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Don Quijote by Miguel de Cervantes [Saavedra] [in Spanish]

Part 14 out of 19

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anduvo por toda la sala levantando los doseles; y luego, esto hecho, se
volviÛ a sentar y dijo:

-Ahora, seÒora mÌa, que he visto que no nos escucha nadie de solapa, fuera
de los circunstantes, sin temor ni sobresalto responderÈ a lo que se me ha
preguntado, y a todo aquello que se me preguntare; y lo primero que digo es
que yo tengo a mi seÒor don Quijote por loco rematado, puesto que algunas
veces dice cosas que, a mi parecer, y aun de todos aquellos que le
escuchan, son tan discretas y por tan buen carril encaminadas, que el mesmo
Satan·s no las podrÌa decir mejores; pero, con todo esto, verdaderamente y
sin escr˙pulo, a mÌ se me ha asentado que es un mentecato. Pues, como yo
tengo esto en el magÌn, me atrevo a hacerle creer lo que no lleva pies ni
cabeza, como fue aquello de la respuesta de la carta, y lo de habr· seis o
ocho dÌas, que a˙n no est· en historia; conviene a saber: lo del encanto de
mi seÒora doÒa Dulcinea, que le he dado a entender que est· encantada, no
siendo m·s verdad que por los cerros de ⁄beda.

RogÛle la duquesa que le contase aquel encantamento o burla, y Sancho se lo
contÛ todo del mesmo modo que habÌa pasado, de que no poco gusto recibieron
los oyentes; y, prosiguiendo en su pl·tica, dijo la duquesa:

-De lo que el buen Sancho me ha contado me anda brincando un escr˙pulo en
el alma y un cierto susurro llega a mis oÌdos, que me dice: ''Pues don
Quijote de la Mancha es loco, menguado y mentecato, y Sancho Panza su
escudero lo conoce, y, con todo eso, le sirve y le sigue y va atenido a las
vanas promesas suyas, sin duda alguna debe de ser Èl m·s loco y tonto que
su amo; y, siendo esto asÌ, como lo es, mal contado te ser·, seÒora
duquesa, si al tal Sancho Panza le das Ìnsula que gobierne, porque el que
no sabe gobernarse a sÌ, øcÛmo sabr· gobernar a otros?''

-Par Dios, seÒora -dijo Sancho-, que ese escr˙pulo viene con parto derecho;
pero dÌgale vuesa merced que hable claro, o como quisiere, que yo conozco
que dice verdad: que si yo fuera discreto, dÌas ha que habÌa de haber
dejado a mi amo. Pero Èsta fue mi suerte, y Èsta mi malandanza; no puedo
m·s, seguirle tengo: somos de un mismo lugar, he comido su pan, quiÈrole
bien, es agradecido, diome sus pollinos, y, sobre todo, yo soy fiel; y asÌ,
es imposible que nos pueda apartar otro suceso que el de la pala y azadÛn.
Y si vuestra altanerÌa no quisiere que se me dÈ el prometido gobierno, de
menos me hizo Dios, y podrÌa ser que el no d·rmele redundase en pro de mi
conciencia; que, maguera tonto, se me entiende aquel refr·n de ''por su mal
le nacieron alas a la hormiga''; y aun podrÌa ser que se fuese m·s aÌna
Sancho escudero al cielo, que no Sancho gobernador. Tan buen pan hacen aquÌ
como en Francia; y de noche todos los gatos son pardos, y asaz de
desdichada es la persona que a las dos de la tarde no se ha desayunado; y
no hay estÛmago que sea un palmo mayor que otro, el cual se puede llenar,
como suele decirse, de paja y de heno; y las avecitas del campo tienen a
Dios por su proveedor y despensero; y m·s calientan cuatro varas de paÒo de
Cuenca que otras cuatro de lÌmiste de Segovia; y al dejar este mundo y
meternos la tierra adentro, por tan estrecha senda va el prÌncipe como el
jornalero, y no ocupa m·s pies de tierra el cuerpo del Papa que el del
sacrist·n, aunque sea m·s alto el uno que el otro; que al entrar en el hoyo
todos nos ajustamos y encogemos, o nos hacen ajustar y encoger, mal que nos
pese y a buenas noches. Y torno a decir que si vuestra seÒorÌa no me
quisiere dar la Ìnsula por tonto, yo sabrÈ no d·rseme nada por discreto; y
yo he oÌdo decir que detr·s de la cruz est· el diablo, y que no es oro todo
lo que reluce, y que de entre los bueyes, arados y coyundas sacaron al
labrador Wamba para ser rey de EspaÒa, y de entre los brocados, pasatiempos
y riquezas sacaron a Rodrigo para ser comido de culebras, si es que las
trovas de los romances antiguos no mienten.

-Y °cÛmo que no mienten! -dijo a esta sazÛn doÒa RodrÌguez la dueÒa, que
era una de las escuchantes-: que un romance hay que dice que metieron al
rey Rodrigo, vivo vivo, en una tumba llena de sapos, culebras y lagartos, y
que de allÌ a dos dÌas dijo el rey desde dentro de la tumba, con voz
doliente y baja:

Ya me comen, ya me comen

por do m·s pecado habÌa;

y, seg˙n esto, mucha razÛn tiene este seÒor en decir que quiere m·s ser m·s
labrador que rey, si le han de comer sabandijas.

No pudo la duquesa tener la risa, oyendo la simplicidad de su dueÒa, ni
dejÛ de admirarse en oÌr las razones y refranes de Sancho, a quien dijo:

-Ya sabe el buen Sancho que lo que una vez promete un caballero procura
cumplirlo, aunque le cueste la vida. El duque, mi seÒor y marido, aunque no
es de los andantes, no por eso deja de ser caballero, y asÌ, cumplir· la
palabra de la prometida Ìnsula, a pesar de la invidia y de la malicia del
mundo. EstÈ Sancho de buen ·nimo, que cuando menos lo piense se ver·
sentado en la silla de su Ìnsula y en la de su estado, y empuÒar· su
gobierno, que con otro de brocado de tres altos lo deseche. Lo que yo le
encargo es que mire cÛmo gobierna sus vasallos, advirtiendo que todos son
leales y bien nacidos.

-Eso de gobernarlos bien -respondiÛ Sancho- no hay para quÈ encarg·rmelo,
porque yo soy caritativo de mÌo y tengo compasiÛn de los pobres; y a quien
cuece y amasa, no le hurtes hogaza; y para mi santiguada que no me han de
echar dado falso; soy perro viejo, y entiendo todo tus, tus, y sÈ
despabilarme a sus tiempos, y no consiento que me anden musaraÒas ante los
ojos, porque sÈ dÛnde me aprieta el zapato: dÌgolo porque los buenos
tendr·n conmigo mano y concavidad, y los malos, ni pie ni entrada. Y
parÈceme a mÌ que en esto de los gobiernos todo es comenzar, y podrÌa ser
que a quince dÌas de gobernador me comiese las manos tras el oficio y
supiese m·s dÈl que de la labor del campo, en que me he criado.

-Vos tenÈis razÛn razÛn, Sancho -dijo la duquesa-, que nadie nace enseÒado,
y de los hombres se hacen los obispos, que no de las piedras. Pero,
volviendo a la pl·tica que poco ha trat·bamos del encanto de la seÒora
Dulcinea, tengo por cosa cierta y m·s que averiguada que aquella
imaginaciÛn que Sancho tuvo de burlar a su seÒor y darle a entender que la
labradora era Dulcinea, y que si su seÒor no la conocÌa debÌa de ser por
estar encantada, toda fue invenciÛn de alguno de los encantadores que al
seÒor don Quijote persiguen; porque real y verdaderamente yo sÈ de buena
parte que la villana que dio el brinco sobre la pollina era y es Dulcinea
del Toboso, y que el buen Sancho, pensando ser el engaÒador, es el
engaÒado; y no hay poner m·s duda en esta verdad que en las cosas que nunca
vimos; y sepa el seÒor Sancho Panza que tambiÈn tenemos ac· encantadores
que nos quieren bien, y nos dicen lo que pasa por el mundo, pura y
sencillamente, sin enredos ni m·quinas; y crÈame Sancho que la villana
brincadora era y es Dulcinea del Toboso, que est· encantada como la madre
que la pariÛ; y cuando menos nos pensemos, la habemos de ver en su propia
figura, y entonces saldr· Sancho del engaÒo en que vive.

-Bien puede ser todo eso -dijo Sancho Panza-; y agora quiero creer lo que
mi amo cuenta de lo que vio en la cueva de Montesinos, donde dice que vio a
la seÒora Dulcinea del Toboso en el mesmo traje y h·bito que yo dije que la
habÌa visto cuando la encantÈ por solo mi gusto; y todo debiÛ de ser al
revÈs, como vuesa merced, seÒora mÌa, dice, porque de mi ruin ingenio no se
puede ni debe presumir que fabricase en un instante tan agudo embuste, ni
creo yo que mi amo es tan loco que con tan flaca y magra persuasiÛn como la
mÌa creyese una cosa tan fuera de todo tÈrmino. Pero, seÒora, no por esto
ser· bien que vuestra bondad me tenga por malÈvolo, pues no est· obligado
un porro como yo a taladrar los pensamientos y malicias de los pÈsimos
encantadores: yo fingÌ aquello por escaparme de las riÒas de mi seÒor don
Quijote, y no con intenciÛn de ofenderle; y si ha salido al revÈs, Dios
est· en el cielo, que juzga los corazones.

-AsÌ es la verdad -dijo la duquesa-; pero dÌgame agora, Sancho, quÈ es esto
que dice de la cueva de Montesinos, que gustarÌa saberlo.

Entonces Sancho Panza le contÛ punto por punto lo que queda dicho acerca de
la tal aventura. Oyendo lo cual la duquesa, dijo:

-Deste suceso se puede inferir que, pues el gran don Quijote dice que vio
allÌ a la mesma labradora que Sancho vio a la salida del Toboso, sin duda
es Dulcinea, y que andan por aquÌ los encantadores muy listos y
demasiadamente curiosos.

-Eso digo yo -dijo Sancho Panza-, que si mi seÒora Dulcinea del Toboso est·
encantada, su daÒo; que yo no me tengo de tomar, yo, con los enemigos de mi
amo, que deben de ser muchos y malos. Verdad sea que la que yo vi fue una
labradora, y por labradora la tuve, y por tal labradora la juzguÈ; y si
aquÈlla era Dulcinea, no ha de estar a mi cuenta, ni ha de correr por mÌ, o
sobre ello, morena. No, sino ·ndense a cada triquete conmigo a dime y
direte, "Sancho lo dijo, Sancho lo hizo, Sancho tornÛ y Sancho volviÛ",
como si Sancho fuese alg˙n quienquiera, y no fuese el mismo Sancho Panza,
el que anda ya en libros por ese mundo adelante, seg˙n me dijo SansÛn
Carrasco, que, por lo menos, es persona bachillerada por Salamanca, y los
tales no pueden mentir si no es cuando se les antoja o les viene muy a
cuento; asÌ que, no hay para quÈ nadie se tome conmigo, y pues que tengo
buena fama, y, seg˙n oÌ decir a mi seÒor, que m·s vale el buen nombre que
las muchas riquezas, enc·jenme ese gobierno y ver·n maravillas; que quien
ha sido buen escudero ser· buen gobernador.

-Todo cuanto aquÌ ha dicho el buen Sancho -dijo la duquesa- son sentencias
catonianas, o, por lo menos, sacadas de las mesmas entraÒas del mismo
Micael Verino, florentibus occidit annis. En fin, en fin, hablando a su
modo, debajo de mala capa suele haber buen bebedor.

-En verdad, seÒora -respondiÛ Sancho-, que en mi vida he bebido de malicia;
con sed bien podrÌa ser, porque no tengo nada de hipÛcrita: bebo cuando
tengo gana, y cuando no la tengo y cuando me lo dan, por no parecer o
melindroso o malcriado; que a un brindis de un amigo, øquÈ corazÛn ha de
haber tan de m·rmol que no haga la razÛn? Pero, aunque las calzo, no las
ensucio; cuanto m·s, que los escuderos de los caballeros andantes, casi de
ordinario beben agua, porque siempre andan por florestas, selvas y prados,
montaÒas y riscos, sin hallar una misericordia de vino, si dan por ella un
ojo.

-Yo lo creo asÌ -respondiÛ la duquesa-. Y por ahora, v·yase Sancho a
reposar, que despuÈs hablaremos m·s largo y daremos orden como vaya presto
a encajarse, como Èl dice, aquel gobierno.

De nuevo le besÛ las manos Sancho a la duquesa, y le suplicÛ le hiciese
merced de que se tuviese buena cuenta con su rucio, porque era la lumbre de
sus ojos.

-øQuÈ rucio es Èste? -preguntÛ la duquesa.

-Mi asno -respondiÛ Sancho-, que por no nombrarle con este nombre, le suelo
llamar el rucio; y a esta seÒora dueÒa le roguÈ, cuando entrÈ en este
castillo, tuviese cuenta con Èl, y azorÛse de manera como si la hubiera
dicho que era fea o vieja, debiendo ser m·s propio y natural de las dueÒas
pensar jumentos que autorizar las salas. °Oh, v·lame Dios, y cu·n mal
estaba con estas seÒoras un hidalgo de mi lugar!

-SerÌa alg˙n villano -dijo doÒa RodrÌguez, la dueÒa-, que si Èl fuera
hidalgo y bien nacido, Èl las pusiera sobre el cuerno de la luna.

-Agora bien -dijo la duquesa-, no haya m·s: calle doÒa RodrÌguez y
sosiÈguese el seÒor Panza, y quÈdese a mi cargo el regalo del rucio; que,
por ser alhaja de Sancho, le pondrÈ yo sobre las niÒas de mis ojos.

-En la caballeriza basta que estÈ -respondiÛ Sancho-, que sobre las niÒas
de los ojos de vuestra grandeza ni Èl ni yo somos dignos de estar sÛlo un
momento, y asÌ lo consintirÌa yo como darme de puÒaladas; que, aunque dice
mi seÒor que en las cortesÌas antes se ha de perder por carta de m·s que de
menos, en las jumentiles y asÌ niÒas se ha de ir con el comp·s en la mano y
con medido tÈrmino.

-LlÈvele -dijo la duquesa- Sancho al gobierno, y all· le podr· regalar como
quisiere, y aun jubilarle del trabajo.

-No piense vuesa merced, seÒora duquesa, que ha dicho mucho -dijo Sancho-;
que yo he visto ir m·s de dos asnos a los gobiernos, y que llevase yo el
mÌo no serÌa cosa nueva.

Las razones de Sancho renovaron en la duquesa la risa y el contento; y,
envi·ndole a reposar, ella fue a dar cuenta al duque de lo que con Èl habÌa
pasado, y entre los dos dieron traza y orden de hacer una burla a don
Quijote que fuese famosa y viniese bien con el estilo caballeresco, en el
cual le hicieron muchas, tan propias y discretas, que son las mejores
aventuras que en esta grande historia se contienen.

CapÌtulo XXXIV. Que cuenta de la noticia que se tuvo de cÛmo se habÌa de
desencantar la sin par Dulcinea del Toboso, que es una de las aventuras m·s
famosas deste libro

Grande era el gusto que recebÌan el duque y la duquesa de la conversaciÛn
de don Quijote y de la de Sancho Panza; y, confirm·ndose en la intenciÛn
que tenÌan de hacerles algunas burlas que llevasen vislumbres y apariencias
de aventuras, tomaron motivo de la que don Quijote ya les habÌa contado de
la cueva de Montesinos, para hacerle una que fuese famosa (pero de lo que
m·s la duquesa se admiraba era que la simplicidad de Sancho fuese tanta que
hubiese venido a creer ser verdad infalible que Dulcinea del Toboso
estuviese encantada, habiendo sido Èl mesmo el encantador y el embustero de
aquel negocio); y asÌ, habiendo dado orden a sus criados de todo lo que
habÌan de hacer, de allÌ a seis dÌas le llevaron a caza de monterÌa, con
tanto aparato de monteros y cazadores como pudiera llevar un rey coronado.
DiÈronle a don Quijote un vestido de monte y a Sancho otro verde, de
finÌsimo paÒo; pero don Quijote no se le quiso poner, diciendo que otro dÌa
habÌa de volver al duro ejercicio de las armas y que no podÌa llevar
consigo guardarropas ni reposterÌas. Sancho sÌ tomÛ el que le dieron, con
intenciÛn de venderle en la primera ocasiÛn que pudiese.

Llegado, pues, el esperado dÌa, armÛse don Quijote, vistiÛse Sancho, y,
encima de su rucio, que no le quiso dejar aunque le daban un caballo, se
metiÛ entre la tropa de los monteros. La duquesa saliÛ bizarramente
aderezada, y don Quijote, de puro cortÈs y comedido, tomÛ la rienda de su
palafrÈn, aunque el duque no querÌa consentirlo, y, finalmente, llegaron a
un bosque que entre dos altÌsimas montaÒas estaba, donde, tomados los
puestos, paranzas y veredas, y repartida la gente por diferentes puestos,
se comenzÛ la caza con grande estruendo, grita y vocerÌa, de manera que
unos a otros no podÌan oÌrse, asÌ por el ladrido de los perros como por el
son de las bocinas.

ApeÛse la duquesa, y, con un agudo venablo en las manos, se puso en un
puesto por donde ella sabÌa que solÌan venir algunos jabalÌes. ApeÛse
asimismo el duque y don Quijote, y pusiÈronse a sus lados; Sancho se puso
detr·s de todos, sin apearse del rucio, a quien no osara desamparar, porque
no le sucediese alg˙n desm·n. Y, apenas habÌan sentado el pie y puesto en
ala con otros muchos criados suyos, cuando, acosado de los perros y seguido
de los cazadores, vieron que hacia ellos venÌa un desmesurado jabalÌ,
crujiendo dientes y colmillos y arrojando espuma por la boca; y en
viÈndole, embrazando su escudo y puesta mano a su espada, se adelantÛ a
recebirle don Quijote. Lo mesmo hizo el duque con su venablo; pero a todos
se adelantara la duquesa, si el duque no se lo estorbara. SÛlo Sancho, en
viendo al valiente animal, desamparÛ al rucio y dio a correr cuanto pudo,
y, procurando subirse sobre una alta encina, no fue posible; antes, estando
ya a la mitad dÈl, asido de una rama, pugnando subir a la cima, fue tan
corto de ventura y tan desgraciado, que se desgajÛ la rama, y, al venir al
suelo, se quedÛ en el aire, asido de un gancho de la encina, sin poder
llegar al suelo. Y, viÈndose asÌ, y que el sayo verde se le rasgaba, y
pareciÈndole que si aquel fiero animal allÌ allegaba le podÌa alcanzar,
comenzÛ a dar tantos gritos y a pedir socorro con tanto ahÌnco, que todos
los que le oÌan y no le veÌan creyeron que estaba entre los dientes de
alguna fiera.

Finalmente, el colmilludo jabalÌ quedÛ atravesado de las cuchillas de
muchos venablos que se le pusieron delante; y, volviendo la cabeza don
Quijote a los gritos de Sancho, que ya por ellos le habÌa conocido, viole
pendiente de la encina y la cabeza abajo, y al rucio junto a Èl, que no le
desamparÛ en su calamidad; y dice Cide Hamete que pocas veces vio a Sancho
Panza sin ver al rucio, ni al rucio sin ver a Sancho: tal era la amistad y
buena fe que entre los dos se guardaban.

LlegÛ don Quijote y descolgÛ a Sancho; el cual, viÈndose libre y en el
suelo, mirÛ lo desgarrado del sayo de monte, y pesÛle en el alma; que pensÛ
que tenÌa en el vestido un mayorazgo. En esto, atravesaron al jabalÌ
poderoso sobre una acÈmila, y, cubriÈndole con matas de romero y con ramas
de mirto, le llevaron, como en seÒal de vitoriosos despojos, a unas grandes
tiendas de campaÒa que en la mitad del bosque estaban puestas, donde
hallaron las mesas en orden y la comida aderezada, tan sumptuosa y grande,
que se echaba bien de ver en ella la grandeza y magnificencia de quien la
daba. Sancho, mostrando las llagas a la duquesa de su roto vestido, dijo:

-Si esta caza fuera de liebres o de pajarillos, seguro estuviera mi sayo de
verse en este estremo. Yo no sÈ quÈ gusto se recibe de esperar a un animal
que, si os alcanza con un colmillo, os puede quitar la vida; yo me acuerdo
haber oÌdo cantar un romance antiguo que dice:

De los osos seas comido,

como Favila el nombrado.

-…se fue un rey godo -dijo don Quijote-, que, yendo a caza de monterÌa, le
comiÛ un oso.

-Eso es lo que yo digo -respondiÛ Sancho-: que no querrÌa yo que los
prÌncipes y los reyes se pusiesen en semejantes peligros, a trueco de un
gusto que parece que no le habÌa de ser, pues consiste en matar a un animal
que no ha cometido delito alguno.

-Antes os engaÒ·is, Sancho -respondiÛ el duque-, porque el ejercicio de la
caza de monte es el m·s conveniente y necesario para los reyes y prÌncipes
que otro alguno. La caza es una imagen de la guerra: hay en ella
estratagemas, astucias, insidias para vencer a su salvo al enemigo;
padÈcense en ella frÌos grandÌsimos y calores intolerables; menosc·base el
ocio y el sueÒo, corrobÛranse las fuerzas, agilÌtanse los miembros del que
la usa, y, en resoluciÛn, es ejercicio que se puede hacer sin perjuicio de
nadie y con gusto de muchos; y lo mejor que Èl tiene es que no es para
todos, como lo es el de los otros gÈneros de caza, excepto el de la
volaterÌa, que tambiÈn es sÛlo para reyes y grandes seÒores. AsÌ que, °oh
Sancho!, mudad de opiniÛn, y, cuando se·is gobernador, ocupaos en la caza y
verÈis como os vale un pan por ciento.

-Eso no -respondiÛ Sancho-: el buen gobernador, la pierna quebrada y en
casa. °Bueno serÌa que viniesen los negociantes a buscarle fatigados y Èl
estuviese en el monte holg·ndose! °AsÌ enhoramala andarÌa el gobierno! MÌa
fe, seÒor, la caza y los pasatiempos m·s han de ser para los holgazanes que
para los gobernadores. En lo que yo pienso entretenerme es en jugar al
triunfo envidado las pascuas, y a los bolos los domingos y fiestas; que
esas cazas ni cazos no dicen con mi condiciÛn ni hacen con mi conciencia.

-Plega a Dios, Sancho, que asÌ sea, porque del dicho al hecho hay gran
trecho.

-Haya lo que hubiere -replicÛ Sancho-, que al buen pagador no le duelen
prendas, y m·s vale al que Dios ayuda que al que mucho madruga, y tripas
llevan pies, que no pies a tripas; quiero decir que si Dios me ayuda, y yo
hago lo que debo con buena intenciÛn, sin duda que gobernarÈ mejor que un
gerifalte. °No, sino pÛnganme el dedo en la boca y ver·n si aprieto o no!

-°Maldito seas de Dios y de todos sus santos, Sancho maldito -dijo don
Quijote-, y cu·ndo ser· el dÌa, como otras muchas veces he dicho, donde yo
te vea hablar sin refranes una razÛn corriente y concertada! Vuestras
grandezas dejen a este tonto, seÒores mÌos, que les moler· las almas, no
sÛlo puestas entre dos, sino entre dos mil refranes, traÌdos tan a sazÛn y
tan a tiempo cuanto le dÈ Dios a Èl la salud, o a mÌ si los querrÌa
escuchar.

-Los refranes de Sancho Panza -dijo la duquesa-, puesto que son m·s que los
del Comendador Griego, no por eso son en menos de estimar, por la brevedad
de las sentencias. De mÌ sÈ decir que me dan m·s gusto que otros, aunque
sean mejor traÌdos y con m·s sazÛn acomodados.

Con estos y otros entretenidos razonamientos, salieron de la tienda al
bosque, y en requerir algunas paranzas, y presto, se les pasÛ el dÌa y se
les vino la noche, y no tan clara ni tan sesga como la sazÛn del tiempo
pedÌa, que era en la mitad del verano; pero un cierto claroescuro que trujo
consigo ayudÛ mucho a la intenciÛn de los duques; y, asÌ como comenzÛ a
anochecer, un poco m·s adelante del crep˙sculo, a deshora pareciÛ que todo
el bosque por todas cuatro partes se ardÌa, y luego se oyeron por aquÌ y
por allÌ, y por ac· y por acull·, infinitas cornetas y otros instrumentos
de guerra, como de muchas tropas de caballerÌa que por el bosque pasaba. La
luz del fuego, el son de los bÈlicos instrumentos, casi cegaron y atronaron
los ojos y los oÌdos de los circunstantes, y aun de todos los que en el
bosque estaban. Luego se oyeron infinitos lelilÌes, al uso de moros cuando
entran en las batallas, sonaron trompetas y clarines, retumbaron tambores,
resonaron pÌfaros, casi todos a un tiempo, tan contino y tan apriesa, que
no tuviera sentido el que no quedara sin Èl al son confuso de tantos
intrumentos. PasmÛse el duque, suspendiÛse la duquesa, admirÛse don
Quijote, temblÛ Sancho Panza, y, finalmente, aun hasta los mesmos sabidores
de la causa se espantaron. Con el temor les cogiÛ el silencio, y un
postillÛn que en traje de demonio les pasÛ por delante, tocando en voz de
corneta un hueco y desmesurado cuerno, que un ronco y espantoso son
despedÌa.

-°Hola, hermano correo! -dijo el duque-, øquiÈn sois, adÛnde vais, y quÈ
gente de guerra es la que por este bosque parece que atraviesa?

A lo que respondiÛ el correo con voz horrÌsona y desenfadada:

-Yo soy el Diablo; voy a buscar a don Quijote de la Mancha; la gente que
por aquÌ viene son seis tropas de encantadores, que sobre un carro
triunfante traen a la sin par Dulcinea del Toboso. Encantada viene con el
gallardo francÈs Montesinos, a dar orden a don Quijote de cÛmo ha de ser
desencantada la tal seÒora.

-Si vos fuÈrades diablo, como decÌs y como vuestra figura muestra, ya
hubiÈrades conocido al tal caballero don Quijote de la Mancha, pues le
tenÈis delante.

-En Dios y en mi conciencia -respondiÛ el Diablo- que no miraba en ello,
porque traigo en tantas cosas divertidos los pensamientos, que de la
principal a que venÌa se me olvidaba.

-Sin duda -dijo Sancho- que este demonio debe de ser hombre de bien y buen
cristiano, porque, a no serlo, no jurara en Dios y en mi conciencia. Ahora
yo tengo para mÌ que aun en el mesmo infierno debe de haber buena gente.

Luego el Demonio, sin apearse, encaminando la vista a don Quijote, dijo:

-A ti, el Caballero de los Leones (que entre las garras dellos te vea yo),
me envÌa el desgraciado pero valiente caballero Montesinos, mand·ndome que
de su parte te diga que le esperes en el mismo lugar que te topare, a causa
que trae consigo a la que llaman Dulcinea del Toboso, con orden de darte la
que es menester para desencantarla. Y, por no ser para m·s mi venida, no ha
de ser m·s mi estada: los demonios como yo queden contigo, y los ·ngeles
buenos con estos seÒores.

Y, en diciendo esto, tocÛ el desaforado cuerno, y volviÛ las espaldas y
fuese, sin esperar respuesta de ninguno.

RenovÛse la admiraciÛn en todos, especialmente en Sancho y don Quijote: en
Sancho, en ver que, a despecho de la verdad, querÌan que estuviese
encantada Dulcinea; en don Quijote, por no poder asegurarse si era verdad o
no lo que le habÌa pasado en la cueva de Montesinos. Y, estando elevado en
estos pensamientos, el duque le dijo:

-øPiensa vuestra merced esperar, seÒor don Quijote?

-Pues øno? -respondiÛ Èl-. AquÌ esperarÈ intrÈpido y fuerte, si me viniese
a embestir todo el infierno.

-Pues si yo veo otro diablo y oigo otro cuerno como el pasado, asÌ esperarÈ
yo aquÌ como en Flandes -dijo Sancho.

En esto, se cerrÛ m·s la noche, y comenzaron a discurrir muchas luces por
el bosque, bien asÌ como discurren por el cielo las exhalaciones secas de
la tierra, que parecen a nuestra vista estrellas que corren. OyÛse asimismo
un espantoso ruido, al modo de aquel que se causa de las ruedas macizas que
suelen traer los carros de bueyes, de cuyo chirrÌo ·spero y continuado se
dice que huyen los lobos y los osos, si los hay por donde pasan. AÒadiÛse a
toda esta tempestad otra que las aumentÛ todas, que fue que parecÌa
verdaderamente que a las cuatro partes del bosque se estaban dando a un
mismo tiempo cuatro rencuentros o batallas, porque allÌ sonaba el duro
estruendo de espantosa artillerÌa, acull· se disparaban infinitas
escopetas, cerca casi sonaban las voces de los combatientes, lejos se
reiteraban los lililÌes agarenos.

Finalmente, las cornetas, los cuernos, las bocinas, los clarines, las
trompetas, los tambores, la artillerÌa, los arcabuces, y, sobre todo, el
temeroso ruido de los carros, formaban todos juntos un son tan confuso y
tan horrendo, que fue menester que don Quijote se valiese de todo su
corazÛn para sufrirle; pero el de Sancho vino a tierra, y dio con Èl
desmayado en las faldas de la duquesa, la cual le recibiÛ en ellas, y a
gran priesa mandÛ que le echasen agua en el rostro. HÌzose asÌ, y Èl volviÛ
en su acuerdo, a tiempo que ya un carro de las rechinantes ruedas llegaba a
aquel puesto.

Tir·banle cuatro perezosos bueyes, todos cubiertos de paramentos negros; en
cada cuerno traÌan atada y encendida una grande hacha de cera, y encima del
carro venÌa hecho un asiento alto, sobre el cual venÌa sentado un venerable
viejo, con una barba m·s blanca que la mesma nieve, y tan luenga que le
pasaba de la cintura; su vestidura era una ropa larga de negro bocacÌ, que,
por venir el carro lleno de infinitas luces, se podÌa bien divisar y
discernir todo lo que en Èl venÌa. Gui·banle dos feos demonios vestidos del
mesmo bocacÌ, con tan feos rostros, que Sancho, habiÈndolos visto una vez,
cerrÛ los ojos por no verlos otra. Llegando, pues, el carro a igualar al
puesto, se levantÛ de su alto asiento el viejo venerable, y, puesto en pie,
dando una gran voz, dijo:

-Yo soy el sabio Lirgandeo.

Y pasÛ el carro adelante, sin hablar m·s palabra. Tras Èste pasÛ otro carro
de la misma manera, con otro viejo entronizado; el cual, haciendo que el
carro se detuviese, con voz no menos grave que el otro, dijo:

-Yo soy el sabio Alquife, el grande amigo de Urganda la Desconocida.

Y pasÛ adelante.

Luego, por el mismo continente, llegÛ otro carro; pero el que venÌa sentado
en el trono no era viejo como los dem·s, sino hombrÛn robusto y de mala
catadura, el cual, al llegar, levant·ndose en pie, como los otros, dijo con
voz m·s ronca y m·s endiablada:

-Yo soy Arcal·us el encantador, enemigo mortal de AmadÌs de Gaula y de toda
su parentela.

Y pasÛ adelante. Poco desviados de allÌ hicieron alto estos tres carros, y
cesÛ el enfadoso ruido de sus ruedas, y luego se oyÛ otro, no ruido, sino
un son de una suave y concertada m˙sica formado, con que Sancho se alegrÛ,
y lo tuvo a buena seÒal; y asÌ, dijo a la duquesa, de quien un punto ni un
paso se apartaba:

-SeÒora, donde hay m˙sica no puede haber cosa mala.

-Tampoco donde hay luces y claridad -respondiÛ la duquesa.

A lo que replicÛ Sancho:

-Luz da el fuego y claridad las hogueras, como lo vemos en las que nos
cercan, y bien podrÌa ser que nos abrasasen, pero la m˙sica siempre es
indicio de regocijos y de fiestas.

-Ello dir· -dijo don Quijote, que todo lo escuchaba.

Y dijo bien, como se muestra en el capÌtulo siguiente.

CapÌtulo XXXV. Donde se prosigue la noticia que tuvo don Quijote del
desencanto de Dulcinea, con otros admirables sucesos

Al comp·s de la agradable m˙sica vieron que hacia ellos venÌa un carro de
los que llaman triunfales tirado de seis mulas pardas, encubertadas,
empero, de lienzo blanco, y sobre cada una venÌa un diciplinante de luz,
asimesmo vestido de blanco, con una hacha de cera grande encendida en la
mano. Era el carro dos veces, y aun tres, mayor que los pasados, y los
lados, y encima dÈl, ocupaban doce otros diciplinantes albos como la nieve,
todos con sus hachas encendidas, vista que admiraba y espantaba juntamente;
y en un levantado trono venÌa sentada una ninfa, vestida de mil velos de
tela de plata, brillando por todos ellos infinitas hojas de argenterÌa de
oro, que la hacÌan, si no rica, a lo menos vistosamente vestida. TraÌa el
rostro cubierto con un transparente y delicado cendal, de modo que, sin
impedirlo sus lizos, por entre ellos se descubrÌa un hermosÌsimo rostro de
doncella, y las muchas luces daban lugar para distinguir la belleza y los
aÒos, que, al parecer, no llegaban a veinte ni bajaban de diez y siete.

Junto a ella venÌa una figura vestida de una ropa de las que llaman
rozagantes, hasta los pies, cubierta la cabeza con un velo negro; pero, al
punto que llegÛ el carro a estar frente a frente de los duques y de don
Quijote, cesÛ la m˙sica de las chirimÌas, y luego la de las arpas y la˙des
que en el carro sonaban; y, levant·ndose en pie la figura de la ropa, la
apartÛ a entrambos lados, y, quit·ndose el velo del rostro, descubriÛ
patentemente ser la mesma figura de la muerte, descarnada y fea, de que don
Quijote recibiÛ pesadumbre y Sancho miedo, y los duques hicieron alg˙n
sentimiento temeroso. Alzada y puesta en pie esta muerte viva, con voz algo
dormida y con lengua no muy despierta, comenzÛ a decir desta manera:

-Yo soy MerlÌn, aquel que las historias

dicen que tuve por mi padre al diablo

(mentira autorizada de los tiempos),

prÌncipe de la M·gica y monarca

y archivo de la ciencia zoro·strica,

Èmulo a las edades y a los siglos

que solapar pretenden las hazaÒas

de los andantes bravos caballeros

a quien yo tuve y tengo gran cariÒo.

Y, puesto que es de los encantadores,

de los magos o m·gicos contino

dura la condiciÛn, ·spera y fuerte,

la mÌa es tierna, blanda y amorosa,

y amiga de hacer bien a todas gentes.

En las cavernas lÛbregas de Dite,

donde estaba mi alma entretenida

en formar ciertos rombos y car·teres,

llegÛ la voz doliente de la bella

y sin par Dulcinea del Toboso.

Supe su encantamento y su desgracia,

y su trasformaciÛn de gentil dama

en r˙stica aldeana; condolÌme,

y, encerrando mi espÌritu en el hueco

desta espantosa y fiera notomÌa,

despuÈs de haber revuelto cien mil libros

desta mi ciencia endemoniada y torpe,

vengo a dar el remedio que conviene

a tamaÒo dolor, a mal tamaÒo.

°Oh t˙, gloria y honor de cuantos visten

las t˙nicas de acero y de diamante,

luz y farol, sendero, norte y guÌa

de aquellos que, dejando el torpe sueÒo

y las ociosas plumas, se acomodan

a usar el ejercicio intolerable

de las sangrientas y pesadas armas!

A ti digo °oh varÛn, como se debe

por jam·s alabado!, a ti, valiente

juntamente y discreto don Quijote,

de la Mancha esplendor, de EspaÒa estrella,

que para recobrar su estado primo

la sin par Dulcinea del Toboso,

es menester que Sancho, tu escudero,

se dÈ tres mil azotes y trecientos

en ambas sus valientes posaderas,

al aire descubiertas, y de modo

que le escuezan, le amarguen y le enfaden.

Y en esto se resuelven todos cuantos

de su desgracia han sido los autores,

y a esto es mi venida, mis seÒores.

-°Voto a tal! -dijo a esta sazÛn Sancho-. No digo yo tres mil azotes, pero
asÌ me darÈ yo tres como tres puÒaladas. °V·late el diablo por modo de
desencantar! °Yo no sÈ quÈ tienen que ver mis posas con los encantos! °Par
Dios que si el seÒor MerlÌn no ha hallado otra manera como desencantar a la
seÒora Dulcinea del Toboso, encantada se podr· ir a la sepultura!

-Tomaros he yo -dijo don Quijote-, don villano, harto de ajos, y amarraros
he a un ·rbol, desnudo como vuestra madre os pariÛ; y no digo yo tres mil y
trecientos, sino seis mil y seiscientos azotes os darÈ, tan bien pegados
que no se os caigan a tres mil y trecientos tirones. Y no me repliquÈis
palabra, que os arrancarÈ el alma.

Oyendo lo cual MerlÌn, dijo:

-No ha de ser asÌ, porque los azotes que ha de recebir el buen Sancho han
de ser por su voluntad, y no por fuerza, y en el tiempo que Èl quisiere;
que no se le pone tÈrmino seÒalado; pero permÌtesele que si Èl quisiere
redemir su vejaciÛn por la mitad de este vapulamiento, puede dejar que se
los dÈ ajena mano, aunque sea algo pesada.

-Ni ajena, ni propia, ni pesada, ni por pesar -replicÛ Sancho-: a mÌ no me
ha de tocar alguna mano. øParÌ yo, por ventura, a la seÒora Dulcinea del
Toboso, para que paguen mis posas lo que pecaron sus ojos? El seÒor mi amo
sÌ, que es parte suya, pues la llama a cada paso mi vida, mi alma, sustento
y arrimo suyo, se puede y debe azotar por ella y hacer todas las
diligencias necesarias para su desencanto; pero, øazotarme yo...?
°Abernuncio!

Apenas acabÛ de decir esto Sancho, cuando, levant·ndose en pie la argentada
ninfa que junto al espÌritu de MerlÌn venÌa, quit·ndose el sutil velo del
rostro, le descubriÛ tal, que a todos pareciÛ mas que demasiadamente
hermoso, y, con un desenfado varonil y con una voz no muy adamada, hablando
derechamente con Sancho Panza, dijo:

-°Oh malaventurado escudero, alma de c·ntaro, corazÛn de alcornoque, de
entraÒas guijeÒas y apedernaladas! Si te mandaran, ladrÛn desuellacaras,
que te arrojaras de una alta torre al suelo; si te pidieran, enemigo del
gÈnero humano, que te comieras una docena de sapos, dos de lagartos y tres
de culebras; si te persuadieran a que mataras a tu mujer y a tus hijos con
alg˙n truculento y agudo alfanje, no fuera maravilla que te mostraras
melindroso y esquivo; pero hacer caso de tres mil y trecientos azotes, que
no hay niÒo de la doctrina, por ruin que sea, que no se los lleve cada mes,
admira, adarva, espanta a todas las entraÒas piadosas de los que lo
escuchan, y aun las de todos aquellos que lo vinieren a saber con el
discurso del tiempo. Pon, °oh miserable y endurecido animal!, pon, digo,
esos tus ojos de machuelo espantadizo en las niÒas destos mÌos, comparados
a rutilantes estrellas, y ver·slos llorar hilo a hilo y madeja a madeja,
haciendo surcos, carreras y sendas por los hermosos campos de mis mejillas.
MuÈvate, socarrÛn y malintencionado monstro, que la edad tan florida mÌa,
que a˙n se est· todavÌa en el diez y... de los aÒos, pues tengo diez y
nueve y no llego a veinte, se consume y marchita debajo de la corteza de
una r˙stica labradora; y si ahora no lo parezco, es merced particular que
me ha hecho el seÒor MerlÌn, que est· presente, sÛlo porque te enternezca
mi belleza; que las l·grimas de una afligida hermosura vuelven en algodÛn
los riscos, y los tigres en ovejas. Date, date en esas carnazas, bestiÛn
indÛmito, y saca de harÛn ese brÌo, que a sÛlo comer y m·s comer te
inclina, y pon en libertad la lisura de mis carnes, la mansedumbre de mi
condiciÛn y la belleza de mi faz; y si por mÌ no quieres ablandarte ni
reducirte a alg˙n razonable tÈrmino, hazlo por ese pobre caballero que a tu
lado tienes; por tu amo, digo, de quien estoy viendo el alma, que la tiene
atravesada en la garganta, no diez dedos de los labios, que no espera sino
tu rÌgida o blanda repuesta, o para salirse por la boca, o para volverse al
estÛmago.

TentÛse, oyendo esto, la garganta don Quijote y dijo, volviÈndose al duque:

-Por Dios, seÒor, que Dulcinea ha dicho la verdad, que aquÌ tengo el alma
atravesada en la garganta, como una nuez de ballesta.

-øQuÈ decÌs vos a esto, Sancho? -preguntÛ la duquesa.

-Digo, seÒora -respondiÛ Sancho-, lo que tengo dicho: que de los azotes,
abernuncio.

-Abrenuncio habÈis de decir, Sancho, y no como decÌs -dijo el duque.

-DÈjeme vuestra grandeza -respondiÛ Sancho-, que no estoy agora para mirar
en sotilezas ni en letras m·s a menos; porque me tienen tan turbado estos
azotes que me han de dar, o me tengo de dar, que no sÈ lo que me digo, ni
lo que me hago. Pero querrÌa yo saber de la seÒora mi seÒora doÒa Dulcina
del Toboso adÛnde aprendiÛ el modo de rogar que tiene: viene a pedirme que
me abra las carnes a azotes, y ll·mame alma de c·ntaro y bestiÛn indÛmito,
con una tiramira de malos nombres, que el diablo los sufra. øPor ventura
son mis carnes de bronce, o vame a mÌ algo en que se desencante o no? øQuÈ
canasta de ropa blanca, de camisas, de tocadores y de escarpines, anque
no los gasto, trae delante de sÌ para ablandarme, sino un vituperio y otro,
sabiendo aquel refr·n que dicen por ahÌ, que un asno cargado de oro sube
ligero por una montaÒa, y que d·divas quebrantan peÒas, y a Dios rogando y
con el mazo dando, y que m·s vale un "toma" que dos "te darÈ"? Pues el
seÒor mi amo, que habÌa de traerme la mano por el cerro y halagarme para
que yo me hiciese de lana y de algodÛn cardado, dice que si me coge me
amarrar· desnudo a un ·rbol y me doblar· la parada de los azotes; y habÌan
de considerar estos lastimados seÒores que no solamente piden que se azote
un escudero, sino un gobernador; como quien dice: "bebe con guindas".
Aprendan, aprendan mucho de enhoramala a saber rogar, y a saber pedir, y a
tener crianza, que no son todos los tiempos unos, ni est·n los hombres
siempre de un buen humor. Estoy yo ahora reventando de pena por ver mi sayo
verde roto, y vienen a pedirme que me azote de mi voluntad, estando ella
tan ajena dello como de volverme cacique.

-Pues en verdad, amigo Sancho -dijo el duque-, que si no os abland·is m·s
que una breva madura, que no habÈis de empuÒar el gobierno. °Bueno serÌa
que yo enviase a mis insulanos un gobernador cruel, de entraÒas
pedernalinas, que no se doblega a las l·grimas de las afligidas doncellas,
ni a los ruegos de discretos, imperiosos y antiguos encantadores y sabios!
En resoluciÛn, Sancho, o vos habÈis de ser azotado, o os han de azotar, o
no habÈis de ser gobernador.

-SeÒor -respondiÛ Sancho-, øno se me darÌan dos dÌas de tÈrmino para pensar
lo que me est· mejor?

-No, en ninguna manera -dijo MerlÌn-; aquÌ, en este instante y en este
lugar, ha de quedar asentado lo que ha de ser deste negocio, o Dulcinea
volver· a la cueva de Montesinos y a su prÌstino estado de labradora, o ya,
en el ser que est·, ser· llevada a los ElÌseos Campos, donde estar·
esperando se cumpla el n˙mero del v·pulo.

-Ea, buen Sancho -dijo la duquesa-, buen ·nimo y buena correspondencia al
pan que habÈis comido del seÒor don Quijote, a quien todos debemos servir y
agradar, por su buena condiciÛn y por sus altas caballerÌas. Dad el sÌ,
hijo, desta azotaina, y v·yase el diablo para diablo y el temor para
mezquino; que un buen corazÛn quebranta mala ventura, como vos bien sabÈis.

A estas razones respondiÛ con Èstas disparatadas Sancho, que, hablando con
MerlÌn, le preguntÛ:

-DÌgame vuesa merced, seÒor MerlÌn: cuando llegÛ aquÌ el diablo correo y
dio a mi amo un recado del seÒor Montesinos, mand·ndole de su parte que le
esperase aquÌ, porque venÌa a dar orden de que la seÒora doÒa Dulcinea del
Toboso se desencantase, y hasta agora no hemos visto a Montesinos, ni a sus
semejas.

A lo cual respondiÛ MerlÌn:

-El Diablo, amigo Sancho, es un ignorante y un grandÌsimo bellaco: yo le
enviÈ en busca de vuestro amo, pero no con recado de Montesinos, sino mÌo,
porque Montesinos se est· en su cueva entendiendo, o, por mejor decir,
esperando su desencanto, que a˙n le falta la cola por desollar. Si os debe
algo, o tenÈis alguna cosa que negociar con Èl, yo os lo traerÈ y pondrÈ
donde vos m·s quisiÈredes. Y, por agora, acabad de dar el sÌ desta
diciplina, y creedme que os ser· de mucho provecho, asÌ para el alma como
para el cuerpo: para el alma, por la caridad con que la harÈis; para el
cuerpo, porque yo sÈ que sois de complexiÛn sanguÌnea, y no os podr· hacer
daÒo sacaros un poco de sangre.

-Muchos mÈdicos hay en el mundo: hasta los encantadores son mÈdicos
-replicÛ Sancho-; pero, pues todos me lo dicen, aunque yo no me lo veo,
digo que soy contento de darme los tres mil y trecientos azotes, con
condiciÛn que me los tengo de dar cada y cuando que yo quisiere, sin que se
me ponga tasa en los dÌas ni en el tiempo; y yo procurarÈ salir de la deuda
lo m·s presto que sea posible, porque goce el mundo de la hermosura de la
seÒora doÒa Dulcinea del Toboso, pues, seg˙n parece, al revÈs de lo que yo
pensaba, en efecto es hermosa. Ha de ser tambiÈn condiciÛn que no he de
estar obligado a sacarme sangre con la diciplina, y que si algunos azotes
fueren de mosqueo, se me han de tomar en cuenta. Iten, que si me errare en
el n˙mero, el seÒor MerlÌn, pues lo sabe todo, ha de tener cuidado de
contarlos y de avisarme los que me faltan o los que me sobran.

-De las sobras no habr· que avisar -respondiÛ MerlÌn-, porque, llegando al
cabal n˙mero, luego quedar· de improviso desencantada la seÒora Dulcinea, y
vendr· a buscar, como agradecida, al buen Sancho, y a darle gracias, y aun
premios, por la buena obra. AsÌ que no hay de quÈ tener escr˙pulo de las
sobras ni de las faltas, ni el cielo permita que yo engaÒe a nadie, aunque
sea en un pelo de la cabeza.

-°Ea, pues, a la mano de Dios! -dijo Sancho-. Yo consiento en mi mala
ventura; digo que yo acepto la penitencia con las condiciones apuntadas.

Apenas dijo estas ˙ltimas palabras Sancho, cuando volviÛ a sonar la m˙sica
de las chirimÌas y se volvieron a disparar infinitos arcabuces, y don
Quijote se colgÛ del cuello de Sancho, d·ndole mil besos en la frente y en
las mejillas. La duquesa y el duque y todos los circunstantes dieron
muestras de haber recebido grandÌsimo contento, y el carro comenzÛ a
caminar; y, al pasar, la hermosa Dulcinea inclinÛ la cabeza a los duques y
hizo una gran reverencia a Sancho.

Y ya, en esto, se venÌa a m·s andar el alba, alegre y risueÒa: las
florecillas de los campos se descollaban y erguÌan, y los lÌquidos
cristales de los arroyuelos, murmurando por entre blancas y pardas guijas,
iban a dar tributo a los rÌos que los esperaban. La tierra alegre, el cielo
claro, el aire limpio, la luz serena, cada uno por sÌ y todos juntos, daban
manifiestas seÒales que el dÌa, que al aurora venÌa pisando las faldas,
habÌa de ser sereno y claro. Y, satisfechos los duques de la caza y de
haber conseguido su intenciÛn tan discreta y felicemente, se volvieron a su
castillo, con prosupuesto de segundar en sus burlas, que para ellos no
habÌa veras que m·s gusto les diesen.

CapÌtulo XXXVI. Donde se cuenta la estraÒa y jam·s imaginada aventura de la
dueÒa Dolorida, alias de la condesa Trifaldi, con una carta que Sancho
Panza escribiÛ a su mujer Teresa Panza

TenÌa un mayordomo el duque de muy burlesco y desenfadado ingenio, el cual
hizo la figura de MerlÌn y acomodÛ todo el aparato de la aventura pasada,
compuso los versos y hizo que un paje hiciese a Dulcinea. Finalmente, con
intervenciÛn de sus seÒores, ordenÛ otra del m·s gracioso y estraÒo
artificio que puede imaginarse.

PreguntÛ la duquesa a Sancho otro dÌa si habÌa comenzado la tarea de la
penitencia que habÌa de hacer por el desencanto de Dulcinea. Dijo que sÌ,
y que aquella noche se habÌa dado cinco azotes. PreguntÛle la duquesa que
con quÈ se los habÌa dado. RespondiÛ que con la mano.

-Eso -replicÛ la duquesa- m·s es darse de palmadas que de azotes. Yo tengo
para mÌ que el sabio MerlÌn no estar· contento con tanta blandura; menester
ser· que el buen Sancho haga alguna diciplina de abrojos, o de las de
canelones, que se dejen sentir; porque la letra con sangre entra, y no se
ha de dar tan barata la libertad de una tan gran seÒora como lo es Dulcinea
por tan poco precio; y advierta Sancho que las obras de caridad que se
hacen tibia y flojamente no tienen mÈrito ni valen nada.

A lo que respondiÛ Sancho:

-DÈme vuestra seÒorÌa alguna diciplina o ramal conveniente, que yo me darÈ
con Èl como no me duela demasiado, porque hago saber a vuesa merced que,
aunque soy r˙stico, mis carnes tienen m·s de algodÛn que de esparto, y no
ser· bien que yo me descrÌe por el provecho ajeno.

-Sea en buena hora -respondiÛ la duquesa-: yo os darÈ maÒana una diciplina
que os venga muy al justo y se acomode con la ternura de vuestras carnes,
como si fueran sus hermanas propias.

A lo que dijo Sancho:

-Sepa vuestra alteza, seÒora mÌa de mi ·nima, que yo tengo escrita una
carta a mi mujer Teresa Panza, d·ndole cuenta de todo lo que me ha sucedido
despuÈs que me apartÈ della; aquÌ la tengo en el seno, que no le falta m·s
de ponerle el sobreescrito; querrÌa que vuestra discreciÛn la leyese,
porque me parece que va conforme a lo de gobernador, digo, al modo que
deben de escribir los gobernadores.

-øY quiÈn la notÛ? -preguntÛ la duquesa.

-øQuiÈn la habÌa de notar sino yo, pecador de mÌ? -respondiÛ Sancho.

-øY escribÌstesla vos? -dijo la duquesa.

-Ni por pienso -respondiÛ Sancho-, porque yo no sÈ leer ni escribir, puesto
que sÈ firmar.

-Ve·mosla -dijo la duquesa-, que a buen seguro que vos mostrÈis en ella la
calidad y suficiencia de vuestro ingenio.

SacÛ Sancho una carta abierta del seno, y, tom·ndola la duquesa, vio que
decÌa desta manera:

Carta de Sancho Panza a Teresa Panza, su mujer

Si buenos azotes me daban, bien caballero me iba; si buen gobierno me
tengo, buenos azotes me cuesta. Esto no lo entender·s t˙, Teresa mÌa, por
ahora; otra vez lo sabr·s. Has de saber, Teresa, que tengo determinado que
andes en coche, que es lo que hace al caso, porque todo otro andar es andar
a gatas. Mujer de un gobernador eres, °mira si te roer· nadie los zancajos!
AhÌ te envÌo un vestido verde de cazador, que me dio mi seÒora la duquesa;
acomÛdale en modo que sirva de saya y cuerpos a nuestra hija. Don Quijote,
mi amo, seg˙n he oÌdo decir en esta tierra, es un loco cuerdo y un
mentecato gracioso, y que yo no le voy en zaga. Hemos estado en la cueva de
Montesinos, y el sabio MerlÌn ha echado mano de mÌ para el desencanto de
Dulcinea del Toboso, que por all· se llama Aldonza Lorenzo: con tres mil y
trecientos azotes, menos cinco, que me he de dar, quedar· desencantada como
la madre que la pariÛ. No dir·s desto nada a nadie, porque pon lo tuyo en
concejo, y unos dir·n que es blanco y otros que es negro. De aquÌ a pocos
dÌas me partirÈ al gobierno, adonde voy con grandÌsimo deseo de hacer
dineros, porque me han dicho que todos los gobernadores nuevos van con este
mesmo deseo; tomarÈle el pulso, y avisarÈte si has de venir a estar conmigo
o no. El rucio est· bueno, y se te encomienda mucho; y no le pienso dejar,
aunque me llevaran a ser Gran Turco. La duquesa mi seÒora te besa mil veces
las manos; vuÈlvele el retorno con dos mil, que no hay cosa que menos
cueste ni valga m·s barata, seg˙n dice mi amo, que los buenos
comedimientos. No ha sido Dios servido de depararme otra maleta con otros
cien escudos, como la de marras, pero no te dÈ pena, Teresa mÌa, que en
salvo est· el que repica, y todo saldr· en la colada del gobierno; sino que
me ha dado gran pena que me dicen que si una vez le pruebo, que me tengo de
comer las manos tras Èl; y si asÌ fuese, no me costarÌa muy barato, aunque
los estropeados y mancos ya se tienen su calonjÌa en la limosna que piden;
asÌ que, por una vÌa o por otra, t˙ has de ser rica, de buena ventura. Dios
te la dÈ, como puede, y a mÌ me guarde para servirte. Deste castillo, a
veinte de julio de 1614.

Tu marido el gobernador,

Sancho Panza.

En acabando la duquesa de leer la carta, dijo a Sancho:

-En dos cosas anda un poco descaminado el buen gobernador: la una, en decir
o dar a entender que este gobierno se le han dado por los azotes que se ha
de dar, sabiendo Èl, que no lo puede negar, que cuando el duque, mi seÒor,
se le prometiÛ, no se soÒaba haber azotes en el mundo; la otra es que se
muestra en ella muy codicioso, y no querrÌa que orÈgano fuese, porque la
codicia rompe el saco, y el gobernador codicioso hace la justicia
desgobernada.

-Yo no lo digo por tanto, seÒora -respondiÛ Sancho-; y si a vuesa merced le
parece que la tal carta no va como ha de ir, no hay sino rasgarla y hacer
otra nueva, y podrÌa ser que fuese peor si me lo dejan a mi caletre.

-No, no -replicÛ la duquesa-, buena est· Èsta, y quiero que el duque la
vea.

Con esto se fueron a un jardÌn, donde habÌan de comer aquel dÌa. MostrÛ la
duquesa la carta de Sancho al duque, de que recibiÛ grandÌsimo contento.
Comieron, y despuÈs de alzado los manteles, y despuÈs de haberse
entretenido un buen espacio con la sabrosa conversaciÛn de Sancho, a
deshora se oyÛ el son tristÌsimo de un pÌfaro y el de un ronco y
destemplado tambor. Todos mostraron alborotarse con la confusa, marcial y
triste armonÌa, especialmente don Quijote, que no cabÌa en su asiento de
puro alborotado; de Sancho no hay que decir sino que el miedo le llevÛ a su
acostumbrado refugio, que era el lado o faldas de la duquesa, porque real y
verdaderamente el son que se escuchaba era tristÌsimo y malencÛlico.

Y, estando todos asÌ suspensos, vieron entrar por el jardÌn adelante dos
hombres vestidos de luto, tan luego y tendido que les arrastraba por el
suelo; Èstos venÌan tocando dos grandes tambores, asimismo cubiertos de
negro. A su lado venÌa el pÌfaro, negro y pizmiento como los dem·s. SeguÌa
a los tres un personaje de cuerpo agigantado, amantado, no que vestido, con
una negrÌsima loba, cuya falda era asimismo desaforada de grande. Por
encima de la loba le ceÒÌa y atravesaba un ancho tahelÌ, tambiÈn negro, de
quien pendÌa un desmesurado alfanje de guarniciones y vaina negra. VenÌa
cubierto el rostro con un trasparente velo negro, por quien se entreparecÌa
una longÌsima barba, blanca como la nieve. MovÌa el paso al son de los
tambores con mucha gravedad y reposo. En fin, su grandeza, su contoneo, su
negrura y su acompaÒamiento pudiera y pudo suspender a todos aquellos que
sin conocerle le miraron.

LlegÛ, pues, con el espacio y prosopopeya referida a hincarse de rodillas
ante el duque, que en pie, con los dem·s que allÌ estaban, le atendÌa; pero
el duque en ninguna manera le consintiÛ hablar hasta que se levantase.
HÌzolo asÌ el espantajo prodigioso, y, puesto en pie, alzÛ el antifaz del
rostro y hizo patente la m·s horrenda, la m·s larga, la m·s blanca y m·s
poblada barba que hasta entonces humanos ojos habÌan visto, y luego
desencajÛ y arrancÛ del ancho y dilatado pecho una voz grave y sonora, y,
poniendo los ojos en el duque, dijo:

-AltÌsimo y poderoso seÒor, a mÌ me llaman TrifaldÌn el de la Barba Blanca;
soy escudero de la condesa Trifaldi, por otro nombre llamada la DueÒa
Dolorida, de parte de la cual traigo a vuestra grandeza una embajada, y es
que la vuestra magnificencia sea servida de darla facultad y licencia para
entrar a decirle su cuita, que es una de las m·s nuevas y m·s admirables
que el m·s cuitado pensamiento del orbe pueda haber pensado. Y primero
quiere saber si est· en este vuestro castillo el valeroso y jam·s vencido
caballero don Quijote de la Mancha, en cuya busca viene a pie y sin
desayunarse desde el reino de Candaya hasta este vuestro estado, cosa que
se puede y debe tener a milagro o a fuerza de encantamento. Ella queda a la
puerta desta fortaleza o casa de campo, y no aguarda para entrar sino
vuestro benepl·cito. Dije.

Y tosiÛ luego y manoseÛse la barba de arriba abajo con entrambas manos, y
con mucho sosiego estuvo atendiendo la respuesta del duque, que fue:

-Ya, buen escudero TrifaldÌn de la Blanca Barba, ha muchos dÌas que tenemos
noticia de la desgracia de mi seÒora la condesa Trifaldi, a quien los
encantadores la hacen llamar la DueÒa Dolorida; bien podÈis, estupendo
escudero, decirle que entre y que aquÌ est· el valiente caballero don
Quijote de la Mancha, de cuya condiciÛn generosa puede prometerse con
seguridad todo amparo y toda ayuda; y asimismo le podrÈis decir de mi parte
que si mi favor le fuere necesario, no le ha de faltar, pues ya me tiene
obligado a d·rsele el ser caballero, a quien es anejo y concerniente
favorecer a toda suerte de mujeres, en especial a las dueÒas viudas,
menoscabadas y doloridas, cual lo debe estar su seÒorÌa.

Oyendo lo cual TrifaldÌn, inclinÛ la rodilla hasta el suelo, y, haciendo al
pÌfaro y tambores seÒal que tocasen, al mismo son y al mismo paso que habÌa
entrado, se volviÛ a salir del jardÌn, dejando a todos admirados de su
presencia y compostura. Y, volviÈndose el duque a don Quijote, le dijo:

-En fin, famoso caballero, no pueden las tinieblas de malicia ni de la
ignorancia encubrir y escurecer la luz del valor y de la virtud. Digo esto
porque apenas ha seis dÌas que la vuestra bondad est· en este castillo,
cuando ya os vienen a buscar de lueÒas y apartadas tierras, y no en
carrozas ni en dromedarios, sino a pie y en ayunas; los tristes, los
afligidos, confiados que han de hallar en ese fortÌsimo brazo el remedio de
sus cuitas y trabajos, merced a vuestras grandes hazaÒas, que corren y
rodean todo lo descubierto de la tierra.

-Quisiera yo, seÒor duque -respondiÛ don Quijote-, que estuviera aquÌ
presente aquel bendito religioso que a la mesa el otro dÌa mostrÛ tener tan
mal talante y tan mala ojeriza contra los caballeros andantes, para que
viera por vista de ojos si los tales caballeros son necesarios en el mundo:
tocara, por lo menos, con la mano que los extraordinariamente afligidos y
desconsolados, en casos grandes y en desdichas inormes no van a buscar su
remedio a las casas de los letrados, ni a la de los sacristanes de las
aldeas, ni al caballero que nunca ha acertado a salir de los tÈrminos de su
lugar, ni al perezoso cortesano que antes busca nuevas para referirlas y
contarlas, que procura hacer obras y hazaÒas para que otros las cuenten y
las escriban; el remedio de las cuitas, el socorro de las necesidades, el
amparo de las doncellas, el consuelo de las viudas, en ninguna suerte de
personas se halla mejor que en los caballeros andantes, y de serlo yo doy
infinitas gracias al cielo, y doy por muy bien empleado cualquier desm·n y
trabajo que en este tan honroso ejercicio pueda sucederme. Venga esta dueÒa
y pida lo que quisiere, que yo le librarÈ su remedio en la fuerza de mi
brazo y en la intrÈpida resoluciÛn de mi animoso espÌritu.

CapÌtulo XXXVII. Donde se prosigue la famosa aventura de la dueÒa Dolorida

En estremo se holgaron el duque y la duquesa de ver cu·n bien iba
respondiendo a su intenciÛn don Quijote, y a esta sazÛn dijo Sancho:

-No querrÌa yo que esta seÒora dueÒa pusiese alg˙n tropiezo a la promesa de
mi gobierno, porque yo he oÌdo decir a un boticario toledano que hablaba
como un silguero que donde interviniesen dueÒas no podÌa suceder cosa
buena. °V·lame Dios, y quÈ mal estaba con ellas el tal boticario! De lo que
yo saco que, pues todas las dueÒas son enfadosas e impertinentes, de
cualquiera calidad y condiciÛn que sean, øquÈ ser·n las que son doloridas,
como han dicho que es esta condesa Tres Faldas, o Tres Colas?; que en mi
tierra faldas y colas, colas y faldas, todo es uno.

-Calla, Sancho amigo -dijo don Quijote-, que, pues esta seÒora dueÒa de tan
lueÒes tierras viene a buscarme, no debe ser de aquellas que el boticario
tenÌa en su n˙mero, cuanto m·s que Èsta es condesa, y cuando las condesas
sirven de dueÒas, ser· sirviendo a reinas y a emperatrices, que en sus
casas son seÒorÌsimas que se sirven de otras dueÒas.

A esto respondiÛ doÒa RodrÌguez, que se hallÛ presente:

-DueÒas tiene mi seÒora la duquesa en su servicio, que pudieran ser
condesas si la fortuna quisiera, pero all· van leyes do quieren reyes; y
nadie diga mal de las dueÒas, y m·s de las antiguas y doncellas; que,
aunque yo no lo soy, bien se me alcanza y se me trasluce la ventaja que
hace una dueÒa doncella a una dueÒa viuda; y quien a nosotras trasquilÛ,
las tijeras le quedaron en la mano.

-Con todo eso -replicÛ Sancho-, hay tanto que trasquilar en las dueÒas,
seg˙n mi barbero, cuanto ser· mejor no menear el arroz, aunque se pegue.

-Siempre los escuderos -respondiÛ doÒa RodrÌguez- son enemigos nuestros;
que, como son duendes de las antesalas y nos veen a cada paso, los ratos
que no rezan, que son muchos, los gastan en murmurar de nosotras,
desenterr·ndonos los huesos y enterr·ndonos la fama. Pues m·ndoles yo a los
leÒos movibles, que, mal que les pese, hemos de vivir en el mundo, y en las
casas principales, aunque muramos de hambre y cubramos con un negro monjil
nuestras delicadas o no delicadas carnes, como quien cubre o tapa un
muladar con un tapiz en dÌa de procesiÛn. A fe que si me fuera dado, y el
tiempo lo pidiera, que yo diera a entender, no sÛlo a los presentes, sino a
todo el mundo, cÛmo no hay virtud que no se encierre en una dueÒa.

-Yo creo -dijo la duquesa- que mi buena doÒa RodrÌguez tiene razÛn, y muy
grande; pero conviene que aguarde tiempo para volver por sÌ y por las dem·s
dueÒas, para confundir la mala opiniÛn de aquel mal boticario, y
desarraigar la que tiene en su pecho el gran Sancho Panza.

A lo que Sancho respondiÛ:

-DespuÈs que tengo humos de gobernador se me han quitado los v·guidos de
escudero, y no se me da por cuantas dueÒas hay un cabrahÌgo.

Adelante pasaran con el coloquio dueÒesco, si no oyeran que el pÌfaro y los
tambores volvÌan a sonar, por donde entendieron que la dueÒa Dolorida
entraba. PreguntÛ la duquesa al duque si serÌa bien ir a recebirla, pues
era condesa y persona principal.

-Por lo que tiene de condesa -respondiÛ Sancho, antes que el duque
respondiese-, bien estoy en que vuestras grandezas salgan a recebirla; pero
por lo de dueÒa, soy de parecer que no se muevan un paso.

-øQuiÈn te mete a ti en esto, Sancho? -dijo don Quijote.

-øQuiÈn, seÒor? -respondiÛ Sancho-. Yo me meto, que puedo meterme, como
escudero que ha aprendido los tÈrminos de la cortesÌa en la escuela de
vuesa merced, que es el m·s cortÈs y bien criado caballero que hay en toda
la cortesanÌa; y en estas cosas, seg˙n he oÌdo decir a vuesa merced, tanto
se pierde por carta de m·s como por carta de menos; y al buen entendedor,
pocas palabras.

-AsÌ es, como Sancho dice -dijo el duque-: veremos el talle de la condesa,
y por Èl tantearemos la cortesÌa que se le debe.

En esto, entraron los tambores y el pÌfaro, como la vez primera.

Y aquÌ, con este breve capÌtulo, dio fin el autor, y comenzÛ el otro,
siguiendo la mesma aventura, que es una de las m·s notables de la historia.

CapÌtulo XXXVIII. Donde se cuenta la que dio de su mala andanza la dueÒa
Dolorida

Detr·s de los tristes m˙sicos comenzaron a entrar por el jardÌn adelante
hasta cantidad de doce dueÒas, repartidas en dos hileras, todas vestidas de
unos monjiles anchos, al parecer, de anascote batanado, con unas tocas
blancas de delgado canequÌ, tan luengas que sÛlo el ribete del monjil
descubrÌan. Tras ellas venÌa la condesa Trifaldi, a quien traÌa de la mano
el escudero TrifaldÌn de la Blanca Barba, vestida de finÌsima y negra
bayeta por frisar, que, a venir frisada, descubriera cada grano del grandor
de un garbanzo de los buenos de Martos. La cola, o falda, o como llamarla
quisieren, era de tres puntas, las cuales se sustentaban en las manos de
tres pajes, asimesmo vestidos de luto, haciendo una vistosa y matem·tica
figura con aquellos tres ·ngulos acutos que las tres puntas formaban, por
lo cual cayeron todos los que la falda puntiaguda miraron que por ella se
debÌa llamar la condesa Trifaldi, como si dijÈsemos la condesa de las Tres
Faldas; y asÌ dice Benengeli que fue verdad, y que de su propio apellido se
llama la condesa Lobuna, a causa que se criaban en su condado muchos lobos,
y que si como eran lobos fueran zorras, la llamaran la condesa Zorruna, por
ser costumbre en aquellas partes tomar los seÒores la denominaciÛn de sus
nombres de la cosa o cosas en que m·s sus estados abundan; empero esta
condesa, por favorecer la novedad de su falda, dejÛ el Lobuna y tomÛ el
Trifaldi.

VenÌan las doce dueÒas y la seÒora a paso de procesiÛn, cubiertos los
rostros con unos velos negros y no trasparentes como el de TrifaldÌn, sino
tan apretados que ninguna cosa se traslucÌan.

AsÌ como acabÛ de parecer el dueÒesco escuadrÛn, el duque, la duquesa y don
Quijote se pusieron en pie, y todos aquellos que la espaciosa procesiÛn
miraban. Pararon las doce dueÒas y hicieron calle, por medio de la cual la
Dolorida se adelantÛ, sin dejarla de la mano TrifaldÌn, viendo lo cual el
duque, la duquesa y don Quijote, se adelantaron obra de doce pasos a
recebirla. Ella, puesta las rodillas en el suelo, con voz antes basta y
ronca que sutil y dilicada, dijo:

-Vuestras grandezas sean servidas de no hacer tanta cortesÌa a este su
criado; digo, a esta su criada, porque, seg˙n soy de dolorida, no acertarÈ
a responder a lo que debo, a causa que mi estraÒa y jam·s vista desdicha me
ha llevado el entendimiento no sÈ adÛnde, y debe de ser muy lejos, pues
cuanto m·s le busco menos le hallo.

-Sin Èl estarÌa -respondiÛ el duque-, seÒora condesa, el que no descubriese
por vuestra persona vuestro valor, el cual, sin m·s ver, es merecedor de
toda la nata de la cortesÌa y de toda la flor de las bien criadas
ceremonias.

Y, levant·ndola de la mano, la llevÛ a asentar en una silla junto a la
duquesa, la cual la recibiÛ asimismo con mucho comedimiento.

Don Quijote callaba, y Sancho andaba muerto por ver el rostro de la
Trifaldi y de alguna de sus muchas dueÒas, pero no fue posible hasta que
ellas de su grado y voluntad se descubrieron.

Sosegados todos y puestos en silencio, estaban esperando quiÈn le habÌa de
romper, y fue la dueÒa Dolorida con estas palabras:

-Confiada estoy, seÒor poderosÌsimo, hermosÌsima seÒora y discretÌsimos
circunstantes, que ha de hallar mi cuitÌsima en vuestros valerosÌsimos
pechos acogimiento no menos pl·cido que generoso y doloroso, porque ella es
tal, que es bastante a enternecer los m·rmoles, y a ablandar los diamantes,
y a molificar los aceros de los m·s endurecidos corazones del mundo; pero,
antes que salga a la plaza de vuestros oÌdos, por no decir orejas, quisiera
que me hicieran sabidora si est· en este gremio, corro y compaÒÌa el
acendradÌsimo caballero don Quijote de la ManchÌsima y su escuderÌsimo
Panza.

-El Panza -antes que otro respondiese, dijo Sancho- aquÌ esta, y el don
QuijotÌsimo asimismo; y asÌ, podrÈis, dolorosÌsima dueÒÌsima, decir lo que
quisieridÌsimis, que todos estamos prontos y aparejadÌsimos a ser vuestros
servidorÌsimos.

En esto se levantÛ don Quijote, y, encaminando sus razones a la Dolorida
dueÒa, dijo:

-Si vuestras cuitas, angustiada seÒora, se pueden prometer alguna esperanza
de remedio por alg˙n valor o fuerzas de alg˙n andante caballero, aquÌ est·n
las mÌas, que, aunque flacas y breves, todas se emplear·n en vuestro
servicio. Yo soy don Quijote de la Mancha, cuyo asumpto es acudir a toda
suerte de menesterosos, y, siendo esto asÌ, como lo es, no habÈis menester,
seÒora, captar benevolencias ni buscar pre·mbulos, sino, a la llana y sin
rodeos, decir vuestros males, que oÌdos os escuchan que sabr·n, si no
remediarlos, dolerse dellos.

Oyendo lo cual, la Dolorida dueÒa hizo seÒal de querer arrojarse a los pies
de don Quijote, y aun se arrojÛ, y, pugnando por abraz·rselos, decÌa:

-Ante estos pies y piernas me arrojo, °oh caballero invicto!, por ser los
que son basas y colunas de la andante caballerÌa; estos pies quiero besar,
de cuyos pasos pende y cuelga todo el remedio de mi desgracia, °oh valeroso
andante, cuyas verdaderas fazaÒas dejan atr·s y escurecen las fabulosas de
los Amadises, Esplandianes y Belianises!

Y, dejando a don Quijote, se volviÛ a Sancho Panza, y, asiÈndole de las
manos, le dijo:

-°Oh t˙, el m·s leal escudero que jam·s sirviÛ a caballero andante en los
presentes ni en los pasados siglos, m·s luengo en bondad que la barba de
TrifaldÌn, mi acompaÒador, que est· presente!, bien puedes preciarte que en
servir al gran don Quijote sirves en cifra a toda la caterva de caballeros
que han tratado las armas en el mundo. Conj˙rote, por lo que debes a tu
bondad fidelÌsima, me seas buen intercesor con tu dueÒo, para que luego
favorezca a esta humilÌsima y desdichadÌsima condesa.

A lo que respondiÛ Sancho:

-De que sea mi bondad, seÒorÌa mÌa, tan larga y grande como la barba de
vuestro escudero, a mÌ me hace muy poco al caso; barbada y con bigotes
tenga yo mi alma cuando desta vida vaya, que es lo que importa, que de las
barbas de ac· poco o nada me curo; pero, sin esas socaliÒas ni plegarias,
yo rogarÈ a mi amo, que sÈ que me quiere bien, y m·s agora que me ha
menester para cierto negocio, que favorezca y ayude a vuesa merced en todo
lo que pudiere. Vuesa merced desemba˙le su cuita y cuÈntenosla, y deje
hacer, que todos nos entenderemos.

Reventaban de risa con estas cosas los duques, como aquellos que habÌan
tomado el pulso a la tal aventura, y alababan entre sÌ la agudeza y
disimulaciÛn de la Trifaldi, la cual, volviÈndose a sentar, dijo:

-´Del famoso reino de Candaya, que cae entre la gran Trapobana y el mar del
Sur, dos leguas m·s all· del cabo ComorÌn, fue seÒora la reina doÒa
Maguncia, viuda del rey Archipiela, su seÒor y marido, de cuyo matrimonio
tuvieron y procrearon a la infanta Antonomasia, heredera del reino, la cual
dicha infanta Antonomasia se criÛ y creciÛ debajo de mi tutela y doctrina,
por ser yo la m·s antigua y la m·s principal dueÒa de su madre. SucediÛ,
pues, que, yendo dÌas y viniendo dÌas, la niÒa Antonomasia llegÛ a edad de
catorce aÒos, con tan gran perfeciÛn de hermosura, que no la pudo subir m·s
de punto la naturaleza. °Pues digamos agora que la discreciÛn era mocosa!
AsÌ era discreta como bella, y era la m·s bella del mundo, y lo es, si ya
los hados invidiosos y las parcas endurecidas no la han cortado la estambre
de la vida. Pero no habr·n, que no han de permitir los cielos que se haga
tanto mal a la tierra como serÌa llevarse en agraz el racimo del m·s
hermoso veduÒo del suelo. De esta hermosura, y no como se debe encarecida
de mi torpe lengua, se enamorÛ un n˙mero infinito de prÌncipes, asÌ
naturales como estranjeros, entre los cuales osÛ levantar los pensamientos
al cielo de tanta belleza un caballero particular que en la corte estaba,
confiado en su mocedad y en su bizarrÌa, y en sus muchas habilidades y
gracias, y facilidad y felicidad de ingenio; porque hago saber a vuestras
grandezas, si no lo tienen por enojo, que tocaba una guitarra que la hacÌa
hablar, y m·s que era poeta y gran bailarÌn, y sabÌa hacer una jaula de
p·jaros, que solamente a hacerlas pudiera ganar la vida cuando se viera en
estrema necesidad, que todas estas partes y gracias son bastantes a
derribar una montaÒa, no que una delicada doncella. Pero toda su gentileza
y buen donaire y todas sus gracias y habilidades fueran poca o ninguna
parte para rendir la fortaleza de mi niÒa, si el ladrÛn desuellacaras no
usara del remedio de rendirme a mÌ primero. Primero quiso el malandrÌn y
desalmado vagamundo granjearme la voluntad y cohecharme el gusto, para que
yo, mal alcaide, le entregase las llaves de la fortaleza que guardaba. En
resoluciÛn: Èl me adulÛ el entendimiento y me rindiÛ la voluntad con no sÈ
quÈ dijes y brincos que me dio, pero lo que m·s me hizo postrar y dar
conmigo por el suelo fueron unas coplas que le oÌ cantar una noche desde
una reja que caÌa a una callejuela donde Èl estaba, que, si mal no me
acuerdo, decÌan:

De la dulce mi enemiga

nace un mal que al alma hiere,

y, por m·s tormento, quiere

que se sienta y no se diga.

PareciÛme la trova de perlas, y su voz de almÌbar, y despuÈs ac·, digo,
desde entonces, viendo el mal en que caÌ por estos y otros semejantes
versos, he considerado que de las buenas y concertadas rep˙blicas se habÌan
de desterrar los poetas, como aconsejaba PlatÛn, a lo menos, los lascivos,
porque escriben unas coplas, no como las del marquÈs de Mantua, que
entretienen y hacen llorar los niÒos y a las mujeres, sino unas agudezas
que, a modo de blandas espinas, os atraviesan el alma, y como rayos os
hieren en ella, dejando sano el vestido. Y otra vez cantÛ:

Ven, muerte, tan escondida

que no te sienta venir,

porque el placer del morir

no me torne a dar la vida.

Y deste jaez otras coplitas y estrambotes, que cantados encantan y escritos
suspenden. Pues, øquÈ cuando se humillan a componer un gÈnero de verso que
en Candaya se usaba entonces, a quien ellos llamaban seguidillas? AllÌ era
el brincar de las almas, el retozar de la risa, el desasosiego de los
cuerpos y, finalmente, el azogue de todos los sentidos. Y asÌ, digo,
seÒores mÌos, que los tales trovadores con justo tÌtulo los debÌan
desterrar a las islas de los Lagartos. Pero no tienen ellos la culpa, sino
los simples que los alaban y las bobas que los creen; y si yo fuera la
buena dueÒa que debÌa, no me habÌan de mover sus trasnochados conceptos, ni
habÌa de creer ser verdad aquel decir: "Vivo muriendo, ardo en el yelo,
tiemblo en el fuego, espero sin esperanza, p·rtome y quÈdome", con otros
imposibles desta ralea, de que est·n sus escritos llenos. Pues, øquÈ cuando
prometen el fÈnix de Arabia, la corona de Aridiana, los caballos del Sol,
del Sur las perlas, de TÌbar el oro y de Pancaya el b·lsamo? AquÌ es donde
ellos alargan m·s la pluma, como les cuesta poco prometer lo que jam·s
piensan ni pueden cumplir. Pero, ødÛnde me divierto? °Ay de mÌ, desdichada!
øQuÈ locura o quÈ desatino me lleva a contar las ajenas faltas, teniendo
tanto que decir de las mÌas? °Ay de mÌ, otra vez, sin ventura!, que no me
rindieron los versos, sino mi simplicidad; no me ablandaron las m˙sicas,
sino mi liviandad: mi mucha ignorancia y mi poco advertimiento abrieron el
camino y desembarazaron la senda a los pasos de don Clavijo, que Èste es el
nombre del referido caballero; y asÌ, siendo yo la medianera, Èl se hallÛ
una y muy muchas veces en la estancia de la por mÌ, y no por Èl, engaÒada
Antonomasia, debajo del tÌtulo de verdadero esposo; que, aunque pecadora,
no consintiera que sin ser su marido la llegara a la vira de la suela de
sus zapatillas. °No, no, eso no: el matrimonio ha de ir adelante en
cualquier negocio destos que por mÌ se tratare! Solamente hubo un daÒo en
este negocio, que fue el de la desigualdad, por ser don Clavijo un
caballero particular, y la infanta Antonomasia heredera, como ya he dicho,
del reino. Algunos dÌas estuvo encubierta y solapada en la sagacidad de mi
recato esta maraÒa, hasta que me pareciÛ que la iba descubriendo a m·s
andar no sÈ quÈ hinchazÛn del vientre de Antonomasia, cuyo temor nos hizo
entrar en bureo a los tres, y saliÛ dÈl que, antes que se saliese a luz el
mal recado, don Clavijo pidiese ante el vicario por su mujer a Antonomasia,
en fe de una cÈdula que de ser su esposa la infanta le habÌa hecho, notada
por mi ingenio, con tanta fuerza, que las de SansÛn no pudieran romperla.
HiciÈronse las diligencias, vio el vicario la cÈdula, tomÛ el tal vicario
la confesiÛn a la seÒora, confesÛ de plano, mandÛla depositar en casa de un
alguacil de corte muy honrado...ª

A esta sazÛn, dijo Sancho:

-TambiÈn en Candaya hay alguaciles de corte, poetas y seguidillas, por lo
que puedo jurar que imagino que todo el mundo es uno. Pero dÈse vuesa
merced priesa, seÒora Trifaldi, que es tarde y ya me muero por saber el fin
desta tan larga historia.

-SÌ harÈ -respondiÛ la condesa.

CapÌtulo XXXIX. Donde la Trifaldi prosigue su estupenda y memorable
historia

De cualquiera palabra que Sancho decÌa, la duquesa gustaba tanto como se
desesperaba don Quijote; y, mand·ndole que callase, la Dolorida prosiguiÛ
diciendo:

-´En fin, al cabo de muchas demandas y respuestas, como la infanta se
estaba siempre en sus trece, sin salir ni variar de la primera declaraciÛn,
el vicario sentenciÛ en favor de don Clavijo, y se la entregÛ por su
legÌtima esposa, de lo que recibiÛ tanto enojo la reina doÒa Maguncia,
madre de la infanta Antonomasia, que dentro de tres dÌas la enterramos.ª

-DebiÛ de morir, sin duda -dijo Sancho.

-°Claro est·! -respondiÛ TrifaldÌn-, que en Candaya no se entierran las
personas vivas, sino las muertas.

-Ya se ha visto, seÒor escudero -replicÛ Sancho-, enterrar un desmayado
creyendo ser muerto, y parecÌame a mÌ que estaba la reina Maguncia obligada
a desmayarse antes que a morirse; que con la vida muchas cosas se remedian,
y no fue tan grande el disparate de la infanta que obligase a sentirle
tanto. Cuando se hubiera casado esa seÒora con alg˙n paje suyo, o con otro
criado de su casa, como han hecho otras muchas, seg˙n he oÌdo decir, fuera
el daÒo sin remedio; pero el haberse casado con un caballero tan
gentilhombre y tan entendido como aquÌ nos le han pintado, en verdad en
verdad que, aunque fue necedad, no fue tan grande como se piensa; porque,
seg˙n las reglas de mi seÒor, que est· presente y no me dejar· mentir, asÌ
como se hacen de los hombres letrados los obispos, se pueden hacer de los
caballeros, y m·s si son andantes, los reyes y los emperadores.

-RazÛn tienes, Sancho -dijo don Quijote-, porque un caballero andante, como
tenga dos dedos de ventura, est· en potencia propincua de ser el mayor
seÒor del mundo. Pero, pase adelante la seÒora Dolorida, que a mÌ se me
trasluce que le falta por contar lo amargo desta hasta aquÌ dulce historia.

-Y °cÛmo si queda lo amargo! -respondiÛ la condesa-, y tan amargo que en su
comparaciÛn son dulces las tueras y sabrosas las adelfas. ´Muerta, pues, la
reina, y no desmayada, la enterramos; y, apenas la cubrimos con la tierra
y apenas le dimos el ˙ltimo vale, cuando,

quis talia fando temperet a lachrymis?,

puesto sobre un caballo de madera, pareciÛ encima de la sepultura de la
reina el gigante Malambruno, primo cormano de Maguncia, que junto con ser
cruel era encantador, el cual con sus artes, en venganza de la muerte de su
cormana, y por castigo del atrevimiento de don Clavijo, y por despecho de
la demasÌa de Antonomasia, los dejÛ encantados sobre la mesma sepultura: a
ella, convertida en una jimia de bronce, y a Èl, en un espantoso cocodrilo
de un metal no conocido, y entre los dos est· un padrÛn, asimismo de metal,
y en Èl escritas en lengua sirÌaca unas letras que, habiÈndose declarado en
la candayesca, y ahora en la castellana, encierran esta sentencia: "No
cobrar·n su primera forma estos dos atrevidos amantes hasta que el valeroso
manchego venga conmigo a las manos en singular batalla, que para solo su
gran valor guardan los hados esta nunca vista aventura". Hecho esto, sacÛ
de la vaina un ancho y desmesurado alfanje, y, asiÈndome a mÌ por los
cabellos, hizo finta de querer segarme la gola y cortarme cercen la cabeza.
TurbÈme, pegÛseme la voz a la garganta, quedÈ mohÌna en todo estremo, pero,
con todo, me esforcÈ lo m·s que pude, y, con voz tembladora y doliente, le
dije tantas y tales cosas, que le hicieron suspender la ejecuciÛn de tan
riguroso castigo. Finalmente, hizo traer ante sÌ todas las dueÒas de
palacio, que fueron estas que est·n presentes, y, despuÈs de haber
exagerado nuestra culpa y vituperado las condiciones de las dueÒas, sus
malas maÒas y peores trazas, y cargando a todas la culpa que yo sola tenÌa,
dijo que no querÌa con pena capital castigarnos, sino con otras penas
dilatadas, que nos diesen una muerte civil y continua; y, en aquel mismo
momento y punto que acabÛ de decir esto, sentimos todas que se nos abrÌan
los poros de la cara, y que por toda ella nos punzaban como con puntas de
agujas. Acudimos luego con las manos a los rostros, y hall·monos de la
manera que ahora verÈis.ª

Y luego la Dolorida y las dem·s dueÒas alzaron los antifaces con que
cubiertas venÌan, y descubrieron los rostros, todos poblados de barbas,
cu·les rubias, cu·les negras, cu·les blancas y cu·les albarrazadas, de cuya
vista mostraron quedar admirados el duque y la duquesa, pasmados don
Quijote y Sancho, y atÛnitos todos los presentes.

Y la Trifaldi prosiguiÛ:

-´Desta manera nos castigÛ aquel follÛn y malintencionado de Malambruno,
cubriendo la blandura y morbidez de nuestros rostros con la aspereza destas
cerdas, que pluguiera al cielo que antes con su desmesurado alfanje nos
hubiera derribado las testas, que no que nos asombrara la luz de nuestras
caras con esta borra que nos cubre; porque si entramos en cuenta, seÒores
mÌos (y esto que voy a decir agora lo quisiera decir hechos mis ojos
fuentes, pero la consideraciÛn de nuestra desgracia, y los mares que hasta
aquÌ han llovido, los tienen sin humor y secos como aristas, y asÌ, lo dirÈ
sin l·grimas), digo, pues, que øadÛnde podr· ir una dueÒa con barbas? øQuÈ
padre o quÈ madre se doler· della? øQuiÈn la dar· ayuda? Pues, aun cuando
tiene la tez lisa y el rostro martirizado con mil suertes de menjurjes y
mudas, apenas halla quien bien la quiera, øquÈ har· cuando descubra hecho
un bosque su rostro? °Oh dueÒas y compaÒeras mÌas, en desdichado punto
nacimos, en hora menguada nuestros padres nos engendraron!ª

Y, diciendo esto, dio muestras de desmayarse.

CapÌtulo XL. De cosas que ataÒen y tocan a esta aventura y a esta
memorable historia

Real y verdaderamente, todos los que gustan de semejantes historias como
Èsta deben de mostrarse agradecidos a Cide Hamete, su autor primero, por la
curiosidad que tuvo en contarnos las semÌnimas della, sin dejar cosa, por
menuda que fuese, que no la sacase a luz distintamente: pinta los
pensamientos, descubre las imaginaciones, responde a las t·citas, aclara
las dudas, resuelve los argumentos; finalmente, los ·tomos del m·s curioso
deseo manifiesta. °Oh autor celebÈrrimo! °Oh don Quijote dichoso! °Oh
Dulcinea famosa! °Oh Sancho Panza gracioso! Todos juntos y cada uno de por
sÌ viv·is siglos infinitos, para gusto y general pasatiempo de los
vivientes.

Dice, pues, la historia que, asÌ como Sancho vio desmayada a la Dolorida,
dijo:

-Por la fe de hombre de bien, juro, y por el siglo de todos mis pasados los
Panzas, que jam·s he oÌdo ni visto, ni mi amo me ha contado, ni en su
pensamiento ha cabido, semejante aventura como Èsta. V·lgate mil satanases,
por no maldecirte por encantador y gigante, Malambruno; y øno hallaste otro
gÈnero de castigo que dar a estas pecadoras sino el de barbarlas? øCÛmo y
no fuera mejor, y a ellas les estuviera m·s a cuento, quitarles la mitad de
las narices de medio arriba, aunque hablaran gangoso, que no ponerles
barbas? ApostarÈ yo que no tienen hacienda para pagar a quien las rape.

-AsÌ es la verdad, seÒor -respondiÛ una de las doce-, que no tenemos
hacienda para mondarnos; y asÌ, hemos tomado algunas de nosotras por
remedio ahorrativo de usar de unos pegotes o parches pegajosos, y
aplic·ndolos a los rostros, y tirando de golpe, quedamos rasas y lisas como
fondo de mortero de piedra; que, puesto que hay en Candaya mujeres que
andan de casa en casa a quitar el vello y a pulir las cejas y hacer otros
menjurjes tocantes a mujeres, nosotras las dueÒas de mi seÒora por jam·s
quisimos admitirlas, porque las m·s oliscan a terceras, habiendo dejado de
ser primas; y si por el seÒor don Quijote no somos remediadas, con barbas
nos llevar·n a la sepultura.

-Yo me pelarÌa las mÌas -dijo don Quijote- en tierra de moros, si no
remediase las vuestras.

A este punto, volviÛ de su desmayo la Trifaldi y dijo:

-El retintÌn desa promesa, valeroso caballero, en medio de mi desmayo llegÛ
a mis oÌdos, y ha sido parte para que yo dÈl vuelva y cobre todos mis
sentidos; y asÌ, de nuevo os suplico, andante Ìnclito y seÒor indomable,
vuestra graciosa promesa se convierta en obra.

-Por mÌ no quedar· -respondiÛ don Quijote-: ved, seÒora, quÈ es lo que
tengo de hacer, que el ·nimo est· muy pronto para serviros.

-Es el caso -respondiÛ la Dolorida -que desde aquÌ al reino de Candaya, si
se va por tierra, hay cinco mil leguas, dos m·s a menos; pero si se va por
el aire y por la lÌnea recta, hay tres mil y docientas y veinte y siete. Es
tambiÈn de saber que Malambruno me dijo que cuando la suerte me deparase al
caballero nuestro libertador, que Èl le enviarÌa una cabalgadura harto
mejor y con menos malicias que las que son de retorno, porque ha de ser
aquel mesmo caballo de madera sobre quien llevÛ el valeroso Pierres robada
a la linda Magalona, el cual caballo se rige por una clavija que tiene en
la frente, que le sirve de freno, y vuela por el aire con tanta ligereza
que parece que los mesmos diablos le llevan. Este tal caballo, seg˙n es
tradiciÛn antigua, fue compuesto por aquel sabio MerlÌn; prestÛsele a
Pierres, que era su amigo, con el cual hizo grandes viajes, y robÛ, como se
ha dicho, a la linda Magalona, llev·ndola a las ancas por el aire, dejando
embobados a cuantos desde la tierra los miraban; y no le prestaba sino a
quien Èl querÌa, o mejor se lo pagaba; y desde el gran Pierres hasta
ahora no sabemos que haya subido alguno en Èl. De allÌ le ha sacado
Malambruno con sus artes, y le tiene en su poder, y se sirve dÈl en sus
viajes, que los hace por momentos, por diversas partes del mundo, y hoy
est· aquÌ y maÒana en Francia y otro dÌa en PotosÌ; y es lo bueno que el
tal caballo ni come, ni duerme ni gasta herraduras, y lleva un portante por
los aires, sin tener alas, que el que lleva encima puede llevar una taza
llena de agua en la mano sin que se le derrame gota, seg˙n camina llano y
reposado; por lo cual la linda Magalona se holgaba mucho de andar caballera
en Èl.

A esto dijo Sancho:

-Para andar reposado y llano, mi rucio, puesto que no anda por los aires;
pero por la tierra, yo le cutirÈ con cuantos portantes hay en el mundo.

RiÈronse todos, y la Dolorida prosiguiÛ:

-Y este tal caballo, si es que Malambruno quiere dar fin a nuestra
desgracia, antes que sea media hora entrada la noche, estar· en nuestra
presencia, porque Èl me significÛ que la seÒal que me darÌa por donde yo
entendiese que habÌa hallado el caballero que buscaba, serÌa enviarme el
caballo, donde fuese con comodidad y presteza.

-Y øcu·ntos caben en ese caballo? -preguntÛ Sancho.

La Dolorida respondiÛ:

-Dos personas: la una en la silla y la otra en las ancas; y, por la mayor
parte, estas tales dos personas son caballero y escudero, cuando falta
alguna robada doncella.

-QuerrÌa yo saber, seÒora Dolorida -dijo Sancho-, quÈ nombre tiene ese
caballo.

-El nombre -respondiÛ la Dolorida- no es como el caballo de Belorofonte,
que se llamaba Pegaso, ni como el del Magno Alejandro, llamado BucÈfalo, ni
como el del furioso Orlando, cuyo nombre fue Brilladoro, ni menos Bayarte,
que fue el de Reinaldos de Montalb·n, ni Frontino, como el de Rugero, ni
Bootes ni Peritoa, como dicen que se llaman los del Sol, ni tampoco se
llama Orelia, como el caballo en que el desdichado Rodrigo, ˙ltimo rey de
los godos, entrÛ en la batalla donde perdiÛ la vida y el reino.

-Yo apostarÈ -dijo Sancho- que, pues no le han dado ninguno desos famosos
nombres de caballos tan conocidos, que tampoco le habr·n dado el de mi amo,
Rocinante, que en ser propio excede a todos los que se han nombrado.

-AsÌ es -respondiÛ la barbada condesa-, pero todavÌa le cuadra mucho,
porque se llama ClavileÒo el AlÌgero, cuyo nombre conviene con el ser de
leÒo, y con la clavija que trae en la frente, y con la ligereza con que
camina; y asÌ, en cuanto al nombre, bien puede competir con el famoso
Rocinante.

-No me descontenta el nombre -replicÛ Sancho-, pero øcon quÈ freno o con
quÈ j·quima se gobierna?

-Ya he dicho -respondiÛ la Trifaldi- que con la clavija, que, volviÈndola a
una parte o a otra, el caballero que va encima le hace caminar como quiere,
o ya por los aires, o ya rastreando y casi barriendo la tierra, o por el
medio, que es el que se busca y se ha de tener en todas las acciones bien
ordenadas.

-Ya lo querrÌa ver -respondiÛ Sancho-, pero pensar que tengo de subir en
Èl, ni en la silla ni en las ancas, es pedir peras al olmo. °Bueno es que
apenas puedo tenerme en mi rucio, y sobre un albarda m·s blanda que la
mesma seda, y querrÌan ahora que me tuviese en unas ancas de tabla, sin
cojÌn ni almohada alguna! Pardiez, yo no me pienso moler por quitar las
barbas a nadie: cada cual se rape como m·s le viniere a cuento, que yo no
pienso acompaÒar a mi seÒor en tan largo viaje. Cuanto m·s, que yo no debo
de hacer al caso para el rapamiento destas barbas como lo soy para el
desencanto de mi seÒora Dulcinea.

-SÌ sois, amigo -respondiÛ la Trifaldi-, y tanto, que, sin vuestra
presencia, entiendo que no haremos nada.

-°AquÌ del rey! -dijo Sancho-: øquÈ tienen que ver los escuderos con las
aventuras de sus seÒores? øHanse de llevar ellos la fama de las que acaban,
y hemos de llevar nosotros el trabajo? °Cuerpo de mÌ! Aun si dijesen los
historiadores: "El tal caballero acabÛ la tal y tal aventura, pero con
ayuda de fulano, su escudero, sin el cual fuera imposible el acabarla".
Pero, °que escriban a secas: "Don ParalipomenÛn de las Tres Estrellas acabÛ
la aventura de los seis vestiglos", sin nombrar la persona de su
escudero, que se hallÛ presente a todo, como si no fuera en el mundo!
Ahora, seÒores, vuelvo a decir que mi seÒor se puede ir solo, y buen
provecho le haga, que yo me quedarÈ aquÌ, en compaÒÌa de la duquesa mi
seÒora, y podrÌa ser que cuando volviese hallase mejorada la causa de la
seÒora Dulcinea en tercio y quinto; porque pienso, en los ratos ociosos y
desocupados, darme una tanda de azotes que no me la cubra pelo.

-Con todo eso, le habÈis de acompaÒar si fuere necesario, buen Sancho,
porque os lo rogar·n buenos; que no han de quedar por vuestro in˙til temor
tan poblados los rostros destas seÒoras; que, cierto, serÌa mal caso.

-°AquÌ del rey otra vez! -replicÛ Sancho-. Cuando esta caridad se hiciera
por algunas doncellas recogidas, o por algunas niÒas de la doctrina,
pudiera el hombre aventurarse a cualquier trabajo, pero que lo sufra por
quitar las barbas a dueÒas, °mal aÒo! Mas que las viese yo a todas con
barbas, desde la mayor hasta la menor, y de la m·s melindrosa hasta la m·s
repulgada.

-Mal est·is con las dueÒas, Sancho amigo -dijo la duquesa-: mucho os vais
tras la opiniÛn del boticario toledano. Pues a fe que no tenÈis razÛn; que
dueÒas hay en mi casa que pueden ser ejemplo de dueÒas, que aquÌ est· mi
doÒa RodrÌguez, que no me dejar· decir otra cosa.

-Mas que la diga vuestra excelencia -dijo RodrÌguez-, que Dios sabe la
verdad de todo, y buenas o malas, barbadas o lampiÒas que seamos las
dueÒas, tambiÈn nos pariÛ nuestra madre como a las otras mujeres; y, pues
Dios nos echÛ en el mundo, …l sabe para quÈ, y a su misericordia me atengo,
y no a las barbas de nadie.

-Ahora bien, seÒora RodrÌguez -dijo don Quijote-, y seÒora Trifaldi y
compaÒÌa, yo espero en el cielo que mirar· con buenos ojos vuestras cuitas,
que Sancho har· lo que yo le mandare, ya viniese ClavileÒo y ya me viese
con Malambruno; que yo sÈ que no habrÌa navaja que con m·s facilidad rapase
a vuestras mercedes como mi espada raparÌa de los hombros la cabeza de
Malambruno; que Dios sufre a los malos, pero no para siempre.

-°Ay! -dijo a esta sazÛn la Dolorida-, con benignos ojos miren a vuestra
grandeza, valeroso caballero, todas las estrellas de las regiones celestes,
e infundan en vuestro ·nimo toda prosperidad y valentÌa para ser escudo y
amparo del vituperoso y abatido gÈnero dueÒesco, abominado de boticarios,
murmurado de escuderos y socaliÒado de pajes; que mal haya la bellaca que
en la flor de su edad no se metiÛ primero a ser monja que a dueÒa.
°Desdichadas de nosotras las dueÒas, que, aunque vengamos por lÌnea recta,
de varÛn en varÛn, del mismo HÈctor el troyano, no dejaran de echaros un
vos nuestras seÒoras, si pensasen por ello ser reinas! °Oh gigante
Malambruno, que, aunque eres encantador, eres certÌsimo en tus promesas!,
envÌanos ya al sin par ClavileÒo, para que nuestra desdicha se acabe, que
si entra el calor y estas nuestras barbas duran, °guay de nuestra ventura!

Dijo esto con tanto sentimiento la Trifaldi, que sacÛ las l·grimas de los
ojos de todos los circunstantes, y aun arrasÛ los de Sancho, y propuso en
su corazÛn de acompaÒar a su seÒor hasta las ˙ltimas partes del mundo, si
es que en ello consistiese quitar la lana de aquellos venerables rostros.

CapÌtulo XLI. De la venida de ClavileÒo, con el fin desta dilatada aventura

LlegÛ en esto la noche, y con ella el punto determinado en que el famoso
caballo ClavileÒo viniese, cuya tardanza fatigaba ya a don Quijote,
pareciÈndole que, pues Malambruno se detenÌa en enviarle, o que Èl no era
el caballero para quien estaba guardada aquella aventura, o que Malambruno
no osaba venir con Èl a singular batalla. Pero veis aquÌ cuando a deshora
entraron por el jardÌn cuatro salvajes, vestidos todos de verde yedra, que
sobre sus hombros traÌan un gran caballo de madera. PusiÈronle de pies en
el suelo, y uno de los salvajes dijo:

-Suba sobre esta m·quina el que tuviere ·nimo para ello.

-AquÌ -dijo Sancho- yo no subo, porque ni tengo ·nimo ni soy caballero.

Y el salvaje prosiguiÛ diciendo:

-Y ocupe las ancas el escudero, si es que lo tiene, y fÌese del valeroso
Malambruno, que si no fuere de su espada, de ninguna otra, ni de otra
malicia, ser· ofendido; y no hay m·s que torcer esta clavija que sobre el
cuello trae puesta, que Èl los llevar· por los aires adonde los atiende
Malambruno; pero, porque la alteza y sublimidad del camino no les cause
v·guidos, se han de cubrir los ojos hasta que el caballo relinche, que ser·
seÒal de haber dado fin a su viaje.

Esto dicho, dejando a ClavileÒo, con gentil continente se volvieron por
donde habÌan venido. La Dolorida, asÌ como vio al caballo, casi con
l·grimas dijo a don Quijote:

-Valeroso caballero, las promesas de Malambruno han sido ciertas: el
caballo est· en casa, nuestras barbas crecen, y cada una de nosotras y con
cada pelo dellas te suplicamos nos rapes y tundas, pues no est· en m·s sino
en que subas en Èl con tu escudero y des felice principio a vuestro nuevo
viaje.

-Eso harÈ yo, seÒora condesa Trifaldi, de muy buen grado y de mejor
talante, sin ponerme a tomar cojÌn, ni calzarme espuelas, por no detenerme:
tanta es la gana que tengo de veros a vos, seÒora, y a todas estas dueÒas
rasas y mondas.

-Eso no harÈ yo -dijo Sancho-, ni de malo ni de buen talante, en ninguna
manera; y si es que este rapamiento no se puede hacer sin que yo suba a las
ancas, bien puede buscar mi seÒor otro escudero que le acompaÒe, y estas
seÒoras otro modo de alisarse los rostros; que yo no soy brujo, para gustar
de andar por los aires. Y øquÈ dir·n mis insulanos cuando sepan que su
gobernador se anda paseando por los vientos? Y otra cosa m·s: que habiendo
tres mil y tantas leguas de aquÌ a Candaya, si el caballo se cansa o el
gigante se enoja, tardaremos en dar la vuelta media docena de aÒos, y ya ni
habr· Ìnsula ni Ìnsulos en el mundo que me conozan; y, pues se dice
com˙nmente que en la tardanza va el peligro, y que cuando te dieren la
vaquilla acudas con la soguilla, perdÛnenme las barbas destas seÒoras, que
bien se est· San Pedro en Roma; quiero decir que bien me estoy en esta
casa, donde tanta merced se me hace y de cuyo dueÒo tan gran bien espero
como es verme gobernador.

A lo que el duque dijo:

-Sancho amigo, la Ìnsula que yo os he prometido no es movible ni fugitiva:
raÌces tiene tan hondas, echadas en los abismos de la tierra, que no la
arrancar·n ni mudar·n de donde est· a tres tirones; y, pues vos sabÈis que
sÈ yo que no hay ninguno gÈnero de oficio destos de mayor cantÌa que no se
granjee con alguna suerte de cohecho, cu·l m·s, cu·l menos, el que yo
quiero llevar por este gobierno es que vais con vuestro seÒor don Quijote a
dar cima y cabo a esta memorable aventura; que ahora volv·is sobre
ClavileÒo con la brevedad que su ligereza promete, ora la contraria fortuna
os traiga y vuelva a pie, hecho romero, de mesÛn en mesÛn y de venta en
venta, siempre que volviÈredes hallarÈis vuestra Ìnsula donde la dej·is, y
a vuestros insulanos con el mesmo deseo de recebiros por su gobernador que
siempre han tenido, y mi voluntad ser· la mesma; y no pong·is duda en esta
verdad, seÒor Sancho, que serÌa hacer notorio agravio al deseo que de
serviros tengo.

-No m·s, seÒor -dijo Sancho-: yo soy un pobre escudero y no puedo llevar a
cuestas tantas cortesÌas; suba mi amo, t·penme estos ojos y encomiÈndenme a
Dios, y avÌsenme si cuando vamos por esas altanerÌas podrÈ encomendarme a
Nuestro SeÒor o invocar los ·ngeles que me favorezcan.

A lo que respondiÛ Trifaldi:

-Sancho, bien podÈis encomendaros a Dios o a quien quisiÈredes, que
Malambruno, aunque es encantador, es cristiano, y hace sus encantamentos
con mucha sagacidad y con mucho tiento, sin meterse con nadie.

-°Ea, pues -dijo Sancho-, Dios me ayude y la SantÌsima Trinidad de Gaeta!

-Desde la memorable aventura de los batanes -dijo don Quijote-, nunca he
visto a Sancho con tanto temor como ahora, y si yo fuera tan agorero como
otros, su pusilanimidad me hiciera algunas cosquillas en el ·nimo. Pero
llegaos aquÌ, Sancho, que con licencia destos seÒores os quiero hablar
aparte dos palabras.

Y, apartando a Sancho entre unos ·rboles del jardÌn y asiÈndole ambas las
manos, le dijo:

-Ya vees, Sancho hermano, el largo viaje que nos espera, y que sabe Dios
cu·ndo volveremos dÈl, ni la comodidad y espacio que nos dar·n los
negocios; asÌ, querrÌa que ahora te retirases en tu aposento, como que vas
a buscar alguna cosa necesaria para el camino, y, en un daca las pajas,
te dieses, a buena cuenta de los tres mil y trecientos azotes a que est·s
obligado, siquiera quinientos, que dados te los tendr·s, que el comenzar
las cosas es tenerlas medio acabadas.

-°Par Dios -dijo Sancho-, que vuestra merced debe de ser menguado! Esto es
como aquello que dicen: "°en priesa me vees y doncellez me demandas!"
øAhora que tengo de ir sentado en una tabla rasa, quiere vuestra merced que
me lastime las posas? En verdad en verdad que no tiene vuestra merced
razÛn. Vamos ahora a rapar estas dueÒas, que a la vuelta yo le prometo a
vuestra merced, como quien soy, de darme tanta priesa a salir de mi
obligaciÛn, que vuestra merced se contente, y no le digo m·s.

Y don Quijote respondiÛ:

-Pues con esa promesa, buen Sancho, voy consolado, y creo que la cumplir·s,
porque, en efecto, aunque tonto, eres hombre verÌdico.

-No soy verde, sino moreno -dijo Sancho-, pero aunque fuera de mezcla,
cumpliera mi palabra.

Y con esto se volvieron a subir en ClavileÒo, y al subir dijo don Quijote:

-Tapaos, Sancho, y subid, Sancho, que quien de tan lueÒes tierras envÌa por
nosotros no ser· para engaÒarnos, por la poca gloria que le puede redundar
de engaÒar a quien dÈl se fÌa; y, puesto que todo sucediese al revÈs de lo
que imagino, la gloria de haber emprendido esta hazaÒa no la podr·
escurecer malicia alguna.

-Vamos, seÒor -dijo Sancho-, que las barbas y l·grimas destas seÒoras las
tengo clavadas en el corazÛn, y no comerÈ bocado que bien me sepa hasta
verlas en su primera lisura. Suba vuesa merced y t·pese primero, que si yo
tengo de ir a las ancas, claro est· que primero sube el de la silla.

-AsÌ es la verdad -replicÛ don Quijote.

Y, sacando un paÒuelo de la faldriquera, pidiÛ a la Dolorida que le
cubriese muy bien los ojos, y, habiÈndoselos cubierto, se volviÛ a
descubrir y dijo:

-Si mal no me acuerdo, yo he leÌdo en Virgilio aquello del PaladiÛn de
Troya, que fue un caballo de madera que los griegos presentaron a la diosa
Palas, el cual iba preÒado de caballeros armados, que despuÈs fueron la
total ruina de Troya; y asÌ, ser· bien ver primero lo que ClavileÒo trae en
su estÛmago.

-No hay para quÈ -dijo la Dolorida-, que yo le fÌo y sÈ que Malambruno no
tiene nada de malicioso ni de traidor; vuesa merced, seÒor don Quijote,
suba sin pavor alguno, y a mi daÒo si alguno le sucediere.

PareciÛle a don Quijote que cualquiera cosa que replicase acerca de su
seguridad serÌa poner en detrimento su valentÌa; y asÌ, sin m·s altercar,
subiÛ sobre ClavileÒo y le tentÛ la clavija, que f·cilmente se rodeaba; y,
como no tenÌa estribos y le colgaban las piernas, no parecÌa sino figura de
tapiz flamenco pintada o tejida en alg˙n romano triunfo. De mal talante y
poco a poco llegÛ a subir Sancho, y, acomod·ndose lo mejor que pudo en las
ancas, las hallÛ algo duras y no nada blandas, y pidiÛ al duque que, si
fuese posible, le acomodasen de alg˙n cojÌn o de alguna almohada, aunque
fuese del estrado de su seÒora la duquesa, o del lecho de alg˙n paje,
porque las ancas de aquel caballo m·s parecÌan de m·rmol que de leÒo.

A esto dijo la Trifaldi que ning˙n jaez ni ning˙n gÈnero de adorno sufrÌa
sobre sÌ ClavileÒo; que lo que podÌa hacer era ponerse a mujeriegas, y que
asÌ no sentirÌa tanto la dureza. HÌzolo asÌ Sancho, y, diciendo ''a Dios'',
se dejÛ vendar los ojos, y, ya despuÈs de vendados, se volviÛ a descubrir,
y, mirando a todos los del jardÌn tiernamente y con l·grimas, dijo que le
ayudasen en aquel trance con sendos paternostres y sendas avemarÌas, porque
Dios deparase quien por ellos los dijese cuando en semejantes trances se
viesen. A lo que dijo don Quijote:

-LadrÛn, øest·s puesto en la horca por ventura, o en el ˙ltimo tÈrmino de
la vida, para usar de semejantes plegarias? øNo est·s, desalmada y cobarde
criatura, en el mismo lugar que ocupÛ la linda Magalona, del cual decendiÛ,
no a la sepultura, sino a ser reina de Francia, si no mienten las
historias? Y yo, que voy a tu lado, øno puedo ponerme al del valeroso
Pierres, que oprimiÛ este mismo lugar que yo ahora oprimo? C˙brete,
c˙brete, animal descorazonado, y no te salga a la boca el temor que tienes,
a lo menos en presencia mÌa.

-T·penme -respondiÛ Sancho-; y, pues no quieren que me encomiende a Dios ni
que sea encomendado, øquÈ mucho que tema no ande por aquÌ alguna regiÛn de
diablos que den con nosotros en Peralvillo?

CubriÈronse, y, sintiendo don Quijote que estaba como habÌa de estar, tentÛ
la clavija, y, apenas hubo puesto los dedos en ella, cuando todas las
dueÒas y cuantos estaban presentes levantaron las voces, diciendo:

-°Dios te guÌe, valeroso caballero!

-°Dios sea contigo, escudero intrÈpido!

-°Ya, ya vais por esos aires, rompiÈndolos con m·s velocidad que una saeta!

-°Ya comenz·is a suspender y admirar a cuantos desde la tierra os est·n
mirando!

-°Tente, valeroso Sancho, que te bamboleas! °Mira no cayas, que ser· peor
tu caÌda que la del atrevido mozo que quiso regir el carro del Sol, su
padre!

OyÛ Sancho las voces, y, apret·ndose con su amo y ciÒiÈndole con los
brazos, le dijo:

-SeÒor, øcÛmo dicen Èstos que vamos tan altos, si alcanzan ac· sus voces, y
no parecen sino que est·n aquÌ hablando junto a nosotros?

-No repares en eso, Sancho, que, como estas cosas y estas volaterÌas van
fuera de los cursos ordinarios, de mil leguas ver·s y oir·s lo que
quisieres. Y no me aprietes tanto, que me derribas; y en verdad que no sÈ
de quÈ te turbas ni te espantas, que osarÈ jurar que en todos los dÌas de
mi vida he subido en cabalgadura de paso m·s llano: no parece sino que no
nos movemos de un lugar. Destierra, amigo, el miedo, que, en efecto, la
cosa va como ha de ir y el viento llevamos en popa.

-AsÌ es la verdad -respondiÛ Sancho-, que por este lado me da un viento tan
recio, que parece que con mil fuelles me est·n soplando.

Y asÌ era ello, que unos grandes fuelles le estaban haciendo aire: tan bien
trazada estaba la tal aventura por el duque y la duquesa y su mayordomo,
que no le faltÛ requisito que la dejase de hacer perfecta.

SintiÈndose, pues, soplar don Quijote, dijo:

-Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos de llegar a la segunda regiÛn del
aire, adonde se engendra el granizo, las nieves; los truenos, los
rel·mpagos y los rayos se engendran en la tercera regiÛn, y si es que desta
manera vamos subiendo, presto daremos en la regiÛn del fuego, y no sÈ yo
cÛmo templar esta clavija para que no subamos donde nos abrasemos.

En esto, con unas estopas ligeras de encenderse y apagarse, desde lejos,
pendientes de una caÒa, les calentaban los rostros. Sancho, que sintiÛ el
calor, dijo:

-Que me maten si no estamos ya en el lugar del fuego, o bien cerca, porque
una gran parte de mi barba se me ha chamuscado, y estoy, seÒor, por
descubrirme y ver en quÈ parte estamos.

-No hagas tal -respondiÛ don Quijote-, y acuÈrdate del verdadero cuento del
licenciado Torralba, a quien llevaron los diablos en volandas por el aire,
caballero en una caÒa, cerrados los ojos, y en doce horas llegÛ a Roma, y
se apeÛ en Torre de Nona, que es una calle de la ciudad, y vio todo el
fracaso y asalto y muerte de BorbÛn, y por la maÒana ya estaba de vuelta en
Madrid, donde dio cuenta de todo lo que habÌa visto; el cual asimismo dijo
que cuando iba por el aire le mandÛ el diablo que abriese los ojos, y los
abriÛ, y se vio tan cerca, a su parecer, del cuerpo de la luna, que la
pudiera asir con la mano, y que no osÛ mirar a la tierra por no
desvanecerse. AsÌ que, Sancho, no hay para quÈ descubrirnos; que, el que
nos lleva a cargo, Èl dar· cuenta de nosotros, y quiz· vamos tomando puntas
y subiendo en alto para dejarnos caer de una sobre el reino de Candaya,
como hace el sacre o neblÌ sobre la garza para cogerla, por m·s que se
remonte; y, aunque nos parece que no ha media hora que nos partimos del
jardÌn, creÈme que debemos de haber hecho gran camino.

-No sÈ lo que es -respondiÛ Sancho Panza-, sÛlo sÈ decir que si la seÒora
Magallanes o Magalona se contentÛ destas ancas, que no debÌa de ser muy
tierna de carnes.

Todas estas pl·ticas de los dos valientes oÌan el duque y la duquesa y los
del jardÌn, de que recibÌan estraordinario contento; y, queriendo dar
remate a la estraÒa y bien fabricada aventura, por la cola de ClavileÒo le
pegaron fuego con unas estopas, y al punto, por estar el caballo lleno de
cohetes tronadores, volÛ por los aires, con estraÒo ruido, y dio con don
Quijote y con Sancho Panza en el suelo, medio chamuscados.

En este tiempo ya se habÌan desparecido del jardÌn todo el barbado
escuadrÛn de las dueÒas y la Trifaldi y todo, y los del jardÌn quedaron
como desmayados, tendidos por el suelo. Don Quijote y Sancho se levantaron
maltrechos, y, mirando a todas partes, quedaron atÛnitos de verse en el
mesmo jardÌn de donde habÌan partido y de ver tendido por tierra tanto
n˙mero de gente; y creciÛ m·s su admiraciÛn cuando a un lado del jardÌn
vieron hincada una gran lanza en el suelo y pendiente della y de dos
cordones de seda verde un pergamino liso y blanco, en el cual, con grandes
letras de oro, estaba escrito lo siguiente:

El Ìnclito caballero don Quijote de la Mancha feneciÛ y acabÛ la aventura
de la condesa Trifaldi, por otro nombre llamada la dueÒa Dolorida, y
compaÒÌa, con sÛlo intentarla.

Malambruno se da por contento y satisfecho a toda su voluntad, y las barbas
de las dueÒas ya quedan lisas y mondas, y los reyes don Clavijo y
Antonomasia en su prÌstino estado. Y, cuando se cumpliere el escuderil
v·pulo, la blanca paloma se ver· libre de los pestÌferos girifaltes que la
persiguen, y en brazos de su querido arrullador; que asÌ est· ordenado por
el sabio MerlÌn, protoencantador de los encantadores.

Habiendo, pues, don Quijote leÌdo las letras del pergamino, claro entendiÛ
que del desencanto de Dulcinea hablaban; y, dando muchas gracias al cielo
de que con tan poco peligro hubiese acabado tan gran fecho, reduciendo a su
pasada tez los rostros de las venerables dueÒas, que ya no parecÌan, se fue
adonde el duque y la duquesa a˙n no habÌan vuelto en sÌ, y, trabando de la
mano al duque, le dijo:

-°Ea, buen seÒor, buen ·nimo; buen ·nimo, que todo es nada! La aventura es
ya acabada sin daÒo de barras, como lo muestra claro el escrito que en
aquel padrÛn est· puesto.

El duque, poco a poco, y como quien de un pesado sueÒo recuerda, fue
volviendo en sÌ, y por el mismo tenor la duquesa y todos los que por el
jardÌn estaban caÌdos, con tales muestras de maravilla y espanto, que casi
se podÌan dar a entender haberles acontecido de veras lo que tan bien
sabÌan fingir de burlas. LeyÛ el duque el cartel con los ojos medio
cerrados, y luego, con los brazos abiertos, fue a abrazar a don Quijote,
diciÈndole ser el m·s buen caballero que en ning˙n siglo se hubiese visto.

Sancho andaba mirando por la Dolorida, por ver quÈ rostro tenÌa sin las
barbas, y si era tan hermosa sin ellas como su gallarda disposiciÛn
prometÌa, pero dijÈronle que, asÌ como ClavileÒo bajÛ ardiendo por los
aires y dio en el suelo, todo el escuadrÛn de las dueÒas, con la Trifaldi,
habÌa desaparecido, y que ya iban rapadas y sin caÒones. PreguntÛ la
duquesa a Sancho que cÛmo le habÌa ido en aquel largo viaje. A lo cual
Sancho respondiÛ:

-Yo, seÒora, sentÌ que Ìbamos, seg˙n mi seÒor me dijo, volando por la
regiÛn del fuego, y quise descubrirme un poco los ojos, pero mi amo, a
quien pedÌ licencia para descubrirme, no la consintiÛ; mas yo, que tengo no
sÈ quÈ briznas de curioso y de desear saber lo que se me estorba y impide,
bonitamente y sin que nadie lo viese, por junto a las narices apartÈ tanto
cuanto el paÒizuelo que me tapaba los ojos, y por allÌ mirÈ hacia la
tierra, y pareciÛme que toda ella no era mayor que un grano de mostaza, y
los hombres que andaban sobre ella, poco mayores que avellanas; porque se
vea cu·n altos debÌamos de ir entonces.

A esto dijo la duquesa:

-Sancho amigo, mirad lo que decÌs, que, a lo que parece, vos no vistes la
tierra, sino los hombres que andaban sobre ella; y est· claro que si la
tierra os pareciÛ como un grano de mostaza, y cada hombre como una
avellana, un hombre solo habÌa de cubrir toda la tierra.

-AsÌ es verdad -respondiÛ Sancho-, pero, con todo eso, la descubrÌ por un
ladito, y la vi toda.

-Mirad, Sancho -dijo la duquesa-, que por un ladito no se vee el todo de lo
que se mira.

-Yo no sÈ esas miradas -replicÛ Sancho-: sÛlo sÈ que ser· bien que vuestra
seÒorÌa entienda que, pues vol·bamos por encantamento, por encantamento
podÌa yo ver toda la tierra y todos los hombres por doquiera que los
mirara; y si esto no se me cree, tampoco creer· vuestra merced cÛmo,
descubriÈndome por junto a las cejas, me vi tan junto al cielo que no habÌa
de mÌ a Èl palmo y medio, y por lo que puedo jurar, seÒora mÌa, que es muy
grande adem·s. Y sucediÛ que Ìbamos por parte donde est·n las siete
cabrillas; y en Dios y en mi ·nima que, como yo en mi niÒez fui en mi
tierra cabrerizo, que asÌ como las vi, °me dio una gana de entretenerme con
ellas un rato...! Y si no le cumpliera me parece que reventara. Vengo,
pues, y tomo, y øquÈ hago? Sin decir nada a nadie, ni a mi seÒor tampoco,
bonita y pasitamente me apeÈ de ClavileÒo, y me entretuve con las
cabrillas, que son como unos alhelÌes y como unas flores, casi tres cuartos

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