partes, descubrieron por un recuesto arriba alguna gente, y diÈronse
a entender, como era la verdad, que debÌa ser don Vicente, a quien sus
criados, o muerto o vivo, llevaban, o para curarle, o para enterrarle;
diÈronse priesa a alcanzarlos, que, como iban de espacio, con facilidad lo
hicieron.

Hallaron a don Vicente en los brazos de sus criados, a quien con cansada y
debilitada voz rogaba que le dejasen allÌ morir, porque el dolor de las
heridas no consentÌa que m·s adelante pasase.

Arroj·ronse de los caballos Claudia y Roque, lleg·ronse a Èl, temieron los
criados la presencia de Roque, y Claudia se turbÛ en ver la de don Vicente;
y asÌ, entre enternecida y rigurosa, se llegÛ a Èl, y asiÈndole de las
manos, le dijo:

-Si t˙ me dieras Èstas, conforme a nuestro concierto, nunca t˙ te vieras en
este paso.

AbriÛ los casi cerrados ojos el herido caballero, y, conociendo a Claudia,
le dijo:

-Bien veo, hermosa y engaÒada seÒora, que t˙ has sido la que me has muerto:
pena no merecida ni debida a mis deseos, con los cuales, ni con mis obras,
jam·s quise ni supe ofenderte.

-Luego, øno es verdad -dijo Claudia- que ibas esta maÒana a desposarte con
Leonora, la hija del rico Balvastro?

-No, por cierto -respondiÛ don Vicente-; mi mala fortuna te debiÛ de llevar
estas nuevas, para que, celosa, me quitases la vida, la cual, pues la dejo
en tus manos y en tus brazos, tengo mi suerte por venturosa. Y, para
asegurarte desta verdad, aprieta la mano y recÌbeme por esposo, si
quisieres, que no tengo otra mayor satisfaciÛn que darte del agravio que
piensas que de mÌ has recebido.

ApretÛle la mano Claudia, y apretÛsele a ella el corazÛn, de manera que
sobre la sangre y pecho de don Vicente se quedÛ desmayada, y a Èl le tomÛ
un mortal parasismo. Confuso estaba Roque, y no sabÌa quÈ hacerse.
Acudieron los criados a buscar agua que echarles en los rostros, y
trujÈronla, con que se los baÒaron. VolviÛ de su desmayo Claudia, pero no
de su parasismo don Vicente, porque se le acabÛ la vida. Visto lo cual de
Claudia, habiÈndose enterado que ya su dulce esposo no vivÌa, rompiÛ los
aires con suspiros, hiriÛ los cielos con quejas, maltratÛ sus cabellos,
entreg·ndolos al viento, afeÛ su rostro con sus propias manos, con todas
las muestras de dolor y sentimiento que de un lastimado pecho pudieran
imaginarse.

-°Oh cruel e inconsiderada mujer -decÌa-, con quÈ facilidad te moviste a
poner en ejecuciÛn tan mal pensamiento! °Oh fuerza rabiosa de los celos, a
quÈ desesperado fin conducÌs a quien os da acogida en su pecho! °Oh esposo
mÌo, cuya desdichada suerte, por ser prenda mÌa, te ha llevado del t·lamo a
la sepultura!

Tales y tan tristes eran las quejas de Claudia, que sacaron las l·grimas de
los ojos de Roque, no acostumbrados a verterlas en ninguna ocasiÛn.
Lloraban los criados, desmay·base a cada paso Claudia, y todo aquel
circuito parecÌa campo de tristeza y lugar de desgracia. Finalmente, Roque
Guinart ordenÛ a los criados de don Vicente que llevasen su cuerpo al lugar
de su padre, que estaba allÌ cerca, para que le diesen sepultura. Claudia
dijo a Roque que querrÌa irse a un monasterio donde era abadesa una tÌa
suya, en el cual pensaba acabar la vida, de otro mejor esposo y m·s eterno
acompaÒada. AlabÛle Roque su buen propÛsito, ofreciÛsele de acompaÒarla
hasta donde quisiese, y de defender a su padre de los parientes y de todo
el mundo, si ofenderle quisiese. No quiso su compaÒÌa Claudia, en ninguna
manera, y, agradeciendo sus ofrecimientos con las mejores razones que supo,
se despediÛ dÈl llorando. Los criados de don Vicente llevaron su cuerpo, y
Roque se volviÛ a los suyos, y este fin tuvieron los amores de Claudia
JerÛnima. Pero, øquÈ mucho, si tejieron la trama de su lamentable historia
las fuerzas invencibles y rigurosas de los celos?

HallÛ Roque Guinart a sus escuderos en la parte donde les habÌa ordenado, y
a don Quijote entre ellos, sobre Rocinante, haciÈndoles una pl·tica en que
les persuadÌa dejasen aquel modo de vivir tan peligroso, asÌ para el alma
como para el cuerpo; pero, como los m·s eran gascones, gente r˙stica y
desbaratada, no les entraba bien la pl·tica de don Quijote. Llegado que fue
Roque, preguntÛ a Sancho Panza si le habÌan vuelto y restituido las alhajas
y preseas que los suyos del rucio le habÌan quitado. Sancho respondiÛ que
sÌ, sino que le faltaban tres tocadores, que valÌan tres ciudades.

-øQuÈ es lo que dices, hombre? -dijo uno de los presentes-, que yo los
tengo, y no valen tres reales.

-AsÌ es -dijo don Quijote-, pero estÌmalos mi escudero en lo que ha dicho,
por habÈrmelos dado quien me los dio.

MandÛselos volver al punto Roque Guinart, y, mandando poner los suyos en
ala, mandÛ traer allÌ delante todos los vestidos, joyas, y dineros, y todo
aquello que desde la ˙ltima reparticiÛn habÌan robado; y, haciendo
brevemente el tanteo, volviendo lo no repartible y reduciÈndolo a dineros,
lo repartiÛ por toda su compaÒÌa, con tanta legalidad y prudencia que no
pasÛ un punto ni defraudÛ nada de la justicia distributiva. Hecho esto, con
lo cual todos quedaron contentos, satisfechos y pagados, dijo Roque a don
Quijote:

-Si no se guardase esta puntualidad con Èstos, no se podrÌa vivir con
ellos.

A lo que dijo Sancho:

-Seg˙n lo que aquÌ he visto, es tan buena la justicia, que es necesaria que
se use aun entre los mesmos ladrones.

OyÛlo un escudero, y enarbolÛ el mocho de un arcabuz, con el cual, sin
duda, le abriera la cabeza a Sancho, si Roque Guinart no le diera voces que
se detuviese. PasmÛse Sancho, y propuso de no descoser los labios en tanto
que entre aquella gente estuviese.

LlegÛ, en esto, uno o algunos de aquellos escuderos que estaban puestos por
centinelas por los caminos para ver la gente que por ellos venÌa y dar
aviso a su mayor de lo que pasaba, y Èste dijo:

-SeÒor, no lejos de aquÌ, por el camino que va a Barcelona, viene un gran
tropel de gente.

A lo que respondiÛ Roque:

-øHas echado de ver si son de los que nos buscan, o de los que nosotros
buscamos?

-No, sino de los que buscamos -respondiÛ el escudero.

-Pues salid todos -replicÛ Roque-, y traÈdmelos aquÌ luego, sin que se os
escape ninguno.

HiciÈronlo asÌ, y, qued·ndose solos don Quijote, Sancho y Roque, aguardaron
a ver lo que los escuderos traÌan; y, en este entretanto, dijo Roque a don
Quijote:

-Nueva manera de vida le debe de parecer al seÒor don Quijote la nuestra,
nuevas aventuras, nuevos sucesos, y todos peligrosos; y no me maravillo que
asÌ le parezca, porque realmente le confieso que no hay modo de vivir m·s
inquieto ni m·s sobresaltado que el nuestro. A mÌ me han puesto en Èl no sÈ
quÈ deseos de venganza, que tienen fuerza de turbar los m·s sosegados
corazones; yo, de mi natural, soy compasivo y bien intencionado; pero, como
tengo dicho, el querer vengarme de un agravio que se me hizo, asÌ da con
todas mis buenas inclinaciones en tierra, que persevero en este estado, a
despecho y pesar de lo que entiendo; y, como un abismo llama a otro y un
pecado a otro pecado, hanse eslabonado las venganzas de manera que no sÛlo
las mÌas, pero las ajenas tomo a mi cargo; pero Dios es servido de que,
aunque me veo en la mitad del laberinto de mis confusiones, no pierdo la
esperanza de salir dÈl a puerto seguro.

Admirado quedÛ don Quijote de oÌr hablar a Roque tan buenas y concertadas
razones, porque Èl se pensaba que, entre los de oficios semejantes de
robar, matar y saltear no podÌa haber alguno que tuviese buen discurso, y
respondiÛle:

-SeÒor Roque, el principio de la salud est· en conocer la enfermedad y en
querer tomar el enfermo las medicinas que el mÈdico le ordena: vuestra
merced est· enfermo, conoce su dolencia, y el cielo, o Dios, por mejor
decir, que es nuestro mÈdico, le aplicar· medicinas que le sanen, las
cuales suelen sanar poco a poco y no de repente y por milagro; y m·s, que
los pecadores discretos est·n m·s cerca de enmendarse que los simples; y,
pues vuestra merced ha mostrado en sus razones su prudencia, no hay sino
tener buen ·nimo y esperar mejorÌa de la enfermedad de su conciencia; y si
vuestra merced quiere ahorrar camino y ponerse con facilidad en el de su
salvaciÛn, vÈngase conmigo, que yo le enseÒarÈ a ser caballero andante,
donde se pasan tantos trabajos y desventuras que, tom·ndolas por
penitencia, en dos paletas le pondr·n en el cielo.

RiÛse Roque del consejo de don Quijote, a quien, mudando pl·tica, contÛ el
tr·gico suceso de Claudia JerÛnima, de que le pesÛ en estremo a Sancho, que
no le habÌa parecido mal la belleza, desenvoltura y brÌo de la moza.

Llegaron, en esto, los escuderos de la presa, trayendo consigo dos
caballeros a caballo, y dos peregrinos a pie, y un coche de mujeres con
hasta seis criados, que a pie y a caballo las acompaÒaban, con otros dos
mozos de mulas que los caballeros traÌan. CogiÈronlos los escuderos en
medio, guardando vencidos y vencedores gran silencio, esperando a que el
gran Roque Guinart hablase, el cual preguntÛ a los caballeros que quiÈn
eran y adÛnde iban, y quÈ dinero llevaban. Uno dellos le respondiÛ:

-SeÒor, nosotros somos dos capitanes de infanterÌa espaÒola; tenemos
nuestras compaÒÌas en N·poles y vamos a embarcarnos en cuatro galeras, que
dicen est·n en Barcelona con orden de pasar a Sicilia; llevamos hasta
docientos o trecientos escudos, con que, a nuestro parecer, vamos ricos y
contentos, pues la estrecheza ordinaria de los soldados no permite mayores
tesoros.

PreguntÛ Roque a los peregrinos lo mesmo que a los capitanes; fuele
respondido que iban a embarcarse para pasar a Roma, y que entre entrambos
podÌan llevar hasta sesenta reales. Quiso saber tambiÈn quiÈn iba en el
coche, y adÛnde, y el dinero que llevaban; y uno de los de a caballo dijo:

-Mi seÒora doÒa Guiomar de QuiÒones, mujer del regente de la VicarÌa de
N·poles, con una hija pequeÒa, una doncella y una dueÒa, son las que van en
el coche; acompaÒ·mosla seis criados, y los dineros son seiscientos
escudos.

-De modo -dijo Roque Guinart-, que ya tenemos aquÌ novecientos escudos y
sesenta reales; mis soldados deben de ser hasta sesenta; mÌrese a cÛmo le
cabe a cada uno, porque yo soy mal contador.

Oyendo decir esto los salteadores, levantaron la voz, diciendo:

-°Viva Roque Guinart muchos aÒos, a pesar de los lladres que su perdiciÛn
procuran!

Mostraron afligirse los capitanes, entristeciÛse la seÒora regenta, y no se
holgaron nada los peregrinos, viendo la confiscaciÛn de sus bienes. T˙volos
asÌ un rato suspensos Roque, pero no quiso que pasase adelante su tristeza,
que ya se podÌa conocer a tiro de arcabuz, y, volviÈndose a los capitanes,
dijo:

-Vuesas mercedes, seÒores capitanes, por cortesÌa, sean servidos de
prestarme sesenta escudos, y la seÒora regenta ochenta, para contentar
esta escuadra que me acompaÒa, porque el abad, de lo que canta yanta, y
luego puÈdense ir su camino libre y desembarazadamente, con un salvoconduto
que yo les darÈ, para que, si toparen otras de algunas escuadras mÌas que
tengo divididas por estos contornos, no les hagan daÒo; que no es mi
intenciÛn de agraviar a soldados ni a mujer alguna, especialmente a las que
son principales.

Infinitas y bien dichas fueron las razones con que los capitanes
agradecieron a Roque su cortesÌa y liberalidad, que, por tal la tuvieron,
en dejarles su mismo dinero. La seÒora doÒa Guiomar de QuiÒones se quiso
arrojar del coche para besar los pies y las manos del gran Roque, pero Èl
no lo consintiÛ en ninguna manera; antes le pidiÛ perdÛn del agravio que le
hacÌa, forzado de cumplir con las obligaciones precisas de su mal oficio.
MandÛ la seÒora regenta a un criado suyo diese luego los ochenta escudos
que le habÌan repartido, y ya los capitanes habÌan desembolsado los
sesenta. Iban los peregrinos a dar toda su miseria, pero Roque les dijo que
se estuviesen quedos, y volviÈndose a los suyos, les dijo:

-Destos escudos dos tocan a cada uno, y sobran veinte: los diez se den a
estos peregrinos, y los otros diez a este buen escudero, porque pueda decir
bien de esta aventura.

Y, trayÈndole aderezo de escribir, de que siempre andaba proveÌdo, Roque
les dio por escrito un salvoconduto para los mayorales de sus escuadras, y,
despidiÈndose dellos, los dejÛ ir libres, y admirados de su nobleza, de su
gallarda disposiciÛn y estraÒo proceder, teniÈndole m·s por un Alejandro
Magno que por ladrÛn conocido. Uno de los escuderos dijo en su lengua
gascona y catalana:

-Este nuestro capit·n m·s es para frade que para bandolero: si de aquÌ
adelante quisiere mostrarse liberal sÈalo con su hacienda y no con la
nuestra.

No lo dijo tan paso el desventurado que dejase de oÌrlo Roque, el cual,
echando mano a la espada, le abriÛ la cabeza casi en dos partes,
diciÈndole:

-Desta manera castigo yo a los deslenguados y atrevidos.

Pasm·ronse todos, y ninguno le osÛ decir palabra: tanta era la obediencia
que le tenÌan.

ApartÛse Roque a una parte y escribiÛ una carta a un su amigo, a Barcelona,
d·ndole aviso como estaba consigo el famoso don Quijote de la Mancha, aquel
caballero andante de quien tantas cosas se decÌan; y que le hacÌa saber que
era el m·s gracioso y el m·s entendido hombre del mundo, y que de allÌ a
cuatro dÌas, que era el de San Juan Bautista, se le pondrÌa en mitad de la
playa de la ciudad, armado de todas sus armas, sobre Rocinante, su caballo,
y a su escudero Sancho sobre un asno, y que diese noticia desto a sus
amigos los Niarros, para que con Èl se solazasen; que Èl quisiera que
carecieran deste gusto los Cadells, sus contrarios, pero que esto era
imposible, a causa que las locuras y discreciones de don Quijote y los
donaires de su escudero Sancho Panza no podÌan dejar de dar gusto general a
todo el mundo. DespachÛ estas cartas con uno de sus escuderos, que, mudando
el traje de bandolero en el de un labrador, entrÛ en Barcelona y la dio a
quien iba.

CapÌtulo LXI. De lo que le sucediÛ a don Quijote en la entrada de
Barcelona, con otras cosas que tienen m·s de lo verdadero que de lo
discreto

Tres dÌas y tres noches estuvo don Quijote con Roque, y si estuviera
trecientos aÒos, no le faltara quÈ mirar y admirar en el modo de su vida:
aquÌ amanecÌan, acull· comÌan; unas veces huÌan, sin saber de quiÈn, y
otras esperaban, sin saber a quiÈn. DormÌan en pie, interrompiendo el
sueÒo, mud·ndose de un lugar a otro. Todo era poner espÌas, escuchar
centinelas, soplar las cuerdas de los arcabuces, aunque traÌan pocos,
porque todos se servÌan de pedreÒales. Roque pasaba las noches apartado de
los suyos, en partes y lugares donde ellos no pudiesen saber dÛnde estaba;
porque los muchos bandos que el visorrey de Barcelona habÌa echado sobre su
vida le traÌan inquieto y temeroso, y no se osaba fiar de ninguno, temiendo
que los mismos suyos, o le habÌan de matar, o entregar a la justicia: vida,
por cierto, miserable y enfadosa.

En fin, por caminos desusados, por atajos y sendas encubiertas, partieron
Roque, don Quijote y Sancho con otros seis escuderos a Barcelona. Llegaron
a su playa la vÌspera de San Juan en la noche, y, abrazando Roque a don
Quijote y a Sancho, a quien dio los diez escudos prometidos, que hasta
entonces no se los habÌa dado, los dejÛ, con mil ofrecimientos que de la
una a la otra parte se hicieron.

VolviÛse Roque; quedÛse don Quijote esperando el dÌa, asÌ, a caballo, como
estaba, y no tardÛ mucho cuando comenzÛ a descubrirse por los balcones del
Oriente la faz de la blanca aurora, alegrando las yerbas y las flores, en
lugar de alegrar el oÌdo; aunque al mesmo instante alegraron tambiÈn el
oÌdo el son de muchas chirimÌas y atabales, ruido de cascabeles, ''°trapa,
trapa, aparta, aparta!'' de corredores, que, al parecer, de la ciudad
salÌan. Dio lugar la aurora al sol, que, un rostro mayor que el de una
rodela, por el m·s bajo horizonte, poco a poco, se iba levantando.

Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar,
hasta entonces dellos no visto; pareciÛles espaciosÌsimo y largo, harto m·s
que las lagunas de Ruidera, que en la Mancha habÌan visto; vieron las
galeras que estaban en la playa, las cuales, abatiendo las tiendas, se
descubrieron llenas de fl·mulas y gallardetes, que tremolaban al viento y
besaban y barrÌan el agua; dentro sonaban clarines, trompetas y chirimÌas,
que cerca y lejos llenaban el aire de suaves y belicosos acentos.
Comenzaron a moverse y a hacer modo de escaramuza por las sosegadas aguas,
correspondiÈndoles casi al mismo modo infinitos caballeros que de la ciudad
sobre hermosos caballos y con vistosas libreas salÌan. Los soldados de las
galeras disparaban infinita artillerÌa, a quien respondÌan los que estaban
en las murallas y fuertes de la ciudad, y la artillerÌa gruesa con
espantoso estruendo rompÌa los vientos, a quien respondÌan los caÒones de
crujÌa de las galeras. El mar alegre, la tierra jocunda, el aire claro,
sÛlo tal vez turbio del humo de la artillerÌa, parece que iba infundiendo y
engendrando gusto s˙bito en todas las gentes.

No podÌa imaginar Sancho cÛmo pudiesen tener tantos pies aquellos bultos
que por el mar se movÌan. En esto, llegaron corriendo, con grita, lililÌes
y algazara, los de las libreas adonde don Quijote suspenso y atÛnito
estaba, y uno dellos, que era el avisado de Roque, dijo en alta voz a don
Quijote:

-Bien sea venido a nuestra ciudad el espejo, el farol, la estrella y el
norte de toda la caballerÌa andante, donde m·s largamente se contiene. Bien
sea venido, digo, el valeroso don Quijote de la Mancha: no el falso, no el
ficticio, no el apÛcrifo que en falsas historias estos dÌas nos han
mostrado, sino el verdadero, el legal y el fiel que nos describiÛ Cide
Hamete Benengeli, flor de los historiadores.

No respondiÛ don Quijote palabra, ni los caballeros esperaron a que la
respondiese, sino, volviÈndose y revolviÈndose con los dem·s que los
seguÌan, comenzaron a hacer un revuelto caracol al derredor de don Quijote;
el cual, volviÈndose a Sancho, dijo:

-…stos bien nos han conocido: yo apostarÈ que han leÌdo nuestra historia y
aun la del aragonÈs reciÈn impresa.

VolviÛ otra vez el caballero que hablÛ a don Quijote, y dÌjole:

-Vuesa merced, seÒor don Quijote, se venga con nosotros, que todos somos
sus servidores y grandes amigos de Roque Guinart.

A lo que don Quijote respondiÛ:

-Si cortesÌas engendran cortesÌas, la vuestra, seÒor caballero, es hija o
parienta muy cercana de las del gran Roque. Llevadme do quisiÈredes, que yo
no tendrÈ otra voluntad que la vuestra, y m·s si la querÈis ocupar en
vuestro servicio.

Con palabras no menos comedidas que Èstas le respondiÛ el caballero, y,
encerr·ndole todos en medio, al son de las chirimÌas y de los atabales, se
encaminaron con Èl a la ciudad, al entrar de la cual, el malo, que todo lo
malo ordena, y los muchachos, que son m·s malos que el malo, dos dellos
traviesos y atrevidos se entraron por toda la gente, y, alzando el uno de
la cola del rucio y el otro la de Rocinante, les pusieron y encajaron
sendos manojos de aliagas. Sintieron los pobres animales las nuevas
espuelas, y, apretando las colas, aumentaron su disgusto, de manera que,
dando mil corcovos, dieron con sus dueÒos en tierra. Don Quijote, corrido y
afrentado, acudiÛ a quitar el plumaje de la cola de su matalote, y Sancho,
el de su rucio. Quisieran los que guiaban a don Quijote castigar el
atrevimiento de los muchachos, y no fue posible, porque se encerraron entre
m·s de otros mil que los seguÌan.

Volvieron a subir don Quijote y Sancho; con el mismo aplauso y m˙sica
llegaron a la casa de su guÌa, que era grande y principal, en fin, como de
caballero rico; donde le dejaremos por agora, porque asÌ lo quiere Cide
Hamete.

CapÌtulo LXII. Que trata de la aventura de la cabeza encantada, con otras
niÒerÌas que no pueden dejar de contarse

Don Antonio Moreno se llamaba el huÈsped de don Quijote, caballero rico y
discreto, y amigo de holgarse a lo honesto y afable, el cual, viendo en su
casa a don Quijote, andaba buscando modos como, sin su perjuicio, sacase a
plaza sus locuras; porque no son burlas las que duelen, ni hay pasatiempos
que valgan si son con daÒo de tercero. Lo primero que hizo fue hacer
desarmar a don Quijote y sacarle a vistas con aquel su estrecho y acamuzado
vestido -como ya otras veces le hemos descrito y pintado- a un balcÛn que
salÌa a una calle de las m·s principales de la ciudad, a vista de las
gentes y de los muchachos, que como a mona le miraban. Corrieron de nuevo
delante dÈl los de las libreas, como si para Èl solo, no para alegrar aquel
festivo dÌa, se las hubieran puesto; y Sancho estaba contentÌsimo, por
parecerle que se habÌa hallado, sin saber cÛmo ni cÛmo no, otras bodas de
Camacho, otra casa como la de don Diego de Miranda y otro castillo como el
del duque.

Comieron aquel dÌa con don Antonio algunos de sus amigos, honrando todos y
tratando a don Quijote como a caballero andante, de lo cual, hueco y
pomposo, no cabÌa en sÌ de contento. Los donaires de Sancho fueron tantos,
que de su boca andaban como colgados todos los criados de casa y todos
cuantos le oÌan. Estando a la mesa, dijo don Antonio a Sancho:

-Ac· tenemos noticia, buen Sancho, que sois tan amigo de manjar blanco y de
albondiguillas, que, si os sobran, las guard·is en el seno para el otro
dÌa.

-No, seÒor, no es asÌ -respondiÛ Sancho-, porque tengo m·s de limpio que de
goloso, y mi seÒor don Quijote, que est· delante, sabe bien que con un puÒo
de bellotas, o de nueces, nos solemos pasar entrambos ocho dÌas. Verdad es
que si tal vez me sucede que me den la vaquilla, corro con la soguilla;
quiero decir que como lo que me dan, y uso de los tiempos como los hallo; y
quienquiera que hubiere dicho que yo soy comedor aventajado y no limpio,
tÈngase por dicho que no acierta; y de otra manera dijera esto si no mirara
a las barbas honradas que est·n a la mesa.

-Por cierto -dijo don Quijote-, que la parsimonia y limpieza con que Sancho
come se puede escribir y grabar en l·minas de bronce, para que quede en
memoria eterna de los siglos venideros. Verdad es que, cuando Èl tiene
hambre, parece algo tragÛn, porque come apriesa y masca a dos carrillos;
pero la limpieza siempre la tiene en su punto, y en el tiempo que fue
gobernador aprendiÛ a comer a lo melindroso: tanto, que comÌa con tenedor
las uvas y aun los granos de la granada.

-°CÛmo! -dijo don Antonio-. øGobernador ha sido Sancho?

-SÌ -respondiÛ Sancho-, y de una Ìnsula llamada la Barataria. Diez dÌas la
gobernÈ a pedir de boca; en ellos perdÌ el sosiego, y aprendÌ a despreciar
todos los gobiernos del mundo; salÌ huyendo della, caÌ en una cueva, donde
me tuve por muerto, de la cual salÌ vivo por milagro.

ContÛ don Quijote por menudo todo el suceso del gobierno de Sancho, con que
dio gran gusto a los oyentes.

Levantados los manteles, y tomando don Antonio por la mano a don Quijote,
se entrÛ con Èl en un apartado aposento, en el cual no habÌa otra cosa de
adorno que una mesa, al parecer de jaspe, que sobre un pie de lo mesmo se
sostenÌa, sobre la cual estaba puesta, al modo de las cabezas de los
emperadores romanos, de los pechos arriba, una que semejaba ser de bronce.
PaseÛse don Antonio con don Quijote por todo el aposento, rodeando muchas
veces la mesa, despuÈs de lo cual dijo:

-Agora, seÒor don Quijote, que estoy enterado que no nos oye y escucha
alguno, y est· cerrada la puerta, quiero contar a vuestra merced una de las
m·s raras aventuras, o, por mejor decir, novedades que imaginarse pueden,
con condiciÛn que lo que a vuestra merced dijere lo ha de depositar en los
˙ltimos retretes del secreto.

-AsÌ lo juro -respondiÛ don Quijote-, y aun le echarÈ una losa encima, para
m·s seguridad; porque quiero que sepa vuestra merced, seÒor don Antonio
-que ya sabÌa su nombre-, que est· hablando con quien, aunque tiene oÌdos
para oÌr, no tiene lengua para hablar; asÌ que, con seguridad puede vuestra
merced trasladar lo que tiene en su pecho en el mÌo y hacer cuenta que lo
ha arrojado en los abismos del silencio.

-En fee de esa promesa -respondiÛ don Antonio-, quiero poner a vuestra
merced en admiraciÛn con lo que viere y oyere, y darme a mÌ alg˙n alivio de
la pena que me causa no tener con quien comunicar mis secretos, que no son
para fiarse de todos.

Suspenso estaba don Quijote, esperando en quÈ habÌan de parar tantas
prevenciones. En esto, tom·ndole la mano don Antonio, se la paseÛ por la
cabeza de bronce y por toda la mesa, y por el pie de jaspe sobre que se
sostenÌa, y luego dijo:

-Esta cabeza, seÒor don Quijote, ha sido hecha y fabricada por uno de los
mayores encantadores y hechiceros que ha tenido el mundo, que creo era
polaco de naciÛn y dicÌpulo del famoso Escotillo, de quien tantas
maravillas se cuentan; el cual estuvo aquÌ en mi casa, y por precio de mil
escudos que le di, labrÛ esta cabeza, que tiene propiedad y virtud de
responder a cuantas cosas al oÌdo le preguntaren. GuardÛ rumbos, pintÛ
car·cteres, observÛ astros, mirÛ puntos, y, finalmente, la sacÛ con la
perfeciÛn que veremos maÒana, porque los viernes est· muda, y hoy, que lo
es, nos ha de hacer esperar hasta maÒana. En este tiempo podr· vuestra
merced prevenirse de lo que querr· preguntar, que por esperiencia sÈ que
dice verdad en cuanto responde.

Admirado quedÛ don Quijote de la virtud y propiedad de la cabeza, y estuvo
por no creer a don Antonio; pero, por ver cu·n poco tiempo habÌa para hacer
la experiencia, no quiso decirle otra cosa sino que le agradecÌa el haberle
descubierto tan gran secreto. Salieron del aposento, cerrÛ la puerta don
Antonio con llave, y fuÈronse a la sala, donde los dem·s caballeros
estaban. En este tiempo les habÌa contado Sancho muchas de las aventuras y
sucesos que a su amo habÌan acontecido.

Aquella tarde sacaron a pasear a don Quijote, no armado, sino de r˙a,
vestido un balandr·n de paÒo leonado, que pudiera hacer sudar en aquel
tiempo al mismo yelo. Ordenaron con sus criados que entretuviesen a Sancho
de modo que no le dejasen salir de casa. Iba don Quijote, no sobre
Rocinante, sino sobre un gran macho de paso llano, y muy bien aderezado.
PusiÈronle el balandr·n, y en las espaldas, sin que lo viese, le cosieron
un pargamino, donde le escribieron con letras grandes: …ste es don Quijote
de la Mancha. En comenzando el paseo, llevaba el rÈtulo los ojos de cuantos
venÌan a verle, y como leÌan: …ste es don Quijote de la Mancha, admir·base
don Quijote de ver que cuantos le miraban le nombraban y conocÌan; y,
volviÈndose a don Antonio, que iba a su lado, le dijo:

-Grande es la prerrogativa que encierra en sÌ la andante caballerÌa, pues
hace conocido y famoso al que la profesa por todos los tÈrminos de la
tierra; si no, mire vuestra merced, seÒor don Antonio, que hasta los
muchachos desta ciudad, sin nunca haberme visto, me conocen.

-AsÌ es, seÒor don Quijote -respondiÛ don Antonio-, que, asÌ como el fuego
no puede estar escondido y encerrado, la virtud no puede dejar de ser
conocida, y la que se alcanza por la profesiÛn de las armas resplandece y
campea sobre todas las otras.

AcaeciÛ, pues, que, yendo don Quijote con el aplauso que se ha dicho, un
castellano que leyÛ el rÈtulo de las espaldas, alzÛ la voz, diciendo:

-°V·lgate el diablo por don Quijote de la Mancha! øCÛmo que hasta aquÌ has
llegado, sin haberte muerto los infinitos palos que tienes a cuestas? Tu
eres loco, y si lo fueras a solas y dentro de las puertas de tu locura,
fuera menos mal; pero tienes propiedad de volver locos y mentecatos a
cuantos te tratan y comunican; si no, mÌrenlo por estos seÒores que te
acompaÒan. VuÈlvete, mentecato, a tu casa, y mira por tu hacienda, por tu
mujer y tus hijos, y dÈjate destas vaciedades que te carcomen el seso y te
desnatan el entendimiento.

-Hermano -dijo don Antonio-, seguid vuestro camino, y no deis consejos a
quien no os los pide. El seÒor don Quijote de la Mancha es muy cuerdo, y
nosotros, que le acompaÒamos, no somos necios; la virtud se ha de honrar
dondequiera que se hallare, y andad en hora mala, y no os met·is donde no
os llaman.

-Pardiez, vuesa merced tiene razÛn -respondiÛ el castellano-, que aconsejar
a este buen hombre es dar coces contra el aguijÛn; pero, con todo eso, me
da muy gran l·stima que el buen ingenio que dicen que tiene en todas las
cosas este mentecato se le desag¸e por la canal de su andante caballerÌa; y
la enhoramala que vuesa merced dijo, sea para mÌ y para todos mis
descendientes si de hoy m·s, aunque viviese m·s aÒos que MatusalÈn, diere
consejo a nadie, aunque me lo pida.

ApartÛse el consejero; siguiÛ adelante el paseo; pero fue tanta la priesa
que los muchachos y toda la gente tenÌa leyendo el rÈtulo, que se le hubo
de quitar don Antonio, como que le quitaba otra cosa.

LlegÛ la noche, volviÈronse a casa; hubo sarao de damas, porque la mujer de
don Antonio, que era una seÒora principal y alegre, hermosa y discreta,
convidÛ a otras sus amigas a que viniesen a honrar a su huÈsped y a gustar
de sus nunca vistas locuras. Vinieron algunas, cenÛse esplÈndidamente y
comenzÛse el sarao casi a las diez de la noche. Entre las damas habÌa dos
de gusto pÌcaro y burlonas, y, con ser muy honestas, eran algo
descompuestas, por dar lugar que las burlas alegrasen sin enfado. …stas
dieron tanta priesa en sacar a danzar a don Quijote, que le molieron, no
sÛlo el cuerpo, pero el ·nima. Era cosa de ver la figura de don Quijote,
largo, tendido, flaco, amarillo, estrecho en el vestido, desairado, y,
sobre todo, no nada ligero. Requebr·banle como a hurto las damiselas, y Èl,
tambiÈn como a hurto, las desdeÒaba; pero, viÈndose apretar de requiebros,
alzÛ la voz y dijo:

-Fugite, partes adversae!: dejadme en mi sosiego, pensamientos mal venidos.
All· os avenid, seÒoras, con vuestros deseos, que la que es reina de los
mÌos, la sin par Dulcinea del Toboso, no consiente que ningunos otros que
los suyos me avasallen y rindan.

Y, diciendo esto, se sentÛ en mitad de la sala, en el suelo, molido y
quebrantado de tan bailador ejercicio. Hizo don Antonio que le llevasen en
peso a su lecho, y el primero que asiÛ dÈl fue Sancho, diciÈndole:

-°Nora en tal, seÒor nuestro amo, lo habÈis bailado! øPens·is que todos los
valientes son danzadores y todos los andantes caballeros bailarines? Digo
que si lo pens·is, que est·is engaÒado; hombre hay que se atrever· a matar
a un gigante antes que hacer una cabriola. Si hubiÈrades de zapatear, yo
supliera vuestra falta, que zapateo como un girifalte; pero en lo del
danzar, no doy puntada.

Con estas y otras razones dio que reÌr Sancho a los del sarao, y dio con su
amo en la cama, arrop·ndole para que sudase la frialdad de su baile.

Otro dÌa le pareciÛ a don Antonio ser bien hacer la experiencia de la
cabeza encantada, y con don Quijote, Sancho y otros dos amigos, con las dos
seÒoras que habÌan molido a don Quijote en el baile, que aquella propia
noche se habÌan quedado con la mujer de don Antonio, se encerrÛ en la
estancia donde estaba la cabeza. ContÛles la propiedad que tenÌa,
encargÛles el secreto y dÌjoles que aquÈl era el primero dÌa donde se habÌa
de probar la virtud de la tal cabeza encantada; y si no eran los dos amigos
de don Antonio, ninguna otra persona sabÌa el busilis del encanto, y aun si
don Antonio no se le hubiera descubierto primero a sus amigos, tambiÈn
ellos cayeran en la admiraciÛn en que los dem·s cayeron, sin ser posible
otra cosa: con tal traza y tal orden estaba fabricada.

El primero que se llegÛ al oÌdo de la cabeza fue el mismo don Antonio, y
dÌjole en voz sumisa, pero no tanto que de todos no fuese entendida:

-Dime, cabeza, por la virtud que en ti se encierra: øquÈ pensamientos tengo
yo agora?

Y la cabeza le respondiÛ, sin mover los labios, con voz clara y distinta,
de modo que fue de todos entendida, esta razÛn:

-Yo no juzgo de pensamientos.

Oyendo lo cual, todos quedaron atÛnitos, y m·s viendo que en todo el
aposento ni al derredor de la mesa no habÌa persona humana que responder
pudiese.

-øCu·ntos estamos aquÌ? -tornÛ a preguntar don Antonio.

Y fuele respondido por el propio tenor, paso:

-Est·is t˙ y tu mujer, con dos amigos tuyos, y dos amigas della, y un
caballero famoso llamado don Quijote de la Mancha, y un su escudero que
Sancho Panza tiene por nombre.

°AquÌ sÌ que fue el admirarse de nuevo, aquÌ sÌ que fue el erizarse los
cabellos a todos de puro espanto! Y, apart·ndose don Antonio de la cabeza,
dijo:

-Esto me basta para darme a entender que no fui engaÒado del que te me
vendiÛ, °cabeza sabia, cabeza habladora, cabeza respondona y admirable
cabeza! Llegue otro y preg˙ntele lo que quisiere.

Y, como las mujeres de ordinario son presurosas y amigas de saber, la
primera que se llegÛ fue una de las dos amigas de la mujer de don Antonio,
y lo que le preguntÛ fue:

-Dime, cabeza, øquÈ harÈ yo para ser muy hermosa?

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