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Don Quijote by Miguel de Cervantes [Saavedra] [in Spanish]

Part 15 out of 19

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de hora, y ClavileÒo no se moviÛ de un lugar, ni pasÛ adelante.

-Y, en tanto que el buen Sancho se entretenÌa con las cabras -preguntÛ el
duque-, øen quÈ se entretenÌa el seÒor don Quijote?

A lo que don Quijote respondiÛ:

-Como todas estas cosas y estos tales sucesos van fuera del orden natural,
no es mucho que Sancho diga lo que dice. De mÌ sÈ decir que ni me descubrÌ
por alto ni por bajo, ni vi el cielo ni la tierra, ni la mar ni las arenas.
Bien es verdad que sentÌ que pasaba por la regiÛn del aire, y aun que
tocaba a la del fuego; pero que pas·semos de allÌ no lo puedo creer, pues,
estando la regiÛn del fuego entre el cielo de la luna y la ˙ltima regiÛn
del aire, no podÌamos llegar al cielo donde est·n las siete cabrillas que
Sancho dice, sin abrasarnos; y, pues no nos asuramos, o Sancho miente o
Sancho sueÒa.

-Ni miento ni sueÒo -respondiÛ Sancho-: si no, preg˙ntenme las seÒas de las
tales cabras, y por ellas ver·n si digo verdad o no.

-DÌgalas, pues, Sancho -dijo la duquesa.

-Son -respondiÛ Sancho- las dos verdes, las dos encarnadas, las dos azules,
y la una de mezcla.

-Nueva manera de cabras es Èsa -dijo el duque-, y por esta nuestra regiÛn
del suelo no se usan tales colores; digo, cabras de tales colores.

-Bien claro est· eso -dijo Sancho-; sÌ, que diferencia ha de haber de las
cabras del cielo a las del suelo.

-Decidme, Sancho -preguntÛ el duque-: øvistes all· en entre esas cabras
alg˙n cabrÛn?

-No, seÒor -respondiÛ Sancho-, pero oÌ decir que ninguno pasaba de los
cuernos de la luna.

No quisieron preguntarle m·s de su viaje, porque les pareciÛ que llevaba
Sancho hilo de pasearse por todos los cielos, y dar nuevas de cuanto all·
pasaba, sin haberse movido del jardÌn.

En resoluciÛn, Èste fue el fin de la aventura de la dueÒa Dolorida, que dio
que reÌr a los duques, no sÛlo aquel tiempo, sino el de toda su vida, y que
contar a Sancho siglos, si los viviera; y, lleg·ndose don Quijote a Sancho,
al oÌdo le dijo:

-Sancho, pues vos querÈis que se os crea lo que habÈis visto en el cielo,
yo quiero que vos me cre·is a mÌ lo que vi en la cueva de Montesinos; y no
os digo m·s.

CapÌtulo XLII. De los consejos que dio don Quijote a Sancho Panza antes que
fuese a gobernar la Ìnsula, con otras cosas bien consideradas

Con el felice y gracioso suceso de la aventura de la Dolorida, quedaron tan
contentos los duques, que determinaron pasar con las burlas adelante,
viendo el acomodado sujeto que tenÌan para que se tuviesen por veras; y
asÌ, habiendo dado la traza y Ûrdenes que sus criados y sus vasallos habÌan
de guardar con Sancho en el gobierno de la Ìnsula prometida, otro dÌa, que
fue el que sucediÛ al vuelo de ClavileÒo, dijo el duque a Sancho que se
adeliÒase y compusiese para ir a ser gobernador, que ya sus insulanos le
estaban esperando como el agua de mayo. Sancho se le humillÛ y le dijo:

-DespuÈs que bajÈ del cielo, y despuÈs que desde su alta cumbre mirÈ la
tierra y la vi tan pequeÒa, se templÛ en parte en mÌ la gana que tenÌa tan
grande de ser gobernador; porque, øquÈ grandeza es mandar en un grano de
mostaza, o quÈ dignidad o imperio el gobernar a media docena de hombres
tamaÒos como avellanas, que, a mi parecer, no habÌa m·s en toda la tierra?
Si vuestra seÒorÌa fuese servido de darme una tantica parte del cielo,
aunque no fuese m·s de media legua, la tomarÌa de mejor gana que la mayor
Ìnsula del mundo.

-Mirad, amigo Sancho -respondiÛ el duque-: yo no puedo dar parte del cielo
a nadie, aunque no sea mayor que una uÒa, que a solo Dios est·n reservadas
esas mercedes y gracias. Lo que puedo dar os doy, que es una Ìnsula hecha y
derecha, redonda y bien proporcionada, y sobremanera fÈrtil y abundosa,
donde si vos os sabÈis dar maÒa, podÈis con las riquezas de la tierra
granjear las del cielo.

-Ahora bien -respondiÛ Sancho-, venga esa Ìnsula, que yo pugnarÈ por ser
tal gobernador que, a pesar de bellacos, me vaya al cielo; y esto no es por
codicia que yo tenga de salir de mis casillas ni de levantarme a mayores,
sino por el deseo que tengo de probar a quÈ sabe el ser gobernador.

-Si una vez lo prob·is, Sancho -dijo el duque-, comeros heis las manos tras
el gobierno, por ser dulcÌsima cosa el mandar y ser obedecido. A buen
seguro que cuando vuestro dueÒo llegue a ser emperador, que lo ser· sin
duda, seg˙n van encaminadas sus cosas, que no se lo arranquen comoquiera, y
que le duela y le pese en la mitad del alma del tiempo que hubiere dejado
de serlo.

-SeÒor -replicÛ Sancho-, yo imagino que es bueno mandar, aunque sea a un
hato de ganado.

-Con vos me entierren, Sancho, que sabÈis de todo -respondiÛ el duque-, y
yo espero que serÈis tal gobernador como vuestro juicio promete, y quÈdese
esto aquÌ y advertid que maÒana en ese mesmo dÌa habÈis de ir al gobierno
de la Ìnsula, y esta tarde os acomodar·n del traje conveniente que habÈis
de llevar y de todas las cosas necesarias a vuestra partida.

-VÌstanme -dijo Sancho- como quisieren, que de cualquier manera que vaya
vestido serÈ Sancho Panza.

-AsÌ es verdad -dijo el duque-, pero los trajes se han de acomodar con el
oficio o dignidad que se profesa, que no serÌa bien que un jurisperito se
vistiese como soldado, ni un soldado como un sacerdote. Vos, Sancho, irÈis
vestido parte de letrado y parte de capit·n, porque en la Ìnsula que os doy
tanto son menester las armas como las letras, y las letras como las armas.

-Letras -respondiÛ Sancho-, pocas tengo, porque a˙n no sÈ el A, B, C; pero
b·stame tener el Christus en la memoria para ser buen gobernador. De las
armas manejarÈ las que me dieren, hasta caer, y Dios delante.

-Con tan buena memoria -dijo el duque-, no podr· Sancho errar en nada.

En esto llegÛ don Quijote, y, sabiendo lo que pasaba y la celeridad con que
Sancho se habÌa de partir a su gobierno, con licencia del duque le tomÛ por
la mano y se fue con Èl a su estancia, con intenciÛn de aconsejarle cÛmo se
habÌa de haber en su oficio.

Entrados, pues, en su aposento, cerrÛ tras sÌ la puerta, y hizo casi por
fuerza que Sancho se sentase junto a Èl, y con reposada voz le dijo:

-Infinitas gracias doy al cielo, Sancho amigo, de que, antes y primero que
yo haya encontrado con alguna buena dicha, te haya salido a ti a recebir y
a encontrar la buena ventura. Yo, que en mi buena suerte te tenÌa librada
la paga de tus servicios, me veo en los principios de aventajarme, y t˙,
antes de tiempo, contra la ley del razonable discurso, te vees premiado de
tus deseos. Otros cohechan, importunan, solicitan, madrugan, ruegan,
porfÌan, y no alcanzan lo que pretenden; y llega otro, y sin saber cÛmo ni
cÛmo no, se halla con el cargo y oficio que otros muchos pretendieron; y
aquÌ entra y encaja bien el decir que hay buena y mala fortuna en las
pretensiones. T˙, que para mÌ, sin duda alguna, eres un porro, sin madrugar
ni trasnochar y sin hacer diligencia alguna, con solo el aliento que te ha
tocado de la andante caballerÌa, sin m·s ni m·s te vees gobernador de una
Ìnsula, como quien no dice nada. Todo esto digo, °oh Sancho!, para que no
atribuyas a tus merecimientos la merced recebida, sino que des gracias al
cielo, que dispone suavemente las cosas, y despuÈs las dar·s a la grandeza
que en sÌ encierra la profesiÛn de la caballerÌa andante. Dispuesto, pues,
el corazÛn a creer lo que te he dicho, est·, °oh hijo!, atento a este tu
CatÛn, que quiere aconsejarte y ser norte y guÌa que te encamine y saque a
seguro puerto deste mar proceloso donde vas a engolfarte; que los oficios y
grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones.
Primeramente, °oh hijo!, has de temer a Dios, porque en el temerle est· la
sabidurÌa, y siendo sabio no podr·s errar en nada. Lo segundo, has de poner
los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el m·s
difÌcil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldr· el no
hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey, que si esto haces,
vendr· a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideraciÛn de haber
guardado puercos en tu tierra.

-AsÌ es la verdad -respondiÛ Sancho-, pero fue cuando muchacho; pero
despuÈs, algo hombrecillo, gansos fueron los que guardÈ, que no puercos;
pero esto parÈceme a mÌ que no hace al caso, que no todos los que gobiernan
vienen de casta de reyes.

-AsÌ es verdad -replicÛ don Quijote-, por lo cual los no de principios
nobles deben acompaÒar la gravedad del cargo que ejercitan con una blanda
suavidad que, guiada por la prudencia, los libre de la murmuraciÛn
maliciosa, de quien no hay estado que se escape. Haz gala, Sancho, de la
humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de
labradores; porque, viendo que no te corres, ninguno se pondr· a correrte;
y prÈciate m·s de ser humilde virtuoso que pecador soberbio. Inumerables
son aquellos que, de baja estirpe nacidos, han subido a la suma dignidad
pontificia e imperatoria; y desta verdad te pudiera traer tantos ejemplos,
que te cansaran. Mira, Sancho: si tomas por medio a la virtud, y te precias
de hacer hechos virtuosos, no hay para quÈ tener envidia a los que los
tienen de prÌncipes y seÒores, porque la sangre se hereda y la virtud se
aquista, y la virtud vale por sÌ sola lo que la sangre no vale. Siendo esto
asÌ, como lo es, que si acaso viniere a verte cuando estÈs en tu Ìnsula
alguno de tus parientes, no le deseches ni le afrentes; antes le has de
acoger, agasajar y regalar, que con esto satisfar·s al cielo, que gusta que
nadie se desprecie de lo que Èl hizo, y corresponder·s a lo que debes a la
naturaleza bien concertada. Si trujeres a tu mujer contigo (porque no es
bien que los que asisten a gobiernos de mucho tiempo estÈn sin las
propias), ensÈÒala, doctrÌnala y desb·stala de su natural rudeza, porque
todo lo que suele adquirir un gobernador discreto suele perder y derramar
una mujer r˙stica y tonta. Si acaso enviudares, cosa que puede suceder, y
con el cargo mejorares de consorte, no la tomes tal, que te sirva de
anzuelo y de caÒa de pescar, y del no quiero de tu capilla, porque en
verdad te digo que de todo aquello que la mujer del juez recibiere ha de
dar cuenta el marido en la residencia universal, donde pagar· con el cuatro
tanto en la muerte las partidas de que no se hubiere hecho cargo en la
vida. Nunca te guÌes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida
con los ignorantes que presumen de agudos. Hallen en ti m·s compasiÛn las
l·grimas del pobre, pero no m·s justicia, que las informaciones del rico.
Procura descubrir la verdad por entre las promesas y d·divas del rico, como
por entre los sollozos e importunidades del pobre. Cuando pudiere y debiere
tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente,
que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo. Si acaso
doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la d·diva, sino con
el de la misericordia. Cuando te sucediere juzgar alg˙n pleito de alg˙n tu
enemigo, aparta las mientes de tu injuria y ponlas en la verdad del caso.
No te ciegue la pasiÛn propia en la causa ajena, que los yerros que en ella
hicieres, las m·s veces, ser·n sin remedio; y si le tuvieren, ser· a costa
de tu crÈdito, y aun de tu hacienda. Si alguna mujer hermosa veniere a
pedirte justicia, quita los ojos de sus l·grimas y tus oÌdos de sus
gemidos, y considera de espacio la sustancia de lo que pide, si no quieres
que se anegue tu razÛn en su llanto y tu bondad en sus suspiros. Al que has
de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta al
desdichado la pena del suplicio, sin la aÒadidura de las malas razones. Al
culpado que cayere debajo de tu juridiciÛn considÈrale hombre miserable,
sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo
cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muÈstratele
piadoso y clemente, porque, aunque los atributos de Dios todos son iguales,
m·s resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la
justicia. Si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho, ser·n luengos
tus dÌas, tu fama ser· eterna, tus premios colmados, tu felicidad
indecible, casar·s tus hijos como quisieres, tÌtulos tendr·n ellos y tus
nietos, vivir·s en paz y benepl·cito de las gentes, y en los ˙ltimos pasos
de la vida te alcanzar· el de la muerte, en vejez suave y madura, y
cerrar·n tus ojos las tiernas y delicadas manos de tus terceros netezuelos.
Esto que hasta aquÌ te he dicho son documentos que han de adornar tu alma;
escucha ahora los que han de servir para adorno del cuerpo.

CapÌtulo XLIII. De los consejos segundos que dio don Quijote a Sancho Panza

øQuiÈn oyera el pasado razonamiento de don Quijote que no le tuviera por
persona muy cuerda y mejor intencionada? Pero, como muchas veces en el
progreso desta grande historia queda dicho, solamente disparaba en
toc·ndole en la caballerÌa, y en los dem·s discursos mostraba tener claro y
desenfadado entendimiento, de manera que a cada paso desacreditaban sus
obras su juicio, y su juicio sus obras; pero en Èsta destos segundos
documentos que dio a Sancho, mostrÛ tener gran donaire, y puso su
discreciÛn y su locura en un levantado punto.

AtentÌsimamente le escuchaba Sancho, y procuraba conservar en la memoria
sus consejos, como quien pensaba guardarlos y salir por ellos a buen parto
de la preÒez de su gobierno. ProsiguiÛ, pues, don Quijote, y dijo:

-En lo que toca a cÛmo has de gobernar tu persona y casa, Sancho, lo
primero que te encargo es que seas limpio, y que te cortes las uÒas, sin
dejarlas crecer, como algunos hacen, a quien su ignorancia les ha dado a
entender que las uÒas largas les hermosean las manos, como si aquel
escremento y aÒadidura que se dejan de cortar fuese uÒa, siendo antes
garras de cernÌcalo lagartijero: puerco y extraordinario abuso. No andes,
Sancho, desceÒido y flojo, que el vestido descompuesto da indicios de ·nimo
desmazalado, si ya la descompostura y flojedad no cae debajo de
socarronerÌa, como se juzgÛ en la de Julio CÈsar. Toma con discreciÛn el
pulso a lo que pudiere valer tu oficio, y si sufriere que des librea a tus
criados, d·sela honesta y provechosa m·s que vistosa y bizarra, y rep·rtela
entre tus criados y los pobres: quiero decir que si has de vestir seis
pajes, viste tres y otros tres pobres, y asÌ tendr·s pajes para el cielo y
para el suelo; y este nuevo modo de dar librea no la alcanzan los
vanagloriosos. No comas ajos ni cebollas, porque no saquen por el olor tu
villanerÌa. Anda despacio; habla con reposo, pero no de manera que parezca
que te escuchas a ti mismo, que toda afectaciÛn es mala. Come poco y cena
m·s poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del
estÛmago. SÈ templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni
guarda secreto ni cumple palabra. Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos
carrillos, ni de erutar delante de nadie.

-Eso de erutar no entiendo -dijo Sancho.

Y don Quijote le dijo:

-Erutar, Sancho, quiere decir regoldar, y Èste es uno de los m·s torpes
vocablos que tiene la lengua castellana, aunque es muy sinificativo; y asÌ,
la gente curiosa se ha acogido al latÌn, y al regoldar dice erutar, y a los
reg¸eldos, erutaciones; y, cuando algunos no entienden estos tÈrminos,
importa poco, que el uso los ir· introduciendo con el tiempo, que con
facilidad se entiendan; y esto es enriquecer la lengua, sobre quien tiene
poder el vulgo y el uso.

-En verdad, seÒor -dijo Sancho-, que uno de los consejos y avisos que
pienso llevar en la memoria ha de ser el de no regoldar, porque lo suelo
hacer muy a menudo.

-Erutar, Sancho, que no regoldar -dijo don Quijote.

-Erutar dirÈ de aquÌ adelante -respondiÛ Sancho-, y a fee que no se me
olvide.

-TambiÈn, Sancho, no has de mezclar en tus pl·ticas la muchedumbre de
refranes que sueles; que, puesto que los refranes son sentencias breves,
muchas veces los traes tan por los cabellos, que m·s parecen disparates que
sentencias.

-Eso Dios lo puede remediar -respondiÛ Sancho-, porque sÈ m·s refranes que
un libro, y viÈnenseme tantos juntos a la boca cuando hablo, que riÒen por
salir unos con otros, pero la lengua va arrojando los primeros que
encuentra, aunque no vengan a pelo. Mas yo tendrÈ cuenta de aquÌ adelante
de decir los que convengan a la gravedad de mi cargo, que en casa llena
presto se guisa la cena, y quien destaja no baraja, y a buen salvo est· el
que repica, y el dar y el tener seso ha menester.

-°Eso sÌ, Sancho! -dijo don Quijote-: °encaja, ensarta, enhila refranes,
que nadie te va a la mano! °CastÌgame mi madre, y yo trÛmpogelas! Estoyte
diciendo que escuses refranes, y en un instante has echado aquÌ una letanÌa
dellos, que asÌ cuadran con lo que vamos tratando como por los cerros de
⁄beda. Mira, Sancho, no te digo yo que parece mal un refr·n traÌdo a
propÛsito, pero cargar y ensartar refranes a troche moche hace la pl·tica
desmayada y baja. Cuando subieres a caballo, no vayas echando el cuerpo
sobre el arzÛn postrero, ni lleves las piernas tiesas y tiradas y desviadas
de la barriga del caballo, ni tampoco vayas tan flojo que parezca que vas
sobre el rucio: que el andar a caballo a unos hace caballeros; a otros,
caballerizos. Sea moderado tu sueÒo, que el que no madruga con el sol, no
goza del dÌa; y advierte, °oh Sancho!, que la diligencia es madre de la
buena ventura, y la pereza, su contraria, jam·s llegÛ al tÈrmino que pide
un buen deseo. Este ˙ltimo consejo que ahora darte quiero, puesto que no
sirva para adorno del cuerpo, quiero que le lleves muy en la memoria, que
creo que no te ser· de menos provecho que los que hasta aquÌ te he dado; y
es que jam·s te pongas a disputar de linajes, a lo menos, compar·ndolos
entre sÌ, pues, por fuerza, en los que se comparan uno ha de ser el mejor,
y del que abatieres ser·s aborrecido, y del que levantares en ninguna
manera premiado. Tu vestido ser· calza entera, ropilla larga, herreruelo un
poco m·s largo; greguescos, ni por pienso, que no les est·n bien ni a los
caballeros ni a los gobernadores. Por ahora, esto se me ha ofrecido,
Sancho, que aconsejarte; andar· el tiempo, y, seg˙n las ocasiones, asÌ
ser·n mis documentos, como t˙ tengas cuidado de avisarme el estado en que
te hallares.

-SeÒor -respondiÛ Sancho-, bien veo que todo cuanto vuestra merced me ha
dicho son cosas buenas, santas y provechosas, pero øde quÈ han de servir,
si de ninguna me acuerdo? Verdad sea que aquello de no dejarme crecer las
uÒas y de casarme otra vez, si se ofreciere, no se me pasar· del magÌn,
pero esotros badulaques y enredos y revoltillos, no se me acuerda ni
acordar· m·s dellos que de las nubes de antaÒo, y asÌ, ser· menester que se
me den por escrito, que, puesto que no sÈ leer ni escribir, yo se los darÈ
a mi confesor para que me los encaje y recapacite cuando fuere menester.

-°Ah, pecador de mÌ -respondiÛ don Quijote-, y quÈ mal parece en los
gobernadores el no saber leer ni escribir!; porque has de saber, °oh
Sancho!, que no saber un hombre leer, o ser zurdo, arguye una de dos cosas:
o que fue hijo de padres demasiado de humildes y bajos, o Èl tan travieso
y malo que no pudo entrar en el buen uso ni la buena doctrina. Gran falta
es la que llevas contigo, y asÌ, querrÌa que aprendieses a firmar siquiera.

-Bien sÈ firmar mi nombre -respondiÛ Sancho-, que cuando fui prioste en mi
lugar, aprendÌ a hacer unas letras como de marca de fardo, que decÌan que
decÌa mi nombre; cuanto m·s, que fingirÈ que tengo tullida la mano derecha,
y harÈ que firme otro por mÌ; que para todo hay remedio, si no es para la
muerte; y, teniendo yo el mando y el palo, harÈ lo que quisiere; cuanto
m·s, que el que tiene el padre alcalde... Y, siendo yo gobernador, que es
m·s que ser alcalde, °llegaos, que la dejan ver! No, sino popen y
calÛÒenme, que vendr·n por lana y volver·n trasquilados; y a quien Dios
quiere bien, la casa le sabe; y las necedades del rico por sentencias pasan
en el mundo; y, siÈndolo yo, siendo gobernador y juntamente liberal, como
lo pienso ser, no habr· falta que se me parezca. No, sino haceos miel, y
paparos han moscas; tanto vales cuanto tienes, decÌa una mi ag¸ela, y del
hombre arraigado no te ver·s vengado.

-°Oh, maldito seas de Dios, Sancho! -dijo a esta sazÛn don Quijote-.
°Sesenta mil satanases te lleven a ti y a tus refranes! Una hora ha que los
est·s ensartando y d·ndome con cada uno tragos de tormento. Yo te aseguro
que estos refranes te han de llevar un dÌa a la horca; por ellos te han de
quitar el gobierno tus vasallos, o ha de haber entre ellos comunidades.
Dime, ødÛnde los hallas, ignorante, o cÛmo los aplicas, mentecato, que para
decir yo uno y aplicarle bien, sudo y trabajo como si cavase?

-Por Dios, seÒor nuestro amo -replicÛ Sancho-, que vuesa merced se queja de
bien pocas cosas. øA quÈ diablos se pudre de que yo me sirva de mi
hacienda, que ninguna otra tengo, ni otro caudal alguno, sino refranes y
m·s refranes? Y ahora se me ofrecen cuatro que venÌan aquÌ pintiparados, o
como peras en tabaque, pero no los dirÈ, porque al buen callar llaman
Sancho.

-Ese Sancho no eres t˙ -dijo don Quijote-, porque no sÛlo no eres buen
callar, sino mal hablar y mal porfiar; y, con todo eso, querrÌa saber quÈ
cuatro refranes te ocurrÌan ahora a la memoria que venÌan aquÌ a propÛsito,
que yo ando recorriendo la mÌa, que la tengo buena, y ninguno se me ofrece.

-øQuÈ mejores -dijo Sancho- que "entre dos muelas cordales nunca pongas tus
pulgares", y "a idos de mi casa y quÈ querÈis con mi mujer, no hay
responder", y "si da el c·ntaro en la piedra o la piedra en el c·ntaro, mal
para el c·ntaro", todos los cuales vienen a pelo? Que nadie se tome con su
gobernador ni con el que le manda, porque saldr· lastimado, como el que
pone el dedo entre dos muelas cordales, y aunque no sean cordales, como
sean muelas, no importa; y a lo que dijere el gobernador no hay que
replicar, como al "salÌos de mi casa y quÈ querÈis con mi mujer". Pues lo
de la piedra en el c·ntaro un ciego lo ver·. AsÌ que, es menester que el
que vee la mota en el ojo ajeno, vea la viga en el suyo, porque no se diga
por Èl: "espantÛse la muerta de la degollada", y vuestra merced sabe bien
que m·s sabe el necio en su casa que el cuerdo en la ajena.

-Eso no, Sancho -respondiÛ don Quijote-, que el necio en su casa ni en la
ajena sabe nada, a causa que sobre el aumento de la necedad no asienta
ning˙n discreto edificio. Y dejemos esto aquÌ, Sancho, que si mal
gobernares, tuya ser· la culpa, y mÌa la verg¸enza; mas consuÈlome que he
hecho lo que debÌa en aconsejarte con las veras y con la discreciÛn a mÌ
posible: con esto salgo de mi obligaciÛn y de mi promesa. Dios te guÌe,
Sancho, y te gobierne en tu gobierno, y a mÌ me saque del escr˙pulo que me
queda que has de dar con toda la Ìnsula patas arriba, cosa que pudiera yo
escusar con descubrir al duque quiÈn eres, diciÈndole que toda esa gordura
y esa personilla que tienes no es otra cosa que un costal lleno de refranes
y de malicias.

-SeÒor -replicÛ Sancho-, si a vuestra merced le parece que no soy de pro
para este gobierno, desde aquÌ le suelto, que m·s quiero un solo negro de
la uÒa de mi alma que a todo mi cuerpo; y asÌ me sustentarÈ Sancho a secas
con pan y cebolla, como gobernador con perdices y capones; y m·s que,
mientras se duerme, todos son iguales, los grandes y los menores, los
pobres y los ricos; y si vuestra merced mira en ello, ver· que sÛlo vuestra
merced me ha puesto en esto de gobernar: que yo no sÈ m·s de gobiernos de
Ìnsulas que un buitre; y si se imagina que por ser gobernador me ha de
llevar el diablo, m·s me quiero ir Sancho al cielo que gobernador al
infierno.

-Por Dios, Sancho -dijo don Quijote-, que, por solas estas ˙ltimas razones
que has dicho, juzgo que mereces ser gobernador de mil Ìnsulas: buen
natural tienes, sin el cual no hay ciencia que valga; encomiÈndate a Dios,
y procura no errar en la primera intenciÛn; quiero decir que siempre tengas
intento y firme propÛsito de acertar en cuantos negocios te ocurrieren,
porque siempre favorece el cielo los buenos deseos. Y v·monos a comer, que
creo que ya estos seÒores nos aguardan.

CapÌtulo XLIV. CÛmo Sancho Panza fue llevado al gobierno, y de la estraÒa
aventura que en el castillo sucediÛ a don Quijote

Dicen que en el propio original desta historia se lee que, llegando Cide
Hamete a escribir este capÌtulo, no le tradujo su intÈrprete como Èl le
habÌa escrito, que fue un modo de queja que tuvo el moro de sÌ mismo, por
haber tomado entre manos una historia tan seca y tan limitada como esta de
don Quijote, por parecerle que siempre habÌa de hablar dÈl y de Sancho, sin
osar estenderse a otras digresiones y episodios m·s graves y m·s
entretenidos; y decÌa que el ir siempre atenido el entendimiento, la mano y
la pluma a escribir de un solo sujeto y hablar por las bocas de pocas
personas era un trabajo incomportable, cuyo fruto no redundaba en el de su
autor, y que, por huir deste inconveniente, habÌa usado en la primera parte
del artificio de algunas novelas, como fueron la del Curioso impertinente y
la del Capit·n cautivo, que est·n como separadas de la historia, puesto que
las dem·s que allÌ se cuentan son casos sucedidos al mismo don Quijote, que
no podÌan dejar de escribirse. TambiÈn pensÛ, como Èl dice, que muchos,
llevados de la atenciÛn que piden las hazaÒas de don Quijote, no la darÌan
a las novelas, y pasarÌan por ellas, o con priesa o con enfado, sin
advertir la gala y artificio que en sÌ contienen, el cual se mostrara bien
al descubierto cuando, por sÌ solas, sin arrimarse a las locuras de don
Quijote ni a las sandeces de Sancho, salieran a luz. Y asÌ, en esta segunda
parte no quiso ingerir novelas sueltas ni pegadizas, sino algunos episodios
que lo pareciesen, nacidos de los mesmos sucesos que la verdad ofrece; y
aun Èstos, limitadamente y con solas las palabras que bastan a
declararlos; y, pues se contiene y cierra en los estrechos lÌmites de la
narraciÛn, teniendo habilidad, suficiencia y entendimiento para tratar del
universo todo, pide no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas, no
por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir.

Y luego prosigue la historia diciendo que, en acabando de comer don
Quijote, el dÌa que dio los consejos a Sancho, aquella tarde se los dio
escritos, para que Èl buscase quien se los leyese; pero, apenas se los hubo
dado, cuando se le cayeron y vinieron a manos del duque, que los comunicÛ
con la duquesa, y los dos se admiraron de nuevo de la locura y del ingenio
de don Quijote; y asÌ, llevando adelante sus burlas, aquella tarde enviaron
a Sancho con mucho acompaÒamiento al lugar que para Èl habÌa de ser Ìnsula.

AcaeciÛ, pues, que el que le llevaba a cargo era un mayordomo del duque,
muy discreto y muy gracioso -que no puede haber gracia donde no hay
discreciÛn-, el cual habÌa hecho la persona de la condesa Trifaldi, con el
donaire que queda referido; y con esto, y con ir industriado de sus
seÒores de cÛmo se habÌa de haber con Sancho, saliÛ con su intento
maravillosamente. Digo, pues, que acaeciÛ que, asÌ como Sancho vio al tal
mayordomo, se le figurÛ en su rostro el mesmo de la Trifaldi, y,
volviÈndose a su seÒor, le dijo:

-SeÒor, o a mÌ me ha de llevar el diablo de aquÌ de donde estoy, en justo
y en creyente, o vuestra merced me ha de confesar que el rostro deste
mayordomo del duque, que aquÌ est·, es el mesmo de la Dolorida.

MirÛ don Quijote atentamente al mayordomo, y, habiÈndole mirado, dijo a
Sancho:

-No hay para quÈ te lleve el diablo, Sancho, ni en justo ni en creyente,
que no sÈ lo que quieres decir; que el rostro de la Dolorida es el del
mayordomo, pero no por eso el mayordomo es la Dolorida; que, a serlo,
implicarÌa contradiciÛn muy grande, y no es tiempo ahora de hacer estas
averiguaciones, que serÌa entrarnos en intricados laberintos. CrÈeme,
amigo, que es menester rogar a Nuestro SeÒor muy de veras que nos libre a
los dos de malos hechiceros y de malos encantadores.

-No es burla, seÒor -replicÛ Sancho-, sino que denantes le oÌ hablar, y no
pareciÛ sino que la voz de la Trifaldi me sonaba en los oÌdos. Ahora bien,
yo callarÈ, pero no dejarÈ de andar advertido de aquÌ adelante, a ver si
descubre otra seÒal que confirme o desfaga mi sospecha.

-AsÌ lo has de hacer, Sancho -dijo don Quijote-, y dar·sme aviso de todo lo
que en este caso descubrieres y de todo aquello que en el gobierno te
sucediere.

SaliÛ, en fin, Sancho, acompaÒado de mucha gente, vestido a lo letrado, y
encima un gab·n muy ancho de chamelote de aguas leonado, con una montera de
lo mesmo, sobre un macho a la jineta, y detr·s dÈl, por orden del duque,
iba el rucio con jaeces y ornamentos jumentiles de seda y flamantes. VolvÌa
Sancho la cabeza de cuando en cuando a mirar a su asno, con cuya compaÒÌa
iba tan contento que no se trocara con el emperador de AlemaÒa.

Al despedirse de los duques, les besÛ las manos, y tomÛ la bendiciÛn de su
seÒor, que se la dio con l·grimas, y Sancho la recibiÛ con pucheritos.

Deja, lector amable, ir en paz y en hora buena al buen Sancho, y espera dos
fanegas de risa, que te ha de causar el saber cÛmo se portÛ en su cargo, y,
en tanto, atiende a saber lo que le pasÛ a su amo aquella noche; que si con
ello no rieres, por lo menos desplegar·s los labios con risa de jimia,
porque los sucesos de don Quijote, o se han de celebrar con admiraciÛn, o
con risa.

CuÈntase, pues, que, apenas se hubo partido Sancho, cuando don Quijote
sintiÛ su soledad; y si le fuera posible revocarle la comisiÛn y quitarle
el gobierno, lo hiciera. ConociÛ la duquesa su melancolÌa, y preguntÛle que
de quÈ estaba triste; que si era por la ausencia de Sancho, que escuderos,
dueÒas y doncellas habÌa en su casa que le servirÌan muy a satisfaciÛn de
su deseo.

-Verdad es, seÒora mÌa -respondiÛ don Quijote-, que siento la ausencia de
Sancho, pero no es Èsa la causa principal que me hace parecer que estoy
triste, y, de los muchos ofrecimientos que vuestra excelencia me hace,
solamente acepto y escojo el de la voluntad con que se me hacen, y, en lo
dem·s, suplico a Vuestra Excelencia que dentro de mi aposento consienta y
permita que yo solo sea el que me sirva.

-En verdad -dijo la duquesa-, seÒor don Quijote, que no ha de ser asÌ: que
le han de servir cuatro doncellas de las mÌas, hermosas como unas flores.

-Para mÌ -respondiÛ don Quijote- no ser·n ellas como flores, sino como
espinas que me puncen el alma. AsÌ entrar·n ellas en mi aposento, ni cosa
que lo parezca, como volar. Si es que vuestra grandeza quiere llevar
adelante el hacerme merced sin yo merecerla, dÈjeme que yo me las haya
conmigo, y que yo me sirva de mis puertas adentro, que yo ponga una muralla
en medio de mis deseos y de mi honestidad; y no quiero perder esta
costumbre por la liberalidad que vuestra alteza quiere mostrar conmigo. Y,
en resoluciÛn, antes dormirÈ vestido que consentir que nadie me desnude.

-No m·s, no m·s, seÒor don Quijote -replicÛ la duquesa-. Por mÌ digo que
darÈ orden que ni aun una mosca entre en su estancia, no que una doncella;
no soy yo persona, que por mÌ se ha de descabalar la decencia del seÒor don
Quijote; que, seg˙n se me ha traslucido, la que m·s campea entre sus muchas
virtudes es la de la honestidad. Desn˙dese vuesa merced y vÌstase a sus
solas y a su modo, como y cuando quisiere, que no habr· quien lo impida,
pues dentro de su aposento hallar· los vasos necesarios al menester del que
duerme a puerta cerrada, porque ninguna natural necesidad le obligue a que
la abra. Viva mil siglos la gran Dulcinea del Toboso, y sea su nombre
estendido por toda la redondez de la tierra, pues mereciÛ ser amada de tan
valiente y tan honesto caballero, y los benignos cielos infundan en el
corazÛn de Sancho Panza, nuestro gobernador, un deseo de acabar presto sus
diciplinas, para que vuelva a gozar el mundo de la belleza de tan gran
seÒora.

A lo cual dijo don Quijote:

-Vuestra altitud ha hablado como quien es, que en la boca de las buenas
seÒoras no ha de haber ninguna que sea mala; y m·s venturosa y m·s conocida
ser· en el mundo Dulcinea por haberla alabado vuestra grandeza, que por
todas las alabanzas que puedan darle los m·s elocuentes de la tierra.

-Agora bien, seÒor don Quijote -replicÛ la duquesa-, la hora de cenar se
llega, y el duque debe de esperar: venga vuesa merced y cenemos, y
acostar·se temprano, que el viaje que ayer hizo de Candaya no fue tan corto
que no haya causado alg˙n molimiento.

-No siento ninguno, seÒora -respondiÛ don Quijote-, porque osarÈ jurar a
Vuestra Excelencia que en mi vida he subido sobre bestia m·s reposada ni de
mejor paso que ClavileÒo; y no sÈ yo quÈ le pudo mover a Malambruno para
deshacerse de tan ligera y tan gentil cabalgadura, y abrasarla asÌ, sin m·s
ni m·s.

-A eso se puede imaginar -respondiÛ la duquesa- que, arrepentido del mal
que habÌa hecho a la Trifaldi y compaÒÌa, y a otras personas, y de las
maldades que como hechicero y encantador debÌa de haber cometido, quiso
concluir con todos los instrumentos de su oficio, y, como a principal y que
m·s le traÌa desasosegado, vagando de tierra en tierra, abrasÛ a ClavileÒo;
que con sus abrasadas cenizas y con el trofeo del cartel queda eterno el
valor del gran don Quijote de la Mancha.

De nuevo nuevas gracias dio don Quijote a la duquesa, y, en cenando, don
Quijote se retirÛ en su aposento solo, sin consentir que nadie entrase con
Èl a servirle: tanto se temÌa de encontrar ocasiones que le moviesen o
forzasen a perder el honesto decoro que a su seÒora Dulcinea guardaba,
siempre puesta en la imaginaciÛn la bondad de AmadÌs, flor y espejo de los
andantes caballeros. CerrÛ tras sÌ la puerta, y a la luz de dos velas de
cera se desnudÛ, y al descalzarse -°oh desgracia indigna de tal persona!-
se le soltaron, no suspiros, ni otra cosa, que desacreditasen la limpieza
de su policÌa, sino hasta dos docenas de puntos de una media, que quedÛ
hecha celosÌa. AfligiÛse en estremo el buen seÒor, y diera Èl por tener
allÌ un adarme de seda verde una onza de plata; digo seda verde porque las
medias eran verdes.

AquÌ exclamÛ Benengeli, y, escribiendo, dijo ''°Oh pobreza, pobreza! °No sÈ
yo con quÈ razÛn se moviÛ aquel gran poeta cordobÈs a llamarte

d·diva santa desagradecida!

Yo, aunque moro, bien sÈ, por la comunicaciÛn que he tenido con cristianos,
que la santidad consiste en la caridad, humildad, fee, obediencia y
pobreza; pero, con todo eso, digo que ha de tener mucho de Dios el que se
viniere a contentar con ser pobre, si no es de aquel modo de pobreza de
quien dice uno de sus mayores santos: "Tened todas las cosas como si no las
tuviÈsedes"; y a esto llaman pobreza de espÌritu; pero t˙, segunda pobreza,
que eres de la que yo hablo, øpor quÈ quieres estrellarte con los hidalgos
y bien nacidos m·s que con la otra gente? øPor quÈ los obligas a dar
pantalia a los zapatos, y a que los botones de sus ropillas unos sean de
seda, otros de cerdas, y otros de vidro? øPor quÈ sus cuellos, por la mayor
parte, han de ser siempre escarolados, y no abiertos con molde?'' Y en esto
se echar· de ver que es antiguo el uso del almidÛn y de los cuellos
abiertos. Y prosiguiÛ: ''°Miserable del bien nacido que va dando pistos a
su honra, comiendo mal y a puerta cerrada, haciendo hipÛcrita al palillo de
dientes con que sale a la calle despuÈs de no haber comido cosa que le
obligue a limpi·rselos! °Miserable de aquel, digo, que tiene la honra
espantadiza, y piensa que desde una legua se le descubre el remiendo del
zapato, el trasudor del sombrero, la hilaza del herreruelo y la hambre de
su estÛmago!''

Todo esto se le renovÛ a don Quijote en la soltura de sus puntos, pero
consolÛse con ver que Sancho le habÌa dejado unas botas de camino, que
pensÛ ponerse otro dÌa. Finalmente, Èl se recostÛ pensativo y pesaroso, asÌ
de la falta que Sancho le hacÌa como de la inreparable desgracia de sus
medias, a quien tomara los puntos, aunque fuera con seda de otra color, que
es una de las mayores seÒales de miseria que un hidalgo puede dar en el
discurso de su prolija estrecheza. MatÛ las velas; hacÌa calor y no podÌa
dormir; levantÛse del lecho y abriÛ un poco la ventana de una reja que daba
sobre un hermoso jardÌn, y, al abrirla, sintiÛ y oyÛ que andaba y hablaba
gente en el jardÌn. P˙sose a escuchar atentamente. Levantaron la voz los de
abajo, tanto, que pudo oÌr estas razones:

-No me porfÌes, °oh Emerencia!, que cante, pues sabes que, desde el punto
que este forastero entrÛ en este castillo y mis ojos le miraron, yo no sÈ
cantar, sino llorar; cuanto m·s, que el sueÒo de mi seÒora tiene m·s de
ligero que de pesado, y no querrÌa que nos hallase aquÌ por todo el tesoro
del mundo. Y, puesto caso que durmiese y no despertase, en vano serÌa mi
canto si duerme y no despierta para oÌrle este nuevo Eneas, que ha llegado
a mis regiones para dejarme escarnida.

-No des en eso, Altisidora amiga -respondieron-, que sin duda la duquesa y
cuantos hay en esa casa duermen, si no es el seÒor de tu corazÛn y el
despertador de tu alma, porque ahora sentÌ que abrÌa la ventana de la reja
de su estancia, y sin duda debe de estar despierto; canta, lastimada mÌa,
en tono bajo y suave al son de tu arpa, y, cuando la duquesa nos sienta, le
echaremos la culpa al calor que hace.

-No est· en eso el punto, °oh Emerencia! -respondiÛ la Altisidora-, sino en
que no querrÌa que mi canto descubriese mi corazÛn y fuese juzgada de los
que no tienen noticia de las fuerzas poderosas de amor por doncella
antojadiza y liviana. Pero venga lo que viniere, que m·s vale verg¸enza en
cara que mancilla en corazÛn.

Y, en esto, sintiÛ tocar una arpa suavÌsimamente. Oyendo lo cual, quedÛ don
Quijote pasmado, porque en aquel instante se le vinieron a la memoria las
infinitas aventuras semejantes a aquÈlla, de ventanas, rejas y jardines,
m˙sicas, requiebros y desvanecimientos que en los sus desvanecidos libros
de caballerÌas habÌa leÌdo. Luego imaginÛ que alguna doncella de la duquesa
estaba dÈl enamorada, y que la honestidad la forzaba a tener secreta su
voluntad; temiÛ no le rindiese, y propuso en su pensamiento el no dejarse
vencer; y, encomend·ndose de todo buen ·nimo y buen talante a su seÒora
Dulcinea del Toboso, determinÛ de escuchar la m˙sica; y, para dar a
entender que allÌ estaba, dio un fingido estornudo, de que no poco se
alegraron las doncellas, que otra cosa no deseaban sino que don Quijote las
oyese. Recorrida, pues, y afinada la arpa, Altisidora dio principio a este
romance:

-°Oh, t˙, que est·s en tu lecho,

entre s·banas de holanda,

durmiendo a pierna tendida

de la noche a la maÒana,

caballero el m·s valiente

que ha producido la Mancha,

m·s honesto y m·s bendito

que el oro fino de Arabia!

Oye a una triste doncella,

bien crecida y mal lograda,

que en la luz de tus dos soles

se siente abrasar el alma.

T˙ buscas tus aventuras,

y ajenas desdichas hallas;

das las feridas, y niegas

el remedio de sanarlas.

Dime, valeroso joven,

que Dios prospere tus ansias,

si te criaste en la Libia,

o en las montaÒas de Jaca;

si sierpes te dieron leche;

si, a dicha, fueron tus amas

la aspereza de las selvas

y el horror de las montaÒas.

Muy bien puede Dulcinea,

doncella rolliza y sana,

preciarse de que ha rendido

a una tigre y fiera brava.

Por esto ser· famosa

desde Henares a Jarama,

desde el Tajo a Manzanares,

desde Pisuerga hasta Arlanza.

Troc·reme yo por ella,

y diera encima una saya

de las m·s gayadas mÌas,

que de oro le adornan franjas.

°Oh, quiÈn se viera en tus brazos,

o si no, junto a tu cama,

rasc·ndote la cabeza

y mat·ndote la caspa!

Mucho pido, y no soy digna

de merced tan seÒalada:

los pies quisiera traerte,

que a una humilde esto le basta.

°Oh, quÈ de cofias te diera,

quÈ de escarpines de plata,

quÈ de calzas de damasco,

quÈ de herreruelos de holanda!

°QuÈ de finÌsimas perlas,

cada cual como una agalla,

que, a no tener compaÒeras,

Las solas fueran llamadas!

No mires de tu Tarpeya

este incendio que me abrasa,

NerÛn manchego del mundo,

ni le avives con tu saÒa.

NiÒa soy, pulcela tierna,

mi edad de quince no pasa:

catorce tengo y tres meses,

te juro en Dios y en mi ·nima.

No soy renca, ni soy coja,

ni tengo nada de manca;

los cabellos, como lirios,

que, en pie, por el suelo arrastran.

Y, aunque es mi boca aguileÒa

y la nariz algo chata,

ser mis dientes de topacios

mi belleza al cielo ensalza.

Mi voz, ya ves, si me escuchas,

que a la que es m·s dulce iguala,

y soy de disposiciÛn

algo menos que mediana.

Estas y otras gracias mÌas,

son despojos de tu aljaba;

desta casa soy doncella,

y Altisidora me llaman.

AquÌ dio fin el canto de la malferida Altisidora, y comenzÛ el asombro del
requirido don Quijote, el cual, dando un gran suspiro, dijo entre sÌ:

-°Que tengo de ser tan desdichado andante, que no ha de haber doncella que
me mire que de mÌ no se enamore...! °Que tenga de ser tan corta de ventura
la sin par Dulcinea del Toboso, que no la han de dejar a solas gozar de la
incomparable firmeza mÌa...! øQuÈ la querÈis, reinas? øA quÈ la perseguÌs,
emperatrices? øPara quÈ la acos·is, doncellas de a catorce a quince aÒos?
Dejad, dejad a la miserable que triunfe, se goce y ufane con la suerte que
Amor quiso darle en rendirle mi corazÛn y entregarle mi alma. Mirad,
caterva enamorada, que para sola Dulcinea soy de masa y de alfenique, y
para todas las dem·s soy de pedernal; para ella soy miel, y para vosotras
acÌbar; para mÌ sola Dulcinea es la hermosa, la discreta, la honesta, la
gallarda y la bien nacida, y las dem·s, las feas, las necias, las livianas
y las de peor linaje; para ser yo suyo, y no de otra alguna, me arrojÛ la
naturaleza al mundo. Llore o cante Altisidora; desespÈrese Madama, por
quien me aporrearon en el castillo del moro encantado, que yo tengo de ser
de Dulcinea, cocido o asado, limpio, bien criado y honesto, a pesar de
todas las potestades hechiceras de la tierra.

Y, con esto, cerrÛ de golpe la ventana, y, despechado y pesaroso, como si
le hubiera acontecido alguna gran desgracia, se acostÛ en su lecho, donde
le dejaremos por ahora, porque nos est· llamando el gran Sancho Panza, que
quiere dar principio a su famoso gobierno.

CapÌtulo XLV. De cÛmo el gran Sancho Panza tomÛ la posesiÛn de su Ìnsula, y
del modo que comenzÛ a gobernar

°Oh perpetuo descubridor de los antÌpodas, hacha del mundo, ojo del cielo,
meneo dulce de las cantimploras, Timbrio aquÌ, Febo allÌ, tirador ac·,
mÈdico acull·, padre de la PoesÌa, inventor de la M˙sica: t˙ que siempre
sales, y, aunque lo parece, nunca te pones! A ti digo, °oh sol, con cuya
ayuda el hombre engendra al hombre!; a ti digo que me favorezcas, y
alumbres la escuridad de mi ingenio, para que pueda discurrir por sus
puntos en la narraciÛn del gobierno del gran Sancho Panza; que sin ti, yo
me siento tibio, desmazalado y confuso.

Digo, pues, que con todo su acompaÒamiento llegÛ Sancho a un lugar de hasta
mil vecinos, que era de los mejores que el duque tenÌa. DiÈronle a entender
que se llamaba la Ìnsula Barataria, o ya porque el lugar se llamaba
Baratario, o ya por el barato con que se le habÌa dado el gobierno. Al
llegar a las puertas de la villa, que era cercada, saliÛ el regimiento del
pueblo a recebirle; tocaron las campanas, y todos los vecinos dieron
muestras de general alegrÌa, y con mucha pompa le llevaron a la iglesia
mayor a dar gracias a Dios, y luego, con algunas ridÌculas ceremonias, le
entregaron las llaves del pueblo, y le admitieron por perpetuo gobernador
de la Ìnsula Barataria.

El traje, las barbas, la gordura y pequeÒez del nuevo gobernador tenÌa
admirada a toda la gente que el busilis del cuento no sabÌa, y aun a todos
los que lo sabÌan, que eran muchos. Finalmente, en sac·ndole de la iglesia,
le llevaron a la silla del juzgado y le sentaron en ella; y el mayordomo
del duque le dijo:

-Es costumbre antigua en esta Ìnsula, seÒor gobernador, que el que viene a
tomar posesiÛn desta famosa Ìnsula est· obligado a responder a una pregunta
que se le hiciere, que sea algo intricada y dificultosa, de cuya respuesta
el pueblo toma y toca el pulso del ingenio de su nuevo gobernador; y asÌ, o
se alegra o se entristece con su venida.

En tanto que el mayordomo decÌa esto a Sancho, estaba Èl mirando unas
grandes y muchas letras que en la pared frontera de su silla estaban
escritas; y, como Èl no sabÌa leer, preguntÛ que quÈ eran aquellas pinturas
que en aquella pared estaban. Fuele respondido:

-SeÒor, allÌ esta escrito y notado el dÌa en que Vuestra SeÒorÌa tomÛ
posesiÛn desta Ìnsula, y dice el epitafio: Hoy dÌa, a tantos de tal mes y
de tal aÒo, tomÛ la posesiÛn desta Ìnsula el seÒor don Sancho Panza, que
muchos aÒos la goce.

-Y øa quiÈn llaman don Sancho Panza? -preguntÛ Sancho.

-A vuestra seÒorÌa -respondiÛ el mayordomo-, que en esta Ìnsula no ha
entrado otro Panza sino el que est· sentado en esa silla.

-Pues advertid, hermano -dijo Sancho-, que yo no tengo don, ni en todo mi
linaje le ha habido: Sancho Panza me llaman a secas, y Sancho se llamÛ mi
padre, y Sancho mi ag¸elo, y todos fueron Panzas, sin aÒadiduras de dones
ni donas; y yo imagino que en esta Ìnsula debe de haber m·s dones que
piedras; pero basta: Dios me entiende, y podr· ser que, si el gobierno me
dura cuatro dÌas, yo escardarÈ estos dones, que, por la muchedumbre, deben
de enfadar como los mosquitos. Pase adelante con su pregunta el seÒor
mayordomo, que yo responderÈ lo mejor que supiere, ora se entristezca o no
se entristezca el pueblo.

A este instante entraron en el juzgado dos hombres, el uno vestido de
labrador y el otro de sastre, porque traÌa unas tijeras en la mano, y el
sastre dijo:

-SeÒor gobernador, yo y este hombre labrador venimos ante vuestra merced en
razÛn que este buen hombre llegÛ a mi tienda ayer (que yo, con perdÛn de
los presentes, soy sastre examinado, que Dios sea bendito), y, poniÈndome
un pedazo de paÒo en las manos, me preguntÛ: ''SeÒor, øhabrÌa en esto
paÒo harto para hacerme una caperuza?'' Yo, tanteando el paÒo, le respondÌ
que sÌ; Èl debiÛse de imaginar, a lo que yo imagino, e imaginÈ bien, que
sin duda yo le querÌa hurtar alguna parte del paÒo, fund·ndose en su
malicia y en la mala opiniÛn de los sastres, y replicÛme que mirase si
habrÌa para dos; adivinÈle el pensamiento y dÌjele que sÌ; y Èl, caballero
en su daÒada y primera intenciÛn, fue aÒadiendo caperuzas, y yo aÒadiendo
sÌes, hasta que llegamos a cinco caperuzas, y ahora en este punto acaba de
venir por ellas: yo se las doy, y no me quiere pagar la hechura, antes me
pide que le pague o vuelva su paÒo.

-øEs todo esto asÌ, hermano? -preguntÛ Sancho.

-SÌ, seÒor -respondiÛ el hombre-, pero h·gale vuestra merced que muestre
las cinco caperuzas que me ha hecho.

-De buena gana -respondiÛ el sastre.

Y, sacando encontinente la mano debajo del herreruelo, mostrÛ en ella cinco
caperuzas puestas en las cinco cabezas de los dedos de la mano, y dijo:

-He aquÌ las cinco caperuzas que este buen hombre me pide, y en Dios y en
mi conciencia que no me ha quedado nada del paÒo, y yo darÈ la obra a vista
de veedores del oficio.

Todos los presentes se rieron de la multitud de las caperuzas y del nuevo
pleito. Sancho se puso a considerar un poco, y dijo:

-ParÈceme que en este pleito no ha de haber largas dilaciones, sino juzgar
luego a juicio de buen varÛn; y asÌ, yo doy por sentencia que el sastre
pierda las hechuras, y el labrador el paÒo, y las caperuzas se lleven a los
presos de la c·rcel, y no haya m·s.

Si la sentencia pasada de la bolsa del ganadero moviÛ a admiraciÛn a los
circunstantes, Èsta les provocÛ a risa; pero, en fin, se hizo lo que mandÛ
el gobernador; ante el cual se presentaron dos hombres ancianos; el uno
traÌa una caÒaheja por b·culo, y el sin b·culo dijo:

-SeÒor, a este buen hombre le prestÈ dÌas ha diez escudos de oro en oro,
por hacerle placer y buena obra, con condiciÛn que me los volviese cuando
se los pidiese; pas·ronse muchos dÌas sin pedÌrselos, por no ponerle en
mayor necesidad de volvÈrmelos que la que Èl tenÌa cuando yo se los prestÈ;
pero, por parecerme que se descuidaba en la paga, se los he pedido una y
muchas veces, y no solamente no me los vuelve, pero me los niega y dice que
nunca tales diez escudos le prestÈ, y que si se los prestÈ, que ya me los
ha vuelto. Yo no tengo testigos ni del prestado ni de la vuelta, porque no
me los ha vuelto; querrÌa que vuestra merced le tomase juramento, y si
jurare que me los ha vuelto, yo se los perdono para aquÌ y para delante de
Dios.

-øQuÈ decÌs vos a esto, buen viejo del b·culo? -dijo Sancho.

A lo que dijo el viejo:

-Yo, seÒor, confieso que me los prestÛ, y baje vuestra merced esa vara; y,
pues Èl lo deja en mi juramento, yo jurarÈ como se los he vuelto y pagado
real y verdaderamente.

BajÛ el gobernador la vara, y, en tanto, el viejo del b·culo dio el b·culo
al otro viejo, que se le tuviese en tanto que juraba, como si le embarazara
mucho, y luego puso la mano en la cruz de la vara, diciendo que era verdad
que se le habÌan prestado aquellos diez escudos que se le pedÌan; pero que
Èl se los habÌa vuelto de su mano a la suya, y que por no caer en ello se
los volvÌa a pedir por momentos. Viendo lo cual el gran gobernador,
preguntÛ al acreedor quÈ respondÌa a lo que decÌa su contrario; y dijo que
sin duda alguna su deudor debÌa de decir verdad, porque le tenÌa por hombre
de bien y buen cristiano, y que a Èl se le debÌa de haber olvidado el cÛmo
y cu·ndo se los habÌa vuelto, y que desde allÌ en adelante jam·s le pidirÌa
nada. TornÛ a tomar su b·culo el deudor, y, bajando la cabeza, se saliÛ del
juzgado. Visto lo cual Sancho, y que sin m·s ni m·s se iba, y viendo
tambiÈn la paciencia del demandante, inclinÛ la cabeza sobre el pecho, y,
poniÈndose el Ìndice de la mano derecha sobre las cejas y las narices,
estuvo como pensativo un pequeÒo espacio, y luego alzÛ la cabeza y mandÛ
que le llamasen al viejo del b·culo, que ya se habÌa ido. TrujÈronsele, y,
en viÈndole Sancho, le dijo:

-Dadme, buen hombre, ese b·culo, que le he menester.

-De muy buena gana -respondiÛ el viejo-: hele aquÌ, seÒor.

Y p˙sosele en la mano. TomÛle Sancho, y, d·ndosele al otro viejo, le dijo:

-Andad con Dios, que ya vais pagado.

-øYo, seÒor? -respondiÛ el viejo-. Pues, øvale esta caÒaheja diez escudos
de oro?

-SÌ -dijo el gobernador-; o si no, yo soy el mayor porro del mundo. Y ahora
se ver· si tengo yo caletre para gobernar todo un reino.

Y mandÛ que allÌ, delante de todos, se rompiese y abriese la caÒa. HÌzose
asÌ, y en el corazÛn della hallaron diez escudos en oro. Quedaron todos
admirados, y tuvieron a su gobernador por un nuevo SalomÛn.

Pregunt·ronle de dÛnde habÌa colegido que en aquella caÒaheja estaban
aquellos diez escudos, y respondiÛ que de haberle visto dar el viejo que
juraba, a su contrario, aquel b·culo, en tanto que hacÌa el juramento, y
jurar que se los habÌa dado real y verdaderamente, y que, en acabando de
jurar, le tornÛ a pedir el b·culo, le vino a la imaginaciÛn que dentro dÈl
estaba la paga de lo que pedÌan. De donde se podÌa colegir que los que
gobiernan, aunque sean unos tontos, tal vez los encamina Dios en sus
juicios; y m·s, que Èl habÌa oÌdo contar otro caso como aquÈl al cura de su
lugar, y que Èl tenÌa tan gran memoria, que, a no olvid·rsele todo aquello
de que querÌa acordarse, no hubiera tal memoria en toda la Ìnsula.
Finalmente, el un viejo corrido y el otro pagado, se fueron, y los
presentes quedaron admirados, y el que escribÌa las palabras, hechos y
movimientos de Sancho no acababa de determinarse si le tendrÌa y pondrÌa
por tonto o por discreto.

Luego, acabado este pleito, entrÛ en el juzgado una mujer asida fuertemente
de un hombre vestido de ganadero rico, la cual venÌa dando grandes voces,
diciendo:

-°Justicia, seÒor gobernador, justicia, y si no la hallo en la tierra, la
irÈ a buscar al cielo! SeÒor gobernador de mi ·nima, este mal hombre me ha
cogido en la mitad dese campo, y se ha aprovechado de mi cuerpo como si
fuera trapo mal lavado, y, °desdichada de mÌ!, me ha llevado lo que yo
tenÌa guardado m·s de veinte y tres aÒos ha, defendiÈndolo de moros y
cristianos, de naturales y estranjeros; y yo, siempre dura como un
alcornoque, conserv·ndome entera como la salamanquesa en el fuego, o como
la lana entre las zarzas, para que este buen hombre llegase ahora con sus
manos limpias a manosearme.

-Aun eso est· por averiguar: si tiene limpias o no las manos este gal·n
-dijo Sancho.

Y, volviÈndose al hombre, le dijo quÈ decÌa y respondÌa a la querella de
aquella mujer. El cual, todo turbado, respondiÛ:

-SeÒores, yo soy un pobre ganadero de ganado de cerda, y esta maÒana salÌa
deste lugar de vender, con perdÛn sea dicho, cuatro puercos, que me
llevaron de alcabalas y socaliÒas poco menos de lo que ellos valÌan;
volvÌame a mi aldea, topÈ en el camino a esta buena dueÒa, y el diablo, que
todo lo aÒasca y todo lo cuece, hizo que yog·semos juntos; paguÈle lo
soficiente, y ella, mal contenta, asiÛ de mÌ, y no me ha dejado hasta
traerme a este puesto. Dice que la forcÈ, y miente, para el juramento que
hago o pienso hacer; y Èsta es toda la verdad, sin faltar meaja.

Entonces el gobernador le preguntÛ si traÌa consigo alg˙n dinero en plata;
Èl dijo que hasta veinte ducados tenÌa en el seno, en una bolsa de cuero.
MandÛ que la sacase y se la entregase, asÌ como estaba, a la querellante;
Èl lo hizo temblando; tomÛla la mujer, y, haciendo mil zalemas a todos y
rogando a Dios por la vida y salud del seÒor gobernador, que asÌ miraba por
las huÈrfanas menesterosas y doncellas; y con esto se saliÛ del juzgado,
llevando la bolsa asida con entrambas manos, aunque primero mirÛ si era de
plata la moneda que llevaba dentro.

Apenas saliÛ, cuando Sancho dijo al ganadero, que ya se le saltaban las
l·grimas, y los ojos y el corazÛn se iban tras su bolsa:

-Buen hombre, id tras aquella mujer y quitadle la bolsa, aunque no quiera,
y volved aquÌ con ella.

Y no lo dijo a tonto ni a sordo, porque luego partiÛ como un rayo y fue a
lo que se le mandaba. Todos los presentes estaban suspensos, esperando el
fin de aquel pleito, y de allÌ a poco volvieron el hombre y la mujer m·s
asidos y aferrados que la vez primera: ella la saya levantada y en el
regazo puesta la bolsa, y el hombre pugnando por quit·rsela; mas no era
posible, seg˙n la mujer la defendÌa, la cual daba voces diciendo:

-°Justicia de Dios y del mundo! Mire vuestra merced, seÒor gobernador, la
poca verg¸enza y el poco temor deste desalmado, que, en mitad de poblado y
en mitad de la calle, me ha querido quitar la bolsa que vuestra merced
mandÛ darme.

-Y øh·osla quitado? -preguntÛ el gobernador.

-øCÛmo quitar? -respondiÛ la mujer-. Antes me dejara yo quitar la vida que
me quiten la bolsa. °Bonita es la niÒa! °Otros gatos me han de echar a las
barbas, que no este desventurado y asqueroso! °Tenazas y martillos, mazos y
escoplos no ser·n bastantes a sac·rmela de las uÒas, ni aun garras de
leones: antes el ·nima de en mitad en mitad de las carnes!

-Ella tiene razÛn -dijo el hombre-, y yo me doy por rendido y sin fuerzas,
y confieso que las mÌas no son bastantes para quit·rsela, y dÈjola.

Entonces el gobernador dijo a la mujer:

-Mostrad, honrada y valiente, esa bolsa.

Ella se la dio luego, y el gobernador se la volviÛ al hombre, y dijo a la
esforzada y no forzada:

-Hermana mÌa, si el mismo aliento y valor que habÈis mostrado para defender
esta bolsa le mostr·rades, y aun la mitad menos, para defender vuestro
cuerpo, las fuerzas de HÈrcules no os hicieran fuerza. Andad con Dios, y
mucho de enhoramala, y no parÈis en toda esta Ìnsula ni en seis leguas a la
redonda, so pena de docientos azotes. °Andad luego digo, churrillera,
desvergonzada y embaidora!

EspantÛse la mujer y fuese cabizbaja y mal contenta, y el gobernador dijo
al hombre:

-Buen hombre, andad con Dios a vuestro lugar con vuestro dinero, y de aquÌ
adelante, si no le querÈis perder, procurad que no os venga en voluntad de
yogar con nadie.

El hombre le dio las gracias lo peor que supo, y fuese, y los circunstantes
quedaron admirados de nuevo de los juicios y sentencias de su nuevo
gobernador. Todo lo cual, notado de su coronista, fue luego escrito al
duque, que con gran deseo lo estaba esperando.

Y quÈdese aquÌ el buen Sancho, que es mucha la priesa que nos da su amo,
alborozado con la m˙sica de Altisidora.

CapÌtulo XLVI. Del temeroso espanto cencerril y gatuno que recibiÛ don
Quijote en el discurso de los amores de la enamorada Altisidora

Dejamos al gran don Quijote envuelto en los pensamientos que le habÌan
causado la m˙sica de la enamorada doncella Altisidora. AcostÛse con ellos,
y, como si fueran pulgas, no le dejaron dormir ni sosegar un punto, y
junt·bansele los que le faltaban de sus medias; pero, como es ligero el
tiempo, y no hay barranco que le detenga, corriÛ caballero en las horas, y
con mucha presteza llegÛ la de la maÒana. Lo cual visto por don Quijote,
dejÛ las blandas plumas, y, no nada perezoso, se vistiÛ su acamuzado
vestido y se calzÛ sus botas de camino, por encubrir la desgracia de sus
medias; arrojÛse encima su mantÛn de escarlata y p˙sose en la cabeza una
montera de terciopelo verde, guarnecida de pasamanos de plata; colgÛ el
tahelÌ de sus hombros con su buena y tajadora espada, asiÛ un gran rosario
que consigo contino traÌa, y con gran prosopopeya y contoneo saliÛ a la
antesala, donde el duque y la duquesa estaban ya vestidos y como
esper·ndole; y, al pasar por una galerÌa, estaban aposta esper·ndole
Altisidora y la otra doncella su amiga, y, asÌ como Altisidora vio a don
Quijote, fingiÛ desmayarse, y su amiga la recogiÛ en sus faldas, y con gran
presteza la iba a desabrochar el pecho. Don Quijote, que lo vio, lleg·ndose
a ellas, dijo:

-Ya sÈ yo de quÈ proceden estos accidentes.

-No sÈ yo de quÈ -respondiÛ la amiga-, porque Altisidora es la doncella m·s
sana de toda esta casa, y yo nunca la he sentido un °ay! en cuanto ha que
la conozco, que mal hayan cuantos caballeros andantes hay en el mundo, si
es que todos son desagradecidos. V·yase vuesa merced, seÒor don Quijote,
que no volver· en sÌ esta pobre niÒa en tanto que vuesa merced aquÌ
estuviere.

A lo que respondiÛ don Quijote:

-Haga vuesa merced, seÒora, que se me ponga un la˙d esta noche en mi
aposento, que yo consolarÈ lo mejor que pudiere a esta lastimada doncella;
que en los principios amorosos los desengaÒos prestos suelen ser remedios
calificados.

Y con esto se fue, porque no fuese notado de los que allÌ le viesen. No se
hubo bien apartado, cuando, volviendo en sÌ la desmayada Altisidora, dijo a
su compaÒera:

-Menester ser· que se le ponga el la˙d, que sin duda don Quijote quiere
darnos m˙sica, y no ser· mala, siendo suya.

Fueron luego a dar cuenta a la duquesa de lo que pasaba y del la˙d que
pedÌa don Quijote, y ella, alegre sobremodo, concertÛ con el duque y con
sus doncellas de hacerle una burla que fuese m·s risueÒa que daÒosa, y con
mucho contento esperaban la noche, que se vino tan apriesa como se habÌa
venido el dÌa, el cual pasaron los duques en sabrosas pl·ticas con don
Quijote. Y la duquesa aquel dÌa real y verdaderamente despachÛ a un paje
suyo, que habÌa hecho en la selva la figura encantada de Dulcinea, a Teresa
Panza, con la carta de su marido Sancho Panza, y con el lÌo de ropa que
habÌa dejado para que se le enviase, encarg·ndole le trujese buena
relaciÛn de todo lo que con ella pasase.

Hecho esto, y llegadas las once horas de la noche, hallÛ don Quijote una
vihuela en su aposento; templÛla, abriÛ la reja, y sintiÛ que andaba gente
en el jardÌn; y, habiendo recorrido los trastes de la vihuela y afin·ndola
lo mejor que supo, escupiÛ y remondÛse el pecho, y luego, con una voz
ronquilla, aunque entonada, cantÛ el siguiente romance, que Èl mismo aquel
dÌa habÌa compuesto:

-Suelen las fuerzas de amor

sacar de quicio a las almas,

tomando por instrumento

la ociosidad descuidada.

Suele el coser y el labrar,

y el estar siempre ocupada,

ser antÌdoto al veneno

de las amorosas ansias.

Las doncellas recogidas

que aspiran a ser casadas,

la honestidad es la dote

y voz de sus alabanzas.

Los andantes caballeros,

y los que en la corte andan,

requiÈbranse con las libres,

con las honestas se casan.

Hay amores de levante,

que entre huÈspedes se tratan,

que llegan presto al poniente,

porque en el partirse acaban.

El amor reciÈn venido,

que hoy llegÛ y se va maÒana,

las im·gines no deja

bien impresas en el alma.

Pintura sobre pintura

ni se muestra ni seÒala;

y do hay primera belleza,

la segunda no hace baza.

Dulcinea del Toboso

del alma en la tabla rasa

tengo pintada de modo

que es imposible borrarla.

La firmeza en los amantes

es la parte m·s preciada,

por quien hace amor milagros,

y asimesmo los levanta.

AquÌ llegaba don Quijote de su canto, a quien estaban escuchando el duque y
la duquesa, Altisidora y casi toda la gente del castillo, cuando de
improviso, desde encima de un corredor que sobre la reja de don Quijote a
plomo caÌa, descolgaron un cordel donde venÌan m·s de cien cencerros
asidos, y luego, tras ellos, derramaron un gran saco de gatos, que asimismo
traÌan cencerros menores atados a las colas. Fue tan grande el ruido de los
cencerros y el mayar de los gatos, que, aunque los duques habÌan sido
inventores de la burla, todavÌa les sobresaltÛ; y, temeroso, don Quijote
quedÛ pasmado. Y quiso la suerte que dos o tres gatos se entraron por la
reja de su estancia, y, dando de una parte a otra, parecÌa que una regiÛn
de diablos andaba en ella. Apagaron las velas que en el aposento ardÌan, y
andaban buscando por do escaparse. El descolgar y subir del cordel de los
grandes cencerros no cesaba; la mayor parte de la gente del castillo, que
no sabÌa la verdad del caso, estaba suspensa y admirada.

LevantÛse don Quijote en pie, y, poniendo mano a la espada, comenzÛ a tirar
estocadas por la reja y a decir a grandes voces:

-°Afuera, malignos encantadores! °Afuera, canalla hechiceresca, que yo soy
don Quijote de la Mancha, contra quien no valen ni tienen fuerza vuestras
malas intenciones!

Y, volviÈndose a los gatos que andaban por el aposento, les tirÛ muchas
cuchilladas; ellos acudieron a la reja, y por allÌ se salieron, aunque uno,
viÈndose tan acosado de las cuchilladas de don Quijote, le saltÛ al rostro
y le asiÛ de las narices con las uÒas y los dientes, por cuyo dolor don
Quijote comenzÛ a dar los mayores gritos que pudo. Oyendo lo cual el duque
y la duquesa, y considerando lo que podÌa ser, con mucha presteza acudieron
a su estancia, y, abriendo con llave maestra, vieron al pobre caballero
pugnando con todas sus fuerzas por arrancar el gato de su rostro. Entraron
con luces y vieron la desigual pelea; acudiÛ el duque a despartirla, y don
Quijote dijo a voces:

-°No me le quite nadie! °DÈjenme mano a mano con este demonio, con este
hechicero, con este encantador, que yo le darÈ a entender de mÌ a Èl quiÈn
es don Quijote de la Mancha!

Pero el gato, no cur·ndose destas amenazas, gruÒÌa y apretaba. Mas, en fin,
el duque se le desarraigÛ y le echÛ por la reja.

QuedÛ don Quijote acribado el rostro y no muy sanas las narices, aunque muy
despechado porque no le habÌan dejado fenecer la batalla que tan trabada
tenÌa con aquel malandrÌn encantador. Hicieron traer aceite de Aparicio, y
la misma Altisidora, con sus blanquÌsimas manos, le puso unas vendas por
todo lo herido; y, al ponÈrselas, con voz baja le dijo:

-Todas estas malandanzas te suceden, empedernido caballero, por el pecado
de tu dureza y pertinacia; y plega a Dios que se le olvide a Sancho tu
escudero el azotarse, porque nunca salga de su encanto esta tan amada tuya
Dulcinea, ni t˙ lo goces, ni llegues a t·lamo con ella, a lo menos viviendo
yo, que te adoro.

A todo esto no respondiÛ don Quijote otra palabra si no fue dar un profundo
suspiro, y luego se tendiÛ en su lecho, agradeciendo a los duques la
merced, no porque Èl tenÌa temor de aquella canalla gatesca, encantadora y
cencerruna, sino porque habÌa conocido la buena intenciÛn con que habÌan
venido a socorrerle. Los duques le dejaron sosegar, y se fueron, pesarosos
del mal suceso de la burla; que no creyeron que tan pesada y costosa le
saliera a don Quijote aquella aventura, que le costÛ cinco dÌas de
encerramiento y de cama, donde le sucediÛ otra aventura m·s gustosa que la
pasada, la cual no quiere su historiador contar ahora, por acudir a Sancho
Panza, que andaba muy solÌcito y muy gracioso en su gobierno.

CapÌtulo XLVII. Donde se prosigue cÛmo se portaba Sancho Panza en su
gobierno

Cuenta la historia que desde el juzgado llevaron a Sancho Panza a un
suntuoso palacio, adonde en una gran sala estaba puesta una real y
limpÌsima mesa; y, asÌ como Sancho entrÛ en la sala, sonaron chirimÌas, y
salieron cuatro pajes a darle aguamanos, que Sancho recibiÛ con mucha
gravedad.

CesÛ la m˙sica, sentÛse Sancho a la cabecera de la mesa, porque no habÌa
m·s de aquel asiento, y no otro servicio en toda ella. P˙sose a su lado en
pie un personaje, que despuÈs mostrÛ ser mÈdico, con una varilla de ballena
en la mano. Levantaron una riquÌsima y blanca toalla con que estaban
cubiertas las frutas y mucha diversidad de platos de diversos manjares; uno
que parecÌa estudiante echÛ la bendiciÛn, y un paje puso un babador randado
a Sancho; otro que hacÌa el oficio de maestresala, llegÛ un plato de fruta
delante; pero, apenas hubo comido un bocado, cuando el de la varilla
tocando con ella en el plato, se le quitaron de delante con grandÌsima
celeridad; pero el maestresala le llegÛ otro de otro manjar. Iba a probarle
Sancho; pero, antes que llegase a Èl ni le gustase, ya la varilla habÌa
tocado en Èl, y un paje alz·dole con tanta presteza como el de la fruta.
Visto lo cual por Sancho, quedÛ suspenso, y, mirando a todos, preguntÛ si
se habÌa de comer aquella comida como juego de maesecoral. A lo cual
respondiÛ el de la vara:

-No se ha de comer, seÒor gobernador, sino como es uso y costumbre en las
otras Ìnsulas donde hay gobernadores. Yo, seÒor, soy mÈdico, y estoy
asalariado en esta Ìnsula para serlo de los gobernadores della, y miro por
su salud mucho m·s que por la mÌa, estudiando de noche y de dÌa, y
tanteando la complexiÛn del gobernador, para acertar a curarle cuando
cayere enfermo; y lo principal que hago es asistir a sus comidas y cenas, y
a dejarle comer de lo que me parece que le conviene, y a quitarle lo que
imagino que le ha de hacer daÒo y ser nocivo al estÛmago; y asÌ, mandÈ
quitar el plato de la fruta, por ser demasiadamente h˙meda, y el plato del
otro manjar tambiÈn le mandÈ quitar, por ser demasiadamente caliente y
tener muchas especies, que acrecientan la sed; y el que mucho bebe mata y
consume el h˙medo radical, donde consiste la vida.

-Desa manera, aquel plato de perdices que est·n allÌ asadas, y, a mi
parecer, bien sazonadas, no me har·n alg˙n daÒo.

A lo que el mÈdico respondiÛ:

-…sas no comer· el seÒor gobernador en tanto que yo tuviere vida.

-Pues, øpor quÈ? -dijo Sancho.

Y el mÈdico respondiÛ:

-Porque nuestro maestro HipÛcrates, norte y luz de la medicina, en un
aforismo suyo, dice: Omnis saturatio mala, perdices autem pessima. Quiere
decir: "Toda hartazga es mala; pero la de las perdices, malÌsima".

-Si eso es asÌ -dijo Sancho-, vea el seÒor doctor de cuantos manjares hay
en esta mesa cu·l me har· m·s provecho y cu·l menos daÒo, y dÈjeme comer
dÈl sin que me le apalee; porque, por vida del gobernador, y asÌ Dios me le
deje gozar, que me muero de hambre, y el negarme la comida, aunque le pese
al seÒor doctor y Èl m·s me diga, antes ser· quitarme la vida que
aument·rmela.

-Vuestra merced tiene razÛn, seÒor gobernador -respondiÛ el mÈdico-; y asÌ,
es mi parecer que vuestra merced no coma de aquellos conejos guisados que
allÌ est·n, porque es manjar peliagudo. De aquella ternera, si no fuera
asada y en adobo, a˙n se pudiera probar, pero no hay para quÈ.

Y Sancho dijo:

-Aquel platonazo que est· m·s adelante vahando me parece que es olla
podrida, que por la diversidad de cosas que en las tales ollas podridas
hay, no podrÈ dejar de topar con alguna que me sea de gusto y de provecho.

-Absit! -dijo el mÈdico-. Vaya lejos de nosotros tan mal pensamiento: no
hay cosa en el mundo de peor mantenimiento que una olla podrida. All· las
ollas podridas para los canÛnigos, o para los retores de colegios, o para
las bodas labradorescas, y dÈjennos libres las mesas de los gobernadores,
donde ha de asistir todo primor y toda atildadura; y la razÛn es porque
siempre y a doquiera y de quienquiera son m·s estimadas las medicinas
simples que las compuestas, porque en las simples no se puede errar y en
las compuestas sÌ, alterando la cantidad de las cosas de que son
compuestas; mas lo que yo sÈ que ha de comer el seÒor gobernador ahora,
para conservar su salud y corroborarla, es un ciento de caÒutillos de
suplicaciones y unas tajadicas subtiles de carne de membrillo, que le
asienten el estÛmago y le ayuden a la digestiÛn.

Oyendo esto Sancho, se arrimÛ sobre el espaldar de la silla y mirÛ de hito
en hito al tal mÈdico, y con voz grave le preguntÛ cÛmo se llamaba y dÛnde
habÌa estudiado. A lo que Èl respondiÛ:

-Yo, seÒor gobernador, me llamo el doctor Pedro Recio de Ag¸ero, y soy
natural de un lugar llamado Tirteafuera, que est· entre Caracuel y
AlmodÛvar del Campo, a la mano derecha, y tengo el grado de doctor por la
universidad de Osuna.

A lo que respondiÛ Sancho, todo encendido en cÛlera:

-Pues, seÒor doctor Pedro Recio de Mal Ag¸ero, natural de Tirteafuera,
lugar que est· a la derecha mano como vamos de Caracuel a AlmodÛvar del
Campo, graduado en Osuna, quÌteseme luego delante, si no, voto al sol que
tome un garrote y que a garrotazos, comenzando por Èl, no me ha de quedar
mÈdico en toda la Ìnsula, a lo menos de aquellos que yo entienda que son
ignorantes; que a los mÈdicos sabios, prudentes y discretos los pondrÈ
sobre mi cabeza y los honrarÈ como a personas divinas. Y vuelvo a decir que
se me vaya, Pedro Recio, de aquÌ; si no, tomarÈ esta silla donde estoy
sentado y se la estrellarÈ en la cabeza; y pÌdanmelo en residencia, que yo
me descargarÈ con decir que hice servicio a Dios en matar a un mal mÈdico,
verdugo de la rep˙blica. Y denme de comer, o si no, tÛmense su gobierno,
que oficio que no da de comer a su dueÒo no vale dos habas.

AlborotÛse el doctor, viendo tan colÈrico al gobernador, y quiso hacer
tirteafuera de la sala, sino que en aquel instante sonÛ una corneta de
posta en la calle, y, asom·ndose el maestresala a la ventana, volviÛ
diciendo:

-Correo viene del duque mi seÒor; alg˙n despacho debe de traer de
importancia.

EntrÛ el correo sudando y asustado, y, sacando un pliego del seno, le puso
en las manos del gobernador, y Sancho le puso en las del mayordomo, a quien
mandÛ leyese el sobreescrito, que decÌa asÌ: A don Sancho Panza, gobernador
de la Ìnsula Barataria, en su propia mano o en las de su secretario. Oyendo
lo cual, Sancho dijo:

-øQuiÈn es aquÌ mi secretario?

Y uno de los que presentes estaban respondiÛ:

-Yo, seÒor, porque sÈ leer y escribir, y soy vizcaÌno.

-Con esa aÒadidura -dijo Sancho-, bien podÈis ser secretario del mismo
emperador. Abrid ese pliego, y mirad lo que dice.

HÌzolo asÌ el reciÈn nacido secretario, y, habiendo leÌdo lo que decÌa,
dijo que era negocio para tratarle a solas. MandÛ Sancho despejar la sala,
y que no quedasen en ella sino el mayordomo y el maestresala, y los dem·s y
el mÈdico se fueron; y luego el secretario leyÛ la carta, que asÌ decÌa:

A mi noticia ha llegado, seÒor don Sancho Panza, que unos enemigos mÌos y
desa Ìnsula la han de dar un asalto furioso, no sÈ quÈ noche; conviene
velar y estar alerta, porque no le tomen desapercebido. SÈ tambiÈn, por
espÌas verdaderas, que han entrado en ese lugar cuatro personas disfrazadas
para quitaros la vida, porque se temen de vuestro ingenio; abrid el ojo, y
mirad quiÈn llega a hablaros, y no com·is de cosa que os presentaren. Yo
tendrÈ cuidado de socorreros si os viÈredes en trabajo, y en todo harÈis
como se espera de vuestro entendimiento. Deste lugar, a 16 de agosto, a las
cuatro de la maÒana.

Vuestro amigo,

El Duque.

QuedÛ atÛnito Sancho, y mostraron quedarlo asimismo los circunstantes; y,
volviÈndose al mayordomo, le dijo:

-Lo que agora se ha de hacer, y ha de ser luego, es meter en un calabozo al
doctor Recio; porque si alguno me ha de matar, ha de ser Èl, y de muerte
adminÌcula y pÈsima, como es la de la hambre.

-TambiÈn -dijo el maestresala- me parece a mÌ que vuesa merced no coma de
todo lo que est· en esta mesa, porque lo han presentado unas monjas, y,
como suele decirse, detr·s de la cruz est· el diablo.

-No lo niego -respondiÛ Sancho-, y por ahora denme un pedazo de pan y obra
de cuatro libras de uvas, que en ellas no podr· venir veneno; porque, en
efecto, no puedo pasar sin comer, y si es que hemos de estar prontos para
estas batallas que nos amenazan, menester ser· estar bien mantenidos,
porque tripas llevan corazÛn, que no corazÛn tripas. Y vos, secretario,
responded al duque mi seÒor y decidle que se cumplir· lo que manda como lo
manda, sin faltar punto; y darÈis de mi parte un besamanos a mi seÒora la
duquesa, y que le suplico no se le olvide de enviar con un propio mi carta
y mi lÌo a mi mujer Teresa Panza, que en ello recibirÈ mucha merced, y
tendrÈ cuidado de servirla con todo lo que mis fuerzas alcanzaren; y de
camino podÈis encajar un besamanos a mi seÒor don Quijote de la Mancha,
porque vea que soy pan agradecido; y vos, como buen secretario y como buen
vizcaÌno, podÈis aÒadir todo lo que quisiÈredes y m·s viniere a cuento. Y
·lcense estos manteles, y denme a mÌ de comer, que yo me avendrÈ con
cuantas espÌas y matadores y encantadores vinieren sobre mÌ y sobre mi
Ìnsula.

En esto entrÛ un paje, y dijo:

-AquÌ est· un labrador negociante que quiere hablar a Vuestra SeÒorÌa en un
negocio, seg˙n Èl dice, de mucha importancia.

-EstraÒo caso es Èste -dijo Sancho- destos negociantes. øEs posible que
sean tan necios, que no echen de ver que semejantes horas como Èstas no son
en las que han de venir a negociar? øPor ventura los que gobernamos, los
que somos jueces, no somos hombres de carne y de hueso, y que es menester
que nos dejen descansar el tiempo que la necesidad pide, sino que quieren
que seamos hechos de piedra marmol? Por Dios y en mi conciencia que si me
dura el gobierno (que no durar·, seg˙n se me trasluce), que yo ponga en
pretina a m·s de un negociante. Agora decid a ese buen hombre que entre;
pero adviÈrtase primero no sea alguno de los espÌas, o matador mÌo.

-No, seÒor -respondiÛ el paje-, porque parece una alma de c·ntaro, y yo sÈ
poco, o Èl es tan bueno como el buen pan.

-No hay que temer -dijo el mayordomo-, que aquÌ estamos todos.

-øSerÌa posible -dijo Sancho-, maestresala, que agora que no est· aquÌ el
doctor Pedro Recio, que comiese yo alguna cosa de peso y de sustancia,
aunque fuese un pedazo de pan y una cebolla?

-Esta noche, a la cena, se satisfar· la falta de la comida, y quedar·
Vuestra SeÒorÌa satisfecho y pagado -dijo el maestresala.

-Dios lo haga -respondiÛ Sancho.

Y, en esto, entrÛ el labrador, que era de muy buena presencia, y de mil
leguas se le echaba de ver que era bueno y buena alma. Lo primero que dijo
fue:

-øQuiÈn es aquÌ el seÒor gobernador?

-øQuiÈn ha de ser -respondiÛ el secretario-, sino el que est· sentado en la
silla?

-HumÌllome, pues, a su presencia -dijo el labrador.

Y, poniÈndose de rodillas, le pidiÛ la mano para bes·rsela. NegÛsela
Sancho, y mandÛ que se levantase y dijese lo que quisiese. HÌzolo asÌ el
labrador, y luego dijo:

-Yo, seÒor, soy labrador, natural de Miguel Turra, un lugar que est· dos
leguas de Ciudad Real.

-°Otro Tirteafuera tenemos! -dijo Sancho-. Decid, hermano, que lo que yo os
sÈ decir es que sÈ muy bien a Miguel Turra, y que no est· muy lejos de mi
pueblo.

-Es, pues, el caso, seÒor -prosiguiÛ el labrador-, que yo, por la
misericordia de Dios, soy casado en paz y en haz de la Santa Iglesia
CatÛlica Romana; tengo dos hijos estudiantes que el menor estudia para
bachiller y el mayor para licenciado; soy viudo, porque se muriÛ mi mujer,
o, por mejor decir, me la matÛ un mal mÈdico, que la purgÛ estando preÒada,
y si Dios fuera servido que saliera a luz el parto, y fuera hijo, yo le
pusiere a estudiar para doctor, porque no tuviera invidia a sus hermanos el
bachiller y el licenciado.

-De modo -dijo Sancho- que si vuestra mujer no se hubiera muerto, o la
hubieran muerto, vos no fuÈrades agora viudo.

-No, seÒor, en ninguna manera -respondiÛ el labrador.

-°Medrados estamos! -replicÛ Sancho-. Adelante, hermano, que es hora de
dormir m·s que de negociar.

-Digo, pues -dijo el labrador-, que este mi hijo que ha de ser bachiller se
enamorÛ en el mesmo pueblo de una doncella llamada Clara Perlerina, hija de
AndrÈs Perlerino, labrador riquÌsimo; y este nombre de Perlerines no les
viene de abolengo ni otra alcurnia, sino porque todos los deste linaje son
perl·ticos, y por mejorar el nombre los llaman Perlerines; aunque, si va
decir la verdad, la doncella es como una perla oriental, y, mirada por el
lado derecho, parece una flor del campo; por el izquierdo no tanto, porque
le falta aquel ojo, que se le saltÛ de viruelas; y, aunque los hoyos del
rostro son muchos y grandes, dicen los que la quieren bien que aquÈllos no
son hoyos, sino sepulturas donde se sepultan las almas de sus amantes. Es
tan limpia que, por no ensuciar la cara, trae las narices, como dicen,
arremangadas, que no parece sino que van huyendo de la boca; y, con todo
esto, parece bien por estremo, porque tiene la boca grande, y, a no
faltarle diez o doce dientes y muelas, pudiera pasar y echar raya entre las
m·s bien formadas. De los labios no tengo quÈ decir, porque son tan sutiles
y delicados que, si se usaran aspar labios, pudieran hacer dellos una
madeja; pero, como tienen diferente color de la que en los labios se usa
com˙nmente, parecen milagrosos, porque son jaspeados de azul y verde y
aberenjenado; y perdÛneme el seÒor gobernador si por tan menudo voy
pintando las partes de la que al fin al fin ha de ser mi hija, que la
quiero bien y no me parece mal.

-Pintad lo que quisiÈredes -dijo Sancho-, que yo me voy recreando en la
pintura, y si hubiera comido, no hubiera mejor postre para mÌ que vuestro
retrato.

-Eso tengo yo por servir -respondiÛ el labrador-, pero tiempo vendr· en que
seamos, si ahora no somos. Y digo, seÒor, que si pudiera pintar su
gentileza y la altura de su cuerpo, fuera cosa de admiraciÛn; pero no puede
ser, a causa de que ella est· agobiada y encogida, y tiene las rodillas con
la boca, y, con todo eso, se echa bien de ver que si se pudiera levantar,
diera con la cabeza en el techo; y ya ella hubiera dado la mano de esposa a
mi bachiller, sino que no la puede estender, que est· aÒudada; y, con todo,
en las uÒas largas y acanaladas se muestra su bondad y buena hechura.

-Est· bien -dijo Sancho-, y haced cuenta, hermano, que ya la habÈis pintado
de los pies a la cabeza. øQuÈ es lo que querÈis ahora? Y venid al punto sin
rodeos ni callejuelas, ni retazos ni aÒadiduras.

-QuerrÌa, seÒor -respondiÛ el labrador-, que vuestra merced me hiciese
merced de darme una carta de favor para mi consuegro, suplic·ndole sea
servido de que este casamiento se haga, pues no somos desiguales en los
bienes de fortuna, ni en los de la naturaleza; porque, para decir la
verdad, seÒor gobernador, mi hijo es endemoniado, y no hay dÌa que tres o
cuatro veces no le atormenten los malignos espÌritus; y de haber caÌdo una
vez en el fuego, tiene el rostro arrugado como pergamino, y los ojos algo
llorosos y manantiales; pero tiene una condiciÛn de un ·ngel, y si no es
que se aporrea y se da de puÒadas Èl mesmo a sÌ mesmo, fuera un bendito.

-øQuerÈis otra cosa, buen hombre? -replicÛ Sancho.

-Otra cosa querrÌa -dijo el labrador-, sino que no me atrevo a decirlo;
pero vaya, que, en fin, no se me ha de podrir en el pecho, pegue o no
pegue. Digo, seÒor, que querrÌa que vuesa merced me diese trecientos o
seiscientos ducados para ayuda a la dote de mi bachiller; digo para ayuda
de poner su casa, porque, en fin, han de vivir por sÌ, sin estar sujetos a
las impertinencias de los suegros.

-Mirad si querÈis otra cosa -dijo Sancho-, y no la dejÈis de decir por
empacho ni por verg¸enza.

-No, por cierto -respondiÛ el labrador.

Y, apenas dijo esto, cuando, levant·ndose en pie el gobernador, asiÛ de la
silla en que estaba sentado y dijo:

-°Voto a tal, don pat·n r˙stico y mal mirado, que si no os apart·is y
ascondÈis luego de mi presencia, que con esta silla os rompa y abra la
cabeza! Hideputa bellaco, pintor del mesmo demonio, øy a estas horas te
vienes a pedirme seiscientos ducados?; y ødÛnde los tengo yo, hediondo?; y
øpor quÈ te los habÌa de dar, aunque los tuviera, socarrÛn y mentecato?; y
øquÈ se me da a mÌ de Miguel Turra, ni de todo el linaje de los Perlerines?
°Va de mÌ, digo; si no, por vida del duque mi seÒor, que haga lo que tengo
dicho! T˙ no debes de ser de Miguel Turra, sino alg˙n socarrÛn que, para
tentarme, te ha enviado aquÌ el infierno. Dime, desalmado, a˙n no ha dÌa y
medio que tengo el gobierno, y øya quieres que tenga seiscientos ducados?

Hizo de seÒas el maestresala al labrador que se saliese de la sala, el cual
lo hizo cabizbajo y, al parecer, temeroso de que el gobernador no ejecutase
su cÛlera, que el bellacÛn supo hacer muy bien su oficio.

Pero dejemos con su cÛlera a Sancho, y ·ndese la paz en el corro, y
volvamos a don Quijote, que le dejamos vendado el rostro y curado de las
gatescas heridas, de las cuales no sanÛ en ocho dÌas, en uno de los cuales
le sucediÛ lo que Cide Hamete promete de contar con la puntualidad y
verdad que suele contar las cosas desta historia, por mÌnimas que sean.

CapÌtulo XLVIII. De lo que le sucediÛ a don Quijote con doÒa RodrÌguez, la
dueÒa de la duquesa, con otros acontecimientos dignos de escritura y de
memoria eterna

Adem·s estaba mohÌno y malencÛlico el mal ferido don Quijote, vendado el
rostro y seÒalado, no por la mano de Dios, sino por las uÒas de un gato,
desdichas anejas a la andante caballerÌa. Seis dÌas estuvo sin salir en
p˙blico, en una noche de las cuales, estando despierto y desvelado,
pensando en sus desgracias y en el perseguimiento de Altisidora, sintiÛ que
con una llave abrÌan la puerta de su aposento, y luego imaginÛ que la
enamorada doncella venÌa para sobresaltar su honestidad y ponerle en
condiciÛn de faltar a la fee que guardar debÌa a su seÒora Dulcinea del
Toboso.

-No -dijo creyendo a su imaginaciÛn, y esto, con voz que pudiera ser oÌda-;
no ha de ser parte la mayor hermosura de la tierra para que yo deje de
adorar la que tengo grabada y estampada en la mitad de mi corazÛn y en lo
m·s escondido de mis entraÒas, ora estÈs, seÒora mÌa, transformada en
cebolluda labradora, ora en ninfa del dorado Tajo, tejiendo telas de oro y
sirgo compuestas, ora te tenga MerlÌn, o Montesinos, donde ellos quisieren;
que, adondequiera eres mÌa, y adoquiera he sido yo, y he de ser, tuyo.

El acabar estas razones y el abrir de la puerta fue todo uno. P˙sose en pie
sobre la cama, envuelto de arriba abajo en una colcha de raso amarillo, una
galocha en la cabeza, y el rostro y los bigotes vendados: el rostro, por
los aruÒos; los bigotes, porque no se le desmayasen y cayesen; en el cual
traje parecÌa la m·s extraordinaria fantasma que se pudiera pensar.

ClavÛ los ojos en la puerta, y, cuando esperaba ver entrar por ella a la
rendida y lastimada Altisidora, vio entrar a una reverendÌsima dueÒa con
unas tocas blancas repulgadas y luengas, tanto, que la cubrÌan y enmantaban
desde los pies a la cabeza. Entre los dedos de la mano izquierda traÌa una
media vela encendida, y con la derecha se hacÌa sombra, porque no le diese
la luz en los ojos, a quien cubrÌan unos muy grandes antojos. VenÌa pisando
quedito, y movÌa los pies blandamente.

MirÛla don Quijote desde su atalaya, y cuando vio su adeliÒo y notÛ su
silencio, pensÛ que alguna bruja o maga venÌa en aquel traje a hacer en Èl
alguna mala fechurÌa, y comenzÛ a santiguarse con mucha priesa. Fuese
llegando la visiÛn, y, cuando llegÛ a la mitad del aposento, alzÛ los ojos
y vio la priesa con que se estaba haciendo cruces don Quijote; y si Èl
quedÛ medroso en ver tal figura, ella quedÛ espantada en ver la suya,
porque, asÌ como le vio tan alto y tan amarillo, con la colcha y con las
vendas, que le desfiguraban, dio una gran voz, diciendo:

-°Jes˙s! øQuÈ es lo que veo?

Y con el sobresalto se le cayÛ la vela de las manos; y, viÈndose a escuras,
volviÛ las espaldas para irse, y con el miedo tropezÛ en sus faldas y dio
consigo una gran caÌda. Don Quijote, temeroso, comenzÛ a decir:

-Conj˙rote, fantasma, o lo que eres, que me digas quiÈn eres, y que me
digas quÈ es lo que de mÌ quieres. Si eres alma en pena, dÌmelo, que yo
harÈ por ti todo cuanto mis fuerzas alcanzaren, porque soy catÛlico
cristiano y amigo de hacer bien a todo el mundo; que para esto tomÈ la
orden de la caballerÌa andante que profeso, cuyo ejercicio aun hasta hacer
bien a las ·nimas de purgatorio se estiende.

La brumada dueÒa, que oyÛ conjurarse, por su temor coligiÛ el de don
Quijote, y con voz afligida y baja le respondiÛ:

-SeÒor don Quijote, si es que acaso vuestra merced es don Quijote, yo no
soy fantasma, ni visiÛn, ni alma de purgatorio, como vuestra merced debe de
haber pensado, sino doÒa RodrÌguez, la dueÒa de honor de mi seÒora la
duquesa, que, con una necesidad de aquellas que vuestra merced suele
remediar, a vuestra merced vengo.

-DÌgame, seÒora doÒa RodrÌguez -dijo don Quijote-: øpor ventura viene
vuestra merced a hacer alguna tercerÌa? Porque le hago saber que no soy de
provecho para nadie, merced a la sin par belleza de mi seÒora Dulcinea del
Toboso. Digo, en fin, seÒora doÒa RodrÌguez, que, como vuestra merced salve
y deje a una parte todo recado amoroso, puede volver a encender su vela, y
vuelva, y departiremos de todo lo que m·s mandare y m·s en gusto le
viniere, salvando, como digo, todo incitativo melindre.

-øYo recado de nadie, seÒor mÌo? -respondiÛ la dueÒa-. Mal me conoce
vuestra merced; sÌ, que a˙n no estoy en edad tan prolongada que me acoja a
semejantes niÒerÌas, pues, Dios loado, mi alma me tengo en las carnes, y
todos mis dientes y muelas en la boca, amÈn de unos pocos que me han
usurpado unos catarros, que en esta tierra de AragÛn son tan ordinarios.
Pero espÈreme vuestra merced un poco; saldrÈ a encender mi vela, y volverÈ
en un instante a contar mis cuitas, como a remediador de todas las del
mundo.

Y, sin esperar respuesta, se saliÛ del aposento, donde quedÛ don Quijote
sosegado y pensativo esper·ndola; pero luego le sobrevinieron mil
pensamientos acerca de aquella nueva aventura, y parecÌale ser mal hecho y
peor pensado ponerse en peligro de romper a su seÒora la fee prometida, y
decÌase a sÌ mismo:

-øQuiÈn sabe si el diablo, que es sutil y maÒoso, querr· engaÒarme agora
con una dueÒa, lo que no ha podido con emperatrices, reinas, duquesas,
marquesas ni condesas? Que yo he oÌdo decir muchas veces y a muchos
discretos que, si Èl puede, antes os la dar· roma que aguileÒa. Y øquiÈn
sabe si esta soledad, esta ocasiÛn y este silencio despertar· mis deseos
que duermen, y har·n que al cabo de mis aÒos venga a caer donde nunca he
tropezado? Y, en casos semejantes, mejor es huir que esperar la batalla.
Pero yo no debo de estar en mi juicio, pues tales disparates digo y pienso;
que no es posible que una dueÒa toquiblanca, larga y antojuna pueda mover
ni levantar pensamiento lascivo en el m·s desalmado pecho del mundo. øPor
ventura hay dueÒa en la tierra que tenga buenas carnes? øPor ventura hay
dueÒa en el orbe que deje de ser impertinente, fruncida y melindrosa?
°Afuera, pues, caterva dueÒesca, in˙til para ning˙n humano regalo! °Oh,
cu·n bien hacÌa aquella seÒora de quien se dice que tenÌa dos dueÒas de
bulto con sus antojos y almohadillas al cabo de su estrado, como que
estaban labrando, y tanto le servÌan para la autoridad de la sala aquellas
estatuas como las dueÒas verdaderas!

Y, diciendo esto, se arrojÛ del lecho, con intenciÛn de cerrar la puerta y
no dejar entrar a la seÒora RodrÌguez; mas, cuando la llegÛ a cerrar, ya la
seÒora RodrÌguez volvÌa, encendida una vela de cera blanca, y cuando ella
vio a don Quijote de m·s cerca, envuelto en la colcha, con las vendas,
galocha o becoquÌn, temiÛ de nuevo, y, retir·ndose atr·s como dos pasos,
dijo:

-øEstamos seguras, seÒor caballero? Porque no tengo a muy honesta seÒal
haberse vuesa merced levantado de su lecho.

-Eso mesmo es bien que yo pregunte, seÒora -respondiÛ don Quijote-; y asÌ,
pregunto si estarÈ yo seguro de ser acometido y forzado.

-øDe quiÈn o a quiÈn pedÌs, seÒor caballero, esa seguridad? -respondiÛ la
dueÒa.

-A vos y de vos la pido -replicÛ don Quijote-, porque ni yo soy de m·rmol
ni vos de bronce, ni ahora son las diez del dÌa, sino media noche, y aun un
poco m·s, seg˙n imagino, y en una estancia m·s cerrada y secreta que lo
debiÛ de ser la cueva donde el traidor y atrevido Eneas gozÛ a la hermosa y
piadosa Dido. Pero dadme, seÒora, la mano, que yo no quiero otra seguridad
mayor que la de mi continencia y recato, y la que ofrecen esas
reverendÌsimas tocas.

Y, diciendo esto, besÛ su derecha mano, y le asiÛ de la suya, que ella le
dio con las mesmas ceremonias.

AquÌ hace Cide Hamete un parÈntesis, y dice que por Mahoma que diera, por
ver ir a los dos asÌ asidos y trabados desde la puerta al lecho, la mejor
almalafa de dos que tenÌa.

EntrÛse, en fin, don Quijote en su lecho, y quedÛse doÒa RodrÌguez sentada
en una silla, algo desviada de la cama, no quit·ndose los antojos ni la
vela. Don Quijote se acorrucÛ y se cubriÛ todo, no dejando m·s de el rostro
descubierto; y, habiÈndose los dos sosegado, el primero que rompiÛ el
silencio fue don Quijote, diciendo:

-Puede vuesa merced ahora, mi seÒora doÒa RodrÌguez, descoserse y desbuchar
todo aquello que tiene dentro de su cuitado corazÛn y lastimadas entraÒas,
que ser· de mÌ escuchada con castos oÌdos, y socorrida con piadosas obras.

-AsÌ lo creo yo -respondiÛ la dueÒa-, que de la gentil y agradable
presencia de vuesa merced no se podÌa esperar sino tan cristiana respuesta.
´Es, pues, el caso, seÒor don Quijote, que, aunque vuesa merced me vee
sentada en esta silla y en la mitad del reino de AragÛn, y en h·bito de
dueÒa aniquilada y asendereada, soy natural de las Asturias de Oviedo, y de
linaje que atraviesan por Èl muchos de los mejores de aquella provincia;
pero mi corta suerte y el descuido de mis padres, que empobrecieron antes
de tiempo, sin saber cÛmo ni cÛmo no, me trujeron a la corte, a Madrid,
donde por bien de paz y por escusar mayores desventuras, mis padres me
acomodaron a servir de doncella de labor a una principal seÒora; y quiero
hacer sabidor a vuesa merced que en hacer vainillas y labor blanca ninguna
me ha echado el pie adelante en toda la vida. Mis padres me dejaron
sirviendo y se volvieron a su tierra, y de allÌ a pocos aÒos se debieron de
ir al cielo, porque eran adem·s buenos y catÛlicos cristianos. QuedÈ
huÈrfana, y atenida al miserable salario y a las angustiadas mercedes que
a las tales criadas se suele dar en palacio; y, en este tiempo, sin que
diese yo ocasiÛn a ello, se enamorÛ de mi un escudero de casa, hombre ya en
dÌas, barbudo y apersonado, y, sobre todo, hidalgo como el rey, porque era
montaÒÈs. No tratamos tan secretamente nuestros amores que no viniesen a
noticia de mi seÒora, la cual, por escusar dimes y diretes, nos casÛ en paz
y en haz de la Santa Madre Iglesia CatÛlica Romana, de cuyo matrimonio
naciÛ una hija para rematar con mi ventura, si alguna tenÌa; no porque yo
muriese del parto, que le tuve derecho y en sazÛn, sino porque desde allÌ a
poco muriÛ mi esposo de un cierto espanto que tuvo, que, a tener ahora
lugar para contarle, yo sÈ que vuestra merced se admirara.ª

Y, en esto, comenzÛ a llorar tiernamente, y dijo:

-PerdÛneme vuestra merced, seÒor don Quijote, que no va m·s en mi mano,
porque todas las veces que me acuerdo de mi mal logrado se me arrasan los
ojos de l·grimas. °V·lame Dios, y con quÈ autoridad llevaba a mi seÒora a
las ancas de una poderosa mula, negra como el mismo azabache! Que entonces
no se usaban coches ni sillas, como agora dicen que se usan, y las seÒoras
iban a las ancas de sus escuderos. Esto, a lo menos, no puedo dejar de
contarlo, porque se note la crianza y puntualidad de mi buen marido. ´Al
entrar de la calle de Santiago, en Madrid, que es algo estrecha, venÌa a
salir por ella un alcalde de corte con dos alguaciles delante, y, asÌ como
mi buen escudero le vio, volviÛ las riendas a la mula, dando seÒal de
volver a acompaÒarle. Mi seÒora, que iba a las ancas, con voz baja le
decÌa: ''-øQuÈ hacÈis, desventurado? øNo veis que voy aquÌ?'' El alcalde,
de comedido, detuvo la rienda al caballo y dÌjole: ''-Seguid, seÒor,
vuestro camino, que yo soy el que debo acompaÒar a mi seÒora doÒa
Casilda'', que asÌ era el nombre de mi ama. TodavÌa porfiaba mi marido, con
la gorra en la mano, a querer ir acompaÒando al alcalde, viendo lo cual mi
seÒora, llena de cÛlera y enojo, sacÛ un alfiler gordo, o creo que un
punzÛn, del estuche, y clavÛsele por los lomos, de manera que mi marido dio
una gran voz y torciÛ el cuerpo, de suerte que dio con su seÒora en el
suelo. Acudieron dos lacayos suyos a levantarla, y lo mismo hizo el alcalde
y los alguaciles; alborotÛse la Puerta de Guadalajara, digo, la gente
baldÌa que en ella estaba; vÌnose a pie mi ama, y mi marido acudiÛ en casa
de un barbero diciendo que llevaba pasadas de parte a parte las entraÒas.
DivulgÛse la cortesÌa de mi esposo, tanto, que los muchachos le corrÌan por
las calles, y por esto y porque Èl era alg˙n tanto corto de vista, mi
seÒora la duquesa le despidiÛ, de cuyo pesar, sin duda alguna, tengo para
mÌ que se le causÛ el mal de la muerte. QuedÈ yo viuda y desamparada, y con
hija a cuestas, que iba creciendo en hermosura como la espuma de la mar.
Finalmente, como yo tuviese fama de gran labrandera, mi seÒora la duquesa,
que estaba reciÈn casada con el duque mi seÒor, quiso traerme consigo a
este reino de AragÛn y a mi hija ni m·s ni menos, adonde, yendo dÌas y
viniendo dÌas, creciÛ mi hija, y con ella todo el donaire del mundo: canta
como una calandria, danza como el pensamiento, baila como una perdida, lee
y escribe como un maestro de escuela, y cuenta como un avariento. De su
limpieza no digo nada: que el agua que corre no es m·s limpia, y debe de
tener agora, si mal no me acuerdo, diez y seis aÒos, cinco meses y tres
dÌas, uno m·s a menos. En resoluciÛn: de esta mi muchacha se enamorÛ un
hijo de un labrador riquÌsimo que est· en una aldea del duque mi seÒor, no
muy lejos de aquÌ. En efecto, no sÈ cÛmo ni cÛmo no, ellos se juntaron, y,
debajo de la palabra de ser su esposo, burlÛ a mi hija, y no se la quiere
cumplir; y, aunque el duque mi seÒor lo sabe, porque yo me he quejado a Èl,
no una, sino muchas veces, y pedÌdole mande que el tal labrador se case con
mi hija, hace orejas de mercader y apenas quiere oÌrme; y es la causa que,
como el padre del burlador es tan rico y le presta dineros, y le sale por
fiador de sus trampas por momentos, no le quiere descontentar ni dar
pesadumbre en ning˙n modo.ª QuerrÌa, pues, seÒor mÌo, que vuesa merced
tomase a cargo el deshacer este agravio, o ya por ruegos, o ya por armas,
pues, seg˙n todo el mundo dice, vuesa merced naciÛ en Èl para deshacerlos y
para enderezar los tuertos y amparar los miserables; y pÛngasele a vuesa
merced por delante la orfandad de mi hija, su gentileza, su mocedad, con
todas las buenas partes que he dicho que tiene; que en Dios y en mi
conciencia que de cuantas doncellas tiene mi seÒora, que no hay ninguna que
llegue a la suela de su zapato, y que una que llaman Altisidora, que es la
que tienen por m·s desenvuelta y gallarda, puesta en comparaciÛn de mi
hija, no la llega con dos leguas. Porque quiero que sepa vuesa merced,
seÒor mÌo, que no es todo oro lo que reluce; porque esta Altisidorilla
tiene m·s de presunciÛn que de hermosura, y m·s de desenvuelta que de
recogida, adem·s que no est· muy sana: que tiene un cierto allento cansado,
que no hay sufrir el estar junto a ella un momento. Y aun mi seÒora la
duquesa... Quiero callar, que se suele decir que las paredes tienen oÌdos.

-øQuÈ tiene mi seÒora la duquesa, por vida mÌa, seÒora doÒa RodrÌguez?
-preguntÛ don Quijote.

-Con ese conjuro -respondiÛ la dueÒa-, no puedo dejar de responder a lo que
se me pregunta con toda verdad. øVee vuesa merced, seÒor don Quijote, la
hermosura de mi seÒora la duquesa, aquella tez de rostro, que no parece
sino de una espada acicalada y tersa, aquellas dos mejillas de leche y de
carmÌn, que en la una tiene el sol y en la otra la luna, y aquella
gallardÌa con que va pisando y aun despreciando el suelo, que no parece
sino que va derramando salud donde pasa? Pues sepa vuesa merced que lo
puede agradecer, primero, a Dios, y luego, a dos fuentes que tiene en las
dos piernas, por donde se desagua todo el mal humor de quien dicen los
mÈdicos que est· llena.

-°Santa MarÌa! -dijo don Quijote-. Y øes posible que mi seÒora la duquesa
tenga tales desaguaderos? No lo creyera si me lo dijeran frailes descalzos;
pero, pues la seÒora doÒa RodrÌguez lo dice, debe de ser asÌ. Pero tales
fuentes, y en tales lugares, no deben de manar humor, sino ·mbar lÌquido.
Verdaderamente que ahora acabo de creer que esto de hacerse fuentes debe de
ser cosa importante para salud.

Apenas acabÛ don Quijote de decir esta razÛn, cuando con un gran golpe
abrieron las puertas del aposento, y del sobresalto del golpe se le cayÛ a
doÒa RodrÌguez la vela de la mano, y quedÛ la estancia como boca de lobo,
como suele decirse. Luego sintiÛ la pobre dueÒa que la asÌan de la garganta
con dos manos, tan fuertemente que no la dejaban gaÒir, y que otra persona,
con mucha presteza, sin hablar palabra, le alzaba las faldas, y con una, al
parecer, chinela, le comenzÛ a dar tantos azotes, que era una compasiÛn; y,
aunque don Quijote se la tenÌa, no se meneaba del lecho, y no sabÌa quÈ
podÌa ser aquello, y est·base quedo y callando, y aun temiendo no viniese
por Èl la tanda y tunda azotesca. Y no fue vano su temor, porque, en
dejando molida a la dueÒa los callados verdugos (la cual no osaba
quejarse), acudieron a don Quijote, y, desenvolviÈndole de la s·bana y de
la colcha, le pellizcaron tan a menudo y tan reciamente, que no pudo dejar
de defenderse a puÒadas, y todo esto en silencio admirable. DurÛ la batalla
casi media hora; saliÈronse las fantasmas, recogiÛ doÒa RodrÌguez sus
faldas, y, gimiendo su desgracia, se saliÛ por la puerta afuera, sin decir
palabra a don Quijote, el cual, doloroso y pellizcado, confuso y pensativo,
se quedÛ solo, donde le dejaremos deseoso de saber quiÈn habÌa sido el
perverso encantador que tal le habÌa puesto. Pero ello se dir· a su tiempo,
que Sancho Panza nos llama, y el buen concierto de la historia lo pide.

CapÌtulo XLIX. De lo que le sucediÛ a Sancho Panza rondando su Ìnsula

Dejamos al gran gobernador enojado y mohÌno con el labrador pintor y
socarrÛn, el cual, industriado del mayordomo, y el mayordomo del duque, se
burlaban de Sancho; pero Èl se las tenÌa tiesas a todos, maguera tonto,
bronco y rollizo, y dijo a los que con Èl estaban, y al doctor Pedro Recio,
que, como se acabÛ el secreto de la carta del duque, habÌa vuelto a entrar
en la sala:

-Ahora verdaderamente que entiendo que los jueces y gobernadores deben de
ser, o han de ser, de bronce, para no sentir las importunidades de los
negociantes, que a todas horas y a todos tiempos quieren que los escuchen y
despachen, atendiendo sÛlo a su negocio, venga lo que viniere; y si el
pobre del juez no los escucha y despacha, o porque no puede o porque no es
aquÈl el tiempo diputado para darles audiencia, luego les maldicen y
murmuran, y les roen los huesos, y aun les deslindan los linajes.
Negociante necio, negociante mentecato, no te apresures; espera sazÛn y
coyuntura para negociar: no vengas a la hora del comer ni a la del dormir,
que los jueces son de carne y de hueso y han de dar a la naturaleza lo que
naturalmente les pide, si no es yo, que no le doy de comer a la mÌa, merced
al seÒor doctor Pedro Recio Tirteafuera, que est· delante, que quiere que
muera de hambre, y afirma que esta muerte es vida, que asÌ se la dÈ Dios a
Èl y a todos los de su ralea: digo, a la de los malos mÈdicos, que la de
los buenos, palmas y lauros merecen.

Todos los que conocÌan a Sancho Panza se admiraban, oyÈndole hablar tan
elegantemente, y no sabÌan a quÈ atribuirlo, sino a que los oficios y
cargos graves, o adoban o entorpecen los entendimientos. Finalmente, el
doctor Pedro Recio Ag¸ero de Tirteafuera prometiÛ de darle de cenar aquella
noche, aunque excediese de todos los aforismos de HipÛcrates. Con esto
quedÛ contento el gobernador, y esperaba con grande ansia llegase la noche
y la hora de cenar; y, aunque el tiempo, al parecer suyo, se estaba quedo,
sin moverse de un lugar, todavÌa se llegÛ por Èl el tanto deseado, donde
le dieron de cenar un salpicÛn de vaca con cebolla, y unas manos cocidas de
ternera algo entrada en dÌas. EntregÛse en todo con m·s gusto que si le
hubieran dado francolines de Mil·n, faisanes de Roma, ternera de Sorrento,
perdices de MorÛn, o gansos de Lavajos; y, entre la cena, volviÈndose al
doctor, le dijo:

-Mirad, seÒor doctor: de aquÌ adelante no os curÈis de darme a comer cosas
regaladas ni manjares esquisitos, porque ser· sacar a mi estÛmago de sus
quicios, el cual est· acostumbrado a cabra, a vaca, a tocino, a cecina, a
nabos y a cebollas; y, si acaso le dan otros manjares de palacio, los
recibe con melindre, y algunas veces con asco. Lo que el maestresala puede
hacer es traerme estas que llaman ollas podridas, que mientras m·s podridas
son, mejor huelen, y en ellas puede embaular y encerrar todo lo que Èl
quisiere, como sea de comer, que yo se lo agradecerÈ y se lo pagarÈ alg˙n
dÌa; y no se burle nadie conmigo, porque o somos o no somos: vivamos todos
y comamos en buena paz compaÒa, pues, cuando Dios amanece, para todos
amanece. Yo gobernarÈ esta Ìnsula sin perdonar derecho ni llevar cohecho, y
todo el mundo traiga el ojo alerta y mire por el virote, porque les hago
saber que el diablo est· en Cantillana, y que, si me dan ocasiÛn, han de
ver maravillas. No, sino haceos miel, y comeros han moscas.

-Por cierto, seÒor gobernador -dijo el maestresala-, que vuesa merced tiene

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