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Don Quijote by Miguel de Cervantes [Saavedra] [in Spanish]

Part 16 out of 19

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mucha razÛn en cuanto ha dicho, y que yo ofrezco en nombre de todos los
insulanos desta Ìnsula que han de servir a vuestra merced con toda
puntualidad, amor y benevolencia, porque el suave modo de gobernar que en
estos principios vuesa merced ha dado no les da lugar de hacer ni de pensar
cosa que en deservicio de vuesa merced redunde.

-Yo lo creo -respondiÛ Sancho-, y serÌan ellos unos necios si otra cosa
hiciesen o pensasen. Y vuelvo a decir que se tenga cuenta con mi sustento y
con el de mi rucio, que es lo que en este negocio importa y hace m·s al
caso; y, en siendo hora, vamos a rondar, que es mi intenciÛn limpiar esta
Ìnsula de todo gÈnero de inmundicia y de gente vagamunda, holgazanes, y mal
entretenida; porque quiero que sep·is, amigos, que la gente baldÌa y
perezosa es en la rep˙blica lo mesmo que los z·nganos en las colmenas, que
se comen la miel que las trabajadoras abejas hacen. Pienso favorecer a los
labradores, guardar sus preeminencias a los hidalgos, premiar los virtuosos
y, sobre todo, tener respeto a la religiÛn y a la honra de los religiosos.
øQuÈ os parece desto, amigos? øDigo algo, o quiÈbrome la cabeza?

-Dice tanto vuesa merced, seÒor gobernador -dijo el mayordomo-, que estoy
admirado de ver que un hombre tan sin letras como vuesa merced, que, a lo
que creo, no tiene ninguna, diga tales y tantas cosas llenas de sentencias
y de avisos, tan fuera de todo aquello que del ingenio de vuesa merced
esperaban los que nos enviaron y los que aquÌ venimos. Cada dÌa se veen
cosas nuevas en el mundo: las burlas se vuelven en veras y los burladores
se hallan burlados.

LlegÛ la noche, y cenÛ el gobernador, con licencia del seÒor doctor Recio.
Aderez·ronse de ronda; saliÛ con el mayordomo, secretario y maestresala, y
el coronista que tenÌa cuidado de poner en memoria sus hechos, y alguaciles
y escribanos, tantos que podÌan formar un mediano escuadrÛn. Iba Sancho en
medio, con su vara, que no habÌa m·s que ver, y pocas calles andadas del
lugar, sintieron ruido de cuchilladas; acudieron all·, y hallaron que eran
dos solos hombres los que reÒÌan, los cuales, viendo venir a la justicia,
se estuvieron quedos; y el uno dellos dijo:

-°AquÌ de Dios y del rey! øCÛmo y que se ha de sufrir que roben en poblado
en este pueblo, y que salga a saltear en Èl en la mitad de las calles?

-Sosegaos, hombre de bien -dijo Sancho-, y contadme quÈ es la causa desta
pendencia, que yo soy el gobernador.

El otro contrario dijo:

-SeÒor gobernador, yo la dirÈ con toda brevedad. Vuestra merced sabr· que
este gentilhombre acaba de ganar ahora en esta casa de juego que est· aquÌ
frontero m·s de mil reales, y sabe Dios cÛmo; y, hall·ndome yo presente,
juzguÈ m·s de una suerte dudosa en su favor, contra todo aquello que me
dictaba la conciencia; alzÛse con la ganancia, y, cuando esperaba que me
habÌa de dar alg˙n escudo, por lo menos, de barato, como es uso y costumbre
darle a los hombres principales como yo, que estamos asistentes para bien y
mal pasar, y para apoyar sinrazones y evitar pendencias, Èl embolsÛ su
dinero y se saliÛ de la casa. Yo vine despechado tras Èl, y con buenas y
corteses palabras le he pedido que me diese siquiera ocho reales, pues sabe
que yo soy hombre honrado y que no tengo oficio ni beneficio, porque mis
padres no me le enseÒaron ni me le dejaron, y el socarrÛn, que no es m·s
ladrÛn que Caco, ni m·s fullero que Andradilla, no querÌa darme m·s de
cuatro reales; °porque vea vuestra merced, seÒor gobernador, quÈ poca
verg¸enza y quÈ poca conciencia! Pero a fee que, si vuesa merced no
llegara, que yo le hiciera vomitar la ganancia, y que habÌa de saber con
cu·ntas entraba la romana.

-øQuÈ decÌs vos a esto? -preguntÛ Sancho.

Y el otro respondiÛ que era verdad cuanto su contrario decÌa, y no habÌa
querido darle m·s de cuatro reales porque se los daba muchas veces; y los
que esperan barato han de ser comedidos y tomar con rostro alegre lo que
les dieren, sin ponerse en cuentas con los gananciosos, si ya no supiesen
de cierto que son fulleros y que lo que ganan es mal ganado; y que, para
seÒal que Èl era hombre de bien y no ladrÛn, como decÌa, ninguna habÌa
mayor que el no haberle querido dar nada; que siempre los fulleros son
tributarios de los mirones que los conocen.

-AsÌ es -dijo el mayordomo-. Vea vuestra merced, seÒor gobernador, quÈ es
lo que se ha de hacer destos hombres.

-Lo que se ha de hacer es esto -respondiÛ Sancho-: vos, ganancioso, bueno,
o malo, o indiferente, dad luego a este vuestro acuchillador cien reales, y
m·s, habÈis de desembolsar treinta para los pobres de la c·rcel; y vos, que
no tenÈis oficio ni beneficio y and·is de nones en esta Ìnsula, tomad luego
esos cien reales, y maÒana en todo el dÌa salid desta Ìnsula desterrado por
diez aÒos, so pena, si lo quebrant·redes, los cumpl·is en la otra vida,
colg·ndoos yo de una picota, o, a lo menos, el verdugo por mi mandado; y
ninguno me replique, que le asentarÈ la mano.

DesembolsÛ el uno, recibiÛ el otro, Èste se saliÛ de la Ìnsula, y aquÈl se
fue a su casa, y el gobernador quedÛ diciendo:

-Ahora, yo podrÈ poco, o quitarÈ estas casas de juego, que a mÌ se me
trasluce que son muy perjudiciales.

-…sta, a lo menos -dijo un escribano-, no la podr· vuesa merced quitar,
porque la tiene un gran personaje, y m·s es sin comparaciÛn lo que Èl
pierde al aÒo que lo que saca de los naipes. Contra otros garitos de menor
cantÌa podr· vuestra merced mostrar su poder, que son los que m·s daÒo
hacen y m·s insolencias encubren; que en las casas de los caballeros
principales y de los seÒores no se atreven los famosos fulleros a usar de
sus tretas; y, pues el vicio del juego se ha vuelto en ejercicio com˙n,
mejor es que se juegue en casas principales que no en la de alg˙n oficial,
donde cogen a un desdichado de media noche abajo y le desuellan vivo.

-Agora, escribano -dijo Sancho-, yo sÈ que hay mucho que decir en eso.

Y, en esto, llegÛ un corchete que traÌa asido a un mozo, y dijo:

-SeÒor gobernador, este mancebo venÌa hacia nosotros, y, asÌ como columbrÛ
la justicia, volviÛ las espaldas y comenzÛ a correr como un gamo, seÒal que
debe de ser alg˙n delincuente. Yo partÌ tras Èl, y, si no fuera porque
tropezÛ y cayÛ, no le alcanzara jam·s.

-øPor quÈ huÌas, hombre? -preguntÛ Sancho.

A lo que el mozo respondiÛ:

-SeÒor, por escusar de responder a las muchas preguntas que las justicias
hacen.

-øQuÈ oficio tienes?

-Tejedor.

-øY quÈ tejes?

-Hierros de lanzas, con licencia buena de vuestra merced.

-øGraciosico me sois? øDe chocarrero os pic·is? °Est· bien! Y øadÛnde
Ìbades ahora?

-SeÒor, a tomar el aire.

-Y øadÛnde se toma el aire en esta Ìnsula?

-Adonde sopla.

-°Bueno: respondÈis muy a propÛsito! Discreto sois, mancebo; pero haced
cuenta que yo soy el aire, y que os soplo en popa, y os encamino a la
c·rcel. °Asilde, hola, y llevadle, que yo harÈ que duerma allÌ sin aire
esta noche!

-°Par Dios -dijo el mozo-, asÌ me haga vuestra merced dormir en la c·rcel
como hacerme rey!

-Pues, øpor quÈ no te harÈ yo dormir en la c·rcel? -respondiÛ Sancho-. øNo
tengo yo poder para prenderte y soltarte cada y cuando que quisiere?

-Por m·s poder que vuestra merced tenga -dijo el mozo-, no ser· bastante
para hacerme dormir en la c·rcel.

-øCÛmo que no? -replicÛ Sancho-. Llevalde luego donde ver· por sus ojos el
desengaÒo, aunque m·s el alcaide quiera usar con Èl de su interesal
liberalidad; que yo le pondrÈ pena de dos mil ducados si te deja salir un
paso de la c·rcel.

-Todo eso es cosa de risa -respondiÛ el mozo-. El caso es que no me har·n
dormir en la c·rcel cuantos hoy viven.

-Dime, demonio -dijo Sancho-, øtienes alg˙n ·ngel que te saque y que te
quite los grillos que te pienso mandar echar?

-Ahora, seÒor gobernador -respondiÛ el mozo con muy buen donaire-, estemos
a razÛn y vengamos al punto. Prosuponga vuestra merced que me manda llevar
a la c·rcel, y que en ella me echan grillos y cadenas, y que me meten en un
calabozo, y se le ponen al alcaide graves penas si me deja salir, y que Èl
lo cumple como se le manda; con todo esto, si yo no quiero dormir, y
estarme despierto toda la noche, sin pegar pestaÒa, øser· vuestra merced
bastante con todo su poder para hacerme dormir, si yo no quiero?

-No, por cierto -dijo el secretario-, y el hombre ha salido con su
intenciÛn.

-De modo -dijo Sancho- que no dejarÈis de dormir por otra cosa que por
vuestra voluntad, y no por contravenir a la mÌa.

-No, seÒor -dijo el mozo-, ni por pienso.

-Pues andad con Dios -dijo Sancho-; idos a dormir a vuestra casa, y Dios os
dÈ buen sueÒo, que yo no quiero quit·rosle; pero aconsÈjoos que de aquÌ
adelante no os burlÈis con la justicia, porque toparÈis con alguna que os
dÈ con la burla en los cascos.

Fuese el mozo, y el gobernador prosiguiÛ con su ronda, y de allÌ a poco
vinieron dos corchetes que traÌan a un hombre asido, y dijeron:

-SeÒor gobernador, este que parece hombre no lo es, sino mujer, y no fea,
que viene vestida en h·bito de hombre.

Lleg·ronle a los ojos dos o tres lanternas, a cuyas luces descubrieron un
rostro de una mujer, al parecer, de diez y seis o pocos m·s aÒos, recogidos
los cabellos con una redecilla de oro y seda verde, hermosa como mil
perlas. Mir·ronla de arriba abajo, y vieron que venÌa con unas medias de
seda encarnada, con ligas de tafet·n blanco y rapacejos de oro y aljÛfar;
los greguescos eran verdes, de tela de oro, y una saltaembarca o ropilla de
lo mesmo, suelta, debajo de la cual traÌa un jubÛn de tela finÌsima de oro
y blanco, y los zapatos eran blancos y de hombre. No traÌa espada ceÒida,
sino una riquÌsima daga, y en los dedos, muchos y muy buenos anillos.
Finalmente, la moza parecÌa bien a todos, y ninguno la conociÛ de cuantos
la vieron, y los naturales del lugar dijeron que no podÌan pensar quiÈn
fuese, y los consabidores de las burlas que se habÌan de hacer a Sancho
fueron los que m·s se admiraron, porque aquel suceso y hallazgo no venÌa
ordenado por ellos; y asÌ, estaban dudosos, esperando en quÈ pararÌa el
caso.

Sancho quedÛ pasmado de la hermosura de la moza, y preguntÛle quiÈn era,
adÛnde iba y quÈ ocasiÛn le habÌa movido para vestirse en aquel h·bito.
Ella, puestos los ojos en tierra con honestÌsima verg¸enza, respondiÛ:

-No puedo, seÒor, decir tan en p˙blico lo que tanto me importaba fuera
secreto; una cosa quiero que se entienda: que no soy ladrÛn ni persona
facinorosa, sino una doncella desdichada a quien la fuerza de unos celos ha
hecho romper el decoro que a la honestidad se debe.

Oyendo esto el mayordomo, dijo a Sancho:

-Haga, seÒor gobernador, apartar la gente, porque esta seÒora con menos
empacho pueda decir lo que quisiere.

MandÛlo asÌ el gobernador; apart·ronse todos, si no fueron el mayordomo,
maestresala y el secretario. ViÈndose, pues, solos, la doncella prosiguiÛ
diciendo:

-´Yo, seÒores, soy hija de Pedro PÈrez Mazorca, arrendador de las lanas
deste lugar, el cual suele muchas veces ir en casa de mi padre.ª

-Eso no lleva camino -dijo el mayordomo-, seÒora, porque yo conozco muy
bien a Pedro PÈrez y sÈ que no tiene hijo ninguno, ni varÛn ni hembra; y
m·s, que decÌs que es vuestro padre, y luego aÒadÌs que suele ir muchas
veces en casa de vuestro padre.

-Ya yo habÌa dado en ello -dijo Sancho.

-Ahora, seÒores, yo estoy turbada, y no sÈ lo que me digo -respondiÛ la
doncella-; pero la verdad es que yo soy hija de Diego de la Llana, que
todos vuesas mercedes deben de conocer.

-A˙n eso lleva camino -respondiÛ el mayordomo-, que yo conozco a Diego de
la Llana, y sÈ que es un hidalgo principal y rico, y que tiene un hijo y
una hija, y que despuÈs que enviudÛ no ha habido nadie en todo este lugar
que pueda decir que ha visto el rostro de su hija; que la tiene tan
encerrada que no da lugar al sol que la vea; y, con todo esto, la fama dice
que es en estremo hermosa.

-AsÌ es la verdad -respondiÛ la doncella-, y esa hija soy yo; si la fama
miente o no en mi hermosura ya os habrÈis, seÒores, desengaÒado, pues me
habÈis visto.

Y, en esto, comenzÛ a llorar tiernamente; viendo lo cual el secretario, se
llegÛ al oÌdo del maestresala y le dijo muy paso:

-Sin duda alguna que a esta pobre doncella le debe de haber sucedido algo
de importancia, pues en tal traje, y a tales horas, y siendo tan principal,
anda fuera de su casa.

-No hay dudar en eso -respondiÛ el maestresala-; y m·s, que esa sospecha la
confirman sus l·grimas.

Sancho la consolÛ con las mejores razones que Èl supo, y le pidiÛ que sin
temor alguno les dijese lo que le habÌa sucedido; que todos procurarÌan
remediarlo con muchas veras y por todas las vÌas posibles.

-´Es el caso, seÒores -respondiÛ ella-, que mi padre me ha tenido encerrada
diez aÒos ha, que son los mismos que a mi madre come la tierra. En casa
dicen misa en un rico oratorio, y yo en todo este tiempo no he visto que el
sol del cielo de dÌa, y la luna y las estrellas de noche, ni sÈ quÈ son
calles, plazas, ni templos, ni aun hombres, fuera de mi padre y de un
hermano mÌo, y de Pedro PÈrez el arrendador, que, por entrar de ordinario
en mi casa, se me antojÛ decir que era mi padre, por no declarar el mÌo.
Este encerramiento y este negarme el salir de casa, siquiera a la iglesia,
ha muchos dÌas y meses que me trae muy desconsolada; quisiera yo ver el
mundo, o, a lo menos, el pueblo donde nacÌ, pareciÈndome que este deseo no
iba contra el buen decoro que las doncellas principales deben guardar a sÌ
mesmas. Cuando oÌa decir que corrÌan toros y jugaban caÒas, y se
representaban comedias, preguntaba a mi hermano, que es un aÒo menor que
yo, que me dijese quÈ cosas eran aquÈllas y otras muchas que yo no he
visto; Èl me lo declaraba por los mejores modos que sabÌa, pero todo era
encenderme m·s el deseo de verlo. Finalmente, por abreviar el cuento de mi
perdiciÛn, digo que yo roguÈ y pedÌ a mi hermano, que nunca tal pidiera ni
tal rogara...ª

Y tornÛ a renovar el llanto. El mayordomo le dijo:

-Prosiga vuestra merced, seÒora, y acabe de decirnos lo que le ha sucedido,
que nos tienen a todos suspensos sus palabras y sus l·grimas.

-Pocas me quedan por decir -respondiÛ la doncella-, aunque muchas l·grimas
sÌ que llorar, porque los mal colocados deseos no pueden traer consigo
otros descuentos que los semejantes.

HabÌase sentado en el alma del maestresala la belleza de la doncella, y
llegÛ otra vez su lanterna para verla de nuevo; y pareciÛle que no eran
l·grimas las que lloraba, sino aljÛfar o rocÌo de los prados, y aun las
subÌa de punto y las llegaba a perlas orientales, y estaba deseando que su
desgracia no fuese tanta como daban a entender los indicios de su llanto y
de sus suspiros. Desesper·base el gobernador de la tardanza que tenÌa la
moza en dilatar su historia, y dÌjole que acabase de tenerlos m·s
suspensos, que era tarde y faltaba mucho que andar del pueblo. Ella, entre
interrotos sollozos y mal formados suspiros, dijo:

-´No es otra mi desgracia, ni mi infortunio es otro sino que yo roguÈ a mi
hermano que me vistiese en h·bitos de hombre con uno de sus vestidos y que
me sacase una noche a ver todo el pueblo, cuando nuestro padre durmiese;
Èl, importunado de mis ruegos, condecendiÛ con mi deseo, y, poniÈndome este
vestido y Èl vestiÈndose de otro mÌo, que le est· como nacido, porque Èl no
tiene pelo de barba y no parece sino una doncella hermosÌsima, esta noche,
debe de haber una hora, poco m·s o menos, nos salimos de casa; y, guiados
de nuestro mozo y desbaratado discurso, hemos rodeado todo el pueblo, y
cuando querÌamos volver a casa, vimos venir un gran tropel de gente, y mi
hermano me dijo: ''Hermana, Èsta debe de ser la ronda: aligera los pies y
pon alas en ellos, y vente tras mÌ corriendo, porque no nos conozcan, que
nos ser· mal contado''. Y, diciendo esto, volviÛ las espaldas y comenzÛ, no
digo a correr, sino a volar; yo, a menos de seis pasos, caÌ, con el
sobresalto, y entonces llegÛ el ministro de la justicia que me trujo ante
vuestras mercedes, adonde, por mala y antojadiza, me veo avergonzada ante
tanta gente.ª

-øEn efecto, seÒora -dijo Sancho-, no os ha sucedido otro desm·n alguno, ni
celos, como vos al principio de vuestro cuento dijistes, no os sacaron de
vuestra casa?

-No me ha sucedido nada, ni me sacaron celos, sino sÛlo el deseo de ver
mundo, que no se estendÌa a m·s que a ver las calles de este lugar.

Y acabÛ de confirmar ser verdad lo que la doncella decÌa llegar los
corchetes con su hermano preso, a quien alcanzÛ uno dellos cuando se huyÛ
de su hermana. No traÌa sino un faldellÌn rico y una mantellina de damasco
azul con pasamanos de oro fino, la cabeza sin toca ni con otra cosa
adornada que con sus mesmos cabellos, que eran sortijas de oro, seg˙n eran
rubios y enrizados. Apart·ronse con el gobernador, mayordomo y maestresala,
y, sin que lo oyese su hermana, le preguntaron cÛmo venÌa en aquel traje, y
Èl, con no menos verg¸enza y empacho, contÛ lo mesmo que su hermana habÌa
contado, de que recibiÛ gran gusto el enamorado maestresala. Pero el
gobernador les dijo:

-Por cierto, seÒores, que Èsta ha sido una gran rapacerÌa, y para contar
esta necedad y atrevimiento no eran menester tantas largas, ni tantas
l·grimas y suspiros; que con decir: ''Somos fulano y fulana, que nos
salimos a espaciar de casa de nuestros padres con esta invenciÛn, sÛlo por
curiosidad, sin otro designio alguno'', se acabara el cuento, y no
gemidicos, y lloramicos, y darle.

-AsÌ es la verdad -respondiÛ la doncella-, pero sepan vuesas mercedes que
la turbaciÛn que he tenido ha sido tanta, que no me ha dejado guardar el
tÈrmino que debÌa.

-No se ha perdido nada -respondiÛ Sancho-. Vamos, y dejaremos a vuesas
mercedes en casa de su padre; quiz· no los habr· echado menos. Y, de aquÌ
adelante, no se muestren tan niÒos, ni tan deseosos de ver mundo, que la
doncella honrada, la pierna quebrada, y en casa; y la mujer y la gallina,
por andar se pierden aÌna; y la que es deseosa de ver, tambiÈn tiene deseo
de ser vista. No digo m·s.

El mancebo agradeciÛ al gobernador la merced que querÌa hacerles de
volverlos a su casa, y asÌ, se encaminaron hacia ella, que no estaba muy
lejos de allÌ. Llegaron, pues, y, tirando el hermano una china a una reja,
al momento bajÛ una criada, que los estaba esperando, y les abriÛ la
puerta, y ellos se entraron, dejando a todos admirados, asÌ de su gentileza
y hermosura como del deseo que tenÌan de ver mundo, de noche y sin salir
del lugar; pero todo lo atribuyeron a su poca edad.

QuedÛ el maestresala traspasado su corazÛn, y propuso de luego otro dÌa
pedÌrsela por mujer a su padre, teniendo por cierto que no se la negarÌa,
por ser Èl criado del duque; y aun a Sancho le vinieron deseos y barruntos
de casar al mozo con Sanchica, su hija, y determinÛ de ponerlo en pl·tica a
su tiempo, d·ndose a entender que a una hija de un gobernador ning˙n marido
se le podÌa negar.

Con esto, se acabÛ la ronda de aquella noche, y de allÌ a dos dÌas el
gobierno, con que se destroncaron y borraron todos sus designios, como se
ver· adelante.

CapÌtulo L. Donde se declara quiÈn fueron los encantadores y verdugos que
azotaron a la dueÒa y pellizcaron y araÒaron a don Quijote, con el suceso
que tuvo el paje que llevÛ la carta a Teresa Sancha, mujer de Sancho Panza

Dice Cide Hamete, puntualÌsimo escudriÒador de los ·tomos desta verdadera
historia, que al tiempo que doÒa RodrÌguez saliÛ de su aposento para ir a
la estancia de don Quijote, otra dueÒa que con ella dormÌa lo sintiÛ, y
que, como todas las dueÒas son amigas de saber, entender y oler, se fue
tras ella, con tanto silencio, que la buena RodrÌguez no lo echÛ de ver; y,
asÌ como la dueÒa la vio entrar en la estancia de don Quijote, porque no
faltase en ella la general costumbre que todas las dueÒas tienen de ser
chismosas, al momento lo fue a poner en pico a su seÒora la duquesa, de
cÛmo doÒa RodrÌguez quedaba en el aposento de don Quijote.

La duquesa se lo dijo al duque, y le pidiÛ licencia para que ella y
Altisidora viniesen a ver lo que aquella dueÒa querÌa con don Quijote; el
duque se la dio, y las dos, con gran tiento y sosiego, paso ante paso,
llegaron a ponerse junto a la puerta del aposento, y tan cerca, que oÌan
todo lo que dentro hablaban; y, cuando oyÛ la duquesa que RodrÌguez habÌa
echado en la calle el Aranjuez de sus fuentes, no lo pudo sufrir, ni menos
Altisidora; y asÌ, llenas de cÛlera y deseosas de venganza, entraron de
golpe en el aposento, y acrebillaron a don Quijote y vapularon a la dueÒa
del modo que queda contado; porque las afrentas que van derechas contra la
hermosura y presunciÛn de las mujeres, despierta en ellas en gran manera la
ira y enciende el deseo de vengarse.

ContÛ la duquesa al duque lo que le habÌa pasado, de lo que se holgÛ mucho,
y la duquesa, prosiguiendo con su intenciÛn de burlarse y recibir
pasatiempo con don Quijote, despachÛ al paje que habÌa hecho la figura de
Dulcinea en el concierto de su desencanto -que tenÌa bien olvidado Sancho
Panza con la ocupaciÛn de su gobierno- a Teresa Panza, su mujer, con la
carta de su marido, y con otra suya, y con una gran sarta de corales ricos
presentados.

Dice, pues, la historia, que el paje era muy discreto y agudo, y, con deseo
de servir a sus seÒores, partiÛ de muy buena gana al lugar de Sancho; y,
antes de entrar en Èl, vio en un arroyo estar lavando cantidad de mujeres,
a quien preguntÛ si le sabrÌan decir si en aquel lugar vivÌa una mujer
llamada Teresa Panza, mujer de un cierto Sancho Panza, escudero de un
caballero llamado don Quijote de la Mancha, a cuya pregunta se levantÛ en
pie una mozuela que estaba lavando, y dijo:

-Esa Teresa Panza es mi madre, y ese tal Sancho, mi seÒor padre, y el tal
caballero, nuestro amo.

-Pues venid, doncella -dijo el paje-, y mostradme a vuestra madre, porque
le traigo una carta y un presente del tal vuestro padre.

-Eso harÈ yo de muy buena gana, seÒor mÌo -respondiÛ la moza, que mostraba
ser de edad de catorce aÒos, poco m·s a menos.

Y, dejando la ropa que lavaba a otra compaÒera, sin tocarse ni calzarse,
que estaba en piernas y desgreÒada, saltÛ delante de la cabalgadura del
paje, y dijo:

-Venga vuesa merced, que a la entrada del pueblo est· nuestra casa, y mi
madre en ella, con harta pena por no haber sabido muchos dÌas ha de mi
seÒor padre.

-Pues yo se las llevo tan buenas -dijo el paje- que tiene que dar bien
gracias a Dios por ellas.

Finalmente, saltando, corriendo y brincando, llegÛ al pueblo la muchacha,
y, antes de entrar en su casa, dijo a voces desde la puerta:

-Salga, madre Teresa, salga, salga, que viene aquÌ un seÒor que trae cartas
y otras cosas de mi buen padre.

A cuyas voces saliÛ Teresa Panza, su madre, hilando un copo de estopa, con
una saya parda. ParecÌa, seg˙n era de corta, que se la habÌan cortado por
vergonzoso lugar, con un corpezuelo asimismo pardo y una camisa de pechos.
No era muy vieja, aunque mostraba pasar de los cuarenta, pero fuerte,
tiesa, nervuda y avellanada; la cual, viendo a su hija, y al paje a
caballo, le dijo:

-øQuÈ es esto, niÒa? øQuÈ seÒor es Èste?

-Es un servidor de mi seÒora doÒa Teresa Panza -respondiÛ el paje.

Y, diciendo y haciendo, se arrojÛ del caballo y se fue con mucha humildad a
poner de hinojos ante la seÒora Teresa, diciendo:

-DÈme vuestra merced sus manos, mi seÒora doÒa Teresa, bien asÌ como mujer
legÌtima y particular del seÒor don Sancho Panza, gobernador propio de la
Ìnsula Barataria.

-°Ay, seÒor mÌo, quÌtese de ahÌ; no haga eso -respondiÛ Teresa-, que yo no
soy nada palaciega, sino una pobre labradora, hija de un estripaterrones y
mujer de un escudero andante, y no de gobernador alguno!

-Vuesa merced -respondiÛ el paje- es mujer dignÌsima de un gobernador
archidignÌsimo; y, para prueba desta verdad, reciba vuesa merced esta carta
y este presente.

Y sacÛ al instante de la faldriquera una sarta de corales con estremos de
oro, y se la echÛ al cuello y dijo:

-Esta carta es del seÒor gobernador, y otra que traigo y estos corales son
de mi seÒora la duquesa, que a vuestra merced me envÌa.

QuedÛ pasmada Teresa, y su hija ni m·s ni menos, y la muchacha dijo:

-Que me maten si no anda por aquÌ nuestro seÒor amo don Quijote, que debe
de haber dado a padre el gobierno o condado que tantas veces le habÌa
prometido.

-AsÌ es la verdad -respondiÛ el paje-: que, por respeto del seÒor don
Quijote, es ahora el seÒor Sancho gobernador de la Ìnsula Barataria, como
se ver· por esta carta.

-LÈamela vuesa merced, seÒor gentilhombre -dijo Teresa-, porque, aunque yo
sÈ hilar, no sÈ leer migaja.

-Ni yo tampoco -aÒadiÛ Sanchica-; pero espÈrenme aquÌ, que yo irÈ a llamar
quien la lea, ora sea el cura mesmo, o el bachiller SansÛn Carrasco, que
vendr·n de muy buena gana, por saber nuevas de mi padre.

-No hay para quÈ se llame a nadie, que yo no sÈ hilar, pero sÈ leer, y la
leerÈ.

Y asÌ, se la leyÛ toda, que, por quedar ya referida, no se pone aquÌ; y
luego sacÛ otra de la duquesa, que decÌa desta manera:

Amiga Teresa:

Las buenas partes de la bondad y del ingenio de vuestro marido Sancho me
movieron y obligaron a pedir a mi marido el duque le diese un gobierno de
una Ìnsula, de muchas que tiene. Tengo noticia que gobierna como un
girifalte, de lo que yo estoy muy contenta, y el duque mi seÒor, por el
consiguiente; por lo que doy muchas gracias al cielo de no haberme engaÒado
en haberle escogido para el tal gobierno; porque quiero que sepa la seÒora
Teresa que con dificultad se halla un buen gobernador en el mundo, y tal me
haga a mÌ Dios como Sancho gobierna.

AhÌ le envÌo, querida mÌa, una sarta de corales con estremos de oro; yo me
holgara que fuera de perlas orientales, pero quien te da el hueso, no te
querrÌa ver muerta: tiempo vendr· en que nos conozcamos y nos comuniquemos,
y Dios sabe lo que ser·. EncomiÈndeme a Sanchica, su hija, y dÌgale de mi
parte que se apareje, que la tengo de casar altamente cuando menos lo
piense.

DÌcenme que en ese lugar hay bellotas gordas: envÌeme hasta dos docenas,
que las estimarÈ en mucho, por ser de su mano, y escrÌbame largo,
avis·ndome de su salud y de su bienestar; y si hubiere menester alguna
cosa, no tiene que hacer m·s que boquear: que su boca ser· medida, y Dios
me la guarde. Deste lugar.

Su amiga, que bien la quiere,

La Duquesa.

-°Ay -dijo Teresa en oyendo la carta-, y quÈ buena y quÈ llana y quÈ
humilde seÒora! Con estas tales seÒoras me entierren a mÌ, y no las
hidalgas que en este pueblo se usan, que piensan que por ser hidalgas no
las ha de tocar el viento, y van a la iglesia con tanta fantasÌa como si
fuesen las mesmas reinas, que no parece sino que tienen a deshonra el mirar
a una labradora; y veis aquÌ donde esta buena seÒora, con ser duquesa, me
llama amiga, y me trata como si fuera su igual, que igual la vea yo con el
m·s alto campanario que hay en la Mancha. Y, en lo que toca a las bellotas,
seÒor mÌo, yo le enviarÈ a su seÒorÌa un celemÌn, que por gordas las pueden
venir a ver a la mira y a la maravilla. Y por ahora, Sanchica, atiende a
que se regale este seÒor: pon en orden este caballo, y saca de la
caballeriza g¸evos, y corta tocino adunia, y dÈmosle de comer como a un
prÌncipe, que las buenas nuevas que nos ha traÌdo y la buena cara que Èl
tiene lo merece todo; y, en tanto, saldrÈ yo a dar a mis vecinas las nuevas
de nuestro contento, y al padre cura y a maese Nicol·s el barbero, que tan
amigos son y han sido de tu padre.

-SÌ harÈ, madre -respondiÛ Sanchica-; pero mire que me ha de dar la mitad
desa sarta; que no tengo yo por tan boba a mi seÒora la duquesa, que se la
habÌa de enviar a ella toda.

-Todo es para ti, hija -respondiÛ Teresa-, pero dÈjamela traer algunos
dÌas al cuello, que verdaderamente parece que me alegra el corazÛn.

-TambiÈn se alegrar·n -dijo el paje- cuando vean el lÌo que viene en este
portamanteo, que es un vestido de paÒo finÌsimo que el gobernador sÛlo un
dÌa llevÛ a caza, el cual todo le envÌa para la seÒora Sanchica.

-Que me viva Èl mil aÒos -respondiÛ Sanchica-, y el que lo trae, ni m·s ni
menos, y aun dos mil, si fuere necesidad.

SaliÛse en esto Teresa fuera de casa, con las cartas, y con la sarta al
cuello, y iba taÒendo en las cartas como si fuera en un pandero; y,
encontr·ndose acaso con el cura y SansÛn Carrasco, comenzÛ a bailar y a
decir:

-°A fee que agora que no hay pariente pobre! °Gobiernito tenemos! °No, sino
tÛmese conmigo la m·s pintada hidalga, que yo la pondrÈ como nueva!

-øQuÈ es esto, Teresa Panza? øQuÈ locuras son Èstas, y quÈ papeles son
Èsos?

-No es otra la locura sino que Èstas son cartas de duquesas y de
gobernadores, y estos que traigo al cuello son corales finos; las avemarÌas
y los padres nuestros son de oro de martillo, y yo soy gobernadora.

-De Dios en ayuso, no os entendemos, Teresa, ni sabemos lo que os decÌs.

-AhÌ lo podr·n ver ellos -respondiÛ Teresa.

Y dioles las cartas. LeyÛlas el cura de modo que las oyÛ SansÛn Carrasco, y
SansÛn y el cura se miraron el uno al otro, como admirados de lo que habÌan
leÌdo; y preguntÛ el bachiller quiÈn habÌa traÌdo aquellas cartas.
RespondiÛ Teresa que se viniesen con ella a su casa y verÌan el mensajero,
que era un mancebo como un pino de oro, y que le traÌa otro presente que
valÌa m·s de tanto. QuitÛle el cura los corales del cuello, y mirÛlos y
remirÛlos, y, certific·ndose que eran finos, tornÛ a admirarse de nuevo, y
dijo:

-Por el h·bito que tengo, que no sÈ quÈ me diga ni quÈ me piense de estas
cartas y destos presentes: por una parte, veo y toco la fineza de estos
corales, y por otra, leo que una duquesa envÌa a pedir dos docenas de
bellotas.

-°AderÈzame esas medidas! -dijo entonces Carrasco-. Agora bien, vamos a ver
al portador deste pliego, que dÈl nos informaremos de las dificultades que
se nos ofrecen.

HiciÈronlo asÌ, y volviÛse Teresa con ellos. Hallaron al paje cribando un
poco de cebada para su cabalgadura, y a Sanchica cortando un torrezno para
empedrarle con g¸evos y dar de comer al paje, cuya presencia y buen adorno
contentÛ mucho a los dos; y, despuÈs de haberle saludado cortÈsmente, y Èl
a ellos, le preguntÛ SansÛn les dijese nuevas asÌ de don Quijote como de
Sancho Panza; que, puesto que habÌan leÌdo las cartas de Sancho y de la
seÒora duquesa, todavÌa estaban confusos y no acababan de atinar quÈ serÌa
aquello del gobierno de Sancho, y m·s de una Ìnsula, siendo todas o las m·s
que hay en el mar Mediterr·neo de Su Majestad. A lo que el paje respondiÛ:

-De que el seÒor Sancho Panza sea gobernador, no hay que dudar en ello; de
que sea Ìnsula o no la que gobierna, en eso no me entremeto, pero basta que
sea un lugar de m·s de mil vecinos; y, en cuanto a lo de las bellotas, digo
que mi seÒora la duquesa es tan llana y tan humilde, que no -decÌa Èl-
enviar a pedir bellotas a una labradora, pero que le acontecÌa enviar a
pedir un peine prestado a una vecina suya. Porque quiero que sepan vuestras
mercedes que las seÒoras de AragÛn, aunque son tan principales, no son tan
puntuosas y levantadas como las seÒoras castellanas; con m·s llaneza tratan
con las gentes.

Estando en la mitad destas pl·ticas, saltÛ Sanchica con un halda de g¸evos,
y preguntÛ al paje:

-DÌgame, seÒor: ømi seÒor padre trae por ventura calzas atacadas despuÈs
que es gobernador?

-No he mirado en ello -respondiÛ el paje-, pero sÌ debe de traer.

-°Ay Dios mÌo -replicÛ Sanchica-, y que ser· de ver a mi padre con
pedorreras! øNo es bueno sino que desde que nacÌ tengo deseo de ver a mi
padre con calzas atacadas?

-Como con esas cosas le ver· vuestra merced si vive -respondiÛ el paje-.
Par Dios, tÈrminos lleva de caminar con papahÌgo, con solos dos meses que
le dure el gobierno.

Bien echaron de ver el cura y el bachiller que el paje hablaba
socarronamente, pero la fineza de los corales y el vestido de caza que
Sancho enviaba lo deshacÌa todo; que ya Teresa les habÌa mostrado el
vestido. Y no dejaron de reÌrse del deseo de Sanchica, y m·s cuando Teresa
dijo:

-SeÒor cura, eche cata por ahÌ si hay alguien que vaya a Madrid, o a
Toledo, para que me compre un verdugado redondo, hecho y derecho, y sea al
uso y de los mejores que hubiere; que en verdad en verdad que tengo de
honrar el gobierno de mi marido en cuanto yo pudiere, y aun que si me
enojo, me tengo de ir a esa corte, y echar un coche, como todas; que la que
tiene marido gobernador muy bien le puede traer y sustentar.

-Y °cÛmo, madre! -dijo Sanchica-. Pluguiese a Dios que fuese antes hoy que
maÒana, aunque dijesen los que me viesen ir sentada con mi seÒora madre en
aquel coche: ''°Mirad la tal por cual, hija del harto de ajos, y cÛmo va
sentada y tendida en el coche, como si fuera una papesa!'' Pero pisen ellos
los lodos, y ·ndeme yo en mi coche, levantados los pies del suelo. °Mal
aÒo y mal mes para cuantos murmuradores hay en el mundo, y ·ndeme yo
caliente, y rÌase la gente! øDigo bien, madre mÌa?

-Y °cÛmo que dices bien, hija! -respondiÛ Teresa-. Y todas estas venturas,
y aun mayores, me las tiene profetizadas mi buen Sancho, y ver·s t˙, hija,
cÛmo no para hasta hacerme condesa: que todo es comenzar a ser venturosas;
y, como yo he oÌdo decir muchas veces a tu buen padre, que asÌ como lo es
tuyo lo es de los refranes, cuando te dieren la vaquilla, corre con
soguilla: cuando te dieren un gobierno, cÛgele; cuando te dieren un
condado, ag·rrale, y cuando te hicieren tus, tus, con alguna buena d·diva,
env·sala. °No, sino dormÌos, y no respond·is a las venturas y buenas dichas
que est·n llamando a la puerta de vuestra casa!

-Y øquÈ se me da a mÌ -aÒadiÛ Sanchica- que diga el que quisiere cuando me
vea entonada y fantasiosa: "Viose el perro en bragas de cerro...", y lo
dem·s?

Oyendo lo cual el cura, dijo:

-Yo no puedo creer sino que todos los deste linaje de los Panzas nacieron
cada uno con un costal de refranes en el cuerpo: ninguno dellos he visto
que no los derrame a todas horas y en todas las pl·ticas que tienen.

-AsÌ es la verdad -dijo el paje-, que el seÒor gobernador Sancho a cada
paso los dice, y, aunque muchos no vienen a propÛsito, todavÌa dan gusto, y
mi seÒora la duquesa y el duque los celebran mucho.

-øQue todavÌa se afirma vuestra merced, seÒor mÌo -dijo el bachiller-, ser
verdad esto del gobierno de Sancho, y de que hay duquesa en el mundo que le
envÌe presentes y le escriba? Porque nosotros, aunque tocamos los presentes
y hemos leÌdo las cartas, no lo creemos, y pensamos que Èsta es una de las
cosas de don Quijote, nuestro compatrioto, que todas piensa que son hechas
por encantamento; y asÌ, estoy por decir que quiero tocar y palpar a
vuestra merced, por ver si es embajador fant·stico o hombre de carne y
hueso.

-SeÒores, yo no sÈ m·s de mÌ -respondiÛ el paje- sino que soy embajador
verdadero, y que el seÒor Sancho Panza es gobernador efectivo, y que mis
seÒores duque y duquesa pueden dar, y han dado, el tal gobierno; y que he
oÌdo decir que en Èl se porta valentÌsimamente el tal Sancho Panza; si en
esto hay encantamento o no, vuestras mercedes lo disputen all· entre ellos,
que yo no sÈ otra cosa, para el juramento que hago, que es por vida de mis
padres, que los tengo vivos y los amo y los quiero mucho.

-Bien podr· ello ser asÌ -replicÛ el bachiller-, pero dubitat Augustinus.

-Dude quien dudare -respondiÛ el paje-, la verdad es la que he dicho, y
esta que ha de andar siempre sobre la mentira,como el aceite sobre el agua;
y si no, operibus credite, et non verbis: vÈngase alguno de vuesas mercedes
conmigo, y ver·n con los ojos lo que no creen por los oÌdos.

-Esa ida a mÌ toca -dijo Sanchica-: llÈveme vuestra merced, seÒor, a las
ancas de su rocÌn, que yo irÈ de muy buena gana a ver a mi seÒor padre.

-Las hijas de los gobernadores no han de ir solas por los caminos, sino
acompaÒadas de carrozas y literas y de gran n˙mero de sirvientes.

-Par Dios -respondiÛ Sancha-, tan biÈn me vaya yo sobre una pollina como
sobre un coche. °Hallado la habÈis la melindrosa!

-Calla, mochacha -dijo Teresa-, que no sabes lo que te dices, y este seÒor
est· en lo cierto: que tal el tiempo, tal el tiento; cuando Sancho, Sancha,
y cuando gobernador, seÒora, y no sÈ si diga algo.

-M·s dice la seÒora Teresa de lo que piensa -dijo el paje-; y denme de
comer y desp·chenme luego, porque pienso volverme esta tarde.

A lo que dijo el cura:

-Vuestra merced se vendr· a hacer penitencia conmigo, que la seÒora Teresa
m·s tiene voluntad que alhajas para servir a tan buen huÈsped.

RehusÛlo el paje; pero, en efecto, lo hubo de conceder por su mejora, y el
cura le llevÛ consigo de buena gana, por tener lugar de preguntarle de
espacio por don Quijote y sus hazaÒas.

El bachiller se ofreciÛ de escribir las cartas a Teresa de la respuesta,
pero ella no quiso que el bachiller se metiese en sus cosas, que le tenÌa
por algo burlÛn; y asÌ, dio un bollo y dos huevos a un monacillo que sabÌa
escribir, el cual le escribiÛ dos cartas, una para su marido y otra para la
duquesa, notadas de su mismo caletre, que no son las peores que en esta
grande historia se ponen, como se ver· adelante.

CapÌtulo LI. Del progreso del gobierno de Sancho Panza, con otros sucesos
tales como buenos

AmaneciÛ el dÌa que se siguiÛ a la noche de la ronda del gobernador, la
cual el maestresala pasÛ sin dormir, ocupado el pensamiento en el rostro,
brÌo y belleza de la disfrazada doncella; y el mayordomo ocupÛ lo que della
faltaba en escribir a sus seÒores lo que Sancho Panza hacÌa y decÌa, tan
admirado de sus hechos como de sus dichos: porque andaban mezcladas sus
palabras y sus acciones, con asomos discretos y tontos.

LevantÛse, en fin, el seÒor gobernador, y, por orden del doctor Pedro
Recio, le hicieron desayunar con un poco de conserva y cuatro tragos de
agua frÌa, cosa que la trocara Sancho con un pedazo de pan y un racimo de
uvas; pero, viendo que aquello era m·s fuerza que voluntad, pasÛ por ello,
con harto dolor de su alma y fatiga de su estÛmago, haciÈndole creer Pedro
Recio que los manjares pocos y delicados avivaban el ingenio, que era lo
que m·s convenÌa a las personas constituidas en mandos y en oficios graves,
donde se han de aprovechar no tanto de las fuerzas corporales como de las
del entendimiento.

Con esta sofisterÌa padecÌa hambre Sancho, y tal, que en su secreto
maldecÌa el gobierno y aun a quien se le habÌa dado; pero, con su hambre y
con su conserva, se puso a juzgar aquel dÌa, y lo primero que se le ofreciÛ
fue una pregunta que un forastero le hizo, estando presentes a todo el
mayordomo y los dem·s acÛlitos, que fue:

-SeÒor, un caudaloso rÌo dividÌa dos tÈrminos de un mismo seÒorÌo (y estÈ
vuestra merced atento, porque el caso es de importancia y algo
dificultoso). Digo, pues, que sobre este rÌo estaba una puente, y al cabo
della, una horca y una como casa de audiencia, en la cual de ordinario
habÌa cuatro jueces que juzgaban la ley que puso el dueÒo del rÌo, de la
puente y del seÒorÌo, que era en esta forma: "Si alguno pasare por esta
puente de una parte a otra, ha de jurar primero adÛnde y a quÈ va; y si
jurare verdad, dÈjenle pasar; y si dijere mentira, muera por ello ahorcado
en la horca que allÌ se muestra, sin remisiÛn alguna". Sabida esta ley y la
rigurosa condiciÛn della, pasaban muchos, y luego en lo que juraban se
echaba de ver que decÌan verdad, y los jueces los dejaban pasar
libremente. SucediÛ, pues, que, tomando juramento a un hombre, jurÛ y dijo
que para el juramento que hacÌa, que iba a morir en aquella horca que allÌ
estaba, y no a otra cosa. Repararon los jueces en el juramento y dijeron:
''Si a este hombre le dejamos pasar libremente, mintiÛ en su juramento, y,
conforme a la ley, debe morir; y si le ahorcamos, Èl jurÛ que iba a morir
en aquella horca, y, habiendo jurado verdad, por la misma ley debe ser
libre''. PÌdese a vuesa merced, seÒor gobernador, quÈ har·n los jueces del
tal hombre; que aun hasta agora est·n dudosos y suspensos. Y, habiendo
tenido noticia del agudo y elevado entendimiento de vuestra merced, me
enviaron a mÌ a que suplicase a vuestra merced de su parte diese su parecer
en tan intricado y dudoso caso.

A lo que respondiÛ Sancho:

-Por cierto que esos seÒores jueces que a mÌ os envÌan lo pudieran haber
escusado, porque yo soy un hombre que tengo m·s de mostrenco que de agudo;
pero, con todo eso, repetidme otra vez el negocio de modo que yo le
entienda: quiz· podrÌa ser que diese en el hito.

VolviÛ otra y otra vez el preguntante a referir lo que primero habÌa dicho,
y Sancho dijo:

-A mi parecer, este negocio en dos paletas le declararÈ yo, y es asÌ: el
tal hombre jura que va a morir en la horca, y si muere en ella, jurÛ
verdad, y por la ley puesta merece ser libre y que pase la puente; y si no
le ahorcan, jurÛ mentira, y por la misma ley merece que le ahorquen.

-AsÌ es como el seÒor gobernador dice -dijo el mensajero-; y cuanto a la
entereza y entendimiento del caso, no hay m·s que pedir ni que dudar.

-Digo yo, pues, agora -replicÛ Sancho- que deste hombre aquella parte que
jurÛ verdad la dejen pasar, y la que dijo mentira la ahorquen, y desta
manera se cumplir· al pie de la letra la condiciÛn del pasaje.

-Pues, seÒor gobernador -replicÛ el preguntador-, ser· necesario que el tal
hombre se divida en partes, en mentirosa y verdadera; y si se divide, por
fuerza ha de morir, y asÌ no se consigue cosa alguna de lo que la ley pide,
y es de necesidad espresa que se cumpla con ella.

-Venid ac·, seÒor buen hombre -respondiÛ Sancho-; este pasajero que decÌs,
o yo soy un porro, o Èl tiene la misma razÛn para morir que para vivir y
pasar la puente; porque si la verdad le salva, la mentira le condena
igualmente; y, siendo esto asÌ, como lo es, soy de parecer que dig·is a
esos seÒores que a mÌ os enviaron que, pues est·n en un fil las razones de
condenarle o asolverle, que le dejen pasar libremente, pues siempre es
alabado m·s el hacer bien que mal, y esto lo diera firmado de mi nombre, si
supiera firmar; y yo en este caso no he hablado de mÌo, sino que se me vino
a la memoria un precepto, entre otros muchos que me dio mi amo don Quijote
la noche antes que viniese a ser gobernador desta Ìnsula: que fue que,
cuando la justicia estuviese en duda, me decantase y acogiese a la
misericordia; y ha querido Dios que agora se me acordase, por venir en este
caso como de molde.

AsÌ es -respondiÛ el mayordomo-, y tengo para mÌ que el mismo Licurgo, que
dio leyes a los lacedemonios, no pudiera dar mejor sentencia que la que el
gran Panza ha dado. Y ac·bese con esto la audiencia desta maÒana, y yo darÈ
orden como el seÒor gobernador coma muy a su gusto.

-Eso pido, y barras derechas -dijo Sancho-: denme de comer, y lluevan casos
y dudas sobre mÌ, que yo las despabilarÈ en el aire.

CumpliÛ su palabra el mayordomo, pareciÈndole ser cargo de conciencia matar
de hambre a tan discreto gobernador; y m·s, que pensaba concluir con Èl
aquella misma noche haciÈndole la burla ˙ltima que traÌa en comisiÛn de
hacerle.

SucediÛ, pues, que, habiendo comido aquel dÌa contra las reglas y aforismos
del doctor Tirteafuera, al levantar de los manteles, entrÛ un correo con
una carta de don Quijote para el gobernador. MandÛ Sancho al secretario que
la leyese para sÌ, y que si no viniese en ella alguna cosa digna de
secreto, la leyese en voz alta. HÌzolo asÌ el secretario, y, repas·ndola
primero, dijo:

-Bien se puede leer en voz alta, que lo que el seÒor don Quijote escribe a
vuestra merced merece estar estampado y escrito con letras de oro, y dice
asÌ:

Carta de don Quijote de la Mancha a Sancho Panza, gobernador de la Ìnsula
Barataria

Cuando esperaba oÌr nuevas de tus descuidos e impertinencias, Sancho amigo,
las oÌ de tus discreciones, de que di por ello gracias particulares al
cielo, el cual del estiÈrcol sabe levantar los pobres, y de los tontos
hacer discretos. DÌcenme que gobiernas como si fueses hombre, y que eres
hombre como si fueses bestia, seg˙n es la humildad con que te tratas; y
quiero que adviertas, Sancho, que muchas veces conviene y es necesario, por
la autoridad del oficio, ir contra la humildad del corazÛn; porque el buen
adorno de la persona que est· puesta en graves cargos ha de ser conforme a
lo que ellos piden, y no a la medida de lo que su humilde condiciÛn le
inclina. VÌstete bien, que un palo compuesto no parece palo. No digo que
traigas dijes ni galas, ni que siendo juez te vistas como soldado, sino que
te adornes con el h·bito que tu oficio requiere, con tal que sea limpio y
bien compuesto.

Para ganar la voluntad del pueblo que gobiernas, entre otras has de hacer
dos cosas: la una, ser bien criado con todos, aunque esto ya otra vez te lo
he dicho; y la otra, procurar la abundancia de los mantenimientos; que no
hay cosa que m·s fatigue el corazÛn de los pobres que la hambre y la
carestÌa.

No hagas muchas pragm·ticas; y si las hicieres, procura que sean buenas, y,
sobre todo, que se guarden y cumplan; que las pragm·ticas que no se
guardan, lo mismo es que si no lo fuesen; antes dan a entender que el
prÌncipe que tuvo discreciÛn y autoridad para hacerlas, no tuvo valor para
hacer que se guardasen; y las leyes que atemorizan y no se ejecutan, vienen
a ser como la viga, rey de las ranas: que al principio las espantÛ, y con
el tiempo la menospreciaron y se subieron sobre ella.

SÈ padre de las virtudes y padrastro de los vicios. No seas siempre
riguroso, ni siempre blando, y escoge el medio entre estos dos estremos,
que en esto est· el punto de la discreciÛn. Visita las c·rceles, las
carnicerÌas y las plazas, que la presencia del gobernador en lugares tales
es de mucha importancia: consuela a los presos, que esperan la brevedad de
su despacho; es coco a los carniceros, que por entonces igualan los pesos,
y es espantajo a las placeras, por la misma razÛn. No te muestres, aunque
por ventura lo seas -lo cual yo no creo-, codicioso, mujeriego ni glotÛn;
porque, en sabiendo el pueblo y los que te tratan tu inclinaciÛn
determinada, por allÌ te dar·n baterÌa, hasta derribarte en el profundo de
la perdiciÛn.

Mira y remira, pasa y repasa los consejos y documentos que te di por
escrito antes que de aquÌ partieses a tu gobierno, y ver·s como hallas en
ellos, si los guardas, una ayuda de costa que te sobrelleve los trabajos y
dificultades que a cada paso a los gobernadores se les ofrecen. Escribe a
tus seÒores y muÈstrateles agradecido, que la ingratitud es hija de la
soberbia, y uno de los mayores pecados que se sabe, y la persona que es
agradecida a los que bien le han hecho, da indicio que tambiÈn lo ser· a
Dios, que tantos bienes le hizo y de contino le hace.

La seÒora duquesa despachÛ un propio con tu vestido y otro presente a tu
mujer Teresa Panza; por momentos esperamos respuesta.

Yo he estado un poco mal dispuesto de un cierto gateamiento que me sucediÛ
no muy a cuento de mis narices; pero no fue nada, que si hay encantadores
que me maltraten, tambiÈn los hay que me defiendan.

AvÌsame si el mayordomo que est· contigo tuvo que ver en las acciones de la
Trifaldi, como t˙ sospechaste, y de todo lo que te sucediere me ir·s dando
aviso, pues es tan corto el camino; cuanto m·s, que yo pienso dejar presto
esta vida ociosa en que estoy, pues no nacÌ para ella.

Un negocio se me ha ofrecido, que creo que me ha de poner en desgracia
destos seÒores; pero, aunque se me da mucho, no se me da nada, pues, en fin
en fin, tengo de cumplir antes con mi profesiÛn que con su gusto, conforme
a lo que suele decirse: amicus Plato, sed magis amica veritas. DÌgote este
latÌn porque me doy a entender que, despuÈs que eres gobernador, lo habr·s
aprendido. Y a Dios, el cual te guarde de que ninguno te tenga l·stima.

Tu amigo,

Don Quijote de la Mancha.

OyÛ Sancho la carta con mucha atenciÛn, y fue celebrada y tenida por
discreta de los que la oyeron; y luego Sancho se levantÛ de la mesa, y,
llamando al secretario, se encerrÛ con Èl en su estancia, y, sin dilatarlo
m·s, quiso responder luego a su seÒor don Quijote, y dijo al secretario
que, sin aÒadir ni quitar cosa alguna, fuese escribiendo lo que Èl le
dijese, y asÌ lo hizo; y la carta de la respuesta fue del tenor siguiente:

Carta de Sancho Panza a don Quijote de la Mancha

La ocupaciÛn de mis negocios es tan grande que no tengo lugar para rascarme
la cabeza, ni aun para cortarme las uÒas; y asÌ, las traigo tan crecidas
cual Dios lo remedie. Digo esto, seÒor mÌo de mi alma, porque vuesa merced
no se espante si hasta agora no he dado aviso de mi bien o mal estar en
este gobierno, en el cual tengo m·s hambre que cuando and·bamos los dos por
las selvas y por los despoblados.

EscribiÛme el duque, mi seÒor, el otro dÌa, d·ndome aviso que habÌan
entrado en esta Ìnsula ciertas espÌas para matarme, y hasta agora yo no he
descubierto otra que un cierto doctor que est· en este lugar asalariado
para matar a cuantos gobernadores aquÌ vinieren: ll·mase el doctor Pedro
Recio, y es natural de Tirteafuera: °porque vea vuesa merced quÈ nombre
para no temer que he de morir a sus manos! Este tal doctor dice Èl mismo de
sÌ mismo que Èl no cura las enfermedades cuando las hay, sino que las
previene, para que no vengan; y las medecinas que usa son dieta y m·s
dieta, hasta poner la persona en los huesos mondos, como si no fuese mayor
mal la flaqueza que la calentura. Finalmente, Èl me va matando de hambre, y
yo me voy muriendo de despecho, pues cuando pensÈ venir a este gobierno a
comer caliente y a beber frÌo, y a recrear el cuerpo entre s·banas de
holanda, sobre colchones de pluma, he venido a hacer penitencia, como si
fuera ermitaÒo; y, como no la hago de mi voluntad, pienso que, al cabo al
cabo, me ha de llevar el diablo.

Hasta agora no he tocado derecho ni llevado cohecho, y no puedo pensar en
quÈ va esto; porque aquÌ me han dicho que los gobernadores que a esta
Ìnsula suelen venir, antes de entrar en ella, o les han dado o les han
prestado los del pueblo muchos dineros, y que Èsta es ordinaria usanza en
los dem·s que van a gobiernos, no solamente en Èste.

Anoche, andando de ronda, topÈ una muy hermosa doncella en traje de varÛn y
un hermano suyo en h·bito de mujer; de la moza se enamorÛ mi maestresala, y
la escogiÛ en su imaginaciÛn para su mujer, seg˙n Èl ha dicho, y yo escogÌ
al mozo para mi yerno; hoy los dos pondremos en pl·tica nuestros
pensamientos con el padre de entrambos, que es un tal Diego de la Llana,
hidalgo y cristiano viejo cuanto se quiere.

Yo visito las plazas, como vuestra merced me lo aconseja, y ayer hallÈ una
tendera que vendÌa avellanas nuevas, y averig¸Èle que habÌa mezclado con
una hanega de avellanas nuevas otra de viejas, vanas y podridas; apliquÈlas
todas para los niÒos de la doctrina, que las sabrÌan bien distinguir, y
sentenciÈla que por quince dÌas no entrase en la plaza. Hanme dicho que lo
hice valerosamente; lo que sÈ decir a vuestra merced es que es fama en este
pueblo que no hay gente m·s mala que las placeras, porque todas son
desvergonzadas, desalmadas y atrevidas, y yo asÌ lo creo, por las que he
visto en otros pueblos.

De que mi seÒora la duquesa haya escrito a mi mujer Teresa Panza y
envi·dole el presente que vuestra merced dice, estoy muy satisfecho, y
procurarÈ de mostrarme agradecido a su tiempo: bÈsele vuestra merced las
manos de mi parte, diciendo que digo yo que no lo ha echado en saco roto,
como lo ver· por la obra.

No querrÌa que vuestra merced tuviese trabacuentas de disgusto con esos mis
seÒores, porque si vuestra merced se enoja con ellos, claro est· que ha de
redundar en mi daÒo, y no ser· bien que, pues se me da a mÌ por consejo que
sea agradecido, que vuestra merced no lo sea con quien tantas mercedes le
tiene hechas y con tanto regalo ha sido tratado en su castillo.

Aquello del gateado no entiendo, pero imagino que debe de ser alguna de las
malas fechorÌas que con vuestra merced suelen usar los malos encantadores;
yo lo sabrÈ cuando nos veamos.

Quisiera enviarle a vuestra merced alguna cosa, pero no sÈ quÈ envÌe, si no
es algunos caÒutos de jeringas, que para con vejigas los hacen en esta
Ìnsula muy curiosos; aunque si me dura el oficio, yo buscarÈ quÈ enviar de
haldas o de mangas.

Si me escribiere mi mujer Teresa Panza, pague vuestra merced el porte y
envÌeme la carta,que tengo grandÌsimo deseo de saber del estado de mi casa,
de mi mujer y de mis hijos. Y con esto, Dios libre a vuestra merced de mal
intencionados encantadores, y a mÌ me saque con bien y en paz deste
gobierno, que lo dudo, porque le pienso dejar con la vida, seg˙n me trata
el doctor Pedro Recio.

Criado de vuestra merced,

Sancho Panza, el Gobernador.

CerrÛ la carta el secretario y despachÛ luego al correo; y, junt·ndose los
burladores de Sancho, dieron orden entre sÌ cÛmo despacharle del gobierno;
y aquella tarde la pasÛ Sancho en hacer algunas ordenanzas tocantes al buen
gobierno de la que Èl imaginaba ser Ìnsula, y ordenÛ que no hubiese
regatones de los bastimentos en la rep˙blica, y que pudiesen meter en ella
vino de las partes que quisiesen, con aditamento que declarasen el lugar de
donde era, para ponerle el precio seg˙n su estimaciÛn, bondad y fama, y el
que lo aguase o le mudase el nombre, perdiese la vida por ello.

ModerÛ el precio de todo calzado, principalmente el de los zapatos, por
parecerle que corrÌa con exorbitancia; puso tasa en los salarios de los
criados, que caminaban a rienda suelta por el camino del interese; puso
gravÌsimas penas a los que cantasen cantares lascivos y descompuestos, ni
de noche ni de dÌa. OrdenÛ que ning˙n ciego cantase milagro en coplas si no
trujese testimonio autÈntico de ser verdadero, por parecerle que los m·s
que los ciegos cantan son fingidos, en perjuicio de los verdaderos.

Hizo y creÛ un alguacil de pobres, no para que los persiguiese, sino para
que los examinase si lo eran, porque a la sombra de la manquedad fingida y
de la llaga falsa andan los brazos ladrones y la salud borracha. En
resoluciÛn: Èl ordenÛ cosas tan buenas que hasta hoy se guardan en aquel
lugar, y se nombran Las constituciones del gran gobernador Sancho Panza.

CapÌtulo LII. Donde se cuenta la aventura de la segunda dueÒa Dolorida, o
Angustiada, llamada por otro nombre doÒa RodrÌguez

Cuenta Cide Hamete que estando ya don Quijote sano de sus aruÒos, le
pareciÛ que la vida que en aquel castillo tenÌa era contra toda la orden de
caballerÌa que profesaba, y asÌ, determinÛ de pedir licencia a los duques
para partirse a Zaragoza, cuyas fiestas llegaban cerca, adonde pensaba
ganar el arnÈs que en las tales fiestas se conquista.

Y, estando un dÌa a la mesa con los duques, y comenzando a poner en obra su
intenciÛn y pedir la licencia, veis aquÌ a deshora entrar por la puerta de
la gran sala dos mujeres, como despuÈs pareciÛ, cubiertas de luto de los
pies a la cabeza, y la una dellas, lleg·ndose a don Quijote, se le echÛ a
los pies tendida de largo a largo, la boca cosida con los pies de don
Quijote, y daba unos gemidos tan tristes, tan profundos y tan dolorosos,
que puso en confusiÛn a todos los que la oÌan y miraban; y, aunque los
duques pensaron que serÌa alguna burla que sus criados querÌan hacer a don
Quijote, todavÌa, viendo con el ahÌnco que la mujer suspiraba, gemÌa y
lloraba, los tuvo dudosos y suspensos, hasta que don Quijote, compasivo, la
levantÛ del suelo y hizo que se descubriese y quitase el manto de sobre la
faz llorosa.

Ella lo hizo asÌ, y mostrÛ ser lo que jam·s se pudiera pensar, porque
descubriÛ el rostro de doÒa RodrÌguez, la dueÒa de casa, y la otra enlutada
era su hija, la burlada del hijo del labrador rico. Admir·ronse todos
aquellos que la conocÌan, y m·s los duques que ninguno; que, puesto que la
tenÌan por boba y de buena pasta, no por tanto que viniese a hacer locuras.
Finalmente, doÒa RodrÌguez, volviÈndose a los seÒores, les dijo:

-Vuesas excelencias sean servidos de darme licencia que yo departa un poco
con este caballero, porque asÌ conviene para salir con bien del negocio en
que me ha puesto el atrevimiento de un mal intencionado villano.

El duque dijo que Èl se la daba, y que departiese con el seÒor don Quijote
cuanto le viniese en deseo. Ella, enderezando la voz y el rostro a don
Quijote, dijo:

-DÌas ha, valeroso caballero, que os tengo dada cuenta de la sinrazÛn y
alevosÌa que un mal labrador tiene fecha a mi muy querida y amada fija, que
es esta desdichada que aquÌ est· presente, y vos me habedes prometido de
volver por ella, enderez·ndole el tuerto que le tienen fecho, y agora ha
llegado a mi noticia que os queredes partir deste castillo, en busca de las
buenas venturas que Dios os depare; y asÌ, querrÌa que, antes que os
escurriÈsedes por esos caminos, desafi·sedes a este r˙stico indÛmito, y le
hiciÈsedes que se casase con mi hija, en cumplimiento de la palabra que le
dio de ser su esposo, antes y primero que yogase con ella; porque pensar
que el duque mi seÒor me ha de hacer justicia es pedir peras al olmo, por
la ocasiÛn que ya a vuesa merced en puridad tengo declarada. Y con esto,
Nuestro SeÒor dÈ a vuesa merced mucha salud, y a nosotras no nos desampare.

A cuyas razones respondiÛ don Quijote, con mucha gravedad y prosopopeya:

-Buena dueÒa, templad vuestras l·grimas, o, por mejor decir, enjugadlas y
ahorrad de vuestros suspiros, que yo tomo a mi cargo el remedio de vuestra
hija, a la cual le hubiera estado mejor no haber sido tan f·cil en creer
promesas de enamorados, las cuales, por la mayor parte, son ligeras de
prometer y muy pesadas de cumplir; y asÌ, con licencia del duque mi seÒor,
yo me partirÈ luego en busca dese desalmado mancebo, y le hallarÈ, y le
desafiarÈ, y le matarÈ cada y cuando que se escusare de cumplir la
prometida palabra; que el principal asumpto de mi profesiÛn es perdonar a
los humildes y castigar a los soberbios; quiero decir: acorrer a los
miserables y destruir a los rigurosos.

-No es menester -respondiÛ el duque- que vuesa merced se ponga en trabajo
de buscar al r˙stico de quien esta buena dueÒa se queja, ni es menester
tampoco que vuesa merced me pida a mÌ licencia para desafiarle; que yo le
doy por desafiado, y tomo a mi cargo de hacerle saber este desafÌo, y que
le acete, y venga a responder por sÌ a este mi castillo, donde a entrambos
darÈ campo seguro, guardando todas las condiciones que en tales actos
suelen y deben guardarse, guardando igualmente su justicia a cada uno, como
est·n obligados a guardarla todos aquellos prÌncipes que dan campo franco a
los que se combaten en los tÈrminos de sus seÒorÌos.

-Pues con ese seguro y con buena licencia de vuestra grandeza -replicÛ don
Quijote-, desde aquÌ digo que por esta vez renuncio a mi hidalguÌa, y me
allano y ajusto con la llaneza del daÒador, y me hago igual con Èl,
habilit·ndole para poder combatir conmigo; y asÌ, aunque ausente, le
desafÌo y repto, en razÛn de que hizo mal en defraudar a esta pobre, que
fue doncella y ya por su culpa no lo es, y que le ha de cumplir la palabra
que le dio de ser su legÌtimo esposo, o morir en la demanda.

Y luego, descalz·ndose un guante, le arrojÛ en mitad de la sala, y el duque
le alzÛ, diciendo que, como ya habÌa dicho, Èl acetaba el tal desafÌo en
nombre de su vasallo, y seÒalaba el plazo de allÌ a seis dÌas; y el campo,
en la plaza de aquel castillo; y las armas, las acostumbradas de los
caballeros: lanza y escudo, y arnÈs tranzado, con todas las dem·s piezas,
sin engaÒo, supercherÌa o supersticiÛn alguna, examinadas y vistas por los
jueces del campo.

-Pero, ante todas cosas, es menester que esta buena dueÒa y esta mala
doncella pongan el derecho de su justicia en manos del seÒor don Quijote;
que de otra manera no se har· nada, ni llegar· a debida ejecuciÛn el tal
desafÌo.

-Yo sÌ pongo -respondiÛ la dueÒa.

-Y yo tambiÈn -aÒadiÛ la hija, toda llorosa y toda vergonzosa y de mal
talante.

Tomado, pues, este apuntamiento, y habiendo imaginado el duque lo que habÌa
de hacer en el caso, las enlutadas se fueron, y ordenÛ la duquesa que de
allÌ adelante no las tratasen como a sus criadas, sino como a seÒoras
aventureras que venÌan a pedir justicia a su casa; y asÌ, les dieron cuarto
aparte y las sirvieron como a forasteras, no sin espanto de las dem·s
criadas, que no sabÌan en quÈ habÌa de parar la sandez y desenvoltura de
doÒa RodrÌguez y de su malandante hija.

Estando en esto, para acabar de regocijar la fiesta y dar buen fin a la
comida, veis aquÌ donde entrÛ por la sala el paje que llevÛ las cartas y
presentes a Teresa Panza, mujer del gobernador Sancho Panza, de cuya
llegada recibieron gran contento los duques, deseosos de saber lo que le
habÌa sucedido en su viaje; y, pregunt·ndoselo, respondiÛ el paje que no lo
podÌa decir tan en p˙blico ni con breves palabras: que sus excelencias
fuesen servidos de dejarlo para a solas, y que entretanto se entretuviesen
con aquellas cartas. Y, sacando dos cartas, las puso en manos de la
duquesa. La una decÌa en el sobreescrito: Carta para mi seÒora la duquesa
tal, de no sÈ dÛnde, y la otra: A mi marido Sancho Panza, gobernador de la
Ìnsula Barataria, que Dios prospere m·s aÒos que a mÌ. No se le cocÌa el
pan, como suele decirse, a la duquesa hasta leer su carta, y abriÈndola y
leÌdo para sÌ, y viendo que la podÌa leer en voz alta para que el duque y
los circunstantes la oyesen, leyÛ desta manera:

Carta de Teresa Panza a la Duquesa

Mucho contento me dio, seÒora mÌa, la carta que vuesa grandeza me escribiÛ,
que en verdad que la tenÌa bien deseada. La sarta de corales es muy buena,
y el vestido de caza de mi marido no le va en zaga. De que vuestra seÒorÌa
haya hecho gobernador a Sancho, mi consorte, ha recebido mucho gusto todo
este lugar, puesto que no hay quien lo crea, principalmente el cura, y mase
Nicol·s el barbero, y SansÛn Carrasco el bachiller; pero a mÌ no se me da
nada; que, como ello sea asÌ, como lo es, diga cada uno lo que quisiere;
aunque, si va a decir verdad, a no venir los corales y el vestido, tampoco
yo lo creyera, porque en este pueblo todos tienen a mi marido por un porro,
y que, sacado de gobernar un hato de cabras, no pueden imaginar para quÈ
gobierno pueda ser bueno. Dios lo haga, y lo encamine como vee que lo han
menester sus hijos.

Yo, seÒora de mi alma, estoy determinada, con licencia de vuesa merced, de
meter este buen dÌa en mi casa, yÈndome a la corte a tenderme en un coche,
para quebrar los ojos a mil envidiosos que ya tengo; y asÌ, suplico a vuesa
excelencia mande a mi marido me envÌe alg˙n dinerillo, y que sea algo quÈ,
porque en la corte son los gastos grandes: que el pan vale a real, y la
carne, la libra, a treinta maravedÌs, que es un juicio; y si quisiere que
no vaya, que me lo avise con tiempo, porque me est·n bullendo los pies por
ponerme en camino; que me dicen mis amigas y mis vecinas que, si yo y mi
hija andamos orondas y pomposas en la corte, vendr· a ser conocido mi
marido por mÌ m·s que yo por Èl, siendo forzoso que pregunten muchos:
''-øQuiÈn son estas seÒoras deste coche?'' Y un criado mÌo responder: ''-La
mujer y la hija de Sancho Panza, gobernador de la Ìnsula Barataria''; y
desta manera ser· conocido Sancho, y yo serÈ estimada, y a Roma por todo.

PÈsame, cuanto pesarme puede, que este aÒo no se han cogido bellotas en
este pueblo; con todo eso, envÌo a vuesa alteza hasta medio celemÌn, que
una a una las fui yo a coger y a escoger al monte, y no las hallÈ m·s
mayores; yo quisiera que fueran como huevos de avestruz.

No se le olvide a vuestra pomposidad de escribirme, que yo tendrÈ cuidado
de la respuesta, avisando de mi salud y de todo lo que hubiere que avisar
deste lugar, donde quedo rogando a Nuestro SeÒor guarde a vuestra grandeza,
y a mÌ no olvide. Sancha, mi hija, y mi hijo besan a vuestra merced las
manos.

La que tiene m·s deseo de ver a vuestra seÒorÌa que de escribirla, su
criada,

Teresa Panza.

Grande fue el gusto que todos recibieron de oÌr la carta de Teresa Panza,
principalmente los duques, y la duquesa pidiÛ parecer a don Quijote si
serÌa bien abrir la carta que venÌa para el gobernador, que imaginaba debÌa
de ser bonÌsima. Don Quijote dijo que Èl la abrirÌa por darles gusto, y asÌ
lo hizo, y vio que decÌa desta manera:

Carta de Teresa Panza a Sancho Panza su marido

Tu carta recibÌ, Sancho mÌo de mi alma, y yo te prometo y juro como
catÛlica cristiana que no faltaron dos dedos para volverme loca de
contento. Mira, hermano: cuando yo lleguÈ a oÌr que eres gobernador, me
pensÈ allÌ caer muerta de puro gozo, que ya sabes t˙ que dicen que asÌ mata
la alegrÌa s˙bita como el dolor grande. A Sanchica, tu hija, se le fueron
las aguas sin sentirlo, de puro contento. El vestido que me enviaste tenÌa
delante, y los corales que me enviÛ mi seÒora la duquesa al cuello, y las
cartas en las manos, y el portador dellas allÌ presente, y, con todo eso,
creÌa y pensaba que era todo sueÒo lo que veÌa y lo que tocaba; porque,
øquiÈn podÌa pensar que un pastor de cabras habÌa de venir a ser gobernador
de Ìnsulas? Ya sabes t˙, amigo, que decÌa mi madre que era menester vivir
mucho para ver mucho: dÌgolo porque pienso ver m·s si vivo m·s; porque no
pienso parar hasta verte arrendador o alcabalero, que son oficios que,
aunque lleva el diablo a quien mal los usa, en fin en fin, siempre tienen y
manejan dineros. Mi seÒora la duquesa te dir· el deseo que tengo de ir a la
corte; mÌrate en ello, y avÌsame de tu gusto, que yo procurarÈ honrarte en
ella andando en coche.

El cura, el barbero, el bachiller y aun el sacrist·n no pueden creer que
eres gobernador, y dicen que todo es embeleco, o cosas de encantamento,
como son todas las de don Quijote tu amo; y dice SansÛn que ha de ir a
buscarte y a sacarte el gobierno de la cabeza, y a don Quijote la locura de
los cascos; yo no hago sino reÌrme, y mirar mi sarta, y dar traza del
vestido que tengo de hacer del tuyo a nuestra hija.

Unas bellotas enviÈ a mi seÒora la duquesa; yo quisiera que fueran de oro.
EnvÌame t˙ algunas sartas de perlas, si se usan en esa Ìnsula.

Las nuevas deste lugar son que la Berrueca casÛ a su hija con un pintor de
mala mano, que llegÛ a este pueblo a pintar lo que saliese; mandÛle el
Concejo pintar las armas de Su Majestad sobre las puertas del Ayuntamiento,
pidiÛ dos ducados, diÈronselos adelantados, trabajÛ ocho dÌas, al cabo de
los cuales no pintÛ nada, y dijo que no acertaba a pintar tantas baratijas;
volviÛ el dinero, y, con todo eso, se casÛ a tÌtulo de buen oficial; verdad
es que ya ha dejado el pincel y tomado el azada, y va al campo como
gentilhombre. El hijo de Pedro de Lobo se ha ordenado de grados y corona,
con intenciÛn de hacerse clÈrigo; s˙polo Minguilla, la nieta de Mingo
Silvato, y hale puesto demanda de que la tiene dada palabra de casamiento;
malas lenguas quieren decir que ha estado encinta dÈl, pero Èl lo niega a
pies juntillas.

HogaÒo no hay aceitunas, ni se halla una gota de vinagre en todo este
pueblo. Por aquÌ pasÛ una compaÒÌa de soldados; llev·ronse de camino tres
mozas deste pueblo; no te quiero decir quiÈn son: quiz· volver·n, y no
faltar· quien las tome por mujeres, con sus tachas buenas o malas.

Sanchica hace puntas de randas; gana cada dÌa ocho maravedÌs horros, que
los va echando en una alcancÌa para ayuda a su ajuar; pero ahora que es
hija de un gobernador, t˙ le dar·s la dote sin que ella lo trabaje. La
fuente de la plaza se secÛ; un rayo cayÛ en la picota, y allÌ me las den
todas.

Espero respuesta dÈsta y la resoluciÛn de mi ida a la corte; y, con esto,
Dios te me guarde m·s aÒos que a mÌ o tantos, porque no querrÌa dejarte sin
mÌ en este mundo.

Tu mujer,

Teresa Panza.

Las cartas fueron solenizadas, reÌdas, estimadas y admiradas; y, para
acabar de echar el sello, llegÛ el correo, el que traÌa la que Sancho
enviaba a don Quijote, que asimesmo se leyÛ p˙blicamente, la cual puso en
duda la sandez del gobernador.

RetirÛse la duquesa, para saber del paje lo que le habÌa sucedido en el
lugar de Sancho, el cual se lo contÛ muy por estenso, sin dejar
circunstancia que no refiriese; diole las bellotas, y m·s un queso que
Teresa le dio, por ser muy bueno, que se aventajaba a los de TronchÛn
RecibiÛlo la duquesa con grandÌsimo gusto, con el cual la dejaremos, por
contar el fin que tuvo el gobierno del gran Sancho Panza, flor y espejo de
todos los insulanos gobernadores.

CapÌtulo LIII. Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de Sancho
Panza

''Pensar que en esta vida las cosas della han de durar siempre en un estado
es pensar en lo escusado; antes parece que ella anda todo en redondo, digo,
a la redonda: la primavera sigue al verano, el verano al estÌo, el estÌo al
otoÒo, y el otoÒo al invierno, y el invierno a la primavera, y asÌ torna a
andarse el tiempo con esta rueda continua; sola la vida humana corre a su
fin ligera m·s que el tiempo, sin esperar renovarse si no es en la otra,
que no tiene tÈrminos que la limiten''. Esto dice Cide Hamete, filÛsofo
mahomÈtico; porque esto de entender la ligereza e instabilidad de la vida
presente, y de la duraciÛn de la eterna que se espera, muchos sin lumbre de
fe, sino con la luz natural, lo han entendido; pero aquÌ, nuestro autor lo
dice por la presteza con que se acabÛ, se consumiÛ, se deshizo, se fue como
en sombra y humo el gobierno de Sancho.

El cual, estando la sÈptima noche de los dÌas de su gobierno en su cama, no
harto de pan ni de vino, sino de juzgar y dar pareceres y de hacer
estatutos y pragm·ticas, cuando el sueÒo, a despecho y pesar de la hambre,
le comenzaba a cerrar los p·rpados, oyÛ tan gran ruido de campanas y de
voces, que no parecÌa sino que toda la Ìnsula se hundÌa. SentÛse en la
cama, y estuvo atento y escuchando, por ver si daba en la cuenta de lo que
podÌa ser la causa de tan grande alboroto; pero no sÛlo no lo supo, pero,
aÒadiÈndose al ruido de voces y campanas el de infinitas trompetas y
atambores, quedÛ m·s confuso y lleno de temor y espanto; y, levant·ndose en
pie, se puso unas chinelas, por la humedad del suelo, y, sin ponerse
sobrerropa de levantar, ni cosa que se pareciese, saliÛ a la puerta de su
aposento, a tiempo cuando vio venir por unos corredores m·s de veinte
personas con hachas encendidas en las manos y con las espadas
desenvainadas, gritando todos a grandes voces:

-°Arma, arma, seÒor gobernador, arma!; que han entrado infinitos enemigos
en la Ìnsula, y somos perdidos si vuestra industria y valor no nos socorre.

Con este ruido, furia y alboroto llegaron donde Sancho estaba, atÛnito y
embelesado de lo que oÌa y veÌa; y, cuando llegaron a Èl, uno le dijo:

-°¡rmese luego vuestra seÒorÌa, si no quiere perderse y que toda esta
Ìnsula se pierda!

-øQuÈ me tengo de armar -respondiÛ Sancho-, ni quÈ sÈ yo de armas ni de
socorros? Estas cosas mejor ser· dejarlas para mi amo don Quijote, que en
dos paletas las despachar· y pondr· en cobro; que yo, pecador fui a Dios,
no se me entiende nada destas priesas.

-°Ah, seÒor gobernador! -dijo otro-. øQuÈ relente es Èse? ¡rmese vuesa
merced, que aquÌ le traemos armas ofensivas y defensivas, y salga a esa
plaza, y sea nuestra guÌa y nuestro capit·n, pues de derecho le toca el
serlo, siendo nuestro gobernador.

-¡rmenme norabuena -replicÛ Sancho.

Y al momento le trujeron dos paveses, que venÌan proveÌdos dellos, y le
pusieron encima de la camisa, sin dejarle tomar otro vestido, un pavÈs
delante y otro detr·s, y, por unas concavidades que traÌan hechas, le
sacaron los brazos, y le liaron muy bien con unos cordeles, de modo que
quedÛ emparedado y entablado, derecho como un huso, sin poder doblar las
rodillas ni menearse un solo paso. PusiÈronle en las manos una lanza, a la
cual se arrimÛ para poder tenerse en pie. Cuando asÌ le tuvieron, le
dijeron que caminase, y los guiase y animase a todos; que, siendo Èl su
norte, su lanterna y su lucero, tendrÌan buen fin sus negocios.

-øCÛmo tengo de caminar, desventurado yo -respondiÛ Sancho-, que no puedo
jugar las choquezuelas de las rodillas, porque me lo impiden estas tablas
que tan cosidas tengo con mis carnes? Lo que han de hacer es llevarme en
brazos y ponerme, atravesado o en pie, en alg˙n postigo, que yo le
guardarÈ, o con esta lanza o con mi cuerpo.

-Ande, seÒor gobernador -dijo otro-, que m·s el miedo que las tablas le
impiden el paso; acabe y menÈese, que es tarde, y los enemigos crecen, y
las voces se aumentan y el peligro carga.

Por cuyas persuasiones y vituperios probÛ el pobre gobernador a moverse, y
fue dar consigo en el suelo tan gran golpe, que pensÛ que se habÌa hecho
pedazos. QuedÛ como gal·pago encerrado y cubierto con sus conchas, o como
medio tocino metido entre dos artesas, o bien asÌ como barca que da al
travÈs en la arena; y no por verle caÌdo aquella gente burladora le
tuvieron compasiÛn alguna; antes, apagando las antorchas, tornaron a
reforzar las voces, y a reiterar el °arma! con tan gran priesa, pasando por
encima del pobre Sancho, d·ndole infinitas cuchilladas sobre los paveses,
que si Èl no se recogiera y encogiera, metiendo la cabeza entre los
paveses, lo pasara muy mal el pobre gobernador, el cual, en aquella
estrecheza recogido, sudaba y trasudaba, y de todo corazÛn se encomendaba a
Dios que de aquel peligro le sacase.

Unos tropezaban en Èl, otros caÌan, y tal hubo que se puso encima un buen
espacio, y desde allÌ, como desde atalaya, gobernaba los ejÈrcitos, y a
grandes voces decÌa:

-°AquÌ de los nuestros, que por esta parte cargan m·s los enemigos! °Aquel
portillo se guarde, aquella puerta se cierre, aquellas escalas se tranquen!
°Vengan alcancÌas, pez y resina en calderas de aceite ardiendo!
°TrinchÈense las calles con colchones!

En fin, Èl nombraba con todo ahÌnco todas las baratijas e instrumentos y
pertrechos de guerra con que suele defenderse el asalto de una ciudad, y el
molido Sancho, que lo escuchaba y sufrÌa todo, decÌa entre sÌ:

-°Oh, si mi SeÒor fuese servido que se acabase ya de perder esta Ìnsula, y
me viese yo o muerto o fuera desta grande angustia!

OyÛ el cielo su peticiÛn, y, cuando menos lo esperaba, oyÛ voces que
decÌan:

-°Vitoria, vitoria! °Los enemigos van de vencida! °Ea, seÒor gobernador,
lev·ntese vuesa merced y venga a gozar del vencimiento y a repartir los
despojos que se han tomado a los enemigos, por el valor dese invencible
brazo!

-Lev·ntenme -dijo con voz doliente el dolorido Sancho.

Ayud·ronle a levantar, y, puesto en pie, dijo:

-El enemigo que yo hubiere vencido quiero que me le claven en la frente. Yo
no quiero repartir despojos de enemigos, sino pedir y suplicar a alg˙n
amigo, si es que le tengo, que me dÈ un trago de vino, que me seco, y me
enjugue este sudor, que me hago agua.

Limpi·ronle, trujÈronle el vino, desli·ronle los paveses, sentÛse sobre su
lecho y desmayÛse del temor, del sobresalto y del trabajo. Ya les pesaba a
los de la burla de habÈrsela hecho tan pesada; pero el haber vuelto en sÌ
Sancho les templÛ la pena que les habÌa dado su desmayo. PreguntÛ quÈ hora
era, respondiÈronle que ya amanecÌa. CallÛ, y, sin decir otra cosa, comenzÛ
a vestirse, todo sepultado en silencio, y todos le miraban y esperaban en
quÈ habÌa de parar la priesa con que se vestÌa. VistiÛse, en fin, y poco a
poco, porque estaba molido y no podÌa ir mucho a mucho, se fue a la
caballeriza, siguiÈndole todos los que allÌ se hallaban, y, lleg·ndose al
rucio, le abrazÛ y le dio un beso de paz en la frente, y, no sin l·grimas
en los ojos, le dijo:

-Venid vos ac·, compaÒero mÌo y amigo mÌo, y conllevador de mis trabajos y
miserias: cuando yo me avenÌa con vos y no tenÌa otros pensamientos que los
que me daban los cuidados de remendar vuestros aparejos y de sustentar
vuestro corpezuelo, dichosas eran mis horas, mis dÌas y mis aÒos; pero,
despuÈs que os dejÈ y me subÌ sobre las torres de la ambiciÛn y de la
soberbia, se me han entrado por el alma adentro mil miserias, mil trabajos
y cuatro mil desasosiegos.

Y, en tanto que estas razones iba diciendo, iba asimesmo enalbardando el
asno, sin que nadie nada le dijese. Enalbardado, pues, el rucio, con gran
pena y pesar subiÛ sobre Èl, y, encaminando sus palabras y razones al
mayordomo, al secretario, al maestresala y a Pedro Recio el doctor, y a
otros muchos que allÌ presentes estaban, dijo:

-Abrid camino, seÒores mÌos, y dejadme volver a mi antigua libertad;
dejadme que vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite de esta
muerte presente. Yo no nacÌ para ser gobernador, ni para defender Ìnsulas
ni ciudades de los enemigos que quisieren acometerlas. Mejor se me entiende
a mÌ de arar y cavar, podar y ensarmentar las viÒas, que de dar leyes ni de
defender provincias ni reinos. Bien se est· San Pedro en Roma: quiero
decir, que bien se est· cada uno usando el oficio para que fue nacido.
Mejor me est· a mÌ una hoz en la mano que un cetro de gobernador; m·s
quiero hartarme de gazpachos que estar sujeto a la miseria de un mÈdico
impertinente que me mate de hambre; y m·s quiero recostarme a la sombra de
una encina en el verano y arroparme con un zamarro de dos pelos en el
invierno, en mi libertad, que acostarme con la sujeciÛn del gobierno entre
s·banas de holanda y vestirme de martas cebollinas. Vuestras mercedes se
queden con Dios, y digan al duque mi seÒor que, desnudo nacÌ, desnudo me
hallo: ni pierdo ni gano; quiero decir, que sin blanca entrÈ en este
gobierno y sin ella salgo, bien al revÈs de como suelen salir los
gobernadores de otras Ìnsulas. Y ap·rtense: dÈjenme ir, que me voy a
bizmar; que creo que tengo brumadas todas las costillas, merced a los
enemigos que esta noche se han paseado sobre mÌ.

-No ha de ser asÌ, seÒor gobernador -dijo el doctor Recio-, que yo le darÈ
a vuesa merced una bebida contra caÌdas y molimientos, que luego le vuelva
en su prÌstina entereza y vigor; y, en lo de la comida, yo prometo a vuesa
merced de enmendarme, dej·ndole comer abundantemente de todo aquello que
quisiere.

-°Tarde piache! -respondiÛ Sancho-. AsÌ dejarÈ de irme como volverme turco.
No son estas burlas para dos veces. Por Dios que asÌ me quede en Èste, ni
admita otro gobierno, aunque me le diesen entre dos platos, como volar al
cielo sin alas. Yo soy del linaje de los Panzas, que todos son testarudos,
y si una vez dicen nones, nones han de ser, aunque sean pares, a pesar de
todo el mundo. QuÈdense en esta caballeriza las alas de la hormiga, que me
levantaron en el aire para que me comiesen vencejos y otros p·jaros, y
volv·monos a andar por el suelo con pie llano, que, si no le adornaren
zapatos picados de cordob·n, no le faltar·n alpargatas toscas de cuerda.
Cada oveja con su pareja, y nadie tienda m·s la pierna de cuanto fuere
larga la s·bana; y dÈjenme pasar, que se me hace tarde.

A lo que el mayordomo dijo:

-SeÒor gobernador, de muy buena gana dej·ramos ir a vuesa merced, puesto
que nos pesar· mucho de perderle, que su ingenio y su cristiano proceder
obligan a desearle; pero ya se sabe que todo gobernador est· obligado,
antes que se ausente de la parte donde ha gobernado, dar primero
residencia: dÈla vuesa merced de los diez dÌas que ha que tiene el
gobierno, y v·yase a la paz de Dios.

-Nadie me la puede pedir -respondiÛ Sancho-, si no es quien ordenare el
duque mi seÒor; yo voy a verme con Èl, y a Èl se la darÈ de molde; cuanto
m·s que, saliendo yo desnudo, como salgo, no es menester otra seÒal para
dar a entender que he gobernado como un ·ngel.

-Par Dios que tiene razÛn el gran Sancho -dijo el doctor Recio-, y que soy
de parecer que le dejemos ir, porque el duque ha de gustar infinito de
verle.

Todos vinieron en ello, y le dejaron ir, ofreciÈndole primero compaÒÌa y
todo aquello que quisiese para el regalo de su persona y para la comodidad
de su viaje. Sancho dijo que no querÌa m·s de un poco de cebada para el
rucio y medio queso y medio pan para Èl; que, pues el camino era tan corto,
no habÌa menester mayor ni mejor reposterÌa. Abraz·ronle todos, y Èl,
llorando, abrazÛ a todos, y los dejÛ admirados, asÌ de sus razones como de
su determinaciÛn tan resoluta y tan discreta.

CapÌtulo LIV. Que trata de cosas tocantes a esta historia, y no a otra
alguna

ResolviÈronse el duque y la duquesa de que el desafÌo que don Quijote hizo
a su vasallo, por la causa ya referida, pasase adelante; y, puesto que el
mozo estaba en Flandes, adonde se habÌa ido huyendo, por no tener por
suegra a doÒa RodrÌguez, ordenaron de poner en su lugar a un lacayo gascÛn,
que se llamaba Tosilos, industri·ndole primero muy bien de todo lo que
habÌa de hacer.

De allÌ a dos dÌas dijo el duque a don Quijote como desde allÌ a cuatro
vendrÌa su contrario, y se presentarÌa en el campo, armado como caballero,
y sustentarÌa como la doncella mentÌa por mitad de la barba, y aun por toda
la barba entera, si se afirmaba que Èl le hubiese dado palabra de
casamiento. Don Quijote recibiÛ mucho gusto con las tales nuevas, y se
prometiÛ a sÌ mismo de hacer maravillas en el caso, y tuvo a gran ventura
habÈrsele ofrecido ocasiÛn donde aquellos seÒores pudiesen ver hasta dÛnde
se estendÌa el valor de su poderoso brazo; y asÌ, con alborozo y contento,
esperaba los cuatro dÌas, que se le iban haciendo, a la cuenta de su deseo,
cuatrocientos siglos.

DejÈmoslos pasar nosotros, como dejamos pasar otras cosas, y vamos a
acompaÒar a Sancho, que entre alegre y triste venÌa caminando sobre el
rucio a buscar a su amo, cuya compaÒÌa le agradaba m·s que ser gobernador
de todas las Ìnsulas del mundo.

SucediÛ, pues, que, no habiÈndose alongado mucho de la Ìnsula del su
gobierno -que Èl nunca se puso a averiguar si era Ìnsula, ciudad, villa o
lugar la que gobernaba-, vio que por el camino por donde Èl iba venÌan seis
peregrinos con sus bordones, de estos estranjeros que piden la limosna
cantando, los cuales, en llegando a Èl, se pusieron en ala, y, levantando
las voces todos juntos, comenzaron a cantar en su lengua lo que Sancho no
pudo entender, si no fue una palabra que claramente pronunciaba limosna,
por donde entendiÛ que era limosna la que en su canto pedÌan; y como Èl,
seg˙n dice Cide Hamete, era caritativo adem·s, sacÛ de sus alforjas medio
pan y medio queso, de que venÌa proveÌdo, y diÛselo, diciÈndoles por seÒas
que no tenÌa otra cosa que darles. Ellos lo recibieron de muy buena gana, y
dijeron:

-°Guelte! °Guelte!

-No entiendo -respondiÛ Sancho- quÈ es lo que me pedÌs, buena gente.

Entonces uno de ellos sacÛ una bolsa del seno y mostrÛsela a Sancho, por
donde entendiÛ que le pedÌan dineros; y Èl, poniÈndose el dedo pulgar en la
garganta y estendiendo la mano arriba, les dio a entender que no tenÌa
ostugo de moneda, y, picando al rucio, rompiÛ por ellos; y, al pasar,
habiÈndole estado mirando uno dellos con mucha atenciÛn, arremetiÛ a Èl,
ech·ndole los brazos por la cintura; en voz alta y muy castellana, dijo:

-°V·lame Dios! øQuÈ es lo que veo? øEs posible que tengo en mis brazos al
mi caro amigo, al mi buen vecino Sancho Panza? SÌ tengo, sin duda, porque
yo ni duermo, ni estoy ahora borracho.

AdmirÛse Sancho de verse nombrar por su nombre y de verse abrazar del
estranjero peregrino, y, despuÈs de haberle estado mirando sin hablar
palabra, con mucha atenciÛn, nunca pudo conocerle; pero, viendo su
suspensiÛn el peregrino, le dijo:

-øCÛmo, y es posible, Sancho Panza hermano, que no conoces a tu vecino
Ricote el morisco, tendero de tu lugar?

Entonces Sancho le mirÛ con m·s atenciÛn y comenzÛ a rafigurarle, y ,
finalmente, le vino a conocer de todo punto, y, sin apearse del jumento, le
echÛ los brazos al cuello, y le dijo:

-øQuiÈn diablos te habÌa de conocer, Ricote, en ese traje de moharracho que
traes? Dime: øquiÈn te ha hecho franchote, y cÛmo tienes atrevimiento de
volver a EspaÒa, donde si te cogen y conocen tendr·s harta mala ventura?

-Si t˙ no me descubres, Sancho -respondiÛ el peregrino-, seguro estoy que
en este traje no habr· nadie que me conozca; y apartÈmonos del camino a
aquella alameda que allÌ parece, donde quieren comer y reposar mis
compaÒeros, y allÌ comer·s con ellos, que son muy apacible gente. Yo tendrÈ
lugar de contarte lo que me ha sucedido despuÈs que me partÌ de nuestro
lugar, por obedecer el bando de Su Majestad, que con tanto rigor a los
desdichados de mi naciÛn amenazaba, seg˙n oÌste.

HÌzolo asÌ Sancho, y, hablando Ricote a los dem·s peregrinos, se apartaron
a la alameda que se parecÌa, bien desviados del camino real. Arrojaron los
bordones, quit·ronse las mucetas o esclavinas y quedaron en pelota, y todos
ellos eran mozos y muy gentileshombres, excepto Ricote, que ya era hombre
entrado en aÒos. Todos traÌan alforjas, y todas, seg˙n pareciÛ, venÌan bien
proveÌdas, a lo menos, de cosas incitativas y que llaman a la sed de dos
leguas.

TendiÈronse en el suelo, y, haciendo manteles de las yerbas, pusieron sobre
ellas pan, sal, cuchillos, nueces, rajas de queso, huesos mondos de jamÛn,
que si no se dejaban mascar, no defendÌan el ser chupados. Pusieron
asimismo un manjar negro que dicen que se llama cavial, y es hecho de
huevos de pescados, gran despertador de la colambre. No faltaron aceitunas,
aunque secas y sin adobo alguno, pero sabrosas y entretenidas. Pero lo que
m·s campeÛ en el campo de aquel banquete fueron seis botas de vino, que
cada uno sacÛ la suya de su alforja; hasta el buen Ricote, que se habÌa
transformado de morisco en alem·n o en tudesco, sacÛ la suya, que en
grandeza podÌa competir con las cinco.

Comenzaron a comer con grandÌsimo gusto y muy de espacio, sabore·ndose con
cada bocado, que le tomaban con la punta del cuchillo, y muy poquito de
cada cosa, y luego, al punto, todos a una, levantaron los brazos y las
botas en el aire; puestas las bocas en su boca, clavados los ojos en el
cielo, no parecÌa sino que ponÌan en Èl la punterÌa; y desta manera,
meneando las cabezas a un lado y a otro, seÒales que acreditaban el gusto
que recebÌan, se estuvieron un buen espacio, trasegando en sus estÛmagos
las entraÒas de las vasijas.

Todo lo miraba Sancho, y de ninguna cosa se dolÌa; antes, por cumplir con
el refr·n, que Èl muy bien sabÌa, de "cuando a Roma fueres, haz como
vieres", pidiÛ a Ricote la bota, y tomÛ su punterÌa como los dem·s, y no
con menos gusto que ellos.

Cuatro veces dieron lugar las botas para ser empinadas; pero la quinta no
fue posible, porque ya estaban m·s enjutas y secas que un esparto, cosa que
puso mustia la alegrÌa que hasta allÌ habÌan mostrado. De cuando en cuando,
juntaba alguno su mano derecha con la de Sancho, y decÌa:

-EspaÒol y tudesqui, tuto uno: bon compaÒo.

Y Sancho respondÌa: Bon compaÒo, jura Di!

Y disparaba con una risa que le duraba un hora, sin acordarse entonces de
nada de lo que le habÌa sucedido en su gobierno; porque sobre el rato y
tiempo cuando se come y bebe, poca jurisdiciÛn suelen tener los cuidados.
Finalmente, el acab·rsele el vino fue principio de un sueÒo que dio a
todos, qued·ndose dormidos sobre las mismas mesas y manteles; solos Ricote
y Sancho quedaron alerta, porque habÌan comido m·s y bebido menos; y,
apartando Ricote a Sancho, se sentaron al pie de una haya, dejando a los
peregrinos sepultados en dulce sueÒo; y Ricote, sin tropezar nada en su
lengua morisca, en la pura castellana le dijo las siguientes razones:

-´Bien sabes, °oh Sancho Panza, vecino y amigo mÌo!, como el pregÛn y bando
que Su Majestad mandÛ publicar contra los de mi naciÛn puso terror y
espanto en todos nosotros; a lo menos, en mÌ le puso de suerte que me
parece que antes del tiempo que se nos concedÌa para que hiciÈsemos
ausencia de EspaÒa, ya tenÌa el rigor de la pena ejecutado en mi persona y
en la de mis hijos. OrdenÈ, pues, a mi parecer como prudente, bien asÌ como
el que sabe que para tal tiempo le han de quitar la casa donde vive y se
provee de otra donde mudarse; ordenÈ, digo, de salir yo solo, sin mi
familia, de mi pueblo, y ir a buscar donde llevarla con comodidad y sin la
priesa con que los dem·s salieron; porque bien vi, y vieron todos nuestros
ancianos, que aquellos pregones no eran sÛlo amenazas, como algunos decÌan,
sino verdaderas leyes, que se habÌan de poner en ejecuciÛn a su determinado
tiempo; y forz·bame a creer esta verdad saber yo los ruines y disparatados
intentos que los nuestros tenÌan, y tales, que me parece que fue
inspiraciÛn divina la que moviÛ a Su Majestad a poner en efecto tan
gallarda resoluciÛn, no porque todos fuÈsemos culpados, que algunos habÌa
cristianos firmes y verdaderos; pero eran tan pocos que no se podÌan oponer
a los que no lo eran, y no era bien criar la sierpe en el seno, teniendo
los enemigos dentro de casa. Finalmente, con justa razÛn fuimos castigados
con la pena del destierro, blanda y suave al parecer de algunos, pero al
nuestro, la m·s terrible que se nos podÌa dar. Doquiera que estamos
lloramos por EspaÒa, que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria
natural; en ninguna parte hallamos el acogimiento que nuestra desventura
desea, y en BerberÌa, y en todas las partes de ¡frica, donde esper·bamos
ser recebidos, acogidos y regalados, allÌ es donde m·s nos ofenden y
maltratan. No hemos conocido el bien hasta que le hemos perdido; y es el
deseo tan grande, que casi todos tenemos de volver a EspaÒa, que los m·s de
aquellos, y son muchos, que saben la lengua como yo, se vuelven a ella, y
dejan all· sus mujeres y sus hijos desamparados: tanto es el amor que la
tienen; y agora conozco y experimento lo que suele decirse: que es dulce el
amor de la patria. SalÌ, como digo, de nuestro pueblo, entrÈ en Francia, y,
aunque allÌ nos hacÌan buen acogimiento, quise verlo todo. PasÈ a Italia y
lleguÈ a Alemania, y allÌ me pareciÛ que se podÌa vivir con m·s libertad,
porque sus habitadores no miran en muchas delicadezas: cada uno vive como
quiere, porque en la mayor parte della se vive con libertad de conciencia.
DejÈ tomada casa en un pueblo junto a Augusta; juntÈme con estos
peregrinos, que tienen por costumbre de venir a EspaÒa muchos dellos, cada
aÒo, a visitar los santuarios della, que los tienen por sus Indias, y por
certÌsima granjerÌa y conocida ganancia. ¡ndanla casi toda, y no hay pueblo
ninguno de donde no salgan comidos y bebidos, como suele decirse, y con un
real, por lo menos, en dineros, y al cabo de su viaje salen con m·s de cien
escudos de sobra que, trocados en oro, o ya en el hueco de los bordones, o
entre los remiendos de las esclavinas, o con la industria que ellos pueden,
los sacan del reino y los pasan a sus tierras, a pesar de las guardas de
los puestos y puertos donde se registran. Ahora es mi intenciÛn, Sancho,
sacar el tesoro que dejÈ enterrado, que por estar fuera del pueblo lo podrÈ
hacer sin peligro y escribir o pasar desde Valencia a mi hija y a mi mujer,
que sÈ que est· en Argel, y dar traza como traerlas a alg˙n puerto de
Francia, y desde allÌ llevarlas a Alemania, donde esperaremos lo que Dios
quisiere hacer de nosotros; que, en resoluciÛn, Sancho, yo sÈ cierto que la
Ricota mi hija y Francisca Ricota, mi mujer, son catÛlicas cristianas, y,
aunque yo no lo soy tanto, todavÌa tengo m·s de cristiano que de moro, y
ruego siempre a Dios me abra los ojos del entendimiento y me dÈ a conocer
cÛmo le tengo de servir. Y lo que me tiene admirado es no saber por quÈ se
fue mi mujer y mi hija antes a BerberÌa que a Francia, adonde podÌa vivir
como cristiana.ª

A lo que respondiÛ Sancho:

-Mira, Ricote, eso no debiÛ estar en su mano, porque las llevÛ Juan
Tiopieyo, el hermano de tu mujer; y, como debe de ser fino moro, fuese a lo
m·s bien parado, y sÈte decir otra cosa: que creo que vas en balde a buscar
lo que dejaste encerrado; porque tuvimos nuevas que habÌan quitado a tu
cuÒado y tu mujer muchas perlas y mucho dinero en oro que llevaban por
registrar.

-Bien puede ser eso -replicÛ Ricote-, pero yo sÈ, Sancho, que no tocaron a
mi encierro, porque yo no les descubrÌ dÛnde estaba, temeroso de alg˙n
desm·n; y asÌ, si t˙, Sancho, quieres venir conmigo y ayudarme a sacarlo y
a encubrirlo, yo te darÈ docientos escudos, con que podr·s remediar tus
necesidades, que ya sabes que sÈ yo que las tienes muchas.

-Yo lo hiciera -respondiÛ Sancho-, pero no soy nada codicioso; que, a
serlo, un oficio dejÈ yo esta maÒana de las manos, donde pudiera hacer las
paredes de mi casa de oro, y comer antes de seis meses en platos de plata;
y, asÌ por esto como por parecerme harÌa traiciÛn a mi rey en dar favor a
sus enemigos, no fuera contigo, si como me prometes docientos escudos, me
dieras aquÌ de contado cuatrocientos.

-Y øquÈ oficio es el que has dejado, Sancho? -preguntÛ Ricote.

-He dejado de ser gobernador de una Ìnsula -respondiÛ Sancho-, y tal, que a
buena fee que no hallen otra como ella a tres tirones.

-øY dÛnde est· esa Ìnsula? -preguntÛ Ricote.

-øAdÛnde? -respondiÛ Sancho-. Dos leguas de aquÌ, y se llama la Ìnsula
Barataria.

-Calla, Sancho -dijo Ricote-, que las Ìnsulas est·n all· dentro de la mar;
que no hay Ìnsulas en la tierra firme.

-øCÛmo no? -replicÛ Sancho-. DÌgote, Ricote amigo, que esta maÒana me partÌ
della, y ayer estuve en ella gobernando a mi placer, como un sagitario;
pero, con todo eso, la he dejado, por parecerme oficio peligroso el de los
gobernadores.

-Y øquÈ has ganado en el gobierno? -preguntÛ Ricote.

-He ganado -respondiÛ Sancho- el haber conocido que no soy bueno para
gobernar, si no es un hato de ganado, y que las riquezas que se ganan en
los tales gobiernos son a costa de perder el descanso y el sueÒo, y aun el
sustento; porque en las Ìnsulas deben de comer poco los gobernadores,
especialmente si tienen mÈdicos que miren por su salud.

-Yo no te entiendo, Sancho -dijo Ricote-, pero parÈceme que todo lo que
dices es disparate; que, øquiÈn te habÌa de dar a ti Ìnsulas que
gobernases? øFaltaban hombres en el mundo m·s h·biles para gobernadores que
t˙ eres? Calla, Sancho, y vuelve en ti, y mira si quieres venir conmigo,
como te he dicho, a ayudarme a sacar el tesoro que dejÈ escondido; que en
verdad que es tanto, que se puede llamar tesoro, y te darÈ con que vivas,
como te he dicho.

-Ya te he dicho, Ricote -replicÛ Sancho-, que no quiero; contÈntate que por
mÌ no ser·s descubierto, y prosigue en buena hora tu camino, y dÈjame
seguir el mÌo; que yo sÈ que lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y su
dueÒo.

-No quiero porfiar, Sancho -dijo Ricote-, pero dime: øhall·stete en nuestro
lugar, cuando se partiÛ dÈl mi mujer, mi hija y mi cuÒado?

-SÌ hallÈ -respondiÛ Sancho-, y sÈte decir que saliÛ tu hija tan hermosa
que salieron a verla cuantos habÌa en el pueblo, y todos decÌan que era la
m·s bella criatura del mundo. Iba llorando y abrazaba a todas sus amigas y
conocidas, y a cuantos llegaban a verla, y a todos pedÌa la encomendasen a
Dios y a Nuestra SeÒora su madre; y esto, con tanto sentimiento, que a mÌ
me hizo llorar, que no suelo ser muy llorÛn. Y a fee que muchos tuvieron
deseo de esconderla y salir a quit·rsela en el camino; pero el miedo de ir
contra el mandado del rey los detuvo. Principalmente se mostrÛ m·s
apasionado don Pedro Gregorio, aquel mancebo mayorazgo rico que t˙ conoces,
que dicen que la querÌa mucho, y despuÈs que ella se partiÛ, nunca m·s Èl
ha parecido en nuestro lugar, y todos pensamos que iba tras ella para
robarla; pero hasta ahora no se ha sabido nada.

-Siempre tuve yo mala sospecha -dijo Ricote- de que ese caballero adamaba a
mi hija; pero, fiado en el valor de mi Ricota, nunca me dio pesadumbre el
saber que la querÌa bien; que ya habr·s oÌdo decir, Sancho, que las
moriscas pocas o ninguna vez se mezclaron por amores con cristianos viejos,
y mi hija, que, a lo que yo creo, atendÌa a ser m·s cristiana que
enamorada, no se curarÌa de las solicitudes de ese seÒor mayorazgo.

-Dios lo haga -replicÛ Sancho-, que a entrambos les estarÌa mal. Y dÈjame
partir de aquÌ, Ricote amigo, que quiero llegar esta noche adonde est· mi
seÒor don Quijote.

-Dios vaya contigo, Sancho hermano, que ya mis compaÒeros se rebullen, y
tambiÈn es hora que prosigamos nuestro camino.

Y luego se abrazaron los dos, y Sancho subiÛ en su rucio, y Ricote se
arrimÛ a su bordÛn, y se apartaron.

CapÌtulo LV. De cosas sucedidas a Sancho en el camino, y otras que no hay
m·s que ver

El haberse detenido Sancho con Ricote no le dio lugar a que aquel dÌa
llegase al castillo del duque, puesto que llegÛ media legua dÈl, donde le
tomÛ la noche, algo escura y cerrada; pero, como era verano, no le dio
mucha pesadumbre; y asÌ, se apartÛ del camino con intenciÛn de esperar la
maÒana; y quiso su corta y desventurada suerte que, buscando lugar donde
mejor acomodarse, cayeron Èl y el rucio en una honda y escurÌsima sima que
entre unos edificios muy antiguos estaba, y al tiempo del caer, se
encomendÛ a Dios de todo corazÛn, pensando que no habÌa de parar hasta el
profundo de los abismos. Y no fue asÌ, porque a poco m·s de tres estados
dio fondo el rucio, y Èl se hallÛ encima dÈl, sin haber recebido lisiÛn ni
daÒo alguno.

TentÛse todo el cuerpo, y recogiÛ el aliento, por ver si estaba sano o
agujereado por alguna parte; y, viÈndose bueno, entero y catÛlico de salud,
no se hartaba de dar gracias a Dios Nuestro SeÒor de la merced que le habÌa
hecho, porque sin duda pensÛ que estaba hecho mil pedazos. TentÛ asimismo
con las manos por las paredes de la sima, por ver si serÌa posible salir
della sin ayuda de nadie; pero todas las hallÛ rasas y sin asidero alguno,
de lo que Sancho se congojÛ mucho, especialmente cuando oyÛ que el rucio se
quejaba tierna y dolorosamente; y no era mucho, ni se lamentaba de vicio,
que, a la verdad, no estaba muy bien parado.

-°Ay -dijo entonces Sancho Panza-, y cu·n no pensados sucesos suelen
suceder a cada paso a los que viven en este miserable mundo! øQuiÈn dijera
que el que ayer se vio entronizado gobernador de una Ìnsula, mandando a sus
sirvientes y a sus vasallos, hoy se habÌa de ver sepultado en una sima, sin
haber persona alguna que le remedie, ni criado ni vasallo que acuda a su
socorro? AquÌ habremos de perecer de hambre yo y mi jumento, si ya no nos
morimos antes, Èl de molido y quebrantado, y yo de pesaroso. A lo menos, no
serÈ yo tan venturoso como lo fue mi seÒor don Quijote de la Mancha cuando
decendiÛ y bajÛ a la cueva de aquel encantado Montesinos, donde hallÛ quien
le regalase mejor que en su casa, que no parece sino que se fue a mesa
puesta y a cama hecha. AllÌ vio Èl visiones hermosas y apacibles, y yo verÈ
aquÌ, a lo que creo, sapos y culebras. °Desdichado de mÌ, y en quÈ han
parado mis locuras y fantasÌas! De aquÌ sacar·n mis huesos, cuando el cielo
sea servido que me descubran, mondos, blancos y raÌdos, y los de mi buen
rucio con ellos, por donde quiz· se echar· de ver quiÈn somos, a lo menos
de los que tuvieren noticia que nunca Sancho Panza se apartÛ de su asno, ni
su asno de Sancho Panza. Otra vez digo: °miserables de nosotros, que no ha
querido nuestra corta suerte que muriÈsemos en nuestra patria y entre los
nuestros, donde ya que no hallara remedio nuestra desgracia, no faltara
quien dello se doliera, y en la hora ˙ltima de nuestro pasamiento nos
cerrara los ojos! °Oh compaÒero y amigo mÌo, quÈ mal pago te he dado de tus
buenos servicios! PerdÛname y pide a la fortuna, en el mejor modo que
supieres, que nos saque deste miserable trabajo en que estamos puestos los
dos; que yo prometo de ponerte una corona de laurel en la cabeza, que no
parezcas sino un laureado poeta, y de darte los piensos doblados.

Desta manera se lamentaba Sancho Panza, y su jumento le escuchaba sin
responderle palabra alguna: tal era el aprieto y angustia en que el pobre
se hallaba. Finalmente, habiendo pasado toda aquella noche en miserables
quejas y lamentaciones, vino el dÌa, con cuya claridad y resplandor vio
Sancho que era imposible de toda imposibilidad salir de aquel pozo sin ser
ayudado, y comenzÛ a lamentarse y dar voces, por ver si alguno le oÌa; pero
todas sus voces eran dadas en desierto, pues por todos aquellos contornos
no habÌa persona que pudiese escucharle, y entonces se acabÛ de dar por
muerto.

Estaba el rucio boca arriba, y Sancho Panza le acomodÛ de modo que le puso
en pie, que apenas se podÌa tener; y, sacando de las alforjas, que tambiÈn
habÌan corrido la mesma fortuna de la caÌda, un pedazo de pan, lo dio a su
jumento, que no le supo mal, y dÌjole Sancho, como si lo entendiera:

-Todos los duelos con pan son buenos.

En esto, descubriÛ a un lado de la sima un agujero, capaz de caber por Èl
una persona, si se agobiaba y encogÌa. AcudiÛ a Èl Sancho Panza, y,
agazap·ndose, se entrÛ por Èl y vio que por de dentro era espacioso y
largo, y p˙dolo ver, porque por lo que se podÌa llamar techo entraba un
rayo de sol que lo descubrÌa todo. Vio tambiÈn que se dilataba y alargaba
por otra concavidad espaciosa; viendo lo cual, volviÛ a salir adonde estaba
el jumento, y con una piedra comenzÛ a desmoronar la tierra del agujero, de
modo que en poco espacio hizo lugar donde con facilidad pudiese entrar el
asno, como lo hizo; y, cogiÈndole del cabestro, comenzÛ a caminar por
aquella gruta adelante, por ver si hallaba alguna salida por otra parte. A
veces iba a escuras, y a veces sin luz, pero ninguna vez sin miedo.

-°V·lame Dios todopoderoso! -decÌa entre sÌ-. Esta que para mÌ es
desventura, mejor fuera para aventura de mi amo don Quijote. …l sÌ que
tuviera estas profundidades y mazmorras por jardines floridos y por
palacios de Galiana, y esperara salir de esta escuridad y estrecheza a
alg˙n florido prado; pero yo, sin ventura, falto de consejo y menoscabado
de ·nimo, a cada paso pienso que debajo de los pies de improviso se ha de
abrir otra sima m·s profunda que la otra, que acabe de tragarme. °Bien
vengas mal, si vienes solo!

Desta manera y con estos pensamientos le pareciÛ que habrÌa caminado poco
m·s de media legua, al cabo de la cual descubriÛ una confusa claridad, que
pareciÛ ser ya de dÌa, y que por alguna parte entraba, que daba indicio de
tener fin abierto aquel, para Èl, camino de la otra vida.

AquÌ le deja Cide Hamete Benengeli, y vuelve a tratar de don Quijote,
que, alborozado y contento, esperaba el plazo de la batalla que habÌa de
hacer con el robador de la honra de la hija de doÒa RodrÌguez, a quien
pensaba enderezar el tuerto y desaguisado que malamente le tenÌan fecho.

SucediÛ, pues, que, saliÈndose una maÒana a imponerse y ensayarse en lo que
habÌa de hacer en el trance en que otro dÌa pensaba verse, dando un repelÛn
o arremetida a Rocinante, llegÛ a poner los pies tan junto a una cueva,
que, a no tirarle fuertemente las riendas, fuera imposible no caer en ella.
En fin, le detuvo y no cayÛ, y, lleg·ndose algo m·s cerca, sin apearse,
mirÛ aquella hondura; y, est·ndola mirando, oyÛ grandes voces dentro; y,
escuchando atentamente, pudo percebir y entender que el que las daba decÌa:

-°Ah de arriba! øHay alg˙n cristiano que me escuche, o alg˙n caballero
caritativo que se duela de un pecador enterrado en vida, o un desdichado
desgobernado gobernador?

PareciÛle a don Quijote que oÌa la voz de Sancho Panza, de que quedÛ
suspenso y asombrado, y, levantando la voz todo lo que pudo, dijo:

-øQuiÈn est· all· bajo? øQuiÈn se queja?

-øQuiÈn puede estar aquÌ, o quiÈn se ha de quejar -respondieron-, sino el
asendereado de Sancho Panza, gobernador, por sus pecados y por su mala
andanza, de la Ìnsula Barataria, escudero que fue del famoso caballero don
Quijote de la Mancha?

Oyendo lo cual don Quijote, se le doblÛ la admiraciÛn y se le acrecentÛ el
pasmo, viniÈndosele al pensamiento que Sancho Panza debÌa de ser muerto, y
que estaba allÌ penando su alma, y llevado desta imaginaciÛn dijo:

-Conj˙rote por todo aquello que puedo conjurarte como catÛlico cristiano,
que me digas quiÈn eres; y si eres alma en pena, dime quÈ quieres que haga
por ti; que, pues es mi profesiÛn favorecer y acorrer a los necesitados
deste mundo, tambiÈn lo serÈ para acorrer y ayudar a los menesterosos del
otro mundo, que no pueden ayudarse por sÌ propios.

-Desa manera -respondieron-, vuestra merced que me habla debe de ser mi
seÒor don Quijote de la Mancha, y aun en el Ûrgano de la voz no es otro,
sin duda.

-Don Quijote soy -replicÛ don Quijote-, el que profeso socorrer y ayudar en
sus necesidades a los vivos y a los muertos. Por eso dime quiÈn eres, que
me tienes atÛnito; porque si eres mi escudero Sancho Panza, y te has
muerto, como no te hayan llevado los diablos, y, por la misericordia de
Dios, estÈs en el purgatorio, sufragios tiene nuestra Santa Madre la
Iglesia CatÛlica Romana bastantes a sacarte de las penas en que est·s, y
yo, que lo solicitarÈ con ella, por mi parte, con cuanto mi hacienda
alcanzare; por eso, acaba de declararte y dime quiÈn eres.

-°Voto a tal! -respondieron-, y por el nacimiento de quien vuesa merced
quisiere, juro, seÒor don Quijote de la Mancha, que yo soy su escudero
Sancho Panza, y que nunca me he muerto en todos los dÌas de mi vida; sino
que, habiendo dejado mi gobierno por cosas y causas que es menester m·s
espacio para decirlas, anoche caÌ en esta sima donde yago, el rucio
conmigo, que no me dejar· mentir, pues, por m·s seÒas, est· aquÌ conmigo.

Y hay m·s: que no parece sino que el jumento entendiÛ lo que Sancho dijo,
porque al momento comenzÛ a rebuznar, tan recio, que toda la cueva
retumbaba.

-°Famoso testigo! -dijo don Quijote-. El rebuzno conozco como si le
pariera, y tu voz oigo, Sancho mÌo. EspÈrame; irÈ al castillo del duque,
que est· aquÌ cerca, y traerÈ quien te saque desta sima, donde tus pecados
te deben de haber puesto.

-Vaya vuesa merced -dijo Sancho-, y vuelva presto, por un solo Dios, que ya
no lo puedo llevar el estar aquÌ sepultado en vida, y me estoy muriendo de
miedo.

DejÛle don Quijote, y fue al castillo a contar a los duques el suceso de
Sancho Panza, de que no poco se maravillaron, aunque bien entendieron que
debÌa de haber caÌdo por la correspondencia de aquella gruta que de tiempos
inmemoriales estaba allÌ hecha; pero no podÌan pensar cÛmo habÌa dejado el
gobierno sin tener ellos aviso de su venida. Finalmente, como dicen,
llevaron sogas y maromas; y, a costa de mucha gente y de mucho trabajo,
sacaron al rucio y a Sancho Panza de aquellas tinieblas a la luz del sol.
Viole un estudiante, y dijo:

-Desta manera habÌan de salir de sus gobiernos todos los malos
gobernadores, como sale este pecador del profundo del abismo: muerto de
hambre, descolorido, y sin blanca, a lo que yo creo.

OyÛlo Sancho, y dijo:

-Ocho dÌas o diez ha, hermano murmurador, que entrÈ a gobernar la Ìnsula
que me dieron, en los cuales no me vi harto de pan siquiera un hora; en
ellos me han perseguido mÈdicos, y enemigos me han brumado los g¸esos; ni
he tenido lugar de hacer cohechos, ni de cobrar derechos; y, siendo esto
asÌ, como lo es, no merecÌa yo, a mi parecer, salir de esta manera; pero el
hombre pone y Dios dispone, y Dios sabe lo mejor y lo que le est· bien a
cada uno; y cual el tiempo, tal el tiento; y nadie diga "desta agua no
beberÈ", que adonde se piensa que hay tocinos, no hay estacas; y Dios me
entiende, y basta, y no digo m·s, aunque pudiera.

-No te enojes, Sancho, ni recibas pesadumbre de lo que oyeres, que ser·
nunca acabar: ven t˙ con segura conciencia, y digan lo que dijeren; y es
querer atar las lenguas de los maldicientes lo mesmo que querer poner
puertas al campo. Si el gobernador sale rico de su gobierno, dicen dÈl que
ha sido un ladrÛn, y si sale pobre, que ha sido un para poco y un
mentecato.

-A buen seguro -respondiÛ Sancho- que por esta vez antes me han de tener
por tonto que por ladrÛn.

En estas pl·ticas llegaron, rodeados de muchachos y de otra mucha gente, al
castillo, adonde en unos corredores estaban ya el duque y la duquesa
esperando a don Quijote y a Sancho, el cual no quiso subir a ver al duque
sin que primero no hubiese acomodado al rucio en la caballeriza, porque
decÌa que habÌa pasado muy mala noche en la posada; y luego subiÛ a ver a
sus seÒores, ante los cuales, puesto de rodillas, dijo:

-Yo, seÒores, porque lo quiso asÌ vuestra grandeza, sin ning˙n merecimiento
mÌo, fui a gobernar vuestra Ìnsula Barataria, en la cual entrÈ desnudo, y
desnudo me hallo: ni pierdo, ni gano. Si he gobernado bien o mal, testigos
he tenido delante, que dir·n lo que quisieren. He declarado dudas,

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