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Don Quijote by Miguel de Cervantes [Saavedra] [in Spanish]

Part 12 out of 19

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cuando comienzas a ensartar refranes y cuentos, no te puede esperar sino el
mesmo Judas, que te lleve. Dime, animal, øquÈ sabes t˙ de clavos, ni de
rodajas, ni de otra cosa ninguna?

-°Oh! Pues si no me entienden -respondiÛ Sancho-, no es maravilla que mis
sentencias sean tenidas por disparates. Pero no importa: yo me entiendo, y
sÈ que no he dicho muchas necedades en lo que he dicho; sino que vuesa
merced, seÒor mÌo, siempre es friscal de mis dichos, y aun de mis hechos.

-Fiscal has de decir -dijo don Quijote-, que no friscal, prevaricador del
buen lenguaje, que Dios te confunda.

-No se apunte vuestra merced conmigo -respondiÛ Sancho-, pues sabe que no
me he criado en la Corte, ni he estudiado en Salamanca, para saber si aÒado
o quito alguna letra a mis vocablos. SÌ, que, °v·lgame Dios!, no hay para
quÈ obligar al sayaguÈs a que hable como el toledano, y toledanos puede
haber que no las corten en el aire en esto del hablar polido.

-AsÌ es -dijo el licenciado-, porque no pueden hablar tan bien los que se
crÌan en las TenerÌas y en Zocodover como los que se pasean casi todo el
dÌa por el claustro de la Iglesia Mayor, y todos son toledanos. El lenguaje
puro, el propio, el elegante y claro, est· en los discretos cortesanos,
aunque hayan nacido en Majalahonda: dije discretos porque hay muchos que no
lo son, y la discreciÛn es la gram·tica del buen lenguaje, que se acompaÒa
con el uso. Yo, seÒores, por mis pecados, he estudiado C·nones en
Salamanca, y pÌcome alg˙n tanto de decir mi razÛn con palabras claras,
llanas y significantes.

-Si no os pic·redes m·s de saber m·s menear las negras que llev·is que la
lengua -dijo el otro estudiante-, vos llev·rades el primero en licencias,
como llevastes cola.

-Mirad, bachiller -respondiÛ el licenciado-: vos est·is en la m·s errada
opiniÛn del mundo acerca de la destreza de la espada, teniÈndola por vana.

-Para mÌ no es opiniÛn, sino verdad asentada -replicÛ Corchuelo-; y si
querÈis que os lo muestre con la experiencia, espadas traÈis, comodidad
hay, yo pulsos y fuerzas tengo, que acompaÒadas de mi ·nimo, que no es
poco, os har·n confesar que yo no me engaÒo. Apeaos, y usad de vuestro
comp·s de pies, de vuestros cÌrculos y vuestros ·ngulos y ciencia; que yo
espero de haceros ver estrellas a mediodÌa con mi destreza moderna y zafia,
en quien espero, despuÈs de Dios, que est· por nacer hombre que me haga
volver las espaldas, y que no le hay en el mundo a quien yo no le haga
perder tierra.

-En eso de volver, o no, las espaldas no me meto -replico el diestro-;
aunque podrÌa ser que en la parte donde la vez primera clav·sedes el pie,
allÌ os abriesen la sepultura: quiero decir que allÌ qued·sedes muerto por
la despreciada destreza.

-Ahora se ver· -respondiÛ Corchuelo.

Y, ape·ndose con gran presteza de su jumento, tirÛ con furia de una de las
espadas que llevaba el licenciado en el suyo.

-No ha de ser asÌ -dijo a este instante don Quijote-, que yo quiero ser el
maestro desta esgrima, y el juez desta muchas veces no averiguada cuestiÛn.

Y, ape·ndose de Rocinante y asiendo de su lanza, se puso en la mitad del
camino, a tiempo que ya el licenciado, con gentil donaire de cuerpo y
comp·s de pies, se iba contra Corchuelo, que contra Èl se vino, lanzando,
como decirse suele, fuego por los ojos. Los otros dos labradores del
acompaÒamiento, sin apearse de sus pollinas, sirvieron de aspetatores en la
mortal tragedia. Las cuchilladas, estocadas, altibajos, reveses y mandobles
que tiraba Corchuelo eran sin n˙mero, m·s espesas que hÌgado y m·s menudas
que granizo. ArremetÌa como un leÛn irritado, pero salÌale al encuentro un
tapaboca de la zapatilla de la espada del licenciado, que en mitad de su
furia le detenÌa, y se la hacÌa besar como si fuera reliquia, aunque no con
tanta devociÛn como las reliquias deben y suelen besarse.

Finalmente, el licenciado le contÛ a estocadas todos los botones de una
media sotanilla que traÌa vestida, haciÈndole tiras los faldamentos, como
colas de pulpo; derribÛle el sombrero dos veces, y cansÛle de manera que de
despecho, cÛlera y rabia asiÛ la espada por la empuÒadura, y arrojÛla por
el aire con tanta fuerza, que uno de los labradores asistentes, que era
escribano, que fue por ella, dio despuÈs por testimonio que la alongÛ de sÌ
casi tres cuartos de legua; el cual testimonio sirve y ha servido para que
se conozca y vea con toda verdad cÛmo la fuerza es vencida del arte.

SentÛse cansado Corchuelo, y lleg·ndose a Èl Sancho, le dijo:

-MÌa fe, seÒor bachiller, si vuesa merced toma mi consejo, de aquÌ adelante
no ha de desafiar a nadie a esgrimir, sino a luchar o a tirar la barra,
pues tiene edad y fuerzas para ello; que destos a quien llaman diestros he
oÌdo decir que meten una punta de una espada por el ojo de una aguja.

-Yo me contento -respondiÛ Corchuelo- de haber caÌdo de mi burra, y de que
me haya mostrado la experiencia la verdad, de quien tan lejos estaba.

Y, levant·ndose, abrazÛ al licenciado, y quedaron m·s amigos que de antes,
y no queriendo esperar al escribano, que habÌa ido por la espada, por
parecerle que tardarÌa mucho; y asÌ, determinaron seguir, por llegar
temprano a la aldea de Quiteria, de donde todos eran.

En lo que faltaba del camino, les fue contando el licenciado las
excelencias de la espada, con tantas razones demostrativas y con tantas
figuras y demostraciones matem·ticas, que todos quedaron enterados de la
bondad de la ciencia, y Corchuelo reducido de su pertinacia.

Era anochecido, pero antes que llegasen les pareciÛ a todos que estaba
delante del pueblo un cielo lleno de inumerables y resplandecientes
estrellas. Oyeron, asimismo, confusos y suaves sonidos de diversos
instrumentos, como de flautas, tamborinos, salterios, albogues, panderos y
sonajas; y cuando llegaron cerca vieron que los ·rboles de una enramada,
que a mano habÌan puesto a la entrada del pueblo, estaban todos llenos de
luminarias, a quien no ofendÌa el viento, que entonces no soplaba sino tan
manso que no tenÌa fuerza para mover las hojas de los ·rboles. Los m˙sicos
eran los regocijadores de la boda, que en diversas cuadrillas por aquel
agradable sitio andaban, unos bailando, y otros cantando, y otros tocando
la diversidad de los referidos instrumentos. En efecto, no parecÌa sino que
por todo aquel prado andaba corriendo la alegrÌa y saltando el contento.

Otros muchos andaban ocupados en levantar andamios, de donde con comodidad
pudiesen ver otro dÌa las representaciones y danzas que se habÌan de hacer
en aquel lugar dedicado para solenizar las bodas del rico Camacho y las
exequias de Basilio. No quiso entrar en el lugar don Quijote, aunque se lo
pidieron asÌ el labrador como el bachiller; pero Èl dio por disculpa,
bastantÌsima a su parecer, ser costumbre de los caballeros andantes dormir
por los campos y florestas antes que en los poblados, aunque fuese debajo
de dorados techos; y con esto, se desviÛ un poco del camino, bien contra la
voluntad de Sancho, viniÈndosele a la memoria el buen alojamiento que habÌa
tenido en el castillo o casa de don Diego.

CapÌtulo XX. Donde se cuentan las bodas de Camacho el rico, con el suceso
de Basilio el pobre

Apenas la blanca aurora habÌa dado lugar a que el luciente Febo, con el
ardor de sus calientes rayos, las lÌquidas perlas de sus cabellos de oro
enjugase, cuando don Quijote, sacudiendo la pereza de sus miembros, se puso
en pie y llamÛ a su escudero Sancho, que a˙n todavÌa roncaba; lo cual visto
por don Quijote, antes que le despertase, le dijo:

-°Oh t˙, bienaventurado sobre cuantos viven sobre la haz de la tierra, pues
sin tener invidia ni ser invidiado, duermes con sosegado espÌritu, ni te
persiguen encantadores, ni sobresaltan encantamentos! Duerme, digo otra
vez, y lo dirÈ otras ciento, sin que te tengan en contina vigilia celos de
tu dama, ni te desvelen pensamientos de pagar deudas que debas, ni de lo
que has de hacer para comer otro dÌa t˙ y tu pequeÒa y angustiada familia.
Ni la ambiciÛn te inquieta, ni la pompa vana del mundo te fatiga, pues los
lÌmites de tus deseos no se estienden a m·s que a pensar tu jumento; que el
de tu persona sobre mis hombros le tienes puesto: contrapeso y carga que
puso la naturaleza y la costumbre a los seÒores. Duerme el criado, y est·
velando el seÒor, pensando cÛmo le ha de sustentar, mejorar y hacer
mercedes. La congoja de ver que el cielo se hace de bronce sin acudir a la
tierra con el conveniente rocÌo no aflige al criado, sino al seÒor, que ha
de sustentar en la esterilidad y hambre al que le sirviÛ en la fertilidad y
abundancia.

A todo esto no respondiÛ Sancho, porque dormÌa, ni despertara tan presto si
don Quijote con el cuento de la lanza no le hiciere volver en sÌ. DespertÛ,
en fin, soÒoliento y perezoso, y, volviendo el rostro a todas partes, dijo:

-De la parte desta enramada, si no me engaÒo, sale un tufo y olor harto m·s
de torreznos asados que de juncos y tomillos: bodas que por tales olores
comienzan, para mi santiguada que deben de ser abundantes y generosas.

-Acaba, glotÛn -dijo don Quijote-; ven, iremos a ver estos desposorios, por
ver lo que hace el desdeÒado Basilio.

-Mas que haga lo que quisiere -respondiÛ Sancho-: no fuera Èl pobre y
cas·rase con Quiteria. øNo hay m·s sino tener un cuarto y querer alzarse
por las nubes? A la fe, seÒor, yo soy de parecer que el pobre debe de
contentarse con lo que hallare, y no pedir cotufas en el golfo. Yo apostarÈ
un brazo que puede Camacho envolver en reales a Basilio; y si esto es asÌ,
como debe de ser, bien boba fuera Quiteria en desechar las galas y las
joyas que le debe de haber dado, y le puede dar Camacho, por escoger el
tirar de la barra y el jugar de la negra de Basilio. Sobre un buen tiro de
barra o sobre una gentil treta de espada no dan un cuartillo de vino en la
taberna. Habilidades y gracias que no son vendibles, mas que las tenga el
conde Dirlos; pero, cuando las tales gracias caen sobre quien tiene buen
dinero, tal sea mi vida como ellas parecen. Sobre un buen cimiento se puede
levantar un buen edificio, y el mejor cimiento y zanja del mundo es el
dinero.

-Por quien Dios es, Sancho -dijo a esta sazÛn don Quijote-, que concluyas
con tu arenga; que tengo para mÌ que si te dejasen seguir en las que a cada
paso comienzas, no te quedarÌa tiempo para comer ni para dormir, que todo
le gastarÌas en hablar.

-Si vuestra merced tuviera buena memoria -replicÛ Sancho-, debiÈrase
acordar de los capÌtulos de nuestro concierto antes que esta ˙ltima vez
saliÈsemos de casa: uno dellos fue que me habÌa de dejar hablar todo
aquello que quisiese, con que no fuese contra el prÛjimo ni contra la
autoridad de vuesa merced; y hasta agora me parece que no he contravenido
contra el tal capÌtulo.

-Yo no me acuerdo, Sancho -respondiÛ don Quijote-, del tal capÌtulo; y,
puesto que sea asÌ, quiero que calles y vengas, que ya los instrumentos que
anoche oÌmos vuelven a alegrar los valles, y sin duda los desposorios se
celebrar·n en el frescor de la maÒana, y no en el calor de la tarde.

Hizo Sancho lo que su seÒor le mandaba, y, poniendo la silla a Rocinante y
la albarda al rucio, subieron los dos, y paso ante paso se fueron entrando
por la enramada.

Lo primero que se le ofreciÛ a la vista de Sancho fue, espetado en un
asador de un olmo entero, un entero novillo; y en el fuego donde se habÌa
de asar ardÌa un mediano monte de leÒa, y seis ollas que alrededor de la
hoguera estaban no se habÌan hecho en la com˙n turquesa de las dem·s ollas,
porque eran seis medias tinajas, que cada una cabÌa un rastro de carne: asÌ
embebÌan y encerraban en sÌ carneros enteros, sin echarse de ver, como si
fueran palominos; las liebres ya sin pellejo y las gallinas sin pluma que
estaban colgadas por los ·rboles para sepultarlas en las ollas no tenÌan
n˙mero; los p·jaros y caza de diversos gÈneros eran infinitos, colgados de
los ·rboles para que el aire los enfriase.

ContÛ Sancho m·s de sesenta zaques de m·s de a dos arrobas cada uno, y
todos llenos, seg˙n despuÈs pareciÛ, de generosos vinos; asÌ habÌa rimeros
de pan blanquÌsimo, como los suele haber de montones de trigo en las eras;
los quesos, puestos como ladrillos enrejados, formaban una muralla, y dos
calderas de aceite, mayores que las de un tinte, servÌan de freÌr cosas de
masa, que con dos valientes palas las sacaban fritas y las zabullÌan en
otra caldera de preparada miel que allÌ junto estaba.

Los cocineros y cocineras pasaban de cincuenta: todos limpios, todos
diligentes y todos contentos. En el dilatado vientre del novillo estaban
doce tiernos y pequeÒos lechones, que, cosidos por encima, servÌan de darle
sabor y enternecerle. Las especias de diversas suertes no parecÌa haberlas
comprado por libras, sino por arrobas, y todas estaban de manifiesto en una
grande arca. Finalmente, el aparato de la boda era r˙stico, pero tan
abundante que podÌa sustentar a un ejÈrcito.

Todo lo miraba Sancho Panza, y todo lo contemplaba, y de todo se
aficionaba: primero le cautivaron y rindieron el deseo las ollas, de quiÈn
Èl tomara de bonÌsima gana un mediano puchero; luego le aficionaron la
voluntad los zaques; y, ˙ltimamente, las frutas de sartÈn, si es que se
podÌan llamar sartenes las tan orondas calderas; y asÌ, sin poderlo sufrir
ni ser en su mano hacer otra cosa, se llegÛ a uno de los solÌcitos
cocineros, y, con corteses y hambrientas razones, le rogÛ le dejase mojar
un mendrugo de pan en una de aquellas ollas. A lo que el cocinero
respondiÛ:

-Hermano, este dÌa no es de aquellos sobre quien tiene juridiciÛn la
hambre, merced al rico Camacho. Apeaos y mirad si hay por ahÌ un cucharÛn,
y espumad una gallina o dos, y buen provecho os hagan.

-No veo ninguno -respondiÛ Sancho.

-Esperad -dijo el cocinero-. °Pecador de mÌ, y quÈ melindroso y para poco
debÈis de ser!

Y, diciendo esto, asiÛ de un caldero, y, encaj·ndole en una de las medias
tinajas, sacÛ en Èl tres gallinas y dos gansos, y dijo a Sancho:

-Comed, amigo, y desayunaos con esta espuma, en tanto que se llega la hora
del yantar.

-No tengo en quÈ echarla -respondiÛ Sancho.

-Pues llevaos -dijo el cocinero- la cuchara y todo, que la riqueza y el
contento de Camacho todo lo suple.

En tanto, pues, que esto pasaba Sancho, estaba don Quijote mirando cÛmo,
por una parte de la enramada, entraban hasta doce labradores sobre doce
hermosÌsimas yeguas, con ricos y vistosos jaeces de campo y con muchos
cascabeles en los petrales, y todos vestidos de regocijo y fiestas; los
cuales, en concertado tropel, corrieron no una, sino muchas carreras por el
prado, con regocijada algazara y grita, diciendo:

-°Vivan Camacho y Quiteria: Èl tan rico como ella hermosa, y ella la m·s
hermosa del mundo!

Oyendo lo cual don Quijote, dijo entre sÌ:

-Bien parece que Èstos no han visto a mi Dulcinea del Toboso, que si la
hubieran visto, ellos se fueran a la mano en las alabanzas desta su
Quiteria.

De allÌ a poco comenzaron a entrar por diversas partes de la enramada
muchas y diferentes danzas, entre las cuales venÌa una de espadas, de hasta
veinte y cuatro zagales de gallardo parecer y brÌo, todos vestidos de
delgado y blanquÌsimo lienzo, con sus paÒos de tocar, labrados de varias
colores de fina seda; y al que los guiaba, que era un ligero mancebo,
preguntÛ uno de los de las yeguas si se habÌa herido alguno de los
danzantes.

-Por ahora, bendito sea Dios, no se ha herido nadie: todos vamos sanos.

Y luego comenzÛ a enredarse con los dem·s compaÒeros, con tantas vueltas y
con tanta destreza que, aunque don Quijote estaba hecho a ver semejantes
danzas, ninguna le habÌa parecido tan bien como aquÈlla.

TambiÈn le pareciÛ bien otra que entrÛ de doncellas hermosÌsimas, tan mozas
que, al parecer, ninguna bajaba de catorce ni llegaba a diez y ocho aÒos,
vestidas todas de palmilla verde, los cabellos parte tranzados y parte
sueltos, pero todos tan rubios, que con los del sol podÌan tener
competencia, sobre los cuales traÌan guirnaldas de jazmines, rosas,
amaranto y madreselva compuestas. Gui·balas un venerable viejo y una
anciana matrona, pero m·s ligeros y sueltos que sus aÒos prometÌan.
HacÌales el son una gaita zamorana, y ellas, llevando en los rostros y en
los ojos a la honestidad y en los pies a la ligereza, se mostraban las
mejores bailadoras del mundo.

Tras Èsta entrÛ otra danza de artificio y de las que llaman habladas. Era
de ocho ninfas, repartidas en dos hileras: de la una hilera era guÌa el
dios Cupido, y de la otra, el InterÈs; aquÈl, adornado de alas, arco,
aljaba y saetas; Èste, vestido de ricas y diversas colores de oro y seda.
Las ninfas que al Amor seguÌan traÌan a las espaldas, en pargamino blanco y
letras grandes, escritos sus nombres: poesÌa era el tÌtulo de la primera,
el de la segunda discreciÛn, el de la tercera buen linaje, el de la cuarta
valentÌa; del modo mesmo venÌan seÒaladas las que al InterÈs seguÌan: decÌa
liberalidad el tÌtulo de la primera, d·diva el de la segunda, tesoro el de
la tercera y el de la cuarta posesiÛn pacÌfica. Delante de todos venÌa un
castillo de madera, a quien tiraban cuatro salvajes, todos vestidos de
yedra y de c·Òamo teÒido de verde, tan al natural, que por poco espantaran
a Sancho. En la frontera del castillo y en todas cuatro partes de sus
cuadros traÌa escrito: castillo del buen recato. HacÌanles el son cuatro
diestros taÒedores de tamboril y flauta.

Comenzaba la danza Cupido, y, habiendo hecho dos mudanzas, alzaba los ojos
y flechaba el arco contra una doncella que se ponÌa entre las almenas del
castillo, a la cual desta suerte dijo:

-Yo soy el dios poderoso

en el aire y en la tierra

y en el ancho mar undoso,

y en cuanto el abismo encierra

en su b·ratro espantoso.

Nunca conocÌ quÈ es miedo;

todo cuanto quiero puedo,

aunque quiera lo imposible,

y en todo lo que es posible

mando, quito, pongo y vedo.

AcabÛ la copla, disparÛ una flecha por lo alto del castillo y retirÛse a
su puesto. SaliÛ luego el InterÈs, y hizo otras dos mudanzas; callaron los
tamborinos, y Èl dijo:

-Soy quien puede m·s que Amor,

y es Amor el que me guÌa;

soy de la estirpe mejor

que el cielo en la tierra crÌa,

m·s conocida y mayor.

Soy el InterÈs, en quien

pocos suelen obrar bien,

y obrar sin mÌ es gran milagro;

y cual soy te me consagro,

por siempre jam·s, amÈn.

RetirÛse el InterÈs, y hÌzose adelante la PoesÌa; la cual, despuÈs de haber
hecho sus mudanzas como los dem·s, puestos los ojos en la doncella del
castillo, dijo:

-En dulcÌsimos conceptos,

la dulcÌsima PoesÌa,

altos, graves y discretos,

seÒora, el alma te envÌa

envuelta entre mil sonetos.

Si acaso no te importuna

mi porfÌa, tu fortuna,

de otras muchas invidiada,

ser· por mÌ levantada

sobre el cerco de la luna.

DesviÛse la PoesÌa, y de la parte del InterÈs saliÛ la Liberalidad, y,
despuÈs de hechas sus mudanzas, dijo:

-Llaman Liberalidad

al dar que el estremo huye

de la prodigalidad,

y del contrario, que arguye

tibia y floja voluntad.

Mas yo, por te engrandecer,

de hoy m·s, prÛdiga he de ser;

que, aunque es vicio, es vicio honrado

y de pecho enamorado,

que en el dar se echa de ver.

Deste modo salieron y se retiraron todas las dos figuras de las dos
escuadras, y cada uno hizo sus mudanzas y dijo sus versos, algunos
elegantes y algunos ridÌculos, y sÛlo tomÛ de memoria don Quijote -que la
tenÌa grande- los ya referidos; y luego se mezclaron todos, haciendo y
deshaciendo lazos con gentil donaire y desenvoltura; y cuando pasaba el
Amor por delante del castillo, disparaba por alto sus flechas, pero el
InterÈs quebraba en Èl alcancÌas doradas.

Finalmente, despuÈs de haber bailado un buen espacio, el InterÈs sacÛ un
bolsÛn, que le formaba el pellejo de un gran gato romano, que parecÌa estar
lleno de dineros, y, arroj·ndole al castillo, con el golpe se desencajaron
las tablas y se cayeron, dejando a la doncella descubierta y sin defensa
alguna. LlegÛ el InterÈs con las figuras de su valÌa, y, ech·ndola una gran
cadena de oro al cuello, mostraron prenderla, rendirla y cautivarla; lo
cual visto por el Amor y sus valedores, hicieron adem·n de quit·rsela; y
todas las demostraciones que hacÌan eran al son de los tamborinos, bailando
y danzando concertadamente. PusiÈronlos en paz los salvajes, los cuales con
mucha presteza volvieron a armar y a encajar las tablas del castillo, y la
doncella se encerrÛ en Èl como de nuevo, y con esto se acabÛ la danza con
gran contento de los que la miraban.

PreguntÛ don Quijote a una de las ninfas que quiÈn la habÌa compuesto y
ordenado. RespondiÛle que un beneficiado de aquel pueblo, que tenÌa gentil
caletre para semejantes invenciones.

-Yo apostarÈ -dijo don Quijote- que debe de ser m·s amigo de Camacho que de
Basilio el tal bachiller o beneficiado, y que debe de tener m·s de satÌrico
que de vÌsperas: °bien ha encajado en la danza las habilidades de Basilio y
las riquezas de Camacho!

Sancho Panza, que lo escuchaba todo, dijo:

-El rey es mi gallo: a Camacho me atengo.

-En fin -dijo don Quijote-, bien se parece, Sancho, que eres villano y de
aquÈllos que dicen: "°Viva quien vence!"

-No sÈ de los que soy -respondiÛ Sancho-, pero bien sÈ que nunca de ollas
de Basilio sacarÈ yo tan elegante espuma como es esta que he sacado de las
de Camacho.

Y enseÒÛle el caldero lleno de gansos y de gallinas, y, asiendo de una,
comenzÛ a comer con mucho donaire y gana, y dijo:

-°A la barba de las habilidades de Basilio!, que tanto vales cuanto tienes,
y tanto tienes cuanto vales. Dos linajes solos hay en el mundo, como decÌa
una ag¸ela mÌa, que son el tener y el no tener, aunque ella al del tener se
atenÌa; y el dÌa de hoy, mi seÒor don Quijote, antes se toma el pulso al
haber que al saber: un asno cubierto de oro parece mejor que un caballo
enalbardado. AsÌ que vuelvo a decir que a Camacho me atengo, de cuyas ollas
son abundantes espumas gansos y gallinas, liebres y conejos; y de las de
Basilio ser·n, si viene a mano, y aunque no venga sino al pie, aguachirle.

-øHas acabado tu arenga, Sancho? -dijo don Quijote.

-HabrÈla acabado -respondiÛ Sancho-, porque veo que vuestra merced recibe
pesadumbre con ella; que si esto no se pusiera de por medio, obra habÌa
cortada para tres dÌas.

-Plega a Dios, Sancho -replicÛ don Quijote-, que yo te vea mudo antes que
me muera.

-Al paso que llevamos -respondiÛ Sancho-, antes que vuestra merced se muera
estarÈ yo mascando barro, y entonces podr· ser que estÈ tan mudo que no
hable palabra hasta la fin del mundo, o, por lo menos, hasta el dÌa del
Juicio.

-Aunque eso asÌ suceda, °oh Sancho! -respondiÛ don Quijote-, nunca llegar·
tu silencio a do ha llegado lo que has hablado, hablas y tienes de hablar
en tu vida; y m·s, que est· muy puesto en razÛn natural que primero llegue
el dÌa de mi muerte que el de la tuya; y asÌ, jam·s pienso verte mudo, ni
aun cuando estÈs bebiendo o durmiendo, que es lo que puedo encarecer.

-A buena fe, seÒor -respondiÛ Sancho-, que no hay que fiar en la
descarnada, digo, en la muerte, la cual tambiÈn come cordero como carnero;
y a nuestro cura he oÌdo decir que con igual pie pisaba las altas torres de
los reyes como las humildes chozas de los pobres. Tiene esta seÒora m·s de
poder que de melindre: no es nada asquerosa, de todo come y a todo hace, y
de toda suerte de gentes, edades y preeminencias hinche sus alforjas. No es
segador que duerme las siestas, que a todas horas siega, y corta asÌ la
seca como la verde yerba; y no parece que masca, sino que engulle y traga
cuanto se le pone delante, porque tiene hambre canina, que nunca se harta;
y, aunque no tiene barriga, da a entender que est· hidrÛpica y sedienta de
beber solas las vidas de cuantos viven, como quien se bebe un jarro de agua
frÌa.

-No m·s, Sancho -dijo a este punto don Quijote-. Tente en buenas, y no te
dejes caer; que en verdad que lo que has dicho de la muerte por tus
r˙sticos tÈrminos es lo que pudiera decir un buen predicador. DÌgote,
Sancho que si como tienes buen natural y discreciÛn, pudieras tomar un
p˙lpito en la mano y irte por ese mundo predicando lindezas...

-Bien predica quien bien vive -respondiÛ Sancho-, y yo no sÈ otras
tologÌas.

-Ni las has menester -dijo don Quijote-; pero yo no acabo de entender ni
alcanzar cÛmo, siendo el principio de la sabidurÌa el temor de Dios, t˙,
que temes m·s a un lagarto que a …l, sabes tanto.

-Juzgue vuesa merced, seÒor, de sus caballerÌas -respondiÛ Sancho-, y no se
meta en juzgar de los temores o valentÌas ajenas, que tan gentil temeroso
soy yo de Dios como cada hijo de vecino; y dÈjeme vuestra merced despabilar
esta espuma, que lo dem·s todas son palabras ociosas, de que nos han de
pedir cuenta en la otra vida.

Y, diciendo esto, comenzÛ de nuevo a dar asalto a su caldero, con tan
buenos alientos que despertÛ los de don Quijote, y sin duda le ayudara, si
no lo impidiera lo que es fuerza se diga adelante.

CapÌtulo XXI. Donde se prosiguen las bodas de Camacho, con otros gustosos
sucesos

Cuando estaban don Quijote y Sancho en las razones referidas en el capÌtulo
antecedente, se oyeron grandes voces y gran ruido, y d·banlas y caus·banle
los de las yeguas, que con larga carrera y grita iban a recebir a los
novios, que, rodeados de mil gÈneros de instrumentos y de invenciones,
venÌan acompaÒados del cura, y de la parentela de entrambos, y de toda la
gente m·s lucida de los lugares circunvecinos, todos vestidos de fiesta. Y
como Sancho vio a la novia, dijo:

-A buena fe que no viene vestida de labradora, sino de garrida palaciega.
°Pardiez, que seg˙n diviso, que las patenas que habÌa de traer son ricos
corales, y la palmilla verde de Cuenca es terciopelo de treinta pelos! °Y
montas que la guarniciÛn es de tiras de lienzo, blanca!, °voto a mÌ que es
de raso!; pues, °tomadme las manos, adornadas con sortijas de azabache!: no
medre yo si no son anillos de oro, y muy de oro, y empedrados con pelras
blancas como una cuajada, que cada una debe de valer un ojo de la cara. °Oh
hideputa, y quÈ cabellos; que, si no son postizos, no los he visto mas
luengos ni m·s rubios en toda mi vida! °No, sino ponedla tacha en el brÌo y
en el talle, y no la comparÈis a una palma que se mueve cargada de racimos
de d·tiles, que lo mesmo parecen los dijes que trae pendientes de los
cabellos y de la garganta! Juro en mi ·nima que ella es una chapada moza, y
que puede pasar por los bancos de Flandes.

RiÛse don Quijote de las r˙sticas alabanzas de Sancho Panza; pareciÛle que,
fuera de su seÒora Dulcinea del Toboso, no habÌa visto mujer m·s hermosa
jam·s. VenÌa la hermosa Quiteria algo descolorida, y debÌa de ser de la
mala noche que siempre pasan las novias en componerse para el dÌa venidero
de sus bodas. Õbanse acercando a un teatro que a un lado del prado estaba,
adornado de alfombras y ramos, adonde se habÌan de hacer los desposorios, y
de donde habÌan de mirar las danzas y las invenciones; y, a la sazÛn que
llegaban al puesto, oyeron a sus espaldas grandes voces, y una que decÌa:

-Esperaos un poco, gente tan inconsiderada como presurosa.

A cuyas voces y palabras todos volvieron la cabeza, y vieron que las daba
un hombre vestido, al parecer, de un sayo negro, jironado de carmesÌ a
llamas. VenÌa coronado -como se vio luego- con una corona de funesto
ciprÈs; en las manos traÌa un bastÛn grande. En llegando m·s cerca, fue
conocido de todos por el gallardo Basilio, y todos estuvieron suspensos,
esperando en quÈ habÌan de parar sus voces y sus palabras, temiendo alg˙n
mal suceso de su venida en sazÛn semejante.

LlegÛ, en fin, cansado y sin aliento, y, puesto delante de los desposados,
hincando el bastÛn en el suelo, que tenÌa el cuento de una punta de acero,
mudada la color, puestos los ojos en Quiteria, con voz tremente y ronca,
estas razones dijo:

-Bien sabes, desconocida Quiteria, que conforme a la santa ley que
profesamos, que viviendo yo, t˙ no puedes tomar esposo; y juntamente no
ignoras que, por esperar yo que el tiempo y mi diligencia mejorasen los
bienes de mi fortuna, no he querido dejar de guardar el decoro que a tu
honra convenÌa; pero t˙, echando a las espaldas todas las obligaciones que
debes a mi buen deseo, quieres hacer seÒor de lo que es mÌo a otro, cuyas
riquezas le sirven no sÛlo de buena fortuna, sino de bonÌsima ventura. Y
para que la tenga colmada, y no como yo pienso que la merece, sino como se
la quieren dar los cielos, yo, por mis manos, desharÈ el imposible o el
inconveniente que puede estorb·rsela, quit·ndome a mÌ de por medio. °Viva,
viva el rico Camacho con la ingrata Quiteria largos y felices siglos, y
muera, muera el pobre Basilio, cuya pobreza cortÛ las alas de su dicha y le
puso en la sepultura!

Y, diciendo esto, asiÛ del bastÛn que tenÌa hincado en el suelo, y,
qued·ndose la mitad dÈl en la tierra, mostrÛ que servÌa de vaina a un
mediano estoque que en Èl se ocultaba; y, puesta la que se podÌa llamar
empuÒadura en el suelo, con ligero desenfado y determinado propÛsito se
arrojÛ sobre Èl, y en un punto mostrÛ la punta sangrienta a las espaldas,
con la mitad del acerada cuchilla, quedando el triste baÒado en su sangre y
tendido en el suelo, de sus mismas armas traspasado.

Acudieron luego sus amigos a favorecerle, condolidos de su miseria y
lastimosa desgracia; y, dejando don Quijote a Rocinante, acudiÛ a
favorecerle y le tomÛ en sus brazos, y hallÛ que a˙n no habÌa espirado.
QuisiÈronle sacar el estoque, pero el cura, que estaba presente, fue de
parecer que no se le sacasen antes de confesarle, porque el sac·rsele y el
espirar serÌa todo a un tiempo. Pero, volviendo un poco en sÌ Basilio, con
voz doliente y desmayada dijo:

-Si quisieses, cruel Quiteria, darme en este ˙ltimo y forzoso trance la
mano de esposa, a˙n pensarÌa que mi temeridad tendrÌa desculpa, pues en
ella alcancÈ el bien de ser tuyo.

El cura, oyendo lo cual, le dijo que atendiese a la salud del alma antes
que a los gustos del cuerpo, y que pidiese muy de veras a Dios perdÛn de
sus pecados y de su desesperada determinaciÛn. A lo cual replicÛ Basilio
que en ninguna manera se confesarÌa si primero Quiteria no le daba la mano
de ser su esposa: que aquel contento le adobarÌa la voluntad y le darÌa
aliento para confesarse.

En oyendo don Quijote la peticiÛn del herido, en altas voces dijo que
Basilio pedÌa una cosa muy justa y puesta en razÛn, y adem·s, muy hacedera,
y que el seÒor Camacho quedarÌa tan honrado recibiendo a la seÒora Quiteria
viuda del valeroso Basilio como si la recibiera del lado de su padre:

-AquÌ no ha de haber m·s de un sÌ, que no tenga otro efecto que el
pronunciarle, pues el t·lamo de estas bodas ha de ser la sepultura.

Todo lo oÌa Camacho, y todo le tenÌa suspenso y confuso, sin saber quÈ
hacer ni quÈ decir; pero las voces de los amigos de Basilio fueron tantas,
pidiÈndole que consintiese que Quiteria le diese la mano de esposa, porque
su alma no se perdiese, partiendo desesperado desta vida, que le movieron,
y aun forzaron, a decir que si Quiteria querÌa d·rsela, que Èl se
contentaba, pues todo era dilatar por un momento el cumplimiento de sus
deseos.

Luego acudieron todos a Quiteria, y unos con ruegos, y otros con l·grimas,
y otros con eficaces razones, la persuadÌan que diese la mano al pobre
Basilio; y ella, m·s dura que un m·rmol y m·s sesga que una estatua,
mostraba que ni sabÌa ni podÌa, ni querÌa responder palabra; ni la
respondiera si el cura no la dijera que se determinase presto en lo que
habÌa de hacer, porque tenÌa Basilio ya el alma en los dientes, y no daba
lugar a esperar inresolutas determinaciones.

Entonces la hermosa Quiteria, sin responder palabra alguna, turbada, al
parecer triste y pesarosa, llegÛ donde Basilio estaba, ya los ojos vueltos,
el aliento corto y apresurado, murmurando entre los dientes el nombre de
Quiteria, dando muestras de morir como gentil, y no como cristiano. LlegÛ,
en fin, Quiteria, y, puesta de rodillas, le pidiÛ la mano por seÒas, y no
por palabras. DesencajÛ los ojos Basilio, y, mir·ndola atentamente, le
dijo:

-°Oh Quiteria, que has venido a ser piadosa a tiempo cuando tu piedad ha de
servir de cuchillo que me acabe de quitar la vida, pues ya no tengo fuerzas
para llevar la gloria que me das en escogerme por tuyo, ni para suspender
el dolor que tan apriesa me va cubriendo los ojos con la espantosa sombra
de la muerte! Lo que te suplico es, °oh fatal estrella mÌa!, que la mano
que me pides y quieres darme no sea por cumplimiento, ni para engaÒarme de
nuevo, sino que confieses y digas que, sin hacer fuerza a tu voluntad, me
la entregas y me la das como a tu legÌtimo esposo; pues no es razÛn que en
un trance como Èste me engaÒes, ni uses de fingimientos con quien tantas
verdades ha tratado contigo.

Entre estas razones, se desmayaba, de modo que todos los presentes pensaban
que cada desmayo se habÌa de llevar el alma consigo. Quiteria, toda honesta
y toda vergonzosa, asiendo con su derecha mano la de Basilio, le dijo:

-Ninguna fuerza fuera bastante a torcer mi voluntad; y asÌ, con la m·s
libre que tengo te doy la mano de legÌtima esposa, y recibo la tuya, si es
que me la das de tu libre albedrÌo, sin que la turbe ni contraste la
calamidad en que tu discurso acelerado te ha puesto.

-SÌ doy -respondiÛ Basilio-, no turbado ni confuso, sino con el claro
entendimiento que el cielo quiso darme; y asÌ, me doy y me entrego por tu
esposo.

-Y yo por tu esposa -respondiÛ Quiteria-, ahora vivas largos aÒos, ahora te
lleven de mis brazos a la sepultura.

-Para estar tan herido este mancebo -dijo a este punto Sancho Panza-, mucho
habla; h·ganle que se deje de requiebros y que atienda a su alma, que, a mi
parecer, m·s la tiene en la lengua que en los dientes.

Estando, pues, asidos de las manos Basilio y Quiteria, el cura, tierno y
lloroso, los echÛ la bendiciÛn y pidiÛ al cielo diese buen poso al alma del
nuevo desposado; el cual, asÌ como recibiÛ la bendiciÛn, con presta
ligereza se levantÛ en pie, y con no vista desenvoltura se sacÛ el estoque,
a quien servÌa de vaina su cuerpo.

Quedaron todos los circunstantes admirados, y algunos dellos, m·s simples
que curiosos, en altas voces, comenzaron a decir:

-°Milagro, milagro!

Pero Basilio replicÛ:

-°No "milagro, milagro", sino industria, industria!

El cura, desatentado y atÛnito, acudiÛ con ambas manos a tentar la herida,
y hallÛ que la cuchilla habÌa pasado, no por la carne y costillas de
Basilio, sino por un caÒÛn hueco de hierro que, lleno de sangre, en aquel
lugar bien acomodado tenÌa; preparada la sangre, seg˙n despuÈs se supo, de
modo que no se helase.

Finalmente, el cura y Camacho, con todos los m·s circunstantes, se tuvieron
por burlados y escarnidos. La esposa no dio muestras de pesarle de la
burla; antes, oyendo decir que aquel casamiento, por haber sido engaÒoso,
no habÌa de ser valedero, dijo que ella le confirmaba de nuevo; de lo cual
coligieron todos que de consentimiento y sabidurÌa de los dos se habÌa
trazado aquel caso, de lo que quedÛ Camacho y sus valedores tan corridos
que remitieron su venganza a las manos, y, desenvainando muchas espadas,
arremetieron a Basilio, en cuyo favor en un instante se desenvainaron casi
otras tantas. Y, tomando la delantera a caballo don Quijote, con la lanza
sobre el brazo y bien cubierto de su escudo, se hacÌa dar lugar de todos.
Sancho, a quien jam·s pluguieron ni solazaron semejantes fechurÌas, se
acogiÛ a las tinajas, donde habÌa sacado su agradable espuma, pareciÈndole
aquel lugar como sagrado, que habÌa de ser tenido en respeto. Don Quijote,
a grandes voces, decÌa:

-Teneos, seÒores, teneos, que no es razÛn tomÈis venganza de los agravios
que el amor nos hace; y advertid que el amor y la guerra son una misma
cosa, y asÌ como en la guerra es cosa lÌcita y acostumbrada usar de ardides
y estratagemas para vencer al enemigo, asÌ en las contiendas y competencias
amorosas se tienen por buenos los embustes y maraÒas que se hacen para
conseguir el fin que se desea, como no sean en menoscabo y deshonra de la
cosa amada. Quiteria era de Basilio, y Basilio de Quiteria, por justa y
favorable disposiciÛn de los cielos. Camacho es rico, y podr· comprar su
gusto cuando, donde y como quisiere. Basilio no tiene m·s desta oveja, y no
se la ha de quitar alguno, por poderoso que sea; que a los dos que Dios
junta no podr· separar el hombre; y el que lo intentare, primero ha de
pasar por la punta desta lanza.

Y, en esto, la blandiÛ tan fuerte y tan diestramente, que puso pavor en
todos los que no le conocÌan, y tan intensamente se fijÛ en la imaginaciÛn
de Camacho el desdÈn de Quiteria, que se la borrÛ de la memoria en un
instante; y asÌ, tuvieron lugar con Èl las persuasiones del cura, que era
varÛn prudente y bien intencionado, con las cuales quedÛ Camacho y los de
su parcialidad pacÌficos y sosegados; en seÒal de lo cual volvieron las
espadas a sus lugares, culpando m·s a la facilidad de Quiteria que a la
industria de Basilio; haciendo discurso Camacho que si Quiteria querÌa bien
a Basilio doncella, tambiÈn le quisiera casada, y que debÌa de dar gracias
al cielo, m·s por habÈrsela quitado que por habÈrsela dado.

Consolado, pues, y pacÌfico Camacho y los de su mesnada, todos los de la de
Basilio se sosegaron, y el rico Camacho, por mostrar que no sentÌa la
burla, ni la estimaba en nada, quiso que las fiestas pasasen adelante como
si realmente se desposara; pero no quisieron asistir a ellas Basilio ni su
esposa ni secuaces; y asÌ, se fueron a la aldea de Basilio, que tambiÈn los
pobres virtuosos y discretos tienen quien los siga, honre y ampare, como
los ricos tienen quien los lisonjee y acompaÒe.

LlevarÛnse consigo a don Quijote, estim·ndole por hombre de valor y de pelo
en pecho. A sÛlo Sancho se le escureciÛ el alma, por verse imposibilitado
de aguardar la esplÈndida comida y fiestas de Camacho, que duraron hasta la
noche; y asÌ, asenderado y triste, siguiÛ a su seÒor, que con la cuadrilla
de Basilio iba, y asÌ se dejÛ atr·s las ollas de Egipto, aunque las llevaba
en el alma, cuya ya casi consumida y acabada espuma, que en el caldero
llevaba, le representaba la gloria y la abundancia del bien que perdÌa; y
asÌ, congojado y pensativo, aunque sin hambre, sin apearse del rucio,
siguiÛ las huellas de Rocinante.

CapÌtulo XXII. Donde se da cuenta de la grande aventura de la cueva de
Montesinos, que est· en el corazÛn de la Mancha, a quien dio felice cima el
valeroso don Quijote de la Mancha

Grandes fueron y muchos los regalos que los desposados hicieron a don
Quijote, obligados de las muestras que habÌa dado defendiendo su causa, y
al par de la valentÌa le graduaron la discreciÛn, teniÈndole por un Cid en
las armas y por un CicerÛn en la elocuencia. El buen Sancho se refocilÛ
tres dÌas a costa de los novios, de los cuales se supo que no fue traza
comunicada con la hermosa Quiteria el herirse fingidamente, sino industria
de Basilio, esperando della el mesmo suceso que se habÌa visto; bien es
verdad que confesÛ que habÌa dado parte de su pensamiento a algunos de sus
amigos, para que al tiempo necesario favoreciesen su intenciÛn y abonasen
su engaÒo.

-No se pueden ni deben llamar engaÒos -dijo don Quijote- los que ponen la
mira en virtuosos fines.

Y que el de casarse los enamorados era el fin de m·s excelencia,
advirtiendo que el mayor contrario que el amor tiene es la hambre y la
continua necesidad, porque el amor es todo alegrÌa, regocijo y contento, y
m·s cuando el amante est· en posesiÛn de la cosa amada, contra quien son
enemigos opuestos y declarados la necesidad y la pobreza; y que todo esto
decÌa con intenciÛn de que se dejase el seÒor Basilio de ejercitar las
habilidades que sabe, que, aunque le daban fama, no le daban dineros, y que
atendiese a granjear hacienda por medios lÌcitos e industriosos, que nunca
faltan a los prudentes y aplicados.

-El pobre honrado, si es que puede ser honrado el pobre, tiene prenda en
tener mujer hermosa, que, cuando se la quitan, le quitan la honra y se la
matan. La mujer hermosa y honrada, cuyo marido es pobre, merece ser
coronada con laureles y palmas de vencimiento y triunfo. La hermosura, por
sÌ sola, atrae las voluntades de cuantos la miran y conocen, y como a
seÒuelo gustoso se le abaten las ·guilas reales y los p·jaros altaneros;
pero si a la tal hermosura se le junta la necesidad y la estrecheza,
tambiÈn la embisten los cuervos, los milanos y las otras aves de rapiÒa; y
la que est· a tantos encuentros firme bien merece llamarse corona de su
marido. Mirad, discreto Basilio -aÒadiÛ don Quijote-: opiniÛn fue de no sÈ
quÈ sabio que no habÌa en todo el mundo sino una sola mujer buena, y daba
por consejo que cada uno pensase y creyese que aquella sola buena era la
suya, y asÌ vivirÌa contento. Yo no soy casado, ni hasta agora me ha venido
en pensamiento serlo; y, con todo esto, me atreverÌa a dar consejo al que
me lo pidiese del modo que habÌa de buscar la mujer con quien se quisiese
casar. Lo primero, le aconsejarÌa que mirase m·s a la fama que a la
hacienda, porque la buena mujer no alcanza la buena fama solamente con ser
buena, sino con parecerlo; que mucho m·s daÒan a las honras de las mujeres
las desenvolturas y libertades p˙blicas que las maldades secretas. Si traes
buena mujer a tu casa, f·cil cosa serÌa conservarla, y aun mejorarla, en
aquella bondad; pero si la traes mala, en trabajo te pondr· el enmendarla:
que no es muy hacedero pasar de un estremo a otro. Yo no digo que sea
imposible, pero tÈngolo por dificultoso.

OÌa todo esto Sancho, y dijo entre sÌ:

-Este mi amo, cuando yo hablo cosas de meollo y de sustancia suele decir
que podrÌa yo tomar un p˙lpito en las manos y irme por ese mundo adelante
predicando lindezas; y yo digo dÈl que cuando comienza a enhilar sentencias
y a dar consejos, no sÛlo puede tomar p˙lpito en las manos, sino dos en
cada dedo, y andarse por esas plazas a øquÈ quieres boca? °V·late el diablo
por caballero andante, que tantas cosas sabes! Yo pensaba en mi ·nima que
sÛlo podÌa saber aquello que tocaba a sus caballerÌas, pero no hay cosa
donde no pique y deje de meter su cucharada.

Murmuraba esto algo Sancho, y entreoyÛle su seÒor, y preguntÛle:

-øQuÈ murmuras, Sancho?

-No digo nada, ni murmuro de nada -respondiÛ Sancho-; sÛlo estaba diciendo
entre mÌ que quisiera haber oÌdo lo que vuesa merced aquÌ ha dicho antes
que me casara, que quiz· dijera yo agora: "El buey suelto bien se lame".

-øTan mala es tu Teresa, Sancho? -dijo don Quijote.

-No es muy mala -respondiÛ Sancho-, pero no es muy buena; a lo menos, no es
tan buena como yo quisiera.

-Mal haces, Sancho -dijo don Quijote-, en decir mal de tu mujer, que, en
efecto, es madre de tus hijos.

-No nos debemos nada -respondiÛ Sancho-, que tambiÈn ella dice mal de mÌ
cuando se le antoja, especialmente cuando est· celosa, que entonces s˙frala
el mesmo Satan·s.

Finalmente, tres dÌas estuvieron con los novios, donde fueron regalados y
servidos como cuerpos de rey. PidiÛ don Quijote al diestro licenciado le
diese una guÌa que le encaminase a la cueva de Montesinos, porque tenÌa
gran deseo de entrar en ella y ver a ojos vistas si eran verdaderas las
maravillas que de ella se decÌan por todos aquellos contornos. El
licenciado le dijo que le darÌa a un primo suyo, famoso estudiante y muy
aficionado a leer libros de caballerÌas, el cual con mucha voluntad le
pondrÌa a la boca de la mesma cueva, y le enseÒarÌa las lagunas de Ruidera,
famosas ansimismo en toda la Mancha, y aun en toda EspaÒa; y dÌjole que
llevarÌa con Èl gustoso entretenimiento, a causa que era mozo que sabÌa
hacer libros para imprimir y para dirigirlos a prÌncipes. Finalmente, el
primo vino con una pollina preÒada, cuya albarda cubrÌa un gayado tapete o
arpillera. EnsillÛ Sancho a Rocinante y aderezÛ al rucio, proveyÛ sus
alforjas, a las cuales acompaÒaron las del primo, asimismo bien proveÌdas,
y, encomend·ndose a Dios y despediÈndose de todos, se pusieron en camino,
tomando la derrota de la famosa cueva de Montesinos.

En el camino preguntÛ don Quijote al primo de quÈ gÈnero y calidad eran sus
ejercicios, su profesiÛn y estudios; a lo que Èl respondiÛ que su
profesiÛn era ser humanista; sus ejercicios y estudios, componer libros
para dar a la estampa, todos de gran provecho y no menos entretenimiento
para la rep˙blica; que el uno se intitulaba el de las libreas, donde pinta
setecientas y tres libreas, con sus colores, motes y cifras, de donde
podÌan sacar y tomar las que quisiesen en tiempo de fiestas y regocijos los
caballeros cortesanos, sin andarlas mendigando de nadie, ni lambicando,
como dicen, el cerbelo, por sacarlas conformes a sus deseos e intenciones.

-Porque doy al celoso, al desdeÒado, al olvidado y al ausente las que les
convienen, que les vendr·n m·s justas que pecadoras. Otro libro tengo
tambiÈn, a quien he de llamar MetamorfÛseos, o Ovidio espaÒol, de invenciÛn
nueva y rara; porque en Èl, imitando a Ovidio a lo burlesco, pinto quiÈn
fue la Giralda de Sevilla y el ¡ngel de la Madalena, quiÈn el CaÒo de
Vecinguerra, de CÛrdoba, quiÈnes los Toros de Guisando, la Sierra Morena,
las fuentes de Leganitos y LavapiÈs, en Madrid, no olvid·ndome de la del
Piojo, de la del CaÒo Dorado y de la Priora; y esto, con sus alegorÌas,
met·foras y translaciones, de modo que alegran, suspenden y enseÒan a un
mismo punto. Otro libro tengo, que le llamo Suplemento a Virgilio Polidoro,
que trata de la invenciÛn de las cosas, que es de grande erudiciÛn y
estudio, a causa que las cosas que se dejÛ de decir Polidoro de gran
sustancia, las averiguo yo, y las declaro por gentil estilo. OlvidÛsele a
Virgilio de declararnos quiÈn fue el primero que tuvo catarro en el mundo,
y el primero que tomÛ las unciones para curarse del morbo g·lico, y yo lo
declaro al pie de la letra, y lo autorizo con m·s de veinte y cinco
autores: porque vea vuesa merced si he trabajado bien y si ha de ser ˙til
el tal libro a todo el mundo.

Sancho, que habÌa estado muy atento a la narraciÛn del primo, le dijo:

-DÌgame, seÒor, asÌ Dios le dÈ buena manderecha en la impresiÛn de sus
libros: øsabrÌame decir, que sÌ sabr·, pues todo lo sabe, quiÈn fue el
primero que se rascÛ en la cabeza, que yo para mÌ tengo que debiÛ de ser
nuestro padre Ad·n?

-SÌ serÌa -respondiÛ el primo-, porque Ad·n no hay duda sino que tuvo
cabeza y cabellos; y, siendo esto asÌ, y siendo el primer hombre del mundo,
alguna vez se rascarÌa.

-AsÌ lo creo yo -respondiÛ Sancho-; pero dÌgame ahora: øquiÈn fue el primer
volteador del mundo?

-En verdad, hermano -respondiÛ el primo-, que no me sabrÈ determinar por
ahora, hasta que lo estudie. Yo lo estudiarÈ, en volviendo adonde tengo mis
libros, y yo os satisfarÈ cuando otra vez nos veamos, que no ha de ser Èsta
la postrera.

-Pues mire, seÒor -replicÛ Sancho-, no tome trabajo en esto, que ahora he
caÌdo en la cuenta de lo que le he preguntado. Sepa que el primer volteador
del mundo fue Lucifer, cuando le echaron o arrojaron del cielo, que vino
volteando hasta los abismos.

-Tienes razÛn, amigo -dijo el primo.

Y dijo don Quijote:

-Esa pregunta y respuesta no es tuya, Sancho: a alguno las has oÌdo decir.

-Calle, seÒor -replicÛ Sancho-, que a buena fe que si me doy a preguntar y
a responder, que no acabe de aquÌ a maÒana. SÌ, que para preguntar
necedades y responder disparates no he menester yo andar buscando ayuda de
vecinos.

-M·s has dicho, Sancho, de lo que sabes -dijo don Quijote-; que hay algunos
que se cansan en saber y averiguar cosas que, despuÈs de sabidas y
averiguadas, no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria.

En estas y otras gustosas pl·ticas se les pasÛ aquel dÌa, y a la noche se
albergaron en una pequeÒa aldea, adonde el primo dijo a don Quijote que
desde allÌ a la cueva de Montesinos no habÌa m·s de dos leguas, y que si
llevaba determinado de entrar en ella, era menester proverse de sogas, para
atarse y descolgarse en su profundidad.

Don Quijote dijo que, aunque llegase al abismo, habÌa de ver dÛnde paraba;
y asÌ, compraron casi cien brazas de soga, y otro dÌa, a las dos de la
tarde, llegaron a la cueva, cuya boca es espaciosa y ancha, pero llena de
cambroneras y cabrahÌgos, de zarzas y malezas, tan espesas y intricadas,
que de todo en todo la ciegan y encubren. En viÈndola, se apearon el primo,
Sancho y don Quijote, al cual los dos le ataron luego fortÌsimamente con
las sogas; y, en tanto que le fajaban y ceÒÌan, le dijo Sancho:

-Mire vuestra merced, seÒor mÌo, lo que hace: no se quiera sepultar en
vida, ni se ponga adonde parezca frasco que le ponen a enfriar en alg˙n
pozo. SÌ, que a vuestra merced no le toca ni ataÒe ser el escudriÒador
desta que debe de ser peor que mazmorra.

-Ata y calla -respondiÛ don Quijote-, que tal empresa como aquÈsta, Sancho
amigo, para mÌ estaba guardada.

Y entonces dijo la guÌa:

-Suplico a vuesa merced, seÒor don Quijote, que mire bien y especule con
cien ojos lo que hay all· dentro: quiz· habr· cosas que las ponga yo en el
libro de mis Transformaciones.

-En manos est· el pandero que le sabr· bien taÒer -respondiÛ Sancho Panza.

Dicho esto y acabada la ligadura de don Quijote -que no fue sobre el arnÈs,
sino sobre el jubÛn de armar-, dijo don Quijote:

-Inadvertidos hemos andado en no habernos proveÌdo de alg˙n esquilÛn
pequeÒo, que fuera atado junto a mÌ en esta mesma soga, con cuyo sonido se
entendiera que todavÌa bajaba y estaba vivo; pero, pues ya no es posible, a
la mano de Dios, que me guÌe.

Y luego se hincÛ de rodillas y hizo una oraciÛn en voz baja al cielo,
pidiendo a Dios le ayudase y le diese buen suceso en aquella, al parecer,
peligrosa y nueva aventura, y en voz alta dijo luego:

-°Oh seÒora de mis acciones y movimientos, clarÌsima y sin par Dulcinea del
Toboso! Si es posible que lleguen a tus oÌdos las plegarias y rogaciones
deste tu venturoso amante, por tu inaudita belleza te ruego las escuches,
que no son otras que rogarte no me niegues tu favor y amparo, ahora que
tanto le he menester. Yo voy a despeÒarme, a empozarme y a hundirme en el
abismo que aquÌ se me representa, sÛlo porque conozca el mundo que si t˙ me
favoreces, no habr· imposible a quien yo no acometa y acabe.

Y, en diciendo esto, se acercÛ a la sima; vio no ser posible descolgarse,
ni hacer lugar a la entrada, si no era a fuerza de brazos, o a cuchilladas,
y asÌ, poniendo mano a la espada, comenzÛ a derribar y a cortar de aquellas
malezas que a la boca de la cueva estaban, por cuyo ruido y estruendo
salieron por ella una infinidad de grandÌsimos cuervos y grajos, tan
espesos y con tanta priesa, que dieron con don Quijote en el suelo; y si Èl
fuera tan agorero como catÛlico cristiano, lo tuviera a mala seÒal y
escusara de encerrarse en lugar semejante.

Finalmente se levantÛ, y, viendo que no salÌan m·s cuervos ni otras aves
noturnas, como fueron murciÈlagos, que asimismo entre los cuervos salieron,
d·ndole soga el primo y Sancho, se dejÛ calar al fondo de la caverna
espantosa; y, al entrar, ech·ndole Sancho su bendiciÛn y haciendo sobre Èl
mil cruces, dijo:

-°Dios te guÌe y la PeÒa de Francia, junto con la Trinidad de Gaeta, flor,
nata y espuma de los caballeros andantes! °All· vas, valentÛn del mundo,
corazÛn de acero, brazos de bronce! °Dios te guÌe, otra vez, y te vuelva
libre, sano y sin cautela a la luz desta vida, que dejas por enterrarte en
esta escuridad que buscas!

Casi las mismas plegarias y deprecaciones hizo el primo.

Iba don Quijote dando voces que le diesen soga y m·s soga, y ellos se la
daban poco a poco; y cuando las voces, que acanaladas por la cueva salÌan,
dejaron de oÌrse, ya ellos tenÌan descolgadas las cien brazas de soga, y
fueron de parecer de volver a subir a don Quijote, pues no le podÌan dar
m·s cuerda. Con todo eso, se detuvieron como media hora, al cabo del cual
espacio volvieron a recoger la soga con mucha facilidad y sin peso alguno,
seÒal que les hizo imaginar que don Quijote se quedaba dentro; y,
creyÈndolo asÌ, Sancho lloraba amargamente y tiraba con mucha priesa por
desengaÒarse, pero, llegando, a su parecer, a poco m·s de las ochenta
brazas, sintieron peso, de que en estremo se alegraron. Finalmente, a las
diez vieron distintamente a don Quijote, a quien dio voces Sancho,
diciÈndole:

-Sea vuestra merced muy bien vuelto, seÒor mÌo, que ya pens·bamos que se
quedaba all· para casta.

Pero no respondÌa palabra don Quijote; y, sac·ndole del todo, vieron que
traÌa cerrados los ojos, con muestras de estar dormido. TendiÈronle en el
suelo y desli·ronle, y con todo esto no despertaba; pero tanto le volvieron
y revolvieron, sacudieron y menearon, que al cabo de un buen espacio volviÛ
en sÌ, desperez·ndose, bien como si de alg˙n grave y profundo sueÒo
despertara; y, mirando a una y otra parte, como espantado, dijo:

-Dios os lo perdone, amigos; que me habÈis quitado de la m·s sabrosa y
agradable vida y vista que ning˙n humano ha visto ni pasado. En efecto,
ahora acabo de conocer que todos los contentos desta vida pasan como sombra
y sueÒo, o se marchitan como la flor del campo. °Oh desdichado Montesinos!
°Oh mal ferido Durandarte! °Oh sin ventura Belerma! °Oh lloroso Guadiana, y
vosotras sin dicha ijas de Ruidera, que mostr·is en vuestras aguas las que
lloraron vuestros hermosos ojos!

Escuchaban el primo y Sancho las palabras de don Quijote, que las decÌa
como si con dolor inmenso las sacara de las entraÒas. Suplic·ronle les
diese a entender lo que decÌa, y les dijese lo que en aquel infierno habÌa
visto.

-øInfierno le llam·is? -dijo don Quijote-; pues no le llamÈis ansÌ, porque
no lo merece, como luego verÈis.

PidiÛ que le diesen algo de comer, que traÌa grandÌsima hambre. Tendieron
la arpillera del primo sobre la verde yerba, acudieron a la despensa de sus
alforjas, y, sentados todos tres en buen amor y compaÒa, merendaron y
cenaron, todo junto. Levantada la arpillera, dijo don Quijote de la Mancha:

-No se levante nadie, y estadme, hijos, todos atentos.

CapÌtulo XXIII. De las admirables cosas que el estremado don Quijote contÛ
que habÌa visto en la profunda cueva de Montesinos, cuya imposibilidad y
grandeza hace que se tenga esta aventura por apÛcrifa

Las cuatro de la tarde serÌan cuando el sol, entre nubes cubierto, con luz
escasa y templados rayos, dio lugar a don Quijote para que, sin calor y
pesadumbre, contase a sus dos clarÌsimos oyentes lo que en la cueva de
Montesinos habÌa visto. Y comenzÛ en el modo siguiente:

-A obra de doce o catorce estados de la profundidad desta mazmorra, a la
derecha mano, se hace una concavidad y espacio capaz de poder caber en ella
un gran carro con sus mulas. …ntrale una pequeÒa luz por unos resquicios o
agujeros, que lejos le responden, abiertos en la superficie de la tierra.
Esta concavidad y espacio vi yo a tiempo cuando ya iba cansado y mohÌno de
verme, pendiente y colgado de la soga, caminar por aquella escura regiÛn
abajo, sin llevar cierto ni determinado camino; y asÌ, determinÈ entrarme
en ella y descansar un poco. Di voces, pidiÈndoos que no descolg·sedes m·s
soga hasta que yo os lo dijese, pero no debistes de oÌrme. Fui recogiendo
la soga que envi·bades, y, haciendo della una rosca o rimero, me sentÈ
sobre Èl, pensativo adem·s, considerando lo que hacer debÌa para calar al
fondo, no teniendo quiÈn me sustentase; y, estando en este pensamiento y
confusiÛn, de repente y sin procurarlo, me salteÛ un sueÒo profundÌsimo; y,
cuando menos lo pensaba, sin saber cÛmo ni cÛmo no, despertÈ dÈl y me hallÈ
en la mitad del m·s bello, ameno y deleitoso prado que puede criar la
naturaleza ni imaginar la m·s discreta imaginaciÛn humana. DespabilÈ los
ojos, limpiÈmelos, y vi que no dormÌa, sino que realmente estaba despierto;
con todo esto, me tentÈ la cabeza y los pechos, por certificarme si era yo
mismo el que allÌ estaba, o alguna fantasma vana y contrahecha; pero el
tacto, el sentimiento, los discursos concertados que entre mÌ hacÌa, me
certificaron que yo era allÌ entonces el que soy aquÌ ahora. OfreciÛseme
luego a la vista un real y suntuoso palacio o alc·zar, cuyos muros y
paredes parecÌan de transparente y claro cristal fabricados; del cual
abriÈndose dos grandes puertas, vi que por ellas salÌa y hacÌa mÌ se venÌa
un venerable anciano, vestido con un capuz de bayeta morada, que por el
suelo le arrastraba: ceÒÌale los hombros y los pechos una beca de colegial,
de raso verde; cubrÌale la cabeza una gorra milanesa negra, y la barba,
canÌsima, le pasaba de la cintura; no traÌa arma ninguna, sino un rosario
de cuentas en la mano, mayores que medianas nueces, y los dieces asimismo
como huevos medianos de avestruz; el continente, el paso, la gravedad y la
anchÌsima presencia, cada cosa de por sÌ y todas juntas, me suspendieron y
admiraron. LlegÛse a mÌ, y lo primero que hizo fue abrazarme estrechamente,
y luego decirme: ''Luengos tiempos ha, valeroso caballero don Quijote de la
Mancha, que los que estamos en estas soledades encantados esperamos verte,
para que des noticia al mundo de lo que encierra y cubre la profunda cueva
por donde has entrado, llamada la cueva de Montesinos: hazaÒa sÛlo guardada
para ser acometida de tu invencible corazÛn y de tu ·nimo stupendo. Ven
conmigo, seÒor clarÌsimo, que te quiero mostrar las maravillas que este
transparente alc·zar solapa, de quien yo soy alcaide y guarda mayor
perpetua, porque soy el mismo Montesinos, de quien la cueva toma nombre''.
Apenas me dijo que era Montesinos, cuando le preguntÈ si fue verdad lo que
en el mundo de ac· arriba se contaba: que Èl habÌa sacado de la mitad del
pecho, con una pequeÒa daga, el corazÛn de su grande amigo Durandarte y
llev·dole a la SeÒora Belerma, como Èl se lo mandÛ al punto de su muerte.
RespondiÛme que en todo decÌan verdad, sino en la daga, porque no fue daga,
ni pequeÒa, sino un puÒal buido, m·s agudo que una lezna.

-DebÌa de ser -dijo a este punto Sancho- el tal puÒal de RamÛn de Hoces, el
sevillano.

-No sÈ -prosiguiÛ don Quijote-, pero no serÌa dese puÒalero, porque RamÛn
de Hoces fue ayer, y lo de Roncesvalles, donde aconteciÛ esta desgracia, ha
muchos aÒos; y esta averiguaciÛn no es de importancia, ni turba ni altera
la verdad y contesto de la historia.

-AsÌ es -respondiÛ el primo-; prosiga vuestra merced, seÒor don Quijote,
que le escucho con el mayor gusto del mundo.

-No con menor lo cuento yo -respondiÛ don Quijote-; y asÌ, digo que el
venerable Montesinos me metiÛ en el cristalino palacio, donde en una sala
baja, fresquÌsima sobremodo y toda de alabastro, estaba un sepulcro de
m·rmol, con gran maestrÌa fabricado, sobre el cual vi a un caballero
tendido de largo a largo, no de bronce, ni de m·rmol, ni de jaspe hecho,
como los suele haber en otros sepulcros, sino de pura carne y de puros
huesos. TenÌa la mano derecha (que, a mi parecer, es algo peluda y nervosa,
seÒal de tener muchas fuerzas su dueÒo) puesta sobre el lado del corazÛn,
y, antes que preguntase nada a Montesinos, viÈndome suspenso mirando al del
sepulcro, me dijo: ''…ste es mi amigo Durandarte, flor y espejo de los
caballeros enamorados y valientes de su tiempo; tiÈnele aquÌ encantado,
como me tiene a mÌ y a otros muchos y muchas, MerlÌn, aquel francÈs
encantador que dicen que fue hijo del diablo; y lo que yo creo es que no
fue hijo del diablo, sino que supo, como dicen, un punto m·s que el diablo.
El cÛmo o para quÈ nos encantÛ nadie lo sabe, y ello dir· andando los
tiempos, que no est·n muy lejos, seg˙n imagino. Lo que a mÌ me admira es
que sÈ, tan cierto como ahora es de dÌa, que Durandarte acabÛ los de su
vida en mis brazos, y que despuÈs de muerto le saquÈ el corazÛn con mis
propias manos; y en verdad que debÌa de pesar dos libras, porque, seg˙n los
naturales, el que tiene mayor corazÛn es dotado de mayor valentÌa del que
le tiene pequeÒo. Pues siendo esto asÌ, y que realmente muriÛ este
caballero, øcÛmo ahora se queja y sospira de cuando en cuando, como si
estuviese vivo?'' Esto dicho, el mÌsero Durandarte, dando una gran voz,
dijo:

''°Oh, mi primo Montesinos!

Lo postrero que os rogaba,

que cuando yo fuere muerto,

y mi ·nima arrancada,

que llevÈis mi corazÛn

adonde Belerma estaba,

sac·ndomele del pecho,

ya con puÒal, ya con daga.''

Oyendo lo cual el venerable Montesinos, se puso de rodillas ante el
lastimado caballero, y, con l·grimas en los ojos, le dijo: ''Ya, seÒor
Durandarte, carÌsimo primo mÌo, ya hice lo que me mandastes en el aciago
dÌa de nuestra pÈrdida: yo os saquÈ el corazÛn lo mejor que pude, sin que
os dejase una mÌnima parte en el pecho; yo le limpiÈ con un paÒizuelo de
puntas; yo partÌ con Èl de carrera para Francia, habiÈndoos primero puesto
en el seno de la tierra, con tantas l·grimas, que fueron bastantes a
lavarme las manos y limpiarme con ellas la sangre que tenÌan, de haberos
andado en las entraÒas; y, por m·s seÒas, primo de mi alma, en el primero
lugar que topÈ, saliendo de Roncesvalles, echÈ un poco de sal en vuestro
corazÛn, porque no oliese mal, y fuese, si no fresco, a lo menos amojamado,
a la presencia de la seÒora Belerma; la cual, con vos, y conmigo, y con
Guadiana, vuestro escudero, y con la dueÒa Ruidera y sus siete hijas y dos
sobrinas, y con otros muchos de vuestros conocidos y amigos, nos tiene aquÌ
encantados el sabio MerlÌn ha muchos aÒos; y, aunque pasan de quinientos,
no se ha muerto ninguno de nosotros: solamente faltan Ruidera y sus hijas y
sobrinas, las cuales llorando, por compasiÛn que debiÛ de tener MerlÌn
dellas, las convirtiÛ en otras tantas lagunas, que ahora, en el mundo de
los vivos y en la provincia de la Mancha, las llaman las lagunas de
Ruidera; las siete son de los reyes de EspaÒa, y las dos sobrinas, de los
caballeros de una orden santÌsima, que llaman de San Juan. Guadiana,
vuestro escudero, plaÒendo asimesmo vuestra desgracia, fue convertido en un
rÌo llamado de su mesmo nombre; el cual, cuando llegÛ a la superficie de la
tierra y vio el sol del otro cielo, fue tanto el pesar que sintiÛ de ver
que os dejaba, que se sumergiÛ en las entraÒas de la tierra; pero, como no
es posible dejar de acudir a su natural corriente, de cuando en cuando sale
y se muestra donde el sol y las gentes le vean. Vanle administrando de sus
aguas las referidas lagunas, con las cuales y con otras muchas que se
llegan, entra pomposo y grande en Portugal. Pero, con todo esto, por
dondequiera que va muestra su tristeza y melancolÌa, y no se precia de
criar en sus aguas peces regalados y de estima, sino burdos y desabridos,
bien diferentes de los del Tajo dorado; y esto que agora os digo, °oh primo
mÌo!, os lo he dicho muchas veces; y, como no me respondÈis, imagino que no
me dais crÈdito, o no me oÌs, de lo que yo recibo tanta pena cual Dios lo
sabe. Unas nuevas os quiero dar ahora, las cuales, ya que no sirvan de
alivio a vuestro dolor, no os le aumentar·n en ninguna manera. Sabed que
tenÈis aquÌ en vuestra presencia, y abrid los ojos y verÈislo, aquel gran
caballero de quien tantas cosas tiene profetizadas el sabio MerlÌn, aquel
don Quijote de la Mancha, digo, que de nuevo y con mayores ventajas que en
los pasados siglos ha resucitado en los presentes la ya olvidada andante
caballerÌa, por cuyo medio y favor podrÌa ser que nosotros fuÈsemos
desencantados; que las grandes hazaÒas para los grandes hombres est·n
guardadas''. ''Y cuando asÌ no sea -respondiÛ el lastimado Durandarte con
voz desmayada y baja-, cuando asÌ no sea, °oh primo!, digo, paciencia y
barajar''. Y, volviÈndose de lado, tornÛ a su acostumbrado silencio, sin
hablar m·s palabra. OyÈronse en esto grandes alaridos y llantos,
acompaÒados de profundos gemidos y angustiados sollozos; volvÌ la cabeza, y
vi por las paredes de cristal que por otra sala pasaba una procesiÛn de dos
hileras de hermosÌsimas doncellas, todas vestidas de luto, con turbantes
blancos sobre las cabezas, al modo turquesco. Al cabo y fin de las hileras
venÌa una seÒora, que en la gravedad lo parecÌa, asimismo vestida de negro,
con tocas blancas tan tendidas y largas, que besaban la tierra. Su turbante
era mayor dos veces que el mayor de alguna de las otras; era cejijunta y la
nariz algo chata; la boca grande, pero colorados los labios; los dientes,
que tal vez los descubrÌa, mostraban ser ralos y no bien puestos, aunque
eran blancos como unas peladas almendras; traÌa en las manos un lienzo
delgado, y entre Èl, a lo que pude divisar, un corazÛn de carne momia,
seg˙n venÌa seco y amojamado. DÌjome Montesinos como toda aquella gente de
la procesiÛn eran sirvientes de Durandarte y de Belerma, que allÌ con sus
dos seÒores estaban encantados, y que la ˙ltima, que traÌa el corazÛn entre
el lienzo y en las manos, era la seÒora Belerma, la cual con sus doncellas
cuatro dÌas en la semana hacÌan aquella procesiÛn y cantaban, o, por mejor
decir, lloraban endechas sobre el cuerpo y sobre el lastimado corazÛn de su
primo; y que si me habÌa parecido algo fea, o no tan hermosa como tenÌa la
fama, era la causa las malas noches y peores dÌas que en aquel encantamento
pasaba, como lo podÌa ver en sus grandes ojeras y en su color quebradiza.
''Y no toma ocasiÛn su amarillez y sus ojeras de estar con el mal mensil,
ordinario en las mujeres, porque ha muchos meses, y aun aÒos, que no le
tiene ni asoma por sus puertas, sino del dolor que siente su corazÛn por el
que de contino tiene en las manos, que le renueva y trae a la memoria la
desgracia de su mal logrado amante; que si esto no fuera, apenas la
igualara en hermosura, donaire y brÌo la gran Dulcinea del Toboso, tan
celebrada en todos estos contornos, y aun en todo el mundo''. ''°Cepos
quedos! -dije yo entonces-, seÒor don Montesinos: cuente vuesa merced su
historia como debe, que ya sabe que toda comparaciÛn es odiosa, y asÌ, no
hay para quÈ comparar a nadie con nadie. La sin par Dulcinea del Toboso es
quien es, y la seÒora doÒa Belerma es quien es, y quien ha sido, y quÈdese
aquÌ''. A lo que Èl me respondiÛ: ''SeÒor don Quijote, perdÛneme vuesa
merced, que yo confieso que anduve mal, y no dije bien en decir que apenas
igualara la seÒora Dulcinea a la seÒora Belerma, pues me bastaba a mÌ haber
entendido, por no sÈ quÈ barruntos, que vuesa merced es su caballero, para
que me mordiera la lengua antes de compararla sino con el mismo cielo''.
Con esta satisfaciÛn que me dio el gran Montesinos se quietÛ mi corazÛn del
sobresalto que recebÌ en oÌr que a mi seÒora la comparaban con Belerma.

-Y aun me maravillo yo -dijo Sancho- de cÛmo vuestra merced no se subiÛ
sobre el vejote, y le moliÛ a coces todos los huesos, y le pelÛ las barbas,
sin dejarle pelo en ellas.

-No, Sancho amigo -respondiÛ don Quijote-, no me estaba a mÌ bien hacer
eso, porque estamos todos obligados a tener respeto a los ancianos, aunque
no sean caballeros, y principalmente a los que lo son y est·n encantados;
yo sÈ bien que no nos quedamos a deber nada en otras muchas demandas y
respuestas que entre los dos pasamos.

A esta sazÛn dijo el primo:

-Yo no sÈ, seÒor don Quijote, cÛmo vuestra merced en tan poco espacio de
tiempo como ha que est· all· bajo, haya visto tantas cosas y hablado y
respondido tanto.

-øCu·nto ha que bajÈ? -preguntÛ don Quijote.

-Poco m·s de una hora -respondiÛ Sancho.

-Eso no puede ser -replicÛ don Quijote-, porque all· me anocheciÛ y
amaneciÛ, y tornÛ a anochecer y amanecer tres veces; de modo que, a mi
cuenta, tres dÌas he estado en aquellas partes remotas y escondidas a la
vista nuestra.

-Verdad debe de decir mi seÒor -dijo Sancho-, que, como todas las cosas que
le han sucedido son por encantamento, quiz· lo que a nosotros nos parece un
hora, debe de parecer all· tres dÌas con sus noches.

-AsÌ ser· -respondiÛ don Quijote.

-Y øha comido vuestra merced en todo este tiempo, seÒor mÌo? -preguntÛ el
primo.

-No me he desayunado de bocado -respondiÛ don Quijote-, ni aun he tenido
hambre, ni por pensamiento.

-Y los encantados, øcomen? -dijo el primo.

-No comen -respondiÛ don Quijote-, ni tienen escrementos mayores; aunque es
opiniÛn que les crecen las uÒas, las barbas y los cabellos.

-øY duermen, por ventura, los encantados, seÒor? -preguntÛ Sancho.

-No, por cierto -respondiÛ don Quijote-; a lo menos, en estos tres dÌas que
yo he estado con ellos, ninguno ha pegado el ojo, ni yo tampoco.

-AquÌ encaja bien el refr·n -dijo Sancho- de dime con quiÈn andas, decirte
he quiÈn eres: ·ndase vuestra merced con encantados ayunos y vigilantes,
mirad si es mucho que ni coma ni duerma mientras con ellos anduviere. Pero
perdÛneme vuestra merced, seÒor mÌo, si le digo que de todo cuanto aquÌ ha
dicho, llÈveme Dios, que iba a decir el diablo, si le creo cosa alguna.

-øCÛmo no? -dijo el primo-, pues øhabÌa de mentir el seÒor don Quijote,
que, aunque quisiera, no ha tenido lugar para componer e imaginar tanto
millÛn de mentiras?

-Yo no creo que mi seÒor miente -respondiÛ Sancho.

-Si no, øquÈ crees? -le preguntÛ don Quijote.

-Creo -respondiÛ Sancho- que aquel MerlÌn, o aquellos encantadores que
encantaron a toda la chusma que vuestra merced dice que ha visto y
comunicado all· bajo, le encajaron en el magÌn o la memoria toda esa
m·quina que nos ha contado, y todo aquello que por contar le queda.

-Todo eso pudiera ser, Sancho -replicÛ don Quijote-, pero no es asÌ, porque
lo que he contado lo vi por mis propios ojos y lo toquÈ con mis mismas
manos. Pero, øquÈ dir·s cuando te diga yo ahora cÛmo, entre otras infinitas
cosas y maravillas que me mostrÛ Montesinos, las cuales despacio y a sus
tiempos te las irÈ contando en el discurso de nuestro viaje, por no ser
todas deste lugar, me mostrÛ tres labradoras que por aquellos amenÌsimos
campos iban saltando y brincando como cabras; y, apenas las hube visto,
cuando conocÌ ser la una la sin par Dulcinea del Toboso, y las otras dos
aquellas mismas labradoras que venÌan con ella, que hablamos a la salida
del Toboso? PreguntÈ a Montesinos si las conocÌa, respondiÛme que no, pero
que Èl imaginaba que debÌan de ser algunas seÒoras principales encantadas,
que pocos dÌas habÌa que en aquellos prados habÌan parecido; y que no me
maravillase desto, porque allÌ estaban otras muchas seÒoras de los pasados
y presentes siglos, encantadas en diferentes y estraÒas figuras, entre las
cuales conocÌa Èl a la reina Ginebra y su dueÒa QuintaÒona, escanciando el
vino a Lanzarote,

cuando de BretaÒa vino.

Cuando Sancho Panza oyÛ decir esto a su amo, pensÛ perder el juicio, o
morirse de risa; que, como Èl sabÌa la verdad del fingido encanto de
Dulcinea, de quien Èl habÌa sido el encantador y el levantador de tal
testimonio, acabÛ de conocer indubitablemente que su seÒor estaba fuera de
juicio y loco de todo punto; y asÌ, le dijo:

-En mala coyuntura y en peor sazÛn y en aciago dÌa bajÛ vuestra merced,
caro patrÛn mÌo, al otro mundo, y en mal punto se encontrÛ con el seÒor
Montesinos, que tal nos le ha vuelto. Bien se estaba vuestra merced ac·
arriba con su entero juicio, tal cual Dios se le habÌa dado, hablando
sentencias y dando consejos a cada paso, y no agora, contando los mayores
disparates que pueden imaginarse.

-Como te conozco, Sancho -respondiÛ don Quijote-, no hago caso de tus
palabras.

-Ni yo tampoco de las de vuestra merced -replicÛ Sancho-, siquiera me
hiera, siquiera me mate por las que le he dicho, o por las que le pienso
decir si en las suyas no se corrige y enmienda. Pero dÌgame vuestra merced,
ahora que estamos en paz: øcÛmo o en quÈ conociÛ a la seÒora nuestra ama? Y
si la hablÛ, øquÈ dijo, y quÈ le respondiÛ?

-ConocÌla -respondiÛ don Quijote- en que trae los mesmos vestidos que traÌa
cuando t˙ me le mostraste. HablÈla, pero no me respondiÛ palabra; antes, me
volviÛ las espaldas, y se fue huyendo con tanta priesa, que no la alcanzara
una jara. Quise seguirla, y lo hiciera, si no me aconsejara Montesinos que
no me cansase en ello, porque serÌa en balde, y m·s porque se llegaba la
hora donde me convenÌa volver a salir de la sima. DÌjome asimesmo que,
andando el tiempo, se me darÌa aviso cÛmo habÌan de ser desencantados Èl, y
Belerma y Durandarte, con todos los que allÌ estaban; pero lo que m·s pena
me dio, de las que allÌ vi y notÈ, fue que, est·ndome diciendo Montesinos
estas razones, se llegÛ a mÌ por un lado, sin que yo la viese venir, una de
las dos compaÒeras de la sin ventura Dulcinea, y, llenos los ojos de
l·grimas, con turbada y baja voz, me dijo: ''Mi seÒora Dulcinea del Toboso
besa a vuestra merced las manos, y suplica a vuestra merced se la haga de
hacerla saber cÛmo est·; y que, por estar en una gran necesidad, asimismo
suplica a vuestra merced, cuan encarecidamente puede, sea servido de
prestarle sobre este faldellÌn que aquÌ traigo, de cotonÌa, nuevo, media
docena de reales, o los que vuestra merced tuviere, que ella da su palabra
de volvÈrselos con mucha brevedad''. SuspendiÛme y admirÛme el tal recado,
y, volviÈndome al seÒor Montesinos, le preguntÈ: ''øEs posible, seÒor
Montesinos, que los encantados principales padecen necesidad?'' A lo que Èl
me respondiÛ: ''CrÈame vuestra merced, seÒor don Quijote de la Mancha, que
Èsta que llaman necesidad adondequiera se usa, y por todo se estiende, y a
todos alcanza, y aun hasta los encantados no perdona; y, pues la seÒora
Dulcinea del Toboso envÌa a pedir esos seis reales, y la prenda es buena,
seg˙n parece, no hay sino d·rselos; que, sin duda, debe de estar puesta en
alg˙n grande aprieto''. ''Prenda, no la tomarÈ yo -le respondÌ-, ni menos
le darÈ lo que pide, porque no tengo sino solos cuatro reales''; los cuales
le di (que fueron los que t˙, Sancho, me diste el otro dÌa para dar limosna
a los pobres que topase por los caminos), y le dije: ''Decid, amiga mÌa, a
vuesa seÒora que a mÌ me pesa en el alma de sus trabajos, y que quisiera
ser un F˙car para remediarlos; y que le hago saber que yo no puedo ni debo
tener salud careciendo de su agradable vista y discreta conversaciÛn, y que
le suplico, cuan encarecidamente puedo, sea servida su merced de dejarse
ver y tratar deste su cautivo servidor y asendereado caballero. DirÈisle
tambiÈn que, cuando menos se lo piense, oir· decir como yo he hecho un
juramento y voto, a modo de aquel que hizo el marquÈs de Mantua, de vengar
a su sobrino Baldovinos, cuando le hallÛ para espirar en mitad de la
montiÒa, que fue de no comer pan a manteles, con las otras zarandajas que
allÌ aÒadiÛ, hasta vengarle; y asÌ le harÈ yo de no sosegar, y de andar las
siete partidas del mundo, con m·s puntualidad que las anduvo el infante don
Pedro de Portugal, hasta desencantarla''. ''Todo eso, y m·s, debe vuestra
merced a mi seÒora'', me respondiÛ la doncella. Y, tomando los cuatro
reales, en lugar de hacerme una reverencia, hizo una cabriola, que se
levantÛ dos varas de medir en el aire.

-°Oh santo Dios! -dijo a este tiempo dando una gran voz Sancho-. øEs
posible que tal hay en el mundo, y que tengan en Èl tanta fuerza los
encantadores y encantamentos, que hayan trocado el buen juicio de mi seÒor
en una tan disparatada locura? °Oh seÒor, seÒor, por quien Dios es, que
vuestra merced mire por sÌ y vuelva por su honra, y no dÈ crÈdito a esas
vaciedades que le tienen menguado y descabalado el sentido!

-Como me quieres bien, Sancho, hablas desa manera -dijo don Quijote-; y,
como no est·s experimentado en las cosas del mundo, todas las cosas que
tienen algo de dificultad te parecen imposibles; pero andar· el tiempo,
como otra vez he dicho, y yo te contarÈ algunas de las que all· abajo he
visto, que te har·n creer las que aquÌ he contado, cuya verdad ni admite
rÈplica ni disputa.

CapÌtulo XXIV. Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como
necesarias al verdadero entendimiento desta grande historia

Dice el que tradujo esta grande historia del original, de la que escribiÛ
su primer autor Cide Hamete Benengeli, que, llegando al capÌtulo de la
aventura de la cueva de Montesinos, en el margen dÈl estaban escritas, de
mano del mesmo Hamete, estas mismas razones:

''No me puedo dar a entender, ni me puedo persuadir, que al valeroso don
Quijote le pasase puntualmente todo lo que en el antecedente capÌtulo queda
escrito: la razÛn es que todas las aventuras hasta aquÌ sucedidas han sido
contingibles y verisÌmiles, pero Èsta desta cueva no le hallo entrada
alguna para tenerla por verdadera, por ir tan fuera de los tÈrminos
razonables. Pues pensar yo que don Quijote mintiese, siendo el m·s
verdadero hidalgo y el m·s noble caballero de sus tiempos, no es posible;
que no dijera Èl una mentira si le asaetearan. Por otra parte, considero
que Èl la contÛ y la dijo con todas las circunstancias dichas, y que no
pudo fabricar en tan breve espacio tan gran m·quina de disparates; y si
esta aventura parece apÛcrifa, yo no tengo la culpa; y asÌ, sin afirmarla
por falsa o verdadera, la escribo. T˙, letor, pues eres prudente, juzga lo
que te pareciere, que yo no debo ni puedo m·s; puesto que se tiene por
cierto que al tiempo de su fin y muerte dicen que se retratÛ della, y dijo
que Èl la habÌa inventado, por parecerle que convenÌa y cuadraba bien con
las aventuras que habÌa leÌdo en sus historias''.

Y luego prosigue, diciendo:

EspantÛse el primo, asÌ del atrevimiento de Sancho Panza como de la
paciencia de su amo, y juzgÛ que del contento que tenÌa de haber visto a su
seÒora Dulcinea del Toboso, aunque encantada, le nacÌa aquella condiciÛn
blanda que entonces mostraba; porque, si asÌ no fuera, palabras y razones
le dijo Sancho, que merecÌan molerle a palos; porque realmente le pareciÛ
que habÌa andado atrevidillo con su seÒor, a quien le dijo:

-Yo, seÒor don Quijote de la Mancha, doy por bien empleadÌsima la jornada
que con vuestra merced he hecho, porque en ella he granjeado cuatro cosas.
La primera, haber conocido a vuestra merced, que lo tengo a gran felicidad.
La segunda, haber sabido lo que se encierra en esta cueva de Montesinos,
con las mutaciones de Guadiana y de las lagunas de Ruidera, que me servir·n
para el Ovidio espaÒol que traigo entre manos. La tercera, entender la
antig¸edad de los naipes, que, por lo menos, ya se usaban en tiempo del
emperador Carlomagno, seg˙n puede colegirse de las palabras que vuesa
merced dice que dijo Durandarte, cuando, al cabo de aquel grande espacio
que estuvo hablando con Èl Montesinos, Èl despertÛ diciendo: ''Paciencia y
barajar''; y esta razÛn y modo de hablar no la pudo aprender encantado,
sino cuando no lo estaba, en Francia y en tiempo del referido emperador
Carlomagno. Y esta averiguaciÛn me viene pintiparada para el otro libro que
voy componiendo , que es Suplemento de Virgilio Polidoro, en la invenciÛn
de las antig¸edades; y creo que en el suyo no se acordÛ de poner la de los
naipes, como la pondrÈ yo ahora, que ser· de mucha importancia, y m·s
alegando autor tan grave y tan verdadero como es el seÒor Durandarte. La
cuarta es haber sabido con certidumbre el nacimiento del rÌo Guadiana,
hasta ahora ignorado de las gentes.

-Vuestra merced tiene razÛn -dijo don Quijote-, pero querrÌa yo saber, ya
que Dios le haga merced de que se le dÈ licencia para imprimir esos sus
libros, que lo dudo, a quiÈn piensa dirigirlos.

-SeÒores y grandes hay en EspaÒa a quien puedan dirigirse -dijo el primo.

-No muchos -respondiÛ don Quijote-; y no porque no lo merezcan, sino que no
quieren admitirlos, por no obligarse a la satisfaciÛn que parece se debe al
trabajo y cortesÌa de sus autores. Un prÌncipe conozco yo que puede suplir
la falta de los dem·s, con tantas ventajas que, si me atreviere a decirlas,
quiz· despertara la invidia en m·s de cuatro generosos pechos; pero quÈdese
esto aquÌ para otro tiempo m·s cÛmodo, y vamos a buscar adonde recogernos
esta noche.

-No lejos de aquÌ -respondiÛ el primo- est· una ermita, donde hace su
habitaciÛn un ermitaÒo, que dicen ha sido soldado, y est· en opiniÛn de ser
un buen cristiano, y muy discreto y caritativo adem·s. Junto con la ermita
tiene una pequeÒa casa, que Èl ha labrado a su costa; pero, con todo,
aunque chica, es capaz de recibir huÈspedes.

-øTiene por ventura gallinas el tal ermitaÒo? -preguntÛ Sancho.

-Pocos ermitaÒos est·n sin ellas -respondiÛ don Quijote-, porque no son los
que agora se usan como aquellos de los desiertos de Egipto, que se vestÌan
de hojas de palma y comÌan raÌces de la tierra. Y no se entienda que por
decir bien de aquÈllos no lo digo de aquÈstos, sino que quiero decir que al
rigor y estrecheza de entonces no llegan las penitencias de los de agora;
pero no por esto dejan de ser todos buenos; a lo menos, yo por buenos los
juzgo; y, cuando todo corra turbio, menos mal hace el hipÛcrita que se
finge bueno que el p˙blico pecador.

Estando en esto, vieron que hacia donde ellos estaban venÌa un hombre a
pie, caminando apriesa, y dando varazos a un macho que venÌa cargado de
lanzas y de alabardas. Cuando llegÛ a ellos, los saludÛ y pasÛ de largo.
Don Quijote le dijo:

-Buen hombre, deteneos, que parece que vais con m·s diligencia que ese
macho ha menester.

-No me puedo detener, seÒor -respondiÛ el hombre-, porque las armas que
veis que aquÌ llevo han de servir maÒana; y asÌ, me es forzoso el no
detenerme, y a Dios. Pero si quisiÈredes saber para quÈ las llevo, en la
venta que est· m·s arriba de la ermita pienso alojar esta noche; y si es
que hacÈis este mesmo camino, allÌ me hallarÈis, donde os contarÈ
maravillas. Y a Dios otra vez.

Y de tal manera aguijÛ el macho, que no tuvo lugar don Quijote de
preguntarle quÈ maravillas eran las que pensaba decirles; y, como Èl era
algo curioso y siempre le fatigaban deseos de saber cosas nuevas, ordenÛ
que al momento se partiesen y fuesen a pasar la noche en la venta, sin
tocar en la ermita, donde quisiera el primo que se quedaran.

HÌzose asÌ, subieron a caballo, y siguieron todos tres el derecho camino de
la venta, a la cual llegaron un poco antes de anochecer. Dijo el primo a
don Quijote que llegasen a ella a beber un trago. Apenas oyÛ esto Sancho
Panza, cuando encaminÛ el rucio a la ermita, y lo mismo hicieron don
Quijote y el primo; pero la mala suerte de Sancho parece que ordenÛ que el
ermitaÒo no estuviese en casa; que asÌ se lo dijo una sotaermitaÒo que en
la ermita hallaron. PidiÈronle de lo caro; respondiÛ que su seÒor no lo
tenÌa, pero que si querÌan agua barata, que se la darÌa de muy buena gana.

-Si yo la tuviera de agua -respondiÛ Sancho-, pozos hay en el camino,
donde la hubiera satisfecho. °Ah bodas de Camacho y abundancia de la casa
de don Diego, y cu·ntas veces os tengo de echar menos!

Con esto, dejaron la ermita y picaron hacia la venta; y a poco trecho
toparon un mancebito, que delante dellos iba caminando no con mucha priesa;
y asÌ, le alcanzaron. Llevaba la espada sobre el hombro, y en ella puesto
un bulto o envoltorio, al parecer de sus vestidos; que, al parecer, debÌan
de ser los calzones o greguescos, y herreruelo, y alguna camisa, porque
traÌa puesta una ropilla de terciopelo con algunas vislumbres de raso, y la
camisa, de fuera; las medias eran de seda, y los zapatos cuadrados, a uso
de corte; la edad llegarÌa a diez y ocho o diez y nueve aÒos; alegre de
rostro, y, al parecer, ·gil de su persona. Iba cantando seguidillas, para
entretener el trabajo del camino. Cuando llegaron a Èl, acababa de cantar
una, que el primo tomÛ de memoria, que dicen que decÌa:

A la guerra me lleva

mi necesidad;

si tuviera dineros,

no fuera, en verdad.

El primero que le hablÛ fue don Quijote, diciÈndole:

-Muy a la ligera camina vuesa merced, seÒor gal·n. Y øadÛnde bueno?
Sepamos, si es que gusta decirlo.

A lo que el mozo respondiÛ:

-El caminar tan a la ligera lo causa el calor y la pobreza, y el adÛnde voy
es a la guerra.

-øCÛmo la pobreza? -preguntÛ don Quijote-; que por el calor bien puede ser.

-SeÒor -replicÛ el mancebo-, yo llevo en este envoltorio unos greguescos de
terciopelo, compaÒeros desta ropilla; si los gasto en el camino, no me
podrÈ honrar con ellos en la ciudad, y no tengo con quÈ comprar otros; y,
asÌ por esto como por orearme, voy desta manera, hasta alcanzar unas
compaÒÌas de infanterÌa que no est·n doce leguas de aquÌ, donde asentarÈ mi
plaza, y no faltar·n bagajes en que caminar de allÌ adelante hasta el
embarcadero, que dicen ha de ser en Cartagena. Y m·s quiero tener por amo y
por seÒor al rey, y servirle en la guerra, que no a un pelÛn en la corte.

-Y ølleva vuesa merced alguna ventaja por ventura? -preguntÛ el primo.

-Si yo hubiera servido a alg˙n grande de EspaÒa, o alg˙n principal
personaje -respondiÛ el mozo-, a buen seguro que yo la llevara, que eso
tiene el servir a los buenos: que del tinelo suelen salir a ser alfÈrez o
capitanes, o con alg˙n buen entretenimiento; pero yo, desventurado, servÌ
siempre a catarriberas y a gente advenediza, de raciÛn y quitaciÛn tan
mÌsera y atenuada, que en pagar el almidonar un cuello se consumÌa la mitad
della; y serÌa tenido a milagro que un paje aventurero alcanzase alguna
siquiera razonable ventura.

-Y dÌgame, por su vida, amigo -preguntÛ don Quijote-: øes posible que en
los aÒos que sirviÛ no ha podido alcanzar alguna librea?

-Dos me han dado -respondiÛ el paje-; pero, asÌ como el que se sale de
alguna religiÛn antes de profesar le quitan el h·bito y le vuelven sus
vestidos, asÌ me volvÌan a mÌ los mÌos mis amos, que, acabados los negocios
a que venÌan a la corte, se volvÌan a sus casas y recogÌan las libreas que
por sola ostentaciÛn habÌan dado.

-Notable espilorcherÌa, como dice el italiano -dijo don Quijote-; pero, con
todo eso, tenga a felice ventura el haber salido de la corte con tan buena
intenciÛn como lleva; porque no hay otra cosa en la tierra m·s honrada ni
de m·s provecho que servir a Dios, primeramente, y luego, a su rey y seÒor
natural, especialmente en el ejercicio de las armas, por las cuales se
alcanzan, si no m·s riquezas, a lo menos, m·s honra que por las letras,
como yo tengo dicho muchas veces; que, puesto que han fundado m·s
mayorazgos las letras que las armas, todavÌa llevan un no sÈ quÈ los de las
armas a los de las letras, con un sÌ sÈ quÈ de esplendor que se halla en
ellos, que los aventaja a todos. Y esto que ahora le quiero decir llÈvelo
en la memoria, que le ser· de mucho provecho y alivio en sus trabajos; y es
que, aparte la imaginaciÛn de los sucesos adversos que le podr·n venir, que
el peor de todos es la muerte, y como Èsta sea buena, el mejor de todos es
el morir. Pregunt·ronle a Julio CÈsar, aquel valeroso emperador romano,
cu·l era la mejor muerte; respondiÛ que la impensada, la de repente y no
prevista; y, aunque respondiÛ como gentil y ajeno del conocimiento del
verdadero Dios, con todo eso, dijo bien, para ahorrarse del sentimiento
humano; que, puesto caso que os maten en la primera facciÛn y refriega, o
ya de un tiro de artillerÌa, o volado de una mina, øquÈ importa? Todo es
morir, y acabÛse la obra; y, seg˙n Terencio, m·s bien parece el soldado
muerto en la batalla que vivo y salvo en la huida; y tanto alcanza de fama
el buen soldado cuanto tiene de obediencia a sus capitanes y a los que
mandarle pueden. Y advertid, hijo, que al soldado mejor le est· el oler a
pÛlvora que algalia, y que si la vejez os coge en este honroso ejercicio,
aunque sea lleno de heridas y estropeado o cojo, a lo menos no os podr·
coger sin honra, y tal, que no os la podr· menoscabar la pobreza; cuanto
m·s, que ya se va dando orden cÛmo se entretengan y remedien los soldados
viejos y estropeados, porque no es bien que se haga con ellos lo que suelen
hacer los que ahorran y dan libertad a sus negros cuando ya son viejos y no
pueden servir, y, ech·ndolos de casa con tÌtulo de libres, los hacen
esclavos de la hambre, de quien no piensan ahorrarse sino con la muerte. Y
por ahora no os quiero decir m·s, sino que sub·is a las ancas deste mi
caballo hasta la venta, y allÌ cenarÈis conmigo, y por la maÒana seguirÈis
el camino, que os le dÈ Dios tan bueno como vuestros deseos merecen.

El paje no aceptÛ el convite de las ancas, aunque sÌ el de cenar con Èl en
la venta; y, a esta sazÛn, dicen que dijo Sancho entre sÌ:

-°V·late Dios por seÒor! Y øes posible que hombre que sabe decir tales,
tantas y tan buenas cosas como aquÌ ha dicho, diga que ha visto los
disparates imposibles que cuenta de la cueva de Montesinos? Ahora bien,
ello dir·.

Y en esto, llegaron a la venta, a tiempo que anochecÌa, y no sin gusto de
Sancho, por ver que su seÒor la juzgÛ por verdadera venta, y no por
castillo, como solÌa. No hubieron bien entrado, cuando don Quijote preguntÛ
al ventero por el hombre de las lanzas y alabardas; el cual le respondiÛ
que en la caballeriza estaba acomodando el macho. Lo mismo hicieron de sus
jumentos el primo y Sancho, dando a Rocinante el mejor pesebre y el mejor
lugar de la caballeriza.

CapÌtulo XXV. Donde se apunta la aventura del rebuzno y la graciosa del
titerero, con las memorables adivinanzas del mono adivino

No se le cocÌa el pan a don Quijote, como suele decirse, hasta oÌr y saber
las maravillas prometidas del hombre condutor de las armas. Fuele a buscar
donde el ventero le habÌa dicho que estaba, y hallÛle, y dÌjole que en todo
caso le dijese luego lo que le habÌa de decir despuÈs, acerca de lo que le
habÌa preguntado en el camino. El hombre le respondiÛ:

-M·s despacio, y no en pie, se ha de tomar el cuento de mis maravillas:
dÈjeme vuestra merced, seÒor bueno, acabar de dar recado a mi bestia, que
yo le dirÈ cosas que le admiren.

-No quede por eso -respondiÛ don Quijote-, que yo os ayudarÈ a todo.

Y asÌ lo hizo, ahech·ndole la cebada y limpiando el pesebre, humildad que
obligÛ al hombre a contarle con buena voluntad lo que le pedÌa; y,
sent·ndose en un poyo y don Quijote junto a Èl, teniendo por senado y
auditorio al primo, al paje, a Sancho Panza y al ventero, comenzÛ a decir
desta manera:

-´Sabr·n vuesas mercedes que en un lugar que est· cuatro leguas y media
desta venta sucediÛ que a un regidor dÈl, por industria y engaÒo de una
muchacha criada suya, y esto es largo de contar, le faltÛ un asno, y,
aunque el tal regidor hizo las diligencias posibles por hallarle, no fue
posible. Quince dÌas serÌan pasados, seg˙n es p˙blica voz y fama,- que el
asno faltaba, cuando, estando en la plaza el regidor perdidoso, otro
regidor del mismo pueblo le dijo: ''Dadme albricias, compadre, que vuestro
jumento ha parecido''. ''Yo os las mando y buenas, compadre -respondiÛ el
otro-, pero sepamos dÛnde ha parecido''. ''En el monte -respondiÛ el
hallador-, le vi esta maÒana, sin albarda y sin aparejo alguno, y tan flaco
que era una compasiÛn miralle. QuÌsele antecoger delante de mÌ y traÈrosle,
pero est· ya tan montaraz y tan huraÒo, que, cuando llegÈ a Èl, se fue
huyendo y se entrÛ en lo m·s escondido del monte. Si querÈis que volvamos
los dos a buscarle, dejadme poner esta borrica en mi casa, que luego
vuelvo''. ''Mucho placer me harÈis -dijo el del jumento-, e yo procurarÈ
pag·roslo en la mesma moneda''. Con estas circunstancias todas, y de la
mesma manera que yo lo voy contando, lo cuentan todos aquellos que est·n
enterados en la verdad deste caso. En resoluciÛn, los dos regidores, a pie
y mano a mano, se fueron al monte, y, llegando al lugar y sitio donde
pensaron hallar el asno, no le hallaron, ni pareciÛ por todos aquellos
contornos, aunque m·s le buscaron. Viendo, pues, que no parecÌa, dijo el
regidor que le habÌa visto al otro: ''Mirad, compadre: una traza me ha
venido al pensamiento, con la cual sin duda alguna podremos descubrir este
animal, aunque estÈ metido en las entraÒas de la tierra, no que del monte;
y es que yo sÈ rebuznar maravillosamente; y si vos sabÈis alg˙n tanto, dad
el hecho por concluido''. ''øAlg˙n tanto decÌs, compadre? -dijo el otro-;
por Dios, que no dÈ la ventaja a nadie, ni aun a los mesmos asnos''.
''Ahora lo veremos -respondiÛ el regidor segundo-, porque tengo determinado
que os vais vos por una parte del monte y yo por otra, de modo que le
rodeemos y andemos todo, y de trecho en trecho rebuznarÈis vos y rebuznarÈ
yo, y no podr· ser menos sino que el asno nos oya y nos responda, si es que
est· en el monte''. A lo que respondiÛ el dueÒo del jumento: ''Digo,
compadre, que la traza es excelente y digna de vuestro gran ingenio''. Y,
dividiÈndose los dos seg˙n el acuerdo, sucediÛ que casi a un mesmo tiempo
rebuznaron, y cada uno engaÒado del rebuzno del otro, acudieron a buscarse,
pensando que ya el jumento habÌa parecido; y, en viÈndose, dijo el
perdidoso: ''øEs posible, compadre, que no fue mi asno el que rebuznÛ?''
''No fue, sino yo'', respondiÛ el otro. ''Ahora digo -dijo el dueÒo-, que
de vos a un asno, compadre, no hay alguna diferencia, en cuanto toca al
rebuznar, porque en mi vida he visto ni oÌdo cosa m·s propia''. ''Esas
alabanzas y encarecimiento -respondiÛ el de la traza-, mejor os ataÒen y
tocan a vos que a mÌ, compadre; que por el Dios que me criÛ que podÈis dar
dos rebuznos de ventaja al mayor y m·s perito rebuznador del mundo; porque
el sonido que tenÈis es alto; lo sostenido de la voz, a su tiempo y comp·s;
los dejos, muchos y apresurados, y, en resoluciÛn, yo me doy por vencido y
os rindo la palma y doy la bandera desta rara habilidad''. ''Ahora digo
-respondiÛ el dueÒo-, que me tendrÈ y estimarÈ en m·s de aquÌ adelante, y
pensarÈ que sÈ alguna cosa, pues tengo alguna gracia; que, puesto que
pensara que rebuznaba bien, nunca entendÌ que llegaba el estremo que
decÌs''. ''TambiÈn dirÈ yo ahora -respondiÛ el segundo- que hay raras
habilidades perdidas en el mundo, y que son mal empleadas en aquellos que
no saben aprovecharse dellas''. ''Las nuestras -respondiÛ el dueÒo-, si no
es en casos semejantes como el que traemos entre manos, no nos pueden
servir en otros, y aun en Èste plega a Dios que nos sean de provecho''.
Esto dicho, se tornaron a dividir y a volver a sus rebuznos, y a cada paso
se engaÒaban y volvÌan a juntarse, hasta que se dieron por contraseÒo que,
para entender que eran ellos, y no el asno, rebuznasen dos veces, una tras
otra. Con esto, doblando a cada paso los rebuznos, rodearon todo el monte
sin que el perdido jumento respondiese, ni aun por seÒas. Mas, øcÛmo habÌa
de responder el pobre y mal logrado, si le hallaron en lo m·s escondido del
bosque, comido de lobos? Y, en viÈndole, dijo su dueÒo: ''Ya me maravillaba
yo de que Èl no respondÌa, pues a no estar muerto, Èl rebuznara si nos
oyera, o no fuera asno; pero, a trueco de haberos oÌdo rebuznar con tanta
gracia, compadre, doy por bien empleado el trabajo que he tenido en
buscarle, aunque le he hallado muerto''. ''En buena mano est·, compadre
-respondiÛ el otro-, pues si bien canta el abad, no le va en zaga el
monacillo''. Con esto, desconsolados y roncos, se volvieron a su aldea,
adonde contaron a sus amigos, vecinos y conocidos cuanto les habÌa
acontecido en la busca del asno, exagerando el uno la gracia del otro en el
rebuznar; todo lo cual se supo y se estendiÛ por los lugares circunvecinos.
Y el diablo, que no duerme, como es amigo de sembrar y derramar rencillas y
discordia por doquiera, levantando caramillos en el viento y grandes
quimeras de nonada, ordenÛ e hizo que las gentes de los otros pueblos, en
viendo a alguno de nuestra aldea, rebuznase, como d·ndoles en rostro con el
rebuzno de nuestros regidores. Dieron en ello los muchachos, que fue dar en
manos y en bocas de todos los demonios del infierno, y fue cundiendo el
rebuzno de en uno en otro pueblo, de manera que son conocidos los naturales
del pueblo del rebuzno, como son conocidos y diferenciados los negros de
los blancos; y ha llegado a tanto la desgracia desta burla, que muchas
veces con mano armada y formado escuadrÛn han salido contra los burladores
los burlados a darse la batalla, sin poderlo remediar rey ni roque, ni
temor ni verg¸enza. Yo creo que maÒana o esotro dÌa han de salir en campaÒa
los de mi pueblo, que son los del rebuzno, contra otro lugar que est· a dos
leguas del nuestro, que es uno de los que m·s nos persiguen: y, por salir
bien apercebidos, llevo compradas estas lanzas y alabardas que habÈis
visto.ª Y Èstas son las maravillas que dije que os habÌa de contar, y si no
os lo han parecido, no sÈ otras.

Y con esto dio fin a su pl·tica el buen hombre; y, en esto, entrÛ por la
puerta de la venta un hombre todo vestido de camuza, medias, greguescos y
jubÛn, y con voz levantada dijo:

-SeÒor huÈsped, øhay posada? Que viene aquÌ el mono adivino y el retablo de
la libertad de Melisendra.

-°Cuerpo de tal -dijo el ventero-, que aquÌ est· el seÒor mase Pedro! Buena
noche se nos apareja.

Olvid·baseme de decir como el tal mase Pedro traÌa cubierto el ojo
izquierdo, y casi medio carrillo, con un parche de tafet·n verde, seÒal que
todo aquel lado debÌa de estar enfermo; y el ventero prosiguiÛ, diciendo:

-Sea bien venido vuestra merced, seÒor mase Pedro. øAdÛnde est· el mono y
el retablo, que no los veo?

-Ya llegan cerca -respondiÛ el todo camuza-, sino que yo me he adelantado,
a saber si hay posada.

-Al mismo duque de Alba se la quitara para d·rsela al seÒor mase Pedro
-respondiÛ el ventero-; llegue el mono y el retablo, que gente hay esta
noche en la venta que pagar· el verle y las habilidades del mono.

-Sea en buen hora -respondiÛ el del parche-, que yo moderarÈ el precio, y
con sola la costa me darÈ por bien pagado; y yo vuelvo a hacer que camine
la carreta donde viene el mono y el retablo.

Y luego se volviÛ a salir de la venta.

PreguntÛ luego don Quijote al ventero quÈ mase Pedro era aquÈl, y quÈ
retablo y quÈ mono traÌa. A lo que respondiÛ el ventero:

-…ste es un famoso titerero, que ha muchos dÌas que anda por esta Mancha de
AragÛn enseÒando un retablo de Melisendra, libertada por el famoso don
Gaiferos, que es una de las mejores y m·s bien representadas historias que
de muchos aÒos a esta parte en este reino se han visto. Trae asimismo
consigo un mono de la m·s rara habilidad que se vio entre monos, ni se
imaginÛ entre hombres, porque si le preguntan algo, est· atento a lo que le
preguntan y luego salta sobre los hombros de su amo, y, lleg·ndosele al
oÌdo, le dice la respuesta de lo que le preguntan, y maese Pedro la declara
luego; y de las cosas pasadas dice mucho m·s que de las que est·n por
venir; y, aunque no todas veces acierta en todas, en las m·s no yerra, de
modo que nos hace creer que tiene el diablo en el cuerpo. Dos reales lleva
por cada pregunta, si es que el mono responde; quiero decir, si responde el
amo por Èl, despuÈs de haberle hablado al oÌdo; y asÌ, se cree que el tal
maese Pedro esta riquÌsimo; y es hombre galante, como dicen en Italia y bon
compaÒo, y dase la mejor vida del mundo; habla m·s que seis y bebe m·s que
doce, todo a costa de su lengua y de su mono y de su retablo.

En esto, volviÛ maese Pedro, y en una carreta venÌa el retablo, y el mono,
grande y sin cola, con las posaderas de fieltro, pero no de mala cara; y,
apenas le vio don Quijote, cuando le preguntÛ:

-DÌgame vuestra merced, seÒor adivino: øquÈ peje pillamo? øQuÈ ha de ser de
nosotros?. Y vea aquÌ mis dos reales.

Y mandÛ a Sancho que se los diese a maese Pedro, el cual respondiÛ por el
mono, y dijo:

-SeÒor, este animal no responde ni da noticia de las cosas que est·n por
venir; de las pasadas sabe algo, y de las presentes, alg˙n tanto.

-°Voto a Rus -dijo Sancho-, no dÈ yo un ardite porque me digan lo que por
mÌ ha pasado!; porque, øquiÈn lo puede saber mejor que yo mesmo? Y pagar yo
porque me digan lo que sÈ, serÌa una gran necedad; pero, pues sabe las
cosas presentes, he aquÌ mis dos reales, y dÌgame el seÒor monÌsimo quÈ
hace ahora mi mujer Teresa Panza, y en quÈ se entretiene.

No quiso tomar maese Pedro el dinero, diciendo:

-No quiero recebir adelantados los premios, sin que hayan precedido los
servicios.

Y, dando con la mano derecha dos golpes sobre el hombro izquierdo, en un
brinco se le puso el mono en Èl, y, llegando la boca al oÌdo, daba diente
con diente muy apriesa; y, habiendo hecho este adem·n por espacio de un
credo, de otro brinco se puso en el suelo, y al punto, con grandÌsima
priesa, se fue maese Pedro a poner de rodillas ante don Quijote, y,
abraz·ndole las piernas, dijo:

-Estas piernas abrazo, bien asÌ como si abrazara las dos colunas de
HÈrcules, °oh resucitador insigne de la ya puesta en olvido andante
caballerÌa!; °oh no jam·s como se debe alabado caballero don Quijote de la
Mancha, ·nimo de los desmayados, arrimo de los que van a caer, brazo de los
caÌdos, b·culo y consuelo de todos los desdichados!

QuedÛ pasmado don Quijote, absorto Sancho, suspenso el primo, atÛnito el
paje, abobado el del rebuzno, confuso el ventero, y, finalmente, espantados
todos los que oyeron las razones del titerero, el cual prosiguiÛ diciendo:

-Y t˙, °oh buen Sancho Panza!, el mejor escudero y del mejor caballero del
mundo, alÈgrate, que tu buena mujer Teresa est· buena, y Èsta es la hora en
que ella est· rastrillando una libra de lino, y, por m·s seÒas, tiene a su
lado izquierdo un jarro desbocado que cabe un buen porquÈ de vino, con que
se entretiene en su trabajo.

-Eso creo yo muy bien -respondiÛ Sancho-, porque es ella una
bienaventurada, y, a no ser celosa, no la trocara yo por la giganta
Andandona, que, seg˙n mi seÒor, fue una mujer muy cabal y muy de pro; y es
mi Teresa de aquellas que no se dejan mal pasar, aunque sea a costa de sus
herederos.

-Ahora digo -dijo a esta sazÛn don Quijote-, que el que lee mucho y anda
mucho, vee mucho y sabe mucho. Digo esto porque, øquÈ persuasiÛn fuera
bastante para persuadirme que hay monos en el mundo que adivinen, como lo
he visto ahora por mis propios ojos? Porque yo soy el mesmo don Quijote de
la Mancha que este buen animal ha dicho, puesto que se ha estendido alg˙n
tanto en mis alabanzas; pero comoquiera que yo me sea, doy gracias al
cielo, que me dotÛ de un ·nimo blando y compasivo, inclinado siempre a
hacer bien a todos, y mal a ninguno.

-Si yo tuviera dineros -dijo el paje-, preguntara al seÒor mono quÈ me ha
de suceder en la peregrinaciÛn que llevo.

A lo que respondiÛ maese Pedro, que ya se habÌa levantado de los pies de
don Quijote:

-Ya he dicho que esta bestezuela no responde a lo por venir; que si
respondiera, no importara no haber dineros; que, por servicio del seÒor don
Quijote, que est· presente, dejara yo todos los intereses del mundo. Y
agora, porque se lo debo, y por darle gusto, quiero armar mi retablo y dar
placer a cuantos est·n en la venta, sin paga alguna.

Oyendo lo cual el ventero, alegre sobremanera, seÒalÛ el lugar donde se
podÌa poner el retablo, que en un punto fue hecho.

Don Quijote no estaba muy contento con las adivinanzas del mono, por
parecerle no ser a propÛsito que un mono adivinase, ni las de por venir, ni
las pasadas cosas; y asÌ, en tanto que maese Pedro acomodaba el retablo, se
retirÛ don Quijote con Sancho a un rincÛn de la caballeriza, donde, sin ser
oÌdos de nadie, le dijo:

-Mira, Sancho, yo he considerado bien la estraÒa habilidad deste mono, y
hallo por mi cuenta que sin duda este maese Pedro, su amo, debe de tener
hecho pacto, t·cito o espreso, con el demonio.

-Si el patio es espeso y del demonio -dijo Sancho-, sin duda debe de ser
muy sucio patio; pero, øde quÈ provecho le es al tal maese Pedro tener esos
patios?

-No me entiendes, Sancho: no quiero decir sino que debe de tener hecho
alg˙n concierto con el demonio de que infunda esa habilidad en el mono, con
que gane de comer, y despuÈs que estÈ rico le dar· su alma, que es lo que
este universal enemigo pretende. Y h·ceme creer esto el ver que el mono no
responde sino a las cosas pasadas o presentes, y la sabidurÌa del diablo no
se puede estender a m·s, que las por venir no las sabe si no es por
conjeturas, y no todas veces; que a solo Dios est· reservado conocer los
tiempos y los momentos, y para …l no hay pasado ni porvenir, que todo es
presente. Y, siendo esto asÌ, como lo es, est· claro que este mono habla
con el estilo del diablo; y estoy maravillado cÛmo no le han acusado al
Santo Oficio, y examin·dole y sac·dole de cuajo en virtud de quiÈn adivina;
porque cierto est· que este mono no es astrÛlogo, ni su amo ni Èl alzan, ni
saben alzar, estas figuras que llaman judiciarias, que tanto ahora se usan
en EspaÒa, que no hay mujercilla, ni paje, ni zapatero de viejo que no
presuma de alzar una figura, como si fuera una sota de naipes del suelo,
echando a perder con sus mentiras e ignorancias la verdad maravillosa de la
ciencia. De una seÒora sÈ yo que preguntÛ a uno destos figureros que si una
perrilla de falda pequeÒa, que tenÌa, si se empreÒarÌa y parirÌa, y cu·ntos
y de quÈ color serÌan los perros que pariese. A lo que el seÒor judiciario,
despuÈs de haber alzado la figura, respondiÛ que la perrica se empreÒarÌa,
y parirÌa tres perricos, el uno verde, el otro encarnado y el otro de
mezcla, con tal condiciÛn que la tal perra se cubriese entre las once y
doce del dÌa, o de la noche, y que fuese en lunes o en s·bado; y lo que
sucediÛ fue que de allÌ a dos dÌas se morÌa la perra de ahÌta, y el seÒor
levantador quedÛ acreditado en el lugar por acertadÌsimo judiciario, como
lo quedan todos o los m·s levantadores.

-Con todo eso, querrÌa -dijo Sancho- que vuestra merced dijese a maese
Pedro preguntase a su mono si es verdad lo que a vuestra merced le pasÛ en
la cueva de Montesinos; que yo para mÌ tengo, con perdÛn de vuestra merced,
que todo fue embeleco y mentira, o por lo menos, cosas soÒadas.

-Todo podrÌa ser -respondiÛ don Quijote-, pero yo harÈ lo que me aconsejas,
puesto que me ha de quedar un no sÈ quÈ de escr˙pulo.

Estando en esto, llegÛ maese Pedro a buscar a don Quijote y decirle que ya
estaba en orden el retablo; que su merced viniese a verle, porque lo
merecÌa. Don Quijote le comunicÛ su pensamiento, y le rogÛ preguntase luego
a su mono le dijese si ciertas cosas que habÌa pasado en la cueva de
Montesinos habÌan sido soÒadas o verdaderas; porque a Èl le parecÌa que
tenÌan de todo. A lo que maese Pedro, sin responder palabra, volviÛ a traer
el mono, y, puesto delante de don Quijote y de Sancho, dijo:

-Mirad, seÒor mono, que este caballero quiere saber si ciertas cosas que le
pasaron en una cueva llamada de Montesinos, si fueron falsas o verdaderas.

Y, haciÈndole la acostumbrada seÒal, el mono se le subiÛ en el hombro
izquierdo, y, habl·ndole, al parecer, en el oÌdo, dijo luego maese Pedro:

-El mono dice que parte de las cosas que vuesa merced vio, o pasÛ, en la
dicha cueva son falsas, y parte verisÌmiles; y que esto es lo que sabe, y
no otra cosa, en cuanto a esta pregunta; y que si vuesa merced quisiere
saber m·s, que el viernes venidero responder· a todo lo que se le
preguntare, que por ahora se le ha acabado la virtud, que no le vendr·
hasta el viernes, como dicho tiene.

-øNo lo decÌa yo -dijo Sancho-, que no se me podÌa asentar que todo lo que
vuesa merced, seÒor mÌo, ha dicho de los acontecimientos de la cueva era
verdad, ni aun la mitad?

-Los sucesos lo dir·n, Sancho -respondiÛ don Quijote-; que el tiempo,
descubridor de todas las cosas, no se deja ninguna que no las saque a la
luz del sol, aunque estÈ escondida en los senos de la tierra. Y, por hora,
baste esto, y v·monos a ver el retablo del buen maese Pedro, que para mÌ
tengo que debe de tener alguna novedad.

-øCÛmo alguna? -respondiÛ maese Pedro-: sesenta mil encierra en sÌ este mi
retablo; dÌgole a vuesa merced, mi seÒor don Quijote, que es una de las
cosas m·s de ver que hoy tiene el mundo, y operibus credite, et non verbis;
y manos a labor, que se hace tarde y tenemos mucho que hacer y que decir y
que mostrar.

ObedeciÈronle don Quijote y Sancho, y vinieron donde ya estaba el retablo
puesto y descubierto, lleno por todas partes de candelillas de cera
encendidas, que le hacÌan vistoso y resplandeciente. En llegando, se metiÛ
maese Pedro dentro dÈl, que era el que habÌa de manejar las figuras del
artificio, y fuera se puso un muchacho, criado del maese Pedro, para servir
de intÈrprete y declarador de los misterios del tal retablo: tenÌa una
varilla en la mano, con que seÒalaba las figuras que salÌan.

Puestos, pues, todos cuantos habÌa en la venta, y algunos en pie, frontero
del retablo, y acomodados don Quijote, Sancho, el paje y el primo en los
mejores lugares, el trujam·n comenzÛ a decir lo que oir· y ver· el que le
oyere o viere el capÌtulo siguiente.

CapÌtulo XXVI. Donde se prosigue la graciosa aventura del titerero, con
otras cosas en verdad harto buenas

Callaron todos, tirios y troyanos; quiero decir, pendientes estaban todos
los que el retablo miraban de la boca del declarador de sus maravillas,
cuando se oyeron sonar en el retablo cantidad de atabales y trompetas, y
dispararse mucha artillerÌa, cuyo rumor pasÛ en tiempo breve, y luego alzÛ
la voz el muchacho, y dijo:

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