Full Text Archive logoFull Text Archive — Free Classic E-books

Don Quijote by Miguel de Cervantes [Saavedra] [in Spanish]

Part 13 out of 19

Adobe PDF icon
Download this document as a .pdf
File size: 2.3 MB
What's this? light bulb idea Many people prefer to read off-line or to print out text and read from the real printed page. Others want to carry documents around with them on their mobile phones and read while they are on the move. We have created .pdf files of all out documents to accommodate all these groups of people. We recommend that you download .pdfs onto your mobile phone when it is connected to a WiFi connection for reading off-line.

-Esta verdadera historia que aquÌ a vuesas mercedes se representa es sacada
al pie de la letra de las corÛnicas francesas y de los romances espaÒoles
que andan en boca de las gentes, y de los muchachos, por esas calles. Trata
de la libertad que dio el seÒor don Gaiferos a su esposa Melisendra, que
estaba cautiva en EspaÒa, en poder de moros, en la ciudad de SansueÒa, que
asÌ se llamaba entonces la que hoy se llama Zaragoza; y vean vuesas
mercedes allÌ cÛmo est· jugando a las tablas don Gaiferos, seg˙n aquello
que se canta:

Jugando est· a las tablas don Gaiferos,

que ya de Melisendra est· olvidado.

Y aquel personaje que allÌ asoma, con corona en la cabeza y ceptro en las
manos, es el emperador Carlomagno, padre putativo de la tal Melisendra, el
cual, mohÌno de ver el ocio y descuido de su yerno, le sale a reÒir; y
adviertan con la vehemencia y ahÌnco que le riÒe, que no parece sino que le
quiere dar con el ceptro media docena de coscorrones, y aun hay autores que
dicen que se los dio, y muy bien dados; y, despuÈs de haberle dicho muchas
cosas acerca del peligro que corrÌa su honra en no procurar la libertad de
su esposa, dicen que le dijo:

''Harto os he dicho: miradlo''.

Miren vuestras mercedes tambiÈn cÛmo el emperador vuelve las espaldas y
deja despechado a don Gaiferos, el cual ya ven como arroja, impaciente de
la cÛlera, lejos de sÌ el tablero y las tablas, y pide apriesa las armas, y
a don Rold·n, su primo, pide prestada su espada Durindana, y cÛmo don
Rold·n no se la quiere prestar, ofreciÈndole su compaÒÌa en la difÌcil
empresa en que se pone; pero el valeroso enojado no lo quiere aceptar;
antes, dice que Èl solo es bastante para sacar a su esposa, si bien
estuviese metida en el m·s hondo centro de la tierra; y, con esto, se entra
a armar, para ponerse luego en camino. Vuelvan vuestras mercedes los ojos a
aquella torre que allÌ parece, que se presupone que es una de las torres
del alc·zar de Zaragoza, que ahora llaman la AljaferÌa; y aquella dama que
en aquel balcÛn parece, vestida a lo moro, es la sin par Melisendra, que
desde allÌ muchas veces se ponÌa a mirar el camino de Francia, y, puesta la
imaginaciÛn en ParÌs y en su esposo, se consolaba en su cautiverio. Miren
tambiÈn un nuevo caso que ahora sucede, quiz· no visto jam·s. øNo veen
aquel moro que callandico y pasito a paso, puesto el dedo en la boca, se
llega por las espaldas de Melisendra? Pues miren cÛmo la da un beso en
mitad de los labios, y la priesa que ella se da a escupir, y a limpi·rselos
con la blanca manga de su camisa, y cÛmo se lamenta, y se arranca de pesar
sus hermosos cabellos, como si ellos tuvieran la culpa del maleficio. Miren
tambiÈn cÛmo aquel grave moro que est· en aquellos corredores es el rey
Marsilio de SansueÒa; el cual, por haber visto la insolencia del moro,
puesto que era un pariente y gran privado suyo, le mandÛ luego prender, y
que le den docientos azotes, llev·ndole por las calles acostumbradas de la
ciudad,

con chilladores delante

y envaramiento detr·s;

y veis aquÌ donde salen a ejecutar la sentencia, aun bien apenas no
habiendo sido puesta en ejecuciÛn la culpa; porque entre moros no hay
"traslado a la parte", ni "a prueba y estÈse", como entre nosotros.

-NiÒo, niÒo -dijo con voz alta a esta sazÛn don Quijote-, seguid vuestra
historia lÌnea recta, y no os met·is en las curvas o transversales; que,
para sacar una verdad en limpio, menester son muchas pruebas y repruebas.

TambiÈn dijo maese Pedro desde dentro:

-Muchacho, no te metas en dibujos, sino haz lo que ese seÒor te manda, que
ser· lo m·s acertado; sigue tu canto llano, y no te metas en contrapuntos,
que se suelen quebrar de sotiles.

-Yo lo harÈ asÌ -respondiÛ el muchacho; y prosiguiÛ, diciendo-: Esta figura
que aquÌ parece a caballo, cubierta con una capa gascona, es la mesma de
don Gaiferos, a quien su esposa, ya vengada del atrevimiento del enamorado
moro, con mejor y m·s sosegado semblante, se ha puesto a los miradores de
la torre, y habla con su esposo, creyendo que es alg˙n pasajero, con quien
pasÛ todas aquellas razones y coloquios de aquel romance que dicen:

Caballero, si a Francia ides,

por Gaiferos preguntad;

las cuales no digo yo ahora, porque de la prolijidad se suele engendrar el
fastidio; basta ver cÛmo don Gaiferos se descubre, y que por los ademanes
alegres que Melisendra hace se nos da a entender que ella le ha conocido, y
m·s ahora que veemos se descuelga del balcÛn, para ponerse en las ancas del
caballo de su buen esposo. Mas, °ay, sin ventura!, que se le ha asido una
punta del faldellÌn de uno de los hierros del balcÛn, y est· pendiente en
el aire, sin poder llegar al suelo. Pero veis cÛmo el piadoso cielo socorre
en las mayores necesidades, pues llega don Gaiferos, y, sin mirar si se
rasgar· o no el rico faldellÌn, ase della, y mal su grado la hace bajar al
suelo, y luego, de un brinco, la pone sobre las ancas de su caballo, a
horcajadas como hombre, y la manda que se tenga fuertemente y le eche los
brazos por las espaldas, de modo que los cruce en el pecho, porque no se
caiga, a causa que no estaba la seÒora Melisendra acostumbrada a semejantes
caballerÌas. Veis tambiÈn cÛmo los relinchos del caballo dan seÒales que va
contento con la valiente y hermosa carga que lleva en su seÒor y en su
seÒora. Veis cÛmo vuelven las espaldas y salen de la ciudad, y alegres y
regocijados toman de ParÌs la vÌa. °Vais en paz, oh par sin par de
verdaderos amantes! °LleguÈis a salvamento a vuestra deseada patria, sin
que la fortuna ponga estorbo en vuestro felice viaje! °Los ojos de vuestros
amigos y parientes os vean gozar en paz tranquila los dÌas, que los de
NÈstor sean, que os quedan de la vida!

AquÌ alzÛ otra vez la voz maese Pedro, y dijo:

-Llaneza, muchacho; no te encumbres, que toda afectaciÛn es mala.

No respondiÛ nada el intÈrprete; antes, prosiguiÛ, diciendo:

-No faltaron algunos ociosos ojos, que lo suelen ver todo, que no viesen la
bajada y la subida de Melisendra, de quien dieron noticia al rey Marsilio,
el cual mandÛ luego tocar al arma; y miren con quÈ priesa, que ya la ciudad
se hunde con el son de las campanas que en todas las torres de las
mezquitas suenan.

-°Eso no! -dijo a esta sazÛn don Quijote-: en esto de las campanas anda muy
impropio maese Pedro, porque entre moros no se usan campanas, sino
atabales, y un gÈnero de dulzainas que parecen nuestras chirimÌas; y esto
de sonar campanas en SansueÒa sin duda que es un gran disparate.

Lo cual oÌdo por maese Pedro, cesÛ el tocar y dijo:

-No mire vuesa merced en niÒerÌas, seÒor don Quijote, ni quiera llevar las
cosas tan por el cabo que no se le halle. øNo se representan por ahÌ, casi
de ordinario, mil comedias llenas de mil impropiedades y disparates, y, con
todo eso, corren felicÌsimamente su carrera, y se escuchan no sÛlo con
aplauso, sino con admiraciÛn y todo? Prosigue, muchacho, y deja decir; que,
como yo llene mi talego, si quiere represente m·s impropiedades que tiene
·tomos el sol.

-AsÌ es la verdad -replicÛ don Quijote.

Y el muchacho dijo:

-Miren cu·nta y cu·n lucida caballerÌa sale de la ciudad en siguimiento de
los dos catÛlicos amantes, cu·ntas trompetas que suenan, cu·ntas dulzainas
que tocan y cu·ntos atabales y atambores que retumban. TÈmome que los han
de alcanzar, y los han de volver atados a la cola de su mismo caballo, que
serÌa un horrendo espet·culo.

Viendo y oyendo, pues, tanta morisma y tanto estruendo don Quijote,
pareciÛle ser bien dar ayuda a los que huÌan; y, levant·ndose en pie, en
voz alta, dijo:

-No consentirÈ yo en mis dÌas y en mi presencia se le haga supercherÌa a
tan famoso caballero y a tan atrevido enamorado como don Gaiferos.
°Deteneos, mal nacida canalla; no le sig·is ni persig·is; si no, conmigo
sois en la batalla!

Y, diciendo y haciendo, desenvainÛ la espada, y de un brinco se puso junto
al retablo, y, con acelerada y nunca vista furia, comenzÛ a llover
cuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando a
otros, estropeando a Èste, destrozando a aquÈl, y, entre otros muchos, tirÛ
un altibajo tal, que si maese Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, le
cercenara la cabeza con m·s facilidad que si fuera hecha de masa de
mazap·n. Daba voces maese Pedro, diciendo:

-DetÈngase vuesa merced, seÒor don Quijote, y advierta que estos que
derriba, destroza y mata no son verdaderos moros, sino unas figurillas de
pasta. °Mire, pecador de mÌ, que me destruye y echa a perder toda mi
hacienda!

Mas no por esto dejaba de menudear don Quijote cuchilladas, mandobles,
tajos y reveses como llovidos. Finalmente, en menos de dos credos dio con
todo el retablo en el suelo, hechas pedazos y desmenuzadas todas sus
jarcias y figuras: el rey Marsilio, mal herido, y el emperador Carlomagno,
partida la corona y la cabeza en dos partes. AlborotÛse el senado de los
oyentes, huyÛse el mono por los tejados de la ventana, temiÛ el primo,
acobardÛse el paje, y hasta el mesmo Sancho Panza tuvo pavor grandÌsimo,
porque, como Èl jurÛ despuÈs de pasada la borrasca, jam·s habÌa visto a su
seÒor con tan desatinada cÛlera. Hecho, pues, el general destrozo del
retablo, sosegÛse un poco don Quijote y dijo:

-Quisiera yo tener aquÌ delante en este punto todos aquellos que no creen,
ni quieren creer, de cu·nto provecho sean en el mundo los caballeros
andantes: miren, si no me hallara yo aquÌ presente, quÈ fuera del buen don
Gaiferos y de la hermosa Melisendra; a buen seguro que Èsta fuera ya la
hora que los hubieran alcanzado estos canes, y les hubieran hecho alg˙n
desaguisado. En resoluciÛn, °viva la andante caballerÌa sobre cuantas cosas
hoy viven en la tierra!

-°Vivan en hora buena -dijo a esta sazÛn con voz enfermiza maese Pedro-, y
muera yo, pues soy tan desdichado que puedo decir con el rey don Rodrigo:

Ayer fui seÒor de EspaÒa...

y hoy no tengo una almena

que pueda decir que es mÌa!

No ha media hora, ni aun un mediano momento, que me vi seÒor de reyes y de
emperadores, llenas mis caballerizas y mis cofres y sacos de infinitos
caballos y de innumerables galas, y agora me veo desolado y abatido, pobre
y mendigo, y, sobre todo, sin mi mono, que a fe que primero que le vuelva a
mi poder me han de sudar los dientes; y todo por la furia mal considerada
deste seÒor caballero, de quien se dice que ampara pupilos, y endereza
tuertos, y hace otras obras caritativas; y en mÌ solo ha venido a
faltar su intenciÛn generosa, que sean benditos y alabados los cielos, all·
donde tienen m·s levantados sus asientos. En fin, el Caballero de la Triste
Figura habÌa de ser aquel que habÌa de desfigurar las mÌas.

EnterneciÛse Sancho Panza con las razones de maese Pedro, y dÌjole:

-No llores, maese Pedro, ni te lamentes, que me quiebras el corazÛn; porque
te hago saber que es mi seÒor don Quijote tan catÛlico y escrupuloso
cristiano, que si Èl cae en la cuenta de que te ha hecho alg˙n agravio, te
lo sabr· y te lo querr· pagar y satisfacer con muchas ventajas.

-Con que me pagase el seÒor don Quijote alguna parte de las hechuras que me
ha deshecho, quedarÌa contento, y su merced asegurarÌa su conciencia,
porque no se puede salvar quien tiene lo ajeno contra la voluntad de su
dueÒo y no lo restituye.

-AsÌ es -dijo don Quijote-, pero hasta ahora yo no sÈ que tenga nada
vuestro, maese Pedro.

-øCÛmo no? -respondiÛ maese Pedro-; y estas reliquias que est·n por este
duro y estÈril suelo, øquiÈn las esparciÛ y aniquilÛ, sino la fuerza
invencible dese poderoso brazo?, y øc˙yos eran sus cuerpos sino mÌos?, y
øcon quiÈn me sustentaba yo sino con ellos?

-Ahora acabo de creer -dijo a este punto don Quijote- lo que otras muchas
veces he creÌdo: que estos encantadores que me persiguen no hacen sino
ponerme las figuras como ellas son delante de los ojos, y luego me las
mudan y truecan en las que ellos quieren. Real y verdaderamente os digo,
seÒores que me oÌs, que a mÌ me pareciÛ todo lo que aquÌ ha pasado que
pasaba al pie de la letra: que Melisendra era Melisendra, don Gaiferos don
Gaiferos, Marsilio Marsilio, y Carlomagno Carlomagno: por eso se me alterÛ
la cÛlera, y, por cumplir con mi profesiÛn de caballero andante, quise dar
ayuda y favor a los que huÌan, y con este buen propÛsito hice lo que habÈis
visto; si me ha salido al revÈs, no es culpa mÌa, sino de los malos que me
persiguen; y, con todo esto, deste mi yerro, aunque no ha procedido de
malicia, quiero yo mismo condenarme en costas: vea maese Pedro lo que
quiere por las figuras deshechas, que yo me ofrezco a pag·rselo luego, en
buena y corriente moneda castellana.

InclinÛsele maese Pedro, diciÈndole:

-No esperaba yo menos de la inaudita cristiandad del valeroso don Quijote
de la Mancha, verdadero socorredor y amparo de todos los necesitados y
menesterosos vagamundos; y aquÌ el seÒor ventero y el gran Sancho ser·n
medianeros y apreciadores, entre vuesa merced y mÌ, de lo que valen o
podÌan valer las ya deshechas figuras.

El ventero y Sancho dijeron que asÌ lo harÌan, y luego maese Pedro alzÛ del
suelo, con la cabeza menos, al rey Marsilio de Zaragoza, y dijo:

-Ya se vee cu·n imposible es volver a este rey a su ser primero; y asÌ, me
parece, salvo mejor juicio, que se me dÈ por su muerte, fin y acabamiento
cuatro reales y medio.

-°Adelante! -dijo don Quijote.

-Pues por esta abertura de arriba abajo -prosiguiÛ maese Pedro, tomando en
las manos al partido emperador Carlomagno-, no serÌa mucho que pidiese yo
cinco reales y un cuartillo.

-No es poco -dijo Sancho.

-Ni mucho -replicÛ el ventero-; mÈdiese la partida y seÒ·lensele cinco
reales.

-DÈnsele todos cinco y cuartillo -dijo don Quijote-, que no est· en un
cuartillo m·s a menos la monta desta notable desgracia; y acabe presto
maese Pedro, que se hace hora de cenar, y yo tengo ciertos barruntos de
hambre.

-Por esta figura -dijo maese Pedro- que est· sin narices y un ojo menos,
que es de la hermosa Melisendra, quiero, y me pongo en lo justo, dos reales
y doce maravedÌs.

-Aun ahÌ serÌa el diablo -dijo don Quijote-, si ya no estuviese Melisendra
con su esposo, por lo menos, en la raya de Francia; porque el caballo en
que iban, a mÌ me pareciÛ que antes volaba que corrÌa; y asÌ, no hay para
quÈ venderme a mÌ el gato por liebre, present·ndome aquÌ a Melisendra
desnarigada, estando la otra, si viene a mano, ahora holg·ndose en Francia
con su esposo a pierna tendida. Ayude Dios con lo suyo a cada uno, seÒor
maese Pedro, y caminemos todos con pie llano y con intenciÛn sana. Y
prosiga.

Maese Pedro, que vio que don Quijote izquierdeaba y que volvÌa a su
primer tema, no quiso que se le escapase; y asÌ, le dijo:

-…sta no debe de ser Melisendra, sino alguna de las doncellas que la
servÌan; y asÌ, con sesenta maravedÌs que me den por ella quedarÈ contento
y bien pagado.

Desta manera fue poniendo precio a otras muchas destrozadas figuras, que
despuÈs los moderaron los dos jueces ·rbitros, con satisfaciÛn de las
partes, que llegaron a cuarenta reales y tres cuartillos; y, adem·s desto,
que luego lo desembolsÛ Sancho, pidiÛ maese Pedro dos reales por el trabajo
de tomar el mono.

-D·selos, Sancho -dijo don Quijote-, no para tomar el mono, sino la mona; y
docientos diera yo ahora en albricias a quien me dijera con certidumbre que
la seÒora doÒa Melisendra y el seÒor don Gaiferos estaban ya en Francia y
entre los suyos.

-Ninguno nos lo podr· decir mejor que mi mono -dijo maese Pedro-, pero no
habr· diablo que ahora le tome; aunque imagino que el cariÒo y la hambre le
han de forzar a que me busque esta noche, y amanecer· Dios y verÈmonos.

En resoluciÛn, la borrasca del retablo se acabÛ y todos cenaron en paz y en
buena compaÒÌa, a costa de don Quijote, que era liberal en todo estremo.

Antes que amaneciese, se fue el que llevaba las lanzas y las alabardas, y
ya despuÈs de amanecido, se vinieron a despedir de don Quijote el primo y
el paje: el uno, para volverse a su tierra; y el otro, a proseguir su
camino, para ayuda del cual le dio don Quijote una docena de reales. Maese
Pedro no quiso volver a entrar en m·s dimes ni diretes con don Quijote, a
quien Èl conocÌa muy bien, y asÌ, madrugÛ antes que el sol, y, cogiendo las
reliquias de su retablo y a su mono, se fue tambiÈn a buscar sus aventuras.
El ventero, que no conocÌa a don Quijote, tan admirado le tenÌan sus
locuras como su liberalidad. Finalmente, Sancho le pagÛ muy bien, por orden
de su seÒor, y, despidiÈndose dÈl, casi a las ocho del dÌa dejaron la venta
y se pusieron en camino, donde los dejaremos ir; que asÌ conviene para dar
lugar a contar otras cosas pertenecientes a la declaraciÛn desta famosa
historia.

CapÌtulo XXVII. Donde se da cuenta quiÈnes eran maese Pedro y su mono, con
el mal suceso que don Quijote tuvo en la aventura del rebuzno, que no la
acabÛ como Èl quisiera y como lo tenÌa pensado

Entra Cide Hamete, coronista desta grande historia, con estas palabras en
este capÌtulo: ''Juro como catÛlico cristiano...''; a lo que su traductor
dice que el jurar Cide Hamete como catÛlico cristiano, siendo Èl moro, como
sin duda lo era, no quiso decir otra cosa sino que, asÌ como el catÛlico
cristiano cuando jura, jura, o debe jurar, verdad, y decirla en lo que
dijere, asÌ Èl la decÌa, como si jurara como cristiano catÛlico, en lo que
querÌa escribir de don Quijote, especialmente en decir quiÈn era maese
Pedro, y quiÈn el mono adivino que traÌa admirados todos aquellos pueblos
con sus adivinanzas.

Dice, pues, que bien se acordar·, el que hubiere leÌdo la primera parte
desta historia, de aquel GinÈs de Pasamonte, a quien, entre otros galeotes,
dio libertad don Quijote en Sierra Morena, beneficio que despuÈs le fue mal
agradecido y peor pagado de aquella gente maligna y mal acostumbrada. Este
GinÈs de Pasamonte, a quien don Quijote llamaba Ginesillo de Parapilla, fue
el que hurtÛ a Sancho Panza el rucio; que, por no haberse puesto el cÛmo ni
el cu·ndo en la primera parte, por culpa de los impresores, ha dado en quÈ
entender a muchos, que atribuÌan a poca memoria del autor la falta de
emprenta. Pero, en resoluciÛn, GinÈs le hurtÛ, estando sobre Èl durmiendo
Sancho Panza, usando de la traza y modo que usÛ Brunelo cuando, estando
Sacripante sobre Albraca, le sacÛ el caballo de entre las piernas, y
despuÈs le cobrÛ Sancho, como se ha contado. Este GinÈs, pues, temeroso de
no ser hallado de la justicia, que le buscaba para castigarle de sus
infinitas bellaquerÌas y delitos, que fueron tantos y tales, que Èl mismo
compuso un gran volumen cont·ndolos, determinÛ pasarse al reino de AragÛn y
cubrirse el ojo izquierdo, acomod·ndose al oficio de titerero; que esto y
el jugar de manos lo sabÌa hacer por estremo.

SucediÛ, pues, que de unos cristianos ya libres que venÌan de BerberÌa
comprÛ aquel mono, a quien enseÒÛ que, en haciÈndole cierta seÒal, se le
subiese en el hombro y le murmurase, o lo pareciese, al oÌdo. Hecho esto,
antes que entrase en el lugar donde entraba con su retablo y mono, se
informaba en el lugar m·s cercano, o de quien Èl mejor podÌa, quÈ cosas
particulares hubiesen sucedido en el tal lugar, y a quÈ personas; y,
llev·ndolas bien en la memoria, lo primero que hacÌa era mostrar su
retablo, el cual unas veces era de una historia, y otras de otra; pero
todas alegres y regocijadas y conocidas. Acabada la muestra, proponÌa las
habilidades de su mono, diciendo al pueblo que adivinaba todo lo pasado y
lo presente; pero que en lo de por venir no se daba maÒa. Por la respuesta
de cada pregunta pedÌa dos reales, y de algunas hacÌa barato, seg˙n tomaba
el pulso a los preguntantes; y como tal vez llegaba a las casas de quien Èl
sabÌa los sucesos de los que en ella moraban, aunque no le preguntasen nada
por no pagarle, Èl hacÌa la seÒa al mono, y luego decÌa que le habÌa dicho
tal y tal cosa, que venÌa de molde con lo sucedido. Con esto cobraba
crÈdito inefable, y and·banse todos tras Èl. Otras veces, como era tan
discreto, respondÌa de manera que las respuestas venÌan bien con las
preguntas; y, como nadie le apuraba ni apretaba a que dijese cÛmo adevinaba
su mono, a todos hacÌa monas, y llenaba sus esqueros.

AsÌ como entrÛ en la venta, conociÛ a don Quijote y a Sancho, por cuyo
conocimiento le fue f·cil poner en admiraciÛn a don Quijote y a Sancho
Panza, y a todos los que en ella estaban; pero hubiÈrale de costar caro si
don Quijote bajara un poco m·s la mano cuando cortÛ la cabeza al rey
Marsilio y destruyÛ toda su caballerÌa, como queda dicho en el antecedente
capÌtulo.

Esto es lo que hay que decir de maese Pedro y de su mono.

Y, volviendo a don Quijote de la Mancha, digo que, despuÈs de haber salido
de la venta, determinÛ de ver primero las riberas del rÌo Ebro y todos
aquellos contornos, antes de entrar en la ciudad de Zaragoza, pues le daba
tiempo para todo el mucho que faltaba desde allÌ a las justas. Con esta
intenciÛn siguiÛ su camino, por el cual anduvo dos dÌas sin acontecerle
cosa digna de ponerse en escritura, hasta que al tercero, al subir de una
loma, oyÛ un gran rumor de atambores, de trompetas y arcabuces. Al
principio pensÛ que alg˙n tercio de soldados pasaba por aquella parte, y
por verlos picÛ a Rocinante y subiÛ la loma arriba; y cuando estuvo en la
cumbre, vio al pie della, a su parecer, m·s de docientos hombres armados de
diferentes suertes de armas, como si dijÈsemos lanzones, ballestas,
partesanas, alabardas y picas, y algunos arcabuces, y muchas rodelas. BajÛ
del recuesto y acercÛse al escuadrÛn, tanto, que distintamente vio las
banderas, juzgÛ de las colores y notÛ las empresas que en ellas traÌan,
especialmente una que en un estandarte o jirÛn de raso blanco venÌa, en el
cual estaba pintado muy al vivo un asno como un pequeÒo sardesco, la cabeza
levantada, la boca abierta y la lengua de fuera, en acto y postura como si
estuviera rebuznando; alrededor dÈl estaban escritos de letras grandes
estos dos versos:

No rebuznaron en balde

el uno y el otro alcalde.

Por esta insignia sacÛ don Quijote que aquella gente debÌa de ser del
pueblo del rebuzno, y asÌ se lo dijo a Sancho, declar·ndole lo que en el
estandarte venÌa escrito. DÌjole tambiÈn que el que les habÌa dado noticia
de aquel caso se habÌa errado en decir que dos regidores habÌan sido los
que rebuznaron; pero que, seg˙n los versos del estandarte, no habÌan sido
sino alcaldes. A lo que respondiÛ Sancho Panza:

-SeÒor, en eso no hay que reparar, que bien puede ser que los regidores que
entonces rebuznaron viniesen con el tiempo a ser alcaldes de su pueblo, y
asÌ, se pueden llamar con entrambos tÌtulos; cuanto m·s, que no hace al
caso a la verdad de la historia ser los rebuznadores alcaldes o regidores,
como ellos una por una hayan rebuznado; porque tan a pique est· de rebuznar
un alcalde como un regidor.

Finalmente, conocieron y supieron como el pueblo corrido salÌa a pelear con
otro que le corrÌa m·s de lo justo y de lo que se debÌa a la buena
vecindad.

Fuese llegando a ellos don Quijote, no con poca pesadumbre de Sancho, que
nunca fue amigo de hallarse en semejantes jornadas. Los del escuadrÛn le
recogieron en medio, creyendo que era alguno de los de su parcialidad. Don
Quijote, alzando la visera, con gentil brÌo y continente, llegÛ hasta el
estandarte del asno, y allÌ se le pusieron alrededor todos los m·s
principales del ejÈrcito, por verle, admirados con la admiraciÛn
acostumbrada en que caÌan todos aquellos que la vez primera le miraban. Don
Quijote, que los vio tan atentos a mirarle, sin que ninguno le hablase ni
le preguntase nada, quiso aprovecharse de aquel silencio, y, rompiendo el
suyo, alzÛ la voz y dijo:

-Buenos seÒores, cuan encarecidamente puedo, os suplico que no interrump·is
un razonamiento que quiero haceros, hasta que ve·is que os disgusta y
enfada; que si esto sucede, con la m·s mÌnima seÒal que me hag·is pondrÈ un
sello en mi boca y echarÈ una mordaza a mi lengua.

Todos le dijeron que dijese lo que quisiese, que de buena gana le
escucharÌan. Don Quijote, con esta licencia, prosiguiÛ diciendo:

Yo, seÒores mÌos, soy caballero andante, cuyo ejercicio es el de las armas,
y cuya profesiÛn la de favorecer a los necesitados de favor y acudir a los
menesterosos. DÌas ha que he sabido vuestra desgracia y la causa que os
mueve a tomar las armas a cada paso, para vengaros de vuestros enemigos; y,
habiendo discurrido una y muchas veces en mi entendimiento sobre vuestro
negocio, hallo, seg˙n las leyes del duelo, que est·is engaÒados en teneros
por afrentados, porque ning˙n particular puede afrentar a un pueblo entero,
si no es ret·ndole de traidor por junto, porque no sabe en particular quiÈn
cometiÛ la traiciÛn por que le reta. Ejemplo desto tenemos en don Diego
OrdÛÒez de Lara, que retÛ a todo el pueblo zamorano, porque ignoraba que
solo Vellido Dolfos habÌa cometido la traiciÛn de matar a su rey; y asÌ,
retÛ a todos, y a todos tocaba la venganza y la respuesta; aunque bien es
verdad que el seÒor don Diego anduvo algo demasiado, y aun pasÛ muy
adelante de los lÌmites del reto, porque no tenÌa para quÈ retar a los
muertos, a las aguas, ni a los panes, ni a los que estaban por nacer, ni a
las otras menudencias que allÌ se declaran; pero, °vaya!, pues cuando la
cÛlera sale de madre, no tiene la lengua padre, ayo ni freno que la
corrija. Siendo, pues, esto asÌ, que uno solo no puede afrentar a reino,
provincia, ciudad, rep˙blica ni pueblo entero, queda en limpio que no hay
para quÈ salir a la venganza del reto de la tal afrenta, pues no lo es;
porque, °bueno serÌa que se matasen a cada paso los del pueblo de la Reloja
con quien se lo llama, ni los cazoleros, berenjeneros, ballenatos,
jaboneros, ni los de otros nombres y apellidos que andan por ahÌ en boca de
los muchachos y de gente de poco m·s a menos! °Bueno serÌa, por cierto, que
todos estos insignes pueblos se corriesen y vengasen, y anduviesen contino
hechas las espadas sacabuches a cualquier pendencia, por pequeÒa que fuese!
No, no, ni Dios lo permita o quiera. Los varones prudentes, las rep˙blicas
bien concertadas, por cuatro cosas han de tomar las armas y desenvainar las
espadas, y poner a riesgo sus personas, vidas y haciendas: la primera, por
defender la fe catÛlica; la segunda, por defender su vida, que es de ley
natural y divina; la tercera, en defensa de su honra, de su familia y
hacienda; la cuarta, en servicio de su rey, en la guerra justa; y si le
quisiÈremos aÒadir la quinta, que se puede contar por segunda, es en
defensa de su patria. A estas cinco causas, como capitales, se pueden
agregar algunas otras que sean justas y razonables, y que obliguen a tomar
las armas; pero tomarlas por niÒerÌas y por cosas que antes son de risa y
pasatiempo que de afrenta, parece que quien las toma carece de todo
razonable discurso; cuanto m·s, que el tomar venganza injusta, que justa no
puede haber alguna que lo sea, va derechamente contra la santa ley que
profesamos, en la cual se nos manda que hagamos bien a nuestros enemigos y
que amemos a los que nos aborrecen; mandamiento que, aunque parece algo
dificultoso de cumplir, no lo es sino para aquellos que tienen menos de
Dios que del mundo, y m·s de carne que de espÌritu; porque Jesucristo, Dios
y hombre verdadero, que nunca mintiÛ, ni pudo ni puede mentir, siendo
legislador nuestro, dijo que su yugo era suave y su carga liviana; y asÌ,
no nos habÌa de mandar cosa que fuese imposible el cumplirla. AsÌ que, mis
seÒores, vuesas mercedes est·n obligados por leyes divinas y humanas a
sosegarse.

-El diablo me lleve -dijo a esta sazÛn Sancho entre sÌ- si este mi amo no
es tÛlogo; y si no lo es, que lo parece como un g¸evo a otro.

TomÛ un poco de aliento don Quijote, y, viendo que todavÌa le prestaban
silencio, quiso pasar adelante en su pl·tica, como pasara ni no se pusiere
en medio la agudeza de Sancho, el cual, viendo que su amo se detenÌa, tomÛ
la mano por Èl, diciendo:

-Mi seÒor don Quijote de la Mancha, que un tiempo se llamÛ el Caballero de
la Triste Figura y ahora se llama el Caballero de los Leones, es un hidalgo
muy atentado, que sabe latÌn y romance como un bachiller, y en todo cuanto
trata y aconseja procede como muy buen soldado, y tiene todas las leyes y
ordenanzas de lo que llaman el duelo en la uÒa; y asÌ, no hay m·s que hacer
sino dejarse llevar por lo que Èl dijere, y sobre mÌ si lo erraren; cuanto
m·s, que ello se est· dicho que es necedad correrse por sÛlo oÌr un
rebuzno, que yo me acuerdo, cuando muchacho, que rebuznaba cada y cuando
que se me antojaba, sin que nadie me fuese a la mano, y con tanta gracia y
propiedad que, en rebuznando yo, rebuznaban todos los asnos del pueblo, y
no por eso dejaba de ser hijo de mis padres, que eran honradÌsimos; y,
aunque por esta habilidad era invidiado de m·s de cuatro de los estirados
de mi pueblo, no se me daba dos ardites. Y, porque se vea que digo verdad,
esperen y escuchen, que esta ciencia es como la del nadar: que, una vez
aprendida, nunca se olvida.

Y luego, puesta la mano en las narices, comenzÛ a rebuznar tan reciamente,
que todos los cercanos valles retumbaron. Pero uno de los que estaban junto
a Èl, creyendo que hacÌa burla dellos, alzÛ un varapalo que en la mano
tenÌa, y diole tal golpe con Èl, que, sin ser poderoso a otra cosa, dio con
Sancho Panza en el suelo. Don Quijote, que vio tan malparado a Sancho,
arremetiÛ al que le habÌa dado, con la lanza sobre mano, pero fueron tantos
los que se pusieron en medio, que no fue posible vengarle; antes, viendo
que llovÌa sobre Èl un nublado de piedras, y que le amenazaban mil
encaradas ballestas y no menos cantidad de arcabuces, volviÛ las riendas a
Rocinante, y a todo lo que su galope pudo, se saliÛ de entre ellos,
encomend·ndose de todo corazÛn a Dios, que de aquel peligro le librase,
temiendo a cada paso no le entrase alguna bala por las espaldas y le
saliese al pecho; y a cada punto recogÌa el aliento, por ver si le faltaba.

Pero los del escuadrÛn se contentaron con verle huir, sin tirarle. A Sancho
le pusieron sobre su jumento, apenas vuelto en sÌ, y le dejaron ir tras su
amo, no porque Èl tuviese sentido para regirle; pero el rucio siguiÛ las
huellas de Rocinante, sin el cual no se hallaba un punto. Alongado, pues,
don Quijote buen trecho, volviÛ la cabeza y vio que Sancho venÌa, y
atendiÛle, viendo que ninguno le seguÌa.

Los del escuadrÛn se estuvieron allÌ hasta la noche, y, por no haber salido
a la batalla sus contrarios, se volvieron a su pueblo, regocijados y
alegres; y si ellos supieran la costumbre antigua de los griegos,
levantaran en aquel lugar y sitio un trofeo.

CapÌtulo XXVIII. De cosas que dice Benengeli que las sabr· quien le leyere,
si las lee con atenciÛn

Cuando el valiente huye, la supercherÌa est· descubierta, y es de varones
prudentes guardarse para mejor ocasiÛn. Esta verdad se verificÛ en don
Quijote, el cual, dando lugar a la furia del pueblo y a las malas
intenciones de aquel indignado escuadrÛn, puso pies en polvorosa, y, sin
acordarse de Sancho ni del peligro en que le dejaba, se apartÛ tanto cuanto
le pareciÛ que bastaba para estar seguro. SeguÌale Sancho, atravesado en su
jumento, como queda referido. LlegÛ, en fin, ya vuelto en su acuerdo, y al
llegar, se dejÛ caer del rucio a los pies de Rocinante, todo ansioso, todo
molido y todo apaleado. ApeÛse don Quijote para catarle las feridas; pero,
como le hallase sano de los pies a la cabeza, con asaz cÛlera le dijo:

-°Tan en hora mala supistes vos rebuznar, Sancho! Y ødÛnde hallastes vos
ser bueno el nombrar la soga en casa del ahorcado? A m˙sica de rebuznos,
øquÈ contrapunto se habÌa de llevar sino de varapalos? Y dad gracias a
Dios, Sancho, que ya que os santiguaron con un palo, no os hicieron el per
signum crucis con un alfanje.

-No estoy para responder -respondiÛ Sancho-, porque me parece que hablo por
las espaldas. Subamos y apartÈmonos de aquÌ, que yo pondrÈ silencio en mis
rebuznos, pero no en dejar de decir que los caballeros andantes huyen, y
dejan a sus buenos escuderos molidos como alheÒa, o como cibera, en poder
de sus enemigos.

-No huye el que se retira -respondiÛ don Quijote-, porque has de saber,
Sancho, que la valentÌa que no se funda sobre la basa de la prudencia se
llama temeridad, y las hazaÒas del temerario m·s se atribuyen a la buena
fortuna que a su ·nimo. Y asÌ, yo confieso que me he retirado, pero no
huido; y en esto he imitado a muchos valientes, que se han guardado para
tiempos mejores, y desto est·n las historias llenas, las cuales, por no
serte a ti de provecho ni a mÌ de gusto, no te las refiero ahora.

En esto, ya estaba a caballo Sancho, ayudado de don Quijote, el cual
asimismo subiÛ en Rocinante, y poco a poco se fueron a emboscar en una
alameda que hasta un cuarto de legua de allÌ se parecÌa. De cuando en
cuando daba Sancho unos ayes profundÌsimos y unos gemidos dolorosos; y,
pregunt·ndole don Quijote la causa de tan amargo sentimiento, respondiÛ
que, desde la punta del espinazo hasta la nuca del celebro, le dolÌa de
manera que le sacaba de sentido.

-La causa dese dolor debe de ser, sin duda -dijo don Quijote-, que, como
era el palo con que te dieron largo y tendido, te cogiÛ todas las espaldas,
donde entran todas esas partes que te duelen; y si m·s te cogiera, m·s te
doliera.

-°Por Dios -dijo Sancho-, que vuesa merced me ha sacado de una gran duda, y
que me la ha declarado por lindos tÈrminos! °Cuerpo de mÌ! øTan encubierta
estaba la causa de mi dolor que ha sido menester decirme que me duele todo
todo aquello que alcanzÛ el palo? Si me dolieran los tobillos, a˙n pudiera
ser que se anduviera adivinando el porquÈ me dolÌan, pero dolerme lo que me
molieron no es mucho adivinar. A la fe, seÒor nuestro amo, el mal ajeno de
pelo cuelga, y cada dÌa voy descubriendo tierra de lo poco que puedo
esperar de la compaÒÌa que con vuestra merced tengo; porque si esta vez me
ha dejado apalear, otra y otras ciento volveremos a los manteamientos de
marras y a otras muchacherÌas, que si ahora me han salido a las espaldas,
despuÈs me saldr·n a los ojos. Harto mejor harÌa yo, sino que soy un
b·rbaro, y no harÈ nada que bueno sea en toda mi vida; harto mejor harÌa
yo, vuelvo a decir, en volverme a mi casa, y a mi mujer, y a mis hijos, y
sustentarla y criarlos con lo que Dios fue servido de darme, y no andarme
tras vuesa merced por caminos sin camino y por sendas y carreras que no las
tienen, bebiendo mal y comiendo peor. Pues, °tomadme el dormir! Contad,
hermano escudero, siete pies de tierra, y si quisiÈredes m·s, tomad otros
tantos, que en vuestra mano est· escudillar, y tendeos a todo vuestro buen
talante; que quemado vea yo y hecho polvos al primero que dio puntada en la
andante caballerÌa, o, a lo menos, al primero que quiso ser escudero de
tales tontos como debieron ser todos los caballeros andantes pasados. De
los presentes no digo nada, que, por ser vuestra merced uno dellos, los
tengo respeto, y porque sÈ que sabe vuesa merced un punto m·s que el diablo
en cuanto habla y en cuanto piensa.

-HarÌa yo una buena apuesta con vos, Sancho -dijo don Quijote-: que ahora
que vais hablando sin que nadie os vaya a la mano, que no os duele nada en
todo vuestro cuerpo. Hablad, hijo mÌo, todo aquello que os viniere al
pensamiento y a la boca; que, a trueco de que a vos no os duela nada,
tendrÈ yo por gusto el enfado que me dan vuestras impertinencias. Y si
tanto dese·is volveros a vuestra casa con vuestra mujer y hijos, no permita
Dios que yo os lo impida; dineros tenÈis mÌos: mirad cu·nto ha que esta
tercera vez salimos de nuestro pueblo, y mirad lo que podÈis y debÈis ganar
cada mes, y pagaos de vuestra mano.

-Cuando yo servÌa -respondiÛ Sancho- a TomÈ Carrasco, el padre del
bachiller SansÛn Carrasco, que vuestra merced bien conoce, dos ducados
ganaba cada mes, amÈn de la comida; con vuestra merced no sÈ lo que puedo
ganar, puesto que sÈ que tiene m·s trabajo el escudero del caballero
andante que el que sirve a un labrador; que, en resoluciÛn, los que
servimos a labradores, por mucho que trabajemos de dÌa, por mal que suceda,
a la noche cenamos olla y dormimos en cama, en la cual no he dormido
despuÈs que ha que sirvo a vuestra merced. Si no ha sido el tiempo breve
que estuvimos en casa de don Diego de Miranda, y la jira que tuve con la
espuma que saquÈ de las ollas de Camacho, y lo que comÌ y bebÌ y dormÌ en
casa de Basilio, todo el otro tiempo he dormido en la dura tierra, al cielo
abierto, sujeto a lo que dicen inclemencias del cielo, sustent·ndome con
rajas de queso y mendrugos de pan, y bebiendo aguas, ya de arroyos, ya de
fuentes, de las que encontramos por esos andurriales donde andamos.

-Confieso -dijo don Quijote- que todo lo que dices, Sancho, sea verdad.
øCu·nto parece que os debo dar m·s de lo que os daba TomÈ Carrasco?

-A mi parecer -dijo Sancho-, con dos reales m·s que vuestra merced aÒadiese
cada mes me tendrÌa por bien pagado. Esto es cuanto al salario de mi
trabajo; pero, en cuanto a satisfacerme a la palabra y promesa que vuestra
merced me tiene hecha de darme el gobierno de una Ìnsula, serÌa justo que
se me aÒadiesen otros seis reales, que por todos serÌan treinta.

-Est· muy bien -replicÛ don Quijote-; y, conforme al salario que vos os
habÈis seÒalado, 23 dÌas ha que salimos de nuestro pueblo: contad, Sancho,
rata por cantidad, y mirad lo que os debo, y pagaos, como os tengo dicho,
de vuestra mano.

-°Oh, cuerpo de mÌ! -dijo Sancho-, que va vuestra merced muy errado en esta
cuenta, porque en lo de la promesa de la Ìnsula se ha de contar desde el
dÌa que vuestra merced me la prometiÛ hasta la presente hora en que
estamos.

-Pues, øquÈ tanto ha, Sancho, que os la prometÌ? -dijo don Quijote.

-Si yo mal no me acuerdo -respondiÛ Sancho-, debe de haber m·s de veinte
aÒos, tres dÌas m·s a menos.

Diose don Quijote una gran palmada en la frente, y comenzÛ a reÌr muy de
gana, y dijo:

-Pues no anduve yo en Sierra Morena, ni en todo el discurso de nuestras
salidas, sino dos meses apenas, y ødices, Sancho, que ha veinte aÒos que te
prometÌ la Ìnsula? Ahora digo que quieres que se consuman en tus salarios
el dinero que tienes mÌo; y si esto es asÌ, y t˙ gustas dello, desde aquÌ
te lo doy, y buen provecho te haga; que, a trueco de verme sin tan mal
escudero, holgarÈme de quedarme pobre y sin blanca. Pero dime, prevaricador
de las ordenanzas escuderiles de la andante caballerÌa, ødÛnde has visto
t˙, o leÌdo, que ning˙n escudero de caballero andante se haya puesto con su
seÒor en tanto m·s cu·nto me habÈis de dar cada mes porque os sirva?
…ntrate, Èntrate, malandrÌn, follÛn y vestiglo, que todo lo pareces;
Èntrate, digo, por el mare magnum de sus historias, y si hallares que alg˙n
escudero haya dicho, ni pensado, lo que aquÌ has dicho, quiero que me le
claves en la frente, y, por aÒadidura, me hagas cuatro mamonas selladas en
mi rostro. Vuelve las riendas, o el cabestro, al rucio, y vuÈlvete a tu
casa, porque un solo paso desde aquÌ no has de pasar m·s adelante conmigo.
°Oh pan mal conocido! °Oh promesas mal colocadas! °Oh hombre que tiene m·s
de bestia que de persona! øAhora, cuando yo pensaba ponerte en estado, y
tal, que a pesar de tu mujer te llamaran seÒorÌa, te despides? øAhora te
vas, cuando yo venÌa con intenciÛn firme y valedera de hacerte seÒor de la
mejor Ìnsula del mundo? En fin, como t˙ has dicho otras veces, no es la
miel... etc. Asno eres, y asno has de ser, y en asno has de parar cuando se
te acabe el curso de la vida; que para mÌ tengo que antes llegar· ella a su
˙ltimo tÈrmino que t˙ caigas y des en la cuenta de que eres bestia.

Miraba Sancho a don Quijote de en hito en hito, en tanto que los tales
vituperios le decÌa, y compungiÛse de manera que le vinieron las l·grimas a
los ojos, y con voz dolorida y enferma le dijo:

-SeÒor mÌo, yo confieso que para ser del todo asno no me falta m·s de la
cola; si vuestra merced quiere ponÈrmela, yo la darÈ por bien puesta, y le
servirÈ como jumento todos los dÌas que me quedan de mi vida. Vuestra
merced me perdone y se duela de mi mocedad, y advierta que sÈ poco, y que
si hablo mucho, m·s procede de enfermedad que de malicia; mas, quien yerra
y se enmienda, a Dios se encomienda.

-Maravill·rame yo, Sancho, si no mezclaras alg˙n refrancico en tu coloquio.
Ahora bien, yo te perdono, con que te emiendes, y con que no te muestres de
aquÌ adelante tan amigo de tu interÈs, sino que procures ensanchar el
corazÛn, y te alientes y animes a esperar el cumplimiento de mis promesas,
que, aunque se tarda, no se imposibilita.

Sancho respondiÛ que sÌ harÌa, aunque sacase fuerzas de flaqueza.

Con esto, se metieron en la alameda, y don Quijote se acomodÛ al pie de un
olmo, y Sancho al de una haya; que estos tales ·rboles y otros sus
semejantes siempre tienen pies, y no manos. Sancho pasÛ la noche
penosamente, porque el varapalo se hacÌa m·s sentir con el sereno. Don
Quijote la pasÛ en sus continuas memorias; pero, con todo eso, dieron los
ojos al sueÒo, y al salir del alba siguieron su camino buscando las riberas
del famoso Ebro, donde les sucediÛ lo que se contar· en el capÌtulo
venidero.

CapÌtulo XXIX. De la famosa aventura del barco encantado

Por sus pasos contados y por contar, dos dÌas despuÈs que salieron de la
alameda, llegaron don Quijote y Sancho al rÌo Ebro, y el verle fue de gran
gusto a don Quijote, porque contemplÛ y mirÛ en Èl la amenidad de sus
riberas, la claridad de sus aguas, el sosiego de su curso y la abundancia
de sus lÌquidos cristales, cuya alegre vista renovÛ en su memoria mil
amorosos pensamientos. Especialmente fue y vino en lo que habÌa visto en la
cueva de Montesinos; que, puesto que el mono de maese Pedro le habÌa dicho
que parte de aquellas cosas eran verdad y parte mentira, Èl se atenÌa m·s a
las verdaderas que a las mentirosas, bien al revÈs de Sancho, que todas las
tenÌa por la mesma mentira.

Yendo, pues, desta manera, se le ofreciÛ a la vista un pequeÒo barco sin
remos ni otras jarcias algunas, que estaba atado en la orilla a un tronco
de un ·rbol que en la ribera estaba. MirÛ don Quijote a todas partes, y no
vio persona alguna; y luego, sin m·s ni m·s, se apeÛ de Rocinante y mandÛ a
Sancho que lo mesmo hiciese del rucio, y que a entrambas bestias las atase
muy bien, juntas, al tronco de un ·lamo o sauce que allÌ estaba. PreguntÛle
Sancho la causa de aquel s˙bito apeamiento y de aquel ligamiento. RespondiÛ
don Quijote:

-Has de saber, Sancho, que este barco que aquÌ est·, derechamente y sin
poder ser otra cosa en contrario, me est· llamando y convidando a que entre
en Èl, y vaya en Èl a dar socorro a alg˙n caballero, o a otra necesitada y
principal persona, que debe de estar puesta en alguna grande cuita, porque
Èste es estilo de los libros de las historias caballerescas y de los
encantadores que en ellas se entremeten y platican: cuando alg˙n caballero
est· puesto en alg˙n trabajo, que no puede ser librado dÈl sino por la mano
de otro caballero, puesto que estÈn distantes el uno del otro dos o tres
mil leguas, y aun m·s, o le arrebatan en una nube o le deparan un barco
donde se entre, y en menos de un abrir y cerrar de ojos le llevan, o por
los aires, o por la mar, donde quieren y adonde es menester su ayuda; asÌ
que, °oh Sancho!, este barco est· puesto aquÌ para el mesmo efecto; y esto
es tan verdad como es ahora de dÌa; y antes que Èste se pase, ata juntos al
rucio y a Rocinante, y a la mano de Dios, que nos guÌe, que no dejarÈ de
embarcarme si me lo pidiesen frailes descalzos.

-Pues asÌ es -respondiÛ Sancho-, y vuestra merced quiere dar a cada paso en
estos que no sÈ si los llame disparates, no hay sino obedecer y bajar la
cabeza, atendiendo al refr·n "haz lo que tu amo te manda, y siÈntate con Èl
a la mesa"; pero, con todo esto, por lo que toca al descargo de mi
conciencia, quiero advertir a vuestra merced que a mÌ me parece que este
tal barco no es de los encantados, sino de algunos pescadores deste rÌo,
porque en Èl se pescan las mejores sabogas del mundo.

Esto decÌa, mientras ataba las bestias, Sancho, dej·ndolas a la proteciÛn y
amparo de los encantadores, con harto dolor de su ·nima. Don Quijote le
dijo que no tuviese pena del desamparo de aquellos animales, que el que los
llevarÌa a ellos por tan longincuos caminos y regiones tendrÌa cuenta de
sustentarlos.

-No entiendo eso de logicuos -dijo Sancho-, ni he oÌdo tal vocablo en todos
los dÌas de mi vida.

-Longincuos -respondiÛ don Quijote- quiere decir apartados; y no es
maravilla que no lo entiendas, que no est·s t˙ obligado a saber latÌn, como
algunos que presumen que lo saben, y lo ignoran.

-Ya est·n atados -replicÛ Sancho-. øQuÈ hemos de hacer ahora?

-øQuÈ? -respondiÛ don Quijote-. Santiguarnos y levar ferro; quiero decir,
embarcarnos y cortar la amarra con que este barco est· atado.

Y, dando un salto en Èl, siguiÈndole Sancho, cortÛ el cordel, y el barco se
fue apartando poco a poco de la ribera; y cuando Sancho se vio obra de dos
varas dentro del rÌo, comenzÛ a temblar, temiendo su perdiciÛn; pero
ninguna cosa le dio m·s pena que el oÌr roznar al rucio y el ver que
Rocinante pugnaba por desatarse, y dÌjole a su seÒor:

-El rucio rebuzna, condolido de nuestra ausencia, y Rocinante procura
ponerse en libertad para arrojarse tras nosotros. °Oh carÌsimos amigos,
quedaos en paz, y la locura que nos aparta de vosotros, convertida en
desengaÒo, nos vuelva a vuestra presencia!

Y, en esto, comenzÛ a llorar tan amargamente que don Quijote, mohÌno y
colÈrico, le dijo:

-øDe quÈ temes, cobarde criatura? øDe quÈ lloras, corazÛn de mantequillas?
øQuiÈn te persigue, o quiÈn te acosa, ·nimo de ratÛn casero, o quÈ te
falta, menesteroso en la mitad de las entraÒas de la abundancia? øPor dicha
vas caminando a pie y descalzo por las montaÒas rifeas, sino sentado en una
tabla, como un archiduque, por el sesgo curso deste agradable rÌo, de donde
en breve espacio saldremos al mar dilatado? Pero ya habemos de haber
salido, y caminado, por lo menos, setecientas o ochocientas leguas; y si yo
tuviera aquÌ un astrolabio con que tomar la altura del polo, yo te dijera
las que hemos caminado; aunque, o yo sÈ poco, o ya hemos pasado, o
pasaremos presto, por la lÌnea equinocial, que divide y corta los dos
contrapuestos polos en igual distancia.

-Y cuando lleguemos a esa leÒa que vuestra merced dice -preguntÛ Sancho-,
øcu·nto habremos caminado?

-Mucho -replicÛ don Quijote-, porque de trecientos y sesenta grados que
contiene el globo, del agua y de la tierra, seg˙n el cÛmputo de Ptolomeo,
que fue el mayor cosmÛgrafo que se sabe, la mitad habremos caminado,
llegando a la lÌnea que he dicho.

-Por Dios -dijo Sancho-, que vuesa merced me trae por testigo de lo que
dice a una gentil persona, puto y gafo, con la aÒadidura de meÛn, o meo, o
no sÈ cÛmo.

RiÛse don Quijote de la interpretaciÛn que Sancho habÌa dado al nombre y al
cÛmputo y cuenta del cosmÛgrafo Ptolomeo, y dÌjole:

-Sabr·s, Sancho, que los espaÒoles y los que se embarcan en C·diz para ir a
las Indias Orientales, una de las seÒales que tienen para entender que han
pasado la lÌnea equinocial que te he dicho es que a todos los que van en el
navÌo se les mueren los piojos, sin que les quede ninguno, ni en todo el
bajel le hallar·n, si le pesan a oro; y asÌ, puedes, Sancho, pasear una
mano por un muslo, y si topares cosa viva, saldremos desta duda; y si no,
pasado habemos.

-Yo no creo nada deso -respondiÛ Sancho-, pero, con todo, harÈ lo que vuesa
merced me manda, aunque no sÈ para quÈ hay necesidad de hacer esas
experiencias, pues yo veo con mis mismos ojos que no nos habemos apartado
de la ribera cinco varas, ni hemos decantado de donde est·n las alemaÒas
dos varas, porque allÌ est·n Rocinante y el rucio en el propio lugar do los
dejamos; y tomada la mira, como yo la tomo ahora, voto a tal que no nos
movemos ni andamos al paso de una hormiga.

-Haz, Sancho, la averiguaciÛn que te he dicho, y no te cures de otra, que
t˙ no sabes quÈ cosa sean coluros, lÌneas, paralelos, zodÌacos, clÌticas,
polos, solsticios, equinocios, planetas, signos, puntos, medidas, de que se
compone la esfera celeste y terrestre; que si todas estas cosas supieras, o
parte dellas, vieras claramente quÈ de paralelos hemos cortado, quÈ de
signos visto y quÈ de im·gines hemos dejado atr·s y vamos dejando ahora. Y
tÛrnote a decir que te tientes y pesques, que yo para mÌ tengo que est·s
m·s limpio que un pliego de papel liso y blanco.

TentÛse Sancho, y, llegando con la mano bonitamente y con tiento hacia la
corva izquierda, alzÛ la cabeza y mirÛ a su amo, y dijo:

-O la experiencia es falsa, o no hemos llegado adonde vuesa merced dice, ni
con muchas leguas.

-Pues øquÈ? -preguntÛ don Quijote-, øhas topado algo?

-°Y aun algos! -respondiÛ Sancho.

Y, sacudiÈndose los dedos, se lavÛ toda la mano en el rÌo, por el cual
sosegadamente se deslizaba el barco por mitad de la corriente, sin que le
moviese alguna inteligencia secreta, ni alg˙n encantador escondido, sino el
mismo curso del agua, blando entonces y suave.

En esto, descubrieron unas grandes aceÒas que en la mitad del rÌo estaban;
y apenas las hubo visto don Quijote, cuando con voz alta dijo a Sancho:

-øVees? AllÌ, °oh amigo!, se descubre la ciudad, castillo o fortaleza donde
debe de estar alg˙n caballero oprimido, o alguna reina, infanta o princesa
malparada, para cuyo socorro soy aquÌ traÌdo.

-øQuÈ diablos de ciudad, fortaleza o castillo dice vuesa merced, seÒor?
-dijo Sancho-. øNo echa de ver que aquÈllas son aceÒas que est·n en el rÌo,
donde se muele el trigo?

-Calla, Sancho -dijo don Quijote-; que, aunque parecen aceÒas, no lo son; y
ya te he dicho que todas las cosas trastruecan y mudan de su ser natural
los encantos. No quiero decir que las mudan de en uno en otro ser
realmente, sino que lo parece, como lo mostrÛ la experiencia en la
transformaciÛn de Dulcinea, ˙nico refugio de mis esperanzas.

En esto, el barco, entrado en la mitad de la corriente del rÌo, comenzÛ a
caminar no tan lentamente como hasta allÌ. Los molineros de las aceÒas, que
vieron venir aquel barco por el rÌo, y que se iba a embocar por el raudal
de las ruedas, salieron con presteza muchos dellos con varas largas a
detenerle, y, como salÌan enharinados, y cubiertos los rostros y los
vestidos del polvo de la harina, representaban una mala vista. Daban voces
grandes, diciendo:

-°Demonios de hombres! øDÛnde vais? øVenÌs desesperados? øQuÈ querÈis,
ahogaros y haceros pedazos en estas ruedas?

-øNo te dije yo, Sancho -dijo a esta sazÛn don Quijote-, que habÌamos
llegado donde he de mostrar a dÛ llega el valor de mi brazo? Mira quÈ de
malandrines y follones me salen al encuentro, mira cu·ntos vestiglos se me
oponen, mira cu·ntas feas cataduras nos hacen cocos... Pues °ahora lo
verÈis, bellacos!

Y, puesto en pie en el barco, con grandes voces comenzÛ a amenazar a los
molineros, diciÈndoles:

-Canalla malvada y peor aconsejada, dejad en su libertad y libre albedrÌo a
la persona que en esa vuestra fortaleza o prisiÛn tenÈis oprimida, alta o
baja, de cualquiera suerte o calidad que sea, que yo soy don Quijote de la
Mancha, llamado el Caballero de los Leones por otro nombre, a quien est·
reservada por orden de los altos cielos el dar fin felice a esta aventura.

Y, diciendo esto, echÛ mano a su espada y comenzÛ a esgrimirla en el aire
contra los molineros; los cuales, oyendo y no entendiendo aquellas
sandeces, se pusieron con sus varas a detener el barco, que ya iba entrando
en el raudal y canal de las ruedas.

P˙sose Sancho de rodillas, pidiendo devotamente al cielo le librase de tan
manifiesto peligro, como lo hizo, por la industria y presteza de los
molineros, que, oponiÈndose con sus palos al barco, le detuvieron, pero no
de manera que dejasen de trastornar el barco y dar con don Quijote y con
Sancho al travÈs en el agua; pero vÌnole bien a don Quijote, que sabÌa
nadar como un ganso, aunque el peso de las armas le llevÛ al fondo dos
veces; y si no fuera por los molineros, que se arrojaron al agua y los
sacaron como en peso a entrambos, allÌ habÌa sido Troya para los dos.

Puestos, pues, en tierra, m·s mojados que muertos de sed, Sancho, puesto de
rodillas, las manos juntas y los ojos clavados al cielo, pidiÛ a Dios con
una larga y devota plegaria le librase de allÌ adelante de los atrevidos
deseos y acometimientos de su seÒor.

Llegaron en esto los pescadores dueÒos del barco, a quien habÌan hecho
pedazos las ruedas de las aceÒas; y, viÈndole roto, acometieron a desnudar
a Sancho, y a pedir a don Quijote se lo pagase; el cual, con gran sosiego,
como si no hubiera pasado nada por Èl, dijo a los molineros y pescadores
que Èl pagarÌa el barco de bonÌsima gana, con condiciÛn que le diesen libre
y sin cautela a la persona o personas que en aquel su castillo estaban
oprimidas.

-øQuÈ personas o quÈ castillo dice -respondiÛ uno de los molineros-, hombre
sin juicio? øQuiÈreste llevar por ventura las que vienen a moler trigo a
estas aceÒas?

-°Basta! -dijo entre sÌ don Quijote-. AquÌ ser· predicar en desierto
querer reducir a esta canalla a que por ruegos haga virtud alguna. Y en
esta aventura se deben de haber encontrado dos valientes encantadores, y el
uno estorba lo que el otro intenta: el uno me deparÛ el barco, y el otro
dio conmigo al travÈs. Dios lo remedie, que todo este mundo es m·quinas y
trazas, contrarias unas de otras. Yo no puedo m·s.

Y, alzando la voz, prosiguiÛ diciendo, y mirando a las aceÒas:

-Amigos, cualesquiera que se·is, que en esa prisiÛn qued·is encerrados,
perdonadme; que, por mi desgracia y por la vuestra, yo no os puedo sacar de
vuestra cuita. Para otro caballero debe de estar guardada y reservada esta
aventura.

En diciendo esto, se concertÛ con los pescadores, y pagÛ por el barco
cincuenta reales, que los dio Sancho de muy mala gana, diciendo:

-A dos barcadas como Èstas, daremos con todo el caudal al fondo.

Los pescadores y molineros estaban admirados, mirando aquellas dos figuras
tan fuera del uso, al parecer, de los otros hombres, y no acababan de
entender a dÛ se encaminaban las razones y preguntas que don Quijote les
decÌa; y, teniÈndolos por locos, les dejaron y se recogieron a sus aceÒas,
y los pescadores a sus ranchos. Volvieron a sus bestias, y a ser bestias,
don Quijote y Sancho, y este fin tuvo la aventura del encantado barco.

CapÌtulo XXX. De lo que le avino a don Quijote con una bella cazadora

Asaz melancÛlicos y de mal talante llegaron a sus animales caballero y
escudero, especialmente Sancho, a quien llegaba al alma llegar al caudal
del dinero, pareciÈndole que todo lo que dÈl se quitaba era quit·rselo a
Èl de las niÒas de sus ojos. Finalmente, sin hablarse palabra, se pusieron
a caballo y se apartaron del famoso rÌo, don Quijote sepultado en los
pensamientos de sus amores, y Sancho en los de su acrecentamiento, que por
entonces le parecÌa que estaba bien lejos de tenerle; porque, maguer era
tonto, bien se le alcanzaba que las acciones de su amo, todas o las m·s,
eran disparates, y buscaba ocasiÛn de que, sin entrar en cuentas ni en
despedimientos con su seÒor, un dÌa se desgarrase y se fuese a su casa.
Pero la fortuna ordenÛ las cosas muy al revÈs de lo que Èl temÌa.

SucediÛ, pues, que otro dÌa, al poner del sol y al salir de una selva,
tendiÛ don Quijote la vista por un verde prado, y en lo ˙ltimo dÈl vio
gente, y, lleg·ndose cerca, conociÛ que eran cazadores de altanerÌa.
LlegÛse m·s, y entre ellos vio una gallarda seÒora sobre un palafrÈn o
hacanea blanquÌsima, adornada de guarniciones verdes y con un sillÛn de
plata. VenÌa la seÒora asimismo vestida de verde, tan bizarra y ricamente
que la misma bizarrÌa venÌa transformada en ella. En la mano izquierda
traÌa un azor, seÒal que dio a entender a don Quijote ser aquÈlla alguna
gran seÒora, que debÌa serlo de todos aquellos cazadores, como era la
verdad; y asÌ, dijo a Sancho:

-Corre, hijo Sancho, y di a aquella seÒora del palafrÈn y del azor que yo,
el Caballero de los Leones, besa las manos a su gran fermosura, y que si su
grandeza me da licencia, se las irÈ a besar, y a servirla en cuanto mis
fuerzas pudieren y su alteza me mandare. Y mira, Sancho, cÛmo hablas, y ten
cuenta de no encajar alg˙n refr·n de los tuyos en tu embajada.

-°Hallado os le habÈis el encajador! -respondiÛ Sancho-. °A mÌ con eso!
°SÌ, que no es Èsta la vez primera que he llevado embajadas a altas y
crecidas seÒoras en esta vida!

-Si no fue la que llevaste a la seÒora Dulcinea -replicÛ don Quijote-, yo
no sÈ que hayas llevado otra, a lo menos en mi poder.

-AsÌ es verdad -respondiÛ Sancho-, pero al buen pagador no le duelen
prendas, y en casa llena presto se guisa la cena; quiero decir que a mÌ no
hay que decirme ni advertirme de nada, que para todo tengo y de todo se me
alcanza un poco.

-Yo lo creo, Sancho -dijo don Quijote-; ve en buena hora, y Dios te guÌe.

PartiÛ Sancho de carrera, sacando de su paso al rucio, y llegÛ donde la
bella cazadora estaba, y, ape·ndose, puesto ante ella de hinojos, le dijo:

-Hermosa seÒora, aquel caballero que allÌ se parece, llamado el Caballero
de los Leones, es mi amo, y yo soy un escudero suyo, a quien llaman en su
casa Sancho Panza. Este tal Caballero de los Leones, que no ha mucho que se
llamaba el de la Triste Figura, envÌa por mÌ a decir a vuestra grandeza sea
servida de darle licencia para que, con su propÛsito y benepl·cito y
consentimiento, Èl venga a poner en obra su deseo, que no es otro, seg˙n Èl
dice y yo pienso, que de servir a vuestra encumbrada altanerÌa y fermosura;
que en d·rsela vuestra seÒorÌa har· cosa que redunde en su pro, y Èl
recibir· seÒaladÌsima merced y contento.

-Por cierto, buen escudero -respondiÛ la seÒora-, vos habÈis dado la
embajada vuestra con todas aquellas circunstancias que las tales embajadas
piden. Levantaos del suelo, que escudero de tan gran caballero como es el
de la Triste Figura, de quien ya tenemos ac· mucha noticia, no es justo que
estÈ de hinojos; levantaos, amigo, y decid a vuestro seÒor que venga mucho
en hora buena a servirse de mÌ y del duque mi marido, en una casa de placer
que aquÌ tenemos.

LevantÛse Sancho admirado, asÌ de la hermosura de la buena seÒora como de
su mucha crianza y cortesÌa, y m·s de lo que le habÌa dicho que tenÌa
noticia de su seÒor el Caballero de la Triste Figura, y que si no le
habÌa llamado el de los Leones, debÌa de ser por habÈrsele puesto tan
nuevamente. PreguntÛle la duquesa, cuyo tÌtulo a˙n no se sabe:

-Decidme, hermano escudero: este vuestro seÒor, øno es uno de quien anda
impresa una historia que se llama del ingenioso hidalgo don Quijote de la
Mancha, que tiene por seÒora de su alma a una tal Dulcinea del Toboso?

-El mesmo es, seÒora -respondiÛ Sancho-; y aquel escudero suyo que anda, o
debe de andar, en la tal historia, a quien llaman Sancho Panza, soy yo, si
no es que me trocaron en la cuna; quiero decir, que me trocaron en la
estampa.

-De todo eso me huelgo yo mucho -dijo la duquesa-. Id, hermano Panza, y
decid a vuestro seÒor que Èl sea el bien llegado y el bien venido a mis
estados, y que ninguna cosa me pudiera venir que m·s contento me diera.

Sancho, con esta tan agradable respuesta, con grandÌsimo gusto volviÛ a su
amo, a quien contÛ todo lo que la gran seÒora le habÌa dicho, levantando
con sus r˙sticos tÈrminos a los cielos su mucha fermosura, su gran donaire
y cortesÌa. Don Quijote se gallardeÛ en la silla, p˙sose bien en los
estribos, acomodÛse la visera, arremetiÛ a Rocinante, y con gentil denuedo
fue a besar las manos a la duquesa; la cual, haciendo llamar al duque, su
marido, le contÛ, en tanto que don Quijote llegaba, toda la embajada suya;
y los dos, por haber leÌdo la primera parte desta historia y haber
entendido por ella el disparatado humor de don Quijote, con grandÌsimo
gusto y con deseo de conocerle le atendÌan, con prosupuesto de seguirle el
humor y conceder con Èl en cuanto les dijese, trat·ndole como a caballero
andante los dÌas que con ellos se detuviese, con todas las ceremonias
acostumbradas en los libros de caballerÌas, que ellos habÌan leÌdo, y aun
les eran muy aficionados.

En esto, llegÛ don Quijote, alzada la visera; y, dando muestras de apearse,
acudiÛ Sancho a tenerle el estribo; pero fue tan desgraciado que, al
apearse del rucio, se le asiÛ un pie en una soga del albarda, de tal modo
que no fue posible desenredarle, antes quedÛ colgado dÈl, con la boca y los
pechos en el suelo. Don Quijote, que no tenÌa en costumbre apearse sin que
le tuviesen el estribo, pensando que ya Sancho habÌa llegado a tenÈrsele,
descargÛ de golpe el cuerpo, y llevÛse tras sÌ la silla de Rocinante, que
debÌa de estar mal cinchado, y la silla y Èl vinieron al suelo, no sin
verg¸enza suya y de muchas maldiciones que entre dientes echÛ al desdichado
de Sancho, que a˙n todavÌa tenÌa el pie en la corma.

El duque mandÛ a sus cazadores que acudiesen al caballero y al escudero,
los cuales levantaron a don Quijote maltrecho de la caÌda, y, renqueando y
como pudo, fue a hincar las rodillas ante los dos seÒores; pero el duque no
lo consintiÛ en ninguna manera, antes, ape·ndose de su caballo, fue a
abrazar a don Quijote, diciÈndole:

-A mÌ me pesa, seÒor Caballero de la Triste Figura, que la primera que
vuesa merced ha hecho en mi tierra haya sido tan mala como se ha visto;
pero descuidos de escuderos suelen ser causa de otros peores sucesos.

-El que yo he tenido en veros, valeroso prÌncipe -respondiÛ don Quijote-,
es imposible ser malo, aunque mi caÌda no parara hasta el profundo de los
abismos, pues de allÌ me levantara y me sacara la gloria de haberos visto.
Mi escudero, que Dios maldiga, mejor desata la lengua para decir malicias
que ata y cincha una silla para que estÈ firme; pero, comoquiera que yo me
halle, caÌdo o levantado, a pie o a caballo, siempre estarÈ al servicio
vuestro y al de mi seÒora la duquesa, digna consorte vuestra, y digna
seÒora de la hermosura y universal princesa de la cortesÌa.

-°Pasito, mi seÒor don Quijote de la Mancha! -dijo el duque-, que adonde
est· mi seÒora doÒa Dulcinea del Toboso no es razÛn que se alaben otras
fermosuras.

Ya estaba a esta sazÛn libre Sancho Panza del lazo, y, hall·ndose allÌ
cerca, antes que su amo respondiese, dijo:

-No se puede negar, sino afirmar, que es muy hermosa mi seÒora Dulcinea del
Toboso, pero donde menos se piensa se levanta la liebre; que yo he oÌdo
decir que esto que llaman naturaleza es como un alcaller que hace vasos de
barro, y el que hace un vaso hermoso tambiÈn puede hacer dos, y tres y
ciento; dÌgolo porque mi seÒora la duquesa a fee que no va en zaga a mi ama
la seÒora Dulcinea del Toboso.

VolviÛse don Quijote a la duquesa y dijo:

-Vuestra grandeza imagine que no tuvo caballero andante en el mundo
escudero m·s hablador ni m·s gracioso del que yo tengo, y Èl me sacar·
verdadero si algunos dÌas quisiere vuestra gran celsitud servirse de mÌ.

A lo que respondiÛ la duquesa:

-De que Sancho el bueno sea gracioso lo estimo yo en mucho, porque es seÒal
que es discreto; que las gracias y los donaires, seÒor don Quijote, como
vuesa merced bien sabe, no asientan sobre ingenios torpes; y, pues el buen
Sancho es gracioso y donairoso, desde aquÌ le confirmo por discreto.

-Y hablador -aÒadiÛ don Quijote.

-Tanto que mejor -dijo el duque-, porque muchas gracias no se pueden decir
con pocas palabras. Y, porque no se nos vaya el tiempo en ellas, venga el
gran Caballero de la Triste Figura...

-De los Leones ha de decir vuestra alteza -dijo Sancho-, que ya no hay
Triste Figura, ni figuro.

-Sea el de los Leones -prosiguiÛ el duque-. Digo que venga el seÒor
Caballero de los Leones a un castillo mÌo que est· aquÌ cerca, donde se le
har· el acogimiento que a tan alta persona se debe justamente, y el que yo
y la duquesa solemos hacer a todos los caballeros andantes que a Èl llegan.

Ya en esto, Sancho habÌa aderezado y cinchado bien la silla a Rocinante; y,
subiendo en Èl don Quijote, y el duque en un hermoso caballo, pusieron a la
duquesa en medio y encaminaron al castillo. MandÛ la duquesa a Sancho que
fuese junto a ella, porque gustaba infinito de oÌr sus discreciones. No se
hizo de rogar Sancho, y entretejiÛse entre los tres, y hizo cuarto en la
conversaciÛn, con gran gusto de la duquesa y del duque, que tuvieron a gran
ventura acoger en su castillo tal caballero andante y tal escudero andado.

CapÌtulo XXXI. Que trata de muchas y grandes cosas

Suma era la alegrÌa que llevaba consigo Sancho, viÈndose, a su parecer, en
privanza con la duquesa, porque se le figuraba que habÌa de hallar en su
castillo lo que en la casa de don Diego y en la de Basilio, siempre
aficionado a la buena vida; y asÌ, tomaba la ocasiÛn por la melena en esto
del regalarse cada y cuando que se le ofrecÌa.

Cuenta, pues, la historia, que antes que a la casa de placer o castillo
llegasen, se adelantÛ el duque y dio orden a todos sus criados del modo que
habÌan de tratar a don Quijote; el cual, como llegÛ con la duquesa a las
puertas del castillo, al instante salieron dÈl dos lacayos o palafreneros,
vestidos hasta en pies de unas ropas que llaman de levantar, de finÌsimo
raso carmesÌ, y, cogiendo a don Quijote en brazos, sin ser oÌdo ni visto,
le dijeron:

-Vaya la vuestra grandeza a apear a mi seÒora la duquesa.

Don Quijote lo hizo, y hubo grandes comedimientos entre los dos sobre el
caso; pero, en efecto, venciÛ la porfÌa de la duquesa, y no quiso decender
o bajar del palafrÈn sino en los brazos del duque, diciendo que no se
hallaba digna de dar a tan gran caballero tan in˙til carga. En fin, saliÛ
el duque a apearla; y al entrar en un gran patio, llegaron dos hermosas
doncellas y echaron sobre los hombros a don Quijote un gran manto de
finÌsima escarlata, y en un instante se coronaron todos los corredores del
patio de criados y criadas de aquellos seÒores, diciendo a grandes voces:

-°Bien sea venido la flor y la nata de los caballeros andantes!

Y todos, o los m·s, derramaban pomos de aguas olorosas sobre don Quijote y
sobre los duques, de todo lo cual se admiraba don Quijote; y aquÈl fue el
primer dÌa que de todo en todo conociÛ y creyÛ ser caballero andante
verdadero, y no fant·stico, viÈndose tratar del mesmo modo que Èl habÌa
leÌdo se trataban los tales caballeros en los pasados siglos.

Sancho, desamparando al rucio, se cosiÛ con la duquesa y se entrÛ en el
castillo; y, remordiÈndole la conciencia de que dejaba al jumento solo, se
llegÛ a una reverenda dueÒa, que con otras a recebir a la duquesa habÌa
salido, y con voz baja le dijo:

-SeÒora Gonz·lez, o como es su gracia de vuesa merced...

-DoÒa RodrÌguez de Grijalba me llamo -respondiÛ la dueÒa-. øQuÈ es lo que
mand·is, hermano?

A lo que respondiÛ Sancho:

-QuerrÌa que vuesa merced me la hiciese de salir a la puerta del castillo,
donde hallar· un asno rucio mÌo; vuesa merced sea servida de mandarle
poner, o ponerle, en la caballeriza, porque el pobrecito es un poco
medroso, y no se hallar· a estar solo en ninguna de las maneras.

-Si tan discreto es el amo como el mozo -respondiÛ la dueÒa-, °medradas
estamos! Andad, hermano, mucho de enhoramala para vos y para quien ac· os
trujo, y tened cuenta con vuestro jumento, que las dueÒas desta casa no
estamos acostumbradas a semejantes haciendas.

-Pues en verdad -respondiÛ Sancho- que he oÌdo yo decir a mi seÒor, que es
zahorÌ de las historias, contando aquella de Lanzarote,

cuando de BretaÒa vino,

que damas curaban dÈl,

y dueÒas del su rocino;

y que en el particular de mi asno, que no le trocara yo con el rocÌn del
seÒor Lanzarote.

-Hermano, si sois juglar -replicÛ la dueÒa-, guardad vuestras gracias para
donde lo parezcan y se os paguen, que de mi no podrÈis llevar sino una
higa.

-°Aun bien -respondiÛ Sancho- que ser· bien madura, pues no perder· vuesa
merced la quÌnola de sus aÒos por punto menos!

-Hijo de puta -dijo la dueÒa, toda ya encendida en cÛlera-, si soy vieja o
no, a Dios darÈ la cuenta, que no a vos, bellaco, harto de ajos.

Y esto dijo en voz tan alta, que lo oyÛ la duquesa; y, volviendo y viendo a
la dueÒa tan alborotada y tan encarnizados los ojos, le preguntÛ con quiÈn
las habÌa.

-AquÌ las he -respondiÛ la dueÒa- con este buen hombre, que me ha pedido
encarecidamente que vaya a poner en la caballeriza a un asno suyo que est·
a la puerta del castillo, trayÈndome por ejemplo que asÌ lo hicieron no sÈ
dÛnde, que unas damas curaron a un tal Lanzarote, y unas dueÒas a su
rocino, y, sobre todo, por buen tÈrmino me ha llamado vieja.

-Eso tuviera yo por afrenta -respondiÛ la duquesa-, m·s que cuantas
pudieran decirme.

Y, hablando con Sancho, le dijo:

-Advertid, Sancho amigo, que doÒa RodrÌguez es muy moza, y que aquellas
tocas m·s las trae por autoridad y por la usanza que por los aÒos.

-Malos sean los que me quedan por vivir -respondiÛ Sancho-, si lo dije por
tanto; sÛlo lo dije porque es tan grande el cariÒo que tengo a mi jumento,
que me pareciÛ que no podÌa encomendarle a persona m·s caritativa que a la
seÒora doÒa RodrÌguez.

Don Quijote, que todo lo oÌa, le dijo:

-øPl·ticas son Èstas, Sancho, para este lugar?

-SeÒor -respondiÛ Sancho-, cada uno ha de hablar de su menester dondequiera
que estuviere; aquÌ se me acordÛ del rucio, y aquÌ hablÈ dÈl; y si en la
caballeriza se me acordara, allÌ hablara.

A lo que dijo el duque:

-Sancho est· muy en lo cierto, y no hay que culparle en nada; al rucio se
le dar· recado a pedir de boca, y descuide Sancho, que se le tratar· como a
su mesma persona.

Con estos razonamientos, gustosos a todos sino a don Quijote, llegaron a lo
alto y entraron a don Quijote en una sala adornada de telas riquÌsimas de
oro y de brocado; seis doncellas le desarmaron y sirvieron de pajes, todas
industriadas y advertidas del duque y de la duquesa de lo que habÌan de
hacer, y de cÛmo habÌan de tratar a don Quijote, para que imaginase y viese
que le trataban como caballero andante. QuedÛ don Quijote, despuÈs de
desarmado, en sus estrechos greguescos y en su jubÛn de camuza, seco, alto,
tendido, con las quijadas, que por de dentro se besaba la una con la otra;
figura que, a no tener cuenta las doncellas que le servÌan con disimular la
risa -que fue una de las precisas Ûrdenes que sus seÒores les habÌan dado-,
reventaran riendo.

PidiÈronle que se dejase desnudar para una camisa, pero nunca lo consintiÛ,
diciendo que la honestidad parecÌa tan bien en los caballeros andantes como
la valentÌa. Con todo, dijo que diesen la camisa a Sancho, y, encerr·ndose
con Èl en una cuadra donde estaba un rico lecho, se desnudÛ y vistiÛ la
camisa; y, viÈndose solo con Sancho, le dijo:

-Dime, truh·n moderno y majadero antiguo: øparÈcete bien deshonrar y
afrentar a una dueÒa tan veneranda y tan digna de respeto como aquÈlla?
øTiempos eran aquÈllos para acordarte del rucio, o seÒores son Èstos para
dejar mal pasar a las bestias, tratando tan elegantemente a sus dueÒos? Por
quien Dios es, Sancho, que te reportes, y que no descubras la hilaza de
manera que caigan en la cuenta de que eres de villana y grosera tela
tejido. Mira, pecador de ti, que en tanto m·s es tenido el seÒor cuanto
tiene m·s honrados y bien nacidos criados, y que una de las ventajas
mayores que llevan los prÌncipes a los dem·s hombres es que se sirven de
criados tan buenos como ellos. øNo adviertes, angustiado de ti, y
malaventurado de mÌ, que si veen que t˙ eres un grosero villano, o un
mentecato gracioso, pensar·n que yo soy alg˙n echacuervos, o alg˙n
caballero de mohatra? No, no, Sancho amigo, huye, huye destos
inconvinientes, que quien tropieza en hablador y en gracioso, al primer
puntapiÈ cae y da en truh·n desgraciado. Enfrena la lengua, considera y
rumia las palabras antes que te salgan de la boca, y advierte que hemos
llegado a parte donde, con el favor de Dios y valor de mi brazo, hemos de
salir mejorados en tercio y quinto en fama y en hacienda.

Sancho le prometiÛ con muchas veras de coserse la boca, o morderse la
lengua, antes de hablar palabra que no fuese muy a propÛsito y bien
considerada, como Èl se lo mandaba, y que descuidase acerca de lo tal, que
nunca por Èl se descubrirÌa quiÈn ellos eran.

VistiÛse don Quijote, p˙sose su tahalÌ con su espada, echÛse el mantÛn de
escarlata a cuestas, p˙sose una montera de raso verde que las doncellas le
dieron, y con este adorno saliÛ a la gran sala, adonde hallÛ a las
doncellas puestas en ala, tantas a una parte como a otra, y todas con
aderezo de darle aguamanos, la cual le dieron con muchas reverencias y
ceremonias.

Luego llegaron doce pajes con el maestresala, para llevarle a comer, que ya
los seÒores le aguardaban. CogiÈronle en medio, y, lleno de pompa y
majestad, le llevaron a otra sala, donde estaba puesta una rica mesa con
solos cuatro servicios. La duquesa y el duque salieron a la puerta de la
sala a recebirle, y con ellos un grave eclesi·stico, destos que gobiernan
las casas de los prÌncipes; destos que, como no nacen prÌncipes, no
aciertan a enseÒar cÛmo lo han de ser los que lo son; destos que quieren
que la grandeza de los grandes se mida con la estrecheza de sus ·nimos;
destos que, queriendo mostrar a los que ellos gobiernan a ser limitados,
les hacen ser miserables; destos tales, digo que debÌa de ser el grave
religioso que con los duques saliÛ a recebir a don Quijote. HiciÈronse mil
corteses comedimientos, y, finalmente, cogiendo a don Quijote en medio, se
fueron a sentar a la mesa.

ConvidÛ el duque a don Quijote con la cabecera de la mesa, y aunque Èl lo
rehusÛ, las importunaciones del duque fueron tantas que la hubo de tomar.
El eclesi·stico se sentÛ frontero, y el duque y la duquesa a los dos lados.

A todo estaba presente Sancho, embobado y atÛnito de ver la honra que a su
seÒor aquellos prÌncipes le hacÌan; y, viendo las muchas ceremonias y
ruegos que pasaron entre el duque y don Quijote para hacerle sentar a la
cabecera de la mesa, dijo:

-Si sus mercedes me dan licencia, les contarÈ un cuento que pasÛ en mi
pueblo acerca desto de los asientos.

Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando don Quijote temblÛ, creyendo sin duda
alguna que habÌa de decir alguna necedad. MirÛle Sancho y entendiÛle, y
dijo:

-No tema vuesa merced, seÒor mÌo, que yo me desmande, ni que diga cosa que
no venga muy a pelo, que no se me han olvidado los consejos que poco ha
vuesa merced me dio sobre el hablar mucho o poco, o bien o mal.

-Yo no me acuerdo de nada, Sancho -respondiÛ don Quijote-; di lo que
quisieres, como lo digas presto.

-Pues lo que quiero decir -dijo Sancho- es tan verdad, que mi seÒor don
Quijote, que est· presente, no me dejar· mentir.

-Por mÌ -replicÛ don Quijote-, miente t˙, Sancho, cuanto quisieres, que yo
no te irÈ a la mano, pero mira lo que vas a decir.

-Tan mirado y remirado lo tengo, que a buen salvo est· el que repica, como
se ver· por la obra.

-Bien ser· -dijo don Quijote- que vuestras grandezas manden echar de aquÌ a
este tonto, que dir· mil patochadas.

-Por vida del duque -dijo la duquesa-, que no se ha de apartar de mÌ Sancho
un punto: quiÈrole yo mucho, porque sÈ que es muy discreto.

-Discretos dÌas -dijo Sancho- viva vuestra santidad por el buen crÈdito que
de mÌ tiene, aunque en mÌ no lo haya. Y el cuento que quiero decir es Èste:
´ConvidÛ un hidalgo de mi pueblo, muy rico y principal, porque venÌa de los
¡lamos de Medina del Campo, que casÛ con doÒa MencÌa de QuiÒones, que fue
hija de don Alonso de MaraÒÛn, caballero del h·bito de Santiago, que se
ahogÛ en la Herradura, por quien hubo aquella pendencia aÒos ha en nuestro
lugar, que, a lo que entiendo, mi seÒor don Quijote se hallÛ en ella, de
donde saliÛ herido Tomasillo el Travieso, el hijo de Balbastro el
herrero...ª øNo es verdad todo esto, seÒor nuestro amo? DÌgalo, por su
vida, porque estos seÒores no me tengan por alg˙n hablador mentiroso.

-Hasta ahora -dijo el eclesi·stico-, m·s os tengo por hablador que por
mentiroso, pero de aquÌ adelante no sÈ por lo que os tendrÈ.

-T˙ das tantos testigos, Sancho, y tantas seÒas, que no puedo dejar de
decir que debes de decir verdad. Pasa adelante y acorta el cuento, porque
llevas camino de no acabar en dos dÌas.

-No ha de acortar tal -dijo la duquesa-, por hacerme a mÌ placer; antes, le
ha de contar de la manera que le sabe, aunque no le acabe en seis dÌas; que
si tantos fuesen, serÌan para mÌ los mejores que hubiese llevado en mi
vida.

-´Digo, pues, seÒores mÌos -prosiguiÛ Sancho-, que este tal hidalgo, que yo
conozco como a mis manos, porque no hay de mi casa a la suya un tiro de
ballesta, convidÛ un labrador pobre, pero honrado.ª

-Adelante, hermano -dijo a esta sazÛn el religioso-, que camino llev·is de
no parar con vuestro cuento hasta el otro mundo.

-A menos de la mitad pararÈ, si Dios fuere servido -respondiÛ Sancho-. ´Y
asÌ, digo que, llegando el tal labrador a casa del dicho hidalgo
convidador, que buen poso haya su ·nima, que ya es muerto, y por m·s seÒas
dicen que hizo una muerte de un ·ngel, que yo no me hallÈ presente, que
habÌa ido por aquel tiempo a segar a Tembleque...ª

-Por vida vuestra, hijo, que volv·is presto de Tembleque, y que, sin
enterrar al hidalgo, si no querÈis hacer m·s exequias, acabÈis vuestro
cuento.

-´Es, pues, el caso -replicÛ Sancho- que, estando los dos para asentarse a
la mesa, que parece que ahora los veo m·s que nunca...ª

Gran gusto recebÌan los duques del disgusto que mostraba tomar el buen
religioso de la dilaciÛn y pausas con que Sancho contaba su cuento, y don
Quijote se estaba consumiendo en cÛlera y en rabia.

-´Digo, asÌ -dijo Sancho-, que, estando, como he dicho, los dos para
sentarse a la mesa, el labrador porfiaba con el hidalgo que tomase la
cabecera de la mesa, y el hidalgo porfiaba tambiÈn que el labrador la
tomase, porque en su casa se habÌa de hacer lo que Èl mandase; pero el
labrador, que presumÌa de cortÈs y bien criado, jam·s quiso, hasta que el
hidalgo, mohÌno, poniÈndole ambas manos sobre los hombros, le hizo sentar
por fuerza, diciÈndole: ''Sentaos, majagranzas, que adondequiera que yo me
siente ser· vuestra cabecera''.ª Y Èste es el cuento, y en verdad que creo
que no ha sido aquÌ traÌdo fuera de propÛsito.

P˙sose don Quijote de mil colores, que sobre lo moreno le jaspeaban y se le
parecÌan; los seÒores disimularon la risa, porque don Quijote no acabase de
correrse, habiendo entendido la malicia de Sancho; y, por mudar de pl·tica
y hacer que Sancho no prosiguiese con otros disparates, preguntÛ la duquesa
a don Quijote que quÈ nuevas tenÌa de la seÒora Dulcinea, y que si le habÌa
enviado aquellos dÌas algunos presentes de gigantes o malandrines, pues no
podÌa dejar de haber vencido muchos. A lo que don Quijote respondiÛ:

-SeÒora mÌa, mis desgracias, aunque tuvieron principio, nunca tendr·n fin.
Gigantes he vencido, y follones y malandrines le he enviado, pero øadÛnde
la habÌan de hallar, si est· encantada y vuelta en la m·s fea labradora que
imaginar se puede?

-No sÈ -dijo Sancho Panza-, a mÌ me parece la m·s hermosa criatura del
mundo; a lo menos, en la ligereza y en el brincar bien sÈ yo que no dar·
ella la ventaja a un volteador; a buena fe, seÒora duquesa, asÌ salta desde
el suelo sobre una borrica como si fuera un gato.

-øHabÈisla visto vos encantada, Sancho? -preguntÛ el duque.

-Y °cÛmo si la he visto! -respondiÛ Sancho-. Pues, øquiÈn diablos sino yo
fue el primero que cayÛ en el achaque del encantorio? °Tan encantada est·
como mi padre!

El eclesi·stico, que oyÛ decir de gigantes, de follones y de encantos, cayÛ
en la cuenta de que aquÈl debÌa de ser don Quijote de la Mancha, cuya
historia leÌa el duque de ordinario, y Èl se lo habÌa reprehendido muchas
veces, diciÈndole que era disparate leer tales disparates; y, enter·ndose
ser verdad lo que sospechaba, con mucha cÛlera, hablando con el duque, le
dijo:

-Vuestra Excelencia, seÒor mÌo, tiene que dar cuenta a Nuestro SeÒor de lo
que hace este buen hombre. Este don Quijote, o don Tonto, o como se llama,
imagino yo que no debe de ser tan mentecato como Vuestra Excelencia quiere
que sea, d·ndole ocasiones a la mano para que lleve adelante sus sandeces y
vaciedades.

Y, volviendo la pl·tica a don Quijote, le dijo:

-Y a vos, alma de c·ntaro, øquiÈn os ha encajado en el celebro que sois
caballero andante y que vencÈis gigantes y prendÈis malandrines? Andad en
hora buena, y en tal se os diga: volveos a vuestra casa, y criad vuestros
hijos, si los tenÈis, y curad de vuestra hacienda, y dejad de andar vagando
por el mundo, papando viento y dando que reÌr a cuantos os conocen y no
conocen. øEn dÛnde, nora tal, habÈis vos hallado que hubo ni hay ahora
caballeros andantes? øDÛnde hay gigantes en EspaÒa, o malandrines en la
Mancha, ni Dulcineas encantadas, ni toda la caterva de las simplicidades
que de vos se cuentan?

Atento estuvo don Quijote a las razones de aquel venerable varÛn, y, viendo
que ya callaba, sin guardar respeto a los duques, con semblante airado y
alborotado rostro, se puso en pie y dijo...

Pero esta respuesta capÌtulo por sÌ merece.

CapÌtulo XXXII. De la respuesta que dio don Quijote a su reprehensor, con
otros graves y graciosos sucesos

Levantado, pues, en pie don Quijote, temblando de los pies a la cabeza como
azogado, con presurosa y turbada lengua, dijo:

-El lugar donde estoy, y la presencia ante quien me hallo y el respeto que
siempre tuve y tengo al estado que vuesa merced profesa tienen y atan las
manos de mi justo enojo; y, asÌ por lo que he dicho como por saber que
saben todos que las armas de los togados son las mesmas que las de la
mujer, que son la lengua, entrarÈ con la mÌa en igual batalla con vuesa
merced, de quien se debÌa esperar antes buenos consejos que infames
vituperios. Las reprehensiones santas y bien intencionadas otras
circunstancias requieren y otros puntos piden: a lo menos, el haberme
reprehendido en p˙blico y tan ·speramente ha pasado todos los lÌmites de la
buena reprehensiÛn, pues las primeras mejor asientan sobre la blandura que
sobre la aspereza, y no es bien que, sin tener conocimiento del pecado que
se reprehende, llamar al pecador, sin m·s ni m·s, mentecato y tonto. Si no,
dÌgame vuesa merced: øpor cu·l de las mentecaterÌas que en mÌ ha visto me
condena y vitupera, y me manda que me vaya a mi casa a tener cuenta en el
gobierno della y de mi mujer y de mis hijos, sin saber si la tengo o los
tengo? øNo hay m·s sino a troche moche entrarse por las casas ajenas a
gobernar sus dueÒos, y, habiÈndose criado algunos en la estrecheza de alg˙n
pupilaje, sin haber visto m·s mundo que el que puede contenerse en veinte o
treinta leguas de distrito, meterse de rondÛn a dar leyes a la caballerÌa y
a juzgar de los caballeros andantes? øPor ventura es asumpto vano o es
tiempo mal gastado el que se gasta en vagar por el mundo, no buscando los
regalos dÈl, sino las asperezas por donde los buenos suben al asiento de la
inmortalidad? Si me tuvieran por tonto los caballeros, los magnÌficos, los
generosos, los altamente nacidos, tuviÈralo por afrenta inreparable; pero
de que me tengan por sandio los estudiantes, que nunca entraron ni pisaron
las sendas de la caballerÌa, no se me da un ardite: caballero soy y
caballero he de morir si place al AltÌsimo. Unos van por el ancho campo de
la ambiciÛn soberbia; otros, por el de la adulaciÛn servil y baja; otros,
por el de la hipocresÌa engaÒosa, y algunos, por el de la verdadera
religiÛn; pero yo, inclinado de mi estrella, voy por la angosta senda de la
caballerÌa andante, por cuyo ejercicio desprecio la hacienda, pero no la
honra. Yo he satisfecho agravios, enderezado tuertos, castigado
insolencias, vencido gigantes y atropellado vestiglos; yo soy enamorado, no
m·s de porque es forzoso que los caballeros andantes lo sean; y, siÈndolo,
no soy de los enamorados viciosos, sino de los platÛnicos continentes. Mis
intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a
todos y mal a ninguno; si el que esto entiende, si el que esto obra, si el
que desto trata merece ser llamado bobo, dÌganlo vuestras grandezas, duque
y duquesa excelentes.

-°Bien, por Dios! -dijo Sancho-. No diga m·s vuestra merced, seÒor y amo
mÌo, en su abono, porque no hay m·s que decir, ni m·s que pensar, ni m·s
que perseverar en el mundo. Y m·s, que, negando este seÒor, como ha negado,
que no ha habido en el mundo, ni los hay, caballeros andantes, øquÈ mucho
que no sepa ninguna de las cosas que ha dicho?

-øPor ventura -dijo el eclesi·stico- sois vos, hermano, aquel Sancho Panza
que dicen, a quien vuestro amo tiene prometida una Ìnsula?

-SÌ soy -respondiÛ Sancho-; y soy quien la merece tan bien como otro
cualquiera; soy quien "j˙ntate a los buenos y ser·s uno dellos", y soy yo
de aquellos "no con quien naces, sino con quien paces", y de los "quien a
buen ·rbol se arrima, buena sombra le cobija". Yo me he arrimado a buen
seÒor, y ha muchos meses que ando en su compaÒÌa, y he de ser otro como Èl,
Dios queriendo; y viva Èl y viva yo: que ni a Èl le faltar·n imperios que
mandar ni a mÌ Ìnsulas que gobernar.

-No, por cierto, Sancho amigo -dijo a esta sazÛn el duque-, que yo, en
nombre del seÒor don Quijote, os mando el gobierno de una que tengo de
nones, de no pequeÒa calidad.

-HÌncate de rodillas, Sancho -dijo don Quijote-, y besa los pies a Su
Excelencia por la merced que te ha hecho.

HÌzolo asÌ Sancho; lo cual visto por el eclesi·stico, se levantÛ de la
mesa, mohÌno adem·s, diciendo:

-Por el h·bito que tengo, que estoy por decir que es tan sandio Vuestra
Excelencia como estos pecadores. °Mirad si no han de ser ellos locos, pues
los cuerdos canonizan sus locuras! QuÈdese Vuestra Excelencia con ellos;
que, en tanto que estuvieren en casa, me estarÈ yo en la mÌa, y me escusarÈ
de reprehender lo que no puedo remediar.

Y, sin decir m·s ni comer m·s, se fue, sin que fuesen parte a detenerle los
ruegos de los duques; aunque el duque no le dijo mucho, impedido de la risa
que su impertinente cÛlera le habÌa causado. AcabÛ de reÌr y dijo a don
Quijote:

-Vuesa merced, seÒor Caballero de los Leones, ha respondido por sÌ tan
altamente que no le queda cosa por satisfacer deste que, aunque parece
agravio, no lo es en ninguna manera; porque, asÌ como no agravian las
mujeres, no agravian los eclesi·sticos, como vuesa merced mejor sabe.

-AsÌ es -respondiÛ don Quijote-, y la causa es que el que no puede ser
agraviado no puede agraviar a nadie. Las mujeres, los niÒos y los
eclesi·sticos, como no pueden defenderse, aunque sean ofendidos, no pueden
ser afrentados; porque entre el agravio y la afrenta hay esta diferencia,
como mejor Vuestra Excelencia sabe: la afrenta viene de parte de quien la
puede hacer, y la hace y la sustenta; el agravio puede venir de cualquier
parte, sin que afrente. Sea ejemplo: est· uno en la calle descuidado,
llegan diez con mano armada, y, d·ndole de palos, pone mano a la espada y
hace su deber, pero la muchedumbre de los contrarios se le opone, y no le
deja salir con su intenciÛn, que es de vengarse; este tal queda agraviado,
pero no afrentado. Y lo mesmo confirmar· otro ejemplo: est· uno vuelto de
espaldas, llega otro y dale de palos, y en d·ndoselos huye y no espera, y
el otro le sigue y no alcanza; este que recibiÛ los palos, recibiÛ agravio,
mas no afrenta, porque la afrenta ha de ser sustentada. Si el que le dio
los palos, aunque se los dio a hurtacordel, pusiera mano a su espada y se
estuviera quedo, haciendo rostro a su enemigo, quedara el apaleado
agraviado y afrentado juntamente: agraviado, porque le dieron a traiciÛn;
afrentado, porque el que le dio sustentÛ lo que habÌa hecho, sin volver las
espaldas y a pie quedo. Y asÌ, seg˙n las leyes del maldito duelo, yo puedo
estar agraviado, mas no afrentado; porque los niÒos no sienten, ni las
mujeres, ni pueden huir, ni tienen para quÈ esperar, y lo mesmo los
constituidos en la sacra religiÛn, porque estos tres gÈneros de gente
carecen de armas ofensivas y defensivas; y asÌ, aunque naturalmente estÈn
obligados a defenderse, no lo est·n para ofender a nadie. Y, aunque poco ha
dije que yo podÌa estar agraviado, agora digo que no, en ninguna manera,
porque quien no puede recebir afrenta, menos la puede dar; por las cuales
razones yo no debo sentir, ni siento, las que aquel buen hombre me ha
dicho; sÛlo quisiera que esperara alg˙n poco, para darle a entender en el
error en que est· en pensar y decir que no ha habido, ni los hay,
caballeros andantes en el mundo; que si lo tal oyera AmadÌs, o uno de los
infinitos de su linaje, yo sÈ que no le fuera bien a su merced.

-Eso juro yo bien -dijo Sancho-: cuchillada le hubieran dado que le
abrieran de arriba abajo como una granada, o como a un melÛn muy maduro.
°Bonitos eran ellos para sufrir semejantes cosquillas! Para mi santiguada,
que tengo por cierto que si Reinaldos de Montalb·n hubiera oÌdo estas
razones al hombrecito, tapaboca le hubiera dado que no hablara m·s en tres
aÒos. °No, sino tom·rase con ellos y viera cÛmo escapaba de sus manos!

PerecÌa de risa la duquesa en oyendo hablar a Sancho, y en su opiniÛn le
tenÌa por m·s gracioso y por m·s loco que a su amo; y muchos hubo en aquel
tiempo que fueron deste mismo parecer. Finalmente, don Quijote se sosegÛ, y
la comida se acabÛ, y, en levantando los manteles, llegaron cuatro
doncellas, la una con una fuente de plata, y la otra con un aguamanil,
asimismo de plata, y la otra con dos blanquÌsimas y riquÌsimas toallas al
hombro, y la cuarta descubiertos los brazos hasta la mitad, y en sus
blancas manos -que sin duda eran blancas- una redonda pella de jabÛn
napolitano. LlegÛ la de la fuente, y con gentil donaire y desenvoltura
encajÛ la fuente debajo de la barba de don Quijote; el cual, sin hablar
palabra, admirado de semejante ceremonia, creyendo que debÌa ser usanza de
aquella tierra en lugar de las manos lavar las barbas, y asÌ tendiÛ la suya
todo cuanto pudo, y al mismo punto comenzÛ a llover el aguamanil, y la
doncella del jabÛn le manoseÛ las barbas con mucha priesa, levantando copos
de nieve, que no eran menos blancas las jabonaduras, no sÛlo por las
barbas, mas por todo el rostro y por los ojos del obediente caballero,
tanto, que se los hicieron cerrar por fuerza.

El duque y la duquesa, que de nada desto eran sabidores, estaban esperando
en quÈ habÌa de parar tan extraordinario lavatorio. La doncella barbera,
cuando le tuvo con un palmo de jabonadura, fingiÛ que se le habÌa acabado
el agua, y mandÛ a la del aguamanil fuese por ella, que el seÒor don
Quijote esperarÌa. HÌzolo asÌ, y quedÛ don Quijote con la m·s estraÒa
figura y m·s para hacer reÌr que se pudiera imaginar.

Mir·banle todos los que presentes estaban, que eran muchos, y como le veÌan
con media vara de cuello, m·s que medianamente moreno, los ojos cerrados y
las barbas llenas de jabÛn, fue gran maravilla y mucha discreciÛn poder
disimular la risa; las doncellas de la burla tenÌan los ojos bajos, sin
osar mirar a sus seÒores; a ellos les retozaba la cÛlera y la risa en el
cuerpo, y no sabÌan a quÈ acudir: o a castigar el atrevimiento de las
muchachas, o darles premio por el gusto que recibÌan de ver a don Quijote
de aquella suerte.

Finalmente, la doncella del aguamanil vino, y acabaron de lavar a don
Quijote, y luego la que traÌa las toallas le limpiÛ y le enjugÛ muy
reposadamente; y, haciÈndole todas cuatro a la par una grande y profunda
inclinaciÛn y reverencia, se querÌan ir; pero el duque, porque don Quijote
no cayese en la burla, llamÛ a la doncella de la fuente, diciÈndole:

-Venid y lavadme a mÌ, y mirad que no se os acabe el agua.

La muchacha, aguda y diligente, llegÛ y puso la fuente al duque como a don
Quijote, y, d·ndose prisa, le lavaron y jabonaron muy bien, y, dej·ndole
enjuto y limpio, haciendo reverencias se fueron. DespuÈs se supo que habÌa
jurado el duque que si a Èl no le lavaran como a don Quijote, habÌa de
castigar su desenvoltura, lo cual habÌan enmendado discretamente con
haberle a Èl jabonado.

Estaba atento Sancho a las ceremonias de aquel lavatorio, y dijo entre sÌ:

-°V·lame Dios! øSi ser· tambiÈn usanza en esta tierra lavar las barbas a
los escuderos como a los caballeros? Porque, en Dios y en mi ·nima que lo
he bien menester, y aun que si me las rapasen a navaja, lo tendrÌa a m·s
beneficio.

-øQuÈ decÌs entre vos, Sancho? -preguntÛ la duquesa.

-Digo, seÒora -respondiÛ Èl-, que en las cortes de los otros prÌncipes
siempre he oÌdo decir que en levantando los manteles dan agua a las manos,
pero no lejÌa a las barbas; y que por eso es bueno vivir mucho, por ver
mucho; aunque tambiÈn dicen que el que larga vida vive mucho mal ha de
pasar, puesto que pasar por un lavatorio de Èstos antes es gusto que
trabajo.

-No teng·is pena, amigo Sancho -dijo la duquesa-, que yo harÈ que mis
doncellas os laven, y aun os metan en colada, si fuere menester.

-Con las barbas me contento -respondiÛ Sancho-, por ahora a lo menos, que
andando el tiempo, Dios dijo lo que ser·.

-Mirad, maestresala -dijo la duquesa-, lo que el buen Sancho pide, y
cumplidle su voluntad al pie de la letra.

El maestresala respondiÛ que en todo serÌa servido el seÒor Sancho, y con
esto se fue a comer, y llevÛ consigo a Sancho, qued·ndose a la mesa los
duques y don Quijote, hablando en muchas y diversas cosas; pero todas
tocantes al ejercicio de las armas y de la andante caballerÌa.

La duquesa rogÛ a don Quijote que le delinease y describiese, pues parecÌa
tener felice memoria, la hermosura y facciones de la seÒora Dulcinea del
Toboso; que, seg˙n lo que la fama pregonaba de su belleza, tenÌa por
entendido que debÌa de ser la m·s bella criatura del orbe, y aun de toda la
Mancha. SospirÛ don Quijote, oyendo lo que la duquesa le mandaba, y dijo:

-Si yo pudiera sacar mi corazÛn y ponerle ante los ojos de vuestra
grandeza, aquÌ, sobre esta mesa y en un plato, quitara el trabajo a mi
lengua de decir lo que apenas se puede pensar, porque Vuestra Excelencia la
viera en Èl toda retratada; pero, øpara quÈ es ponerme yo ahora a delinear
y describir punto por punto y parte por parte la hermosura de la sin par
Dulcinea, siendo carga digna de otros hombros que de los mÌos, empresa en
quien se debÌan ocupar los pinceles de Parrasio, de Timantes y de Apeles, y
los buriles de Lisipo, para pintarla y grabarla en tablas, en m·rmoles y en
bronces, y la retÛrica ciceroniana y demostina para alabarla?

-øQuÈ quiere decir demostina, seÒor don Quijote -preguntÛ la duquesa-, que
es vocablo que no le he oÌdo en todos los dÌas de mi vida?

-RetÛrica demostina -respondiÛ don Quijote- es lo mismo que decir retÛrica
de DemÛstenes, como ciceroniana, de CicerÛn, que fueron los dos mayores
retÛricos del mundo.

-AsÌ es -dijo el duque-, y habÈis andado deslumbrada en la tal pregunta.
Pero, con todo eso, nos darÌa gran gusto el seÒor don Quijote si nos la
pintase; que a buen seguro que, aunque sea en rasguÒo y bosquejo, que ella
salga tal, que la tengan invidia las m·s hermosas.

-SÌ hiciera, por cierto -respondiÛ don Quijote-, si no me la hubiera
borrado de la idea la desgracia que poco ha que le sucediÛ, que es tal, que
m·s estoy para llorarla que para describirla; porque habr·n de saber
vuestras grandezas que, yendo los dÌas pasados a besarle las manos, y a
recebir su bendiciÛn, benepl·cito y licencia para esta tercera salida,
hallÈ otra de la que buscaba: hallÈla encantada y convertida de princesa en
labradora, de hermosa en fea, de ·ngel en diablo, de olorosa en pestÌfera,
de bien hablada en r˙stica, de reposada en brincadora, de luz en tinieblas,
y, finalmente, de Dulcinea del Toboso en una villana de Sayago.

-°V·lame Dios! -dando una gran voz, dijo a este instante el duque-. øQuiÈn
ha sido el que tanto mal ha hecho al mundo? øQuiÈn ha quitado dÈl la
belleza que le alegraba, el donaire que le entretenÌa y la honestidad que
le acreditaba?

-øQuiÈn? -respondiÛ don Quijote-. øQuiÈn puede ser sino alg˙n maligno
encantador de los muchos invidiosos que me persiguen? Esta raza maldita,
nacida en el mundo para escurecer y aniquilar las hazaÒas de los buenos, y
para dar luz y levantar los fechos de los malos. Perseguido me han
encantadores, encantadores me persiguen y encantadores me persiguir·n hasta
dar conmigo y con mis altas caballerÌas en el profundo abismo del olvido; y
en aquella parte me daÒan y hieren donde veen que m·s lo siento, porque
quitarle a un caballero andante su dama es quitarle los ojos con que mira,
y el sol con que se alumbra, y el sustento con que se mantiene. Otras
muchas veces lo he dicho, y ahora lo vuelvo a decir: que el caballero
andante sin dama es como el ·rbol sin hojas, el edificio sin cimiento y la
sombra sin cuerpo de quien se cause.

-No hay m·s que decir -dijo la duquesa-; pero si, con todo eso, hemos de
dar crÈdito a la historia que del seÒor don Quijote de pocos dÌas a esta
parte ha salido a la luz del mundo, con general aplauso de las gentes,
della se colige, si mal no me acuerdo, que nunca vuesa merced ha visto a la
seÒora Dulcinea, y que esta tal seÒora no es en el mundo, sino que es dama
fant·stica, que vuesa merced la engendrÛ y pariÛ en su entendimiento, y la
pintÛ con todas aquellas gracias y perfeciones que quiso.

-En eso hay mucho que decir -respondiÛ don Quijote-. Dios sabe si hay
Dulcinea o no en el mundo, o si es fant·stica o no es fant·stica; y Èstas
no son de las cosas cuya averiguaciÛn se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo
engendrÈ ni parÌ a mi seÒora, puesto que la contemplo como conviene que sea
una dama que contenga en sÌ las partes que puedan hacerla famosa en todas
las del mundo, como son: hermosa, sin tacha, grave sin soberbia, amorosa
con honestidad, agradecida por cortÈs, cortÈs por bien criada, y,
finalmente, alta por linaje, a causa que sobre la buena sangre resplandece
y campea la hermosura con m·s grados de perfeciÛn que en las hermosas
humildemente nacidas.

-AsÌ es -dijo el duque-; pero hame de dar licencia el seÒor don Quijote
para que diga lo que me fuerza a decir la historia que de sus hazaÒas he
leÌdo, de donde se infiere que, puesto que se conceda que hay Dulcinea, en
el Toboso o fuera dÈl, y que sea hermosa en el sumo grado que vuesa merced
nos la pinta, en lo de la alteza del linaje no corre parejas con las
Orianas, con las Alastrajareas, con las Mad·simas, ni con otras deste jaez,
de quien est·n llenas las historias que vuesa merced bien sabe.

-A eso puedo decir -respondiÛ don Quijote- que Dulcinea es hija de sus
obras, y que las virtudes adoban la sangre, y que en m·s se ha de estimar y
tener un humilde virtuoso que un vicioso levantado; cuanto m·s, que
Dulcinea tiene un jirÛn que la puede llevar a ser reina de corona y ceptro;
que el merecimiento de una mujer hermosa y virtuosa a hacer mayores
milagros se estiende, y, aunque no formalmente, virtualmente tiene en sÌ
encerradas mayores venturas.

-Digo, seÒor don Quijote -dijo la duquesa-, que en todo cuanto vuestra
merced dice va con pie de plomo, y, como suele decirse, con la sonda en la
mano; y que yo desde aquÌ adelante creerÈ y harÈ creer a todos los de mi
casa, y aun al duque mi seÒor, si fuere menester, que hay Dulcinea en el
Toboso, y que vive hoy dÌa, y es hermosa, y principalmente nacida y
merecedora que un tal caballero como es el seÒor don Quijote la sirva; que
es lo m·s que puedo ni sÈ encarecer. Pero no puedo dejar de formar un
escr˙pulo, y tener alg˙n no sÈ quÈ de ojeriza contra Sancho Panza: el
escr˙pulo es que dice la historia referida que el tal Sancho Panza hallÛ a
la tal seÒora Dulcinea, cuando de parte de vuestra merced le llevÛ una
epÌstola, ahechando un costal de trigo, y, por m·s seÒas, dice que era
rubiÛn: cosa que me hace dudar en la alteza de su linaje.

A lo que respondiÛ don Quijote:

-SeÒora mÌa, sabr· la vuestra grandeza que todas o las m·s cosas que a mÌ
me suceden van fuera de los tÈrminos ordinarios de las que a los otros
caballeros andantes acontecen, o ya sean encaminadas por el querer
inescrutable de los hados, o ya vengan encaminadas por la malicia de alg˙n
encantador invidioso; y, como es cosa ya averiguada que todos o los m·s
caballeros andantes y famosos, uno tenga gracia de no poder ser encantado,
otro de ser de tan impenetrables carnes que no pueda ser herido, como lo
fue el famoso Rold·n, uno de los doce Pares de Francia, de quien se cuenta
que no podÌa ser ferido sino por la planta del pie izquierdo, y que esto
habÌa de ser con la punta de un alfiler gordo, y no con otra suerte de arma
alguna; y asÌ, cuando Bernardo del Carpio le matÛ en Roncesvalles, viendo
que no le podÌa llagar con fierro, le levantÛ del suelo entre los brazos y
le ahogÛ, acord·ndose entonces de la muerte que dio HÈrcules a AnteÛn,
aquel feroz gigante que decÌan ser hijo de la Tierra. Quiero inferir de lo
dicho, que podrÌa ser que yo tuviese alguna gracia dÈstas, no del no
poder ser ferido, porque muchas veces la experiencia me ha mostrado que soy
de carnes blandas y no nada impenetrables, ni la de no poder ser encantado,
que ya me he visto metido en una jaula, donde todo el mundo no fuera
poderoso a encerrarme, si no fuera a fuerzas de encantamentos; pero, pues
de aquÈl me librÈ, quiero creer que no ha de haber otro alguno que me
empezca; y asÌ, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar
de sus malas maÒas, vÈnganse en las cosas que m·s quiero, y quieren
quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y asÌ, creo
que, cuando mi escudero le llevÛ mi embajada, se la convirtieron en villana
y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo
yo dicho que aquel trigo ni era rubiÛn ni trigo, sino granos de perlas
orientales; y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes
cÛmo, viniendo poco ha por el Toboso, jam·s pude hallar los palacios de
Dulcinea; y que otro dÌa, habiÈndola visto Sancho, mi escudero, en su mesma
figura, que es la m·s bella del orbe, a mÌ me pareciÛ una labradora tosca y
fea, y no nada bien razonada, siendo la discreciÛn del mundo; y, pues yo no
estoy encantado, ni lo puedo estar, seg˙n buen discurso, ella es la
encantada, la ofendida y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han
vengado de mÌ mis enemigos, y por ella vivirÈ yo en perpetuas l·grimas,
hasta verla en su prÌstino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare
en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea; que, pues a mÌ
me la mudaron, no es maravilla que a Èl se la cambiasen. Dulcinea es
principal y bien nacida, y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso,
que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca
parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar ser· famoso y nombrado en
los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y EspaÒa por la
Cava, aunque con mejor tÌtulo y fama. Por otra parte, quiero que entiendan
vuestras seÒorÌas que Sancho Panza es uno de los m·s graciosos escuderos
que jam·s sirviÛ a caballero andante; tiene a veces unas simplicidades tan
agudas, que el pensar si es simple o agudo causa no pequeÒo contento; tiene
malicias que le condenan por bellaco, y descuidos que le confirman por
bobo; duda de todo y crÈelo todo; cuando pienso que se va a despeÒar de
tonto, sale con unas discreciones, que le levantan al cielo. Finalmente, yo
no le trocarÌa con otro escudero, aunque me diesen de aÒadidura una ciudad;
y asÌ, estoy en duda si ser· bien enviarle al gobierno de quien vuestra
grandeza le ha hecho merced; aunque veo en Èl una cierta aptitud para esto
de gobernar, que atus·ndole tantico el entendimiento, se saldrÌa con
cualquiera gobierno, como el rey con sus alcabalas; y m·s, que ya por
muchas experiencias sabemos que no es menester ni mucha habilidad ni muchas
letras para ser uno gobernador, pues hay por ahÌ ciento que apenas saber
leer, y gobiernan como unos girifaltes; el toque est· en que tengan buena
intenciÛn y deseen acertar en todo; que nunca les faltar· quien les
aconseje y encamine en lo que han de hacer, como los gobernadores
caballeros y no letrados, que sentencian con asesor. AconsejarÌale yo que
ni tome cohecho, ni pierda derecho, y otras cosillas que me quedan en el
estÛmago, que saldr·n a su tiempo, para utilidad de Sancho y provecho de la
Ìnsula que gobernare.

A este punto llegaban de su coloquio el duque, la duquesa y don Quijote,
cuando oyeron muchas voces y gran rumor de gente en el palacio; y a deshora
entrÛ Sancho en la sala, todo asustado, con un cernadero por babador, y
tras Èl muchos mozos, o, por mejor decir, pÌcaros de cocina y otra gente
menuda, y uno venÌa con un artesoncillo de agua, que en la color y poca
limpieza mostraba ser de fregar; seguÌale y perseguÌale el de la artesa, y
procuraba con toda solicitud ponÈrsela y encaj·rsela debajo de las barbas,
y otro pÌcaro mostraba querÈrselas lavar.

-øQuÈ es esto, hermanos? -preguntÛ la duquesa-. øQuÈ es esto? øQuÈ querÈis
a ese buen hombre? øCÛmo y no consider·is que est· electo gobernador?

A lo que respondiÛ el pÌcaro barbero:

-No quiere este seÒor dejarse lavar, como es usanza, y como se la lavÛ el
duque mi seÒor y el seÒor su amo.

-SÌ quiero -respondiÛ Sancho con mucha cÛlera-, pero querrÌa que fuese con
toallas m·s limpias, con lejÌa mas clara y con manos no tan sucias; que no
hay tanta diferencia de mÌ a mi amo, que a Èl le laven con agua de ·ngeles
y a mÌ con lejÌa de diablos. Las usanzas de las tierras y de los palacios
de los prÌncipes tanto son buenas cuanto no dan pesadumbre, pero la
costumbre del lavatorio que aquÌ se usa peor es que de diciplinantes. Yo
estoy limpio de barbas y no tengo necesidad de semejantes refrigerios; y el
que se llegare a lavarme ni a tocarme a un pelo de la cabeza, digo, de mi
barba, hablando con el debido acatamiento, le darÈ tal puÒada que le deje
el puÒo engastado en los cascos; que estas tales ceremonias y jabonaduras
m·s parecen burlas que gasajos de huÈspedes.

Perecida de risa estaba la duquesa, viendo la cÛlera y oyendo las razones
de Sancho, pero no dio mucho gusto a don Quijote verle tan mal adeliÒado
con la jaspeada toalla, y tan rodeado de tantos entretenidos de cocina; y
asÌ, haciendo una profunda reverencia a los duques, como que les pedÌa
licencia para hablar, con voz reposada dijo a la canalla:

-°Hola, seÒores caballeros! Vuesas mercedes dejen al mancebo, y vuÈlvanse
por donde vinieron, o por otra parte si se les antojare, que mi escudero es
limpio tanto como otro, y esas artesillas son para Èl estrechas y penantes
b˙caros. Tomen mi consejo y dÈjenle, porque ni Èl ni yo sabemos de achaque
de burlas.

CogiÛle la razÛn de la boca Sancho, y prosiguiÛ diciendo:

-°No, sino llÈguense a hacer burla del mostrenco, que asÌ lo sufrirÈ como
ahora es de noche! Traigan aquÌ un peine, o lo que quisieren, y almoh·cenme
estas barbas, y si sacaren dellas cosa que ofenda a la limpieza, que me
trasquilen a cruces.

A esta sazÛn, sin dejar la risa, dijo la duquesa:

-Sancho Panza tiene razÛn en todo cuanto ha dicho, y la tendr· en todo
cuanto dijere: Èl es limpio, y, como Èl dice, no tiene necesidad de
lavarse; y si nuestra usanza no le contenta, su alma en su palma, cuanto
m·s, que vosotros, ministros de la limpieza, habÈis andado demasiadamente
de remisos y descuidados, y no sÈ si diga atrevidos, a traer a tal
personaje y a tales barbas, en lugar de fuentes y aguamaniles de oro puro y
de alemanas toallas, artesillas y dornajos de palo y rodillas de
aparadores. Pero, en fin, sois malos y mal nacidos, y no podÈis dejar, como
malandrines que sois, de mostrar la ojeriza que tenÈis con los escuderos de
los andantes caballeros.

Creyeron los apicarados ministros, y aun el maestresala, que venÌa con
ellos, que la duquesa hablaba de veras; y asÌ, quitaron el cernadero del
pecho de Sancho, y todos confusos y casi corridos se fueron y le dejaron;
el cual, viÈndose fuera de aquel, a su parecer, sumo peligro, se fue a
hincar de rodillas ante la duquesa y dijo:

-De grandes seÒoras, grandes mercedes se esperan; esta que la vuestra
merced hoy me ha fecho no puede pagarse con menos, si no es con desear
verme armado caballero andante, para ocuparme todos los dÌas de mi vida en
servir a tan alta seÒora. Labrador soy, Sancho Panza me llamo, casado soy,
hijos tengo y de escudero sirvo: si con alguna destas cosas puedo servir a
vuestra grandeza, menos tardarÈ yo en obedecer que vuestra seÒorÌa en
mandar.

-Bien parece, Sancho -respondiÛ la duquesa-, que habÈis aprendido a ser
cortÈs en la escuela de la misma cortesÌa; bien parece, quiero decir, que
os habÈis criado a los pechos del seÒor don Quijote, que debe de ser la
nata de los comedimientos y la flor de las ceremonias, o cirimonias, como
vos decÌs. Bien haya tal seÒor y tal criado: el uno, por norte de la
andante caballerÌa; y el otro, por estrella de la escuderil fidelidad.
Levantaos, Sancho amigo, que yo satisfarÈ vuestras cortesÌas con hacer que
el duque mi seÒor, lo m·s presto que pudiere, os cumpla la merced prometida
del gobierno.

Con esto cesÛ la pl·tica, y don Quijote se fue a reposar la siesta, y la
duquesa pidiÛ a Sancho que, si no tenÌa mucha gana de dormir, viniese a
pasar la tarde con ella y con sus doncellas en una muy fresca sala. Sancho
respondiÛ que, aunque era verdad que tenÌa por costumbre dormir cuatro o
cinco horas las siestas del verano, que, por servir a su bondad, Èl
procurarÌa con todas sus fuerzas no dormir aquel dÌa ninguna, y vendrÌa
obediente a su mandado, y fuese. El duque dio nuevas Ûrdenes como se
tratase a don Quijote como a caballero andante, sin salir un punto del
estilo como cuentan que se trataban los antiguos caballeros.

CapÌtulo XXXIII. De la sabrosa pl·tica que la duquesa y sus doncellas
pasaron con Sancho Panza, digna de que se lea y de que se note

Cuenta, pues, la historia, que Sancho no durmiÛ aquella siesta, sino que,
por cumplir su palabra, vino en comiendo a ver a la duquesa; la cual, con
el gusto que tenÌa de oÌrle, le hizo sentar junto a sÌ en una silla baja,
aunque Sancho, de puro bien criado, no querÌa sentarse; pero la duquesa le
dijo que se sentase como gobernador y hablase como escudero, puesto que por
entrambas cosas merecÌa el mismo escaÒo del Cid Ruy DÌaz Campeador.

EncogiÛ Sancho los hombros, obedeciÛ y sentÛse, y todas las doncellas y
dueÒas de la duquesa la rodearon, atentas, con grandÌsimo silencio, a
escuchar lo que dirÌa; pero la duquesa fue la que hablÛ primero, diciendo:

-Ahora que estamos solos, y que aquÌ no nos oye nadie, querrÌa yo que el
seÒor gobernador me asolviese ciertas dudas que tengo, nacidas de la
historia que del gran don Quijote anda ya impresa; una de las cuales dudas
es que, pues el buen Sancho nunca vio a Dulcinea, digo, a la seÒora
Dulcinea del Toboso, ni le llevÛ la carta del seÒor don Quijote, porque se
quedÛ en el libro de memoria en Sierra Morena, cÛmo se atreviÛ a fingir la
respuesta, y aquello de que la hallÛ ahechando trigo, siendo todo burla y
mentira, y tan en daÒo de la buena opiniÛn de la sin par Dulcinea, y todas
que no vienen bien con la calidad y fidelidad de los buenos escuderos.

A estas razones, sin responder con alguna, se levantÛ Sancho de la silla,
y, con pasos quedos, el cuerpo agobiado y el dedo puesto sobre los labios,

Book of the day: